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El sujeto y el poder, Transcripciones de Psicología

Es la transcripción de un publicación de FOCOULT

Tipo: Transcripciones

2016/2017

Subido el 20/06/2017

Erika.RaMa-17
Erika.RaMa-17 🇲🇽

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16. El sujeto y el poder, 1983 [314]
POR QUÉ ESTUDIAR EL PODER: LA CUESTIÓN DEL SUJETO
Las ideas que me gustaría discutir aquí no representan ni una teoría ni una metodología [315]. Me
gustaría decir, antes de nada, cuál ha sido la meta de mis trabajos durante los últimos veinte años
[316]. No ha consistido en analizar los fenómenos del poder, ni en elaborar los fundamentos para un
tal análisis [317]. Mi objetivo, en cambio, ha sido producir una historia de los diferentes modos por
los cuales, en nuestra cultura, los seres humanos son constituidos como sujetos. Mi trabajo ha
tratado de tres modos de objetivación que transforman a los seres humanos en sujetos. El primero
está formado por los modos de investigación que intentan darse a sí mismos el estatuto de ciencia
[318]; por ejemplo, la objetivación del sujeto hablante en la grammaire générale [gramática
general], la filología y la lingüística. O, dentro aún de este primer modo, la objetivación del sujeto
productivo, el sujeto que trabaja, en el análisis de la riqueza y en la economía. O, un tercer ejemplo,
la objetivación del puro hecho de ser vivo, en la historia natural o la biología. En la segunda parte
de mi trabajo, he estudiado la objetivación del sujeto a través de lo que llamaré «prácticas
divisorias» [319] . El sujeto es dividido en el interior de mismo o respecto de los otros. Este
proceso lo objetiva. Constituyen ejemplos de ello: el loco y el cuerdo, el enfermo y el sano, los
criminales y los «buenos muchachos». Finalmente, he intentado estudiar — es mi trabajo actual—
el modo en que un ser humano se convierte a sí mismo o a sí misma en sujeto [320] . Por ejemplo,
he elegido el dominio de la sexualidad cómo los hombres han aprendido a reconocerse a
mismos como sujetos de «sexualidad». De modo que no es el poder, sino el sujeto, el tema general
de mi investigación [321] . Es verdad que he llegado a estar completamente involucrado en la
cuestión del poder. Pronto me di cuenta de que el ser humano al mismo tiempo que está situado en
relaciones de producción y de significación, también lo está en relaciones de poder que son muy
complejas. Ahora bien, me parecía que la teoría e historia económica aportaban un buen
instrumento para el estudio de las relaciones de producción; que la lingüística y la semiótica
ofrecían instrumentos para el estudio de las relaciones de significación; pero para las relaciones de
poder no teníamos herramientas de estudio. Solo podíamos recurrir a formas de pensar el poder
basadas en modelos jurídicos, esto es: ¿Qué legitima el poder? O podíamos recurrir a formas de
pensar el poder basadas en modelos institucionales, esto es: ¿Qué es el Estado? Era, por tanto,
necesario ampliar las dimensiones de una definición del poder si queríamos usar esa definición para
estudiar la objetivación del sujeto. ¿Necesitamos una teoría del poder? Desde el momento en que
una teoría asume una objetivación anterior, no puede ser afirmada como una base para un trabajo
analítico. Pero este trabajo analítico no puede proceder sin una continua conceptualización. Y esta
conceptualización implica pensamiento crítico —un examen constante. Lo primero a examinar es lo
que llamaría «necesidades conceptuales». Me refiero a que la conceptualización no debería estar
fundada en una teoría del objeto —el objeto conceptualizado no es el único criterio de una buena
conceptualización. Tenemos que conocer las condiciones históricas que motivan nuestra
conceptualización. Necesitamos una conciencia histórica de nuestra circunstancia presente. Lo
segundo a examinar es el tipo de realidad con la que estamos tratando. Un escritor de un conocido
periódico francés expresó una vez su sorpresa: «¿Por qué tanta gente plantea hoy la noción de
poder? ¿Es un tema tan importante? ¿Es tan independiente como para poder ser abordada sin tener
en cuenta otros problemas?». La sorpresa de este escritor me asombró. Soy escéptico a la hora de
asumir que esta cuestión se haya planteado por primera vez en el siglo XX. De todos modos, para
nosotros no es solo una cuestión teórica, sino una parte de nuestra experiencia. Me gustaría
mencionar solo dos «formas patológicas», esas dos «enfermedades del poder» —fascismo y
stalinismo [322]. Una de las numerosas razones por las que son, para nosotros, tan desconcertantes es que, a pesar de su singularidad histórica, no
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  1. El sujeto y el poder, 1983 [314]

