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El imperio del algodon, Esquemas y mapas conceptuales de Historia Política Social Contemporánea

El texto analiza desde un perspectiva de una historia global sobre el termino y desarrollo de la Revolucion Industrial

Tipo: Esquemas y mapas conceptuales

2020/2021

Subido el 12/09/2021

juandieloza
juandieloza 🇦🇷

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Beckert, Sven. El imperio del Algodón. Una historia global.
Introducción
A finales de enero de 1860, los miembros de la Cámara de Comercio de Manchester se daban cita en el ayuntamiento de esa ciudad
para celebrar su reunión anual. Entre los 68 hombres congregados en los salones municipales de la que por entonces era la ciudad más
industrializada del mundo destacaba la presencia de los productores y comerciantes de algodón. En los 80 años anteriores, esos
hombres habían convertido la campiña de la región en el eje de una actividad totalmente desconocida hasta entonces: una red global
integrada por una concatenada secuencia de procesos de producción agrícolas, comerciales e industriales.
Los comerciantes compraban por todo el mundo el algodón en rama y lo transportaban después a las factorías británicas, en las que
operaban incansablemente las dos terceras partes de los usos de algodón del planeta. Un ejército de obreros hilaba el algodón,
enrollándolo después en madejas con las devanaderas y tejiendo a continuación telas bien acabadas. Transformadas de ese modo en
mercancías, estas eran finalmente enviadas por los distribuidores a los distintos mercados mundiales.
Los caballeros congregados en la casa consistorial de Manchester mostraban un claro ánimo festivo. El presidente Edmund Potter
glosaba ante sus colegas el «asombroso crecimiento» que había experimentado la industria en la que trabajaban, subrayando «la
prosperidad general de que disfruta el país entero, y más concretamente la zona en la que nos hallamos». Se hallaban inmersos en un
debate muy animado en el que se hablaba de expansión y de negocios, no solo en Manchester, sino también en Gran Bretaña, Europa,
Estados Unidos, China, la India, Sudamérica y África. El productor algodonero Henry Ashworth sazonaba la conversación con
superlativos de su propia cosecha, ensalzando la existencia de «un grado de prosperidad comercial que muy probablemente no haya
conocido igual en toda la historia».1
Estos productores y comerciantes de algodón, tan espléndidamente satisfechos de mismos, tenían motivos para mostrarse
engreídos: ocupaban el vértice de un imperio en expansión que llegaba a los cuatro puntos cardinales, el imperio del algodón.
Gobernaban fábricas con decenas de miles de trabajadores dedicados al manejo de enormes máquinas de hilar y ruidosos telares me-
cánicos. Compraban la materia prima en las plantaciones de esclavos de las Américas y vendían el producto de sus tejedurías en los
mercados de los más remotos rincones del mundo.
Los industriales del algodón abordaban los asuntos mundiales con una asombrosa displicencia, olvidando que el carácter de las
ocupaciones en que ellos mismos participaban era poco menos que trivial, ya que consistía en fabricar hilo y telas de algodón para
dedicarse a pregonar después sus excelencias y ponerlas a la venta. Poseían un conjunto de fábricas tan estrepitosas como sucias,
además de atestadas y decididamente toscas. Vivían en ciudades ennegrecidas por el hollín del carbón que alimentaba las máquinas de
vapor. Respiraban una atmósfera hedionda, saturada de olor a sudor, orina y heces. Regían un imperio, pero nadie los habría tomado
por emperadores.
Solo cien años antes, los antepasados de estos peces gordos de la industria algodonera se habrían muerto de risa ante la sola idea de
levantar un imperio. El algodón se cultivaba en pequeños lotes y se trabajaba a mano junto al fuego del ho gar. Aun siendo muy
generosos, todo cuanto podía decirse de la industria del algodón de esa época era que desempeñaba un papel sencillamente marginal en
el Reino Unido. Desde luego, había europeos que conocían la existencia de las hermosas muselinas, quimones y percales que llegaban
a los puertos de Londres, Barcelona, El Havre, Hamburgo y Trieste procedentes de la India –y que los franceses denominaban
genéricamente indiennes
En las zonas rurales de casi todos los países de Europa mujeres y hombres hilaban y tejían el algodón, transformándose así en
modestos competidores de los tejidos finos de Oriente. Tanto en las dos Américas como en África, y sobre todo en Asia, la gente
sembraba algodón en medio de los plantíos de boniatos, maíz y sorgo. Hilaban la fibra de la planta para tejerla después y elaborar así
las telas de uso doméstico que ellos mismos necesitaban o que les pedían sus gobernantes. Los habitantes de un gran nú mero de
ciudades, como Daca, Kano o Tenochtitlan entre otras, llevaban siglos, e incluso milenios, elaborando paños de algodón y tiñéndolos
de bellos colores. Algunas de esas telas se vendían en los mercados del mundo entero. Y unas cuantas eran tan extraordinariamente
refinadas que sus coetáneos las describían diciendo que se trataba de «paños de viento».
Sin embargo, en lugar de un panorama de mujeres sentadas en una banqueta baja y atareadas en hilar el algodón en las pequeñas
ruedas de madera de sus hogares o enfrascadas en trabajarlo con ruecas y devanaderas delante de su choza, lo que vemos en el
Manchester de 1860 son millones de telares mecánicos –movidos por motores de vapor y manejados por trabajadores asalariados, mu-
chos de ellos niños– que funcionan sin descanso, hasta catorce horas al día, para producir miles de toneladas de hilo.
En vez de un puñado de padres o madres de familia afanosamente dedicados a cultivar el algodón para transformarlo en una madeja
de hilo hecho en casa y más tarde en. una tela tejida a mano, nos encontramos frente a una legión de millones de esclavos obligados a
trabajar en las plantaciones algodoneras de las dos Américas, a miles de kilómetros de las ávidas factorías que se abastecen de su
esfuerzo y que también, se encuentran, a. su vez, a enormes distancias de las personas llamadas a servirse en último término de las telas
producidas. Y lo que vemos es que los tejidos, en lugar de viajar en las caravanas del África occidental que transportan a lomos de
camello este y otros artículos de un extremo a otro del Sáhara, navegan ahora a bordo de los potentes barcos de vapor que surcan los
océanos del mundo, con las bodegas repletas del algodón producido en el sur de Estados Unidos o de los paños que se fabrican en Gran
Bretaña, con esa misma fibra.
En el año 1860, los capitalistas algodoneros que vemos reunirse con el propósito de festejar sus logios consideraban que la existencia
del primer complejo febril de la historia dedicado a procesar el algodón mediante un sistema de articulación internacional era un
hecho perfectamente natural, pese a que el universo que ellos mismos habían contribuido a crear fuese en realidad de muy reciente
aparición.
No obstante, el futuro que les aguardaba era casi tan inimaginable corno el pasado que habían dejado atrás. Si alguien les hubiera
expuesto los cambios radicales que iba a experimentar el mundo del algodón en el transcurso del siguiente siglo, tanto los productores
como los comerciantes de algodón habrían esbozado una sonrisa burlona. En 1960, la mayor parte del algodón bruto había vuelto a
provenir de Asia, China, la Unión Soviética y la India, al igual que el grueso de la producción de hilo y tela de algodón. Tanto en Gran
Bretaña como en el resto de Europa y Nueva Inglaterra quedaban ya muy pocas tejedurías de algodón. Los antiguos centros dedicados
a la producción de paños –como los de Manchester, Mulhouse, Barmen y Lowell, por citar solo unos cuantos– mostraban en sus solares
la llaga abierta de las fábricas desiertas, ensombreci das por el espectro de los trabajadores en paro. De hecho, en 1963, la Asociación
Algodonera de Liverpool, que había sido en su día la agrupación comercial más importante del sector del algodón, se veía forzada a
vender su mobiliario en pública subasta.2 El imperio del algodón, dominado por Europa, siquiera parcialmente, había terminado por
venirse abajo.
Este libro narra la historia del auge y posterior desplome del imperio del algodón que un día alcanzara a presidir Europa. Sin
embargo, debido al carácter central de un artículo como el algodón, la historia de su comercio es también la historia de la activación y
la reactivación del capitalismo global y por ende del mundo moderno . Al subrayar y traer al primer plano la escala internacional de
nuestro análisis podremos comprobar que un puñado de empresarios audaces y de poderosos estadistas europeos consiguieron
reorganizar la industria textil en un plazo de tiempo asombrosamente breve, aunando para ello las fuerzas de la expansión imperial
con el empleo de una mano de obra esclaviza da, la introducción de máquinas nuevas y la creación de una masa de obreros
asalariados. La más que peculiar organización que crearon para el fomento del comercio, la producción y el consumo de sus
artículos hizo saltar en pedazos los muy dispares universos algodoneros que habían venido funcionando en los milenios anteriores.
Los industriales europeos insuflaron vida al algodón, le aplicaron las energías del momento –que estaban transformando la faz de la
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Beckert, Sven. El imperio del Algodón. Una historia global. Introducción  A finales de enero de 1860, los miembros de la Cámara de Comercio de Manchester se daban cita en el ayuntamiento de esa ciudad para celebrar su reunión anual. Entre los 68 hombres congregados en los salones municipales de la que por entonces era la ciudad más industrializada del mundo destacaba la presencia de los productores y comerciantes de algodón. En los 80 años anteriores, esos hombres habían convertido la campiña de la región en el eje de una actividad totalmente desconocida hasta entonces: una red global integrada por una concatenada secuencia de procesos de producción agrícolas, comerciales e industriales.  Los comerciantes compraban por todo el mundo el algodón en rama y lo transportaban después a las factorías británicas , en las que operaban incansablemente las dos terceras partes de los usos de algodón del planeta. Un ejército de obreros hilaba el algodón , enrollándolo después en madejas con las devanaderas y tejiendo a continuación telas bien acabadas. Transformadas de ese modo en mercancías, estas eran finalmente enviadas por los distribuidores a los distintos mercados mundiales.  Los caballeros congregados en la casa consistorial de Manchester mostraban un claro ánimo festivo. El presidente Edmund Potter glosaba ante sus colegas el «asombroso crecimiento» que había experimentado la industria en la que trabajaban, subrayando « la prosperidad general de que disfruta el país entero, y más concretamente la zona en la que nos hallamos ». Se hallaban inmersos en un debate muy animado en el que se hablaba de expansión y de negocios, no solo en Manchester, sino también en Gran Bretaña, Europa, Estados Unidos, China, la India, Sudamérica y África. El productor algodonero Henry Ashworth sazonaba la conversación con superlativos de su propia cosecha, ensalzando la existencia de « un grado de prosperidad comercial que muy probablemente no haya conocido igual en toda la historia ».^1  Estos productores y comerciantes de algodón, tan espléndidamente satisfechos de sí mismos , tenían motivos para mostrarse engreídos: ocupaban el vértice de un imperio en expansión que llegaba a los cuatro puntos cardinales, el imperio del algodón. Gobernaban fábricas con decenas de miles de trabajadores dedicados al manejo de enormes máquinas de hilar y ruidosos telares me- cánicos. Compraban la materia prima en las plantaciones de esclavos de las Américas y vendían el producto de sus tejedurías en los mercados de los más remotos rincones del mundo.  Los industriales del algodón abordaban los asuntos mundiales con una asombrosa displicencia, olvidando que el carácter de las ocupaciones en que ellos mismos participaban era poco menos que trivial, ya que consistía en fabricar hilo y telas de algodón para dedicarse a pregonar después sus excelencias y ponerlas a la venta. Poseían un conjunto de fábricas tan estrepitosas como sucias, además de atestadas y decididamente toscas. Vivían en ciudades ennegrecidas por el hollín del carbón que alimentaba las máquinas de vapor. Respiraban una atmósfera hedionda, saturada de olor a sudor, orina y heces. Regían un imperio, pero nadie los habría tomado por emperadores.  Solo cien años antes, los antepasados de estos peces gordos de la industria algodonera se habrían muerto de risa ante la sola idea de levantar un imperio. El algodón se cultivaba en pequeños lotes y se trabajaba a mano junto al fuego del hogar. Aun siendo muy generosos, todo cuanto podía decirse de la industria del algodón de esa época era que desempeñaba un papel sencillamente marginal en el Reino Unido. Desde luego, había europeos que conocían la existencia de las hermosas muselinas, quimones y percales que llegaban a los puertos de Londres, Barcelona, El Havre, Hamburgo y Trieste procedentes de la India –y que los franceses denominaban genéricamente indiennes –  En las zonas rurales de casi todos los países de Europa mujeres y hombres hilaban y tejían el algodón, transformándose así en modestos competidores de los tejidos finos de Oriente. Tanto en las dos Américas como en África, y sobre todo en Asia, la gente sembraba algodón en medio de los plantíos de boniatos, maíz y sorgo. Hilaban la fibra de la planta para tejerla después y elaborar así las telas de uso doméstico que ellos mismos necesitaban o que les pedían sus gobernantes. Los habitantes de un gran nú mero de ciudades, como Daca, Kano o Tenochtitlan entre otras, llevaban siglos, e incluso milenios, elaborando paños de algodón y tiñéndolos de bellos colores. Algunas de esas telas se vendían en los mercados del mundo entero. Y unas cuan tas eran tan extraordinariamente refinadas que sus coetáneos las describían diciendo que se trataba de « paños de viento ».  Sin embargo, en lugar de un panorama de mujeres sentadas en una banqueta baja y atareadas en hilar el algodón en las pequeñas ruedas de madera de sus hogares o enfrascadas en trabajarlo con ruecas y devanaderas delante de su choza, lo que vemos en el Manchester de 1860 son millones de telares mecánicos – movidos por motores de vapor y manejados por trabajadores asalariados, mu- chos de ellos niños– que funcionan sin descanso, hasta catorce horas al día, para producir miles de toneladas de hilo.  En vez de un puñado de padres o madres de familia afanosamente dedicados a cultivar el algodón para transformarlo en una madeja de hilo hecho en casa y más tarde en. una tela tejida a mano, nos encontramos frente a una legión de millones de esclavos obligados a trabajar en las plantaciones algodoneras de las dos Américas , a miles de kilómetros de las ávidas factorías que se abastecen de su esfuerzo y que también, se encuentran, a. su vez, a enormes distancias de las personas llamadas a servirse en último término de las telas producidas. Y lo que vemos es que los tejidos, en lugar de viajar en las caravanas del África occidental que transportan a lomos de camello este y otros artículos de un extremo a otro del Sáhara, navegan ahora a bordo de los potentes barcos de vapor que surcan los océanos del mundo, con las bodegas repletas del algodón producido en el sur de Estados Unidos o de los paños que se fabrican en Gran Bretaña, con esa misma fibra.  En el año 1860, los capitalistas algodoneros que vemos reunirse con el propósito de festejar sus logios consideraban que la existencia del primer complejo febril de la historia dedicado a procesar el algodón mediante un sistema de articulación internacional era un hecho perfectamente natural, pese a que el universo que ellos mismos habían contribuido a crear fuese en realidad de muy reciente aparición.  No obstante, el futuro que les aguardaba era casi tan inimaginable corno el pasado que habían dejado atrás. Si alguien les hubiera expuesto los cambios radicales que iba a experimentar el mundo del algodón en el transcurso del si guiente siglo, tanto los productores como los comerciantes de algodón habrían esbozado una sonrisa burlona. En 1960, la mayor parte del algodón bruto había vuelto a provenir de Asia, China, la Unión Soviética y la India, al igual que el grueso de la producción de hilo y tela de algodón. Tanto en Gran Bretaña como en el resto de Europa y Nueva Inglaterra quedaban ya muy pocas tejedurías de algodón. Los antiguos centros dedicados a la producción de paños –como los de Manchester, Mulhouse, Barmen y Lowell, por citar solo unos cuantos– mostraban en sus solares la llaga abierta de las fábricas desiertas, ensombrecidas por el espectro de los trabajadores en paro. De hecho, en 1963, la Asociación Algodonera de Liverpool , que había sido en su día la agrupación comercial más importante del sector del algodón, se veía forzada a vender su mobiliario en pública subasta.^2 El imperio del algodón , dominado por Europa, siquiera parcialmente, había terminado por venirse abajo.  Este libro narra la historia del auge y posterior desplome del imperio del algodón que un día alcanzara a presidir Europa. Sin embargo, debido al carácter central de un artículo como el algodón, la historia de su comercio es también la historia de la activación y la reactivación del capitalismo global y por ende del mundo moderno. Al subrayar y traer al primer plano la escala internacional de nuestro análisis podremos comprobar que un puñado de empresarios audaces y de poderosos estadistas europeos consiguieron reorganizar la industria textil en un plazo de tiempo asombrosamente breve, aunando para ello las fuerzas de la expansión imperial con el empleo de una mano de obra esclavizada , la introducción de máquinas nuevas y la creación de una masa de obreros asalariados. La más que peculiar organización que crearon para el fomento del comercio , la producción y el consumo de sus artículos hizo saltar en pedazos los muy dispares universos algodoneros que habían venido funcionando en los milenios anteriores.  Los industriales europeos insuflaron vida al algodón , le aplicaron las energías del momento –que estaban transformando la faz de la

