Docsity
Docsity

Prepara tus exámenes
Prepara tus exámenes

Prepara tus exámenes y mejora tus resultados gracias a la gran cantidad de recursos disponibles en Docsity


Consigue puntos base para descargar
Consigue puntos base para descargar

Gana puntos ayudando a otros estudiantes o consíguelos activando un Plan Premium


Orientación Universidad
Orientación Universidad


Diez negritos libro completo, Resúmenes de Lengua y Literatura

Es el libro diez negritos completo

Tipo: Resúmenes

2020/2021

Subido el 09/12/2021

toto-ftn
toto-ftn 🇪🇸

5

(1)

1 documento

1 / 133

Toggle sidebar

Esta página no es visible en la vista previa

¡No te pierdas las partes importantes!

bg1
DIEZ
NEGRITOS
Agatha Christie
Traducción: Orestes Llorens
pf3
pf4
pf5
pf8
pf9
pfa
pfd
pfe
pff
pf12
pf13
pf14
pf15
pf16
pf17
pf18
pf19
pf1a
pf1b
pf1c
pf1d
pf1e
pf1f
pf20
pf21
pf22
pf23
pf24
pf25
pf26
pf27
pf28
pf29
pf2a
pf2b
pf2c
pf2d
pf2e
pf2f
pf30
pf31
pf32
pf33
pf34
pf35
pf36
pf37
pf38
pf39
pf3a
pf3b
pf3c
pf3d
pf3e
pf3f
pf40
pf41
pf42
pf43
pf44
pf45
pf46
pf47
pf48
pf49
pf4a
pf4b
pf4c
pf4d
pf4e
pf4f
pf50
pf51
pf52
pf53
pf54
pf55
pf56
pf57
pf58
pf59
pf5a
pf5b
pf5c
pf5d
pf5e
pf5f
pf60
pf61
pf62
pf63
pf64

Vista previa parcial del texto

¡Descarga Diez negritos libro completo y más Resúmenes en PDF de Lengua y Literatura solo en Docsity!

DIEZ

NEGRITOS

Agatha Christie

Traducción: Orestes Llorens

Diez negritos se fueron a cenar.

Uno de ellos se asfixió y quedaron

Nueve.

Nueve negritos trasnocharon mucho.

Uno de ellos no se pudo despertar y quedaron

Ocho.

Ocho negritos viajaron por el Devon.

Uno de ellos se escapó y quedaron

Siete.

Siete negritos cortaron leña con un hacha.

Uno se cortó en dos y quedaron

Seis.

Seis negritos jugaron con una avispa.

A uno de ellos le picó y quedaron

Cinco.

Cinco negritos estudiaron derecho.

Uno de ellos se doctoró y quedaron

Cuatro.

Cuatro negritos fueron a nadar.

Uno de ellos se ahogó y quedaron

Tres.

Tres negritos se pasearon por el Zoológico.

Un oso les atacó y quedaron

Dos.

Dos negritos se sentaron a tomar el sol.

Uno de ellos se quemó y quedó nada más que

Uno.

Un negrito se encontraba solo.

Y se ahorcó y no quedó...

¡Ninguno!

