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EL CRITICÓN, Resúmenes de Arte

Luis de Ejea y Talayero, del Consejo de Su Majestad, y su Regente la Real Concellería en el mismo Reino. CENSURA CRÍTICA DEL CRITICÓN. CRISI PRIMERA.

Tipo: Resúmenes

2021/2022

Subido el 10/10/2022

pilar_rodriguez88
pilar_rodriguez88 🇪🇸

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BALTASAR GRACIÁN
EL CRITICÓN
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BALTASAR GRACIÁN

EL CRITICÓN

ÍNDICE

PRIMERA PARTE CENSURA Del padre don Antonio Liperí, clérigo regular, doctor en Teología y en ambos Derechos. Por comisión del excelentísimo señor conde de Lemos y de Castro, Virrey y Capitán General deste Reyno A DON PABLO DE PARADA Caballero de Christo, General de la Artillería y Gobernador de Tortosa A QUIEN LEYERE CRISI PRIMERA Náufrago Critilo encuentra con Andrenio, que le da prodigiosamente razón de sí CRISI SEGUNDA El gran teatro del Universo CRISI TERCERA La hermosa naturaleza CRISI CUARTA El despeñadero de la vida CRISI QUINTA Entrada del Mundo CRISI SEXTA Estado del Siglo CRISI SÉPTIMA La fuente de los Engaños CRISI OCTAVA Las maravillas de Artemia CRISI NONA Moral anatomía del Hombre CRISI DÉCIMA El mal paso del salteo CRISI UNDÉCIMA El golfo cortesano CRISI DUODÉCIMA Los encantos de Falsirena CRISI DECIMATERCIA La feria de todo el Mundo SEGUNDA PARTE [AL SERENÍSIMO SEÑOR DON JUAN DE AUSTRIA] CENSURA Del Doctor Juan Francisco Andrés, Cronista de Su Majestad y del Reino de Aragón, por comisión del ilustre señor don Luis de Ejea y Talayero, del Consejo de Su Majestad, y su Regente la Real Concellería en el mismo Reino CENSURA CRÍTICA DEL CRITICÓN CRISI PRIMERA Reforma universal CRISI SEGUNDA Los prodigios de Salastano CRISI TERCERA La cárcel de oro y calabozos de plata CRISI CUARTA El museo del Discreto CRISI QUINTA Plaza del populacho y corral del Vulgo CRISI SEXTA Cargos y descargos de la Fortuna CRISI SÉPTIMA El hiermo de Hipocrinda CRISI OCTAVA Armería del Valor CRISI NONA Anfiteatro de monstruosidades

a todo ello. Contiene muchos y saludables documentos morales, declarados con sutil ingenio y con ingeniosa sutileza, y con un lenguaje gravemente culto y dulcemente picante; y cuanto más picante, más dulce y más provechoso para la buena política y reformación de costumbres, pudiendo preciarse su autor de que miscuit utile dulci, cosas bien dificultosas de juntar. Debajo de una ingeniosa fábula o de una ficción trágica y cómica, introduce a un desdichado padre, a quien muchas y propias desdichas cubrieron anticipadamente de canas de senil prudencia, que sin conocer que fuese hijo suyo propio el con quien dichosamente encontró, atiende a educarle lo más loablemente que puede, enseñándole no sólo a hablar y a estudiar en las ciencias liberales, sino a admirar la bella y armoniosa máquina deste mundo material y su mayor y más bella maravilla, que es el hombre, y la admirable potencia y providencia de su Hacedor. Tras eso, para desviarle de la senda de los vicios en el bivio pitagórico de su edad, los zahiere y muerde con tanta sal y con tan salados, aunque fabulosos, discursos, que la mayor sal y gracia, así de su decir como de su discurrir, demuestra en su más donosa y provechosa mordacidad. Enseña, en fin, a ser una persona en la primavera de su niñez, y a que no se deje abrasar de los ardores sensuales en los estivales incendios de la juventud. Y todo ello, con tan culto y tan claro estilo, y con tan vario artificio y artificiosa y entretenida variedad de cosas, que el que empezare a leer el libro podrá ser que con dificultad le suelte de las manos sin llegar primero a su fin. Así lo siento, y lo firmo de mi mano. En Zaragoza, 6 de Junio de 1651. DON ANTONIO LIPERI, Cérigo regular, doctor en Teología y en ambos Derechos. Imprimatur: Vidit CANALES, Reg. A DON PABLO DE PARADA

Caballero de Christo, General de la Artillería y Gobernador de Tortosa

Si mi pluma fuera tan bien cortada como la espada de V. S. es cortadora, aun pareciera excusable la ambición del patrocinio: ya que no llegue a tanto, solicita una muy valiente 7defensa. Nació con V. S. el valor en su patria Lisboa, creció en el Brasil entre plausibles bravezas y ha campeado en Cataluña entre célebres victorias. Rechazó V. S. al bravo mariscal de la Mota en los asaltos que dio a Tarragona por el puesto de San Francisco, que V. S. con su tercio y su valor tan bizarramente defendió. Desalojó después al que llamaban el invencible conde de Ancuhurt, sacándole de las trincheras sobre Lérida, acometiendo con su regimiento de la Guarda el fuerte Real, que ocupó y defendió contra el general recelo. Y desta calidad pudiera referir otras muchas facciones, aconsejadas primero de la prudencia militar de V. S. y ejecutadas después de su gran valor. Émula dél la felicidad, le asistió a V. S. siendo general de la flota para que la condujese a España con tanta prosperidad y riqueza: Y de aquí se ha ocasionado aquella altercación entre los grandes Ministros, si es V. S. mejor para las armadas de mar o para las de tierra, siendo eminente en todas. Por no hacer sospechosas estas verdades (aunque tan sabidas) con el afecto de amigo, quisiera hablar por boca de algún enemigo, pero ninguno le hallo a.V. S. Sólo uno que, para desconocer obligaciones, quiso afectarlo, no pudo; pues él mismo decía (brava cosa) que quisiera decir mal deste hombre y no halló qué poder decir. Pero lo que yo más celebro es que, siendo V. S. hombre tan sin embeleco se haya hecho lugar en la mayor estimación de nuestro siglo. El cielo la prospere. B. L. M. de V. S. su más apasionado. García de Marlones A QUIEN LEYERE Esta filosofía cortesana, el curso de tu vida en un discurso, te presento hoy, lector juicioso, no malicioso, y aunque el título está ya provocando ceño, espero que todo entendido se ha de dar por

desentendido, no sintiendo mal de sí. He procurado juntar lo seco de la filosofía con lo entretenido de la invención, lo picante de la sátira con lo dulce de la épica, por más que el rígido Gracián lo censure juguete de la traza en su más sutil que provechosa Arte de ingenio. En cada uno de los autores de buen genio he atendido a imitar lo que siempre me agradó: las alegorías de Homero, las ficciones de Esopo, lo doctrinal de Séneca, lo juicioso de Luciano, las descripciones de Apuleyo, las moralidades de Plutarco, los empeños de Heliodoro, las suspensiones del Ariosto, las crisis del Boquelino y las mordacidades de Barclayo. Si lo habré conseguido, siquiera en sombras, tú lo has de juzgar. Comienzo por la hermosa naturaleza, paso a la primorosa arte y paro en la útil moralidad. He dividido la obra en dos partes, treta de discurrir lo penado, dejando siempre picado el gusto, no molido; si esta primera te contentare, te ofrezco luego la segunda, ya dibujada, ya colorida, pero no retocada, y tanto más crítica cuanto son más juiciosas las otras dos edades de quienes se filosofa en ella. PRIMERA PARTE CRISI PRIMERA