POR QUÉ ESTUDIAR EL PODER: LA CUESTIÓN DEL SUJETO

Las ideas que me gustaría discutir aquí no representan ni una teoría ni una metodología [315]. Me gustaría decir, antes de nada, cuál ha sido la meta de mis trabajos durante los últimos veinte años [316]. No ha consistido en analizar los fenómenos del poder, ni en elaborar los fundamentos para un tal análisis [317]. Mi objetivo, en cambio, ha sido producir una historia de los diferentes modos por los cuales, en nuestra cultura, los seres humanos son constituidos como sujetos. Mi trabajo ha tratado de tres modos de objetivación que transforman a los seres humanos en sujetos. El primero está formado por los modos de investigación que intentan darse a sí mismos el estatuto de ciencia [318]; por ejemplo, la objetivación del sujeto hablante en la grammaire générale [gramática general], la filología y la lingüística. O, dentro aún de este primer modo, la objetivación del sujeto productivo, el sujeto que trabaja, en el análisis de la riqueza y en la economía. O, un tercer ejemplo, la objetivación del puro hecho de ser vivo, en la historia natural o la biología. En la segunda parte de mi trabajo, he estudiado la objetivación del sujeto a través de lo que llamaré «prácticas divisorias» [319]. El sujeto es dividido en el interior de sí mismo o respecto de los otros. Este proceso lo objetiva. Constituyen ejemplos de ello: el loco y el cuerdo, el enfermo y el sano, los criminales y los «buenos muchachos». Finalmente, he intentado estudiar — es mi trabajo actual— el modo en que un ser humano se convierte a sí mismo o a sí misma en sujeto [320]. Por ejemplo, he elegido el dominio de la sexualidad — cómo los hombres han aprendido a reconocerse a sí mismos como sujetos de «sexualidad». De modo que no es el poder, sino el sujeto, el tema general de mi investigación [321]. Es verdad que he llegado a estar completamente involucrado en la cuestión del poder. Pronto me di cuenta de que el ser humano al mismo tiempo que está situado en relaciones de producción y de significación, también lo está en relaciones de poder que son muy complejas. Ahora bien, me parecía que la teoría e historia económica aportaban un buen instrumento para el estudio de las relaciones de producción; que la lingüística y la semiótica ofrecían instrumentos para el estudio de las relaciones de significación; pero para las relaciones de poder no teníamos herramientas de estudio. Solo podíamos recurrir a formas de pensar el poder basadas en modelos jurídicos, esto es: ¿Qué legitima el poder? O podíamos recurrir a formas de pensar el poder basadas en modelos institucionales, esto es: ¿Qué es el Estado? Era, por tanto, necesario ampliar las dimensiones de una definición del poder si queríamos usar esa definición para estudiar la objetivación del sujeto. ¿Necesitamos una teoría del poder? Desde el momento en que una teoría asume una objetivación anterior, no puede ser afirmada como una base para un trabajo analítico. Pero este trabajo analítico no puede proceder sin una continua conceptualización. Y esta conceptualización implica pensamiento crítico —un examen constante. Lo primero a examinar es lo que llamaría «necesidades conceptuales». Me refiero a que la conceptualización no debería estar fundada en una teoría del objeto —el objeto conceptualizado no es el único criterio de una buena conceptualización. Tenemos que conocer las condiciones históricas que motivan nuestra conceptualización. Necesitamos una conciencia histórica de nuestra circunstancia presente. Lo segundo a examinar es el tipo de realidad con la que estamos tratando. Un escritor de un conocido periódico francés expresó una vez su sorpresa: «¿Por qué tanta gente plantea hoy la noción de poder? ¿Es un tema tan importante? ¿Es tan independiente como para poder ser abordada sin tener en cuenta otros problemas?». La sorpresa de este escritor me asombró. Soy escéptico a la hora de asumir que esta cuestión se haya planteado por primera vez en el siglo XX. De todos modos, para nosotros no es solo una cuestión teórica, sino una parte de nuestra experiencia. Me gustaría mencionar solo dos «formas patológicas», esas dos «enfermedades del poder» —fascismo y stalinismo [322]. Una de las numerosas razones por las que son, para nosotros, tan desconcertantes es que, a pesar de su