Adornando su firma con una gran rúbrica. El juez Wargrave intentó recordar la fecha exacta de su último encuentro con lady Constance Culmington; debía de remontarse a siete u ocho años atrás. La joven se volvió a Italia para tostarse al sol, comulgar con la naturaleza y los contadini^1. Más tarde se dijo que había proseguido su viaje hasta Siria, donde quizá se prometió tostarse bajo un sol más ardiente todavía y «comunicarse» con la naturaleza y los beduinos. Constance Culmington, pensaba el magistrado, era una mujer capaz de comprarse una isla y rodearse de misterio. Aprobando con una inclinación de cabeza la lógica de su argumentación, el juez Wargrave se dejó mecer por el movimiento del tren. Y se adormeció. Vera Claythorne, sentada en un vagón de tercera clase en compañía de otros viajeros, cerraba los ojos, recostada hacia atrás su cabeza. ¡Qué calor más sofocante hacía dentro de aquel tren...!, ¡qué bien se estaría a orillas del mar! Esta situación constituía para la joven una verdadera suerte. Conmuévete; cuando solicitáis un empleo para los meses de vacaciones, se os encarga la vigilancia de una chiquillería... las plazas de secretaria, en esta época, se presentan muy de tarde en tarde. La oficina de colocaciones no le dio sino una ligera esperanza. Al fin la esperada carta había llegado: La agencia para colocaciones profesionales me propone su nombre y me la recomienda calurosamente. Creo entender que la directora la conoce personalmente. Estoy dispuesta a concederle los honorarios propuestos por usted y cuento con que podrá entrar en funciones el día 8 de agosto. Tome el tren de las 12.40 en Paddington y se la irá a recibir a la estación de Oakbridge. Adjunto un billete de cinco libras para sus gastos de viaje. Sinceramente suya UNA NANCY OWEN En la cabecera de esta carta consignábase la dirección: Isla del Negro, Sticklehaven (Devon) ¡La isla del Negro! ¡Y tanto como se habían ocupado de ella los periódicos! Toda suerte de insinuaciones y de rumores extraños circulaban motivados por este pedazo de tierra rodeada de agua. Sin duda no habría nada de verdad en ellos. De todas maneras, la casa, (^1) Aldeanos, labriegos.

construida bajo los cuidados de un millonario americano sería, al parecer, el «último grito» del lujo y del «confort». Miss Vera Claythorne, fatigada por su último trimestre de clases pensaba: «La situación del profesor de cultura física en una escuela de tercer orden no es muy brillante... Si por lo menos pudiese hallar un empleo en un establecimiento mejor...» Luego, con el corazón oprimido, pensó: «Yo debo aún considerarme dichosa... La gente, por lo regular, no quiere tener en sus casas a una persona que ha sido procesada..., aunque luego quedase absuelta.» Hasta el fiscal la había cumplimentado por su presencia de ánimo y su serenidad. En suma, el juicio le fue favorable del todo. La señora Hamilton habíale testimoniado su gran bondad; solamente Hugo... Pero ella no quería pensar en Hugo. De súbito, a pesar del calor sofocante del departamento, se estremeció y deseó encontrarse a orillas del mar. Un cuadro se dibujaba con toda claridad en su espíritu. Veía la cabeza de Cyril subir y bajar de la superficie del agua y dirigirse hacia las rocas. La cabeza subía y bajaba..., aparecía y sumergíase... y ella misma, Vera, nadadora experta, se reprochaba por ello, al hendir fácilmente las olas, aunque persuadida de que llegaría... demasiado tarde... El mar..., sus aguas profundas, calientes y azuladas..., las mañanas pasadas tendidos sobre la arena... Hugo..., Hugo... que le había vendido su amor. Era preciso no pensar más en Hugo... Abriendo los ojos, miró desabridamente al viajero sentado frente a ella, un hombrón de cara bronceada, ojos claros y boca arrogante, casi cruel. «Yo apostaría a que este hombre ha recorrido el mundo y visto cosas sumamente interesantes.» Philip Lombard, juzgando con una sola ojeada a la joven que sentábase frente a él, pensó: «Encantadora..., quizá con demasiado aspecto de institutriz...» Una mujer con la cabeza erguida, se dijo, es una mujer capaz de defenderse... en amor como en la guerra. Procuraría conducirse bien. Puso el ceño adusto. No, inútil pensar en cuchufletas. Los negocios ante todo. Le era preciso concentrar todas sus energías en su trabajo. ¿De qué se preocupaba, en resumen? Aquel pequeño judío se había mostrado excesivamente misterioso. —Hay que tomarlo o dejarlo, capitán Lombard. —Cien guineas, ¿eh? —le había dicho entonces con gesto indiferente, como si cien guineas no significasen nada para él. ¡Cien guineas, ahora que no contaba con recursos! Adivinó sin embargo que el pequeño judío no era cándido; el fastidio con los judíos es

