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El Rol de la Mujer en la Iglesia Católica: Un Análisis desde la Obra de Edith Stein, Ejercicios de Comunicación

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Tipo: Ejercicios

2019/2020

Subido el 08/08/2020

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¿POR QUÉ ES IMPORTANTE LA MUJER PARA LA
IGLESIA? EL ROL DE LA MUJER EN LA IGLESIA Y SU
IMPORTANCIA PARA LA FE CRISTIANA A PARTIR DE
LA OBRA LA MUJER DE EDITH STEIN
Rafael GARCÍA
Recibido el 29 de julio de 2016. Aceptado el 07 de septiembre de 2016.
resumen
El rol y la importancia de la mujer al interior de la Iglesia Católica, es un
tema del que, necesariamente, debemos hacernos cargo en el momento ac-
tual de nuestra historia, sobre todo por el hecho de estar insertos en el
contexto de una comunidad eclesial, mayoritariamente femenina y, de una
sociedad occidental que ha dado importantes pasos en el camino a la justi-
cia y la igualdad de género. Este artículo, por lo tanto, buscará dar cuenta
no solo de esta realidad que es evidente, sino, más aún, se preguntará –a
partir de las ideas de Edith Stein y la figura paradigmática de María naza-
rena– si es posible releer el rol actual de la mujer a partir de una teología
que ponga su foco de atención en la naturaleza misma del Dios Uno y
Trino, y que, desde ahí, pueda cuestionar las condiciones y estructuras
actuales de la Iglesia frente a la mujer de nuestro tiempo.
Palabras clave: Edith Stein, mujer, trinidad, María, teología feminista.
WHY IS A WOMAN IMPORTANT FOR THE CHURCH?
WOMEN’S ROLE IN THE CHURCH AND ITS IMPORTANCE FOR
CHRISTIAN FAITH FROM EDITH STEIN’S ESSAYS ON WOMAN
abstract
The role and importance of women in the Catholic Church is a subject that
must be necessarily consider at this t ime of our history, particularly due to
the fact of being embedded in the context of a largely female ecclesial com-
munity and a western society that has taken important steps in the path
of justice and gender equality. This paper, therefore, seeks to speak not
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DOI: 10.22199/S07198175.2017.0001.00006
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¿POR QUÉ ES IMPORTANTE LA MUJER PARA LA

IGLESIA? EL ROL DE LA MUJER EN LA IGLESIA Y SU

IMPORTANCIA PARA LA FE CRISTIANA A PARTIR DE

LA OBRA LA MUJER DE EDITH STEIN

Rafael GARCÍA Recibido el 29 de julio de 2016. Aceptado el 07 de septiembre de 2016. resumen El rol y la importancia de la mujer al interior de la Iglesia Católica, es un tema del que, necesariamente, debemos hacernos cargo en el momento ac- tual de nuestra historia, sobre todo por el hecho de estar insertos en el contexto de una comunidad eclesial, mayoritariamente femenina y, de una sociedad occidental que ha dado importantes pasos en el camino a la justi- cia y la igualdad de género. Este artículo, por lo tanto, buscará dar cuenta no solo de esta realidad que es evidente, sino, más aún, se preguntará –a partir de las ideas de Edith Stein y la figura paradigmática de María naza- rena– si es posible releer el rol actual de la mujer a partir de una teología que ponga su foco de atención en la naturaleza misma del Dios Uno y Trino, y que, desde ahí, pueda cuestionar las condiciones y estructuras actuales de la Iglesia frente a la mujer de nuestro tiempo. Palabras clave: Edith Stein, mujer, trinidad, María, teología feminista. WHY IS A WOMAN IMPORTANT FOR THE CHURCH? WOMEN’S ROLE IN THE CHURCH AND ITS IMPORTANCE FOR CHRISTIAN FAITH FROM EDITH STEIN’S ESSAYS ON WOMAN abstract The role and importance of women in the Catholic Church is a subject that must be necessarily consider at this time of our history, particularly due to the fact of being embedded in the context of a largely female ecclesial com- munity and a western society that has taken important steps in the path of justice and gender equality. This paper, therefore, seeks to speak not

DOI: 10.22199/S07198175.2017.0001.

