

















Prepara tus exámenes y mejora tus resultados gracias a la gran cantidad de recursos disponibles en Docsity
Gana puntos ayudando a otros estudiantes o consíguelos activando un Plan Premium
Prepara tus exámenes
Prepara tus exámenes y mejora tus resultados gracias a la gran cantidad de recursos disponibles en Docsity
Prepara tus exámenes con los documentos que comparten otros estudiantes como tú en Docsity
Encuentra los documentos específicos para los exámenes de tu universidad
Estudia con lecciones y exámenes resueltos basados en los programas académicos de las mejores universidades
Responde a preguntas de exámenes reales y pon a prueba tu preparación
Consigue puntos base para descargar
Gana puntos ayudando a otros estudiantes o consíguelos activando un Plan Premium
Comunidad
Pide ayuda a la comunidad y resuelve tus dudas de estudio
Ebooks gratuitos
Descarga nuestras guías gratuitas sobre técnicas de estudio, métodos para controlar la ansiedad y consejos para la tesis preparadas por los tutores de Docsity
Este documento analiza la relación entre el diálogo de Sócrates y Critón, y la Apología de Sócrates. Se discute sobre la posible relación entre ambos textos, la importancia de la amistad de Critón con Sócrates y la posible invitación de Sócrates a huir. Además, se examina la actitud de Sócrates frente a la muerte y la importancia de la lealtad a las leyes. El documento también menciona la diferencia entre el Sócrates de este diálogo y el que tuvo que presentar Meleto en la acusación.
Tipo: Esquemas y mapas conceptuales
1 / 25
Esta página no es visible en la vista previa
¡No te pierdas las partes importantes!


















por un hombre al que quedan unas pocas horas de vida. Es el dramatismo que se añade-a toda la argumenta ción* El heroísmo es, en principio, objeto de admira ción para todos los hombres; pero el acto heroico no puede existir sin el héroe. Es ciertamente decepcio nante que, una vez creadas las circunstancias para el acto heroico, el llamado a llevarlo a cabo se retire de la única manera en que esto es posible: vergonzosa mente. El acto heroico es el resultado de una decisión personal y única, que supone la adecuación, más allá de toda dificultad, de la conducta a una idea o a un deber moral. De todo esto tuvo clara intuición Sócrates y, por ello, quizá, tomó una decisión, aun antes de comparecer ante el trib u n a lP a re ce lógico pensar que el Critón sigue a la Apología , pero esto no es necesaria mente deducible de las referencias a hechos que apa recen también en la Apología2. Ésta es la opinión de Guthrie, con la que coincidimos plenamente3. Por las razones apuntadas más arriba, parece que el Critón es el diálogo más próximo a la Apología , pero de ello no se infiere que su redacción sea casi simultánea, aunque de hecho pudo haberlo sido. El gran número de diá logos escritos en un período limitado reduce mucho el
i Véase Introducción a la Apología, págs* 14244*
tiempo que pudo transcurrir entre la redacción de am bos escritos. Parece fuera de duda que Sócrates fue invitado a
su buen amigo Critón ni a los forasteros citados en 44b. Este propósito, nacido del dolor y la irritación de los discípulos y amigos, debió de encontrar un ca llado estímulo en el evidente desagrado que muchos atenienses tenían que sentir ante la monstruosidad que, inevitablemente, se iba a producir. Platón cita sólo a Critón y no nombra a otros atenienses; únicamente cita a dos extranjeros. La amistad de Critón con Só crates y el que realmente éste se negara a evadirse eran atenuantes, si alguien hubiera querido presentar una acusación. Pero de que Platón no les cite no se puede deducir que su número fuera muy pequeño. Los «otros amigos», de 44e, aparecen más bien como un grupo de apoyo a Critón. El diálogo no seria concebible si no se hubiera dado esta incitación a que Sócrates se evadiera y sin que esta circunstancia fuera conocida, al menos, por una buena parte de los que iban a ser sus primeros lecto res. No tuvo Platón que imaginar una situación a fin de que en ella Sócrates mostrara su entereza moral. La actitud de Sócrates se resume muy brevemente. Ninguna otra circunstancia va a ser válida, más que la razón. Si los razonamientos son buenos también ahora, hay que seguirlos sin tener en cuenta ningún peligro. La prosopopeya de las leyes, que no actúan sólo con argumentos sino tratando de hacer coherente el com portamiento de Sócrates con toda su vida anterior, es una presentación de máxima eficacia para contrastar su conducta, aunque algunos razonamientos nos resul ten chocantes por nuestra diferente concepción del Estado. [Qué diferente resulta el Sócrates de este diá logo del que tuvo que presentar Meleto en la acusaciónl