Náufrago Critilo encuentra con Andrenio, que le da prodigiosamente razón de sí

Ya entrambos mundos habían adorado el pie a su universal monarca el católico Filipo, era ya real corona suya la mayor vuelta que el sol gira por el uno y otro hemisferio, brillante círculo en cuyo cristalino centro yace engastada una pequeña isla, o perla del mar o esmeralda de la tierra: diola nombre augusta emperatriz, para que ella lo fuese de las islas, corona del Océano. Sirve, pues, la isla de Santa Elena (en la escala de un mundo al otro) de descanso a la portátil Europa, y ha sido siempre venta franca, mantenida de la divina próvida clemencia en medio de inmesos golfos, a las católicas flotas del Oriente. Aquí, luchando con las olas, contrastando los vientos y más los desaires de su fortuna, mal sostenido de una tabla, solicitaba puerto un náufrago, monstruo de la naturaleza y de la suerte, cisne en lo ya cano y más en lo canoro, que así exclamaba entre los fatales confines de la vida y de la muerte: —¡Oh vida, no habías de comenzar, pero ya que comenzaste no habías de acabar! No hay cosa más deseada ni más frágil que tú eres, y el que una vez te pierde, tarde te recupera: desde hoy te estimaría como a perdida. Madrastra se mostró la naturaleza con el hombre, pues lo que le quitó de conocimiento al nacer le restituye al morir: allí porque no se perciban los bienes que se reciben, y aquí porque se sientan los males que se conjuran. ¡Oh tirano mil veces de todo el ser humano aquel primero que con escandalosa temeridad fió su vida en un frágil leño al inconstante elemento! Vestido dicen que tuvo el pecho de aceros, mas yo digo que revestido de yerros. En vano la superior atención separó las naciones con los montes y los mares si la audacia de los hombres halló puentes para trasegar su malicia. Todo cuanto inventó la industria humana ha sido perniciosamente fatal y en daño de sí misma: la pólvora es un horrible estrago de las vidas, instrumento de su mayor ruina, y una nave no es otro que un ataúd anticipado. Parecíale a la muerte teatro angosto de sus tragedias la tierra y buscó modo cómo triunfar en los mares, para que en todos elementos se muriese. ¿Qué otra grada le queda a un desdichado para perecer, después que pisa la tabla de un bajel, cadahalso merecido de su atrevimiento? Con razón censuraba el Catón aun de sí mismo entre las tres necedades de su vida el haberse embarcado por la mayor. ¡Oh suerte oh cielo oh fortuna!, aun creería que soy algo, pues así me persigues; y cuando comienzas no paras hasta que apuras: válgame en esta ocasión el valer nada para repetir de eterno. Desta suerte hería los aires con suspiros, mientras azotaba las aguas con los brazos, acompañando la industria con Minerva. Pareció ir sobrepujando el riesgo, que a los grandes hombres los mismos peligros o les temen o les respetan; la muerte a veces recela el emprenderlos, y la fortuna les va guardando los aires: perdonaron los áspides a Alcides, las tempestades a César, los aceros a Alejandro y las balas a Carlos Quinto. Mas ¡ay!, que como andan encadenadas las

satisfacerle desta suerte: —Yo —dijo— ni sé quién soy ni quién me ha dado el ser, ni para qué me lo dio: ¡ qué de veces, y sin voces, me lo pregunté a mí mismo, tan necio como curioso! Pues si el preguntar comienza en el ignorar, mal pudiera yo responderme. Argüíame tal vez, para ver si empeñado me excedería a mí mismo; duplicábame, aun no bien singular, por ver si apartado de mi ignorancia podría dar alcance a mis deseos. Tú, Critilo, me preguntas quién soy yo, y yo deseo saberlo de ti. Tú eres el primer hombre que hasta hoy he visto, y en ti me hallo retratado más al vivo que en los mudos cristales de una fuente que muchas veces mi curiosidad solicitaba y mi ignorancia aplaudía. Mas si quieres saber el material suceso de mi vida, yo te lo referiré, que es más prodigioso que prolijo. La vez primera que me reconocí y pude hacer concepto de mí mismo me hallé encerrado dentro de las entrañas de aquel monte que entre los demás se descuella, que aun entre peñascos debe ser estimada la eminencia. Allí me ministró el primer sustento una de estas que tú llamas fieras y yo llamaba madre, creyendo siempre ser ella la que me había parido y dado el ser que tengo: corrido lo refiero de mí mismo. —Muy proprio es —dijo Critilo— de la ignorancia pueril el llamar a todos los hombres padres y a todas las mujeres madres; y del modo que tú hasta una bestia tenías por tal, creyendo la maternidad en la beneficiencia, así el mundo en aquella su ignorante infancia a cualquier criatura su bienhechora llamaba padre y aun le aclamaba dios. —Así yo —prosiguió Andrenio—, creía madre la que me alimentaba fiera a sus pechos; me crié entre aquellos sus hijuelos, que yo tenía por hermanos, hecho bruto entre los brutos, ya jugando y ya durmiendo. Diome leche diversas veces que parió, partiendo conmigo de la caza y de las frutas que para ellos traía. A los principios no sentía tanto aquel penoso encerramiento: antes con las interiores tinieblas del ánimo desmentía las exteriores del cuerpo, y con la falta de conocimiento disimulaba la carencia de la luz, si bien algunas veces brujuleaba unas confusas vislumbres que dispensaba el cielo, a tiempos, por lo más alto de aquella infausta caverna. Pero llegando a cierto término de crecer y de vivir, me salteó de repente un tan extraordinario ímpetu de conocimiento, un tan grande golpe de luz y de advertencia, que revolviendo sobre mí comencé a reconocerme haciendo una y otra reflexión sobre mi propio ser: ¿Qué es esto, decía, soy o no soy? Pero pues vivo, pues conozco y advierto, ser tengo. Mas, si soy, ¿quién soy yo? ¿Quién me ha dado este ser y para qué me lo ha dado? Para estar aquí metido grande infelicidad sería. ¿Soy bruto como éstos? Pero no, que observo entre ellos y entre mí palpables diferencias: ellos están vestidos de pieles, yo desabrigado, menos favorecido de quien nos dio el ser; también experimento en mí todo el cuerpo muy de otra suerte proporcionado que en ellos; yo río y yo lloro, cuando ellos aúllan; yo camino derecho, levantando el rostro hacia lo alto, cuando ellos se mueven torcidos y inclinados hacia el suelo. Todas éstas son bien conocidas diferencias, y todas las observaba mi curiosidad y las confería mi atención conmigo mismo. Crecía de cada día el deseo de salir de allí, el conato de ver y de saber; si en todos natural y grande, en mí, como violentado, insufrible. Pero lo que más me atormentaba era ver que aquellos brutos, mis compañeros, con extraña ligereza trepaban por aquellas iniestas paredes, entrando y saliendo libremente siempre que querían, y que para mí fuesen inaccesibles, sintiendo con igual ponderación que aquel gran don de la libertad a mí sólo se me negase. Probé muchas veces a seguir [a] aquellos brutos arañando los peñascos, que pudieran ablandarse con la sangre que de mis dedos corría; valíame también de los dientes; pero todo en vano y con daño, pues era cierto el caer en aquel suelo regado con mis lágrimas y teñido en mi sangre. A mis voces y a mis llantos acudían enternecidas las fieras, cargadas de frutas y de caza, con que se templaba en algo mi sentimiento y me desquitaba en parte de mis penas. ¡Qué de soliloquios hacía tan interiores, que aun este alivio del habla exterior me faltaba! ¡Qué de dificultades y de dudas trabajaban entre sí mi observación y mi curiosidad, que todas se resolvían en admiraciones y en penas! Era para mí un repetido tormento el confuso ruido de esos mares, cuyas olas más rompían en mi corazón que en estas peñas. Pues ¿qué diré cuando sentía el horrísono fragor de los nublados y sus truenos? Ellos se resolvían en lluvia, pero mis ojos en llanto. Lo que llegó ya a ser ansia de reventar y agonía de morir era que a tiempos, aunque para mí de tarde en tarde, percibía acá fuera unas voces como la

tuya (al comenzar con grande confusión y estruendo, pero después poco a poco más distintas) que naturalmente me alborozaban y se me quedaban muy impresas en el ánimo. Bien advertía yo que eran muy diferentes de las de los brutos que de ordinario oía, y el deseo de ver y de saber quién era el que las formaba, y no poder conseguirlo, me traía a extremos de morir. Poco era lo que unas y otras veces percibía, pero discurríalo tan mucho como de espacio. Una cosa puedo asegurarte: que con que imaginé muchas veces y de mil modos lo que habría acá fuera, el modo, la disposición, la traza, el sitio, la variedad y máquina de cosas, según lo que yo había concebido, jamás di en el modo, ni atiné con el orden,. variedad y grandeza desta gran fábrica que vemos y admiramos. —Qué mucho —dijo Critilo—, pues si aunque todos los entendimientos de los hombres que ha habido ni habrá se juntaran antes a trazar esta gran máquina del mundo y se les consultara cómo había de ser, jamás pudieran atinar a disponerla; ¡qué digo el universo!: la más mínima flor, un mosquito, no supieran formarlo. Sola la infinita sabiduría de aquel Supremo Hacedor pudo hallar el modo, el orden y el concierto de tan hermosa y perene variedad. Pero, dime, que deseo mucho saberlo de ti y oírtelo contar, ¿cómo pudiste salir de aquella tu penosa cárcel, de aquella supultura anticipada de tu cueva? Y, sobre todo, si es posible el exprimirlo, ¿cuál fue el sentimiento de tu admirado espíritu aquella primera vez que llegaste a descubrir, a ver, a gozar y admirar este plausible teatro del universo? —Aguarda —dijo Andrenio—, que aquí es menester tomar alimento para relación tan gustosa y peregrina. CRISI SEGUNDA

El gran teatro del Universo

Luego que el Supremo Artífice tuvo acabada esta gran fábrica del mundo, dicen trató repartirla, alojando en sus estancias sus vivientes. Convocólos todos, desde el elefante hasta el mosquito; fuéles mostrando los repartimientos y examinando a cada uno cuál dellos escogía para su morada y vivienda. Respondió el elefante que él se contentaba con una selva, el caballo con un prado, el águila con una de las regiones del aire, la ballena con un golfo, el cisne con un estanque, el barbo con un río y la rana con un charco. Llegó el último el primero, digo el hombre, y examinando de su gusto y de su centro, dijo que él no se contentaba con menos que con todo el universo, y aún le parecía poco. Quedaron atónitos los circunstantes de tan exorbitante ambición, aunque no faltó luego un lisonjero que defendió nacer de la grandeza de su ánimo; pero la más astuta de todos: —Eso no creeré yo —les dijo— sino que procede de la ruindad de su cuerpo. Corta le parece la superficie de la tierra, y así penetra y mina sus entrañas en busca del oro y de la plata para satisfacer en algo su codicia; ocupa y embaraza el aire con lo empinado de sus edificios, dando algún desahogo a su soberbia; surca los mares y sonda sus más profundos senos solicitando las perlas, los ámbares y los corales para adorno de su bizarro desvanecimiento, obliga todos los elementos a que le tributen cuanto abarcan, el aire sus aves, el mar sus peces, la tierra de sus cazas, el fuego la sazón, para entretener, que no satisfacer, su gula; y aún se queja de que todo es poco: ¡Oh monstruosa codicia de los hombres! Tomó la mano el soberano dueño y dijo: —Mirad, advertid, sabed que al hombre le he formado yo con mis manos para criado mío y señor vuestro, y como rey que es pretende señorearlo todo. Pero entiende, ¡oh hombre! (aquí hablando con él), que esto ha de ser con la mente, no con el vientre, como persona, no como bestia. Señor has de ser de todas las cosas criadas, pero no esclavo de ellas: que te sigan, no te arrastren. Todo lo has de ocupar con el conocimiento tuyo y reconocimiento mío; esto es, reconociendo en todas las maravillas criadas las perfecciones divinas y pasando de las criaturas al Criador. A este grande espectáculo de prodigios, si ordinario para nuestra acostumbrada vulgaridad, extraordinario hoy para Andrenio, sale atónito a lograrlo en contemplaciones, a aplaudirlo en pasmos y a referirlo de esta suerte:

deseado, que cuando las cosas son grandes y a deseo, dos veces se logran. Los mayores prodigios, si son fáciles y a todo querer, se envilecen; el uso libre hace perder el respeto a la más relevante maravilla, y en el mismo sol fue favor que se ausentase de noche para que fuese deseado a la mañana. ¡Qué concurso de afectos sería el tuyo, qué tropel de sentimiento! ¡Qué ocupada andaría el alma repartiendo atenciones y dispensando afectos! Mucho fue no reventar de admiración, de gozo y de conocimiento. —Creo yo —respondió Andrenio— que ocupada el alma en ver y en atender, no tuvo lugar de partirse, y atropellándose unos a otros los objetos, al paso que la entretenían la detenían. Pero ya en esto, los alegres mensajeros de ese gran monarca de la luz que tú llamas sol, coronado augustamente de resplandores, ceñido de la guarda de sus rayos, solicitaban mis ojos a rendirle veneraciones de atención y de admiración. Comenzó a ostentarse por ese gran trono de cristalinas espumas, y con una soberana callada majestad se fue señoreando de todo el hemisferio, llenando todas las demás criaturas de su esclarecida presencia. Aquí yo quedé absorto y totalmente enajenado de mí mismo, puesto en él, émulo del águila más atenta. —¡Oh qué será —alzó aquí la voz Critilo— aquella inmortal y gloriosa vista de aquel infinito sol divino, aquel llegar a ver su infinitamente perfectísima hermosura! ¡Qué gozo, qué fruición, qué dicha, qué felicidad, qué gloria! —Crecía mi admiración —prosiguió Andrenio— al paso que mi atención desmayaba, porque al que deseé distante ya le temía cercano; y aun observé que a ningún otro prodigio se rindió la vista sino a éste, confesándole inaccesible y con razón sólo. —Es el sol —ponderó Critilo— la criatura que más ostentosamente retrata la majestuosa grandeza del Criador. Llámase sol, porque en su presencia todas las demás lumbreras se retiran: él sólo campea. Está en medio de los celestes orbes como en su centro, corazón del lucimiento y manantial perene de la luz; es indefectible, siempre el mismo, único en la belleza, él hace que se vean todas las cosas y no permite ser visto, celando su decoro y recatando su decencia; influye y concurre con las demás causas a dar el ser a todas las cosas, hasta el hombre mismo; es afectadamente comunicativo de su luz y de su alegría, esparciéndose por todas partes y penetrando hasta las mismas entrañas de la tierra; todo lo baña, alegra, ilustra, fecunda y influye; es igual, pues nace para todos, a nadie ha menester de sí abajo, y todos le reconocen dependencias: es, al fin, criatura de ostentación, el más luciente espejo en quien las divinas grandezas se representan. —Todo el día —dijo Andrenio— empleé en él, contemplándole ya en sí, ya en los reflejos de las aguas, olvidado de mí mismo. —Ahora no me espanto —ponderó Critilo— de lo que dijo aquel otro filósofo: que había nacido para ver el sol. Dijo bien, aunque le entendieron mal y hicieron burla de sus veras. Quiso decir este sabio que en ese sol material contemplaba él aquel divino, realzadamente filosofando que si la sombra es tan esclarecida, ¡cuál será la verdadera luz de aquella infinita increada belleza! —Mas ¡ay! —dijo lamentándose Andrenio—, que al uso de acá bajo, la grandeza de mi contento se convirtió presto en un exceso de pesar al ver, digo, al no verle, trocóse la alegría del nacer en el horror del morir, el trono de la mañana en el túmulo de la noche: sepultóse el sol en las aguas y quedé yo anegado en otro mar de mi llanto. Creí no verle más, con que quedé muriendo. Pero volví presto a resucitar entre nuevas admiraciones a un cielo coronado de luminarias, haciendo fiesta a mi contento. Aseguróte que no me fue menos agradable vista ésta, antes más entretenida cuanto más varia. —¡Oh gran saber de Dios! —dijo Critilo—, que halló modo cómo hacer hermosa la noche, que no es menos linda que el día. Impropios nombres la dio la vulgar ignorancia llamándola fea y desaliñada, no habiendo cosa más brillante y serena; injúrianla de triste, siendo descanso del trabajo y alivio de nuestras fatigas. Mejor la celebró uno de sabia, ya por lo que se calla, ya por lo que se piensa en ella, que no sin enseñanza fue celebrada la lechuza en la discreta Atenas por símbolo del saber. No es tanto la noche para que duerman los ignorantes cuanto para que velen los sabios. Y si el día ejecuta, la noche previene.

—En otra gran fruición y más a lo callado me hallaba muy hallado con la noche, metido en aquel laberinto de las estrellas, unas centelleantes, otras lucientes. Íbalas registrando todas, notando su mucha variedad en la grandeza, puestos, movimientos y colores, saliendo unas y ocultándose otras. —Ideando —dijo Critilo— las humanas, que todas caminan a ponerse. —En lo que yo mucho reparé —dijo Andrenio— fue en su maravillosa disposición. Porque ya que el Soberano Artífice hermoseó tanto esta artesonada bóveda del mundo con tanto florón y estrella, ¿por qué no las dispuso, decía yo, con orden y concierto, de modo que entretejieran vistosos lazos y formaran primorosas labores? No sé cómo me lo diga ni cómo lo declare. —Ya te entiendo —acudió Critilo—, quisieras tú que estuvieran dispuestas en forma ya de un artificioso recamado, ya de un vistoso jardín, ya de un precioso joyel, repartidas con arte y correspondencia. —Sí, sí, eso mismo, porque a más de que campearan otro tanto y fuera un espectáculo muy agradable a la vista, brillantísimo artificio, destruía con eso del todo el divino Hacedor aquel necio escrúpulo de haberse hecho acaso y declaraba de todo punto su divina providencia. —Reparas bien —dijo Critilo—, pero advierte que la divina sabiduría que las formó y las repartió desta suerte atendió a otra más importante correspondencia, cual lo es la de sus movimientos y aquel templarse las influencias. Porque has de saber que no hay astro alguno en el cielo que no tenga su diferente propriedad, así como las yerbas y las plantas de la tierra: unas de las estrellas causan el calor, otras el frío, unas secan, otras humedecen, y desta suerte alternan otras muchas influencias, y con esa esencial correspondencia unas a otras se corrigen y se templan. La otra disposición artificiosa que tú dices fuera afectada y uniforme: quédese para los juguetes del arte y de la humana niñería. De este modo, se nos hace cada noche nuevo el cielo y nunca enfada el mirarlo, cada uno proporciona las estrellas como quiere; a más que en esta variedad natural y confusión grave parecen tanto más que el vulgo las juzga inumerables, y con esto queda como en enigma la suprema asistencia: si bien para los sabios muy clara y entendida. —Celebraba yo mucho aquella gran variedad de colores —dijo Andrenio—: unas campean blancas, otras encendidas, doradas y plateadas; sólo eché menos el color verde, siendo el más agradable a la vista. —Es muy terreno —dijo Critilo—. Quédanse las verduras para la tierra: acá son las esperanzas, allá la feliz posesión. Es contrario ese color a los ardores celestes, por ser hijo de la humedad corruptible. ¿No reparaste en aquella estrellita que hace punto en la gran plana del cielo, objeto de los imanes, blanco de sus saetas? Allí el compás de nuestra atención fija la una punta y con la otra va midiendo los círculos que va dando en vueltas (aunque de ordinario rodando) nuestra vida. —Confiésote que se me había pasado por pequeña —dijo Andrenio—, a más de que ocupó luego toda mi curiosidad aquella hermosa reina de las estrellas, presidente de la noche, sustituta del sol y no menos admirable, ésa que tú llamas luna. Causóme, si no menos gozo, mucha más admiración con sus uniformes variedades, ya creciente, ya menguante, y poco rato llena. —Es segunda presidente del tiempo —dijo Critilo—. Tiene a medias el mando con el sol: si él hace el día, ella la noche; si el sol cumple los años, ella los meses; calienta el sol y seca de día la tierra, la luna de noche la refresca y humedece; el sol gobierna los campos, la luna rige los mares: de suerte que son las dos balanzas del tiempo. Pero lo más digno de notarse es que, así como el sol es claro espejo de Dios y de sus divinos atributos, la luna lo es del hombre y de sus humanas imperfecciones: ya crece, ya mengua; ya nace, ya muere; ya está en su lleno, ya en su nada, nunca permaneciendo en un estado; no tiene luz de sí, particípala del sol, eclípsala la tierra cuando se le interpone, muestra más sus manchas, cuando está más lucida; es la ínfima de los planetas en el puesto y en el ser, puede más en la tierra que en el cielo: de modo que es mudable, defectuosa, manchada, inferior, pobre, triste, y todo se le origina de la vecindad con la tierra. —Toda esta noche y otras muchas —dijo Andrenio— pasé en tan gustoso desvelo,