CUADERNOS DE TEOLOGÍA Vol. IX, Nº 1, junio 2017 | 102- only about this evident reality, but to wonder –from Edith Stein’s ideas and the paradigmatic figure of Mary the Nazarene– if it is possible to make a new reading of women’s current role starting from a theology that puts its attention in the nature of the One and Triune God and, from there, to question the current conditions and structures of the Church for the wo- men of our time. Key words: Edith Stein, woman, trinity, Mary, feminist theology.

Rafael García | 105 del siglo XX y, por eso, le tocó beber directamente del origen de la fenomenología. De hecho, su cercanía a esta corriente filosófica no estuvo dada únicamente por su contexto, ya que Edith Stein estu- dió y fue discípula directa del padre de la fenomenología: Edmund Husserl. Este dato será fundamental para comprender el modo en que ella se acerca a la reflexión sobre la mujer y su relación con la gracia, partiendo del hecho concreto o, en palabras del mismo Husserl, “yendo a la cosa misma”^1. Dicho de otra manera, Edith Stein asume fenomenológicamente su estudio sobre la mujer, pues sabe que de ese modo podremos acceder a lo que la mujer es esen- cialmente, a su naturaleza, vocación y ethos. Por eso, esta perspec- tiva nos permite pasar de la fenomenología a la ontología, lo cual será determinante a la hora de entender la teología de la santa Stein. Luego de esta explicación, podemos seguir adelante en la misión de introducir nuestra investigación, la cual, recordemos, buscará dar cuenta de la importancia de la mujer en la Iglesia a partir de las ideas de Edith Stein. No obstante, antes de eso es necesario definir algunos conceptos teológicos que están a la base del desarrollo de este trabajo, los cuales se hallan ciertamente presentes en la obra re- visada y pueden actuar para nosotros, a modo de marco conceptual dador de sentido. Por eso, a continuación, esbozaremos algunas de las características propias de la vocación y naturaleza femeninas a partir de Edith Stein. En primer lugar, podemos leer que “el cuerpo y el alma de la mujer están hechos para una finalidad especial” y que “la mujer está confi- gurada para ser compañera del hombre y madre de seres humanos”. Sumado a esto, se nos dice también que: (^1) Esta idea queda mejor iluminada a partir de lo que dice Anneliese Meis: “el acercamiento a la especificidad de la mujer requiere de una mirada receptiva activa, a la vez que un ‘ir a las cosas’ –que revela la objetividad de la esencia de todo cuanto existe en la ‘constitución’ subjetiva del yo puro–, una vez puesto entre paréntesis –epoché– lo sabido, hasta los pensamientos del corazón” (Meis, A. “La cuestión de la especificidad de la mujer en Edith Stein (1891-1942)”. Teología y Vida. 2009 v.50, n.4. Página 751.)

