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Este texto aborda la compleja concepción de la cultura, desde su origen en el proceso de pasar de inculto a culto, hasta convertirse en el resultado de un proceso más que el proceso mismo. Además, se discuten las diferencias entre la cultura humana y la de los animales, la escala de progreso cultural y la relación entre la biología y la cultura.
Tipo: Ejercicios
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En principio la cultura es un proceso, el paso de “inculto” a “culto” a través de un ejercicio más o menos metódico, la educación. Más adelante, cultura adquiere carácter sustantivo: desde el Renacimiento ya será sobre todo el resultado de un proceso más que el proceso mismo. Y finalmente “ todo el mundo intelectual y espiritual, revelado por la educación, en el cual todo individuo nace, según su nacionalidad o posición social”.
A pesar de sus connotaciones restrictivas, este concepto humanístico y tradicional de cultura ya tiene algunos elementos o implicaciones que en cierto modo lo acercan a determinados referentes del término para las ciencias sociales:
¿Cuál es, en el fondo, la diferencia entre el hombre y sus antecesores no-humanos?, y ¿cómo, si todos los hombres proceden de un antepasado común, existen entre ellos unas diferencias tan abismales? Pues bien, en primer lugar, el comportamiento de los animales está guiado por el instinto, y el de los hombres por la inteligencia: la mente de los humanos, semejante en todas partes, en todas partes es capaz de crear cultura.
Según el razonamiento de Tylor, a partir de este fondo común, actúa una fuerza que empuja a las sociedades hacia adelante en una escala unilineal de progreso. Hay una escala lineal de progreso y todos lo hombres nacen y viven en sociedades que ocupan un lugar determinado de esta escala. Los individuos particulares, por supuesto, poco más pueden hacer que adquirir aquel “todo complejo” en cuanto a miembros de una sociedad.
Por supuesto, cada generación intenta transmitir todo el bloque cultural, toda la información recibida, y que la enculturación y socialización significa la adquisición de ese legado: pero ello no significa ni que todos los individuos lo adquieran íntegro y por igual, ni que dejen de modificarlo antes de volverlo a transmitir: el individuo no es un transmisor pasivo de su cultura, sino que es capaz de decisiones, de innovar y crear a su vez.
No importa quién y cómo realiza un comportamiento que, por ser humano, ha de tener una implicación simbólica; lo que importa es el sistema de símbolos, de elementos culturales que se hallan en mutua relación y dependencia. Los símbolos son la esencia de la cultura y su fuerza central no es tanto por sí mismos como por el hecho de ser depósitos y vehículos de información que de un modo u otro sirve para guiar la conducta y darle un sentido.
Por muchas que sean las reticencias o las ambigüedades que permanecen, cultura y sociedad no son categorías idénticas e intercambiables. Lo cual no significa que puedan existir sociedades sin cultura o “culturas” que aparezcan fuera de la sociedad.
La naturaleza humano no es algo con lo que uno nace, sino “algo que se aprende a partir del entorno transformado por el hombre”. El cerebro humano creció, a lo largo de los años, con la cultura: tan íntimamente unidos el desarrollo biológico y cultural, que ahora el cerebro del hombre no puede funcionar sin esa cultura que formó y por la que fue formado. Sin cultura, es decir, sin el uso de un sistema complejo de símbolos, el cerebro humano no sería capaz ni de organizar la experiencia ni de controlar y dirigir la conducta.
Los dos factores básicos del proceso de hominización se encuentran reunidos por primera vez en asociación con nuestro más remoto antecesor en línea directa, el Australopitecus habilis, capaz de andar bastante bien sobre dos pies, y obligado a desarrollar algunas habilidades especiales para sobrevivir y prosperar en la savana abierta africana: la habilidad de producir instrumentos y la capacidad de desarrollar formas de cooperación, y po tanto de comunicación.
Su sucesor, el Homo erectus , sale del hábitat restringido originario, y ocupa los más diversos medios naturales de Asia, África y Europa: su capacidad de adaptación cultural hubo de ser suficiente para que la instalación en hábitats diversos no diera lugar a adaptaciones biológicas diferenciadas. El Pleistoceno fue un período durante el cual los cambios del clima, la vegetación y los recursos de las diferentes regiones fueron profundos y frecuentes: un período que puso a prueba, y obligó a confeccionar, esa nueva etapa de adaptación. Así, el proceso de selección se acelera a medida que el “entorno cultural” pasa a tener una importancia mayor que el entorno natural.
Durante este período se desarrollan paralelamente las características de su vida mental y social que consideramos más específicamente humanas: por ejemplo la capacidad de crear y combinar símbolos, y la estructura social basada en el tabú del incesto.
El “estado filial” se prolonga tanto y es tan decisivo que llega a interiorizarse hasta la raíz: probablemente solo los hombres continúan “siendo hijos” aún después de separarse de sus padres y de tener hijos propios.
En cuanto a la “familización” del macho adulto, hay que partir de la constatación de su universalidad: no hay ninguna sociedad humana que no reconozca alguna forma de paternidad social y algún tipo de “figura marital”
Así, el largo período de crecimiento físico y de maduración biológica es también un proceso de socialización y de aprendizaje. Socialización y aprendizaje son en realidad dos dimensiones de un mismo y único progreso global: la enculturación. Su resultado es que cada nuevo individuo “va haciéndose” persona: va siendo capaz de asumir y representar el papel, o los papeles, que le corresponden en el drama social.
El aprendizaje sistemático de los pequeños significa, evidentemente, que los mayores están empeñados en una enseñanza sistemática. Los adultos hacen de manera que los pequeños repitan las mismas formas de conducta, los mismos movimientos y gestos, que hagan lo que se debe hacer, y que crean lo que se debe creer. El aprendizaje, en definitiva, es un proceso de condicionamiento progresivo: de lo más elemental a lo más complejo.
Podemos distinguir en la enculturación como aprendizaje tres órdenes o niveles: