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El lugar, Resúmenes de Literatura Universal

El lugar es la segunda parte de la trilogía involuntaria de mario levrero. En este documento, el narrador se encuentra en un lugar desconocido, junto a otros personajes como bermúdez, el alemán, el farmacéutico y el francés. Juntos, deben enfrentarse a diversas situaciones y misterios que surgen en este extraño entorno. La narración se centra en las experiencias, percepciones y reflexiones del protagonista a medida que intenta comprender y adaptarse a este lugar. El texto abunda en detalles, diálogos y descripciones que sumergen al lector en la atmósfera enigmática y desconcertante de esta historia.

Tipo: Resúmenes

2021/2022

Subido el 18/10/2022

carla-cornetta
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Un hombre se despierta en una habitación desconocida. Se halla acostado sobre el suelo, a oscuras, vestido con ropa de calle. De pronto, descubre alarmado que ignora cómo llegó hasta ese sitio. Pese a tratar de recordar, no puede. Su mente comienza a barajar una serie de hipótesis sin encontrar ninguna que se ajuste a la lógica de su situación. Entonces decide investigar. Tras examinar el sitio en donde está, sale de él y entra en otra habitación similar a la primera.

Título original: El lugar Mario Levrero, 1982 Retoque de portada: Untipo

Editor digital: Titivillus Primer editor digital: Untipo (r1.0) ePub base r2.

Prólogo con disculpas

Si algún sentido puede tener un prólogo, género que personalmente aborrezco, quizá sea el de servir de presentación en una lengua o un país a un autor desconocido. Solamente en ese caso puede estar justificado en mi opinión que un tercero en discordia se entrometa entre el autor y sus lectores para tratar de explicar a éstos lo que van a leer a continuación. Así que no caeré en tal injerencia y me limitaré a presentarles a Mario Levrero, autor de este libro y del que yo tampoco sabía nada hasta hace poco, cuando, por sugerencia de Marcial Souto, su editor en Uruguay y Argentina y ahora aquí, lo leí junto con La ciudad , su primera y única novela editada antes de ésta en España, con prólogo de Antonio Muñoz Molina. «Como en las fábulas de Kafka —escribía éste en su prólogo—, en La ciudad apenas hay asideros espaciales o temporales que delimiten la historia, y su narrador, su dudoso protagonista, que no tiene nombre, se mueve por una geografía despojada de ellos, de modo que es una sorpresa, y casi una revelación, que muy cerca del final se aluda a un punto de destino localizable en los mapas: Montevideo». Lo cual, aparte de la sorpresa, no tiene nada de extraño habida cuenta de que Montevideo es la ciudad en la que Mario Levrero vio la luz por vez primera hace ya 60 años y en la que continúa mirándola (poco, pues, según parece ser, acostumbra a escribir de noche y a dormir durante el día) tras un largo periplo personal y literario. Al lector, como a mí, le interesará saber que Jorge Mario Varlotta Levrero, que tal es su verdadero nombre, aunque lo haya escindido en dos: Mario Levrero para el escritor y Jorge Varlotta para el ciudadano, aparte de haber usado, como Pessoa, numerosos heterónimos según sus distintas actividades, es un personaje extraño que ha alternado en su vida y en su obra los oficios y registros más dispares. Así, por ejemplo, en la vida real, Varlotta/Levrero ha sido humorista, creador de crucigramas, redactor de revistas médicas, cineasta, oficinista y hasta librero de viejo; diversidad que ha llevado a su otra vida, la de escritor, en la que ha cultivado géneros tan dispares como la parapsicología, el cuento, la novela o el ensayo. En una entrevista imaginaria que Levrero se hizo a sí mismo (él, que no suele concederlas y que reniega de ellas tanto como el autor de este prólogo) decía: «Hay dos tipos de entrevistas: las periodísticas y las académicas. Las primeras buscan lo novedoso, lo llamativo, algún detalle que pueda llamar la atención del lector común; sería mucho más interesante para ellas si, en vez de escribir, yo hubiera por ejemplo cometido algún asesinato. Las segundas tienen interés en que yo me sitúe exactamente en una especie de diagrama histórico-sociológico, como si ése fuera un trabajo mío y no del entrevistador». Y manifestaba: «La cuestión es dar a través de imágenes, a su vez

