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Ejercicios ofimática, Ejercicios de Informática

Ejercicios de informática hechos en Word

Tipo: Ejercicios

2022/2023

Subido el 07/03/2023

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Las señoritas. George Sand
Les demoiselles o señoritas del Berry nos parecen primas de las milloraines normandas que el
autor de La Normandie merveilleuse describe como seres de estatura gigantesca. Se
mantienen inmóviles y su forma, poco definida, no permite reconocer ni sus miembros ni su
rostro. Cuando alguien se acerca a ellas, huyen dando una serie de saltos irregulares muy
rápidos.
Las señoritas o damas blancas son de todos los países. No creo que sean de origen galo, sino
más bien de la Francia de la Edad Media. Sea como fuere, contaré una de las leyendas más
completas que he podido recoger a propósito de ellas.
Un gentilhombre del Berry, llamado Jean de la Selle, vivía el siglo pasado en su castillo situado
al fondo de los bosques de Villemort. La zona, triste y salvaje, se alegra un poco en la linde con
los bosques, allí donde el terreno seco, plano y cubierto de robles, se inclina hacia praderas
que humedecen una serie de pequeños lagos hoy mal cuidados.
Ya en el tiempo del que hablamos, las aguas empapaban los prados del señor de la Selle, dado
que el buen gentilhombre no poseía suficiente fortuna como para hacer sanear sus tierras.
Poseía una gran extensión, pero de escasa calidad y de pequeño rendimiento.
Sin embargo, él vivía contento gracias a sus gustos modestos y a su carácter tranquilo y jovial.
Los campesinos de sus tierras y de los alrededores lo tenían por un hombre de bondad
extraordinaria y de rara delicadeza. Decían de él, que antes de perjudicar lo más mínimo a un
vecino, fuera quien fuese, se dejaría quitar la camisa del cuerpo y su caballo de entre las
piernas.
Y sucedió que, una tarde, el señor de la Selle, después de haber estado en la feria de La
Berthenoux para vender un par de bueyes, regresaba por la linde del bosque, acompañado por
su aparcero, el alto Luneau, que era un hombre listo y entendido, y llevando sobre la grupa
flaca de su yegua gris la suma de seiscientas libras en grandes escudos con la efigie de Luis XIV.
Era el importe de los animales vendidos.
Como buen rústico que era, el señor de la Selle había comido bajo los árboles y como no le
agradaba beber solo, había hecho sentarse junto a él a Luneau y le había servido vino del país
como a él mismo con el fin de hacerle sentirse cómodo dándole ejemplo. Hasta tal punto que
el vino, el calor, el cansancio de la jornada y, sobre todo, el trote cadencioso de la yegua,
habían dormido al señor de la Selle y llegó a su casa sin saber demasiado el tiempo que
había empleado ni el camino que había seguido. Era Luneau el que lo conducía y Luneau lo
había conducido bien puesto que llegaban sanos y salvos; sus caballos no tenían ni un pelo
mojado. El señor de la Selle no se encontraba borracho. Nunca en su vida lo habían visto
perder el sentido. Por lo que, una vez que se quitó las botas, le dijo a su sirviente que llevara la
bolsa a su habitación; luego estuvo charlando muy razonablemente con Luneau, le dio las
buenas noches y se marchó a dormir sin más demora. Pero, al día siguiente, cuando abrió la
bolsa para coger el dinero, sólo encontró gruesos guijarros, y después de inútiles
investigaciones, se vio obligado a reconocer que le habían robado.
Luneau, llamado y consultado, juró por su óleo y su bautismo, que había visto el dinero bien
contado en la bolsa, que él mismo había cargado y atado sobre la grupa de la yegua. Juró
igualmente por su fe y su ley que no se había separado de su señor ni la anchura de un caballo
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Las señoritas. George Sand Les demoiselles o señoritas del Berry nos parecen primas de las milloraines normandas que el autor de La Normandie merveilleuse describe como seres de estatura gigantesca. Se mantienen inmóviles y su forma, poco definida, no permite reconocer ni sus miembros ni su rostro. Cuando alguien se acerca a ellas, huyen dando una serie de saltos irregulares muy rápidos. Las señoritas o damas blancas son de todos los países. No creo que sean de origen galo, sino más bien de la Francia de la Edad Media. Sea como fuere, contaré una de las leyendas más completas que he podido recoger a propósito de ellas. Un gentilhombre del Berry, llamado Jean de la Selle, vivía el siglo pasado en su castillo situado al fondo de los bosques de Villemort. La zona, triste y salvaje, se alegra un poco en la linde con los bosques, allí donde el terreno seco, plano y cubierto de robles, se inclina hacia praderas que humedecen una serie de pequeños lagos hoy mal cuidados. Ya en el tiempo del que hablamos, las aguas empapaban los prados del señor de la Selle, dado que el buen gentilhombre no poseía suficiente fortuna como para hacer sanear sus tierras.

Poseía una gran extensión, pero de escasa calidad y de pequeño rendimiento.

