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Tipo: Transcripciones
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POR QUÉ ESTUDIAR EL PODER: LA CUESTIÓN DEL SUJETO
Las ideas que me gustaría discutir aquí no representan ni una teoría ni una metodología [315]. Me gustaría decir, antes de nada, cuál ha sido la meta de mis trabajos durante los últimos veinte años [316]. No ha consistido en analizar los fenómenos del poder, ni en elaborar los fundamentos para un tal análisis [317]. Mi objetivo, en cambio, ha sido producir una historia de los diferentes modos por los cuales, en nuestra cultura, los seres humanos son constituidos como sujetos. Mi trabajo ha tratado de tres modos de objetivación que transforman a los seres humanos en sujetos. El primero está formado por los modos de investigación que intentan darse a sí mismos el estatuto de ciencia [318]; por ejemplo, la objetivación del sujeto hablante en la grammaire générale [gramática general], la filología y la lingüística. O, dentro aún de este primer modo, la objetivación del sujeto productivo, el sujeto que trabaja, en el análisis de la riqueza y en la economía. O, un tercer ejemplo, la objetivación del puro hecho de ser vivo, en la historia natural o la biología. En la segunda parte de mi trabajo, he estudiado la objetivación del sujeto a través de lo que llamaré «prácticas divisorias» [319]. El sujeto es dividido en el interior de sí mismo o respecto de los otros. Este proceso lo objetiva. Constituyen ejemplos de ello: el loco y el cuerdo, el enfermo y el sano, los criminales y los «buenos muchachos». Finalmente, he intentado estudiar — es mi trabajo actual— el modo en que un ser humano se convierte a sí mismo o a sí misma en sujeto [320]. Por ejemplo, he elegido el dominio de la sexualidad — cómo los hombres han aprendido a reconocerse a sí mismos como sujetos de «sexualidad». De modo que no es el poder, sino el sujeto, el tema general de mi investigación [321]. Es verdad que he llegado a estar completamente involucrado en la cuestión del poder. Pronto me di cuenta de que el ser humano al mismo tiempo que está situado en relaciones de producción y de significación, también lo está en relaciones de poder que son muy complejas. Ahora bien, me parecía que la teoría e historia económica aportaban un buen instrumento para el estudio de las relaciones de producción; que la lingüística y la semiótica ofrecían instrumentos para el estudio de las relaciones de significación; pero para las relaciones de poder no teníamos herramientas de estudio. Solo podíamos recurrir a formas de pensar el poder basadas en modelos jurídicos, esto es: ¿Qué legitima el poder? O podíamos recurrir a formas de pensar el poder basadas en modelos institucionales, esto es: ¿Qué es el Estado? Era, por tanto, necesario ampliar las dimensiones de una definición del poder si queríamos usar esa definición para estudiar la objetivación del sujeto. ¿Necesitamos una teoría del poder? Desde el momento en que una teoría asume una objetivación anterior, no puede ser afirmada como una base para un trabajo analítico. Pero este trabajo analítico no puede proceder sin una continua conceptualización. Y esta conceptualización implica pensamiento crítico —un examen constante. Lo primero a examinar es lo que llamaría «necesidades conceptuales». Me refiero a que la conceptualización no debería estar fundada en una teoría del objeto —el objeto conceptualizado no es el único criterio de una buena conceptualización. Tenemos que conocer las condiciones históricas que motivan nuestra conceptualización. Necesitamos una conciencia histórica de nuestra circunstancia presente. Lo segundo a examinar es el tipo de realidad con la que estamos tratando. Un escritor de un conocido periódico francés expresó una vez su sorpresa: «¿Por qué tanta gente plantea hoy la noción de poder? ¿Es un tema tan importante? ¿Es tan independiente como para poder ser abordada sin tener en cuenta otros problemas?». La sorpresa de este escritor me asombró. Soy escéptico a la hora de asumir que esta cuestión se haya planteado por primera vez en el siglo XX. De todos modos, para nosotros no es solo una cuestión teórica, sino una parte de nuestra experiencia. Me gustaría mencionar solo dos «formas patológicas», esas dos «enfermedades del poder» —fascismo y stalinismo [322]. Una de las numerosas razones por las que son, para nosotros, tan desconcertantes es que, a pesar de su