—Es que atendió —ponderó Critilo— aquel sabio Hacedor no sólo a la precisa necesidad del hombre, para quien todo esto se criaba, sino a la comodidad y regalo, ostentando en esto su infinita liberalidad para obligarle a él que con la misma generosidad le sirva y le venere. —Conocí luego —prosiguió Andrenio— muchas de aquellas frutas, por habérmelas traído mis brutos a la cueva, mas tuve especial gusto de ver cómo nacen y se crían en sus ramas, cosa que jamás pude atinar, aunque lo discurrí mucho; burláronme otras no conocidas con su desazón y acedía. —Ese es otro bien admirable asunto de la divina providencia —dijo Critilo—, pues previno que no todos los frutos se sazonasen juntos, sino que se fuesen dando vez según la variedad de los tiempos y necesidad de los vivientes: unos comienzan en la primavera, primicias más del gusto que del provecho, lisonjeando antes por lo temprano que por lo sazonado; sirven otros, más frescos, para aliviar el abrasado estío, y los secos, como más durables y calientes, para el estéril invierno; las hortalizas frescas templan los ardores del julio y las calientes confortan contra los rigores de el diciembre: de suerte, que acabado un fruto, entra el otro, para que con comodidad puedan recogerse y guardarse, entreteniendo todo el año con abundancia y con regalo. ¡Oh próvida bondad del Criador, y quién puede negar aun en el secreto de su necio corazón tan atenta providencia! —Hallábame —proseguía Andrenio— en medio de un tan agradable laberinto de prodigios en criaturas gustosamente perdido, cuando más hallado; sin saber dónde acudir, dejábame llevar de mi libre curiosidad siempre hambrienta; cada empleo era para mí un pasmo, cada objeto una nueva maravilla. Cogía esa y aquella flor, solicitado de su fragancia, lisonjeado de su belleza, no me hartaba de verlas y de olerlas, descogiendo sus hojas y haciendo prolija anotomía de su artificiosa composición. Y de aquí pasaba a aplaudir toda junta la belleza que en todo el universo resplandece. De modo, poderaba yo, que si es hermosa una flor, mucho más todo el prado; brillante y linda una estrella, pero más vistoso y lindo todo el cielo: porque ¿quién no admira, quién no celebra tanta hermosura junta con tanto provecho? —Tienes buen gusto —dijo Critilo—, mas no seas tú uno de aquellos que frecuentan cada año las florestas atentos no más que a recrear los materiales sentidos, sin emplear el alma en la más sublime contemplación. Realza el gusto a reconocer aquella beldad infinita del Criador que en esta terrestre se representa, infiriendo que si la sombra es tal, ¡cuál será su causa y la realidad a quien sigue! Haz el argumento de lo muerto a lo vivo, y de lo pintado a lo verdadero; y advierte que, cual suele el primoroso artífice en la real fábrica de un palacio no sólo atender a su estabilidad y firmeza, a la comodidad de la habitación, sino a la hermosura también y a la elegante sinmetría para que le pueda gozar el más noble de los sentidos, que es la vista, así aquel divino Arquitecto de esta gran casa del orbe no sólo atendió a su comodidad y firmeza, sino a su hermosa proporción. De aquí es que no se contentó con que los árboles rindiesen solos frutos, sino también flores; júntese el provecho con las delicias: fabriquen las abejas sus dulces panales, y para esto soliciten de una en una toda flor; distílense las aguas saludables y odoríferas, que recreen el olfato y conforten el corazón: tengan todos los sentidos su gozo y su empleo. —Mas, ¡ay! —replicó Andrenio—, que lo que me lisonjearon las flores primero tan fragrantes, me entristecieron después ya marchitas. —Retrato al fin —ponderó Critilo— de la humana fragilidad. Es la hermosura agradable ostentación del comenzar: nace el año entre las flores de una alegre primavera, amanece el día entre los arreboles de una risueña aurora, y comienza el hombre a vivir entre las risas de la niñez y las lozanías de la juventud; mas todo viene a parar en la tristeza de un marchitarse, en el horror de un ponerse, y en la fealdad de un morir, haciendo continuamente del ojo la inconstancia común al desengaño especial. —Después de haber solazado la vista deliciosamente —dijo Andrenio— en un tan extraño concurso de beldades, no menos se recreó el oído con la agradable armonía de las aves. Íbame escuchando sus regalados cantos, sus quiebros, trinos, gorjeos, fugas, pausas y melodía, con que hacían en sonora competencia bulla el valle, brega la vega, trisca el risco y los bosques voces,