Sin embargo, él vivía contento gracias a sus gustos modestos y a su carácter tranquilo y jovial. Los campesinos de sus tierras y de los alrededores lo tenían por un hombre de bondad extraordinaria y de rara delicadeza. Decían de él, que antes de perjudicar lo más mínimo a un vecino, fuera quien fuese, se dejaría quitar la camisa del cuerpo y su caballo de entre las piernas. Y sucedió que, una tarde, el señor de la Selle, después de haber estado en la feria de La Berthenoux para vender un par de bueyes, regresaba por la linde del bosque, acompañado por su aparcero, el alto Luneau, que era un hombre listo y entendido, y llevando sobre la grupa flaca de su yegua gris la suma de seiscientas libras en grandes escudos con la efigie de Luis XIV. Era el importe de los animales vendidos. Como buen rústico que era, el señor de la Selle había comido bajo los árboles y como no le agradaba beber solo, había hecho sentarse junto a él a Luneau y le había servido vino del país como a él mismo con el fin de hacerle sentirse cómodo dándole ejemplo. Hasta tal punto que el vino, el calor, el cansancio de la jornada y, sobre todo, el trote cadencioso de la yegua,

habían dormido al señor de la Selle y llegó a su casa sin saber demasiado el tiempo que

había empleado ni el camino que había seguido. Era Luneau el que lo conducía y Luneau lo había conducido bien puesto que llegaban sanos y salvos; sus caballos no tenían ni un pelo mojado. El señor de la Selle no se encontraba borracho. Nunca en su vida lo habían visto perder el sentido. Por lo que, una vez que se quitó las botas, le dijo a su sirviente que llevara la bolsa a su habitación; luego estuvo charlando muy razonablemente con Luneau, le dio las buenas noches y se marchó a dormir sin más demora. Pero, al día siguiente, cuando abrió la bolsa para coger el dinero, sólo encontró gruesos guijarros, y después de inútiles investigaciones, se vio obligado a reconocer que le habían robado. Luneau, llamado y consultado, juró por su óleo y su bautismo, que había visto el dinero bien contado en la bolsa, que él mismo había cargado y atado sobre la grupa de la yegua. Juró igualmente por su fe y su ley que no se había separado de su señor ni la anchura de un caballo

mientras recorrieron la carretera general. Pero confesó que, una vez entrado en el bosque, se había sentido un poco pesado y que podía haberse dormido sobre su montura por un espacio de un cuarto de hora aproximadamente. Se había visto de repente junto a la «Gâgne-aux- demoiselles» y a partir de ese momento no había dormido más ni había encontrado a ningún cristiano.

Una casa encantada. Virginia Wolf

A cualquier hora que una se despertara, una puerta se estaba cerrando. De cuarto en cuarto iba, cogida de la mano, levantando aquí, abriendo allá, cerciorándose, una pareja de duendes. «Lo dejamos aquí», decía ella. Y él añadía: «¡Sí, pero también aquí!» «Está arriba», murmuraba ella. «Y también en el jardín», musitaba él. «No hagamos ruido», decían, «o les despertaremos.» Pero no era esto lo que nos despertaba. Oh, no. «Lo están buscando; están corriendo la cortina», podía decir una, para seguir leyendo una o dos páginas más. «Ahora lo han encontrado», sabía una de cierto, quedando con el lápiz quieto en el margen. Y, luego, cansada

de leer, quizás una se levantará, y fuera a ver por sí misma, la casa toda ella vacía, las

puertas quietas y abiertas, y sólo las palomas torcaces expresando con sonidos de burbuja su contentamiento, y el zumbido de la trilladora sonando allá, en la granja. «¿Por qué he venido aquí? ¿Qué quería encontrar?» Tenía las manos vacías. «¿Se encontrará acaso arriba?» Las manzanas se hallaban en la buhardilla. Y, en consecuencia, volvía a bajar, el jardín estaba quieto y en silencio como siempre, pero el libro se había caído al césped. Pero lo habían encontrado en la sala de estar. Aun cuando no se les podía ver. Los vidrios de la ventana reflejaban manzanas, reflejaban rosas; todas las hojas eran verdes en el vidrio. Si ellos se movían en la sala de estar, las manzanas se limitaban a mostrar su cara amarilla. Sin embargo, en el instante siguiente, cuando la puerta se abría, esparcido en el suelo, colgando de las paredes, pendiente del techo… ¿qué? Yo tenía las manos vacías. La sombra de un tordo cruzó la alfombra; de los más profundos pozos de silencio la paloma torcaz extrajo su burbuja

de sonido. «A salvo, a salvo, a salvo…», latía suavemente el pulso de la casa. «El tesoro está

enterrado; el cuarto…», el pulso se detuvo bruscamente. Bueno, ¿era esto el tesoro enterrado? Un momento después, la luz se había debilitado. ¿Afuera, en el jardín quizá? Pero los árboles tejían penumbras para un vagabundo rayo de sol. Tan hermoso, tan raro, frescamente hundido bajo la superficie el rayo que yo buscaba siempre ardía detrás del vidrio. Muerte era el vidrio; muerte mediaba entre nosotros; acercándose primero a la mujer, cientos de años atrás,

abandonando la casa, sellando todas las ventanas; las estancias quedaron oscurecidas. Él lo

dejó allí, él la dejó a ella, fue al norte, fue al este, vio las estrellas aparecer en el cielo del sur;

buscó la casa, la encontró hundida bajo la loma. «A salvo, a salvo, a salvo», latía

alegremente el pulso de la casa. «El tesoro es tuyo.»

El viento sube rugiendo por la avenida. Los árboles se inclinan y vencen hacia aquí y hacia allá. Rayos de luna chapotean y se derraman sin tasa en la lluvia. Rígida y quieta arde la vela.