muchachas medio desnudas, se exhiben en las playas durante el verano. Miss Brent, con los labios fruncidos, hubiera querido dar una lección a ciertas gentes. Ella recordaba sus vacaciones del año anterior. Este año sería diferente. La isla del Negro... En su imaginación releía una vez más la carta tan frecuentemente recorrida y que ya se sabía de memoria: Querida miss Brent: Quiero creer que se acordará de mí. Hace algunos años pasamos juntas el mes de agosto en una pensión familiar en Bellhaven... ¡Y nos descubrimos tantos gustos comunes! En este momento tengo en marcha establecer una pensión parecida en una isla a lo largo de la costa del Devon. Siempre he pensado que para alcanzar el éxito en esta clase de empresas era preciso una prima sencilla, pero excelente y la presencia de una persona amable de la vieja escuela. ¡Yo estaría encantada si quisiera hacer sus preparativos para venir a pasar estas vacaciones de verano en la isla del Negro, sin retribución alguna tan sólo a título de invitada! ¿A principios de agosto, le convendría...? ¿Y si fijásemos el día 8? Con mis mejores recuerdos, sinceramente suya, U. N. O. ¿Qué nombre sería éste? La firma aparecía casi ilegible, Emily Brent tenia poca paciencia y se hizo esta observación: «¡Tanta gente firma tan mal con su nombre que no hay medio de descifrarlo...!» Y esto pensando, pasó revista a los huéspedes de Bellhaven, donde hacía más de dos años ella había pasado el verano... Había una gentil mujer, de edad madura, señora... señora... veamos, ¿Cómo se llamaba...? Era hija de un canónigo y después aquella miss Olton... Ormen... no decididamente se llamaba Oliver. Sí, si, estaba bien segura, miss Oliver. ¡La isla del Negro! Se había hablado mucho en los periódicos... a propósito de una actriz de cinema... ¿o quizás mejor de un millonario americano? Total: una isla no cuesta un ojo de la cara y tampoco es del gusto de todos. La idea de habitar una isla parece muy romántica, pero una vez instalados en ella no se tarda en comprobar los disgustos y uno se siente dichoso al poder desembarazarse. A manera de conclusión, Emily Brent pensó: «Sea como fuera, este año mis vacaciones no me costarán nada.» Sus rentas se reducían más y más cada día, una buena parte de sus dividendos persistían impagados, por eso apareció su buena suerte. ¡Si su memoria le permitiera recordar solamente un poco mejor, a la señora... o señorita (no podía precisarlo) Oliver!

El general MacArthur se asomó a la ventanilla de su departamento. El convoy llegaba a Exeter, donde el bravo general debía cambiar de tren. ¡Esos trenes de líneas secundarias avanzaban con lentitud más propia de caracoles! ¡Y pensar que, a vuelo de pájaro, la isla del Negro estaba tan cerca! No sabía de fijo quién era el llamado Owen... según parecía, un amigo de Spoof Leggard y de Johnnie Dyer... Uno o dos de sus viejos camaradas serán de los nuestros... se sentirán encantados de charlar con usted de los tiempos pasados... A fe que no deseaba cosa mejor que evocar el pasado en alegre compañía. En estos últimos tiempos se había imaginado que sus amigos le ponían en cuarentena. ¡Todo a causa de sus estúpidas chinchorrerías! ¡Dios mío! La píldora era dura de tragar... aquello se remontaba a más de treinta años. Armitage no había sabido contener su lengua. ¿Qué sabía aquel charlatán? ¿A qué tanto alborotar? Uno se figura un montón de cosas y se imagina que los otros le miran de reojo. Después de todo le agradaría ver aquella isla del Negro que tanto gasto hizo en las crónicas periodísticas. Seguramente algo habría de verdad en el ruido que se produjo, según el cual el Almirantazgo, la Guerra o la Aviación se posesionaron de aquélla. El joven Elmer Robson, el millonario americano, había construido efectivamente una magnífica morada que hubo de costarle unos miles de libras esterlinas. Un lujo difícil de imaginar. ¡Exeter! ¡Una hora de parada! ¡Exeter! ¡Una hora de parada! Impaciente, el general MacArthur hubiera querido continuar. El doctor Armstrong conducía su auto a través de la llanura de Salisbury. Sentíase fatigado... La gloria se paga. Un tiempo hubo en que tranquilamente sentado en un gabinete de consulta de Harley Street, correctamente vestido, rodeado de los más modernos aparatos y los muebles más lujosos, esperaba... esperaba a lo largo de las horas el éxito o el fracaso de un esfuerzo. ¡Pero ya había triunfado! ¡La suerte le había sonreído! La suerte, secundada por su saber, vale decirlo. Conocía admirablemente su oficio... pero esto no era siempre suficiente para triunfar. Era preciso también el factor suerte. ¡Y ésa llegó! Un diagnóstico exacto y la gratitud de los clientes, dos ricas damas de la mejor sociedad... crearon su reputación. —Debéis ir a consultar al doctor Armstrong, un joven médico, pero sumamente inteligente y hábil. Pam ha sido visitada por toda clase de médicos durante dos años y sólo él vio inmediatamente la causa de