  1. Relaciones de poder y relaciones estratégicas La palabra estrategia se emplea normalmente en tres sentidos. En primer lugar, para designar la elección de los medios empleados para llegar a un fin; se trata de la racionalidad puesta en práctica para lograr un objetivo. [En segundo lugar,] para designar la manera en la que un participante, en un juego dado, actúa en función de lo que piensa que será la acción de los otros, y de lo que considera que los otros pensarán que es la suya; en suma, la manera en que se intenta tener ventaja sobre el otro. Y finalmente, para designar el conjunto de los procedimientos utilizados en un enfrentamiento con el fin de privar al adversario de sus medios de combate y obligarle a renunciar a la lucha; se trata entonces de los medios destinados a obtener la victoria. Estos tres sentidos se reúnen en las situaciones de enfrentamiento —guerra o juego— donde el objetivo es actuar sobre un adversario de tal manera que la lucha sea para él imposible. La estrategia se define entonces por la elección de las soluciones «ganadoras». Pero hay que tener presente que se trata aquí de un tipo muy particular de situación, y que hay otras en las que es preciso mantener la distinción entre los diferentes sentidos de la palabra estrategia. En el primer sentido indicado, se puede llamar «estrategia de poder» al conjunto de los medios puestos en práctica para hacer funcionar o para mantener un dispositivo de poder. Se puede también hablar de estrategia propia de las relaciones de poder en la medida en que estas constituyen modos de acción sobre la acción posible, eventual, supuesta, de otros. Se puede, pues, descifrar en términos de «estrategias» los mecanismos puestos en práctica en las relaciones de poder. Pero el punto más importante es, evidentemente, la relación entre relaciones de poder y estrategias de enfrentamiento. Pues si es verdad que en el corazón de las relaciones de poder y como condición permanente de su existencia hay una «insumisión» y libertades esencialmente renuentes, no hay relación de poder sin resistencia, sin escapatoria o huida, sin inversión eventual; toda relación de poder implica, pues, al menos de manera virtual, una estrategia de lucha, sin que, sin embargo, vengan a superponerse, a perder su especificidad y finalmente a confundirse. Constituyen una para otra una especie de límite permanente, de punto de inversión posible. Una relación de enfrentamiento encuentra su término, su momento final (y la victoria de uno de los dos adversarios) cuando el juego de las relaciones antagonistas viene a ser sustituido por los mecanismos estables por los que uno puede conducir de manera bastante constante y con suficiente certidumbre la conducta de los otros; para una relación de enfrentamiento, desde el momento en que ya no es de lucha a muerte, la fijación de una relación de poder constituye un punto de mira —a la vez su consumación y su propia puesta en suspenso. Y a la inversa, para una relación de poder, la estrategia de lucha constituye también ella una frontera: aquella en que la inducción calculada de las conductas en los otros ya no puede ir más allá de la réplica a su propia acción. Como no podría haber ahí relaciones de poder sin puntos de insumisión que por definición le escapan, toda intensificación, toda extensión de las relaciones de poder para someterlos no pueden sino conducir a los límites del ejercicio del poder; este encuentra, entonces, su tope ya en un tipo de acción que reduce al otro a la impotencia total (una «victoria» sobre el adversario sustituye al ejercicio del poder), ya en un cambio de aquellos a los que se gobierna y su transformación en adversarios. En suma, toda estrategia de enfrentamiento sueña con convertirse en relación de poder; y toda relación de poder tiende, tanto si sigue su propia línea de desarrollo como si evita resistencias frontales, a convertirse en estrategia ganadora. De hecho, entre relación de poder y estrategia de lucha hay una apelación recíproca, encadenamiento indefinido e inversión perpetua. A cada instante la relación de poder puede convertirse, y en ciertos puntos se convierte, en un enfrentamiento entre adversarios. A cada instante también las relaciones de antagonismo, en una sociedad dada, dan lugar a la puesta en práctica de mecanismos de poder. Inestabilidad, pues, que hace que los mismos procesos, los mismos acontecimientos, las mismas transformaciones puedan descifrarse tanto en el interior de una historia de luchas como en la de las relaciones y de los dispositivos de poder. No serán ni los mismos elementos significativos, ni los mismos encadenamientos ni los mismos tipos de inteligibilidad los que aparecerán, aunque se refieran al mismo tejido histórico y aunque cada uno de los dos análisis deba reenviar al otro. Y es justamente