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e Ya Ph. Borgeaud, G. Cambiano, L. Canfora, Y. Garlan, C. Mossé, O. Murray, J. Redfield, Ch. Segal, M. Vegetti, J.-P. Vernant El hombre griego Edición de Jean-Pierre Vernanu Versión española de: Pedro Bádenas de la Peña: Introducción, capítulos I, 11 revisión técnica ] TE Antonio Bravo García: capitulos VI, VII y VIH 7 José Antonio Ochoa Anadón: capítulos IV, Y y IX Alianza Editorial Título original Luomo greco Pnmera edición: 1993 Primera reimpresión: 1995 Reservados todos los derechos. De conformidad con lo dispuesto en el art. 534-bis del Código Penal vigente, podrán ser castigados con penas de multa y privación de libertad quienes reprodujeren o plagiaren, en todo o en parte, una obra literaria, antística o científica fijada en cualquier tipo de soporte, sin la preceptiva autorizaci 1991, Chus. Laterza 8 Mgli Spa, Roma-Bari cast: Alianza Editorial, S. A., Madrid, 1993, 1995 Calle Juan Ignacio Luca de Tena, 15; 28027 Madrid; tc16f. 393 ER 88 ISBN: 84-206-9657-9 : Depósito legal: M. 23.352-1995 Impreso en Lavel, Grun Canaria, 12. Humanes (Madrid) Primed in Spain INDICE Introducción El hombre griego, Jean-Pierre Vermarl ocio 9 Capítulo 1 El hombre y la economía, Claude Mossé .......... 33 Capítulo 11 El militar, Yvon Garlan 65 Capítulo 11] Hacersé hombre, Giuseppe Cambiano ..oocooooccccoo 101 Capítulo 1Y El ciudadano, Luciano Canfora ......... 139. Apéndice documental ES Capítulo Y . El hombre y la vida doméstica, Jumes Redfield ........ 177 Capitulo VI El espuctador y el oyente, Charles Segal Capítulo VII El hombre y las formas de sociabilidad, Oswyn Murray — 247 Pe 211 Capítulo VII El hombre y los dioses, Mario Vegetti ................. 289 Capitulo IX El rústico, Philippe Borgeaid ooo 323 LOS AULOLES coorrccccarccr rar rancia ronca 339 | , El efebo rubio, cabeza de mármol de la Acrópolis. Primer cuarto del siglo v ¿Out se quiere decir exactamente cuando hablamos del hom- bre griego y en qué sentido estamos autorizados para realizar su re- trato? La mera alusión en singular al concepto de hombre griego constituye ya un problema. ¿Nos encontramos acaso, siermpre y en todo lugar, ante un mismo modelo de hombre, pese a la diversidad de situaciones, de sistemas de vida, de regímenes políticos comu los que se dan de Atenas a Esparta, de Arcadia, Tesalia o el Epiro a las ciudades de Asia Menor o a las colonias del mar Negro, de Italia meridional o de Sicilia? Y este griego cuya imagen Lratamos de fijar será el deépoca artaica, el héroe guerrero que canta Homero, o ese otro, distinto en tantos aspectos, que Aristóteles definió en el si- elo 1v como un «animal político»? Aunque los documentos de que se dispone han llevado a centrar la investigación en el periodo clá- sico y aenfocar nuestra atención en Atenas la mayoría de las veces, el personaje que se nos pesfila al final del estudio presenta, más que tna imagen unívoca, una figura que brilla con una multiplicidad de facetas donde se reflejan los diversos puntas de vista que los a1- tores de esta obra han preferido primar. Veremos asi desfilar suce- sivamente, según la óptica elegida, al griego en tanto que ciudada: no, hombre religioso, militar, factor económico, doméstico, oyen- te y espectador, partícipe de diferentes formas de carácter social, veremos a un hombre que, de la infancia a la edad adulta, recorre un camino impuesto de pruebas y de etapas para convertirse en un hombre en el pleno sentido de la palabra, conforme con el ideal gricgo de realización del ser humano. Aunque cada uno de los retratos trazados en esta galería por es- »pOC.... DLOCCEOHELOLLILILILILLLICLIILICICIILILIS 12/Jcan-Pierre Vernani tudiosos modernos responde a un objetivo o a una cuestión par- ticular —¿qué significa para un griego ser ciudadano, soldado e beza de familia?—, la serie de cuadros no constituye una sucesión de ensayos yuxtapuestos sino un conjunto de elementos que se en- tremmezclan y completan para formar una imagen original cuyo equivalente exacto no encontramos en ninguna ofra parte. Este modelo construido por los historiadores quiere eféctivamente po- ner de manifiesto los rasgos característicos de las actividades des- plegadas por los antiguos griegos en los grandes sectores de la vida colectiva. No se trata de un esquema arbitrario, al contrario, para su estructuración se ha buscado el apoyo en una documentación lo más completa y precisa posible. Támpoco es un esquema «banal» en la medida en que, dejando al margen las generalizaciones sobre la naturaleza humana, se dedica a señalar lo que los comporta: mientos de los griegos implican de original: la forma propia de aplicar prácticas tan universalmente extendidas como las relacio- nadas con la guerra, la religión, la economía, la politica a la vida doméstica. Singularidad gricga por tanto. Sacarla a la luz significa adoptar desde el principio un punto de vista comparalivo y. en esta con- frontación con otras culnuras, poner el acento, más allá de los ras- gos comunes, en las divergencias, las desviaciones, las distancias. Distancias, en primer lugar, respecto de nosotros en lo que se refie- re a modos de actuar, pensar o sentir, que hasta tal punto nos resul- lan familiares que nos parccen algo natural. Sin embargo hay que intentar desprenderse de estas sensaciones cuando nos referimos a los griegos para no desenfocar la atención que sobre ellos pone- mos. Existen también distancias respecto de hombres de otras ¿po- cas de la antiguedad y de otras civilizaciones distintas de la griega. Pero quizá el lector, aunque esté dispuesto a reconocer ton no- sotros la originalidad del caso griego, se vea tentado de hacer otra objeción preguntándonos por el término hombre. ¿Por qué el hom. bre y no la civilización o la ciudad gricga? Podría argúirse que es el contexto social y cultural al que está sometido a continuos cam- bios; el hombre adapta sus comportamientos a dichas varia: ciones pero en sí continúa siendo el mismo. ¿En qué se diferenc ría el ojo del ciudadano de la Atenas del siglo v a.C. del de nuestros contemporáneos? Pero lo cierto es que en este libro el problema que se aborda no son ni el ajo ni el oído sino las Tormas griegas de servirse de ambos: la visión y la audición, su función, sus formas y su respectiva consideración. Para que se me comprenda mejor pondré un ejemplo y pido disculpas por lo que tenga de personal; ¿cómo podriamos mirar hoy la luna con los ojos de un griego? Yo El hombre griego/13 mismo lo pude experimentar en mi juventud durante mi primer viaje a Grecia, Navegaba entonces de noche de una isla a otra; echa- do en cisbierta contemplaba el cielo donde brillaba la luna, lumi- n0s0 rastro nocturno que extendía su claro reflejo, inmóvil o dan- zante sobre la oscura superficie del mar. Yo me encontraba mara- villado, fascinado por esta suave y extraña claridad que bañaba las olas dormidas; estaba emocionado, igual que ante una presencia femenina, próxima y a la vez lejana, familiar y sin embargo inacce- sible, cuyo resplandor hubiera venido a visitar la oscuridad de la noche, Es Selene, me dije, nocturna, misteriosa y brillante, lo que estoy viendo es Selene. Muchos años después, cuando estaba vien- do en la pantalla de mi televisor las imágenes del primer explora- dor lunar saltando torpemente —metido en sú escafandra de cos- monauta— en el espacio difuso de un lugar desolado, tuve la im- ión de éstar ante un sacrilegio al que se unia la dolorosa sensa- ción de que algo se rompía sin remedio: mi nieto, que tomo todos contempló aquellas imágenes, nunca podría mirar ta luna como ya lo había hecho antes, con los ojos de un griego. La palabra Selene se convirtió en una relerencia puramente erudita: la luna tal como aparece en el cielo no responde ya a ese nombre. No obstante, corno el hombre es siempre un hombre, la ilusión es tenaz; si los hisloriadores' consiguieran reconstruir perfecta: mente el decorado en el que vivían los antiguos habrían cumplido su misión, de manera que, cuando se los leyera, cada uno podría sentirse en la piel de un griego. Saint-Just no fue elúnico, entre los revolucionarios, en imaginarse que le bastaba practicar «a la anti- guas las virtudes de la:sencillez, frugalidad, inflexibilidad para que el republicano de 1789 se identificara con el griego y con el rama- no. Fue Marx el que en La sagrada familia puso las cosas en su sitio: Este error se revela trágico cuando Sajnt-Just, el día de su ejecución, al se- ñalar el gran cuadro con los Derechos del Hombre, colgado en la sala de la Concicrgerie, exclama can un justificado orgullo: «Pero si say yo el que ha hecha eso,» Pero precisamente ese cuadro proclamaba el derecho de 11m hombre que no puede ser el hombre de la comunidad antigua, porque tant paca las condiciones de existencia económicas e industriales son las de la antigiiedad. Como escribe Francois Hartog al citar este pasaje: «El hombre de los derechos no puede ser el hombre de la ciudad antigua.» Y menos aún puede serlo el ciudadano de los estados modernos, el seguidor de una religión monoteísta, el trabajador, el industrial o el financiero, el soldado de las guerras mundiales entre naciones, el Padre de familia con esposa e hijos, cl individuo particular en la in- 00000000 AOOIIIIDIIADACIDAIIAIAIIIIAA L6/Jean-Pierre Vernant Todo esto significa que entre este mundo y lo divino no existe un corte radical que separe para nosotros el orden de la naturaleza del sobrenatural. La comprensión del mundo en que vivimos, tal y como se presenta ante nuestros ojos y la búsqueda de lo divino nu constituyen dos lormas de aproximación divergentes u opuestas, sino dos actitudes que pueden coincidir o confundirse, La luna, el sal, la luz del día, la noche o bien una montaña; una gruta, una fuente, un río u un bosque pueden percibirse y sentirse con la mis- ma actitud que se acoge a cualquiera de los grandes dioses del pan- teón. Todos esos elementos naturales provocan las mismas formas de respeto y consideración admirativa que caracterizan a las rela- ciones del hombre con la divinidad. ¿Por dónde pasa entonces la frontera entre los humanos y los dioses? Por un lado, somos seres inseguros, efímeros, sometidos a las enfermedades, el envejec miento y la muerte; nada de cuanto confiere valor'y brillo a la exis- tencia (juventud, fuerza, belleza, gracia, valor, hoñor, gloria) deja de deteriorarse y desaparecer para siempre; tampoco existe nada que no implique, frente a todo bien preciado, el- correspondiente mal, su contrario o su inseparable compañía. No hay así vida sin muerte, juventud sin vejez, esfuerzo sin cansancio, abundancia trabajo, placer sin sufrimiento, Aquiabajotoda lu tenesisomb todo esplendor su caraoscu olo:contrario delo quelesocu- ra 105 90€ Se da en llaáarimmortales (arhánato)Mbienaventur 403 (mákares;,: poderosos (kreírrous):.las divinidades. Ladá ña ye esas iviridades, en el terreno que le cor scarnalos poderes; capacidades virtudes y favores. delas quelo hombres'a lo largo de su vida pasajera;no pueden sino dispoñer en forma de un fugaz y sombiio reflejo, como en un sueño. E; i miTrcamhas tazas la human; E c:época clásicas profmdamenteconscientezde estardisparidad.- Saberquethaysunaironterainfranqueaslcienoe los hombres y los; , a pesar de que los recursos del espíritu hu- mano y de todo lo que ha conseguido descubrir o inventar a lo lar- go del tiempo; el porvenir le sigue siendo indescifrable, la muerte irremediable, los dioses fuera de su alcance, más allá de su inteli- gencia, al igual que resulta insostenible para su mirada el resplan- dor del rostro de los inmortales. Por eso (mate lasteglas lúnda- mientales-detarsabiduriagriegarelativaalas rel: los dic gesesquerl ombre nt ptede prerenderenmodo alguno igualarse . ellos ¿araceptación —como algo consustancial con la naturaleza hu- mana y contra lo que sería vano protestar— dé todaslas:caréntias gucacompanam9iecesariamente-a-nuestra-condiciónimplica-una” 30 orden..En primer lugar, ¡el:g; _ El hombre griego/17 gano puede esperarde lOs dioses == macualquiera de lainnx pedirselo=quele ttalidad:dé quezellos dís- ¿fitan: La esperanza de una supervivencia del individuo después de * la muerte, distinta de la de mera sombra sin luerza y sin conscien- cia en las tinieblas del Hades, no entra en el marco del comercio con la divinidad instituido por el culto ni, en tudo caso, constituye su fundamento ni es un elemento importante. La idea de una in- mortalidad individual debia de resultarles muy extraña e inton- gruente a los atenienses del siglo 1v a juzgar por las precauciones que Platón se siente obligado a tomar antes de afirmar, por boca de Sócrates en el Fedón, que en cada uno de nosotros existe un alma inmortal. Además a este alma, en la medida en que es imperecede- ra, se la concibe como una especie de divinidad, un daimón, lejos de confundirse con el individuo humano, en lo que hace de él un ser singular, el alma se entronca con lo divino del cual-aquélla cs como una partícula momentáneamente extraviada en este mundo Segunda consecuencia. Por infranqueable que parezca, dardi (CUERO sesy-10s-] AERÍESTO Entrecsí ummundo con: eS yeS Lrz abajo arriba, de lo interior a lo superior, la diferencia vá de lo me- nos a lo más, de la privación a la plenitud, a través de una escala de valores que se extiende sin una verdadera