Sócrates y Critón
Sócrates. — ¿Por qué vienes a esta hora, Critón? 43 a ¿No es pronto todavía? CRrrtíN. — En efecto, es muy pronto. Sóc — ¿Qué hora es exactamente? Crit. — Comienza a amanecer. Sóc. — Me extraña que el guardián de la prisión haya querido atenderte. Crtt. — Es ya amigo mío, Sócrates, de tanto venir aquí; además ha recibido de mí alguna gratificación. Sóc. — ¿Has venido ahora o hace tiempo? Crit. — H ace ya bastante tiempo. Sóc. — ¿Y cómo no me has despertado en seguida b y te has quedado sentado ahí al lado, en silencio? Crit. — No, por Zeus, Sócrates, en esta situación tampoco habría querido yo mismo estar en tal desvelo y sufrimiento, peto hace rato que me admiro viendo qué suavemente duermes, y a intención no te desperté para que pasaras el tiempo lo más agradablemente. Muchas veces, ya antes durante toda tu vida, te consi deré feliz por tu carácter, pero mucho más en la pre sente desgracia, al ver qué fácil y apaciblemente la llevas. Séc. — Ciertamente, Critón, no serla oportuno irri tarme a mi edad, si debo ya morir.
c Crit. — También otros de tus años, Sócrates, se en cuentran metidos en estas circunstancias, pero su edad no les libra en nada de irritarse con su suerte presente. S<3c.— Así es. Pero, ¿por qué has venido tan tem prano? Crit. — Para traerte, Sócrates, una noticia dolorosa y agobiante, no para ti, según veo, pero ciertamente dolorosa y agobiante para mí y para todos tus amigos, y que para mí, según veo, va a ser muy difícil de so portar. Sóc.— ¿Cuál es la noticia? ¿Acaso ba llegado ya d desde Délos1 el barco a cuya llegada debo yo morir? Crit. — No ha llegado aún, pero me parece que estará aquí hoy, por lo que anuncian personas venidas de Sunio2 que han dejado el barco allí. Según estos mensajeros, es seguro que estará aquí hoy, y será nece sario, Sócrates, que mañana acabes tu vida. Súc. — Pues, )buena suertel, Critón. Sea así, si asi es agradable a los dioses* Sin embargo, no creo que el barco esté aquí hoy* 44a Crit. — ¿De dónde conjeturas eso? Sóc. — Voy a decírtelo. Yo debo morir al día siguien te de que el barco llegue. Crit. — Así dicen los encargados de estos asuntos. Sóc. — Entonces, no creo que llegue el día que está empezando sino el siguiente. Me fundo en cierto sueño que he tenido hace poco, esta noche. Probablemente ba sido muy oportuno que no me despertaras. Crit. — ¿Cuál era el sueño?
i Todos los años se enviaba una procesión a Délos en recuer do de la victoria de Teseo sobre el Minotauro, victoria que liberó a Atenas del tributo humano que debía pagar a Minos. Desde que la nave salía hasta su regreso, no se podía ejecutar ninguna sentencia de muerte. 1 El cabo Sunio se halla en el vértice sur del Ática. A partir de ahí los barcos navegaban sin perder de vista la costa.
La realidad es que no son capaces ni de lo uno ni de lo otro; pues, no siendo tampoco capaces de hacer a alguien sensato ni insensato, hacen lo que la casualidad les ofrece. e Crit, — Bien, aceptemos que es asi. ¿Acaso no te estás tú preocupando de que a mí y a los otros amigos, si tú sales de aquí, no nos creen dificultades los sico fantes4 aJ decir que te hemos sacado de la cárcel, y nos veamos obligados a perder toda nuestra fortuna o mu cho dinero o, incluso, a sufrir algún otro daño además 45a de éstos? Si, en efecto, temes algo así, déjalo en paz. Pues es justo que nosotros corramos este riesgo para salvarte y, si es preciso, otro aún mayor. Pero hazme caso y no obres de otro modo. Sóc.— Me preocupa eso, Critón, y otras muchas cosas. Crit. — Pues bien, no temas por ésta. Ciertamente, tampoco es mucho el dinero que quieren recibir algu nos para salvarte y sacarte de aquí. Además, ¿no ves qué baratos están estos sicofantes y que no sena nece- b sario gastar en ellos mucho dinero? Está a tu disposi ción mi fortuna que será suficiente, según creo. Además, si te preocupas por mí y crees que no debes gastar lo mío, están aquí algunos extranjeros dispuestos a gastar su dinero* Uno ha traído, incluso, el suficiente para ello, Simias5 de Tebas. Están dispuestos también Cebes y otros muchos. De manera que, como digo, por temor
4 Los sicofantes eran denunciantes profesionales. General mente cobraban del interesado en denunciar, que no deseaba hacerlo por sí mismo. Eran conocidos y temidos por Jas perso nas honradas que siempre podían verse envueltas en una denun cia falsa, El primer elemento sico- es la palabra higo (gr. sykon ). 5 Simias y Cebes eran leba nos. En su ciudad habían sido discípulos del pitagórico Filolao. Después, en Atenas, fueron ambos discípulos de Sócrates. A los dos Ies hace Platón inter locutores de Sócrates en el Fedón, si bien el primer dialogante con Sócrates es Simias.
