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Asignatura: Historia de los reinos helenísticos y el mundo romano, Profesor: Gonzalo Cruz Andreotti, Carrera: Historia, Universidad: UMA
Tipo: Apuntes
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**1. Filipo II de Macedonia y la unificación de Grecia
2. El imperio de Alejandro Magno El proyecto de Filipo II de unir a todas las ciudades griegas, incluidas las asiáticas, se ve desbordado por los planes de su hijo Alejandro, una de las figuras más mitificadas de la Antigüedad. Tras el asesinato de su padre heredó sus prerrogativas como rey de Macedonia y estratego de la Liga de Corinto y su proyecto, el de hacer la guerra a los persas liderando una alianza de todas las ciudades griegas. Varios rasgos definen su personalidad y su liderazgo:
demorarse varios meses para tomar por asedio la ciudad-isla de Tiro, cuyos habitantes fueron masacrados como ejemplo y advertencia. Su entrada en Egipto constituyó un paseo triunfal, pues se presentó ante la población como el libertador frente a la ocupación persa. Fue aceptado como rey de Egipto y asumió los títulos y la parafernalia tradicional de los faraones. Como era su norma, estableció buenas relaciones con el clero local y respetó y benefició a los templos y cultos locales. Fundó la ciudad de Alejandría en el delta del Nilo y efectuó una peregrinación al santuario oracular del dios Amón en el oasis de Siwa, donde fue reconocido por los sacerdotes como hijo de la divinidad. En 332 a.C. concluyó la conquista de las satrapías occidentales y se preparó para penetrar en el interior de Asia. Darío envió, por segunda vez, una embajada ofreciendo unos términos de rendición y alianza muy atractivos, en opinión del estado mayor de Alejandro, que el monarca rechazó, pues sólo contemplaba la sumisión total del persa. La batalla de Gaugamela (331 a.C.) señala el principio del fin del dominio aqueménida. Alejandro entró triunfalmente en Babilonia, tras pactar con las autoridades locales, siendo aclamado como rey. Estableció buenas relaciones con el clero local, promovió la restauración del templo de Marduk y desplegó una política de colaboración con los aristócratas locales. A continuación se dirigió a Susa, la capital que albergaba el tesoro real persa, obteniendo así inmensos recursos financieros. Su siguiente objetivo fue Persépolis, la capital ceremonial del imperio persa, que fue saqueada, y cuyos palacios reales fueron incendiados. Se trataba de un gesto cargado de simbolismo tanto para los griegos, señalando la victoria en su guerra de represalia, como para los persas, proclamando el fin del dominio aqueménida y el inicio de su propio imperio. Poco después conquistaba Ecbatana (Epiphaneia), la última de las grandes capitales del imperio persa. Allí licenció a sus tropas griegas dando por concluida la guerra de represalia que había motivado, oficialmente, su expedición. Pero Alejandro continuó la persecución implacable de Darío III, que fue finalmente asesinado por el sátrapa local Besós. Alejandro tributó honores al cadáver del monarca persa, ordenando que fuese trasladado a Persépolis y que se le rindiesen las ceremonias fúnebres adecuadas a su estatus real. Se inicia entonces la lucha contra Besós y la conquista de las satrapías orientales de Drangiana, Bactriana y Sogdiana, en las cuales Alejandro lucha contra las noblezas guerreras locales, en duras campañas que minan la resistencia de sus tropas y la confianza de sus generales. Tras duros combates, Alejandro consiguió la eliminación de los líderes rebeldes y la pacificación de la zona, que fue sellada con su matrimonio con Roxana, una princesa local. Durante esa etapa se incrementan las tensiones entre Alejandro y su ejército, especialmente con su Estado Mayor. La dureza de la campaña se había cobrado numerosas bajas entre los macedonios. Por otra parte, Alejandro había iniciado una política de orientalización, adoptando el ritual de la corte persa, que incluía gestos como el de la proskynesis , inaceptable para los macedonios. Se sucedieron conspiraciones contra su persona, ejecuciones (Filotas, Parmenión, Calístenes) y excesos como el asesinato de Clito el Negro a manos de Alejandro, durante un banquete. El siguiente objetivo de su expedición fue la conquistas de la India, un territorio mítico y poco conocido para los griegos, que con ese nombre designaban básicamente la cuenca del Indo. Los motivos de Alejandro parecen estar en relación con su obsesión por alcanzar los límites del mundo conocido y por obtener las riqueza asociada a esas tierras míticas del Oriente. Tras atravesar el Indo tuvo un encuentro decisivo, junto al río Hidaspes, con el rey Poro, al frente de un potente ejército que contaba con doscientos elefantes. De nuevo su genio militar propicio la victoria sobre Poro (326 a.C.) cuya vida respetó, convirtiéndolo en