Tierra, y se sirvieron después de él como de una palanca con la que mover el mundo. Apoderándose de la prodigalidad biológica de un arbusto muy antiguo y subyugando la pericia profesional y los enormes mercados de una industria ya vieja en Asia, África y las dos Américas, los empresarios y los gobernantes de Europa levantaron un imperio algodonero de enorme empuje y vastísimo radio de acción. Por eso resulta irónico que su pasmoso éxito fuera también lo que diera en despertar las fuerzas mismas que terminarían por reducirles a una posición marginal en el seno del imperio que habían creado.  Pero antes de sucumbir, millones de personas habrían de dedicar la vida entera a labrar las numerosas hectáreas de algodón que estaban surgiendo poco a poco en todo el mundo, plantando miles de millones de semillas de la resistente planta del algodón, llevando de carros repletos balas de producto hasta los barcos que, una vez llegados a puerto, los distribuían en tren por el continente, y trabajando, muy a menudo desde edades muy tempranas, en los «satánicos telares» repartidos por el globo, de Nueva Inglaterra a China.  Los países implicados no dudaron en librar guerras para tener acceso a esos fértiles campos , los dueños de las plantaciones pusieron grilletes a un sinnúmero de personas, los patronos mutilaron la infancia de sus operarios, la novedosa maquinaria puesta a contribución trajo consigo el despoblamiento de los antiguos centros industriales , y los obreros, ya fueran libres o esclavos , tuvieron que luchar para liberarse y obtener un salario con el que subsistir. Hombres y mujeres que durante largo tiempo habían sido perfectamente capaces de subvenir a sus necesidades cultivando pequeñas parcelas de tierra y plantando algodón entre las hortalizas y legumbres con las que se alimentaban, vieron cercenado su modo de vida. Tuvieron que abandonar sus aperos de labranza y partir rumbo a las fábricas.  En otros lugares del mundo, muchas de las personas que hasta entonces habían tenido ocasión de manejar un telar propio y de vestir ropas tejidas por ellos mismos vieron barridos sus productos del mercado a causa del incesante rendimiento de las máquinas. Dejaron sus ruecas y se trasladaron a la campiña, atrapados de pronto en un ciclo de interminables presiones y perpetuas deudas. El imperio del algodón fue, desde un principio, un espacio de constante pugna global entre esclavos y colonos, mayoristas y políticos, granjeros y comerciantes, obreros y patronos. Tanto en este como en otros muchos aspectos, el imperio del algodón iba a encargarse de alumbrar el mundo moderno.  En la actualidad, el algodón está tan extendido que resulta difícil percatarse de lo que es: uno de los mayores logros de la humanidad. Mientras lee usted estas líneas, es muy posible que lleve puesta alguna prenda tejida en algodón. Y existen prácticamente las mismas posibilidades de que jamás haya cogido una planta de algodón por el tallo, visto la delicada fibra del algodón en rama o escuchado el ensordecedor bramido de una máquina de hilar o un telar mecánico. El algodón nos es tan familiar como desconocido. Damos su omnipresencia por sentada. Lo llevamos pegado a la piel. Dormimos envueltos en él. Lo usamos para envolver a los recién nacidos.  Hay fibras de algodón en los billetes de banco que manejamos, en los filtros del café que contribuye a espabilarnos por las mañanas, está presente en los aceites de semillas que empleamos para cocinar, en el jabón con el que nos lavamos y en la pólvora que empleamos en las guerras (y, de hecho, Gran Bretaña concedió a Alfred Nobel una patente británica por haber inventado el « algodón pólvora »).^1 El algodón es incluso un componente del libro que sostiene ahora mismo en sus manos.  Durante unos novecientos años , del 1000 al 1900 d.c., el algodón constituyó la base de la más importante industria textil del mundo. Pese a que en la actualidad se haya visto superado por otros sectores, el algodón sigue teniendo relevancia debido a la cantidad de empleos que genera y al volumen del comercio mundial que mueve. Está tan difundido que en 2013 el planeta tuvo que producir al menos 123 millones de balas de algodón con un peso de unos 180 kilos por unidad: cantidad suficiente para fabricar veinte camisetas de manga corta para cada uno de los habitantes del globo. Puestas una encima de otra, esas balas habrían levantado una torre de más de 64.000 kilómetros de altura, y colocadas horizontalmente habrían dado una vuelta y media al ecuador.  La Tierra está salpicada de plantaciones de algodón, desde China hasta la India, pasando por Estados Unidos, el África occidental y el Asia Central. La fibra bruta que producen esas plantaciones, fuertemente compactada en balas, sigue embarcándose en buques que navegan por los siete mares y enviándose a fábricas que emplean a centenares de miles de trabajadores. Las prendas y tejidos terminados se venden después en todas partes, desde la más remota de las aldeas hasta el mayor de los supermercados. De hecho, los productos derivados del algodón podrían contarse entre los pocos artículos artificiales disponibles prácticamente en cualquier punto del globo, circunstancia que da fe tanto de la utilidad del algodón como del impresionante incremento que el capitalismo es capaz de imprimir a la productividad y al consumo de los seres humanos. Como decía muy acertadamente una reciente campaña publicitaria de Estados Unidos : « El algodón es la urdimbre de nuestra existencia ».^3  Deténgase un instante e imagínese, si puede, un mundo sin algodón. Se levanta por la mañana en una cama cubierta con pieles o paja. Se viste con ropa de lana , o, según el clima en el que habite o su grado de prosperidad, con tejidos de lino o de seda incluso. Como no es fácil lavar esos vestidos y además resultan caros o es preciso trabajar con esfuerzo para elaborarlos, si es usted mismo quien los confecciona—, los cambia de tarde en tarde. Huelen mal y producen picor. En la mayoría de los casos son de un único color, dado que, a diferencia del algodón, la lana y otras fibras naturales aceptan nial la tinción. Y además vive usted rodeado de ovejas: sería preciso contar aproximadamente con unos siete mil millones de ovinos para generar una cantidad de lana equivalente a la actual producción mundial de algodón. Esos siete mil millones de ovejas necesitarían setecientos millones de hectáreas de terreno para pastar, lo que multiplica por 1,6 la superficie total que ocupa hoy en día la Unión Europea.^4  Es difícil hacerse una idea. Sin embargo, en una buena porción de las tierras situadas en la vertiente más occidental del continente euroasiático , ese universo desprovisto de algodón fue durante mucho tiempo la norma imperante. Y al hablar de esa sección geográfica me estoy refiriendo a Europa. Hasta el siglo xix, el algodón, pese a no ser una fibra desconocida, tuvo un rol meramente marginal en la elaboración y el consumo de productos textiles europeos.  ¿Cómo es posible que Europa, es decir, la región del mundo que menos relación tenía con el algodón, fuera al mismo tiempo la creadora y dominadora última del imperio del algodón? Cualquier observador que hubiera realizado un análisis en 1700, pongo por caso, habría considerado razonable esperar que la producción de algodón continuara centrada en la India, o quizá en China. Y, de hecho, hasta el año 1780 esos países estuvieron produciendo un volumen de algodón bruto y tejidos de algodón inmensamente superior al de Europa y Norteamérica. No obstante, después de esa fecha cambiaron las cosas.  Los estados y los capitalistas europeos maniobraron con asombrosa prontitud y consiguieron que el eje de la industria algodonera pasara por sus países y empresas, dedicándose después a poner en marcha una Revolución Industrial desde su recién conquistada posición. Tanto China como la India, al igual que otras muchas regiones del mundo, pasaron a actuar cada vez más como estados vasallos, subordinados al imperio del algodón que acababa de establecer su centro en Europa. Más tarde, esos mismos europeos empezarían a valerse del dinamismo de su industria algodonera como de un trampolín con el que crear otras industrias. De hecho, el algodón acabó convirtiéndose en la pista de despegue de la Revolución Industrial como tal.  En 1835, Edward Baines, propietario de un periódico de Leeds , decía que el algodón estaba permitiendo asistir a un « espectáculo sin parangón en los anales de la industria ». Argumentaba que « el estudioso haría mejor en dedicar sus desvelos » al análisis de ese espectáculo que al examen de « las guerras y las dinastías ». Coincido con ese diagnóstico. Siguiéndole la pista al algodón, como veremos, podremos remontarnos a los orígenes del mundo moderno, a los primeros balbuceos de la industrialización, al inicio de un rápido y continuado proceso de crecimiento económico, al advenimiento de una era marcada por un enorme incremento de la (^1) También llamado nitrato de celulosa o fulmicotón, el algodón pólvora es un compuesto altamente inflamable utilizado originalmente en la elaboración de explosivos. Se usa también en la fabricación del celuloide cinematográfico, hallándose igualmente presente en tintas, sellado- res, lacas y barnices. (N. de los t.)

 Al ir llegando el mundo moderno a su mayoría de edad, el algodón acabó por dominar el comercio mundial. Las fábricas de algodón descollaban entre todas las demás formas de manufactura de Europa y Estados Unidos. En este último país, el cultivo del algodón iba a ser la actividad económica más extendida durante buena parte del siglo xix. Los nuevos sistemas de fabricación se aplicaron por primera vez en el sector del algodón. La propia fábrica, como instalación, fue un invento de la industria algodonera. Y lo mismo puede decirse del vínculo entre la agricultura esclavista de las dos Américas y la capacidad productiva que empezó a extenderse por toda Europa. El hecho de que durante muchas décadas el algodón fuese el motor de la industria europea de mayor peso explica que se convirtiera también en fuente de enormes beneficios y que estos acabaran invirtiéndose en otros sectores de la economía del continente.  En el resto de las regiones del mundo , el algodón se halla también, prácticamente en todos los casos, en la base de la industrialización, ya se trate de Estados Unidos, de Egipto, de México, de Brasil, de Japón o de China. Al mismo tiempo, el predominio que Europa había logrado alcanzar en la industria algodonera global generó también una oleada de desindustrializaciones en buena parte del planeta, poniendo en marcha un tipo de integración en la economía internacional tan novedoso como distinto a lo intentado anteriormente.  Sin embargo, y a pesar de que en la edificación del capitalismo industrial –que en el Reino Unido se inicia en la década de 1780 para extenderse después por la Europa continental y Estados Unidos en los treinta o cuarenta primeros años del siglo xix– se confiere un enorme poder tanto a los estados que lo adoptaron como a los capitalistas radicados en su seno , también iba a sentar las bases de las ulteriores transformaciones que estaba llamado a experimentar el imperio del algodón. A medida que se fue extendiendo el capitalismo industrial , el capital mismo empezó a quedar unido a un conjunto de estados concretos. Y al ir asumiendo el estado un papel cada vez más central, revelando ser la más duradera y poderosa de todas las instituciones en adición, además de la de expansión más rápida, también comenzaron a crecer las dimensiones y el poder de la fuerza de trabajo. El hecho de que los capitalistas dependieran del estado y de que este dependiera a su vez de la gente otorgó un cierto poder a los trabajadores que generaban a diario ese capital en las plantas fabriles.  En la segunda mitad del siglo xix, los trabajadores empezaron a organizarse de forma colectiva, tanto a través de sindicatos como por medio de partidos políticos, consiguiendo mejorar poco a poco, a lo largo de un gran número de décadas, sus salarios y sus condiciones laborales. Esto incrementó a su vez los costes de producción , ofreciendo oportunidades a los trabajadores de otras zonas del mundo que estuvieran dispuestos a operar con costes inferiores. En el arranque del siglo xx, el modelo del capitalismo industrial lograría arraigar en otros países, siendo recibido con los brazos abiertos por las élites ávidas de modernización. En consecuencia, la industria del algodón abandonó Europa y Nueva Inglaterra, retornando a su tierra de origen en el hemisferio sur.  Es posible que surja en algunos lectores la pregunta de por qué estas afirmaciones relativas al imperio del algodón no pueden aplicarse a otras materias primas. A fin de cuentas, los europeos habían iniciado sus actividades mercantiles antes del año 1760, así que llevaban tiempo comerciando ampliamente con un gran número de productos básicos procedentes de las regiones tropicales y sub tropicales —de entre los que cabe destacar el azúcar, el arroz, el caucho y el índigo—. No obstante, a diferencia de estas materias primas, la industria del algodón pasa por dos fases que requieren un uso intensivo de la mano de obra: una en los campos y otra en las fábricas.  En Europa, el azúcar y el tabaco no crearon una vasta masa de proletarios industriales. El algodón sí. El tabaco no provocó el surgimiento de nuevas y titánicas empresas manufactureras. El algodón sí. El cultivo y procesado del índigo no abrió nuevos y enormes mercados a los fabricantes europeos. El algodón sí. Las plantaciones de arroz de las dos Américas no generaron un crecimiento explosivo de la esclavitud y el trabajo asalariado. El algodón sí. Y, en consecuencia, el algodón se extendió por todo el globo con una fuerza que ninguna otra industria alcanzó a igualar. Y debido a las innovadoras formas en que vino a trenzar el destino de los continentes, el algodón nos ofrece la clave para comprender el mundo moderno, las grandes desigualdades que lo caracterizan, la dilatada historia de la globalización, y los constantes cambios a que se halla sometida la economía política del capitalismo.  Una de las razones que determinan que no resulte nada fácil percatarse de la importancia que tiene el algodón radica en el hecho de que las imágenes de las minas de carbón, los ferrocarriles y las gigantescas plantas siderúrgicas lo hayan eclipsado con gran frecuencia, superponiéndose a él en la memoria colectiva –ya que esas son las manifestaciones más tangibles y monumenta les del capitalismo industrial–. Hemos ignorado demasiado a menudo el destino de las zonas rurales para centramos en la ciudad y en los milagros que la industria moderna se afanaba en realizar en Europa y Norteamérica, omitiendo al mismo tiempo los vínculos que unían a esa misma industria con los productores de materias primas y con los mercados de todos los rincones del mundo. Y en nuestro afán de fabricamos un capitalismo más noble y más limpio también hemos preferido construir con excesiva frecuencia una historia del capitalismo despojada de las realidades de la esclavitud, la expropiación y el colonialismo.  Tendemos a representamos el capitalismo industrial como un empeño predominantemente masculino, cuando lo cierto es que la mano de obra femenina fue en gran medida la responsable de alumbrar el imperio del algodón. En muchos sentidos, el capitalismo fue una fuerza liberadora, el fundamento de buena parte de cuanto constituye la vida contemporánea: nos hallamos inmersos en él, y no solo en términos económicos, sino también en los planos emocional e ideológico. Y hay veces en que lo más fácil es pasar por alto las verdades incómodas.  Los observadores del siglo xix, por el contrario, eran perfectamente conscientes del papel que estaba desempeñando el algodón en la reorganización del mundo. Algunos ensalzaban la asombrosa capacidad de transformación de la nueva economía global. Ejemplo de ello es el Cotton Supply Repórter de Manchester, que en 1860 señalaba, no sin cierta ansiedad, que « el algodón parece estar destinado a ponerse a la cabeza de las numerosas e inmensas instituciones del presente siglo, ya que opera como una entidad puesta en marcha para favorecer la civilización humana... Con su comercio, el algodón se ha conver tido en una de las muchas “maravillas del mundo” ».^8  Con todo, si uno examina la planta del algodón convendrá en que no parece llevar la aureola de una potencial maravilla del mundo. Es un espécimen modesto sin nada de particular que presenta un gran número de formas y tamaños. Antes de que Europa diera en crear el imperio del algodón, los diferentes pueblos de las distintas regiones del mundo cultivaban plantas de esta especie, todas ellas muy diversas entre sí. Los habitantes de Suramériea tendían a centrar sus esfuerzos en el Gossypium barbadense, un arbusto bajo que da unas flores amarillas y produce un algodón de fibra larga. En la India, por el contrario, los agricultores cultivaban el Gossypium arboreum, una variedad de cierto porte que suele rondar los 2 metros de altura, tiene inflorescencias amarillas o mora das y da un algodón de fibras cortas, mientras que en Africa prospera un pariente muy similar, el Gossypium herbaceum. –A mediados del siglo xix, el tipo de planta que predomina en el nacie'nte imperio del algodón es, en cambio, el Gossypium hirsutum, también conocido con el nombre de algodón mexicano o algodón de las tierras altas. En 1836, el médico y químico Ándrew IJre describe esta variedad originaria de Centroamérica diciendo que « alcanza una altura de unos 60 o 90 centímetros, emitiendo después una serie de ramas pilosas. Las hojas están igualmente cubiertas de cerdas por su envés, presentando de tres a cinco lóbulos. El haz de las hojas es liso y con forma de corazón. Los pecíolos tienen la superficie aterciopelada. Las flores que se encuentran cerca del extremo de las ramas son anchas, y de un color un tanto deslucido. Las cápsulas son ovoides, con cuatro lóculos y casi tan grandes como una manzana. Producen un algodón notablemente fino y sedoso, muy estimado en el comercio ».^9  Esta mullida fibra blanca forma el núcleo mismo de este libro. La planta , por sí sola, no es la artífice de la historia, pero si la escuchamos con atención nos relatará las peripecias de las personas que, en toda la superficie del globo, dedicaron su vida al algodón, desde los tejedores indios a los esclavos de Alabama , pasando por los comerciantes griegos de las pequeñas poblaciones del delta del Nilo o los bien organizados artesanos de Lancashire. Fueron su trabajo, su imaginación y sus habilidades las que levantaron el imperio del algodón.