a esto no vaciles en salvarte; y que tampoco sea para ti dificultad lo que dijiste en el tribunal 6, que si salías de Atenas, no sabrías cómo valerte. En muchas partes, adonde quiera que tú Llegues, te acogerán con cariño, c Si quieres ir a Tesalia, tengo allí huéspedes que te ten drán en gran estimación y que te ofrecerán seguridad, de manera que nadie te moleste en Tesalia. Además, Sócrates, tampoco me parece justo que in tentes traicionarte a ti mismo, cuando te es posible salvarte. Te esfuerzas porque te suceda aquello por lo que trabajarían con afán y, de hecho, han trabajado tus enemigos deseando destruirte. Además, me parece a mí que traicionas también a tus hijos; cuando te es posible criarlos y educarlos, los abandonas y te vas, y, d por tu parte, tendrán la suerte que el destino les depa re, que será» como es probable, la habitual de los huér fanos durante la orfandad. Pues, o no se debe tener hijos, o hay que fatigarse para criarlos y educarlos. Me parece que tú eliges lo más cómodo. Se debe elegir lo qoe elegiría un hombre bueno y decidido, sobre todo cuando se ha dicho durante toda la vida que se ocupa uno de la virtud. Así que yo siento vergüenza, por ti y e por nosotros tus amigos, de que parezca que todo este asunto tuyo se ha producido por cierta cobardía nues tra: la instrucción del proceso para el tribunal, siendo posible evitar el proceso, el mismo desarrollo del juicio tal como sucedió, y finalmente esto, como desenlace ridículo del asunto, y que parezca que nosotros nos hemos quedado al margen de la cuestión por incapaci dad y cobardía, así como que no te hemos salvado ni 4 6a tú te has salvado a ti mismo, cuando era realizable y posible, por pequeña que fuera nuestra ayuda. Pero toma una decisión; por más que ni siquiera es ésta la hora de decidir, sino la de tenerlo decidido. No hay
6 Véase la Introducción, pág. 190, nota 2.
se mucho algunas y otras no* Por los dioses, Critón, ¿no te parece que esto está bien dicho? En efecto, tú, en la medida de la previsión humana, estás libre de ir a morir mañana, y la presente desgracia no va a extraviar 47 a tu juicio* Examínalo. ¿No te parece que está bien decir que no se deben estimar todas las opiniones de los hombres, sino unas sí y otras no, y las de unos hom bres sí y las de otros no? ¿Qué dices tú? ¿No está bien decir esto? Crit, — Está bien. S ó a — ¿Se deben estimar las valiosas y no estimar las malas? Crit. — Sí* Sóc. — ¿Son valiosas las opiniones de los hombres juiciosos, y malas las de los hombres de poco juicio? Crit* — ¿Cómo no? Sóc. — Veamos en qué sentido decíamos tales cosas. Un hombre que se dedica a la gimnasia, al ejercitarla ¿tiene en cuenta la alabanza, la censura y la opinión b de cualquier persona, o la de una sola persona, la del médico o el entrenador? Crit. — La de una sola persona. Sóc. — Luego debe temer las censuras y recibir con agrado los elogios de aquella sola persona, no los de la mayoría. Crit» — Es evidente* Sóc. — Así pues, ha de obrar, ejercitarse, comer y beber según la opinión de ése solo, del que está a su cargo y entiende, y no según la de todas los otros juntos. Crit. — Así es. Sóc. — Bien. Pero si no hace caso a ese solo hombre o y desprecia su opinión y sus elogios, y, en cambio, estima las palabras de la mayoría, que nada entiende, ¿es que no sufrirá algún daño? Crit. ~ ¿Cómo no?