106 |¿POR QUÉ ES IMPORTANTE LA MUJER PARA LA IGLESIA? EL ROL DE LA MUJER EN LA IGLESIA Y SU IMPORTANCIA PARA LA FE CRISTIANA A PARTIR DE LA OBRA LA MUJER DE EDITH STEIN La impostación de la mujer se dirige a la persona vital y a la totali- dad. Proteger, custodiar y tutelar, nutrir y hacer crecer: he ahí su deseo natural, puramente maternal (…). Lo personal-vital, aquello a lo que atiende su solicitud, es un todo concreto, y como tal todo concreto quie- re ser tutelado y desarrollado, no una parte a costa de una o de otras (Stein 26)^2. Lo anterior, nos muestra que, para Edith Stein, existe una vincula- ción en la mujer entre lo que se hace y lo que se es. Dicho de otra manera, se reconoce que la atención e inclinación natural de la mu- jer está orientada hacia lo particular, hacia lo que no es abstracto, sino concreto y singular (descubriendo en eso el todo). Esto se refleja muy concretamente en el cuidado de los otros, tarea que le es natu- ral a la mujer, ya que “es capaz de penetrar empática y reflexivamen- te en ámbitos que a ella de suyo le quedan lejos y de los cuales jamás se hubiera preocupado si no hubiese puesto en juego al respecto un interés personal (…). Su participación vital despierta las fuerzas e incrementa las prestaciones de aquel en cuyo favor ella toma parte” (Stein 27). Por lo tanto, de este acercamiento podemos desprender una primera conclusión: la vocación de la mujer y su especificidad parecieran estar íntimamente vinculados a lo otro, es decir, a la alteridad. Esta categoría de la alteridad, por tanto, no debe ser entendida como acci- dental, sino más bien como ontológica (similar a lo que hace Agustín en el De Trinitate a la hora de introducir los conceptos de relación o relatividad en la comprensión del dinamismo intratrinitario), como algo que define el ethos femenino y lo hace ser lo que es. Esta actitud básica de apertura y disponibilidad que reconocemos en la mujer será lo que, en definitiva, determinará su relación con la gracia de Dios, asunto que pasamos a desarrollar a continuación. (^2) Las dos citas anteriores también corresponden a la misma página.

108 |¿POR QUÉ ES IMPORTANTE LA MUJER PARA LA IGLESIA? EL ROL DE LA MUJER EN LA IGLESIA Y SU IMPORTANCIA PARA LA FE CRISTIANA A PARTIR DE LA OBRA LA MUJER DE EDITH STEIN paso cualitativamente sustancial en el camino de la propia diviniza- ción, a imagen de Cristo y en la Iglesia.

2. La importancia dogmático-trinitaria de la mujer Luego de haber introducido someramente qué es lo que Edith Stein entiende cuando se refiere a la mujer y, recordando nuevamente nuestro objetivo de responder a la pregunta por su importancia dentro de la Iglesia, demos ahora un paso hacia una definición de mayor densidad teológica, asociando a la mujer, su vocación y su es- pecificidad, a la verdad más fundamental de la fe. Dicho de otra ma- nera, para contribuir a la consistencia de nuestros planteamientos (y los de Edith Stein) se hace necesario partir de una base que ya deje de ser circunstancial, contextual o indeterminada, y sea, más bien, definitiva, inmutable e inalterable. De ese modo, las afirmaciones que hagamos sobre la mujer y su rol en la Iglesia tendrán un peso distinto, puesto que estarán ancladas en las verdades que sostienen nuestra fe y que han sido definidas por la Tradición a lo largo de la historia. Es por esto que, en este capítulo, buscaremos fundamentar la importancia de la mujer a partir de la realidad misma de Dios y de la insondable y eterna Santísima Trinidad.^4 En la página 147 de su obra, Edith Stein dice: “ella –la mujer– está dispuesta a ser para otras almas protección y morada en que dichas almas puedan desarrollarse. Esta función (…) se extiende a todos los seres humanos que entran en el horizonte de la mujer”. Esta afirmación, que a simple vista refiere únicamente a la mujer, será nuestra puerta de entrada para reconocer que en la especificidad (^4) Sobre este tema más propiamente trinitario podemos encontrar grandes luces en las ideas de Elizabeth Johnson, las cuales, al igual que en Edith Stein, tienen su origen en la naturaleza femenina y en lo que la mujer es: “la prioridad ontológica de relación en la idea del Dios trino manifiesta una fuerte afinidad con la forma que tienen las mujeres de disponer de su propia relacionalidad como un modo de ser en el mundo” (Johnson, E. La que es, el misterio de Dios en el discurso teológico feminista. Barcelona. Editorial Herder, 2002. Página 277)

