
¡ESTA VEZ, NO ME VOY!
Marcelo se encontraba revisando su álbum de fotos y se había detenido en una en la que se
encontraba con sus compañeros de trabajo de las diferentes empresas en las que había
laborado, era para su cumpleaños número 42, en su casa.
Marcelo Reggio, así se llamaba, con dos hijos aún en edad escolar, y uno por venir, pensaba
sobre las diversas oportunidades que había desperdiciado y en el futuro que ahora tendría si al
menos, hubiera continuado trabajando en una de estas empresas. Todas estas empresas aún
estaban en el mercado y se encontraban muy bien posicionadas y valoradas en el entorno
empresarial.
Sentado mientras saboreaba una limonada, pensó en los motivos que lo llevaron a la posición en
la que se encontraba; falta de madurez, sordera a las exhortaciones, no haber tenido la
responsabilidad familiar que ahora asumía con entereza, su carácter el que muchas veces le
habían dicho que era un rebelde y osco y que ello no lo llevaría a buen término, estudios a
medio terminar, o mejor dicho, ¡…a medio empezar! etc., todos pasaban por su mente, con
varios años de convivencia y una familia constituida.
En uno de sus viajes había conocido a Lucero, chiclayana, de buena cocina, educada para
apoyar al compañero y proteger la unión irrigando las raíces del hogar con mucho amor,
consejo, abnegación y fortaleza ante la adversidad. Se había sacado la suerte, pensaba para sí
mismo, después de todo lo que había pasado y vivido.
En las empresas por las que transitó, siempre se había desempeñado en el área de
recuperaciones, “rompe puertas” les decían, pero dentro del estilo y técnicas de recupero, la
suya era la mejor; sus resultados hablaban por él, eran muy satisfactorios.
Su experiencia y entrenamiento le habían valido y facilitado el encontrar trabajo en diversas
empresas, muchas veces había tenido que mostrarse de manera diferente a la cual él sentía
para lograrlo, cada vez que renunciaba la búsqueda se hacía más difícil y sobre todo tener que
retomar un nuevo empezar y realmente se sentía muy c Le había venido a la memoria un
comentario de su esposa, comentario que había salido en una conversación entre compañeros,
en una reunión informal de fin de semana, a la salida del trabajo, con unos colaboradores que lo
acompañaron muy dispuestos a “probar” el arroz con pato y pepián de choclo que la Sra. Lucero
había preparado ese sábado previo a fiestas patrias.
Su compañeros habían comentado, después del segundo plato de pepián, que cómo era posible
que Marcelo durara tanto con una persona como Lucero, cuando él se pintaba como un individuo
que se “aburría” rápido y le recordaban por la cantidad de empresas en la que había estado y
que cada vez que él no estaba de acuerdo, renunciaba, chero, como tiernamente le decía a su
esposa, lo miró fijamente entre perpleja y mortificada y le respondió, ¡…pero si lo tienes todo!
Ya, descansando, repasaba las empresas en las que pasó sus años y las razones por las que se
fue; en unas porque sus administradores instituían nuevos procedimientos, en otras porque le
yuxtaponían nuevas funciones; nuevos jefes, nuevos estilos, nuevas formas de control, etc., o
como por ejemplo, la empresa de los Arrieta, quienes no toleraban las críticas negativas, o el de
la empresa de los Sosa, siempre a la defensiva, con un tono hostil, respuestas mal dadas, sin el
suficiente tacto o faltos de amabilidad a la hora de dar una respuesta, o la peor de todas, la del
supervisor, el “chileno Valdivia" , quien en vez de ofrecer descuentos, promociones o un
obsequio especial de cara a fidelizar a los clientes, ofrecía premios o dádivas - permisos,
atenciones sibilinas - a cambio de buenas opiniones, o resultados sobre su labor.