interrupción, sin un cambio completo de nivel que, debido a su inconmensúrabilidac, exige el paso de lo finito a lo infinito, de lo relativo a lo absoluto, de lu temporal a lo eterno. Debido a que las perfecciones con que es- tán dotados los dioses son una prolongación lineal de las que se manifiestan en el orden y belleza del mundo, la armonía feliz de una ciudad regulada según la justicia, la elegancia de una vida lle- vada con mesura y control de uno mismo, lFTeligiosidad Helhmm- hre:griegononecesitertomar:el-caminvidla renuncia del loresté quexdepende, Y es que la existencia de los mortales no se basta a sí misma, Elhechodemacer establece ya:pararcadarindividiroima re- ferenciaTospeciocde Tin más allá $ ante- rindezscrupulozamenteadadivinidadl homenaje-y Suderecho de cxigirle. Al tiempo que se implica un elemento de te- mar con el que pueden alimentarse hasta el límite las angustias ob- sesivas de la persona supersticiosa, la devoción griega implica otro 0 18/Jcan-Pierre Vernant aspecto muy distinto. Cuando se establece contacto con los divses y se les hace, en ciertu modo, presentes en medio de los mortales, el culto introduce en la vida lrumana una nueva dimensión, hecha de belleza, generosidad y comunión dichosa. A los dioses se los ce- Icbra por medio de procesiones, cánticos, danzas, coros, juegos, certámenes, banguetes donde se participa € en común n de pe carne de los animales ofrecidos en los sacrifici aquellos que están: M-avocados a la AAA e.cóimó tina manera de enriquecer los Y ja, uma suerte de ornalo que, al conterirles un tipo de gracia, a, alegría. concordia mutua dosilamina omunrcbrillo ervel:que resplandeceuna:parte del fulgordelós dio- omo dice Platón, para llegar a ser verdaderos hombres los ni- ños deben, desde sus primeros años, aprender a «vivir jugando y con juegos lales comos los sacrificios, los cánticos y las danzas» (Leyes, 803c). En cuanto u nosotros, el resto de los hombres, «los dioses nos fuerun- dados no sólo camo compañeros de fiesta sino para procurarnos el sentimiento del ritmo y la armonia unido al placer, con lo cual nos ponen en movimiento y dirigen nuestros grupos enlazándonos unos a otros con las canciones y las danzas» (Leyes, 653d-654a). En estos lazos que instituye el ritual entre los celebrantes se hallan también los dioses en acuerdo y sinfonía cun los hombres mediante el placentero juego de la fiesta. ombres: Do pu SIMSUZOnsEntimiento ¡eromomentohay 6 a Para señalar Uilerencia: con el bárbaro, el griego proclama con orgullo que es un hombre libre, eleútheros, y la expresión «esclavo del dios», que tan ampliamente documentada encontrainos en otros pucblos, es inusitada no sólo en la práctica cultural corriente, sino incluso para designar las funciones religiosas o sacerdotales de una divini- dad, ya gue se trata de ciudadanos libres que ejercen a título oficial sus funciones sacerdotales. ertad-esclavitud: para aquellos que han conferido a'estos dos términos, en el ámbito de la polis, su ple- no y estricto significado, estas nociones aparecen reciprocamente demasiado exclusivas para poderse aplicar ambas al mismo indivi- duo. El que es libre no puede ser esclavo o, mejor dicho, no podría ser esclavo sín dejar inmediatamente de ser libre, Á esto s otras razones. Elwr K (árita.como ap! lastado: educido acta Cañié Ta iñfinitid de lo divino. Para que sus esfuerzos se vean hombre gricgo/19 coronados por el éxito, tanto en la paz como en la guerra, para con- quistar riqueza, honor, excelencia, para que la concordia reine en la ciudad, la virtud en los corazones, la inteligencia en los espiritus, el individuo tiene que poner de su parte, a él le corresponde tomar la iniciativa y ponerse a la tarea sin escatimar esfuerzos. En toda la esfera de los asuntos humanos vada uno debe ini iniciar la Laréa y per severar para triunfar. Compliendoeld Distancia y proximidad, ansiedad y gloria, dependencia y aule- nomía, resignación e iniciativa, entre estos polos opuestos pueden aparecer tudas las actitudes intermedias en función de los momen- tos, de las circunstancias, de los individuos. Pero por muy diversos, por muy opuestos que sean estos elementos contingentes, no impli- can ninguna incompatibilidad, todos se inscriben en un mismo campo de posibilidades, el abanicu de éstas establece los límites en cuyo interior puede actuar, según la forma que le es propia, la reli giosidad de los griegos, indica las vías múltiples, pero no indefini- das, que permiten este tipo de relación con lo divino tan caracte tica del culto griego. Y digo culto, no religión o fe. Como justamente hace observar Mario Vegelli, el primero de estas términos no tiene su equivalente ¿«eMGtecia, donde: HO Existe: M, Vegetti recuerda una anécdota muy significativa: unos fora teros que han venido a visitar a Heráclito se detienen ante la puert: de su casa cuando le ven calentándose al fuego del hogar. Según Aristóteles, que intenta probar que tanto la observación de las es- trellas y los, movimientos celestes como el estudio de las cosas más humildes son igualmente dignos, Heráclito habría invitado a pasar a sus huéspedes diciéndoles: «también ahi (en el hogar de la coc: na) están los dioses» (De partibus animalivn L, 5, 6452). Sin embar- so; al ¡emtodá ócásión ylugar, yicutia forma de manifesta- ligión» a propósito del hombre griego si no es adoptando las pre- cauciones y reservas que parecen imponerse respecto de la noción de divinidad. e pOCLILLDOAS 22fIcan-Pierre Vernan sas tuvicra que pasar por la conciencia que tenenios de ellas. El mundo al que apunta nuestro saber no se recoge «en nuestro espí- ritu». Nada más alejado de la cultura griega que el cogito cartesia- no, el «yo pienso» puesto como condición y fundamento de todo conocimiento del mundo, de uno mismo y de dios, o que la cun ción leibniziana según la cual cada individuo es una mónada aisla- da, sin puertas ni ventanas, que contiene en sí misma, como la sala cerrada de un cine, todo el desarrollo de la película que cuenta su existencia. Para que el mundo pueda ser aprehendido por el hom- bre aquél no puede estar sometido a esta trasmutación que haría de él un hecho. de consciencia, Representarse el mundo no consiste en hacerlo presente en nuestro pensamiento. Es nuestro punsa- miento el que forma parte del mundo y el que está presente en el ombre pertenecealmundoco mel qieestá emparenita- SHE rico connivencia; da esenciardel hombre sónginariamente, es unzestaren elmundo. Si este mundo le fuera extraño, como suponemos hoy, si fuera un puro objeto he- cho de extensión y movimiento, opuesto a un sujeto hecho de jul cio y pensamiento, el hombre sólo podría efectivamente comuni- carse