Sóc. — ¿Qué daño es este, hacia dónde tiende y a qué parte del que no hace caso? Crit. — Es evidente que al cuerpo; en efecto, lo arruina. Sóc. — Está bien. Lo mismo pasa con las otras cosas, Critón, a ñn de no repasarlas todas. También respecto a lo justo y lo injusto, lo feo y lo bello, lo bueno y lo malo, sobre lo que ahora trata nuestra deliberación, ¿acaso debemos nosotros seguir la opinión de la mayo- d ría y temerla, o la de uno solo que entienda, si lo hay, al cual hay que respetar y temer más que a todos los otros juntos? Si no seguimos a éste, dañaremos y mal trataremos aquello que se mejora con lo justo y se des truye con lo injusto. ¿No es así esto? Crit. — Así lo pienso, Sócrates. Sóc.— Bien, si lo que se hace mejor por medio de lo sano y se daña por medio de lo enfermo, lo arrui namos por hacer caso a la opinión de los que no entien den, ¿acaso podríamos vivir al estar eso arruinado? e Se trata del cuerpo, ¿no es así? Crit. — Sí. Sóc. — ¿Acaso podemos vivir con un cuerpo mise rable y arruinado? Crit. — De ningún modo. Sóc. — Pero ¿podemos vivir, acaso, estando dañado aquello con lo que se arruina lo injusto y se ayuda a lo justo? ¿Consideramos que es de menos valor que el 48a cuerpo la parte de nosotros, sea la que fuere, en cuyo entorno están la injusticia y la justicia? Crit. — De ningún modo. Sóc. — ¿Ciertamente es más estimable? Crit. — Mucho más. Sóc. — Luego, querido amigo, no debemos preocu pamos mucho de lo que nos vaya a decir la mayoría, sino de lo que diga el que entiende sobre las cosas jus tas e injustas, aunque sea uno sólo, y de lo que la
Cjeut. — Me parece acertado lo que dices, Sócrates, mira, qué debemos hacer. Sóc.— Examinémoslo en común, amigo, y si tienes algo que objetar mientras yo hablo, objétalo y yo te e haré caso. Pero si no, mi buen Critón, deja ya de decir me una y otra vez la misma frase, que tengo que salir de aquí contra la voluntad de los atenienses, porque yo doy mucha importancia a tomar esta decisión tras haberte persuadido y no contra tu voluntad; mira si te parece que está bien planteada la base del razonamien- 49a to e intenta responder, a lo que yo pregunte, lo que tú creas más exactamente. Cía t. — Lo intentaré. Sóc. — ¿Afirmamos que en ningún caso hay que hacer el mal voluntariamente, o que en unos casos sí y en otros no, o bien que de ningún modo es bueno y honrado hacer el mal, tal como hemos convenido mu chas veces anteriormente? Eso es también lo que aca bamos de decir. ¿Acaso todas nuestras ideas comunes de antes se lian desvanecido en estos pocos días y, desde hace tiempo, Critón, hombres ya viejos, dialoga mos uno con otro, seriamente sin damos cuenta de que b en nada nos distinguimos de los niños? O, más bien, es totalmente como nosotros decíamos entonces, lo afir me o lo niegue la mayoría; y, aunque tengamos que sufrir cosas aún más penosas que las presentes, o bien más agradables, ¿cometer injusticia no es, en todo caso, malo y vergonzoso para el que la comete? ¿Lo afirmamos o no? Crit. — Lo afirmamos. Sóc. — Luego de ningún modo se debe cometer in justicia. Crit. — Sin duda. Sóc.—Por tanto, tampoco si se recibe injusticia se debe responder con la injusticia, como cree la mayo-
ría, puesto que de ningún modo se debe cometer in justicia. Crit. — Es evidente. c Sóc.— ¿Se debe hacer mal, Critón, o no? Crit. — De ningún modo se debe, Sócrates. Sóc, — ¿Y responder con el mal cuando se recibe mal es justo, como afirma la mayoría, o es injusto? Crit. — De ningún modo es justo. Sóc. — Luego no se debe responder con la injusticia ni hacer mal a ningún hombre, cualquiera que sea el daño que se reciba de 61. Procura, Critón, no aceptar esto contra tu opinión, si lo aceptas; yo sé, ciertamen- d te, que esto lo admiten y lo admitirán unas pocas per sonas. No es posible una determinación común para los que han formado su opinión de esta manera y para los que mantienen lo contrario, sino que es necesario que se desprecien unos a otros, cuando ven la determina ción de la otra parte. Examina muy bien, pues, tam bién tú si estás de acuerdo y te parece bien, y si debemos iniciar nuestra deliberación a partir de este principio, de