saludando lisonjeras siempre al sol que nace. Aquí noté, con no pequeña admiración, que a solas las aves concedió la naturaleza este privilegio del cantar, alivio grande de la vida, pues no hallé bruto alguno de los terrestres, con que los examiné uno a uno, que tuviese la voz agradable; antes todos las forman, no sólo insuaves, pero positivamente molestas y desapacibles: debe de ser por lo que tienen de bestias. —Es que a las aves —acudió Critilo—, como moradoras del aire, son más sutiles, no sólo le cortan con sus alas, sino que le animan con sus picos; y es en tanto grado esta sutileza alada, que ellas solas llegan a remedar la voz humana, hablando como personas: si ya no es que digamos, realzando más este reparo, que las aves, como vecinas al cielo, se les pega, aunque materialmente, el entonar las alabanzas divinas. Otra cosa quiero que observes, y es que no se halla ave alguna que tenga el letífero veneno, como muchos de los animales, y aquellos más que andan arrastrando, cosidos con la tierra, que della sin duda se les pega esta venenosa malicia, avisando al hombre se realce y se retire de su proprio cieno. —Gusté mucho —ponderaba Andrenio— de verlas tan bizarras, tan matizadas de vivos colores, con tan vistosa y vana plumajería. —Y entre todas —añadió Critilo—, así aves como fieras, notarás siempre que es más galán y más vistoso el macho que la hembra, apoyando lo mismo en el hombre, por más que lo desmienta la femenil inclinación y lo disimule la cortesía. —Lo que yo mucho admiraba y aún lo celebro —dijo Andrenio— es este tan admirable concierto con que se mueve y se gobierna tanta y tan varia multitud de criaturas sin embarazarse unas a otras: antes bien, dándose lugar y ayudándose todas entre sí. —Ese es —ponderó Critilo— otro prodigioso efecto de la infinita sabiduría del Criador, con la cual dispuso todas las cosas en peso, con número y medida; porque, si bien se nota, cualquier cosa criada tiene su centro en orden al lugar, su duración en el tiempo y su fin especial en el obrar y en el ser. Por eso verás que están subordinadas unas a otras conforme al grado de su perfección. De los elementos que son los ínfimos en la naturaleza, se componen los mixtos, y entre éstos los inferiores sirven a los superiores. Esas yerbas y esas plantas que están en el más bajo grado de la vida, pues sóla gozan la vegetativa, moviéndose y creciendo hasta un punto fijo de su perfección en el durar y crecer, sin poder pasar de allí, éstas sirven de alimento a los sensibles vivientes, que están en el segundo orden de la vida, gozando de la sensible sobre la vegetante, y son los animales de la tierra, los peces del mar y las aves del aire: ellos pacen la yerba, pueblan los árboles, comen sus frutas, anidan en sus ramas, se defienden entre sus troncos, se cubren con sus hojas y se amparan con su toldo. Pero unos y otros, árboles y animales, se reducen a servir a otro tercer grado de vivientes mucho más perfectos y superiores que sobre el crecer y el sentir añaden el raciocinar, el discurrir y entender; y éste es el hombre, que finalmente se ordena y se dirige para Dios, conociéndole, amándole y sirviéndole. Desta suerte, con tan maravillosa disposición y concierto, está todo ordenado, ayudándose las unas criaturas a las otras para su aumento y conservación. El agua necesita de la tierra que la sustente, la tierra del agua que la fecunde, el aire se aumenta del agua, y del aire se ceba y alienta el fuego. Todo está así ponderado y compasado para la unión de las partes y ellas, en orden a la conservación de todo el universo. Aquí son de considerar también con especial y gustosa observación los raros modos y los convenientes medios de que proveyó a cada criatura la suma providencia para el aumento y conservación de su ser, y con especialidad a los sensibles vivientes, como más importantes y perfectos, dándole a cada uno su natural instinto para conocer el bien y el mal, buscando el uno y evitando el otro donde son más de admirar que de referir las exquisitas habilidades de los unos para engañar y de los otros para escapar el engañoso peligro. —Aunque todo para mí era una prodigiosa continuada novedad —dijo Andrenio— renové la admiración al explayar el ánimo con la vista por esos inmensos golfos. Parécese que envidioso el mar de la tierra, haciéndose lenguas en sus aguas, me acusaba de tardo y a las voces de sus olas me llamaba atento a que emplease otra gran porción de mi curiosidad en su prodigiosa grandeza.

—Trazó las cosas de modo el Supremo Artífice —dijo Critilo— que ninguna se acabase que no comenzase luego otra; de modo que de las ruinas de la primera se levanta la segunda. Con esto verás que el mismo fin es principio, la destrucción de una criatura es generación de la otra. Cuando parece que se acaba todo, entonces comienza de nuevo: la naturaleza se renueva, el mundo se remoza, la tierra se establece y el divino gobierno es admirado y adorado. —Más adelante —dijo Andrenio— fui observando con no menor reparo la varia disposición de los tiempos, la alternación de los días con las noches, del invierno con el estío, mediando las primaveras porque no se pasase de un extremo a otro. —Aquí sí que se declaró bien la divina asistencia —ponderó Critilo— en disponer, no sólo los puestos y los centros de las cosas, sino también los tiempos. Sirve el día para el trabajo, y para el descanso la noche. En el invierno arraigan las plantas, en la primavera florecen, en el estío fructifican y en el otoño se sazonan y se logran. ¿Qué diremos de la maravillosa invención de las lluvias? —Eso admiré yo mucho —dijo Andrenio— , ver descender el agua tan repartida, con tanta suavidad y provecho. —Y tan a sazón —añadió Critilo— , en los dos meses que son llaves del año: el octubre para la sementera y el mayo para la cogida. Pues la variedad de las lunas no favorece menos a la abundancia de los frutos y a la salud de los vivientes, porque unas son frías, otras abrasadas, airosas, húmedas y serenas, según los doce meses. Las aguas limpian y fecundan, los vientos purifican y vivifican, la tierra estable donde se sustenten los cuerpos, el aire flexible para que se muevan y diáfano para que puedan verse. De suerte que sola una omnipotencia divina, una eterna providencia, una inmensa bondad pudieran haber dispuesto una tan gran máquina, nunca bastantemente admirada, contemplada y aplaudida. —Verdaderamente que es así —prosiguió Andrenio—, y así lo ponderaba yo, aunque rudamente. Todos los días y las horas era mi gustoso empleo andarme de un puesto en otro, de una en otra eminencia, repitiendo admiraciones y repasando discursos, volviendo a contemplar una y muchas veces cada objeto, ya el cielo, ya la tierra, esos prados y esos mares, con insaciable entretenimiento. Pero donde mi atención insistía era en las trazas con que la eterna sabiduría supo ejecutar cosas tan dificultosas con tal fácil y primoroso artificio. —Gran traza suya fue la firmeza de la tierra en el medio, como fundamento estable y seguro de todo el edificio —ponderó Critilo—, ni fue menor invención la de los ríos, admirables por cierto en sus principios y fines: aquellos con perenidad y estos sin redundancia; la variedad de los vientos, que se perciben y no se sabe de dónde nacen y acaban; la hermosura provechosa de los montes, firmes costillas del cuerpo muelle de la tierra, aumentando su hermosa variedad: en ellos se recogen los tesoros de las nieves, se forjan los metales, se detienen las nubes, se originan las fuentes, anidan las fieras, se empinan los árboles para las naves y edificios, y donde se guarecen las gentes de las avenidas de los ríos, se fortalecen contra los enemigos y gozan de salud y de vida. Todos estos prodigios, ¿quién sino una infinita sabiduría puediera ejecutarlos? Así que con razón confiesan todos los sabios que aunque se juntaran todos los entendimientos criados y alambicaran sus discursos, no pudieran enmendar la más mínima circunstancia ni un átomo de la perfecta naturaleza. Y si aquel otro rey aplaudido de sabio, porque conoció cuatro estrellas (tanto se estima en los príncipes el saber) se arrojó a decir que si él hubiera asistido al lado del divino Hacedor en la fábrica del universo, muchas cosas se hubieran dispuesto de otro modo y otras mejorado, no fue tanto efecto de su saber, cuanto defecto de su nación que, en este achaque del presumir, aun con el mismo Dios no se modera. —Aguarda —dijo Andrenio—, óyeme esta última verdad, la más sublime de cuantas he celebrado: Yo te confieso que aunque reconocí y admiré en esta portentosa fábrica del universo estos cuatro prodigios entre muchos, tanta multitud de criaturas con tanta diferencia, tanta hermosura con tanta utilidad, tanto concierto con tanta contrariedad, tanta mudanza con tanta permanencia, portentos todos dignos de aclamarse y venerarse: con todo esto, lo que a mí más me