Rafael García | 109 femenina se hallan presente elementos propiamente divinos. En otras palabras, la naturaleza femenina que Edith Stein presenta no puede evocar sino a la naturaleza de la Trinidad, tal como la hemos entendido desde los inicios de la fe, donde cada persona trinitaria es-en-la-otra y donde todo de uno está también en el otro (lo que conocemos como perijóresis). De esta manera, volvemos a reafir- mar el vínculo cada vez más íntimo que existe entre la vocación de la mujer y la acción del mismo Dios (a través de la gracia), llegando a reconocer, incluso, que la dinámica propia de la Trinidad es, de hecho, el punto culminante de toda vocación femenina, tal como lo dice nuestra autora “sólo Dios puede regalarse a sí mismo a un ser humano de tal modo que llene todo su ser, sin perder nada de sí a la vez. Por ello es la donación absoluta de sí, el principio de la vida religiosa, y a la vez el único posible cumplimiento adecuado del anhelo femenino” (Stein 38). Aparece ante nosotros, por tanto, la certeza de que la mujer logra “hacer ser” a otros, del mismo modo en que cada una de las perso- nas trinitarias es gracias a la relación con las otras. Lo importante, sin embargo, es que podamos reconocer que esto no implica –ni para la Trinidad, ni para la mujer– una suerte de anulación de la propia identidad. Cuando afirmamos que la mujer, a imagen de la Trinidad, existe solo en relación con otros, no quiere decir que ella pierda su autenticidad y que quede relegada a un determinismo que le viene de afuera y que nunca será propiamente suyo. No, la paradoja está en que, justamente en la entrega total de sí misma a la alteridad, la mujer alcanza lo más perfecto de su propia singularidad ofrecida al mundo. Es lo que Edith Stein vuelve a reafirmar a la hora de pensar la relación con el varón, de quien la mujer debe ser el “auxilio que le hace posible llegar a ser lo que él debe ser, pues ‘el hombre tampoco es sin la mujer’ y por eso debe ‘dejar padre y madre y unirse a su

Rafael García | 111 hacia la primera), por lo cual la mujer, ella entera, está llamada a ser imago Trinitatis.^6

3. La importancia eclesiológica de la mujer Ya hemos visto el fundamento dogmático que vincula a la mujer y su naturaleza con una de las verdades más fundamentales de la fe cristiana: la realidad de la Santísima Trinidad. La fe en estas defini- ciones, sin embargo, no solo tiene sentido a la luz de la experiencia singular de cada mujer, sino que, más específicamente, ella también es lo que configura la existencia y naturaleza de la Iglesia. En otras palabras, la Iglesia (en cuanto conformada por seres humanos) vive de la fe de los cristianos y ella está originalmente referida al objeto más propio de esa fe: Jesucristo, Hijo de Dios, muerto y resucitado, consubstancial y coeterno al Padre y al Espíritu en la eterna Trini- dad. Así, podemos reconocer que la Iglesia, aun siendo una estruc- tura humana y temporal, también cuenta con elementos fundamen- tales que nos han sido revelados y que nos vienen del Padre, a través del Hijo en el Espíritu. Es desde esa certeza desde donde entende- mos la eclesiología y todas las conclusiones referidas a la Iglesia. Sin embargo, es necesario reconocer, además, que, a pesar de que la Iglesia claramente tiene una naturaleza humana y divina, ella sub- siste, necesariamente, en la vida de los hombres y mujeres creyentes. No basta con que formulemos una definición abstracta que logre dar cuenta de los orígenes de la Iglesia y su naturaleza revelada, puesto que la Iglesia es las personas (de ahí que hoy la entendamos (^6) Así lo dirá magistralmente Elizabeth Johnson: “ en este lenguaje (el de la Trinidad) quedan reflejados la dignidad exuberante y el poder dador de vida de las mujeres, pues aquí el misterio divino, conocido confusamente a través de la creación, de la salvación y de la permanente dialéctica de presencia y ausencia, aparece en forma femenina, al propio tiempo que la bendición divina se otorga como don femenino. Tal símbolo de Dios significa para las mujeres una llamada a crecer en la abundancia de sus poderes humanos, a ser creadoras, autoexpresivas y al mismo tiempo, amantes en todas las situaciones de ruptura humana, de violencia y de destrucción en la tierra. Tal símbolo apunta al misterio de la Sabiduría trina como ‘imago feminae’” (Johnson 276)