preferible juntarse a los adoradores de la hermosa artista. Quizá también se encontrarían algunas lindas muchachas entre los invitados de los Owen. Salió del mesón, estiró las piernas, los brazos, bostezó, contempló el cielo azul y subió de nuevo en su «Daimler». Varias muchachas le observaban. Su alta estatura (un metro ochenta), sus cabellos rizados, su bronceada faz y sus ojos azules intenso, suscitaban la admiración. Se apoyó sobre la palanca, rugió el motor y el auto trepó de un brinco la estrecha calleja. Las viejas mujeres y los chicos de la escuela se apartaban a su paso como medida de precaución y los pilluelos, subyugados, se desviaban del camino para seguir con los ojos al soberbio auto. Anthony Marston continuaba su marcha triunfal. Mister Blove viajaba en el tren ómnibus que venía de Plymouth. En su departamento tan sólo se encontraba otra persona, un señor viejo con trazas de marino y ojos legañosos. Entonces dormía. Mister Blove escribía con cuidado en un pequeño cuaderno de notas. —Esta vez mi lista está completa: Emily Brent, Vera Claythorne, doctor Armstrong, Anthony Marston, el viejo juez Wargrave, Philip Lombard y el general MacArthur, C.M.G.^1 , D.S.O.^2. El criado y su mujer: mister y mistress Rogers. Cerró su cuaderno de notas y lo guardó en su bolsillo. Echó una mirada hacia el rincón donde dormía su compañero de viaje. —Contaba uno de más —dijo muy bajo. Reflexionó un instante y terminó: —El trabajo será de los más fáciles. No hay modo de equivocarse. Confío que mi aspecto no deja nada que desear. Se levantó y examinóse meticulosamente en el espejo del departamento. La imagen reflejada presentaba un aspecto militar. Había cierta expresión en su cara de ojos grises y labios adornados con un corto bigote. —¡Palabra! Se me tomaría por un comandante —observó mister Blove—. ¡Ah, no!, olvidaba al general. Aquel viejo desperdicio no tardaría en desenmascararme. «África del Sur —siguió monologando mister Blove—. Este, éste es mi rayo. Ninguna de esas personas ha estado en África del Sur, y como yo acabo de leer estos prospectos del viaje, podré hablar del país con conocimiento de causa. La isla del Negro. Recordaba haber estado allí durante su infancia, una especie de rocas nauseabundas, frecuentadas por las gaviotas, a mil quinientos metros de la costa. Esta isla debía su nombre a su parecido con una cabeza de hombre... con los labios negros. ¡Graciosa idea de edificar allí una morada! Es horrible vivir en un (^1) Miembro de la Orden de San Miguel y San Jorge (^2) Cruz de servicios distinguidos