–En 1900, cerca de un 1,5 % de la población humana –millones de hombres, mujeres y niños– intervenía en la industria del algodón, ya fuera cultivándolo, transportándolo o manufacturándolo. Edward Atkinson, un fabricante de algodón radicado en el Massachusetts de mediados del siglo xix, da prácticamente en el clavo al señalar que « no ha habido en el pasado ningún otro producto que haya alcanzado a ejercer una influencia tan poderosa y nociva en la historia y las instituciones del país; y quizá no haya tampoco ningún otro del que tanto venga a depender su futuro bienestar material ». Atkinson se está refiriendo a Estados Unidos y a la crónica de la esclavitud vivida en la nación, pero su argumento puede aplicarse al conjunto del planeta.^10  Este libro sigue los pasos del algodón en el periplo que lo lleva de los campos a los mercantes , de las casas comerciales a las fábricas, de los recogedores a los hilanderos y de los tejedores al consumidor. No independizaremos la historia algodonera de Brasil de la de Estados Unidos, del mismo modo que no disociaremos la de Gran Bretaña de la de Togo ni la de Egipto de la de Japón. El imperio del algodón, y con él, la historia del mundo moderno solo puede entenderse procediendo a la interconexión —y no a la separación— de los numerosos lugares e individuos que dieron forma a dicho imperio y se vieron a su vez amoldados por sus exigencias.^11  Uno de los puntos que centran mi interés académico es el de la unidad de lo diverso. Y precisamente en el algodón, como materia prima fundamental del siglo xix, vienen a ensamblarse un conjunto de elementos aparentemente opuestos —elementos que de ese modo acaban transformándose, poco menos que al modo de la alquimia, en riqueza—. Pienso en factores como la esclavitud y el trabajo asalariado, en los estados y los mercados, en el colonialismo y el libre comercio o en los procesos de industrialización y desindustrialización. El imperio del algodón dependía de las plantaciones y las fábricas, del sudor de los esclavos y del afán de los jornaleros, de la pugna entre colonizadores y colonizados, de los trenes y los barcos de vapor –en resumen, de una red global de tierra, trabajo, transporte, manufactura y venta–. Las actividades de la Bolsa algodonera de Liverpool tenían una enorme repercusión para los dueños de las plantaciones de algodón de Misisipi, las hilanderías alsacianas mantenían una estrecha relación con las de Lancashire, y el futuro de los operarios de los telares manuales de New Hampshire o Daca dependía de factores tan diversos como la construcción de un ferrocarril entre Manchester y Liverpool, los planes de inversión de los comerciantes de Boston o las políticas arancelarias de Washington y Londres. El poder del Estado Otomano sobre los habitantes de las zonas rurales afectaba al desarrollo de la esclavitud en las Indias Occidentales, y las actividades políticas de los esclavos recién liberados de Estados Unidos incidía en la vida cotidiana de los cultivadores agrícolas de la India.^12  Partiendo de tan volátiles pares de opuestos observaremos que el algodón posibilitó tanto el nacimiento del capitalismo como su posterior reinvención. A medida que vayamos adentrándonos en el examen del emparejado recorrido que irán cubriendo con el paso de los siglos el algodón y el capitalismo por los senderos del mundo, veremos que los datos nos recuerdan una y otra vez que el capitalismo no conoce una sola situación que pueda calificarse de estable o permanente. Todos y cada uno de los nuevos períodos que vayan sucediéndose a lo largo de la historia del capitalismo habrán de renovar las inestabilidades , e incluso las contradicciones, poniendo de este modo en marcha vastos procesos de reorganización , tanto en el ámbito puramente espacial como en el contexto de la sociedad y la política.  La literatura relacionada con el algodón cuenta con una dilatada tradición. De hecho, es posible que el algodón sea la industria humana que más investigaciones haya suscitado nunca. Las bibliotecas están repletas de tratados sobre las plantaciones de esclavos de las dos Américas, sobre los comienzos de las tejedurías del algodón de Gran Bretaña, Francia, los estados alemanes y Japón, y sobre los comerciantes que mantenían unido todo ese entramado. Mucho menos frecuentes son los esfuerzos destinados a establecer los vínculos de unión entre tan variados sucesos. De hecho, el que probablemente sea el más logrado de todos esos empeños tiene ya más de doscientos años de antigüedad. En 1835, fecha en la que Edward Baines redacta su History of the Cotton Manufacture in Great Britain, el autor concluye con las siguientes palabras: « Tal vez se me permita señalar... que esta cuestión resulta de interés no solo por la magnitud de la rama de la industria que he tratado de describir, sino también por la asombrosa amplitud de las relaciones que aquella ha terminado por establecer entre este país y la totalidad de las regiones del mundo ».^13 Personalmente, comparto tanto el entusiasmo de Baines como la perspectiva global desde la que aborda su objeto de estudio.  Al dirigir un periódico en Leeds y residir cerca del centro neurálgico mismo del imperio del algodón, era casi obligado que Baines enfocara estos asuntos desde un punto de vista general.^14 No obstante, al empezar los historiadores profesionales a ocuparse del estudio del algodón, se constata que su análisis viene a girar casi siempre en tomo a un conjunto de aspectos históricos de alcance local, regional o nacional, cuando lo cierto es que solo un ángulo de observación global puede permitirnos entender que todas esas evoluciones de corto radio de acción formaban parte de un vasto movimiento de reestructuración —constituido, entre otros elementos, por los enormes procesos de cambio a que se estaban viendo sometidos los regímenes del trabajo agrícola, por la generalización de los proyectos de fortalecimiento del estado que habían empezado a poner en marcha las élites nacionalistas, y por el impacto de las ac- ciones colectivas que ya entonces estaban emprendiendo los miembros de la clase trabajadora.  La presente obra bebe de esa amplísima literatura sobre el algodón, pero la sitúa en un marco nuevo. Y al proceder de ese modo tercia en la dinámica, aunque muy a menudo distorsionada, conversación presentista sobre la globalización. El imperio del algodón viene a contradecir así el alborozado descubrimiento de una fase supuestamente nueva y global en la historia del capitalismo al mostrar que ese sistema de intercambio tiene dimensiones planetarias desde su mismo origen y que las fluidas configuraciones espaciales de la economía mundial llevan trescientos años constituyendo un rasgo habitual de su desenvolvimiento.  El libro argumenta asimismo que, durante la mayor parte de la historia del capitalismo, el proceso de globalización y las necesidades de los estados-nación no han discurrido por vías conflictivas, como con tanta frecuencia se cree, sino que, muy al contrario, se han reforzado mutuamente. Y si la era global que presumimos nueva ha llegado a introducir un elemento verda deramente diferente del pasado, no es el haber planteado un mayor grado de interconexión global, sino por estar permitiendo hoy, por primera vez en la historia, que los capitalistas se vean capacitados para emanciparse de los estados-nación particulares , desentendiéndose de las instituciones mismas que sentaron en el pasado las bases para su afloramiento.  Como viene a sugerir el subtítulo de la obra, El imperio del algodón forma también parte de una conversación de mayor envergadura: la que mantienen actualmente los historiadores que intentan reconsiderar la historia examinándola desde la óptica de un marco espacial de índole transnacional e incluso global. Si la entendemos como profesión, lo que observamos es que la historia no solo ha surgido de la mano del estado-nación, sino que ha desempeñado un papel importante en su constitución. Sin embargo, al adoptar la perspectiva de las naciones, los historiadores han tendido frecuentemente a subestimar la relevancia de un conjunto de vínculos que trascienden los límites de los estados; conformándose con aquellas explicaciones que es posible extraer de los acontecimientos, las personas y los procesos presentes en el seno de los distintos territorios nacionales.  Este libro se propone contribuir a los esfuerzos que intentan equilibrar esos planteamientos de alcance «nacional» con una atención más amplía a las redes, las identidades y los procesos que rebasan las fronteras políticas. Al centrarnos en el estudio de una materia prima en particular –el algodón– y estudiar los métodos de su cultivo, transporte, financiación, manufactura, venta y consumo quedamos en situación de percibir los nexos de unión que existen entre unas gentes y unos lugares que habrían de verse inevitable mente ocultos y en posición marginal en caso de que nos embarcáramos en un examen más tradicional, circunscrito a las fronteras nacionales. En lugar de centrarse en la historia de un acontecimiento –el de la guerra de Secesión estadounidense–, un lugar – las factorías algodoneras de Osaka–, un grupo de personas –los esclavos de las Indias Occidentales obligados a cultivar el algodón– o un proceso –el de los labriegos convertidos en trabajadores asalariados–, este libro utiliza la «biografía» de un producto como ventana abierta a algunos de los interrogantes más significativos que podamos planteamos en relación con la crónica de nuestro mundo, reinterpretando de este modo una historia de enormes consecuencias: la historia del capitalismo.^16

entre los habitantes del subcontinente indio. Casi simultáneamente, las gentes que vivían en la costa de lo que hoy es Perú, pese a desconocer los acontecimientos que se estaban produciendo en el Asia meridional, lograron una hazaña similar. Unos cuantos miles de años después, las sociedades del África oriental comenzaron a desarrollar también distintas técnicas para hilar y tejer el algodón. En todas y cada una de estas regiones del mundo, el algodón se convirtió rápidamente en la materia prima dominante para el hilado , ya que en la mayoría de los casos sus propiedades y aplicaciones superaban claramente a las del lino, el ramio y el resto de las fibras empleadas. A lo largo de estos primeros milenios de cultivo agrícola , la producción de prendas y artículos de algodón rara vez alcanzaría a expandirse más allá de la zona de crecimiento natural de la planta misma, pero todos cuantos la conocían veían en ella un material más que notable para la confección de ropa, dado que era suave, duradero, ligero y de fácil teñido y lavado.  Los mitos fundacionales y los textos sagrados de un gran número de pueblos nos proporcionan pruebas del esencial papel que desempeñaba el algodón en las sociedades primitivas. En las escrituras hindúes , el algodón aparece mencionado con gran frecuencia y ocupa además un lugar destacado. De acuerdo con las creencias de los hindúes, Vishnú tejió « los rayos del sol para elaborar su propia túnica ». Las gentes de todo el África occidental atribuyen sus habilidades como hilanderos a Anansi, una deidad arácnida. En Norteamérica se cree que una diosa representada en forma de araña por las tribus del grupo hopi fue la encargada de hilar y tejer inicialmente el algodón. Los navajos creen que Begochidi, uno de los cuatro hijos de los dioses Rayo de sol y Luz de día, fue el creador y el primer cultivador de la planta del algodón , introducida en el mundo tras la aparición de las montañas y los insectos —por obra también de Begochidi —. Una de las leyendas de los navajos sostiene que « si nace una niña en la tribu, el padre ha de salir en busca de una tela de araña ..., frotándola después en las manos y las extremidades de la recién nacida. De este modo, cuando crezca, sabrá tejer y sus dedos y brazos serán infatigables ».  En China, de acuerdo con lo que indica un texto fechado en 1637 y perteneciente al período tardío de la dinastía Ming, la ropa —en la que se incluye explícitamente la confeccionada en algodón — es uno de los elementos que distinguen a los hombres de las bestias, y lo que diferencia a su vez, entre los propios seres humanos, « a los gobernantes de los gobernados ». Es más, la idea de que el destino es algo que va hilándose o tejiéndose poco a poco ocupa un lugar central en un gran número de culturas distintas, incluidas, como es lógi- co, aquellas en las que el algodón desempeña un papel dominante.^6  Aunque los botánicos de nuestros días han estudiado el algodón al margen de su posible condición de regalo de los dioses, no por ello se manifiestan menos impresionados. Los biólogos piensan que el arbusto del algodón lleva entre diez y veinte millones de años medrando en el planeta Tierra. Desde que apareciera como tal especie vegetal, han ido desarrollándose cuatro especies de algodón genéticamente diferentes : el Gossypium hirsutum de la América Central, el Gossypium barbadense sudamericano, el Gossypium herbaceum africano y el Gossypium arboreum de Asia. A su vez, estas cuatro especies han dado lugar al surgimiento de centenares de variedades distintas, y de ellas solo unas cuantas han terminado por prevalecer en el universo de la producción algodonera. En la actualidad, más del 90% de las cosechas de algodón mundiales pertenecen a diversas variedades cultivadas de la especie G. hirsutum , también denominada, como ya hemos dicho, algodón mexicano o algodón de las tierras altas. Esto significa que el hombre, al aclimatar y explotar la planta, ha introducido nuevas modificaciones en ella.  Según uno de los expertos consultados , tras utilizarlo y alterarlo durante cinco mil años, nuestros antepasados consiguieron transformarlo, haciendo « que pasara de ser un arbusto o árbol silvestre de pequeño tamaño y hoja perenne, provisto de pequeñas se- millas impermeables cubiertas por una mata de toscas vellosidades poco diferenciadas, a convertirse en una planta de bajo porte, de ciclo anual y grandes semillas dotadas de una abundante cabellera de hebras blancas y capaces de germinar con rapidez ». Los cultivadores de algodón experimentaron cuidadosamente con la planta, modificándola de forma gradual hasta conseguir un espécimen que pudiera satisfacer su creciente necesidad de vestimenta. Adaptaron la planta a los distintos y particulares nichos medioambientales en que vivían, la transportaron a través de largas distancias, ampliaron su ámbito de difusión e incrementaron su diversidad. Como tantas veces ha sucedido con muchas otras especies del universo silvestre, el cultivo humano aceleró y alte ró de manera radical la historia biológica del algodón —un talento que los agricultores habrían de aplicar con la máxima intensidad a lo largo del siglo xix, adquiriendo de ese modo una gran importancia para el imperio del algodón.^7  Los labradores del valle del Indo fueron los primeros en hilar y tejer el algodón. En 1929, los arqueólogos encontraron varios fragmentos de tejido de algodón en Mohenjo-Daro, en lo que hoy es Pakistán, determinando que habían sido elaborados entre los años 3250 y 2750 a. C. La datación de las semillas de algodón halladas en las inmediaciones de Mehrgarh, no lejos de Mo- henjo-Daro, indican que pertenecen al año 5000 a. C. Las referencias literarias señalan igualmente la gran antigüedad de la industria algodonera del subcontinente. Las escrituras védicas, redactadas entre el 1500 y el 1200 a. C., aluden al hilado y el tejido del algodón. Los primeros relatos de los exploradores extranjeros que viajaron al Asia meridional mencionan asimismo el uso del algodón: el historiador antiguo Heródoto (484-425 a. C.) conocía las finas telas de algodón de la India, y en 445 a. C. indica que en el subcontinente « los árboles agrestes llevan allí como fruto una lana, que en belleza y en bondad aventaja a la de las ovejas, y los indios usan ropa hecha del producto de estos árboles ».^8  Desde los tiempos más remotos hasta bien entrado el siglo xix -es decir, durante varios miles de años- las gentes del subcontinente indio fueron los más importantes productores y trabajadores del algodón del mundo. Los campesinos de las regiones que hoy integran la India, Pakistán y Bangladesh cultivaban pequeñas cantidades de algodón junto con las plantas que les proporcionaban alimento. Hilaban y tejían el algodón tanto para uso propio como para vender los tejidos elaborados en los mercados locales y regionales. Prácticamente hasta mediados del siglo xix, la mayor parte de las tierras del Asia meridional se revelaron capaces de producir la totalidad de los tejidos que consumían. Recogían la cosecha a mano , utilizaban una desmotadora de rodillo para separar las fibras de las semillas, eliminaban la suciedad y los nudos con la ayuda de un arco (una herramienta de madera con una cuerda atada que vibraba al recibir el impacto de otro trozo de madera), hilaban las fibras en una rueca (otro artilugio destinado en este caso a sujetar el algodón sin hilar), y se valían de un huso para recoger el hilo, tejiendo después este hilo hasta formar telas por medio de telares sujetos entre dos árboles.^9  Hace tiempo que la excelente calidad de las telas de algodón indias viene siendo legendaria: en el siglo XIII, el viajero europeo Marco Polo abundará en las observaciones que ya había apuntado Heródoto cerca de mil setecientos años antes al señalar que en la costa de Coromandel podían encontrarse « las más finas y hermosas telas de algodón del mundo». Seiscientos años después, Edward Baines, un gran conocedor del algodón y dueño de un periódico de Leeds, sostiene que los mejores tejidos indios son de «una perfección casi in- creíble ... Algunas de las muselinas que elaboran podrían tenerse por labor de hadas, o de insectos, más que de hombres ». Y es que se trataba, en efecto, de auténticos « paños de viento ».^10  Con todo, el subcontinente distaba mucho de ser la única zona de producción de tejidos de algodón. Tanto en la América del Norte como en la del Sur, y mucho antes de que los europeos llegaran al Nuevo Mundo, el algodón era abundantísimo , y los tejidos de esta fibra se hallaban muy extendidos en ambos continentes. El algodón era la principal industria textil de la zona, sobre todo en el vasto arco de 6.500 kilómetros que recorre la América Central y el Caribe antes de penetrar en Suramérica. Es posible que el centro de manufactura algodonera más antiguo del mundo se encontrara en lo que hoy es Perú. En este país, los arqueólogos han hallado redes de pesca hechas 2400 años antes de Cristo con fibra de algodón, así como varios fragmentos de tela cuya fecha de elaboración se sitúa entre el año 1600 y el 1500 a. C. En 1532, al atacar Francisco Pizarro al imperio inca , quedó maravillado por la calidad y la cantidad de telas de algodón que tuvo ocasión de ver. En la ciudad inca de Cajamarca , los conquistadores encontraron almacenes llenos de una enorme profusión de tejidos de algodón «muy superiores a cualquiera que hubieran visto por la suavidad de su tacto y la habilidad con la que habían sido mezclados los distintos colores».^11