112 |¿POR QUÉ ES IMPORTANTE LA MUJER PARA LA IGLESIA? EL ROL DE LA MUJER EN LA IGLESIA Y SU IMPORTANCIA PARA LA FE CRISTIANA A PARTIR DE LA OBRA LA MUJER DE EDITH STEIN como Pueblo de Dios), comprendidas ellas en toda su realidad so- cial, histórica y contextual, la del pasado, la del presente y también la del futuro. Así, esa primera definición más teórica acerca de la Iglesia y sus fundamentos alcanza verdaderamente la plena encar- nación (al modo de Jesús), en la medida en que ella vive y se sostiene en la fe de los creyentes (fe que, como ya dijimos, está referida a las verdades y certezas sobre Cristo). Pues bien, esta breve explicación que hemos hecho nos ayudará a entrar en la materia más propia de este capítulo, el cual, queriendo responder a la pregunta por la importancia de la mujer en la Iglesia, estará orientado hacia establecer un vínculo entre lo que es la Iglesia y lo que es la mujer. Con esto, intentaremos descubrir que la Iglesia tiene también una naturaleza femenina que va mucho más allá del hecho de que la palabra “iglesia” esté formulada en género femeni- no o que, refiriéndose a ella, se utilice la palabra “madre”. El punto está en que esta naturaleza femenina, a su vez, le viene, necesaria- mente, de la mujer misma. De ahí la importancia eclesiológica de esta última, asunto que pasaremos a revisar a continuación. “Hay que entender a la mujer como símbolo de la Iglesia” (Stein 298), nos dice Edith Stein, puesto que ella –la mujer– “es un órgano esen- cial para la maternidad sobrenatural de la Iglesia. Ante todo, lo es con su maternidad corporal” (Stein 297). A partir de esto, podemos comenzar a esbozar la necesidad e importancia de la mujer desde una perspectiva eclesiológica. Y es que pareciera ser que en la natu- raleza femenina, tocada por la gracia, yace, también, un elemento de posibilidad de la misma Iglesia. Ya lo dice Edith Stein cuando habla de la creación y ve que la mujer ha sido formada desde el costado del hombre, para ser de este, compañera, y representar, así, su papel en la construcción de la Iglesia^7. Más aún, esta relación tiene, incluso, una dimensión corporal, netamente carnal, puesto que, según nues- (^7) Cf. Stein 298.

114 |¿POR QUÉ ES IMPORTANTE LA MUJER PARA LA IGLESIA? EL ROL DE LA MUJER EN LA IGLESIA Y SU IMPORTANCIA PARA LA FE CRISTIANA A PARTIR DE LA OBRA LA MUJER DE EDITH STEIN no solo se hallan contenidas una serie de características, sino que, ante todo, la vocación y especificidad de la mujer logran configurar una propuesta eclesiológica o, en otras palabras, una manera de ha- cer Iglesia que tiene como única referencia a la Trinidad misma^8. Es por eso que concluimos este capítulo afirmando que efectivamente existe una importancia eclesiológica en el rol de la mujer en la Igle- sia, importancia que se manifiesta de maneras muy diversas. Por un lado, la capacidad engendradora de la mujer es la que posibilita el crecimiento de la Iglesia y, por otro lado, más profundamente, su naturaleza y especificidad son las que marcan la esencia misma de la Iglesia, que desde siempre se ha sabido “esposa” de Cristo y, por tanto, hecha para entrar en-relación-con-otros y, en ellos, entrar en relación-con-el-único-Otro. De ahí que la presencia femenina en la Iglesia no solo no puede quedar reducida a una realidad meramente ocasional, práctica o circunstancial, sino que, más aún, debe ser re- conocida como uno de los elementos constitutivos (sino, el más) de la razón de ser de la Iglesia de Cristo.