islote cuando sopla el temporal. ¡Pero los millonarios son tan caprichosos! El viejo buen hombre del rincón se despertó diciendo: —En el mar no se puede nunca prever nada..., ¡nunca! A manera de consuelo replicó mister Blove: —Exacto. No se sabe jamás qué os espera. Sacudido por el hipo, el viejo continuó, con voz lastimera: —Algo se espera. —No, no, amigo. Hace un tiempo espléndido —respondió mister Blove. El viejo se enfadó. —Le digo que la tormenta está en el aire. La percibo. —Quizá tenga razón —le dijo mister Blove pacíficamente. El tren se detuvo en una estación y el viejo se levantó penosamente. —Yo bajo aquí. Sacudió la portezuela para abrirla. Mister Blove acudió en su ayuda. Antes de bajar al andén, el viejo levantó una mano con gesto solemne y guiñó los ojos. —¡Velad y orad! —conjuró—. ¡Velad y orad! ¡El día del Juicio se aproxima! Ganando, por fin, el andén, se enderezó, levantó los ojos hacia mister Blove y le dijo con acento digno y severo: —Es a usted a quien me dirijo, joven. El día del Juicio está muy cercano. Arrinconado en la esquina de su departamento, mister Blove pensó en lo mismo: —Es cierto; él está más cerca que yo del día del Juicio. Pero mister Blove se equivocó.

Vera respondió con voz autoritaria: —De ninguna manera. Mister Lombard sonrió y dijo: —Este sitio soleado me gusta mucho, a menos que usted prefiera entrar en la estación. —¡Ah!, no, gracias. ¡Se siente uno tan dichoso de no estar en esos vagones recalentados! —Es cierto; viajar en tren con esta temperatura es lo más desagradable que hay. Vera añadió, por decir algo: —Esperemos que esto dure. Hablo del tiempo. ¡El verano en Inglaterra reserva muchas sorpresas! Lombard hizo una pregunta desprovista de originalidad: —¿Conoce usted esta parte de Inglaterra? —No, vengo por vez primera. Decidida a poner en claro su situación en casa de los Owen, añadió: —No he visto jamás a mi jefe. —¿Su jefe? —Sí, soy la secretaria de mistress Owen. —¡Ah! Comprendo. Esto lo cambia todo. Vera se echó a reír. —¿Por qué? Yo no lo encuentro diferente. La secretaria particular de mistress Owen se puso enferma y pidió a una agencia, telegráficamente, una sustituta, y me han enviado a mí. —¿Y si el puesto no le conviene, una vez instalada en la casa? De nuevo Vera se echó a reír. —¡Oh!, esto sólo es provisional. Un empleo para las vacaciones. Yo tengo una situación estable en una escuela de niñas. El hecho es que yo ardo en deseos de ver esta isla del Negro, tan célebre desde que los periódicos han hablado de ella. ¿Es a tal punto fascinadora? —En verdad, no puedo decirle nada, no la conozco —respondió Lombard. —¡Ah, si! Los Owen han debido entusiasmarse. ¿Cómo son? Dígame algo de ellos. Lombard reflexionó un instante. La situación se ponía difícil. ¿Debía, sí o no, dar a entender que él no los conocía? Se decidió a cambiar de conversación. —¡Oh! Tiene una avispa en un brazo, no se mueva, por favor. Para convencerla hizo el gesto de lanzarse a cazar a la avispa. —¡Ya se fue! —Gracias, muchas gracias. Las avispas abundan este verano. —Es, sin duda, el calor. ¿Sabe usted a quién esperamos? —No tengo la menor idea. Se oyó el ruido de un tren que se acercaba. Lombard dijo: —¡He aquí el tren que llega! Un hombre alto, de aspecto militar, apareció a la salida del andén.