 Varios miles de kilómetros al norte, y una década antes, los europeos habían experimentado una sorpresa muy parecida al penetrar en el imperio azteca y encontrar telas de algodón extraordinarias. Además del oro y los demás tesoros , Hernán Cortés le envió a Carlos V tejidos de algodón magnífica y resplandecientemente teñidos con índigo y cochinilla. Al igual que su equiva lente sudamericana, también la industria algodonera de Mesoamérica contaba con una larga historia. Ya en el año 3400 a. C. se plantaba algodón en todo lo que hoy es la región central de México, y de hecho la datación de los hilos de mayor antigüedad, que se han encontrado en las excavaciones arqueológicas indican que se elaboraron entre el 1200 y el 1500 a. C. Se ha podido documentar que los mayas ya utilizaban el algodón en el año 632 a. C., y es probable que en las llanuras que circundan la actual Veracruz funcionan entre el 100 y el 300 a. C., una industria algodonera. Al difundirse el uso de prendas de algodón y pasar estas a no ser costumbre exclusiva de las élites , sino de empleo común entre el pueblo llano, la producción se incrementó, sobre todo después, del año 1350, con el ascenso del imperio militar y económico de los aztecas. Y al aumentar el número de personas que empleaban el algodón para vestir, el procesado de la fibra adquirió igualmente una importancia creciente, de modo que las técnicas asociadas con su tejido y tinción se fueron refinando cada vez más, entre otras cosas para cumplir la nada secundaria misión de exhibir las diferencias sociales por medio de unos ropajes distintivos.^12  La producción indígena continuó en el siglo xvi, tras conquistar Centroamérica los colonizadores venidos de España. A finales del siglo XVII, uno de los administradores españoles de Indias, don Juan de Villagutierre Soto-Mayor, elogia la habilidad de las mujeres nativas del antiguo reino de los mayas, que « hilan el algodón y tejen sus vestidos con energía y destreza, dándoles una coloración perfecta ». Además de usarse para confeccionar ropa, el algodón se empleaba como ofrenda religiosa, como regalo, como artículo de trueque, para realizar cortinajes y tapices decorativos, para envolver las momias y como ar madura, llegando a encontrársele incluso aplicaciones medicinales. Se estima que en el México precolombino se producían anualmente más de 52.000 toneladas de algodón, cifra que viene a igualar el montante total de la cosecha de algodón obtenida en 1816 en Estados Unidos. Al extenderse su ámbito de poder, los gobernantes de Tenochtitlan empezaron a recaudar tributos y a obtener artículos comerciales de las regiones especializadas en el cultivo de algodón y la elaboración de productos terminados de esa fibra. En el seno del imperio azteca, los lugares que se destacaban particularmente por su gran producción de algodón llevaban nombres en lengua náhuatl que significaban « junto al templo del algodón », « junto al rio del algodón » o « junto a la colina de algodón ».^13  México y Perú fueron los principales centros de la industria algodonera precolombina, pero la producción de tejidos de algodón también se extendió a otras zonas del continente. En lo que hoy es Brasil, las fibras de algodón obtenidas de las plantas silvestres se empleaban en la elaboración de telas. Y en lo que andando el tiempo acabaría siendo el suroeste de Estados Unidos, los pueblos indígenas norteamericanos revelaron ser también industriosos productores de algodón -sobre todo en el caso de los navajos y los hopi-, y esto, posiblemente, desde el año 300 a. C. nada menos. Desde tas tierras mesoamericanas, los conocimientos asociados con el algodón y sus propiedades ascendieron por el litoral occidental de México. Cuando los colonos españoles entraron en contacto con los indios que habitaban al norte de Río Grande tomaron buena nota de que « los indios hilan el algodón y tejen telas », añadiendo que también « visten mantos de algodón semejantes a los de Campeche, pues tienen vastos campos de algodón ». Para algunos indígenas norteamericanos , el algodón tenía también importantes usos religiosos: los hopi lo empleaban para representar los cúmulos nubosos en las ceremonias en las que imploraban lluvia y también lo colocaban sobre el rostro de los muertos « a fin de conseguir que el cuerpo espiritual adquiriese la ligereza de una nube ». En el Caribe se observa asimismo una amplia difusión del cultivo algodonero. En realidad, una de las razones que indujo a Cristóbal Colón a creer que había llegado efectivamente a la India fue el hecho de encontrar grandes cantidades de algodón en esa región centroamericana. Es sabido que refiere la existencia de islas « repletas de algodón ».^14  El cultivo y aprovechamiento del algodón cuenta con una historia igualmente larga en África. Es probable que los primeros en cultivarlo fueran los nubios , en lo que actualmente es el Sudán oriental. Hay autores que afirman que en esta zona la planta ya se cultivaba, hilaba y tejía cinco mil años antes de Cristo, aunque los hallazgos arqueológicos realizados en Meroe —una antigua ciudad erigida en la orilla este del Nilo— únicamente permiten confirmar la presencia de tejidos de algodón entre los años 500 a. C. y 300 d. C. De Sudán, el algodón pasó al norte, a Egipto. Pese a que los tejidos de algodón no desempeñaran un papel significativo en las antiguas civilizaciones egipcias, sabemos que las semillas del algodón ya se utilizaban como forraje para los animales entre los años 2600 y 2400 a. C., por no mencionar el hecho de que en algunas representaciones del templo de Kamak, en Luxor, aparecen arbustos de algodón.  Con todo, el cultivo de la planta y la confección de tejidos de algodón no habría de levantar realmente el vuelo en Egipto hasta un período comprendido entre el 332 y el 395 a. C. En el año 70 de la era cristiana, Plinio el Viejo señala que « la región superior de Egipto, en las inmediaciones de Arabia, produce un arbusto al que algunos dan el nombre de algodón. Se trata de una planta de bajo porte que da un fruto de apariencia similar a una nuez barbada que en su interior alberga una sustancia sedosa, cuyo vilano se hila para formar hebras. No hay tejido conocido que supere a los fabricados con este hilo, ni en blancura ni en suavidad ni en belleza ». Después del 800 de la era actual, la difusión del algodón, y de la producción asociada con él, se acelerará todavía más gracias al empuje del islam.^15  Posteriormente, los conocimientos relacionados con el cultivo y el procesado del algodón viajaron hasta el África occidental. Todavía no sabemos con exactitud cómo llegó el algodón a esta zona, pero es posible que los tejedores y los mercaderes ambulantes lo trajeran del África oriental en algún momento próximo a los inicios de la Era Común. Con la irrupción del islam en el siglo VIII d.C., la industria del algodón conoció una significativa expansión, ya que los profesores musulmanes empezaron a enseñar a hilar a las niñas y a los niños a tejer, abogando al mismo tiempo en favor de una modestia en el vestir que nadie de la región hubiera podido imaginar hasta entonces, dado que se trataba de pueblos inmersos en unas condiciones medioambientales que apenas exigían vestimenta alguna.  Las excavaciones arqueológicas han descubierto tejidos de algodón elaborados en el siglo X. Tanto las fuentes literarias como los descubrimientos de la arqueología dan fe de que en las regiones del África occidental se hilaba y se tejía algodón a finales del siglo xi, época en la que el empleo de la fibra se había extendido ya hasta lo que hoy es Togo. A principios del siglo xv, León el Africano informa de que existe una « gran abundancia » de algodón en el «reino de Melli» y habla asimismo de los ricos comerciantes de algodón que operan en el «reino de Tombuto», refiriéndose, claro está, a los vastos imperios del occidente africano de Mali y Tombuctú.^16  Hasta donde nos es dado saber, tanto la aclimatación y la explotación del algodonero como el hilado y el tejido de sus fibras evolucionaron de forma independiente en estas tres regiones del mundo.^17 No obstante, desde el Asia meridional, Centroamérica y el este de África, los saberes asociados con las virtudes del algodón se propagaron rápidamente por las rutas comerciales y migratorias ya existentes —pasando de este modo, por ej., de Mesoamérica a América del Norte o del África oriental al oeste africano—. Una de las regiones de importancia capital en la génesis de esta expansión de la industria del algodón fue la India.  Las técnicas vinculadas con el cultivo y el trabajo de la fibra de algodón saltaron del subcontinente en dirección oeste, este y sur, dejando a Asia en el centro de una industria algodonera global —posición que no habría de abandonar ya hasta bien entrado el siglo xix (aunque para recuperarla a finales del xx)—. La situación de la India y su habilidad para trabajar el algodón se correspondía perfectamente con el destacado papel que estaba llamada a desempeñar la planta en nuestro mundo, sobre todo a partir del momento en que un grupo de europeos —vestidos sin duda con pieles, lana y lino — quedó irremediablemente impresionado al topar de pronto, hace más de dos mil años, con aquellos maravillosos tejidos recién llegados del mítico « Oriente ».  Sin embargo, antes de ser descubierto por los europeos, el algodón iba a alterar la vida de otros pueblos. La fibra emprendió viaje al oeste, partiendo de la India y cruzando el Turquestán hasta llegar al Oriente Próximo y alcanzar el Mediterráneo. Tenemos pruebas de

 En todas las sociedades fue emergiendo así una clara división del trabajo en función del género, estableciéndose un vínculo particularmente fuerte entre las mujeres y la producción textil. De hecho, hay un dicho chino anterior a la época moderna que sostiene que « los hombres labran la tierra y las mujeres tejen ». Salvo entre los navajo , los hopi y algunos pueblos del Sureste Asiático , lo que se constata en todo el mundo es que las mujeres tenían una especie de monopolio virtual del hilado. Y como el hilado es una labor que se puede efectuar de forma intermitente y permite dedicarse simultáneamente a otras actividades, como la de vigilar a los niños pequeños y supervisar la cocción de los alimentos, el rol doméstico de las mujeres solía inducirlas a encargarse también del hilado. Tari estrecha llegará a ser la relación establecida entre las mujeres y la fabricación de telas que en algunas culturas las mujeres serán enterradas junto a los instrumentos que empleaban para hilar.  Por otra parte, con el telar no habrán de surgir unas divisiones de género tan marcadas. Pese a que los hombres tenderán a dominar la industria de las tejedurías en zonas como la India y el sureste de África, habrá también un gran número de culturas en las que las mu- jeres se dediquen asimismo a tejer, como sucede por ejemplo en el Sureste Asiático, en China y el norte y el oeste de África. No obstante, incluso en aquellas sociedades en que el telar sea manejado indistintamente por hombres y mujeres, lo habitual será constatar que se especializan la elaboración de diseños diferentes, produciendo telas de calidades dispares y trabajando en tipos de telares desiguales. Esta división del trabajo en función del género se reproducirá también más tarde al surgir el sistema fabril, lo cual determinará que las relaciones de género en el ámbito doméstico se conviertan en un factor relevante en la aparición de la producción industrial.^24  Enraizada en el interior de los hogares y de sus particulares estrategias de supervivencia, esta industria algodonera premoderna se caracterizará también por una lenta evolución tecnológica de los procesos de desmotado, hilado o tejido. En el siglo XVIII, por ej., una mujer del Sureste Asiático , pongamos por caso, necesitaba todavía un mes para hilar medio kilo de algodón y treinta días más para tejer un trozo de tela de 9 metros de largo.^25 Esta enorme cantidad de tiempo se debía por un lado a lo que los economistas llaman « bajos costes de oportunidad » del trabajo dedicado al hilado y el tejido y, por otro, al hecho de que la actividad se desarrollara en un mundo en el que los gobernantes gravaban la producción de sus súbditos con la máxima fiscalidad posible. Es más, dado que muchas familias se autoabastecían en telas y vestidos, los mercados tenían un volumen limitado, circunstancia que reducía todavía más los incentivos que pudieran orientarse a mejorar las técnicas de producción.  Con todo, la lentitud de los cambios tecnológicos guardaba asimismo relación con los factores que restringían el suministro de materias primas. En la mayor parte de las regiones del mundo resultaba imposible transportar de forma eficiente el algodón en bruto y lograr que salvara una gran distancia. De cuando en cuando, las bestias de carga o los propios seres humanos llevaban sobre sus espaldas una pequeña cantidad de algodón en rama, cubriendo de ese modo trayectos relativamente cortos. En el imperio azteca, el algodón en bruto se acarreaba a las regiones montañosas para su procesado, recorriéndose así trechos de, digamos, 150 kilómetros. Más eficiente y común era el comercio del algodón por vía fluvial o marítima. En el segundo milenio de la era cristiana, por ej., los observadores de la época hablan de los centenares, cuando no miles, de barcos que descendían el Yangtsé para llegar a la región de Jiangan. De manera similar, el algodón de Guyarat y el centro de la India también se subía a bordo de las barcazas que recorrían el Ganges o de los barcos que costeaban hasta el sur de la India y Bengala. Con todo, hasta el siglo XIX, el algodón en rama se hilaba y tejía, en la inmensa mayoría de los casos, a escasos kilómetros del punto en el que hubiera sido cultivado.^26  A lo largo de esos siglos eran tantas las personas de todo el mundo que se dedicaban a cultivar, hilar y tejer el algodón para confeccionar telas que es muy probable que la planta estuviera alimentando en esa época la mayor industria textil del planeta. Y a pesar de que hasta el siglo xix, la producción doméstica estuviera llamada a constituir su sector más importante, tampoco debemos dejar en el olvido los significativos cambios que habrían de producirse en el oficio antes de la Revolución Industrial , iniciada en la década de

  1. Y lo que es más relevante aún, los artículos de algodón —debido en parte a que su producción requería una notable cantidad de trabajo— se convirtieron en un valor refugio significativo, además de en un buen instrumento de cambio. Los gobernantes de todo el mundo exigían que se les entregaran telas de algodón a modo de tributo o de impuesto, y de hecho podría decirse que el algodón es uno de los elementos que intervienen en el alumbramiento de la economía como tal.  Entre los aztecas , por ej., la fibra era la materia más importante para la satisfacción de los tributos. En China , a principios del siglo xv, se pedía a las familias que abonasen una parte de los impuestos en telas de algodón. Y en África , el pago del tributo a base de paños era algo totalmente común. Siendo tan práctica como forma de cubrir las exacciones fiscales, la tela de algodón no tardó en utilizarse también como moneda, tanto en China como en el conjunto de África, además de en el Sureste Asiático y Mesoamérica. Los tejidos constituían una moneda de cambio ideal por la triple razón de que, a diferencia del algodón en rama, podían transportarse con facilidad, incluso a grandes distancias, no eran productos perecederos, y desde luego tenían valor. En casi todos los rincones del mundo premodemo se podían comprar cosas necesarias con un trozo de tela de algodón, ya se tratara de comida, de productos manufacturados o incluso de protección física.^27  El uso del algodón como moneda primitiva viene a ilustrar el hecho de que no todos los tejidos de esa fibra encontraran aplicación en la inmediata vecindad de su lugar de producción —debido fundamentalmente a la favorable relación entre su valor y su peso—. En realidad, los centros algodoneros que fueron surgiendo de forma independiente en las dos Américas, África y Asia dieron en todos los casos pie al desarrollo de un conjunto de redes comerciales cada vez más complejas a fin de conectar a los cultivadores, los hilanderos, los tejedores y los consumidores en un vasto radio de acción, llegándose a cubrir en ocasiones distancias de envergadura transcontinental. En Irán , la industria del algodón de los siglos ixyx terminaría generando un significativo proceso de urbanización, dado que las ciudades absorbían la materia prima cultivada en la campiña circundante, poniendo después las condiciones necesarias para el hilado, el tejido y la confección de prendas que más adelante eran enviadas a mercados remotos» especialmente a los situados en lo que actualmente es Irak. Refiriéndose a la situación reinante en Burkina Faso en los tiempos anteriores a la colonización» un autor señala que « el algodón constituía el eje del comercio ».  Las telas de algodón de Guyarat empezaron a desempeñar un papel muy significativo —ya en el siglo iv a. C.— en el comercio entre los distintos territorios bañados por el océano índico, vendiéndose además, en todo el litoral del África oriental grandes cantidades de producto destinadas a su posterior venta en las lejanas tierras del interior del continente. En todos estos procesos de intercambio, los comerciantes, sobre todo los ubicados en puntos muy alejados de las sociedades que habían elaborado originalmente los teji dos, tenían que adaptarse a los gustos locales, viéndose obligados por tanto a ofrecer sus productos a un precio que resultara atractivo para los consumidores de la zona.^28  En Mesoamérica , las telas de algodón se vendían a varios centenares de kilómetros del lugar en el que habían sido confección, enviándose incluso a los estados vecinos, como sucedía por ejemplo cuando los mercaderes llevaban hasta Guatemala los tejidos elaborados en Teotlitan (en el actual estado mexicano de Oaxaca). En el suroeste de lo que hoy es EEUU, el hilo y la tela de algodón también eran importantes artículos de comercio. Se han encontrado artículos de algodón en excavaciones que se hallan muy alejadas de las regiones que cuentan con las condiciones climáticas precisas para el crecimiento de la planta.  En el siglo XIII, los chinos empezaron a importar hilo y tejidos de algodón para abastecer la confección de prendas de su país, trayéndolos de zonas tan distantes como Vietnam, Luzón y Java. De manera similar, los tratantes africanos comerciaban con tejidos de algodón en un vasto radio de acción, como se constata por ejemplo al comprobar que cambiaban telas de algodón hechas en Mali por piedras de sal traídas por los nómadas del desierto. Los tejidos de algodón otomanos se abrieron paso hasta lugares tan distantes de la Anatolia como la Europa occidental, por no mencionar que Japón ya importaba artículos de algodón en el siglo XIII.^29  La India , situada en el centro de este círculo de actividad de alcance cada vez más global, comerciaba con el imperio romano, el

Sureste Asiático, China, el mundo árabe, el norte de África y el África oriental. El algodón indio recorría de una punta a otra el Asia meridional a lomos de porteadores y bueyes. Sus tejidos surcaban los mares a bordo de veleros árabes, cruzaban el gran de sierto arábigo hasta Alepo a lomo de camellos, descendían el Nilo hasta el colosal mercado de El Cairo y llenaban a rebosar el fondo de los juncos que los enviaban a Java. El algodón indio llevaba vendiéndose en Egipto desde el si glo vi a. C., puesto que ya entonces los mercaderes del subcontinente transportaban algodón a los puertos del mar Rojo y el golfo Pérsico.