4. La importancia divina de la mujer Bien sabemos que uno de los temas teológicos más relevantes de la era patrística y de todo el desarrollo posterior de la teología cristia- na, es el de la divinización del hombre a través de Cristo^9. Esto, a grandes rasgos, tiene que ver con que, en la Encarnación, al asumir el Verbo la condición humana, se establece un vínculo entre la vida (^8) Para profundizar en esta idea podemos volver a las luces que nos ofrece Elizabeth Johnson al decir: “El símbolo trinitario significa comunidad de iguales, algo esencial a la visión feminista de la ‘shalom’ última. Apunta a modelos de diferenciación que no son jerárquicos, y a formas de relación que no implican dominio. Moldea el ideal, reflejado en tantos estudios sobre el modo de ser de las mujeres en el mundo, de un vínculo relacional que permite el crecimiento de las personas como sujetos genuinos de la historia e y a través de la matriz comunitaria, y el florecimiento de la comunidad en y a través de la praxis de sus miembros” (Johnson 280). (^9) Cf. por ejemplo, el Adversus Haereses de IRENEO DE LYON y las funciones de le Encarnación que ahí se desarrollan.

Rafael García | 115 divina (hasta entonces exclusiva de Dios) y la vida humana. Dicho de otra manera, con la muerte y, sobre todo, con la resurrección de Cristo (entendido como plenamente humano) la vida divina se hace accesible a todo el género humano, por cuanto Jesús de Nazaret ha inaugurado la definitiva resurrección de la carne y la presen- cia infinita en el banquete escatológico que él mismo se ha ofrecido a preparar, previo a la llegada de todos los hombres y mujeres. Si debiéramos reducir esto al máximo, podríamos decir, que “el Hijo se ha hecho como nosotros para que nosotros seamos como él”. En eso consiste la divinización de la vida humana a la luz de la fe en Jesucristo. Pues bien, si llevamos este tema a lo que nos compete en este trabajo, es decir, a la investigación en torno a la importancia de la mujer en la Iglesia, podemos reconocer que, a partir de lo que hemos expuesto en los capítulos 1 y 2, la divinización del ser humano se da de un modo especial en la mujer, por cuanto su naturaleza y especifici- dad determinan un modo único de acercamiento a Dios. Es lo que nos dice Edith Stein cuando afirma: “grande y amplia ha llegado el alma a ser, porque ha salido de sí y ha ingresado en la vida divina. Como una llama tranquila arde en ella el amor que ha encendido el corazón, y la lleva a manifestar amor y a encenderlo en los otros” (Stein 163). Lo que se nos aparece, entonces, es la afirmación de que, cuando la mujer lleva adelante la realización de su propia vocación, es decir, la salida de sí misma para “hacerse espacio” para el otro – similar a la teoría judía del zim-zum y la contracción de Dios–, ella se está asociando, así, a una característica que es propia de Dios. Por ahí pasa, en una primera instancia, su participación en la vida divina, “a través de la más estrecha unión al corazón divino en una vida eucarística y litúrgica” (Stein 43), de modo que podemos apre- ciar cómo, finalmente, esa disposición natural de apertura que he- mos reconocido en la mujer encuentra su orientación definitiva en la vida divina de Dios. Dicho de otra manera, la capacidad receptiva

Rafael García | 117 es verdad que al principio lo hace como un actor activo que gatilla y conduce los procesos relativos a la Encarnación y al mismo Je- sús, pero después, en lo que conocemos como inversión trinitaria, el Espíritu Santo es dado (o, mejor dicho, insuflado) a los discípulos a través de Jesús. Por lo tanto, esta persona trinitaria expresa, con una tremenda claridad pedagógica, el acto de apertura y participa- ción de Dios en la vida de los hombres y mujeres. En otras palabras, la donación del Espíritu Santo no es solo una acción sin más, sino un acontecimiento que nos dice quién es Dios y, por tanto, cómo estamos llamados a ser cada uno de nosotros. Pues bien, es claro, entonces, que la vocación femenina logra relacionarse analógica- mente con el Espíritu Santo, quien, por antonomasia, es el dador de vida y amor, ambos elementos que constituyen, también, la raíz más profunda de lo que es la mujer^12. De ahí que afirmemos una im- portancia divina en la vida de la mujer al interior de la Iglesia como un elemento esencial que nos permite volver a Dios y reconocer con mayor claridad cuáles son las dinámicas pneumatológicas que dan vida y sentido a toda la Iglesia-Pueblo de Dios.