Sus cabellos grises estaban cortados casi al rape y su bigotito blanco muy bien cuidado. El mozo, ligeramente vacilante bajo el peso de una sólida maleta de cuero, le indico a Vera y a Lombard. Vera se adelantó. —Soy la secretaria de mistress Owen, tomaremos este coche. Le presento a mister Lombard. Con sus ojos azules, fatigados por la edad, el recién llegado juzgó al capitán Lombard. Se hubiera podido leer en ellos esta opinión: «Buen tipo, pero hay en él algo que desagrada.» Los tres se instalaron en el taxi, que recorrió las calles solitarias del pueblecito de Oakbridge y enfiló la carretera de Plymouth. A los dos kilómetros el coche se metió por un laberinto de caminos vecinales, verdeantes, empinados y estrechos. El general MacArthur observó: —Desconozco esta parte de Devon. Mi pequeña propiedad está situada al Este del condado, junto a los confines del Dorset. —Este campo es encantador —comentó Vera—. Las colinas tan verdes y la tierra roja hacen un contraste agradable a la vista. Lombard replicó, un tanto displicente: —Esto me parece demasiado angosto, prefiero los grandes espacios donde la vista se pierde en el horizonte. El general MacArthur le dijo: —Parece como si hubiera viajado mucho. Lombard alzó los hombros con gesto despectivo. —¡Bah! He dado muchas vueltas por el mundo. Y pensaba para sí: «Este viejo militar me va, seguramente, a preguntar si durante la Gran Guerra estaba en edad de coger el fusil. Con esta gente siempre pasa lo mismo.» Sin embargo, el general MacArthur no hizo ninguna alusión a la guerra. Después de haber subido a una colina escarpada, descendieron hacia Sticklehaven por un camino en zigzag. Este pueblecito sólo tenía varias casuchas, con una o dos barcas de pesca varadas en la playa. Por primera vez contemplaron la isla del Negro, que surgía del mar, hacia el sur, iluminada por el sol poniente. —Pero ¡si estamos todavía muy lejos de ella! —exclamó sorprendida Vera. Se la había imaginado muy diferente, cerca de la ribera, coronada con una casa blanca; pero no se veía vivienda alguna. Sólo se percibía una enorme silueta rocosa que vagamente parecíase a una cara de negro. Su aspecto le pareció siniestro, y se estremeció. Delante de la posada de las Siete Estrellas, tres personas estaban sentadas; el viejo juez con su espalda encorvada, miss Brent, derecha como un huso, y un hombre, un mocetón que, sin ceremonias, adelantándose, se presentó a si mismo. —Hemos creído que debíamos esperarles. Así no haremos más que

quienes fueron testigos de su entrada en aquel pueblecito. Fred Narracott, sentado cerca del motor, pensaba: «¡Vaya reunión de personas raras!» No esperaba conducir a este género de invitados para mister Owen. Creía que serían más elegantes. Las mujeres con bellos trajes y los hombres con atuendo apropiado para el yachting, todos ricos e importantes. Estos sí que no se parecen a los invitados de mister Elmer Robson. Una sonrisa burlesca se dibujó en sus labios mientras pensaba en otros tiempos. ¡Qué magníficas recepciones daba el millonario! ¡El champaña corría a torrentes! Mister Owen debía ser una persona completamente diferente. Fred se extrañaba de no haber visto jamás a mister Owen, ni a su esposa. Nunca venían al pueblo. Todos los encargos eran hechos y pagados por mister Morris. Las instrucciones eran siempre claras y precisas, y el pago, rápido. Claro que esto no dejaba de ser extraño. Los periódicos suponían en todo esto un misterio. Mister Narracott abundaba en esta opinión. ¿Pudiera ser que la isla perteneciera a miss Gabrielle Turl? Sin embargo, esta hipótesis se encontraba desechada al ver a los invitados; ninguno de ellos parecía vivir en el ambiente de una estrella de cine. Fríamente los catalogaba en su interior. Una solterona, con su agrio carácter... El las conocía bien. Estaba dispuesto a apostar que era una arpía. Al viejo militar se le notaba en seguida la carrera. La joven era bonita, pero nada extraordinaria y, desde luego, nada de estrella de Hollywood. Un grueso señor, que no tenía modales, un tendero retirado de sus negocios. Y el otro, delgado, casi famélico, un tipo muy raro, probablemente trabajaría en el cine. En resumen, no veía en todo el grupo más que uno que le gustase, el último que llegó: el del coche. ¡Jamás se vio cosa igual en Sticklehaven! Un coche tan estupendo debía costar mucho dinero. Parecía un niño rico. ¡Si los demás se le asemejaran sólo un poco! Reflexionando, todo esto le parecía extraño, muy extraño. La canoa dio la vuelta a la isla, y se vio la casa. El lado sur de la isla era diferente del resto; descendía en suave pendiente hacia el mar. La vivienda era baja y cuadrada, de estilo moderno. Estaba orientada hacia el Mediodía y recibía la luz a torrentes. Una vivienda espléndida que respondía a todo cuanto se puede soñar. Philip Lombard observó secamente: —Debe de ser muy difícil llegar hasta aquí con mal tiempo. —Cuando sopla el sudeste es imposible acercarse. A menudo las comunicaciones con la isla están cortadas durante una semana o más aún. Vera Claythorne pensó: «El aprovisionamiento debe de ser difícil. He aquí el inconveniente de una isla, cualquier disgusto con los criados se convierte en verdadero