suspendió fue el conocer un Criador de todo tan manifiesto en sus criaturas y tan escondido en sí, que aunque todos sus divinos atributos se ostentan, su sabiduría en la traza, su omnipotencia en la ejecución, su providencia en el gobierno, su hermosura en la perfección, su inmensidad en la asistencia, su bondad en la comunicación, y así de todos los demás, que, así como ninguno estuvo ocioso entonces, ninguno se esconde ahora: con todo eso, está tan oculto este gran Dios, que es conocido y no visto, escondido y manifiesto, tan lejos y tan cerca; eso es lo que me tiene fuera de mí y todo en él, conociéndole y amándole. —Es muy connatural —dijo Critilo— en el hombre la inclinación a su Dios, como a su principio y su fin, ya amándole, ya conociéndole. No se ha hallado nación, por bárbara que fuese, que no haya reconocido la divinidad: grande y eficaz argumento de su divina esencia y presencia; porque en la naturaleza no hay cosa de balde ni inclinación que se frustre; si el imán busca el norte, sin duda que le hay donde se quiete; si la planta al sol, el pez al agua, la piedra al centro y el hombre a Dios, Dios hay que es su norte, centro y sol a quien busque, en quien pare y a quien goce. Este gran Señor dio el ser a todo lo criado, más él de sí mismo le tiene, y aun por eso es infinito en todo género de perfección, que nadie le pudo limitar ni el ser, ni el lugar, ni el tiempo. No se ve, pero se conoce, y, como soberano Príncipe, estando retirado a su inaccesible incomprehensibilidad, nos habla por medio de sus criaturas. Así que con razón definió un filósofo este universo espejo grande de Dios. Mi libro, le llamaba el sabio indocto, donde en cifras de criaturas estudió las divinas perfecciones. Convite es, dijo Filón Hebreo, para todo buen gusto donde el espíritu se apacienta. Lira acordada, le apodó Pitágoras, que con la melodía de su gran concierto nos deleita y nos suspende. Pompa de la majestad increada, Tertuliano, y armonía agradable de los divinos atributos, Trismegisto. —Éstos son —concluyó Andrenio— los rudimentos de mi vida, más bien sentida que relatada; que siempre faltan palabras donde sobran sentimientos. Lo que yo te ruego ahora es que, empeñado de mi obediencia, satisfagas mi deseo contándome quién eres, de dónde y cómo aportaste a estas orillas por tan extraño rumbo. Dime si hay más mundo y más personas, infórmame de todo, que serás tan atendido como deseado. A la gran tragedia de su vida que Critilo refirió a Andrenio, nos convida la siguiente crisi. CRISI CUARTA

El despeñadero de la vida

Cuentan que el Amor fulminó quejas y exageró sentimientos delante de la Fortuna, que esta vez no se apeló como solía a su madre, desengañado de su flaqueza. —¿Qué tienes, ciego niño?, le dijo la Fortuna. Y él: —¡Qué bien viene eso con lo que yo pretendo! —¿Con quién las has? —Con todo el mundo. —Mucho me pesa, que es mucho enemigo, y según eso, nadie tendrás de tu parte. —Tuviésete yo a ti, que eso me bastaría: así me lo enseña mi madre y así me lo repite cada día. —¿Y te vengas? —Sí, de mozos y de viejos. —Pues sepamos qué es el sentimiento. —Tan grande como justo. —¿Es acaso el prohijarte a un vil herrero, teniéndote por concebido, nacido y criado entre hierros?