Primera parte

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En la oscuridad total, mis ojos buscaron una referencia y se volvieron a cerrar, sin haber encontrado las rayas horizontales, paralelas, que habitualmente dibujaba la luz eléctrica de la calle, o el sol, al filtrarse por entre las tablillas de la persiana. No me podía despertar; y aunque no recuerdo ninguna imagen, ningún sueño, pienso en mí mismo, ahora, como en un ser que vagaba sin rumbo, con los brazos colgando flojos, sepultado en el fondo de una materia densa y oscura, sin ansiedad, sin identidad, sin pensamientos. Mucho más tarde, la orden de despertar; y el ser comenzaba a moverse con un asomo de inquietud, como si buscara una salida que no conocía o que no recordaba. La orden se hacía más apremiante, y con ella la comprensión de la necesidad imperiosa de salir; y hallaba el camino, hacia arriba, hacia una anhelada superficie. La materia tenía varias capas, que se hacían menos densas a medida que ascendía, y la velocidad de mi ascenso se aceleraba progresivamente. Me proyectaba en forma oblicua hacia la superficie; y, por fin, como un nadador que saca la cabeza fuera del agua y respira una ansiosa bocanada de aire, desperté con un profundo suspiro. Fue entonces cuando mis ojos se abrieron y, desconcertados, volvieron a cerrarse. Mi sueño se hizo luego más liviano, hasta que volví a despertar, con una lucidez mayor. Advertí varias cosas: que hacía frío, que ese lugar no era mi dormitorio, que estaba acostado sobre un piso de madera sin colchón ni cobijas, en una oscuridad total; y que tenía puesta la ropa de calle. La lucha contra la pereza fue en esta ocasión necesariamente más breve que de costumbre; la incomodidad del piso desnudo no lo permitía. Me incorporé, gruñendo malhumorado, y mi queja fue acompañada por crujidos de las articulaciones. Me froté brazos y piernas y tosí; los bronquios silbaban al respirar el aire húmedo, y me dolía la garganta. Mientras buscaba a tientas algún elemento conocido, se me plantearon las preguntas de rigor: dónde estaba, cómo había llegado allí. En realidad esta segunda pregunta tardó un poco más en formularse; aún no había aceptado el hecho de hallarme en un lugar no previsto, y forzaba la memoria, buscando entre las últimas imágenes de mi vigilia, con la certeza de que pronto todo habría de ajustarse con una explicación sencilla: la borrachera en una fiesta, la tormenta que me había sorprendido en una casa ajena, la aventura inusual que me había llevado a dormir fuera de casa. Alguna vez, aunque no con frecuencia, me había sucedido despertar sin comprender dónde me hallaba; pero era suficiente reconocer la moldura del respaldo de la cama, o el color de una cortina, para hacerme enseguida una composición de lugar, para despertar súbitamente toda la memoria última. En este caso no había

hoja que caía, recién desprendida de la rama, mientras yo cruzaba la calle; el número exacto de las personas que esperaban el ómnibus en la parada: eran tres, dos mujeres (una con tapado marrón, la otra con saco rojo, ambas de espaldas) y un hombre pequeño, recostado contra el árbol, un pie apoyado en el suelo y el otro en el árbol. Llegué a un nuevo rincón de la pieza y muy cerca de él, al parecer enfrente de la otra, hallé una nueva puerta. Las manos me temblaban al hacer girar el pomo: empujé la hoja y esta vez sí, la puerta se abrió. Me encontré ante una nueva oscuridad.