problema.» Un lado de la canoa chocó suavemente con las rocas. Fred saltó a tierra; él y Lombard ayudaron a los demás a desembarcar. Narracott amarró la canoa a una argolla empotrada en la piedra y después dirigió al grupo hacia una escalera tallada en las rocas. El general MacArthur exclamó: —¡Esto es espléndido! Sin embargo, en su fuero interno, no se encontraba a gusto. «Estrafalario lugar para vivir», pensó. Al final de los peldaños se encontraron sobre una terraza. Ante la puerta abierta estaba un mayordomo de bondadoso semblante, esperándoles, y su cara pacífica aunque seria, les tranquilizó. En cuanto a la residencia de los Owen era admirable y el panorama que se vislumbraba desde la terraza superaba cuanto se hubiese visto o imaginado. El criado se adelantó y haciendo una reverencia les invitó: —Señoras y caballeros, ¿tienen ustedes la amabilidad de entrar? En el inmenso vestíbulo había refrescos preparados para los invitados. A la vista de las hileras de botellas Anthony Marston recobró su buen humor. Esta mezcolanza de gente no era de su gusto. Pero ¿qué idea tan tonta tuvo ese idiota de Badger de hacerle venir a esta isla? Sin embargo, las bebidas eran buenas y no faltaba el hielo. Mister Owen, a causa de un fastidioso retraso, no podía venir hasta mañana. El mayordomo se ponía por entero a disposición de los invitados. ¿Deseaban subir a sus habitaciones...? La cena estaría servida a las ocho... Vera siguió a la señora Rogers hacia el otro piso. La criada abrió una puerta al final del pasillo y la joven entró en un dormitorio espléndido con un gran ventanal que daba al mar y otro hacia el interior; no pudo por menos Vera Claythorne que lanzar una exclamación de asombro. Espero que no le falte nada, miss —le decía la señora Rogers. Vera miró a su alrededor. Sus maletas deshechas ya y puesto todo en su sitio. En una esquina de la habitación había una puerta que Vera supuso sería el cuarto de baño. —Si desea algo más, miss, no tiene más que tocar el timbre. —No tengo necesidad de nada, gracias. Vera examinó a la mujer. Estaba tan pálida que parecía un fantasma. De tipo muy correcto, con los cabellos echados hacia atrás, y su traje negro, pero sus ojos no dejaban de mirar en todas direcciones. «Parece que tenga miedo de su sombra», se dijo Vera. Y era cierto. La señora Rogers parecía presa de un pavor mortal. La joven sintió un ligero estremecimiento. ¿De qué podía tener miedo esta mujer?

