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Las consecuencias del cambio climático incluyen ahora, entre otras, sequías intensas, escasez de agua, incendios graves, aumento del nivel del mar, inundaciones, deshielo de los polos, tormentas catastróficas y disminución de la biodiversidad
Tipo: Monografías, Ensayos
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La larga y breve historia del cambio climático PUBLICIDAD El 8 de agosto de 1975 apareció en la prestigiosa revista científica Science un término que a partir de entonces se convertiría en una de las principales preocupaciones de nuestra especie: el cambio climático. Ya en ese entonces la evidencia de un progresivo y sostenido calentamiento de la atmósfera se hacía notoria, y las principales sospechas recayeron en la humanidad, ya que desde el siglo XIX hemos bombardeado impunemente nuestra atmósfera con gases ricos en carbono, como el dióxido de carbono (CO2) o el metano (CH4). Naturalmente, también hubo voces escépticas al respecto. A fin de cuentas, se sabía desde hacía mucho ya que la civilización humana entera se ha desarrollado en los 12.000 años finales de una era glacial (conocida como Würm), que no es muy distinta de muchas otras que nuestro planeta ha vivido. Nuestro planeta transitaba, mucho antes de que los seres humanos inventásemos la industria, una etapa de calentamiento natural. Y visto así, ¿por qué debíamos asumir la culpa de un proceso climático que sucedió muchas otras veces en el pasado geológico del planeta? Quizá por eso le tomó 30 años a la Organización Meteorológica Mundial dar cuenta del proceso actual de calentamiento del planeta y, tras cotejar con la evidencia disponible de procesos anteriores, llegar a una irrebatible conclusión: nunca antes el proceso de calentamiento se dio de un modo tan rápido y sostenido como desde el siglo XIX hasta el día de hoy. De hecho, el registro de temperaturas medias mundiales, disponible desde 1850, corrobora nuestras peores sospechas: el proceso de calentamiento mundial, principal factor causante del cambio climático, se ha acelerado notoriamente conforme la humanidad progresa en su modelo de industrialización. Esto se debe, como es sabido ya, a que las necesidades energéticas de nuestra civilización y nuestro modelo de vida son enormes y constantes, y los modelos disponibles para satisfacerlas son, sencillamente, nocivos para la estabilidad climática del planeta. Especialmente la quema de combustibles fósiles, que libera a la atmósfera toneladas de gases ricos en carbono, produce un aumento desproporcionado del efecto invernadero. Los cálculos, en ese sentido, no son optimistas. Se estima que durante la próxima década, las temperaturas medias aumentarán casi 2 ºC respecto a los niveles preindustriales, lo cual es suficiente para acarrear cambios drásticos en el modo en que el clima se manifiesta a escala global. En resumidas cuentas, hablamos de estaciones más crudas y extremas: inviernos más fríos y veranos más calientes, pero también de precipitaciones torrenciales y mayor frecuencia de ciclones, a la par que largos períodos de sequía y desertificación. Sin embargo, los efectos más graves de este cambio los sufrirán los océanos: el aumento del nivel de las aguas producto del derretimiento de los polos traerá consigo una mayor acidificación y menores niveles de oxígeno, que atentarán directamente contra la biodiversidad de los mares a un ritmo demasiado veloz como para permitir una evolución
adaptativa. Se trata, pues, de un fenómeno que amenazará de manera directa e indirecta nuestro modelo de existencia y el de millones de plantas y animales. Una temperatura global 2 ºC mayor a la actual, por ejemplo, acabaría con todos los arrecifes coralinos. Las primeras consecuencias, no obstante, ya están aquí: incendios en largas extensiones de diversos continentes, inundaciones recurrentes, sequías que reducen la cantidad de tierra disponible para el cultivo y temporadas de huracanes cada vez más intensas y prolongadas. Todo ello se está observando a diario en nuestro planeta. Los comités de climatólogos especialistas que asesoran a la Organización de las Naciones Unidas han establecido el 2050 como una fecha límite para alcanzar las ansiadas “emisiones cero” de carbono, cosa que solo podría lograrse si previamente las emisiones se reducen en un 45 % antes de 2030. A inicios de 2021, se ha logrado apenas una reducción de un 1 %. El futuro de nuestra especie peligra.