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Luego, hasta donde me era dado conocerlo, comprobé que esa habitación repetía exactamente a la anterior. La misma oscuridad, el mismo frío, las mismas dimensiones; igual en su desnudez y mutismo. Cuando hallé, justo enfrente a la puerta que había usado para entrar, una nueva puerta que abría a una tercera pieza obscura, el desconcierto y el miedo me dominaron ya sin ningún disimulo. Estaba parado junto a la nueva puerta abierta, y me derrumbé. Me dejé caer al suelo y el torbellino mental se desató incontrolable. No puedo calcular cuánto tiempo estuve tirado allí, ovillado, sollozando, todo el cuerpo recorrido por un temblor constante. No buscaba, ya, comprender ni recordar; sólo anhelaba un refugio, un lugar cómodo y abrigado donde permanecer, tapado con mantas, entregado al sueño o a la locura. Pero las condiciones eran realmente crueles, y como mi mente resistió hasta el final el largo estallido, el agotamiento nervioso se tradujo en tranquilidad, o más bien insensibilidad, y resolví seguir moviéndome. No tenía otra elección. De haberla tenido, habría optado por la otra, cualquiera que fuese. Pero así, presionado por las urgencias físicas, no pude hacer otra cosa que incorporarme, sacudirme el polvo de la ropa, y proponerme a mí mismo algunas palabras de consuelo y esperanza. Al mismo tiempo traté de contener las preguntas que seguían bullendo, diciéndome que ya encontraría, a su tiempo, una respuesta para todo. Me dediqué a examinar la nueva pieza con el mismo cuidado que las anteriores. Hice un alto para orinar contra la pared, en un rincón. El alivio de la necesidad, y por otro lado su formulación agresiva, hicieron que me sintiera mejor. Había perdido, sin darme cuenta, el cigarrillo sin encender que llevaba en los labios; extraje otro y lo mantuve en un costado de la boca. Mecánicamente mi mano buscó otra vez el encendedor en los bolsillos, sin éxito, y al mismo tiempo noté que además me faltaba el reloj; pero en el bolsillo interior del saco estaba aún la billetera con los documentos y, aparentemente, todo mi dinero. Ahora me movía con mayor facilidad, y pude calcular que la habitación era cuadrada, o casi cuadrada, y que tendría algo más de tres metros de lado. Allí tampoco hallé ventanas, ni llaves de luz, ni muebles; sólo la puerta por la que había entrado y otra, enfrente, por la que debería salir. Pasé, entonces, a una cuarta pieza, y a una quinta, y a una sexta… y así hasta perder la cuenta. Afortunadamente conservaba esa calma insensible conseguida después del estallido; continué actuando con método, como si se tratara de un trabajo de rutina que no tuviera nada que ver conmigo. Sentía desfilar distintas emociones, que examinaba y dejaba pasar sin que mi mente interviniera en mayor grado. Tuve un

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La timidez me volvió a frenar, y en lugar de precipitarme en la habitación golpeé la puerta con los nudillos. Del otro lado se hizo oír un ruido breve, como si alguien apartara una silla o se levantara de ella bruscamente. Aguardé unos instantes, y al no obtener respuesta repetí el llamado. Ahora, unos pasos pesados y vacilantes se dirigieron hacia la puerta y allí se detuvieron; escuché una respiración un tanto asmática o nerviosa. Pasaron algunos minutos sin que el desconocido mostrara otra intención que la de permanecer allí respirando ruidosamente. Consideré que mi cortesía había sido excesiva. Abrí la puerta unos centímetros y miré hacia el interior de la pieza. Una lamparita eléctrica, desnuda y de escaso poder, colgada de su cable desde el centro del techo, iluminaba un recinto que parecía tener las mismas dimensiones de las piezas oscuras; pero contaba con una serie de elementos; en el estrecho campo visual había una mesa pequeña, de cocina, con dos o tres platos y algunos utensilios, junto a la pared de enfrente; observé que en los platos había comida, y la boca se me llenó de saliva una vez más. El ambiente era más cálido gracias a una estufa de queroseno, de formato antiguo, que vi luego próxima a una mecedora, en el centro de la habitación, debajo de la lamparita eléctrica. Por encima de la mesa, y contra la pared, había una estantería rectangular, con una cortina verdosa que impedía ver su contenido. Empujé un poco más la hoja de la puerta; la persona que había estado parada allí todo el tiempo se vio obligada a retroceder un par de pasos al chocar levemente la hoja contra la punta de sus zapatos. Resultó ser un individuo extraño: era muy gordo, y de estatura apreciablemente inferior a la normal; usaba lentes redondos, grandes, y el detalle que más llamaba la atención era su ropa, de tamaño excesivo y desproporcionada al cuerpo, lo que le daba un aspecto payasesco. El ridículo se acentuaba por la actitud del hombrecillo, quien, evidentemente atemorizado y muy sorprendido por mi presencia, me miraba con fijeza y trataba de ser grave y digno. Cuando di un paso adelante tuvo que esforzarse por no retroceder; se le contrajeron algunos músculos de la cara, así como los párpados, pero se mantuvo firme en su sitio. Sonreí, tratando de parecer simpático, y murmuré un saludo que no le hizo variar de actitud. Me animé a dar otro paso y ya decididamente dentro de la pieza eché un vistazo alrededor; lo primero que vi fue a la presunta esposa del hombrecillo, una mujer que aparentaba su misma edad, que podría situar por los cincuenta años; tejía, sentada en una silla, a mi izquierda, próxima a un biombo que ocultaba el rincón formado por la pared izquierda y la puerta «de entrada».