aliado y sátrapa de la región. Alejandro continuó adelante hasta el río Hífasis, con la intención de proseguir hasta la cuenca del Ganges. Pero sus tropas, informadas de las dificultades de la empresa, se negaron a continuar, lo que obligó al monarca a abandonar su empresa. Antes de emprender el retorno ordenó erigir doce altares para marcar los límites de sus conquistas. Estos monumentos se convirtieron desde entonces en un “lugar emblemático de la geografía mítica griega” (Gómez Espelosín 2014). El ejército de Alejandro descendió por el Indo en una gran flota encontrando en su camino al sur la hostilidad y dura oposición de las poblaciones locales. Al llegar al Océano Alejandro tomó la ruta terrestre del desierto de Gedrosia, en tanto que el almirante Nearco, al mando de la flota, siguió la ruta marítima hacia el golfo Pérsico. La expedición por el desierto fue extremadamente dura, con numerosas bajas entre las filas macedonias. Tras su retorno, Alejandro emprende la compleja tarea de administrar su imperio, con una política presidida por la integración de las élites iranias en el ejército y la administración. Con ese mismo objetivo organizó en Susa una fastuosa ceremonia de boda entre miembros de la élite macedonia y princesas iranias. Esta política de integración y su intención de licenciar a los veteranos de su ejército provocó malestar entre los macedonios, produciéndose la revuelta de Opis (cerca de Babilonia), reprimida con una mezcla de dureza con los cabecillas y paternalismo con sus tropas, a las que perdonó. Mientras preparaba nuevos proyectos de conquistas, en Arabia y, al parecer, incluso hasta el extremo occidente, la muerte le sorprendió en Babilonia, en 323 a.C. Su desaparición abre un nuevo período histórico: el helenismo La estrategia militar, la diplomacia política y los pactos con los indígenas explican los éxitos y la rapidez de las conquistas de Alejandro Magno. El monarca era consciente de la inferioridad numérica de sus tropas y se presentaba como el libertador de los pueblos sometidos por los persas que, excepto en las regiones de Media y de Persia, representaban la minoría responsable de la administración. Alejandro mantuvo básicamente el mismo aparato administrativo del Imperio persa, pero encargó la dirección de su funcionamiento a griegos y macedonios o bien a indígenas fieles a su persona. A su vez, estimuló y favoreció la integración de sus tropas en tierras iranias promoviendo matrimonios masivos con mujeres indígenas, y él mismo desposó primero a Roxana, hija de un jefe bactriano, y después a la hija mayor de Darío. La fundación de numerosos núcleos urbanos , muchos de ellos con el nombre de Alejandría, tuvo como objetivo asentar a los soldados licenciados, proporcionar estabilidad a las relaciones establecidas y consolidar los territorios anexionados.
3. Los reinos helenísticos A la muerte de Alejandro, sus generales (Antípatro, Ptolomeo, Antígono, Lisímaco, Pérdicas... los llamados diádocos o sucesores directos) pretenden mantener la unidad del Imperio y seguir la misma política. Sin embargo, las ambiciones personales dejan paso a las tendencias secesionistas y los enfrentamientos, que rompen definitivamente la incipiente unidad, modificando la situación general. Hacia 275 a.C., la herencia territorial de Alejandro aparece dividida en los siguientes Estados helenísticos, convertidos en reinos dinásticos, cuyas fronteras variarán con el tiempo:
La expansión imperialista de la República Romana absorberá progresivamente a los diferentes reinos helenísticos, hasta que en el año 30 a.C., la derrota de la última reina lágida, Cleopatra VII, frente a Octavio Augusto, cierra, de forma simbólica, el período Helenístico. Estudiaremos a continuación, más detenidamente, los tres principales estados helenísticos: La monarquía seléucida Es el reino de mayor extensión, al abarcar los amplísimos dominios de Asia Menor, Mesopotamia y Siria. Abarcaba una gran variedad de entidades étnicas, culturales y lingüísticas. A diferencia del Egipto lágida, fueron frecuentes las usurpaciones y luchas internas en el seno de la dinastía, lo que contribuyó a la paulatina decadencia del último siglo del reino. Su control territorial se fue reduciendo progresivamente, ante el avance de los partos en Oriente y el surgimiento de reinos independientes. El centro de gravedad del imperio seléucida se ubicaba en la zona de Siria, junto al Mediterráneo, en torno a ciudades como Antioquía del Orontes, aunque se mantuvo como capital oficial Seleucia del Tigris. El rey era el propietario de las tierras, como en la monarquía lágida, y disponía de ellas con plena libertad. Los monarcas seléucidas fundan numerosas ciudades con objetivos comerciales y para controlar a las poblaciones nómadas; estos núcleos urbanos siguen el modelo de las ciudades griegas y están integrados por soldados grecomacedonios licenciados, a los cuales el rey otorga tierras en propiedad, trabajadas normalmente por esclavos. Los campesinos indígenas viven en las aldeas y su situación jurídica es la de trabajadores sometidos comunitariamente. El sistema administrativo de estas ciudades recuperaba fórmulas griegas: un territorio dividido en démoi , una población divida en tribus, una acrópolis, código de leyes, órganos de gobierno propios… Todo ello en aras de una autonomía tan solo aparente, pues están siempre sometidas a la autoridad del rey, que podía intervenir directamente en su gobierno.