con él asimilándolo a su propia consciencia. Sin embargo paraelhombre-griego: í grorquettodo:le “ata a éste! Un ejemplo para hacer entender mejor lo que Gérard Simon de- nomina «un estilo de presencia en el mundo y de presencia en si que no podemos comprender sin un serio esfuerzo de distancia: ción metódica, que exige una verdadera restitu ca»!. Voy a referirme a la vista y la visión. En hechomdezver»ocupacun lugar, valora que ocupa una posición cidades humanas. En ci misma, mirada. Y esto por dos razones, ambas decisivas. En primer lugar, veryssab! ndami osassi ideín «ven» y eidénal a son dos formas de un mismo verbo, si eídos «apa ES visible» significa también «ca, », «forma inteligible» Lconocini expresa a través-delmúndo dele visión. CONOCENEs pues; uña formadever. En segundo lugar, ber» 2», «aspecto los. MOFIFSIgniñcR 1 «L'áme du monde» en Le Temps de la Réflexion X, Poris, 1989, p. 123 El houbre gricgo/23 la clari- a-Noche-donde, para: penetrar:cn perdido en la Tiniebla, image: Fadáz. Pero este «ver», tanto más preciado cuanto que es conocimien- to y vida, los griegos no lo interpretan como nosotros —después de que Descartes, entre otros, interviniera en esto— cuando distingui- mos tres niveles en el fenómeno visual: primero la luz, luego la rea- lidad fisica, sea una unda o un corpúsculo, y por último el órgano del ojo, un mecanismo óptico, especie de cámara oscura, cuya fun- ción es proyectar en la retina una imagen del objeto: con todo esto tenemos el acto propiamente físico de percibir a distancia el ubjero contemplado. Entre el acto final de la percepción, que supone una instancia espiritual, una consciencia, un «yo», y el fenómeno mate- - rial de la huz existe el mismo abismo que separa al sujeto humano del mundo exterior, os'griegosrla visión sólo:esposibki vistoy.el-que ve una-complet! des mpletarporlo-nre- El sol que ilumina todo es también, ve, y si nuestro ojo ve es porque éste irradia una especie de luz comparable a la del sol. El rayo luminoso que emana del objeto y lo hace visible es de la misma naturaleza bj ticos; plerte- a oposición tísica/psiquicatoque esala vezde-orden sico, Lartuzres visiónslas visión: Como ubserva Charles Mugler en un estudio titulado La ltmiére etlaw ion dens la poésie grecque? da mismalengua testimonia está nbivalencia: Los verbos que designan la acción de ver, de mirar (blépcin, dérkesihal, Teussem) se emplean con complemento direc- to referido no sólo al objeto hacia el que se dirige la mirada, sino también la sustancia jeneo- luminosa que, el ojo proyecta como ciundo se lanza un dardo, Estos rayos de fuego, que nosotros lla” mariamos Ísicos, tansportan consigo los sentimientos, pasiones, estados de ánimo, que nosotros lla ¿mos psíquicos, de la perso- na que está mirando. Efectivamente, esos mismos verbos sé cons- truyen con complemento directo de términos que significan te rror, ferocidad, furor mortífero. La. Mirada: cuandoalcanza:alobje- torletraismitedo:quecón su imrada *Xprerimenta quien 2 Revue des Études Grecques, 1960, pp. 40-70. pOr... ..... Lo c.o 24/J2an-Pierre Vernant Por supuesto que el lenguaje poética tiene sus propias reglas y convenciones. Pero esta concepción de la mirada hunde en la cul- tura gricga unas raices lo bastante profundas como para que. apa- rezca además traspuesta en ciertas observaciones, desconcertantes para nosotros, de un filósofo como Aristóteles. En su tratado De ín- somntis, el maestro del Liceo sostiene que si la vista es alectada por su objeto «aquélla ejerce también cierta acción sbbre éste» como hacen todos los objetos brillantes, porque regresa'a la clase de co- sas brillantes y dotadas de color. Y aduce como prucba el que si las mujeres se miran a un espejo en el periodo de la menstruación, la superlicie bruñida del espejo se cubre con una especie de vaho de color sangre, esta mancha impregna tan-profundamente los espe- jos cuando están nuevos gue difícilmente se puedu borrar (De in- somniis, 2, 459b, 25-31). Sin embargo quizá sea en Platón donde este «parentesco» entre la luz, el rayo de fuego emitido por el objeto y el que el ujo proyecta hacia fuera, se afirme con más rotundidad como causa de la visión. En efecto los dioses crearon las ajas portadores de la luz (phosphóre ómmala)... de manera que el luego puro que reside dentro de nosotros y que es hermano (adelphós) del fuego exterior discurriera a través de los ojos de una forma suave y continua... así pues cuarido hay luz del dia (meihémerinón phás) en torno a la corriente de la visión, entonces lo semejante encontrándose con lo semejante y uniéndo- se estrechamente con aquél constituye un único cuerpo apropiado en la di- rección de los ojos, donde la luz que surge del interior choca con la que vie- ne de los objelos exteriores. Se forma así un cuerpo enteramente sensible a las mismas impresiones debido a la semejanza de sus partes (Timeo, 45b y siguientes). Resumiendo, en lugar de tres instancias distintas: realidad físi- ca, órgano sensorial y actividad mental, para explicar la visión en- contramos una especie de brazo luminoso que, a partir de los ojos, se extiende como un tentáculo y se prolonga fuera de nuestro orga- nismo. Debido a la afinidad entre los tres fenómenos, todos igual- mente consistentes en un fuego purisimo que ilumina sin quemar, el brazo óptico se integra en la luz del día y en los rayos emitidos por los objetos. Unido a éstos, constituye un cuerpo (sóma), perfec- tamente continuo y homogéneo, que pertenece sin solución de continuidad a nosotros mismos y al mundo físico. Podemos asi lo- car el objeto externo, allá donde se encuentra, por muy lejos que sea, proyectando hasta él una pasarcla extensible hecha de una ma- tería común a lo que se está viendo, a quien ve y a la luz que permi- te ver. El hombre griego/25 Nuestra mirada opera en el mundo donde encuentra su lugar como un fragmento de este mismo mundo. Por eso no puede extrañar leer en Plolino (siglo m d.C.) que cuando percibimos un objeto por medio de la vista está claro que siempre lo vemos alli donde se encuentra y que proyectamos sobre él (prosbálomen) por medio de la visión. La impresión visual ocurre directamente en e) lugar en que se encuentra el objeto; el alma ve lo que está fuera de ella... Porque no tendría necesidad de mirar fuera si ella uuvic- ra dentro la forma del objeto que está viendo; miraria sólo la impronta que, desde fuera, ha entrado en ella, Además, cl alma asigna una distancia al ob- jeto y sabe decir a qué distancia lo ve; ¿cómo iba a ver separada de ella y le- jos de ella un objeto que está cn ella? Por otra parte sabe expresar las dimen» siones del objeto exterior; sabe que tab objeto, por