La mujer estaba concentrada en su trabajo, con la vista baja, y no parecía prestar atención a lo que sucedía; descubrí, sin embargo, que de vez en cuando levantaba la vista con disimulo para espiarme, y que también tenía miedo. Detrás de la mujer, y contra esa pared izquierda, había una cama que no llegaba a ser matrimonial, aunque más grande que las de una plaza. Entre la cama y la mesa de cocina, sobre la pared correspondiente a la puerta «de salida», había una cocinilla. No recuerdo otros elementos del mobiliario, o decorativos. Mis ojos se posaron finalmente en los platos de comida. Había carne, cortada en pequeños trozos, y pan y queso; también un par de manzanas no muy atractivas. Comencé a hablar con fluidez, a explicar mi situación. Al cabo de unos instantes los músculos del hombrecillo parecieron relajarse un poco, y la mujer me miraba ahora sin disimulo. Continué hablando unos instantes, con cierto entusiasmo por el avance logrado, y finalicé con una exhortación a ser invitado a comer. El hombre permaneció mudo un par de minutos, y al fin carraspeó y abrió la boca; luego la cerró. Volvió a carraspear, y por último dijo algo que no entendí. Lo miré en forma interrogativa. El hombre repitió su frase y me di cuenta de que hablaba en un idioma que me era desconocido. Pregunté entonces si no habían entendido nada de mi discurso; respondió el hombre encogiéndose de hombros y mostrando las manos vacías. A pesar del intento de diálogo, el miedo persistía en la pareja, revestido de ese aspecto de indiferencia o dignidad. Seguían a la expectativa y ninguno se movía de su sitio. Se notaba claramente que todo lo que deseaban era que me fuera de allí lo más pronto posible. Me pareció estar en la situación de alguien que se pierde en un hotel y entra por error en una habitación ajena: correspondía sin duda pedir disculpas y alejarse, pero para mí las cosas no eran tan sencillas. Me pregunté si aquello no sería realmente un hotel; ello explicaría muchas cosas; pero pensé que, desgraciadamente, no todas: cómo había llegado allí, por qué no se podía avanzar más que en una dirección, y atravesando forzosamente las habitaciones, en lugar de pasillos; pero el momento no era muy indicado para cavilaciones. Intenté, entonces, otros idiomas; tanto al inglés, como al francés, como a las tres palabras que sé de alemán y a las dos de ruso, el hombrecillo respondió con un movimiento negativo de cabeza. Después dijo una frase más larga que la anterior. Con cautela, pues temía que el miedo pudiera inducirlos a una reacción violenta, me fui moviendo hacia la mesa. Cuando estuve al lado miré al hombrecillo y le señalé el plato de carne, y luego me señalé el estómago. Él se encogió de hombros. Miré la mujer, quien no hizo ningún gesto de oposición. Siempre la expectativa temerosa. Entonces tomé con la mano un trocito de esa carne cocida, y me lo llevé a la boca. Después otro, que acompañé con un pedazo de pan, y terminé por comer la mitad de la carne y buena parte del queso y del pan. Después me encontré sin saber qué hacer. Tenía ganas de tirarme en la cama a descansar; pero la pareja seguía firme, cada uno en su sitio, sin mostrar signos de