  • Los comerciantes griegos lo compraban después en Egipto y Persia para distribuirlo por Europa. Y finalmente, los mercaderes romanos intervenían asimismo en el proceso, al convertir el algodón en un codiciado artículo de lujo y ofrecérselo a precio de oro a las élites imperiales. En todo el África oriental , los tejidos de algodón indio también se hallaban prácticamente omnipresentes. Y tanto en el mundo árabe como en Europa, la India continuaría siendo uno de los principales proveedores de prendas de algodón hasta el siglo xix, dado que los comerciantes de Guyarat, por ej., enviaban a ambos mercados, como muchos colegas suyos de otras localidades, inmensas remesas de este producto. Lo confirma la queja que expresa un funcionario otomano en 1647: « Son tantos los caudales en metálico que generan las mercancías de la India que ... la riqueza del mundo se acumula en ese país ».^30  Las telas indias también viajaban al este, penetrando en otras regiones de Asia. Los comerciantes las vendían desde tiempos muy antiguos en los mercados de China. Enormes cantidades de tejidos indios se las arreglaban para llegar asimismo al Sureste Asiático, proporcionando vestimenta distinguida a las élites locales. A principios del siglo xvi, se estima que el volumen de prendas que se importaban de Guyarat, Coromandel y Bengala a Malaca llenaban todos los años las bodegas de quince barcos. Tan grande era el predominio de las prendas indias en los mercados mundiales que en tomo al año 1503 el comerciante italiano Ludovico de Varthema refiere en los siguientes términos la actividad de la ciudad portuaria de Guyarat, en la región india de Cambay: « Esta población suministra seda y productos de algodón a toda Persia, así como a Tartaria, Turquía, Siria y Berbería, además de a la Arabia Félix, Etiopía, la India y una multitud de islas habitadas ».  La palabra que se usa en sánscrito para designar los artículos de algodónkarpasi — pasó al hebreo , el griego , el latín , el persa , el árabe , el armenio , el malayo , el uigur , el mongol y el chino. Hasta los nombres de unos cuantos tejidos específicos terminaron convirtiéndose en denominaciones acuñadas de extensión mundial: las voces «chintz» y «jaconet»^3 , por ej., son deformaciones de términos existentes en lenguas hindúes que han acabado designando un particular estilo de tela en todo el glo bo. De hecho, a partir del siglo XVII, las telas indias de algodón se convirtieron, en la práctica, en lo que la historiadora Beverly Lemire ha llamado el « primer producto de consumo global ».^31  A medida que fue creciendo la demanda, el algodón comenzó a dar sus primeros y tímidos pasos fuera del ámbito doméstico. A lo largo del segundo milenio de la era cristiana empezó a resultar más común producir tejidos de esta fibra en pequeños talleres textiles , sobre todo en Asia. En la India surgió la figura del tejedor profesional. El principal cometido de estos trabajadores consistía en abastecer de género al comercio que se dedicaba a exportar a países lejanos, suministrando tejidos de algodón a los gobernantes y a los mercaderes prósperos, tanto en el ámbito doméstico como en el extranjero. En Daca , los tejedores que confeccionaban muselinas para la corte mogola realizaban su labor sujetos a una estrecha vigilancia, viéndose « obligados a trabajar únicamente para el gobierno, que les pagaba muy mal y les mantenía en una especie de cautiverio ».  También disponemos de documentos que nos indican que, ya en el siglo xv, en Alamkonda, en la región india que actualmente denominamos Andhra Pradesh , existían tejedurías que contaban con más de un telar. A diferencia de lo que ocurría, con los tejedores cuya confección de prendas no superaba el nivel de subsistencia, los obreros cualificados que abastecían, al mercado de exportación se hallaban concentrados en. determinadas zonas geográficas: Bengala, era famosa, por sus finas muselinas, la costa de Coromandel se había ganado reputación como región productora de tejidos de quimón y calicó, y Surat se dio a conocer por sus telas de todo tipo, más fuertes y toscas, pero también más económicas. Pese a que los tejedores pudieran ocupar posiciones muy distintas en el sistema de castas indio, lo cierto es que en algunas zonas del subcontinente pertenecían a los escalones más altos de la jerarquía social, ya que gozaban de la prosperidad suficiente como para figurar entre los donantes más destacados de los templos locales. En otras regiones del mundo también habría de surgir grupos de trabajadores dedicados a tiempo completo a la fabricación de telas de algodón. Por ej., en la China del siglo xiv, sujeta a la dinastía Ming, los tejidos de calidad, superior se elaboraban en «establecimientos de tejeduría urbanos» que, en conjunto, proporcionaban empleo a varios miles de obreros. –La ciudad otomana de T'okat disponía de hábiles tejedores capaces de producir cantidades muy notables de tejidos de algodón. Bagdad, Mosul y Basora, entre otras urbes del mundo islámico , contaban con grandes tejedurías de algodón, y de hecho la palabra «muselina», que utilizamos para referimos a un tipo de tejidos refinados elaborados con esta fibra, deriva de « Musil », la voz curda con la que se designa a Mosul. En Bamako , la capital del actual Malí, llegaron a ejercer su oficio hasta seiscientos tejedores, mientras surgía en Kano, el « Manchester del África occidental », una vasta industria textil que abastecía de telas de algodón a los pueblos del Sahara. Y en Tombuctú había, ya en la década de 1590, veintiséis talleres productores de tejidos de algodón que trabajaban a pleno rendimiento y que contaban con cincuenta trabajadores o más cada uno. También en Osaka se afanaban miles de operarios en la confección de telas de algodón, hasta el punto de que los talleres textiles que se extendieron por toda la región terminarían por proporcionar trabajo a treinta o cuarenta mil personas a principios del siglo XVIII.^32  A medida que las tejedurías fueron volviéndose una realidad cotidiana sucedió otro tanto con un nuevo tipo de tejedor: un individuo, varón por regla general, dedicado a elaborar productos específicamente concebidos para su venta en los mercados. Sin embargo, aun después de que surgieran los talleres textiles , esta producción especializada no solo siguió caracterizándose por permanecer circunscrita al ámbito rural y no resultar propia de las ciudades, sino por continuar efectuándose en el ámbito doméstico en lugar de telares colectivos.  El factor que distinguía a estos trabajadores rurales que producían para los mercados de los tejedores que elaboraban telas destinadas únicamente a garantizar su subsistencia era el hecho de que los primeros estuvieran aprovechando una de las fuerzas que por entonces afloraba en el comercio mundial: la relacionada con la puesta en marcha de redes aglutinadas por el capital mercantil. En dichas redes, llamadas a constituir el núcleo de la mecanizada producción algodonera del siglo xix, los hilanderos y los tejedores trabajaban el hilo y las telas de algodón para un conjunto de comerciantes urbanos cuyo cometido consistía en recoger el producto de todos esos operarios para venderlo después en mercados muy lejanos. Las particulares formas de relación que se establecían entre los capitalistas mercantiles y los productores eran extremadamente diversas.  En el subcontinente indio, por ej., los tejedores del campo dependían de los comerciantes para obtener el capital que precisaban si querían adquirir las cantidades de hilo que exigían sus objetivos de producción y la comida que necesitaban para subsistir mientras finalizaban su labor textil. Sin embargo, por regla general estos tejedores eran propietarios de sus medios de producción, trabajaban sin supervisión externa y podían controlar en cierta medida la disponibilidad de sus productos. En otras zonas del mundo, los trabajadores del ramo textil que operaban en la campiña tenían bastante menos poder. En el imperio otomano , por ej., los comerciantes adelantaban el algodón y el hilo a los campesinos, que lo hilaban y tejían, para devolver después el producto elaborado a cambio de un pequeño beneficio. A diferencia de los tejedores de la India, estos obreros carecían de todo medio de control sobre la disponibilidad de lo que fabricaban. En China, los comerciantes también controlaban en gran medida la producción. Ellos eran quienes « compraban el (^3) El «chintz», generalmente sustituido en español por el término «quimón», es una tela recubierta de una fina capa de cera que le confiere una apariencia lustrosa. Es característico que aparezca decorada con coloridos estampados de flores, frutas o pájaros. Su nombre procede de la palabra sánscrita « chitra », que significa «brillante». «Jaconet» resulta de la modificación de la voz hindú «jagannathi», derivada a su vez de Jagannath, un puerto de mar de la India desde el que se exportaba este tipo de tejido. (N. de los t.)

permitiendo así la presencia de europeos en zonas en las que el algodón crece de forma natural.^39 Las primeras y esforzadas iniciativas destinadas a la producción de algodón fueron bastante modestas, pero vinieron a marcar el inicio de una tendencia llamada a alterar tanto la historia del continente como la economía mundial.  El primer centro europeo de una industria algodonera de origen no islámico surgió en la Italia septentrional, en ciudades como Milán, Arezzo, Bolonia, Venecia y Verona. Tras arrancar a finales del siglo XII, la industria creció rápidamente, llegando a desempeñar en poco tiempo un papel vital en todas esas economías urbanas. En tomo al año 1450, por ej la industria algodonera de Milán empleaba nádamenos que a seis mil obreros, dedicados a la fabricación de fustanes, un tipo de tejido elaborado con algodón y lino.^40 Estas regiones del norte de Italia no tardarían en convertirse en los productores más importantes de Europa, conservando esa posición durante unos tres siglos.^41  El hecho de que la producción de tejidos de algodón floreciera en la Italia septentrional obedece a dos razones.

  • En primer lugar , las ciudades de esa zona contaban con una larga tradición histórica , todavía activa y dinámica, en el terreno de la fabricación de artículos de lana, circunstancia que les había permitido disponer de trabajadores bien cualificados, de comerciantes capaces de invertir fuertes sumas de capital, y de una notable capacidad profesional en el comercio con regiones situadas a gran distancia de Italia. Los empresarios que decidían lanzarse a la elaboración de productos de algodón podían aprovechar directamente estos recursos. Lo que hacían era entregar, a modo de adelanto, algodón en rama a las mujeres de la campiña circundante a fin de que lo hilaran. Después contrataban a distintos artesanos urbanos, organizados en gremios , para que tejieran el hilo conseguido. A continuación, estandarizaban sus productos y les ponían una marca comercial, valiéndose de las redes mercantiles de larga distancia para exportar sus artículos a los mercados extranjeros situados por todo el litoral mediterráneo, así como en Oriente Próximo, Alema- nia, Austria, Bohemia y Hungría.^42 –En segundo lugar , el norte de Italia podía obtener fácilmente algodón en bruto. De hecho, la industria de la Italia septentrional iba a depender por entero, desde el principio, del algodón que se cultivaba en el Mediterráneo oriental, en zonas como el oeste de la Anatolia o lo que hoy es Siria. Los puertos de Venecia, Génova y Pisa ya importaban en el siglo xi hilo y tela de algodón, de modo que los habitantes de esas regiones y otras limítrofes conocían y apreciaban esa fibra desde antiguo. Uno de los legados que dejaron las cruzadas fue precisamente el de la importación de algodón en rama, y en realidad el primer envío documentado de esta materia prima se remonta al año 1125.^43  El hecho de que la introducción de mejoras en la navegación fuera permi tiendo poco a poco transportar de forma más económica las mercancías al por mayor permitiría que Venecia llegar a ser el primer y más importante centro de distribución algodonero de Europa , operando como una especie de Liverpool del siglo xii. Algunos comerciantes terminarían convirtiéndose en tratantes plenamente dedicados al algodón, ocupándose de comprar materias primas de baja calidad en la Anatolia y en procurarse al mismo tiempo en Siria fibras de más categoría. Las importaciones llegadas de Turquía, Sicilia y Egipto acabarían de completar estas existencias.  No obstante, y a pesar de importar grandes cantidades de algodón, la actividad de los comerciantes europeos tuvo muy escasa repercusión, caso de poder atribuirle alguna, en los sistemas específicamente empleados en el Oriente Próximo para producir algodón, ya que se limitaban a comprar el producto bruto a los proveedores locales, a estibarlo después en sus buques de carga y a transportarlo por último al otro lado del mar. Con todo, el talento de Venecia para incorporarse primero al comercio mediterráneo y dominarlo después fue sin duda uno de los elementos cruciales del éxito de la industria algodonera del norte de Italia. Es más, ese papel de la ini - ciativa veneciana anunciaba ya la estocada que, andando el tiempo, acabarían hundiendo los estados y los capitalistas europeos en el corazón mismo de los antiguos centros algodoneros.^44  Las redes comerciales del Mediterráneo no solo iban a facilitar a los manufactureros italianos un acceso relativamente sencillo al algodón en rama, también les iban a permitir entrar en contacto con las tecnologías de «Oriente». Los empresarios de la Italia septentrional no tardaron en hacer suyas las técnicas del mundo islámico –que en algunos casos procedían a su vez de la India y China–. El siglo XII asistió a una «inyección generalizada de tecnología exterior en la industria textil europea» —tecnología que tendrá su elemento más importante en la rueda de hilar—. Antes de que la rueda de hilar se introdujera en Europa a mediados del siglo XIII, los europeos habían venido hilando con husos manuales, igual que sus equivalentes de América y África.  El trabajo con el huso hacía que los procesos resultaran muy lentos: un hilandero habilidoso podía producir unos 120 metros de hilo por hora. A ese ritmo necesitaba cerca de once horas para conseguir hilo suficiente con el que confeccionar una blusa. La meca o torno de hilar incrementó enormemente la capacidad de trabajo de los hilanderos europeos, triplicando su productividad. De este modo, la disponibilidad de un material nuevo –el algodón– llevó a adoptar una técnica de fabricación igualmente inédita, lo que explica que en la Europa medieval la rueda de hilar reciba también el nombre de «tomo de algodón». Pese a que el progreso no fuera tan espectacular como en el caso de la meca, el trabajo de los tejedores acabaría mejorando asimismo con la generalización del telar de pe dales horizontal. Usado por primera vez en Europa en el siglo xi, este artilugio permitía que el tejedor accionara con los pies la varilla de lizos —la barra que separa parte de los hilos de la urdimbre para permitir el paso de la lanzadera—, con lo cual tenía las manos libres para insertar la trama y lograba producir unos tejidos más refinados. Traído de la India o China, este aparato llega a Europa a través del mundo islámico.^45  El crecimiento de la industria algodonera italiana se funda principalmente en una doble capacidad : la de conseguir algodón bruto por un lado y la de hacerse con las últimas técnicas de fabricación a través del universo musulmán por otro. Sin embargo, estos mismos vínculos y dependencias acabarán convirtiéndose en los más destacados puntos débiles de la actividad textil italiana, debido a que los centros de producción se hallaban muy alejados de las fuentes de obtención de materias primas y a que los empresarios del ramo no podían ejercer control alguno sobre el cultivo de la planta misma. Al final, la industria textil del norte de Italia acabará sufriendo las consecuencias del fortalecimiento de la industria algodonera musulmana y del carácter marginal de las redes comerciales que unen a la región con el mundo islámico.^46  No obstante, antes incluso de que terminen destejiéndose estas importantes redes, la industria italiana deberá hacer frente a otro desafío: el asociado con la irrupción en el mercado de los ágiles competidores afincados al norte de los Alpes, en las ciudades del sur de Alemania. Al igual que sus adversarios italianos , también estos industriales obtendrán el algodón en el Oriente Próximo. Sin embargo, mientras los manufactureros italianos se ven obligados a hacer frente a un entorno marcado por la fuerte presión fiscal, los elevados salarios, la bien rodada organización de los tejedores urbanos y las restricciones que les imponen los gremios , los productores alemanes disfrutan de las ventajas que les ofrece la mayor anuencia de los campesinos de su país, gracias a la cual logran trabajar con una mano de obra barata. A principios del siglo xv, los fabricantes alemanes no solo empezaron a valerse de esta diferencia de coste para hacerse con un gran, número de mercados de exportación –muchos de ellos explotados hasta entonces por los italianos, como, por ej., los del este y el norte de Europa, junto con los de España, la región báltica, Holanda e Inglaterra–, sino que la aprovecharon para penetrar incluso en el propio mercado italiano.^47  Uno de esos emprendedores manufactureros se afincó en 1367 en la ciudad de Augsburgo, en la Alemania meridional. En un primer momento, el joven tejedor Hans Fugger se propuso dedicarse a la venta de los tejidos de algodón que fabricaba su padre, pero con el tiempo, él mismo acabaría revelándose un consumado artesano. En el transcurso de las décadas inmediatamente poste riores, Fugger iría ampliando sus inversiones, hasta terminar proporcionando empleo en Augsburgo a u n c e n t e n a r d e t e j e d o r e s a f i n d e a t e n d e r l a d e m a n d a c o m e r c i a l d e t o d a u n a s e r i e d e r e g i o n e s d i s t a n t e s. A l f a l l e c e r e r a u n o d e l o s cincuenta ciudadanos más acaudalados de esa población, habiendo sentado además los cimientos necesarios para el surgimiento de una de las familias de comerciantes y banqueros más ricas de toda la Europa medieval.^48