ejemplo el cielo, es gran de. ¿Cómo iba a ser esto posible dado que la impronta que hay en ella no puede ser tán grande como el objeto? Por fin, y es la principal objeción. si nos limitamos a captar la impronta de los objetos que vemos no podremos ver los objetos mismos, sino sólo imágenes, sombras y así las objetos mis- mos serán otra cosa, otra cosa scrá lo que veamos (Fnéadas, IV, 6, 1, 14-32). Se ha citado este texto lan largo porque pone de relieve la dis- tancia que nos separa de los griegos en lo que a la vista se refiere. Hasta que el campo interpretativo en que los griegos situaron la vi- sión hsxredió su lugar a otro enteramente distinto no pudieron sus- citarse problemas como lós relativos a la percepción visual tal y como se discuten en época moderna, cn particular el de la percep- ción de la distancia, donde interviene la visión estereoscópica, o como el de la persistencia del tamaño aparente de los objetos con independencia de su lejanía, que implica una multitud de factores. Todo se regula desde el punto y hora en que nuestra mirada se pa- sea por entre los objetos en el mundo al que ella misma pertenece, arrastrándonos luego hasta la inmensidad del cielo, La dificultad, en este contexto, no estriba en comprender cómo se produce el que nuestra vista sea lo que es, sino cómo podemos ver de otra for- ma lo que existe, o ver el objeto en un lugar distinto al que realmuen- te se encuentra, por ejemplo en un espejo. ¿Qué fórmula elegir para caracterizar este peculiar estilo de «es- tar en el mundo»? Lo mejor, sin duda, es dar una respuesta en nega- tivo respecto a nuestra manera de ser. En este sentido el hombre griego no está desligado del universo. iegosTevidentemente, Sabían que existeuna nacrálezá humana» y no dejaron de refte- xionar sobre los rasgos que distinguen al hombre de los demás se- res, objetos inanimados, animales y dioses..Pero:elreconocimientos ¡Jerestarespecificidad ño separa 'al hombre del mundo;-no Heva a le- 28/Jean-Pierre Vernant lerecónoce um duo, hacerefí erenciatantoalosrasgos:so0 desiidentidad=-nombre, filiación, origen, posición en el gru- po con los honores que le corresponden, p ivilegios y consider: ción que tiene derecho a exigir— como asusnperioridad personal, elromunto de tualidades y méritos (belleza, vigor, valentía, noble- za en el comportamiento, dominio de si) q4e en su rostrosmodales, Aspecto manilicstan alos ójós de todos"su'pertenentiaca la “élite deTos kaloikagallidir1oS hermosos y buenos, los dristoi;.los_éxue- lénes- 4 reconocido hay los rivales en ivión incesante por 'se“hallazexpuesto ala mirada delótroy cada tino Y ada: Ewrealidadunocesdoquelorde- dñás veni laridentidadide Um individuo tointide consu valoración súciál'desde la burla al aplauso, desde el desprecio a la admira- ción. Si el valor de un hombre está hasta tal punto víñiculado a su reputación, cualguier ofensa pública a su dignidad, cualquier ac- ción o palabra que atente contra su prestigio serán sentidos por la víctima, hasta que'Ry'se reparen abiertamente, como una manera de rebajar o intentar aniquilar su propio ser, su virtud íntima, y de consumar su degradación. Beshonrádoaquelqrieno haya sabido: |bacerpagareral Su bfeñsorrenuncia/con lá pérdida depres- UE as méra su TEnombré. 1gO 738 privilegios. Excluidu de los antiguos lazos de solidaridad, expulsado del grupo de sus iguales ¿qué le queda? Rebajado a un plano inferior al del plebeyo, o sea el del kakós, que incluso conserva su lugar en las filas del pue. ¿ blo, quien ha perdido su fimé se encuentra —como vemos en el Ñ caso de Aquiles ofendido por Agamenón— errante, sin patria, ni ¡ raices, como un exiliado despreciable, tomo algo nulo, por usar | los mismos términos del héroe (Hlíada, 1, 293 y 9, 648); como diría- mos hoy, un hombre así no existe, no es nadic. Sobre este punto, sin embargo, parece necesario hacer referen- cia a un problema. Eosvatoresarisucraticós dela competición por 13 gloría contimian estándo vigentes en lazAlenas democrálica:del Siglo y. LaTIVNAAd Se ejerceentro ciuda Oñsideradosigua- des emelpl3ñopolíticó. No son iguales en tanto que sujetos de dere- chos de los que toda persona debe naluralmente disponer.«Cada ino esiguale semejante alos demás, enviruddeziplena parucipa?” ción en los ásuñtos cómines del grupo: Pero fiera de estos imtera- Sescomunest al lado del sector público, existerente comporta (MieniS personal y em las relaciones sociales un espacio privado en (eraue idividuo es quien marca la pauta; En el elogio de Atenas que Tucídides atribuye a Pericles, éste afirma: úlistrarse, deradquirir ante los ojosdes El hombre griego/29 Nos gobernamos con libertad na sólo en lo que se 'refiere a nuestra vida politica, sino también en lo que concierne a la reciproca suspicacia de las relaciones de la vida cotidiana: no sentimos envidia del vecino si se compor- ta como mejor le agrada, ni añadimos incomodidades que, aunque scan ino- cuas, resultan penosas de ver. Y al conducirnos de manera tolerante en lo pri- vado tampoco transgredimos, más que nada por miedo (Tucídides 2, 37, 2-3). Elindividuoocupapuestenlaciodadamtigia un ligar propio y specto” privado de lá existencia:haila "su prolongación: en: la vida intelectual- y artística donde cada uno afirma su convicción para actuar de manera distinta y mejor que'sus predecesores y veci- nos, Eh el derecho peral donde cada uno tiene que responder de sus propias faltas en función del grado mayor u menor de culpabili- dad, ¿nelderechorcivilocon la institución, por ejemplo, del testa- mento, érElcamporeligiosoydonde son los individuos quienes, en la práctica del culto, se dirigen a la divinidad. Pero este individuo Ro aparece nunca ni como depositario de derechas universales ina- lienables, ni como una persona, en sentido moderno del término, dotada de una vida interior específica, o sea del mundo secreto de su subjetividad, originalidad fundamental de su yo. Sertrata-de-una- Firmaresencialmentersocialdelvindividuo señalada por:eldesco de 11 a propios iguales, por su ts- tilo de vida, sus méritos, su magnanimidad, sus éxitos, lasufitithte fama-como paraAransforivaf su existencia singularen.un bien.cor oda le ciudad”e . Asimismo el indi Edue toda Gre: viduo, cuando alronta el problema de su muerte. no puede poner su esperanza en la existencia en el otro mundo tal y como era cua do estaba vivo, con su singularidad, bajo la forma de un alma pro- pia que le pertenezca a él exclusivamente, ni tampoco puede poner sus esperanzas en la resurrección de su cuerpo. ¿De qué medio se puede entonces disponer para que unas criaturas efímeras, conde- nadas a la decadencia de los años y la muerte, puedan conservar