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Al parecer, durante el sueño no había concebido mayores esperanzas de que aquello fuese una pesadilla; desperté con la idea más o menos clara de que estaba viviendo algo distinto. Eso no evitó mi malhumor ni la prolongación del desconcierto inicial. Por el contrario, ahora que tenía comodidad y estaba libre de algunas urgencias, podía desesperarme haciéndome preguntas y tratando inútilmente de responderlas. Eran varios los problemas planteados: qué me había sucedido mientras esperaba el ómnibus, quién me había llevado allí y por qué; qué era ese lugar y, fundamentalmente, cómo podría salir. Me revolví un buen rato en la cama y al fin me levanté, pensando que el juego intelectual no contestaría las preguntas ni resolvería por sí solo estos problemas. Tal como sospechaba, detrás del biombo encontré una canilla, en el extremo de un caño que sobresalía pocos centímetros de la pared, y unos artefactos de latón a los que atribuí fines sanitarios. No había toalla y usé mi pañuelo para secarme las manos y la cara: tampoco había espejo. Al pasarme las manos por la cara noté un poco de barba; supuse que no debía de hacer mucho tiempo que estaba en ese lugar, a lo sumo veinticuatro o treinta y seis horas: a menos que alguien se hubiera tomado el trabajo de afeitarme, para confundirme más. Me vestí, y examiné brevemente la habitación. Repetía con bastante exactitud la de la pareja, con pequeñas diferencias. La cama era de una plaza; no había sillas, sólo una mecedora; la cantidad de comida era menor. Encontré una caja de fósforos sobre la mesa, y comprobé que estaba llena. Encendí de inmediato un cigarrillo y me senté en la mecedora. El biombo que ocultaba los artefactos sanitarios tenía una tela estampada, con el dibujo multiplicado de una flor en colores desteñidos. Mientras fumaba no dejé de observar este dibujo, que me despertaba alguna resonancia en la memoria. Pero no pude ubicar ningún recuerdo concreto. Las paredes estaban pintadas a la cal, de color amarillo claro deprimente. Las dos puertas, en cambio, eran de un azul brillante que me resultaba pesado. Cerca del techo, no muy alto, había molduras en forma de flor, como recordaba haber visto en las casas antiguas; el detalle me chocó, porque había asociado siempre estas molduras con los techos muy altos; después pensé que estaba perdiendo el tiempo con estas observaciones. Me levanté y abrí la puerta de salida, para mirar la pieza siguiente. Era similar a ésta y también estaba deshabitada. A primera vista noté alguna variante: había dos sillas y la cama era grande; también me pareció más recargada de objetos. Cerré la puerta y volví a mi mecedora con la idea, que ya se había insinuado en algún

momento pero que ahora cobraba un cuerpo más definido, de que esta habitación me estaba destinada. Al menos, estaba preparada para una persona sola. En la pieza siguiente había más cosas de las que yo necesitaba. Esta idea me hizo sentir aún más incómodo. Tiré al suelo la colilla y volví a levantarme. Observé todos y cada uno de los objetos y rincones de la pieza. Detrás de la cortinita de la repisa había cacharros con comida y algunas comidas envasadas. No descubrí nada de mayor interés. No llegué a ninguna conclusión, ni siquiera a un punto de partida. Parecía que me daban la posibilidad, a veces tan ansiada, de casa y comida gratis. Sonreí. Sospechaba que de cualquier manera algún precio debería pagar por todo aquello si resolvía quedarme. Hacía ya tiempo que sabía que nada es gratuito. Volví a sonreír, ante mis propios pensamientos en torno a la posibilidad de quedarme allí. Me pregunté luego por qué me hacía gracia, y qué había de sustancialmente distinto en mi vida cotidiana para rechazar esa posibilidad tan de plano. —Ana —me respondí en voz alta. Sustancialmente, Ana. Y luego los parques, y el mar, y los amigos, y quizá algunas otras cosas. Pero todo, en conjunto, no pesaba tanto como Ana. Aunque ella no fuera, también, más que una posibilidad. Nuestras relaciones no estaban bien definidas. Recordé que la tarde anterior, o lo que parecía ser la tarde anterior, pensaba llevarla al cine. En principio ella había aceptado; después de algunas negativas anteriores, esta aceptación me había parecido un avance notable. En cambio ahora me encontraba allí en esa pieza, que no tenía nada que ver con nada. Mis pensamientos comenzaron a deprimirme. Guardé de forma mecánica la caja de fósforos en el bolsillo y llevé los dedos al plato con carne fría; noté que tenía otra vez las mandíbulas apretadas y una rabia intensa. Me dispuse a salir. De pronto, la luz guiñó. Fue un guiño largo, como los que hacen que se detengan los relojes eléctricos. Me pareció un aviso. Pensé que la luz estaría por apagarse definitivamente. Me llené la boca de comida, mastiqué y tragué. Encendí un nuevo cigarrillo. El apagón no se hizo esperar; pronto la habitación quedó en una oscuridad total. Me dirigí a tientas hacia la puerta de salida, y la abrí; en la pieza siguiente tampoco había luz. Retrocedí, y sin recordar que no era posible, quise abrir la puerta de la pieza de la pareja: de todos modos, tampoco se filtraba luz por debajo. Resolví entonces volver a acostarme. Eché una maldición en voz alta. Recién me había levantado, y cobrado el impulso necesario para seguir avanzando. Esperé unos minutos, y al fin me acosté. Di unas últimas pitadas furiosas al cigarrillo y lo aplasté contra el piso. Rezongué un rato en voz alta, repasando todo mi repertorio de malas palabras, aunque no sabía contra quién dirigirlas. Y muy pronto, aunque hasta ese momento no había sentido ni pizca de sueño, volví a quedar dormido.