En Egipto, el fenómeno de la urbanización tiene una importancia mucho menor que en Asia. A excepción de Alejandría y de Ptolemais , donde residen numerosos griegos, los soldados licenciados viven en las aldeas junto a los indígenas y reciben de los reyes asignaciones de tierra. A través de Alejandría, el puerto más importante de los Lágidas, se comercializan todos los productos excedentes egipcios, así como aquellos que llegan a Egipto procedentes de África y de Arabia. La monarquía antigónida Macedonia y Grecia, tras la muerte de Alejandro, quedaron bajo la esfera de poder de uno de los diádocos, Antígono I Monóftalmos, y posteriormente de su hijo Demetrio Poliorcetes. Antígono Gónatas, hijo de Demetrio (y nieto de Antígono Monóftalmos y Antípatro) consolida una dinastía que se prolonga hasta el 168 a. C., en que el rey Perseo es derrotado por los romanos. A diferencia del caso de las monarquías seléucida y la ptolemaica, la figura del rey continuó más apegada a su papel tradicional y no fue objeto como objeto de culto ni adoración. Macedonia y la Grecia balcánica no participan en la misma medida del auge económico de la época. La emigración de los soldados hacia Oriente supuso un fuerte retroceso demográfico, paralelo al aumento de la mano de obra esclava. Sin embargo, el mar Egeo , donde confluyen las rutas que llegan del mar Negro, Asia y Egipto con las procedentes del Mediterráneo occidental, la Magna Grecia y Sicilia, mantiene una gran actividad comercial, destacando los puertos de Rodas y el de Delos. La paz armada impuesta por Macedonia a las ciudades griegas conllevó que - con la estabilidad exterior y el apaciguamiento sino el final de los conflictos sociales internos- buena parte de los recursos se dedicaran a la reconstrucción de sus economías, evidentemente productivas y comerciales, incrementando asimismo su auge con los emergentes mercados urbanos y regios orientales. Junto a estos tres reinos, en el mundo helenístico se desarrollan otros estados de importancia, como Pérgamo, con la dinastía de los Atálidas, Bitinia, Ponto o Bactriana.
La vida ciudadana en el helenismo Por su organización interna, las ciudades helenísticas no diferían mucho de su modelo, las poleis griegas. Sin embargo, dieron lugar a una serie de nuevas instituciones políticas urbanas características. Entre ellas destaca el evegetismo. Buena parte de la vida económica, social y cultural de la ciudad estaba promovida por l s propios reyes o por personajes destacados de la comunidad, que con su propia riqueza sufragaban construcciones públicas, festejos, saneamiento, incluso en ocasiones la alimentación… El evergetismo es un fenómeno que tendrá posteriormente enorme importancia en la vida de las ciudades del imperio romano. El auge del evergetismo es directamente proporcional a la decadencia de las instituciones verdaderamente democráticas y del Estado mismo como benefactor, que ven cercenado su capacidad de actuación con la limitación de los derechos políticos en muchas ciudades e, igualmente, es correlativo a la decadencia del ideal de la polis clásica como aquel espacio público donde se cubren todas las aspiraciones del individuo como ciudadano y ser social. Ya no es la comunidad, sino el evergeta, el que va cubriendo las necesidades de la población urbana más empobrecida que, por ello, no mira más a la ciudad como al noble benefactor.
Religiosidad helenística A largo y ancho del mundo helenístico se construyeron templos dedicados a los dioses tradicionales de los griegos. Todas las grandes ciudades helenísticas poseían sus propios festivales religiosos griegos. Al mismo tiempo, los reyes helenísticos protegieron y renovaron el culto de los dioses nativos más importantes, y sus templos y sacerdotes continuaron su función. Pero quizá el rasgo más interesante del helenismo es la fusión de ideas griegas y orientales que se documentan en todos los niveles de la sociedad, y muy especialmente en lo religioso. Esta mezcla de costumbres e ideas religiosas es denominada sincretismo. Un buen ejemplo de este fenómeno es la figuras de Serapis. Serapis fue una deidad greco-egipcia, “creada” en el siglo III a.C. bajo el auspicio del rey Ptolomeo I, como un medio para vincular a las comunidades de origen griego y egipcio de su reino. El dios surgió a partir del culto de Osiris-Apis y fue representado con apariencia griega y adornos egipcios, combinando diversos atributos de Hades, Osiris, Dionisio, Zeus y Heracles. Su culto se extendió rápidamente por todo Egipto por impulso de los Ptolomeos, quienes construyeron un espléndido Serapeum en Alejandría, y su popularidad aumentó en época romana. Bibliografía: BOSWORTH, A. B. (1996): Alejandro Magno. Cambridge; New York: Cambridge University Press. FOX, R. L. (2007): Alejandro Magno: conquistador del mundo. Barcelona: Acantilado. GÓMEZ ESPELOSÍN F. J. (2007): La leyenda de Alejandro: mito, historiografía y propaganda. Alcalá de Henares: Universidad de Alcalá.