 En el breve espacio de una generación, Hans Fugger lograba impulsar así el rápido establecimiento de una dinámica industria algodonera en el sur de Alemania. Entre los años 1363 y 1383, la producción de los tejedores alemanes lograría imponerse eficazmente, sustituyéndolos, a los fustanes lombardos que se habían venido vendiendo hasta entonces en los mercados europeos. Si Fugger y otros como él tuvieron tanto éxito se debió a que disponían de todos los factores necesarios: trabajadores textiles bien cualificados, importantes sumas de capital y buenas redes comerciales. Gracias a su larga historia como región productora de tejidos de lino, la Alemania meridional contaba con poderosos empresarios que no solo comerciaban con países lejanos, sino que poseían el capital suficiente para fundar una nueva industria. Sin embargo, esos emprendedores se apoyaban a su vez en una mano de obra barata, en la posibilidad de acceder fácilmente a los mercados del norte de Europa, y en su capacidad para imponer un conjunto de normativas destinadas a garantizar la calidad de sus productos. En consecuencia, empezaron a surgir ciudades como Ulm, Augsburgo, Memmingen y Núremberg, rápidamente convertidas en centros clave de la producción de fustán. En último término, la industria textil se propagaría al este siguiendo el curso del Danubio, llegando hasta Suiza por el sur.^49  La posibilidad de mantener bajo control a la fuerza de trabajo rural era un factor crucial. En Ulm , por ej, uno de los centros manufactureros más importantes, la producción de tejidos de algodón solo mantenía atareadas en el casco urbano mismo a unas dos mil personas, mientras que en la campiña trabajaba la fibra un ejército de 18 mil obreros. De hecho, la mayor parte de las labores de tejeduría se efectuaban en el campo, no en la ciudad, ya que los comerciantes proporcionaban dinero, materias primas e incluso herramientas a los hilanderos y los tejedores —creando así otra red productiva similar a las que caracterizaban al medio rural indio—. Esta organización de la producción resultaba mucho más flexible que la producción urbana, ya que no solo no existían gremios que la regularan, sino que los tejedores que trabajaban en el campo seguían labrando su propia tierra y alimentándose por tanto de sus mis mos cultivos.^50  Con el surgimiento de una industria algodonera en el norte de Italia y el sur de Alemania, pudo constatarse por primera vez que las pequeñas regiones de Europa empezaban a convertirse en un partícipe menor de la globalizada economía del algodón. Sin embargo, en el ámbito europeo, la industria algodonera no poseía todavía una especial relevancia. Los habitantes del continente aún seguían vistiéndose mayoritariamente con tejidos de lino y de lana, no de algodón. En adición, eran muy pocos los artículos de algodón europeos que se consumían fuera de los límites de la propia Europa.  Además, una vez superados los primeros años del siglo xvi, la industria europea, que dependía del vigor de los venecianos, comenzó a declinar, puesto que la guerra de los Treinta Años alteró la producción industrial, haciendo que la actividad mercantil abandonara las costas del Mediterráneo para dirigirse preferentemente al Atlántico. Lo cierto es que, en el siglo xvi, Venecia dejó de controlar el comercio del Mediterráneo en beneficio del imperio otomano, cuya creciente fortaleza le estaba llevando a estimular las industrias domésticas y a restringir simultáneamente las exportaciones de algodón en rama.  En la década de 1560, los efectos de la dominación del vasto territorio imperial por parte de las tropas otomanas , que consolidan su poder en este período, se dejarán sentir en las lejanas poblaciones de Alemania dedicadas a la confección de tejidos de algodón. El surgimiento del imperio otomano como estado provisto de un gran poder y dotado de la capacidad de controlar los flu jos de algodón, tanto en bruto como manufacturado, significará la mina para las industrias algodoneras de Alemania y el norte de Italia. Por si fuera poco, a finales del siglo xvi el antiguo predominio marítimo de los venecianos habrá de encarar aún el perjuicio que le supone el hecho de que los barcos británicos recalen cada vez más en puertos como el de Izmir (o Esmirna, según la denominación otomana) — hasta el punto de que en 1589 el sultán concederá a los tratantes ingleses un conjunto de privilegios comerciales de notable alcance.^51  Más de un sagaz observador se habrá percatado de que la malograda empresa de los primeros productores europeos de algodón se debió en parte —tanto en el caso de la Italia septentrional como en el de la Alemania meridional— al hecho de no haber sometido a los pueblos que les abastecían de esa materia prima. Es una lección que no habrían de olvidar. Al llegar a su fin el siglo xvi, surgiría no obstante una industria algodonera enteramente nueva llamada a centrar sus desvelos en el Atlántico y no en el Mediterráneo. Con todo, lo que los europeos dieron por sentado fue que solo la proyección del poder del estado podría garantizarles el éxito en estas nuevas zonas comerciales.^52

  1. LOS CIMIENTOS DEL CAPITALISMO DE GUERRA  Pese a resultar impresionante, el surgimiento de la producción de algodón en la Italia septentrional del siglo XII, y más tarde en el sur de Alemania, ya en el siglo xv, no parece haber alterado el curso de los acontecimientos mundiales. En ambos casos, el explosivo crecimiento económico se vio seguido de un rápido desplome, de manera que el vasto universo de la industria algodonera, para entonces bien arraigada ya en tres continentes, continuó operando tranquilamente, sin modificar lo que llevaba siglos haciendo. La producción mundial siguió centrada en la India y China, y los productos de los tejedores indios no dejaron de dominar el comercio intercontinental.  La industria europea no había generado ninguna innovación tecnológica ni organizativa digna de tal nombre , así que los productores asiáticos siguieron constituyendo la punta de lanza de la tecnología textil. Desde luego, los recientes esfuerzos manufactureros de Europa habían puesto en los mercados del continente una cantidad de tejidos de algodón sin precedentes, divulgando y fomentando la apreciación de los artículos de esa fibra y dejando ampliamente fundados los conocimien tos asociados con los principios de la fabricación de productos de algodón —factores todos ellos que acabarían revelándose de una importancia extraordi - naria—.  Sin embargo, por el momento, todos esos pequeños cambios resultaban irrelevantes para la industria algodonera global, dado que los europeos carecían de la facultad de competir en los mercados transoceánicos, y por la nada desdeñable razón de que la calidad de su producción era muy inferior a la de la India. Además, y a diferencia de los manufactureros indios o chinos, los europeos dependían de la importación de algodón en rama, teniendo que traerlo de lejanas regiones del planeta –unas regiones en las que, por añadidura, ejercían muy escaso control–. Y para colmo, en 1600, la mayoría de los europeos seguían vistiéndose con ropas de lana y lino.  No obstante, todo eso iba a cambiar en el transcurso de los dos siglos siguientes. Fue una transformación muy lenta, apenas perceptible en sus inicios, pero una vez llegado el impulso a un chuto umbral, la velocidad de las modificaciones fue acelerándose cada vez más hasta alcanzar un ritmo exponencial. En último termino, lo que se consiguió fue reorganizar de forma radical la principal industria manufacturera del mundo, propiciándose una explosión de innovaciones –tanto en las formas de cultivar y procesar el algodón como en las zonas dedicadas a una y otra tarea– acompañada de un planteamiento impactante en cuanto a la posibilidad de aunar las fuerzas globales mediante la explotación de esa planta.  El origen de esta reestructuración del aprovechamiento del algodón no hay que verlo en la introducción de un conjunto de progresos técnicos —al menos no en un primer momento— ni en la puesta en práctica de mejores sistemas de organización, sino en una realidad mucho más simple: la derivada de la capacidad y la determinación de cruzar vastos océanos y de proyectar capital y poder político a su orilla opuesta. Empezó a resultar cada vez más frecuente ver a los europeos insertar una cuña, a menudo de forma violenta, en las redes globales del comercio del algodón —tanto en el interior de Asia como entre Oriente y el resto del mundo—, para pasar a utilizar después el poder así conseguido en la creación de un conjunto enteramente nuevo de urdimbres comerciales entre África, las dos Américas y Europa.^1  La primera incursión de los europeos en el universo del algodón había terminado fracasando al topar con una potencia superior. Las nuevas generaciones de capitalistas y políticos europeos tomaron buena nota de ello, de modo que, valiéndose de su voluntad y su talento para utilizar la fuerza, sentaron las bases de una situación comparativamente ventajosa que les permitió ampliar sus in tereses. Si los europeos adquirieron relevancia en el mundo del algodón no se debió a la irrupción de nuevos inventos ni a la posibilidad de

que se desarrollaban en el puerto bengalí de Daca, que llevaba siglos siendo el punto de origen de algunas de las telas de algodón de mayor calidad del mundo. De acuerdo con las mejores estimaciones, en 1621 la Compañía Británica de las Indias Orientales importó a Gran Bretaña cincuenta mil artículos de algodón. Cuarenta años más tarde, esta cifra se había multiplicado por cinco. De hecho, los tejidos de algodón se habían convertido ya en la mercancía más importante de la empresa. En 1766 esos productos textiles integraban más del 75 % del total de las exportaciones de la Compañía Británica de las Indias Orientales. Por consiguiente, según comenta el escritor inglés Daniel Defoe —que no simpatizaba nada con las importaciones—, el algodón terminó por invadir « nuestras casas, nuestros armarios y nuestros dormitorios. Las cortinas, los cojines, las sillas, y hasta las propias camas, no se visten ya sino con telas de calicó y tejidos indios ».^4  Los comerciantes europeos apoyados por una escolta armada lograron hacerse un nicho en el comercio transoceánico de los tejidos de algodón indios. No obstante, en la propia India, Europa ejercía un poder bastante limitado. Podía decirse que terminaba, básicamente, a las afueras de las ciudades portuarias, o extramuros de los fortines que esos individuos, híbridos de soldado y negociante, habían comenzado a construir, a ritmo creciente, a lo largo de la costa. Para hacerse con las importantísimas cantidades de tejidos, indios que, luego iban a exportar, los comerciantes europeos dependían de los tratantes locales, pertenecientes a la casta bania , ya que estos eran quienes preservaban las cruciales relaciones que los occidentales precisaban mantener con los labriegos y tejedores del interior, que eran quienes cultivaban, hilaban y tejían a su vez aquellos artículos de creciente valor. Los europeos construyeron almacenes -a los que dieron el nombre de factorías- por todo el litoral de la India, en ciudades corno Madrás, Surat, Daca, Cossimbazar y Calicut, y ordenaron a sus agentes locales que realizaran pedidos de telas a los bania y se ocuparan, de recoger los bultos una vez listos para su embarque. Todas estas transacciones quedaban consignadas en centenares de dietarios encuadernados en cuero —libros que, en muchos casos, han conseguido llegar hasta nosotros.^5  En sus registros del año 1676, la factoría de la Compañía Británica de las Indias Orientales de Daca expone con detalle los mecanismos y vericuetos que debían seguirse para adquirir las telas, dando así fe de lo mucho que dependían los mayoristas europeos de los tratantes indígenas. De ocho a diez meses antes de que llegaran los barcos mercantes, y mediante una subcontrata, los nego - ciantes británicos asignaban la misión de conseguir las telas a un cierto número de banias, especificando claramente las calidades, dibujos, precios y fechas de entrega que deseaban. Los consumidores africanos y europeos de tejidos de algodón exigían artículos muy concretos a precios perfectamente bien definidos. Entonces, los banias adelantaban dinero en efectivo a un grupo de intermediarios, siendo estos los encargados de recorrer una a una las aldeas para entregar a su vez diversos anticipos y contratar la entrega de los artículos terminados con unos cuantos tejedores de su elección.^6 Al final, las telas recorrían el camino inverso, ascendiendo eslabón por eslabón la cadena comercial hasta llegar a la factoría inglesa de Daca , donde los comerciantes británicos clasificaban los tejidos por calidades, preparándolos para su envío.  En este sistema de producción, eran los propios tejedores quienes podían controlar en parte el ritmo y la organización de su trabajo, siendo además propietarios de las herramientas que empleaban, como había ocurrido durante siglos —y de hecho conservaban incluso el derecho de vender sus artículos a quien les viniera en gana—. Al empezar a crecer la demanda europea, los tejedores indios se encontraron en condiciones de incrementar la producción y de aumentar los precios, resultando de ese modo claramente beneficiados. En realidad, la llegada de los comerciantes europeos a la población de Barugaza , en la provincia de Guyarat, no tardó en proporcionar nuevos bríos a la industria regional del algodón —y lo mismo puede decirse de Orissa y Daca—.  Aunque no por eso dejaron de ser pobres, los tejedores aprovecharon la circunstancia de que los extranjeros estuvieran compitiendo por conseguir sus telas, como también estaban empezando a hacer los banias de su propio país y hasta los gobernantes indios, que se apresuraron a gravar con impuestos y aranceles la producción y la exportación de los tejidos de algodón.^7 Parece obvio, por tanto, que la influencia de los comerciantes europeos en la India resultaba bastante significativa, aunque distara mucho de revestir un carácter general: los ingleses se quejaban de que los « árabes y los mogoles que comerciaban con las telas de Daca alteraran con frecuencia este sistema al llevarse cantidades muy considerables de ese mismo producto y viajar por tierra con él, llegando algunos hasta regiones tan remotas como las de los grandes dominios turcos ». La denuncia de esta perturbación les llevaría a lamentar asimismo que su entramado comercial se viera igualmente afectado por las «disputas, los problemas y los precios» que les hacían encajar los tejedores y los banias de la zona.^8  El sistema de las «factorías», invariablemente dependiente de los tratantes y los capitales de la región, se mantuvo aproximadamente por espacio de dos siglos. En una fecha tan notablemente tardía como la del año 1800, la Compañía Británica de las Indias Orientales aceptó comprar artículos al detalle a dos mercaderes de Bombay llamados Pestonjee Jemsatjee y Sorabje Jevangee, por un importe superior a un millón de rupias , mientras, por su parte, el bania de Surat Dadabo Monackjee firmaba con los tejedores radicados al norte de la ciudad un conjunto de contratos destinados a obtener telas para los británicos. De hecho, en el momento de su llegada, tanto los negociantes portugueses como los ingleses, holandeses y franceses habían sido únicamente los últimos en incorporarse a un antiguo y dinámico mercado, intentando encontrar en él un nicho comercial propio entre los centenares de tratantes que venían de muy diversos puntos del Asia meridional y la península Arábiga. En el siglo XVIII, los mayoristas europeos que operaban en Daca todavía eran incapaces de adquirir en esa ciudad más de la tercera parte de la tela que vendían, aproximadamente. Por otro lado, la capacidad económica de los europeos que comerciaban con la India seguía dependiendo en esa época de los banqueros y los negociantes del Asia meridional que financiaban el cultivo y el procesado del algodón.^9  Con todo, la irrupción de los comerciantes armados europeos en el mercado asiático, al expulsar violentamente de los numerosos mercados intercontinentales a los negociantes indios y árabes —que hasta entonces habían ocupado posiciones dominantes—, iría condenando poco a poco a espacios marginales al conjunto de estas viejas redes mercantiles. En 1670, un observador británico todavía encontraba motivos para señalar que los comerciantes del Oriente Próximo « se llevaban cinco veces más telas de calicó que los ingleses y los holandeses ». Sin embargo, según concluye un historiador, con la aparición de barcos más fiables, rápidos y grandes, dotados además de una mayor y más destructiva capacidad de fuego, « la vieja ruta del comercio con la India y el Oriente Próximo, que había constituido hasta entonces la principal arteria de intercambio mundial, quedó sometida a un completo cambio estructural », siendo « el imperio otomano ... el principal perjudicado ». Además, los tratantes de Guyarat que comerciaban con el África oriental también empezaron a verse enfrentados a la competencia europea. Si los negociantes europeos estaban transformándose en una presencia cada vez más común en la India, por idéntico proceso fueron estableciéndose también en los mercados del este de África, acentuándose de ese modo el predominio europeo a ambos lados del océano índico. En el siglo XVIII, al producirse el declive de Surat y el simultáneo auge de Bombay, los comerciantes del oeste de la India pasaron a depender cada vez más del poderío británico.^10  Al final, la creciente influencia que estaban consiguiendo ejercer en la India los comerciantes europeos y los estados que les patrocinaban empezó a repercutir de manera muy notable en la propia Europa. Con el enorme incremento de las cantidades de tejidos de algodón indio que llegaban al continente europeo comenzaron a surgir mercados y modas nuevos. Las bellas telas de quimón y muselina no tardaron en llamar la atención de las crecientes clases europeas que no solo tenían el poder adquisitivo suficiente para comprarlas sino también el deseo de exhibir su posición social vistiéndolas. Dado que en el siglo XVIII la moda de los algodones indios no dejó de ganar adeptos, el afán de sustituir por telas nuevas las importadas hasta entonces se convirtió en un poderoso incentivo —danto que la producción de tejidos de algodón, al comenzar a intensificarse en Inglaterra, terminaría por revolucionar la industria.^11  Además, el dominio ejercido en Asia encajó perfectamente con la expansión por las Américas. A medida que las potencias española, portuguesa, francesa, inglesa y holandesa fueran apoderándose de inmensas porciones del territorio americano, tanto al norte como al