mecedora, dio un pequeño grito ahogado y se llevó la mano a la garganta. Tenía los ojos muy abiertos. —Disculpen —dije, y se notaba en mi voz toda mi irritación—. No estoy aquí por mi gusto. Supongo que no entienden nada de lo que digo, ¿verdad? Mi tono interrogativo recibió una sacudida negativa de cabeza por toda respuesta. —Bueno, adiós —dije, y retomé mi ritmo de fuga. Salí por la puerta de salida y me encontré en otra pieza deshabitada; luego, otra pieza deshabitada. Ahora, el encuentro último me hacía pasar de una pieza a otra con mayor precaución, para no provocar situaciones violentas. Pero seguía bullendo de rabia, y de todas maneras mis movimientos eran bruscos. En otra habitación había toda una familia; a la pareja se había sumado un par de muchachos jóvenes. Saludé a todos con una pequeña reverencia y seguí mi camino, dejando atrás expresiones de asombro. Más piezas desocupadas, más familias de diversa composición; alguien, en una de ellas, me dirigió la palabra; algo que por supuesto no pude entender. Sin embargo me detuvo. Era un hombre que no se destacaba en absoluto de los que había visto allí hasta el momento; con todo, su expresión era un tanto más benigna, casi diría más inteligente. La mujer estaba ocupada en alguna tarea doméstica, manipulando los objetos de la mesa; apenas interrumpió su labor cuando aparecí. El hombre volvió a hablarme y su tono era amable. Yo sonreí, y le hice entender que no comprendía. Sacudió la cabeza varias veces, con pena, y cuando iba a continuar mi camino pareció querer detenerme con un gesto. Luego miró a su mujer con el rabo del ojo, como considerando un problema. Me miró nuevamente. Supuse que estaría dudando entre escaparse conmigo o continuar allí. Me pareció que la posibilidad de un compañero de viaje de su condición no me significaba ninguna ventaja; por algún motivo había desarrollado desde el primer momento una especie de odio, o más bien desprecio, hacia toda esa gente de las piezas. No le concedí mucho tiempo para resolverse. Apenas murmuré una palabra de despedida y salí; esperé unos instantes en la pieza siguiente, que estaba deshabitada, pero el hombre no se animó a seguirme. Mi velocidad fue reduciéndose en forma apreciable. No sólo estaba cansado físicamente; la angustia que me había proyectado con furia hacia adelante ya se había ido diluyendo con el ejercicio, los nuevos encuentros, y el fracaso de mi búsqueda de una salida; había dejado paso a otra clase de angustia, más resignada, y también la duda tendía a inmovilizarme. Había llegado el momento de replantear mis métodos; sospechaba que el anterior, la inspección minuciosa de cada pieza, era más correcto que la huida desenfrenada; pero tampoco tenía seguridad de que me sirviera de algo, y siempre quedaba la posibilidad de que en la pieza siguiente estuviera la ansiada salida al exterior.

Al mismo tiempo intuía que no iba a ser tan simple hallar una salida: que, independientemente de cómo había llegado a ese lugar, esta llegada no podía ser casual, y supuse que la salida tampoco habría de serlo. De todos modos no tenía ánimos para proseguir con la inspección metódica. Contemplé la posibilidad de instalarme en alguna de esas piezas desocupadas durante un tiempo, para descansar y dejar que se restablecieran un poco mis nervios. Pero sentí que la ansiedad no me permitiría descansar. Mientras manejaba estos pensamientos seguía mi recorrido, a paso normal, y no prestaba más que escasa atención a lo que veía. Debí de atravesar una larga serie de piezas desocupadas antes de hallar una familia, y luego otra; y al continuar avanzando advertí que las piezas ocupadas comenzaban a darse con mayor frecuencia. En cada una de ellas se producía algún incidente menor; debí de concluir que no sólo no era habitual que alguien hiciera este recorrido, sino que debía de ser un fenómeno muy poco frecuente o tal vez no previsto. El denominador común era la sorpresa, a la que a menudo se agregaba el miedo. Sólo puedo registrar un caso de total indiferencia: en una habitación que, al parecer en forma excepcional, ocupaba un hombre solo, éste, sentado en su mecedora leyendo un libro, apenas levantó la vista y volvió a su lectura aun antes de que yo abriera la puerta de salida. Esto me produjo una curiosa sensación de resentimiento. Cuando la luz se apagó, después de la guiñada correspondiente, no pude menos que dormirme a pesar de mi promesa de mantenerme despierto para espiar a quienes traían la comida.