nubes, que navegan. —No son sino naves —dijo Critilo—, aunque bien dijiste nubes, que llueven oro en España. Estaba atónito Andrenio mirándoselas venir con tanto gusto como deseo. Mas Critilo comenzó a suspirar, ahogándose entre penas. —¿Qué es esto? —dijo Andrenio—. ¿No es ésta la deseada flota que me decías? —Sí. —¿No vienen allí hombres? —También. —¿Pues de qué te entristeces? —Y aun por eso. Advierte, Andrenio, que ya estamos entre enemigos: y ya es tiempo de abrir los ojos, ya es menester vivir alerta. Procura de ir con cautela en el ver, en el oír y mucha más en el hablar; oye a todos y de ninguno te fíes; tendrás a todos por amigos, pero guardarte has de todos como de enemigos. Estaba admirado Andrenio oyendo estas razones, a su parecer tan sin ella, y arguyóle desta suerte: —¿Cómo es esto? Viviendo entre las fieras, no me previniste de algún riesgo, ¿y ahora con tanta exageración me cautelas? ¿No era mayor el peligro entre los tigres, y no temíamos, y ahora de los hombres tiemblas? —Sí —respondió con un gran suspiro Critilo—, que si los hombres no son fieras es porque son más fieros, que de su crueldad aprendieron muchas veces ellas. Nunca mayor peligro hemos tenido que ahora que estamos entre ellos. Y es tanta verdad ésta que hubo rey que temió y resguardó un favorecido suyo de sus cortesanos (¡qué hiciera de villanos!) más que de los hambrientos leones de un lago; y así, selló con su real anillo la leonera para asegurarle de los hombres cuando le dejaba entre las hambrientas fieras. ¡Mira tú cuáles serán estos! Verlos has, experimentarlos has, y dirásmelo algún día. —Aguarda —dijo Andrenio—, ¿no son todos como tú? —Sí y no. —¿Cómo puede ser eso? —Porque cada uno es hijo de su madre y de su humor, casado con su opinión, y así, todos parecen diferentes: cada uno de su gesto y de su gusto. Verás unos pigmeos en el ser y gigantes de soberbia; verás otros al contrario, en el cuerpo gigantes y en el alma enanos; toparás con vengativos que la guardan toda la vida y la pegan aunque tarde, hiriendo como el escorpión con la cola; oirás, o huirás, los habladores, de ordinario necios, que dejan de cansar y muelen; gustarás que unos se ven, otros se oyen; se tocan, y se gustan, otros de los hombres de burlas, que todo lo hacen cuento sin dar jamás en la cuenta; embarazarte han los maniacos que en todo se embarazan. ¿Qué dirás de los largos en todo, dando siempre largas? Verás hombres más cortos que los mismos navarros; corpulentos sin sustancia; y, finalmente, hallarás muy pocos hombres que lo sean: fieras, sí, y fieros también, horribles monstruos del mundo que no tienen más que el pellejo y todo lo demás borra, y así son hombres borrados. —Pues dime, ¿con qué hacen tanto mal los hombres, si no les dio la naturaleza armas como a las fieras? Ellos no tienen garras como el león, uñas como el tigre, trompas como el elefante, cuernos como el toro, colmillos como el jabalí, dientes como el perro y boca como el lobo: pues ¿cómo dañan tanto? —Y aun por eso —dijo Critilo— la próvida naturaleza privó a los hombres de las armas naturales y como a gente sospechosa los desarmó: no se fió de su malicia. Y si esto no hubiera prevenido, ¡qué fuera de su crueldad! Ya hubieran acabado con todo. Aunque no les faltan otras armas mucho más terribles y sangrientas que ésas, porque tienen una lengua más afilada que las navajas de los leones, con que desgarran las personas y despedazan las honras; tienen una mala

intención más torcida que los cuernos de un toro y que hiere más a ciegas; tienen unas entrañas más dañadas que las víboras, un aliento venenoso más que el de los dragones, unos ojos invidiosos y malévolos más que los del basilisco, unos dientes que clavan más que los colmillos de un jabalí y que los dientes de un perro, unas narices fisgonas (encubridoras de su irrisión) que exceden a las trompas de los elefantes. De modo que sólo el hombre tiene juntas todas las armas ofensivas que se hallan repartidas entre las fieras, y así, él ofende más que todas. Y, porque lo entiendas, advierte que entre los leones y los tigres no había más de un peligro, que era perder esta vida material y perecedera, pero entre los hombres hay muchos más y mayores: y a de perder la honra, la paz, la hacienda, el contento, la felicidad, la conciencia y aun el alma. ¡Qué de engaños, qué de enredos, traiciones, hurtos, homicidios, adulterios, invidias, injurias, detracciones y falsedades que experimentarás entre ellos! Todo lo cual no se halla ni se conoce entre las fieras. Créeme que no hay lobo, no hay león, no hay tigre, no hay basilisco, que llegue al hombre: a todos excede en fiereza. Y así dicen por cosa cierta, y yo la creo, que habiendo condenado en una república un insigne malhechor a cierto número de tormento muy conforme a sus delitos (que fue sepultarle vivo en una profunda hoya llena de profundas sabandijas, dragones, tigres, serpientes y basiliscos, tapando muy bien la boca porque pereciese sin compasión ni remedio), acertó a pasar por allí un extranjero, bien ignorante de tan atroz castigo, y sintiendo los lamentos de aquel desdichado, fuese llegando compasivo y, movido de sus plegarias, fue apartando la losa que cubría la cueva: al mismo punto saltó fuera el tigre con su acostumbrada ligereza, y cuando el temeroso pasajero creyó ser depedazado, vio que mansamente se le ponía a lamer las manos, que fue más que besárselas. Saltó tras él la serpiente, y cuando la temió enroscada entre sus pies, vio que los adoraba; lo mismo hicieron todos los demás, rindiéndosele humildes y dándole las gracias de haberles hecho una tan buena obra como era librarles de tan mala compañía cual la de un hombre ruin, y añadieron que en pago de tanto beneficio le avisaban huyese luego, antes que el hombre saliese, si no quería perecer allí a manos de su fiereza; y al mismo instante echaron todos ellos a huir, unos volando, otros corriendo. Estábase tan inmoble el pasajero cuan espantado, cuando salió el último el hombre, el cual, concibiendo que su bienhechor llevaría algún dinero, arremetió para él y quitóle la vida para robarle la hacienda, que éste fue el galardón del beneficio. Juzga tú ahora cuáles son los crueles, los hombres o las fieras. —Más admirado, más atónito estoy de oír esto —dijo Andrenio— que el día que vi todo el mundo. —Pues aún no haces concepto cómo es —ponderó Critilo—. ¿Y ves cuan malos son los hombres? Pues advierte que aún son peores las mujeres y más de temer: ¡mira tú cuáles serán! —¿Qué dices? —La verdad. —Pues ¿qué serán? —Son, por ahora, demonios, que después te diré más. Sobre todo te encargo, y aun te juramento, que por ningún caso digas quién somos ni cómo tú saliste a luz ni cómo yo llegué acá: que sería perder no menos que tú la libertad y yo la vida. Y aunque hago agravio a tu fidelidad, huélgome de no haberte acabado de contar mis desdichas, en esto sólo dichosas, asegurando descuidos. Quede doblada la hoja para la primera ocasión, que no faltarán muchas en una navegación tan prolija. Ya en esto se percibían las voces de los navegantes y se divisaban los rostros. Era grande la vocería de la chusma, que en todas partes hay vulgo, y más insolente donde más holgado. Amainaron velas, echaron áncoras, y comenzó a saltar la gente en tierra. Fue recíproco el espanto de los que llegaban y de los que les recibían. Desmintieron sus muchas preguntas con decir se habían quedado descuidados y dormidos cuando se hizo a la vela la otra flota, conciliando compasión y aun agasajo. Estuvieron allí detenidos algunos días cazando y refrescando, y hecha ya agua y leña, se hicieron a la vela en otras tantas alas para la deseada España. Embarcáronse juntos Critilo y