Ocho. Ocho negritos viajaron por el Devon. Uno de ellos se escapó y quedaron Siete. Siete negritos cortaron leña con un hacha. Uno se cortó en dos y quedaron Seis. Seis de ellos jugaron con una avispa. A uno de ellos le picó y quedaron Cinco. Cinco negritos estudiaron derecho. Uno de ellos se doctoró y quedaron Cuatro. Cuatro negritos fueron a nadar. Uno de ellos se ahogó y quedaron Tres. Tres negritos se pasearon por el Zoológico. Un oso les atacó y quedaron Dos. Dos negritos se sentaron a tomar el sol. Uno de ellos se quemó y quedó nada más que Uno. Un negrito se encontraba solo. Y se ahorcó y no quedó... ¡Ninguno! Vera no pudo por menos que sonreírse. ¿No estaba en la isla del Negro? Se asomó a la ventana para contemplar el mar. ¡Cuan grande era el océano! No se distinguía tierra alguna a todo lo largo que alcanzaba la vista. Sólo una vasta extensión de ondulante agua azul bajo los rayos del sol poniente. El mar... hoy tan sereno... a veces tan cruel... El mar que nos atrae a sus abismos... Ahogado... ahogado en el mar... ahogado... ahogado... ahogado... No quería acordarse. ¡No quería pensar en ello! ¡Todo esto pertenecía al pasado! El doctor Armstrong desembarcó en la isla del Negro en el momento en que el sol desaparecía en el océano. Había charlado durante el viaje con el hotelero, un hombre de la localidad, a fin de documentarse un poco acerca de los propietarios de la isla, pero Narracott no estaba bien informado o quizás estuviera poco dispuesto a charlar. El doctor tuvo que contentarse con hablar del tiempo y de la pesca. El largo recorrido que hizo en auto lo había cansado, y los ojos hacíanle

daño, pues todo el tiempo tuvo el sol de cara. El mar y la calma le reponían de su lasitud. Le hubiese gustado tomarse unas largas vacaciones, pero no podía ofrecerse ese lujo. La cuestión económica era lo de menos, pero el cuidado de conservar la clientela estaba por encima de todo. Ahora que tenía una situación asegurada, debía trabajar sin descanso. Pensaba: «Por esta noche trataré de no recordar que tengo que volver pronto a Londres y que existe Harley Street^1 ». La sola palabra isla tiene la virtud mágica de evocar en nuestro espíritu toda suerte de fantasías, pues al llegar se pierde el contacto con el mundo. ¡Una isla representa ella sola en un mundo! ¡Un mundo de donde, a veces, no se vuelve jamás! «Por una sola vez voy a ensayar el dejar detrás de mí todos los cuidados cotidianos.» Y, sonriendo comenzó a elaborar proyectos para el porvenir. Siempre sonriendo subió los peldaños tallados en las rocas. En un butacón, en la terraza, estaba sentado un viejo cuyo aspecto le era vagamente familiar al doctor. ¿Dónde había visto esta cara de rana con ese cuello de tortuga, esa espalda y esos ojos maliciosos? ¡Ah, sí; era el viejo juez Wargrave! En una ocasión, Armstrong había informado en una audiencia en que estaba este magistrado. El viejo siempre parecía estar dormido, pero era listo como un zorro. Ejercía una gran influencia sobre el jurado: presentando los hechos a su gusto, había conseguido de esa forma increíbles veredictos. ¡En suma, era un juez feroz que enviaba a la horca al acusado con la mayor facilidad! ¡Vaya sitio más absurdo para encontrarle... en esta isla aislada del mundo! El juez Wargrave se decía: «¿Armstrong? Me parece haberle visto informar como testigo. Una persona estimable, pero muy prudente. Todos los médicos son unos asnos, y los de Harley Street son los peores.» Recordaba la reciente entrevista que había tenido con uno de ellos en esa misma calle. Refunfuñó en voz alta: —Las bebidas están en el vestíbulo. —Voy a saludar a los dueños de la casa —indicó el doctor. Wargrave cerró los ojos, lo que acentuó aún más su semejanza a un reptil. —¡Imposible! —profirió. —¿Por qué? —respondió Armstrong. —No están ninguno de los dos. La situación es de lo más rara y no comprendo ni jota. El doctor le miró largamente, y cuando creía al juez soñoliento, éste le preguntó: (^1) Calle de Londres, donde viven los médicos famosos