5. La importancia paradigmática de María No deja de ser cierto que, hasta ahora, todo lo que hemos dicho co- rresponde a una reflexión de corte más bien especulativo y, por eso, naturalmente puede surgir la pregunta acerca de cómo se concreta todo esto en la vida ordinaria de la mujer creyente. ¿Cómo podría la mujer aterrizar a su existencia más inmediata y cotidiana la certeza de saberse símbolo de la Trinidad y llamada a vivir la vida de Dios? ¿Cómo, a su vez, podría la mujer reconocerse como imagen de la Iglesia y, de algún modo, connatural a ella? ¿Cómo, en definitiva, podría la mujer ejercer y hacer aparecer su plena y verdadera impor- (^12) Esta idea es desarrollada más profundamente en Meis 775-78.

118 |¿POR QUÉ ES IMPORTANTE LA MUJER PARA LA IGLESIA? EL ROL DE LA MUJER EN LA IGLESIA Y SU IMPORTANCIA PARA LA FE CRISTIANA A PARTIR DE LA OBRA LA MUJER DE EDITH STEIN tancia dentro de la Iglesia? Pues bien, para encontrar esta respuesta debemos ir a la sencillez de la mujer que se llamó María de Nazaret, madre de Jesús (y Θεοτόκος) y figura teológica central de nuestra re- flexión, puesto que ella es el paradigma nacido de una singularidad que logra, al mismo tiempo, hacerse colectiva, es decir, para todos y todas. Dicho de otra manera, es en ella –en su ser madre, creyente y esposa– donde se concreta todo lo que hemos dicho y de ahí su importancia paradigmática en el desarrollo de esta investigación, pues la entendemos –a María– como el punto consolidador de los distintos temas que hemos tratado. A continuación, buscaremos dar cuenta del porqué de la centralidad de María y de esta necesidad de incluirla a la hora de afirmar la importancia de la mujer dentro de la Iglesia, siempre enmarcados, claro, en las ideas que presenta Edith Stein. Y es que, a partir de nuestra autora, podemos mirar a María y reconocer en ella una suerte de síntesis concreta que recoge, vive y muestra al mundo la plenitud de la naturaleza femenina que se pre- senta en esta obra, ya que, después de todo, según la misma Edith Stein, ella es “el símbolo más perfecto (en cuanto protoimagen y ori- gen) de la Iglesia”, así como también es “el órgano a partir del cual todo el cuerpo místico fue creado, también la cabeza misma” (Stein 299). Finalmente, cabe mencionar que, para entender plenamente esto, será muy importante tener como telón de fondo los cuatro ca- pítulos previos que ya hemos desarrollado y que, en cierto sentido, terminan de amarrarse en este quinto y último apartado. En más de una ocasión, Edith Stein llama a María la Inmaculada, lo cual, obviamente, nos remite al dogma de la Inmaculada Concep- ción y todo su significado teológico. En palabras del Magisterio, re- cordemos, que este dogma refiere al hecho que la “Beatísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de la culpa original en el primer instante de su concepción, por singular gracia y privi- legio de Dios Omnipotente, en atención a los méritos de Cristo Jesús, Salvador del género humano” (Denzinger-H ünerman , n.2803). Dicho

120 |¿POR QUÉ ES IMPORTANTE LA MUJER PARA LA IGLESIA? EL ROL DE LA MUJER EN LA IGLESIA Y SU IMPORTANCIA PARA LA FE CRISTIANA A PARTIR DE LA OBRA LA MUJER DE EDITH STEIN ción de Dios, no solo queda definida la santidad de la Virgen, sino que, con ella, también es nuestra propia humanidad la que se abre a la vida divina y santificada^13. Por eso, Edith Stein será insistente en afirmar que, desde una perspectiva femenina, “la imagen de la ma- dre de Dios nos muestra la actitud anímica básica correspondiente a la vocación natural de la mujer” (Stein 30).