sur del continente, irían llevándose consigo cuantas riquezas consiguieran arrancar a la tierra: fundamentalmente oro y pla ta. Y en un primer momento fue de hecho el robo de esos metales preciosos lo que permitió financiar en parte la compra de tejidos de algodón en la India.  Al final, no obstante, el oro y la plata que alcanzaban a descubrir los colonos europeos de las dos Américas empezó a resultar insuficiente, así que se ideó una nueva vía de acceso a la riqueza: la de las plantaciones dedicadas al cultivo de especies vegetales tropicales y subtropicales, principalmente azúcar, pero también arroz, tabaco e índigo. La explotación de estas plantaciones exigía emplear a un gran número de jornaleros, y para conseguirlos, los europeos no dudaron en deportar primero a miles de africanos a las Américas, y después a millones. Los negociantes europeos construyeron puestos comerciales fortificados a lo largo de la costa occidental de África —Gorea en lo que hoy es Senegal, Elmina, en la actual Ghana y Ouidah, en el Benín de nuestros días—. Pagaban a los caciques locales para que les permitieran salir a la caza y captura de mano de obra, entregándoles productos elaborados por tejedores indios a cambio de los hombres y mujeres que lograban apresar.  En los tres siglos inmediatamente posteriores al año 1500 más de ocho millones de esclavos fueron transplantados de África a las Américas. Los primeros en hacerlo fueron fundamentalmente los tratantes españoles y portugueses, pero pronto se les unieron, corriendo ya el siglo XVII, sus colegas británicos, franceses, holandeses y daneses, así como los de algunas otras naciones. Solo en el siglo xvm, estos comerciantes forzaron la deportación de más de cinco millones de personas, abasteciéndose sobre todo en las regiones del centro y el oeste de Africa, los golfos de Benín y Biafra y Costa de Oro.^12 Llegaban esclavos casi a diario tanto a las islas del Caribe como al litoral de las dos Américas.  Este tráfico incrementó la demanda de tejidos de algodón, dado que los jefes y los mercaderes africanos exigían casi siempre que se les entregaran telas de algodón a cambio de los esclavos. Pese a que muy a menudo imaginamos que uno de los factores que animaba la trata de esclavos era el mero intercambio de armas y baratijas, comprándose con ellas el permiso de exportar seres humanos, lo más frecuente era que los esclavos se consiguieran a cambio de unos artículos mucho más triviales: simples lotes de tela de algodón. Un estudio de los 1.308 trueques que realizó, mediante regateo con los indígenas, el comerciante británico Richard Miles entre los años 1772 y 1780 con los que adquirió 2.218 esclavos en Costa de Oro -descubrió que más de la mitad del valor del conjunto de los bienes adquiridos se había abonado en piezas de tela. Y las importaciones que efectuaron los portugueses a Luanda a finales del siglo XVIII y principios del XIX discurrieron por cauces similares , ya que cerca del 60% de lo que llegaba a ese puerto de la actual Angola lo constituían artículos tejidos.^13  Los consumidores africanos no iban a tardar en hacerse célebres por su experto y variado gusto en materia de tejidos, para gran consternación de los comerciantes europeos. De hecho, un viajero europeo señaló en una ocasión que las preferencias estéticas del consumidor afticano eran “de lo más tornadizas y caprichosas”, y que «apenas hay dos aldeas que coincidan en cuanto al canon de lo que juzgan bello». En 1731, el buque negrero Diligent sotaba amarras y abandonaba el puerto francés en el que había recalado, llevando en las bodegas un cuidado surtido de tejidos de algodón indios con los que podía atender la peculiar demanda de la costa de Guinea. Del mismo modo, Richard Miles acostumbraba a enviar a sus proveedores británicos instrucciones muy concretas respecto a los colores y los tipos de tejido que le solicitaban en cada momento sus clientes de Costa de Oro, llegando a detallar incluso los fabricantes concretos a los que se debían encargar las remesas. « Los [artículos] del señor Kershaw no son en modo alguno iguales a los de [Knipe]», le indica a uno de sus contactos británicos en una carta fechada en 1779, «al menos no a los ojos de los comerciantes negros de esta zona, y es a ellos a quienes hemos de complacer ».^14  Vemos por tanto que el negocio europeo de los tejidos de algodón vino a unir en una misma y compleja red comercial los continentes de Asia, las dos Américas, África y Europa. En los cuatro mil años que contaba ya por enton ces la historia del algodón jamás se había llegado a idear un sistema de semejante alcance global. Nunca antes se había pagado con el producto de los tejedores indios la compra en África de unos esclavos destinados a trabajar en las plantaciones de las Américas con el fin de obtener materias primas agrícolas para un conjunto de consumidores europeos. Se había edificado un sistema formidable que ponía claramente de manifiesto la capacidad transformadora que surgía al unir la fuerza del capital con el poder del estado. El cambio más radical no residía en los pormenores de este tipo de negocios, sino en el sis tema al que se hallaban indisolublemente asociados y en la forma en que las diferentes piezas de ese ensamblaje se retroalimentaban mutuamente: los europeos acababan de inventar una nueva forma de organizar la actividad económica.  Esta expansión de las redes comerciales europeas, que llegaban ahora hasta Asia, África y las dos Américas, no tenía su principal, pilar en el hecho de que los mayoristas occidentales estuvieran ofreciendo artículos de superior calidad a buen precio, sino que se apoyaba fundamentalmente en el sometimiento militar de los competidores y en la coercitiva presión mercantil con la que se presentaban los europeos en muchas regiones del mundo. Este tema central se declinaba también en distintas variaciones, en función del equilibrio relativo en que se hallaran las fuerzas sociales en cada punto geográfico concreto. En un primer momento, los europeos fundaron en Asia y África diversos enclaves costeros, dominando al mismo tiempo el comercio transoceánico, sin necesidad de implicarse demasiado en el cultivo y la manufactura del algodón.  En otras regiones del mundo -sobre todo en las Américas, se expropió a las poblaciones locales, que en muchos casos tuvieron que padecer ademas a causa de su desplazamiento o su aniquilación. Los Europeos reinventaron el mundo lanzándose a una agricultura basada en la explotación gran escala de las plantaciones. Y una vez que los occidentales pasaron a intervenir activación en la producción, su destino económico quedó ligado a la esclavitud. Estos tres movimientos tácticos –la expansión imperial, la expropiación de tierras y la explotación de esclavos se convirtieron uno de los elementos axiales de la forja de un nuevo orden económico mundial, dando lugar en último término al surgimiento del capitalismo.  Este triple factor vino a sumarse a otra de las características inherentes a ese mundo nuevo: la constituida por los estados que respaldaban esas empresas mercantiles y coloniales, y que, de momento, no estaban afirmando su soberanía sobre los lugares y los pueblos de tan distantes territorios más que de un modo débil. En vez de esa reivindicación de poder político eran los capitalistas particulares, muy a menudo organizados en sociedades colegiadas (como la Compañía Británica de las Indias Orientales ), quienes se postulaban como soberanos de las tierras a las que llegaban y las gentes con las que trataban, estableciendo al mismo tiempo una particular estructura de relaciones con los gobernantes locales. Los corsarios capitalistas fuertemente armados se convirtieron rápidamente en el símbolo de este nuevo mundo definido por la dominación europea, ya que sus barcos, repletos de cañones, sus comerciantes- soldados —verdaderas milicias privadas— y los colonos que les seguían se apoderaban de todas las tierras y la mano de obra que podían, haciendo saltar por los aires —en sentido perfectamente literal— a todos sus competidores.  El ejercicio privado de la violencia era uno de sus principales privilegios legales. Pese a que hubieran sido los estados europeos los encargados de concebir, estimular y permitir la creación de los inmensos imperios coloniales de la época, lo cierto es que, sobre el terreno, continuaban dando muestras de flaqueza y contando con escasos efectivos, circunstancia que brindaba a los actores par ticulares el espacio y el margen de maniobra necesarios para alumbrar nuevas modalidades de comercio y producción. Lo que caracteriza a este período no es la consolidación de los derechos de propiedad, sino una oleada de expropiaciones de tierras y esclavización de la fuerza de trabajo, testimonio de los orígenes del capitalismo, que en modo alguno fueron de naturaleza liberal. El pulsátil centro neurálgico de este novedoso sistema era la esclavitud. La deportación de millones y millones de africanos a las Américas intensificó el establecimiento de vínculos con la India debido a que incrementó las presiones destinadas a conseguir una mayor cantidad de tejidos de algodón. Fue ese tráfico el que sentó las bases de una presencia más significativa de los europeos en los ámbitos mercantiles de África. Y fue también esa trata de esclavos la que hizo posible asignar un valor económico a los inmensos territorios que Occidente acababa de usurpar en las Américas, doblegándose así el inconveniente que planteaba el hecho de que los recursos de que disponía la propia Europa fuesen limitados. Desde luego, con el paso del tiempo, este poliédrico sistema estaba llamado a experimentar variaciones y cambios, pero aun así iba a resultar lo suficientemente distinto del universo anterior y del mundo que habría de surgir de él en el siglo xix, como para merecer que lo designemos con un nombre específicamente propio: el de capitalismo de guerra.  El capitalismo de guerra debe su existencia a la demostrada aptitud de los ricos y poderosos europeos para dividir el mundo en dos esferas: una «interna» y otra «externa». La «interna» comprendía las leyes, las instituciones y las costumbres vigentes en la madre patria, regida por el orden que imponía el estado. La «externa», en cambio, se caracterizaba por la dominación imperial, la expropiación de inmensos territorios, la aniquilación de los pueblos indígenas, el expolio de sus recursos, la acumulación de esclavos y el sometimiento de vastos territorios al control de un puñado de capitalistas privados facultados para operar prácticamente al margen de toda forma de supervisión por parte de los distantes estados europeos.  En estas dependencias exteriores del imperio no tenían aplicación las reglas del ámbito interior. En esas regiones, el amo prevalecía sobre el estado y la