en el más allá su nombre, su fama, la imagen de su belleza, de su ¡ ventud, su valor viril y su superioridad? En una civilización del ho- nor donde cada uno, durante su vida, se identifica con aquello que ; los demás ven y dicen de uno, donde se es más cuanto mayor es la ; gloria que a uno le rodea, sólo se continuará existiendo si subsiste ] una fama imperecedera en lugar de desaparecer en el anonimato | del olvido. Paratel hombre gricgo lam rresignificalapresen: ' permanemezn la memoriasocialde aquel gue heabandonado uz del so La memoria colectivanendastios Formas-que-púel revestir —resuerdo continuo mediante:el tamtode-los poetas Tepe- do madchnidamente Generación as nérario erigido para siempre sobre: nstitución:que-asegutaa determinados: 30/Jcan-Pierre Vernant glo añoranza de todos para “siempre, en lugar del paraíso reservado a los justos, la certeza, para quien haya sabido merecerla, de una pe- rennidad implantada en el mismo corazón de la existencia sucial de los vivos. Iguenreroquercono. ; im hercicaala quemo le:pue- de afeciarelBividotComo señalé Nicole Loraux, la:ciudad recupe- ra, de manera especial, este tema en la oración fúnebre por aque- los ciudadanos que eligieron morir pur su patria. En lugar de opo- alidad e inmortalidad seasocian y.se n a de etosagadolandres. Ya elebraba como «el bien co- n para la ciudad y para todo el pueblo» al combatiente que su- piera resistir firmemente en la primera fila de Ja lalange. Si cae frente al enemigo, «jóvenes y viejos lo lloran por igual y toda la ciu- dad se aflige cun grave lamento... nunca perecerán su noble gloria, ni su nombre y, aunque yazca baja tierra, es inmortal» (fr. 9 D, 27 ss., C. Prato). A comienzos del siglo tw, Gorgias encuentra a su vez en esta asociación paradójica de lo mortal y lo inmortal motivo para satisfacer su gusto por las antítesis: «Aunque hayan muerto, su recuerdo no murió con ellos sino que es inmortal, aunque residan £n cuerpos que no sean inmortales, este recuerdo de aquellos que No están ya con vida no deja de vivir.» En su Epitafio en honor de los soldados atenienses caidos durante la guerra llamadá de Corin- to (395-386), Lisias (2, 78-81) recupera este tema y lo desarrolla en una forma mejor argumentada: en el siglo ve 1 Si después de haber escapado de los peligros del combate pudiéramos vol- vernos inmortales, se podría entender que los vivos lloraran a los muertos. Pero en realidad nuestro cuerpo resulta vencido por las enfermedades, y la vejez y el genio que le tocó en suerte nuestro destino no se deja doblegar. Por esu tencinos que considerar dichosos entre todos los hombres a estos héroes que'acabaron sus días luchando por la más noble y grande de las causas y que, sín aguardar una muerte namural, eligieron la muerte más her- mosa. Su memoria no puede envejecer y sus honores son objeto de envidia para todos. La naturaleza quiere que los lloremos como a mortales, pero su virtud prefiere que se les cante como a inmortales... Yo, por mi parte, con dero dichosa su muerte y los envidio. Si merece la pena nacer, corresponde sólo a aquéllos de entre nosotros que, habiéndoles dado el destino un cuer- pa mortal, dejaron un recuerdo inmortal de su valor. El hombre griego/31 ¿Retórica? Sólo en parte, sin duda, desde. luegu.no us pura retó- rica, El discurso encuentra fuerza y apoyo co una configuración de la identidad en la que cadaimiovaparece:como 1 está aquelloque lo TonViérte enine duo; continúa. estando «inserto :tanto: enslo:social:como;en, el £cosriños, De la libertad de los antiguos a la de los modernos, de la demo- cracia antigua a la de hoy, del ciudadano de la pólis al hombre como sujeto de derechos, pasando de Benjamin Constant a Moses Finley y a Marx, hay todo un mundo que ha cambiado. Pero no se trata sólo de una transformación de la vida política y social, de la religión y la cultura; el hombre no ha seguido siendo lo que era ni en su modo de ser él mismo ni en sus relaciones con los demás y con el mundo. 6060000000000 00000000000IOIIODIIIIDAA | Taller de broncistas, copa (detal! S 2 3 E 3 E z Y $ 2 E E istóteles enta Política definioal hombre fiego coria darfórmulade-2óorrpoliikomur nal político». La traducción, sin embargo, imita el sentido que el filósofo quería dar a esta fór- mula; con ella Aristóteles daba a entender que lo que distinguía al griego de los demás hombres era el hecho de vivir en el seno de esta forma superior de organización humana que cra la ciudad. Pero latraracteristicad la caracteriza en el mundo moderno a partir del señala Kurl:Polany3, lareconomia estaba todas os 3 J0-político precisamente esto lo que hace peligrosa la tarca del histo- riador que intenta situar al hombre g lego en un contexto econó- nico y descubrir, tras el homo políficus a los filósofos, y tras el homo oeconomicus al que producía, cambiaba, gestionaba o inclu- su especulaba con la intención, para unos, de acumular bienes y fortuna, y para utros, de ascgurarse el sustento cotidiano. Este tento es arriesgado no sólo porque las fuentes disponibles san h g mentarias y no nos permiten reconstruir con exactitud las diferen- 35 POCOLICPCEILICAOLICILICILIICIIAIAA Ñ 36/Chuule Massé tes actividades económicas que caracterizaban al mundo de las ciudades griegas. Sobre todo porquedos griegos, al no separar estas actividades de lo que constituía todo un modo de vida del que cllos, con su diversidad, eran parte integrante, nunca sintieron la necesi- dad de describirlas. Antes bien, Sézaplicaromalardescripción- dela coli la -guerray yla política, le digna de comé se verá, dispone- mos de ganas jnforn maciones más precisas sobre lá artesaniaro el comercio maritimo, susceptibles de iluminar lo que se adivina gra- cias a los objetos procedentes de las excavaciones arqueológicas (fragmentos € de cerámica, monedas, « etc. to). se deba aque sactivi- por ejemplo se dedicaban al comercio marítimo, protestas que oca- sianaron procesos cuyos litigios han llegado hasta nosotros. Conviene desde Juego repetirlo, hasta el punto que parece 4 ñ dor deciudade priori paradójico em 1. Incluso en a ciudades como Atenas, Co- , la tierra €s la que ante todo aseguraba a Saeta Comino pino, Mileto o Sir riego de época arcaica y deépocarelásica:es "primero $: por,en: ampesinos,lo que explica la importancia, e en el curso de la histo- ' ria, de los problemas agrarios y de los conflictos provocados por el . problema de la propiedad, que desgarraban a las ciudades, El ideal exicgonvivl jerra finciónamiento»de-la- sarao a os quedar mvábay- parte ra tal el vinculo entre la tierra y el ciudadano que, en numerosas UI ciudadanos das imporlaciones de-grano e de EriptoCiEnsica7 . úxirio. Unicamente algunas ciudades del Peloponeso y las ades coloniales de Occidente disponian de una producción ce- realista suficiente para cubrir sus necesidades. Sin embargo, e mto* os:sexdabá "um estucrzo.por a uelos relutiva- premtemiedioere zadenvás delas frutas y, legu ¿Países mediterráneos; un poco, detrigo o cebad: ¿vo daban lúgara ina producción. El hombre y la ecvoamia/37 cedeñtes pañal exportación! Pero más allá de estas consideracio- nes muy generales, ¿de qué elementos se dispone para intentar tra- zar la fisonomía del campesino griego? Algunas representaciones figuradas en los vasos y algunas terra- cotas nos permiten entrever el trabajo de los campesinos: bien em puñando un simple arado de madera, de tipo dental, provisto a no de una reja metálica, bien recogiendo accitunas o pisando uva. Es- tas representaciones no nos dan, sin embargo, ninguna informa- ción exacta sobre el estatus socia) de los que se dedicaban a estas actividades. Para eso debemos acudir a las fuentes literarias. Afor- one: ac viva.C: *crisis precursora de las violentas luchas que marcan la his- toria del siglo siguiente, nú dejaderdescribir,larvida conidiaña-del campesino:beocio;,las: relaciones amistosas -ushostiles:que.tenia cof ús vecinos, y las distintas actividades que jalonaban el año. En primer lugar, la época del laboreo, cuando el campesino apareja la yunta de bueyes y el arado y prepara la tierra para la sementera Viene luego el tiempo en que «la grulla, desde lo alto de las nubes, lanza su reclamo de cada año, Da Ja señal para lá siembra y anuncia la llegada del lluvioso invierno». El invierno constituye para el campesino la ocasión para reparar sus aperos. Entonces,¿hombres y acémilas viven encerrados en la casa para protegerse del soplo de Búreas, el gélido viento del Norte que viene de Tracia. Pero cuando florece el cardo, canta la cigarra, significa que viene el gozo del y rana: entonces las cabras csián más gordas, el vino es mejor, las mujeres son más ardientes y los hombres más llojos. Sirio les abrasa la cabeza y las rodillas, el calor les seca la piel. Ojalá pudicra tener la sombra de una roca, vino de Bi- blos, una hogaza bien tierna y leche de cabras que ya no crían, con la carne de una ternera sin parir, bien alimentada en el bosque, o cordetos de la pri- mera camada. (Trabajos y días, 585-592.) Pero hay que pensar también en volver a la cosecha y ordenar luego a los esclavos «pisar el trigo sagrado de Deméter». Tras lo cual se pondrá el grano en los recipientes que se alinearán en la casa, se apilarán el forraje y la paja para los animales. Llegará luego el tiempo de la vendimia y de la producción del vino, «Jon de Dio- niso, rico en alegrías». El poema de Hesíodo se ha interpretado a menudo como un gri- to de revuelta contra «los reyes devoradores de presentes», como la 40/Claude Mossé Elec ivamenle, sizpara el -peque _campesirió-dél Atica cla agrí- a, para el propietario deu un bien más importante podía. seruna “Fuente. de- ingresos. Como se ha hecho notarantes, la gran propi dad/en el Atica; estaba integrada la mayol vecés por parce- las dispersas, bien en el interior de un mismo demo, bien en demos distintos y vecinos. Sirilembar, go, existian propiedides más exter sas; como la. que described rofonte:en el Económico, nuestra ter- cera fuente para conocer la vida rural en Grecia, o la de Fenipo, el Propietario que conocemos por un-discurso del corpus de Demós- tenes. Mientras el propietario de parcelas dispersas confiaba la re» ¿Valorización de:las mismas a esclavos de confiariza;que, una vez realizada la cosecha, reembolsaban a su dueño la apoforá, en dine- ra o en especie, el propietario de una finca extensa y deún solo té- rreno tenía gue estar en posesión de un equipo de trabajadores de condición servil bajo las órdenes de uñ intendénte, también él fre- Cuentemente un esclavo. Por un fragmento delos Memorabilia (los Recuerdos de Sócrates) del mismo Jenofonte se sabe que un hom- bre libre podía verse obligado por su propia pobreza a aceptar este tipo de trabajo, El kalokagathós del Económico es, evidentemente, la imagen ideal del perlecto ciudadano propietario, y, excepto la alusión a las especulaciones de su padre, no se aprecia que la bue- na gestión de la finca tuviera como fin una ambición cualquiera" por obtener un provecho con la comercialización de los productos de la finca. La cosecha de cereales, de vino y aceituna se destinaba a quedar almacenada en las reservas de la casa-de Iscómaco. Sin embargo éste, como Critobulo, el primer interlocutor.de Sócrates en el diálogo, es un ciudadano rico, que debe ofrecer sacrificios a sus conciudadanos de demo, sufragar eisphoral y liturgias, cargas gue recaían sobre los más ricos, lo que implica que una parte de la cosecha de la finca producía rentas en metálico, El ulegato contra Fenipo confirma que la agricultura podía ser, para un gran propie- tario, una confortable fuente de recursos. Fenipo vendía su made- ra, su trigo, su vino aprovechando incluso las dificultades de avi- tuallamiento que conocía Atenas a finales de la década de los trein- ta, en el siglo yv a.C., para especular con lus precios de estos dos ul- timos productos. Quizá se trate, no obstante, de un fenómeno nue- vo, característico del final de siglo; volveremos sobre el tema. «Enmodeló ateniense dezuna"cláseltampesina“propi ¡aria-am- mente dominante —un comentario de Dionisio de Halicarnaso da a entender que sólo cinco mil atenienses de los 25,000 o 30.000 con que contaba la ciudad a comienzos del siglo 1v no poseían tie- rras— seguramente estáaba-muy-extendidoen una gr mundo griego. Ebdilatado movimiento de color arterdel quese has El hombre y la economía/41 el siglo viu, y que continuó durante dos si- glos, condujo a la ereación de piña, se repartió entre colonos, expulsa: os a menudo de sn ciudad de origen debido a la srenokhóría, o escasez de tierra' Las investiga- ciones realizadas por los arqueólogos en Italia meridional, en Si lia y en Crimea, con la especial ayuda de la fotografía aérea, han in- tentado aclarar el modo de distribución del suelo en algunas de es- tas ciudades coloniales. Textos más tardios, como el decreto de fundación de la colonia de Brea, en el Adriático, o el relato de la fundación de Turios, en el sur de Italia, relatado por Diodoro Siculo, indican la importancia de esta distribución del suelo, confiada a magistrados especiales, geómetras y geónomos. Pero a partir de aquí se plantean sin embargó muchos problemas: ¿irabajaban los colónos sus propios kléroi, es decir, sus lotes, o bien los explotaban a través de indígenas más o meños esclavizados, como los cilirios de Siracusa, y se