6. Conclusión: perspectivas abiertas del rol de la mujer en la Iglesia hoy Si bien hemos logrado, gracias al capítulo anterior, aterrizar de un modo más concreto nuestra reflexión y hacerla, creíble y practicable a la luz del ejemplo de María, me parece necesario, también, que po- damos esbozar algunas conclusiones o desafíos más o menos defini- dos que logran desprenderse de todo lo que ya hemos dicho. La idea de esto es, sobre todo, volver a recordar que nuestra reflexión teoló- gica no puede quedársenos únicamente en las nubes, en medio de una confusa nebulosa de teoremas y planteamientos. No, la teología debe tener, necesariamente, una concreción práctica que pueda ser asumida por todas las personas y que contribuya, de algún modo, en el caminar y la vida de la Iglesia. Solo así la teología tendrá ver- dadero sentido y estará realmente encarnada, y es desde ese espíritu que presentamos esta conclusión, la cual, como ya dijimos, no pre- tende dejar resueltas todas las preguntas, sino, más bien, presentar las perspectivas que, a partir de nuestra investigación, han quedado abiertas para seguir reflexionando en torno al rol de la mujer en la Iglesia de hoy. (^13) Sobre esto, puede resultar muy iluminadora la siguiente cita: “en ambos (Jesús y María) , el lugar de esa vinculación se da en la unión con la divinidad: En Cristo por la unión hipostática; en María, por la entrega de todo su ser al servicio del Señor. ¿Quedan por ello tan separados del resto de la humanidad, como para no poder ya servirle como modelo? De ninguna manera. Ellos han vivido para los seres humanos, y no sólo porque han operado nuestra redención, sino también porque nos han enseñado cómo deberíamos vivir para tomar parte en la redención ” (Stein 244).

Rafael García | 121 “El sexo femenino es ennoblecido por cuanto que el Salvador ha nacido de una mujer, de modo que ‘una mujer fue la puerta por la que Dios hizo su entrada al género humano’” (Stein 61). En otras palabras, el inicio de la historia de la salvación, tal como fue y lo conocemos, dependió total y exclusivamente, en su sentido más ori- ginal, de una mujer. ¿Entonces cómo se explica que, con el paso de los siglos, el rol de la mujer en la Iglesia fue siendo cada vez más relegado y secundario frente al del varón, siendo que la Iglesia mis- ma halla su origen en el vientre de una mujer virgen y que, ya en el relato sacerdotal de la creación, se estableciera la igual dignidad del hombre y la mujer? El origen de esto, nos dice Edith Stein, solo se explica a la luz de la caída que significó el pecado original, donde: De esta relación de compañerismo ha surgido una relación de dominio, que muchas veces es ejercido de modo brutal, de forma que ya no se pregunta por los dones naturales de la mujer y su desarrollo óptimo, sino que se le utiliza como medio para el resultado, o para la satisfac- ción de la propia concupiscencia (Stein 64). Esta malformación del designio creador, que estaba marcado origi- nalmente por el reconocimiento de la unidad e igualdad fundamen- tal, es lo que se ha seguido pagando a lo largo de la historia de la Iglesia, teniendo a la mujer (y, con ella, a los débiles y los pequeños) como una de sus principales afectadas. Sin embargo, seguimos teniendo la oportunidad de reconocer de manera más certera qué es lo que podría pensar Dios acerca de la mujer, y de eso, naturalmente, debería desprenderse cuál es la va- loración que la historia y la Iglesia hace actualmente de ella y de su rol. Esa oportunidad está en la vuelta a la naturaleza donadora del mismo Dios, ya que: ¿Ha hecho el Señor alguna vez una diferencia entre hombres y muje- res? (…) en su amor no hizo ni hace ninguna distinción. Los medios de