1720, la Real Compañía Africana refiere haber vendido «en su sede de la calle Leaden-Hall , a la vela,^6 el jueves día 12 de septiembre de 1723, a las diez en punto de la mañana algodón procedente de Cambia». Un afio después, los miembros de esa misma compañía ofrecían « Toneles de fino algodón.de seda ... traídos de Ajudá »,^7 y doce meses más tarde « varias balas de algodón de Guinea ». No obstante, estas ventas de poca importancia palidecen si las comparamos con otros artículos comerciales de mayor relevancia para estos mismos tratantes, como por ejemplo los colmillos de elefante.^23  Lo más significativo, sin embargo, fue el surgimiento de una nueva fuente de suministro de algodón: la de las Indias Occidentales. Pese a que en las is- las de esa región del mundo el algodón continuara siendo un cultivo marginal comparado con la caña de azúcar, lo cierto es que un cierto número de pequeños propietarios rurales habían comenzado a plantar lo que por entonces se llamaba el «oro blanco» -—ya que sus recursos no les permitían realizar las grandes inversiones reservadas a los latifundistas azucareros—. La producción de esos pefits blancs , como se les denominaba en las islas francesas, se mantuvo dentro de unos límites muy ajustados hasta el año 1760. Con todo, incluso esta exigua cantidad de algodón procedente de las Indias Occidentales representaba una parte relevante de las necesidades de materias primas de las industrias algodoneras británica y francesa. Y lo que es aún más importante, como veremos, el modo de producción de este algodón indicaba ya el camino a seguir en el futuro.^24  No obstante, antes del año 1770, los comerciantes europeos recurrían a un bien establecido conjunto de redes comerciales ancladas en muy diversos en- claves para abastecerse de tan valiosa fibra. Si exceptuamos las Indias Occidentales , su ascendiente no rebasaba de forma notable el perímetro de las propias ciudades portuarias en que operaban, dado que no tenían ni la capacidad precisa para tratar de influir en los sistemas de cultivo algodonero que se practicaban en el interior de los países a los que acudían ni la disposición de ánimo imprescindible para adelantar a los productores el capital que habría requerido el incremento de la producción de fibra. El algodón llegaba hasta ellos debido a que estaban decididos a pagar un alto precio por él, pero no tenían modo de orientar la explotación agraria del arbusto en sí. En la vinculación global que el algodón en rama había terminado creando entre regiones muy distantes, los cultivadores y los comerciantes locales seguían siendo unos actores extremadamente poderosos, entre otras razones porque no se habían especializado en la producción de algodón para la exportación ni habían centrado sus esfuerzos en explotar los mercados europeos.^25  Al ir llegando a Europa pequeñas cantidades de algodón en rama para abastecer la industria algodonera europea, que pese a hallarse en fase de expansión seguía siendo todavía bastante endeble en términos globales, la demanda de tejidos de algodón se elevó tanto en el continente europeo como en África, solicitándose asimismo un mayor esfuerzo a las plantaciones de esclavos de las dos Américas. No obstante, la producción europea no alcanzaba a satisfacer este incremento del volumen de pedidos. Para dar respuesta a ese estado de cosas, los comerciantes ingleses, franceses, holandeses, daneses y portugueses, animados todos ellos por un similar y febril impulso, intentaron conseguir una mayor cantidad de tejidos de algodón en la India, buscando al mismo tiempo unas condiciones de compra cada vez más favorables. Si en 1614 los negociantes británicos habían exportado 12.500 piezas sin confeccionar de tela de algodón, entre 1699 y 1701 la cifra experimentó una subida espectacular, situándose en 877.789 unidades al año. En menos de un siglo, las exportaciones de tela británicas se habían multiplicado por setenta.^26  Para conseguir tan fabuloso volumen de tejidos en la India y poder pagarlo a un precio interesante, los representantes de las distintas Compañías de las Indias Orientales de Europa empezaron a implicarse de forma creciente en el proceso de producción que se llevaba a cabo en el interior de la propia India. Los agentes de las sociedades colegiadas de las Indias Orientales europeas llevaban décadas quejándose de que los tejedores indios se mostraban extremadamente hábiles, ya que sabían optimizar la venta de sus productos tanto a las compañías europeas que rivalizaban entre sí para hacerse con ellos como a los banias indios —que también competían mutuamente a los comerciantes de otras regiones del mundo e incluso a los tratantes particulares europeos que operaban al margen de las Compañías de Indias , generando así una pugna que solo contribuía a incrementar los precios. La única manera de aumentar los beneficios consistía en que los países europeos consiguieran obligar a los tejedores a trabajar exclusivamente para sus respectivas Compañías nacionales de Indias. El establecimiento de monopolios mercantiles se convirtió en la herramienta que permitió disminuir los ingresos de los tejedores y aumentar el precio de venta de todo un conjunto de artículos concretos.^27  En su empeño por obtener la cantidad y la calidad de tejidos de algodón que necesitaban, y al precio deseado, los tratantes europeos iban a contar con ayuda, dado que sus prácticas de negocio empezaron a encontrar el respaldo del control político de una porción de territorios indios progresivamente más extensa. Dejaron de venir como simples comerciantes para presentarse con frecuencia creciente como dominadores. En la década de 1730, la factoría de Daca , por ej., alojaba a un contingente humano formado por personal militar armado cuya misión consistía en proteger los intereses de la compañía. Uno de los casos más espectaculares es el de la Compañía Británica de las Indias Orientales —un grupo integrado por comerciantes—, que no solo gobernaba Bengala en el año 1765 sino que en las décadas inmediatamente posteriores habría de ampliar el control que ejercía en otros territorios del Asia meridional. A finales del siglo XVIII, estos sueños territoriales comenzarían a ganar impulso gracias a la creciente inversión de los negociantes británicos en el tráfico comercial de algodón en rama entre la India y China, implicación que les llevaría a abrigar la esperanza de incorporar también los campos algodoneros del occidente de la India a los territorios sujetos al control de la Compañía Británica de las Indias Orientales. Esta manifestación del poder político privado de una compañía colegiada y protegida por el estado, así como el de sempeño de ese poder en territorios muy distantes de la metrópoli, constituía una reorganización conceptual del poderío económico. Los estados habían decidido compartir con un grupo de empresarios particulares la soberanía que ejercían sobre pueblos y territorios.^28  Entre otras muchas cosas, esta nueva combinación del poder económico y político permitió que los comerciantes europeos empezaran a controlar mejor la manufactura de los productos textiles, cosa que consiguieron fundamentalmente con un incremento del dominio que ejercían sobre los tejedores.^29 De hecho, toda la costa de Coromandel iba a asistir, ya en el siglo XVII, a la paulatina sustitución de los influyentes comerciantes de la India que operaban como mediadores entre los tejedores de su país y los exportadores europeos por otro tipo de agentes mucho más sujetos al control de las compañías europeas. En Surat, que en 1756 había quedado en manos de la Compañía Británica de las Indias Orientales , al igual que Bengala, la Cámara de Comercio del gobernador general se manifestará en 1795 descontenta con el sistema puesto en práctica hasta la fecha, consistente en contar con un apoderado que carece de todo vínculo personal e inmediato con los manufactureros o los tejedores y que sin embargo firma subcontratas con un gran número de comerciantes indígenas de tan escasas propiedades como probidad y que, pese a compartir la responsabilidad del negocio , no cuentan con las competencias necesarias para abonar una multa si hay un decomiso y los artículos terminan por no llegar de hecho a sus manos, enterándose entonces de que las dificultades que acaban de presentarse no podrán ser solventadas sino con la abolición del acuerdo o una muy sustancial alteración del mismo.^30  La eliminación de los intermediarios indios prometía a los comerciantes extranjeros disfrutar de un mejor control de la producción, capacitándoles para conseguir una mayor cantidad de artículos al detalle. Con ese objetivo, los dirigentes de la Compañía Británica de las Indias Orientales intentaron puentea a los bernias independientes de la región --que habían sido históricamente los encargados de ponerles en contacto con los tejedores—, trasladando esa responsabilidad a un conjunto de «agentes» indios a los que incorporó a sus nóminas. La Cámara de Comercio de Londres dio al gobernador general de la India instrucciones extremadamente detalladas sobre el procedimiento a seguir para reorganizar el sistema de compra de las telas de algodón, con la esperanza de que, en lo sucesivo, «la Compañía recuperara ese genuino conocimiento del modus operandi más apropiado para este negocio», adquiriendo de ese modo un mayor volumen de tejidos a precios más económicos mediante la simple puesta en práctica del «gran principio fundamental del sistema de la actuación delegada». Gracias a sus agentes indios, la Compañía empezó a realizar sus propuestas directamente a los tejedores -—una práctica que los británicos no habían llevado a efecto en los años anteriores—.  En esta actividad dispuso además de la gran ayuda que le suponía el hecho de contar con el con trol territorial y el apoyo de la autoridad política competente. Aunque los tejedores siempre habían dependido del crédito, la reciente incorporación de los europeos a esas redes crediticias, así como los esfuerzos de los comerciantes occidentales, empeñados en monopolizar el control económico de un conjunto muy concreto de regiones indias, determinaron que su destino fuese depender cada vez más de la Compañía Británica de las Indias Orientales. A mediados del siglo XVIII, las compañías europeas confiaban ya a esos delegados misiones que les llevaban a operar en el corazón mismo de los centros manufactureros de la campiña situada en las inmediaciones de Daca, consiguiendo que fueran imponiendo progresivamente las condiciones y las características de la pro- ducción y logrando reducir de ese modo los precios. En la década de 1790, la Compañía Británica de las Indias Orientales llegó a animar incluso a los tejedores a mudarse a Bombay para que pudieran producir sus telas en esa ciudad —-y todo con la vista puesta en supervisarles de la mejor manera posible, « sin padecer por ello las extorsiones de los servidores del rajá de Travancore ».^31  Para los tejedores, la intrusión del poder político británico en el subcontinente indio llevó aparejada una creciente pérdida de la capacidad de establecer los precios de las telas. Según el historiador Sinnappah Arasaratnam, estos trabajadores « dejaron de poder producir para el consumidor que más les (^6) Método habitualmente empleado en las subastas. En lugar de permitir que las pujas se prolongaran por tiempo ilimitado, se encendía una vela al comenzar la venta de cada lote y cuan 7 do se.había consumido una pulgada del cirio se asestaba el martillazo que cerraba la venta. (N. de los t.) El algodón de seda, llamado también algodón rojo o kapok, es una fibra producida por un tipo de árboles tropicales originarios del África occidental, el subcontinente indio y el sureste de Asia. La ciudad de Ouidah —conocida como Whyday o Whydah por los ingleses, Judá o Juidá por los franceses y Ajudá por españoles y portugueses— es un puerto atlántico situado en el actual Benín. (N. de los t.)

interesase. Tuvieron que aceptar que una parte del pago se les entregara en forma de bobinas de hilo de algodón. Y los empleados de la Compañía Británica de las Indias Orientales, que residían en sus mismas aldeas, sometieron el proceso de manufactura a una estricta supervisión ». Empezó a resultar frecuente que los tejedores se vieran obligados a aceptar avances económicos de un particular conjunto de comerciantes específicos. La meta última, que nunca llegó a materializarse por completo, consistía en convertir a los tejedores en obreros asalariados —siguiendo así la pauta de cuanto iban consiguiendo llevar a efecto en la propia campiña inglesa los negociantes británicos de la época.^32  Con el fin de promover su objetivo, la Compañía Británica de las Indias Orientales comenzó a valerse de su. poder de coerción para someter directa- mente a los tejedores. La empresa contrató a un gran número de indios con el fin de supervisar y poner en práctica toda una serie de normas y reglamentos nuevos, burocratizando de fació el mercado textil. La imposición de un amplio conjunto de normativas de nuevo cufio determinó que los tejedores quedaran legalmente atados a la Compañía, impidiéndoles de hecho vender sus telas en el libre mercado. Los agentes de la Compañía pasaron a inspeccionar ahora la confección de las telas en el telar mismo —y no escatimaban esfuerzos para asegurarse de que los tejidos se vendían a la Compañía, según lo acordado—. El establecimiento de un nuevo sistema fiscal empezó a penalizar a los tejedores que decidieran producir para otras empresas o particulares.^33  La Compañía también comenzó a recurrir cada vez más a la violencia, aplicando incluso castigos corporales. En una ocasión en que un agente de la Compañía se quejó de que un tejedor estaba trabajando ilegalmente para un comerciante privado, « el gumashta » de la sociedad colegiada apresó al infractor y a su hijo, azotó al desdichado hasta despellejarlo, le pintó el rostro con rayas negras y blancas, le ató las manos a la espalda y le hizo desfilar por todo el pueblo, escoltado por unos cipayos [soldados indios al servicio de los ingle ses] que iban pregonando que « todo tejedor que sea sorprendido trabajando para los tratantes particulares recibirá un castigo similar” ». Este tipo de medidas terminaron generando el resultado pretendido: el descenso de los ingresos de los tejedores indios. A finales del siglo XVII, la cantidad que percibía un tejedor por su trabajo podía llegar a representar incluso la tercera parte del precio de las telas. Cien años más tarde, según el historiador indio Om Prakash , la parte que se dejaba a los productores había caído cerca de un 6 %. Al ir descendiendo los ingresos y el nivel de vida de estos trabajadores se observan algunos cambios significativos, como el de la canción de cuna que entonaban las tejedoras de la casta Saliya , cuya letra habla con sentida añoranza de una era mítica en la que sus telares tenían una varilla de plata. En 1795, la propia Compañía constatará que se están registrando «entre los tejedores unos índices de mortandad sin precedentes».^34  Como es lógico, los tejedores trataron de resistirse a la coercitiva intrusión del capital europeo en el proceso de producción. Hubo algunos que optaron por tomar el portante y alejarse de los territorios sometidos al control de los europeos. Otros se arriesgaron a producir en secreto para otros competidores, pero la imperiosa necesidad de evitar que se les detectara los exponía a recibir presiones que acabaran abocándolos a bajar también los precios. Y de cuando en cuando surgían asimismo grupos de tejedores que se dirigían de forma colectiva a la Compañía Británica de las Indias Orientales para exponer sus quejas por la intromisión de esa sociedad mercantil en el libre mercado.^35  En algunas ocasiones, esa resistencia conseguiría reducir el poder de los capitalistas europeos. Por lo tanto, y a pesar de querer eliminar a los intermediarios indios, la Compañía Británica de las Indias Orientales terminaría comprendiendo que resultaba « imposible operar sin la cooperación de los contratistas delegados », ya que los agentes de la Compañía jamás lograrán disponer de unas redes sociales tan densas como las de los indígenas en las aldeas de los tejedores, de modo que tampoco alcanzarán a sustituirlos por completo. Los intereses de los comerciantes europeos independientes también actuarían a menudo en contra de la Compañía británica, dado que acostumbraban a ofrecer a los tejedores un precio más elevado por las telas que confeccionaban, dando así a estos trabajadores un incentivo para operar al margen de las políticas de la Compañía.^36  Pese a las limitaciones derivadas tanto de esta resistencia como de los intereses opuestos, la aplicación de medidas agresivas consiguió llenar los alma- cenes de los negociantes europeos con una creciente cantidad de telas de algodón. Se estima que el volumen de producto que los europeos exportaron en 1727 desde los puertos indios fue de unos 27 millones y medio de metros de tela de algodón, incrementándose dicha cifra hasta situarse en tomo a los 73 millones de metros al año en la década de 1790. Los comerciantes británicos en particular, y también sus colegas franceses, controlaban la adquisición y la exportación de enormes cantidades de tejidos de algodón destinados a ser enviados al extranjero: en 1776, solo en la comarca de Daca había ochenta mil hilanderos y veinticinco mil tejedores, mientras que en 1795 debía de haber en la ciudad de Surat, de acuerdo con los cálculos de la Compañía Británica de las Indias Orientales , más de 15 mil telares. Y había presiones para incrementar todavía más esa cifra. En un mensaje enviado en 1765 desde las oficinas londinenses de la Compañía Británica de las Indias Orientales a sus homólogos de Bombay se expone un conjunto de reflexiones sobre las posibilidades que ofrece la paz tras la guerra de los Siete Años —reflexiones en las que se viene a resumir de la más adecuada de las maneras el elemento central de la revolucionaria reconceptualización de la economía global que estaba teniendo lugar en esos años.^37

  • Desde que se firmara la paz, el comercio esclavista de la costa de África se ha incrementado notablemente, y por consiguiente la demanda de artículos apropiados para ese mercado es muy elevada. Además, como tenemos un gran deseo de contribuir, en la medida de nuestras posibilidades, al fomento de un comercio como este, del que tanto depende el bienestar de las plantaciones británicas de las Indias Orientales , y considerando por tanto estas mismas cuestiones desde el punto de vista nacional, esperamos y le instamos positivamente a que se ajuste usted todo lo posible, no solo a la provisión en general de los diversos artículos solicitados en la supradicha lista de inversiones [por ej., telas], sino también a la procura de los marcados con la letra «A», que son los que han de ir destinados de forma más inmediata a ese comercio.^38 –Como establece claramente esta nota, el algodón de la India, los esclavos de África y el azúcar del Caribe se desplazaban por todo el planeta siguiendo una compleja, coreografía, comercial. La enorme demanda de esclavos de las dos Americas generó un conjunto de pensiones llamadas a conseguir más algodón de la India. No es de extrañar por tanto que Francis Baring, de la compañía británica de las Indias Orientales, llegara en 1793 a la conclusión de que un « pasmoso alud de riquezas fluye [de Bandala] y va a parar… a los brazos de Gran Bretaña.».^39  El creciente control que ejercían los comerciantes de Europa en el proceso de producción de la India pareció convertirse en una amenaza para la naciente industria algodonera que empezaba a echar raíces en el propio continente europeo - -dado que no era particularmente importante ni dinámica —. ¿Cómo iban a competir los ingleses, los franceses, los holandeses y el resto de los productores europeos con las telas indias, que no solo eran de superior calidad sino mucho más baratas? Y, sin embargo, lo que se observa es que la industria europea logró expandirse a pesar de que la India no dejara de incrementar sus exportaciones de tejidos. Irónicamente, las importaciones de la India ayudaron a crecer a la industria textil del algodón, ya que no solo abrieron nuevos mercados para los tejidos de esta fibra, sino que permitieron que Europa continuara apro piándose de la larga serie de tecnologías relevantes que obtenía en Asia. Es más, a largo plazo, las importaciones de la India terminarían por influir en las prioridades políticas europeas. Como veremos, Gran Bretaña, Francia y otros países salieron de la jugada convertidos en un puñado de nuevos y poderosos estados, apoyados por un grupo de capitalistas perfectamente capaces de hacer oír su voz. Tanto para los estados como para los individuos, la sustitución de las importaciones de tejidos de algodón indios por telas manufacturadas en el propio ámbito geográfico de la metrópoli se convirtió en una prioridad de notable importancia, aunque desde luego jalonada de dificultades.  El proteccionismo iba a desempeñar un papel clave en todo este proceso, lo que vuelve a dar fe de la enorme importancia que tuvo el estado en esta «gran divergencia». A finales del siglo XVII, al expandirse tanto las importaciones de algodón como las manufacturas algodoneras radicadas en Europa,' los fabricantes europeos de prendas de lana y lino comenzaron a presionar a sus respectivos gobiernos, solicitándoles que les protegieran de las advenedizas manufacturas de algodón en general y de las importaciones indias en particular. La industria textil era la actividad fabril más importante de Europa, de modo que el hecho de que las importaciones y las manufacturas de algodón dislocaran la buena marcha del sector no solo parecía poner en peligro la obtención de beneficios, sino que amenazaba la estabilidad social.^40  En el año 1621, transcurridas apenas dos décadas desde que se creara la Compañía Británica de las Indias Orientales, los comerciantes de lana londi- nenses ya habían protestado por la creciente importación de telas de algodón. Dos años más tarde, en 1623, el Parlamento abordaba en sus debates la cuestión de las importaciones textiles procedentes de la India, asegurando que resultaban «lesivas para los intereses nacionales». De hecho, en los siglos xvn y XVIII la agitación contraria a las importaciones de algodón se convirtió en un elemento permanente del paisaje político inglés. Un panfleto del año 1678 titulado «Decadencia y reparación de las antiguas actividades comerciales» advertía ya de que el comercio de la lana «encuentra muchos y muy notables obstáculos en la actitud de nuestros propios compatriotas, que optan por vestir un gran número de artículos extranjeros, en lugar de elegir los que nosotros mismos fabricamos». En 1708, la Review ofthe State ofthe British Nailon de Daniel Defoe sacaba a la luz un cáustico editorial en el que se sometían a examen «las razones de la muy tangible decadencia de nuestras manufacturas», atribuyendo el declive al hecho de que la Compañía Británica de las Indias Orientales estuviera importando cantidades crecientes de «telas de quimón y de tejidos de calicó teñido».  La consecuencia de ese estado de cosas terminaba concretándose, dice el texto, en que a la gente «le quitan el pan de la boca, pues el comercio de las Indias Orientales deja sin empleo a sus connacionales». Por regla general eran los industriales de la lana y el lino quienes promovían la agitación y las presiones para oponerse a las importaciones indias, pero en ocasiones los fabricantes de tejidos de algodón se unían a ellos: en 1779, los artesanos dedicados al estampado de telas de calicó, amedrentados por la perspectiva de que la Compañía Británica de las Indias Orientales acabara arruinando su negocio, enviaron una carta a la Hacienda pública británica para señalar que «de no imponerse a la Compañía de Indias una prohibición que le impida proseguir con sus manufacturas de estampados de las Indias Orientales, serán muchos más los profesionales que se vean en la imperiosa necesidad de