limitaban a percibir las ganancias? En cualquier caso, algo de esto debía de suceder en las cleruquías atenienses, un tipo de colonias militares instaladas por los alenienses en el territo- rio de algunos de sus más reacios aliados. A propósito de los colo: nos establecidos en Mitilene, en la isla de Lesbos, después de haber sometido a sus habitantes que habian intentado sustrac a la alianza con Atenas, Tucidides precisa que «los lesbios continuaron trabajando ellos mismos la tierra, comprometiéndose a pagar a los clerucos una suma de dos minas anuales por lote». AM margen-delrmundo..ec «colonial, numerosas"ciudades "tuvieron imismo/que Ac apoyarse Eh ¿h un campesinado: propictario. De otra forma se entendería mal la importancia de las reivindicaciones por el reparto de tierras en las luchas que desgarraron las ciudades en- tre los siglos vn y 1v, e inclusa más adelante. Si Atenas, lo hemos vis- to, conoció un relativo equilibrio durante todo este periodo gracias a las reformas de Solón, en otros sitios las cosas fueron de manera distinta, El inovimieñto.que.CondujolálBurgirmiento de las tivanías en una gran parte del mundo griego entre mediados del siglo vu yz .Áines del siglo vi parece estar.muy vinculado al desigual reparto de la propiedad territorial, y el démos sobre €l que; según la tradición, se apoyarun la mayoría de.eslos tiranos era primero un démos rus ¿ral; Por otra parte, no es una casualidad que los teóricos que, a par- tir de finales del siglo v, elaboraron proyectos de ciudades ideales, sc preocuparan ante todo del problema de la organización de la khóra y de la distribución de las ticrras, Aristóteles, por su parte, veia en lo que un historiador contemporáneo ha llamado «la repú- blica de los campesinos» el modelo de ciudad más cercano a la ciu- dad ideal. Pero los teóricos politicos+del sigla mencionaban: también Ez 42/Claude Mossé como in ejenipl dades del mundo real, aquella que lés parecía tener las mejores leyes y la mejor organización socia Esparta, Esparta también era una ciudad de terratenientes. Sim em bátgo estos propietários no.eran campesinos, Los que en Lacónia y Mesenia cultivaban la tierra eran los ilotas, campesiños sometidos que los demás griegos cunsideraban como esclavos, pero esclavos distintos de los que conecían en sus propias ciudades. Del mismo origen, hablando la misma lengua, representaban para los esparta- nos un peligro permanente, y sus revueltas jalonan la historia de la ciudad lacedemonia. En relación con cllos son muchos los puntos oscuros que aún quedan. En concreto desconocemos si la tasa que pagaban a su dueño era Fija o proporcional a la cosecha, si estaban aislados en los kléroi de sus patronos o si formaban comunidades en aldeas especificas. Los mesenios se emanciparon de la tutela es- partana en el siglo sy con la ayuda del tebano Epaminondas. Los ilo- tas de Laconia continuaron sojuzgados, con excepción de los que, a lo largo de las revoluciones espartanas del siglo 111 a.C., fueron libe- rados para proveer a los reyes reformadores de los soldados que necesitaban para resistir a los macedonios y sus al Así, hbrezodepoidientealikombrelgriego (aparecerprimero. Ararajo cola pa elcáso.de Jás ciuda Ek as, a la“ganaderíaentoncreto de: cabal El vínculo « entre la tierra Y la ciudad no era sólo un vínculo económi: UT Y oy, en la mayoría de las ciuda- laidanós podían vet 'O que a meñudo había que ser.propietario paray Poder, er ciudadano.; Se comprende entonces que los oficios tenidas en poca:estima; En el Sócrate ido 'conómtico, Jenofonte hace decir a Los oficios llamados artesanales (bánausoi) es desacreditados y es muy natural que sean muy despreciados cn las ciudades. Arvuinan el cuerpo de los obreros que los ejercen y de los que los dirigen obligándoles a llevar ua vida casera, sentados a la sombra de su taller e incluso a pasar todo el día junto al fuego. Los cuerpos, de esta manera, se reblandecen, las almas se hacen también más fojas. Sobre todo estos oficios, llamados de artesanos, no les dejan ningún tiempo libre para ocuparse también de sus amigos y de la ciudad, de manera que estas gentes aparecen como individuos mezqui- ños, ya sea en relación con sus amigos, ya sea en lo que toca a la defensa de sus respectivas paras. Por eso, en algunas ciudades, sobre todo en las que pasan por belicusas, se llega hasta prohibir a todos los ciudadanos los ofi- cios de artesanos. (6, 5-7.) El hombre y la economia/43 Jenofonte, al evocar esta prohibición, ¿pensaba sólo en Esparta, o estaba expresando un deseo que era el de toda una intelfigentsia aristocrática frente a una realidad bien distinta? No hay duda de úmncro“de ciudades lrabía-artesanos.en el seno d «ina retribución, evidentemente considerada natural. Eran, por tanto, ajenos a la comunidad que estaba formando la naciente ciu- dad. Asimismo hay que pensar que unaparteze dedos que lamamos trabajorartesa nos, o los consejos de Hesiodo para la labricación del arado, Las te- las se hilaban y tejian ba, en casa por la dueña y sus criadas. :tudades neras la construcción naval Despaesemataralmente” elitrabajo ¡dela piedra y.del mármol-cuando las ciudades comenzaron a le- vantar monumentos religiosos o públicos y a decorarlos con bajo- rrelieves y estatuas. Una vez más, es evidentemente en Atenas donde disponemos de la información más rica relativa, por un lado, a la situa n de los artesanos y, por otro, a la importancia de las actividades artesana- les, Atenas.se convierte mús Pronto. ¿numa cn dmportante-: centro de la esduranter el periodude la iraníade Ts. 7 6llá en Até n artésariado Cada vez más 'avorecidó.porda política de.los tiranos, quienes emprenden un vasto programa de obras públicas, emiten las primeras mone- das y, por tanto, comienzan a explotar sistemáticamente los yaci- mientos de plomo argentifero del Laurión, inauguran al fin una po- lítica marítima que anuncia la que volverán a emprender un siglo más tarde Temistocles y Pericles. No cs una casualidad que cu la se- gunda mitad del siglo vi la cerámica ática de figuras negras, prime- ro, de figuras rojas, después, aparezca por todo el Mediterráneo, pasando a destronar definitivamente a la cerámica corintia. ¿Cuán tos artesanos había entonces en Atenas y cuál era su condición? Es dificil responder a esta pregunta. Se ha sugerido que en el siglo v, en el momento de mayor producción de vasos de figuras rojas, no habia más de cuatrocientos obreros ceramistas. Más arriba se ha adelantado la cifra de cinco mil ciudadanos privados de tierra a principios del siglo tv. Pero no todas eran necesariamente artesa- nos o comerciantes. Por otra parte, muchos de estos artesanos eran abajo delos