que jamás es bueno ni cometer injusti cia, ni responder a la injusticia con la injusticia, ni responder haciendo mal cuando se recibe el mal. ¿O bien te apartas y no participas de este principio? En & cuanto a mí, así me parecía antes y me lo sigue pare ciendo ahora, pero si a ti te parece de otro modo, dilo y explícalo. Pero si te mantienes en lo anterior, escucha lo que sigue. Crit. — Me mantengo y también me parece a mí. Continúa. Sóc. — Digo lo siguiente, más bien pregunto: ¿las cosas que se ha convenido con alguien que son justas hay que hacerlas o hay que darles una salida falsa? Crit. — Hay que hacerlas. Sóc. — A partir de esto, reflexiona. Si nosotros nos vamos de aquí sin haber persuadido a la ciudad,
referentes al matrimonio les censuras algo que no esté bien?» «No las ceosuro*, diría yo. «Entonces, ¿a las que se refieren a la crianza del nacido y a la educación en la que ce has educado? ¿Acaso las que de nosotras estaban establecidas para ello no disponían bien orde nando a tu padre que te educara en la música y en la gimnasia?» «Sí disponían bien», diría yo. «Después que e hubiste nacido y hubiste sido criado y educado, ¿po drías decir, en principio, que no eras resultado de nosotras y nuestro esclavo, tú y tus ascendientes? Si esto es así, ¿acaso crees que los derechos son los mis mos para ti y para nosotras, y es justo para ti respon der haciéndonos, a tu vez, lo que nosotras intentemos hacerte? Ciertamente no serían iguales tus derechos respecto a tu padre y respecto a tu dueño, si lo tuvie ras, como para que respondieras haciéndoles lo que ellos te hicieran, insultando a tu vez al ser insultado, o golpeando al ser golpeado, y así sucesivamente. ¿Te 5 la sena posible, en cambio, hacerlo con la patria y las leyes, de modo que si nos proponemos matarte, por que lo consideramos justo, por tu parte intentes, en la medida de tus fuerzas, destruimos a nosotras, las leyes, y a la patria, y afirmes que al hacerlo obras justamente, tú, el que en verdad se preocupa de la virtud? ¿Acaso eres tan sabio que te pasa inadvertido que la patria merece más honor que la madre, que el padre y que todos los antepasados, que es más venerable y más santa y que es digna de la mayor estimación entre los b dioses y entre los hombres de juicio? ¿Te pasa inad vertido que hay que respetarla y ceder ante la patria y halagarla, si está irritada, más aún que al padre; que hay que convencerla u obedecerla haciendo lo que ella disponga; que hay que padecer sin oponerse a ello, si ordena padecer algo; que si ordena recibir golpes, sufrir prisión, o llevarte a 1a guerra para ser herido o para morir, hay que hacer esto porque es lo
justo, y no hay que ser débil ni retroceder ni abandonar el puesto, sino que en la guerra, en el tribunal y en todas partes hay que hacer lo que la ciudad y la patria c ordene, o persuadirla de lo que es justo; y que es im pío hacer violencia a la madre y al padre, pero lo es mucho más aún a la patria?» ¿Qué vamos a decir a esto, Critón? ¿Dicen La verdad las leyes o no? Crit. — Me parece que si. Sóc. — Tal vez dirían aún las leyes: «Examina, ade más, Sócrates, si es verdad lo que nosotras decimos, que no es justo que trates de hacernos lo que ahora intentas. En efecto, nosotras te hemos engendrado, criado, educado y te hemos hecho partícipe, como a todos los demás ciudadanos, de todos los bienes de d que éramos capaces; a pesar de esto proclamamos la libertad, para el ateniense que lo quiera, una vez que haya hecho la prueba legal para adquirir los derechos ciudadanos y, haya conocido los asuntos públicos y a nosotras, las leyes, de que, si no Je parecemos bien, tome lo suyo y se vaya adonde quiera. Ninguna de nosotras, Las leyes, lo impide, ni prohibe que, si alguno de vosotros quiere trasladarse a una colonia, si no le agradamos nosotras y La ciudad, o si quiere ir a otra parte y vivir en el extranjero, que se marche adonde quiera llevándose lo suyo, e »E1 que de vosotros se quede aquí viendo de qué modo celebramos los juicios y administramos la ciu dad en los demás aspectos, afirmamos que éste, de hecho, ya está de acuerdo con nosotras en que va a hacer lo que nosotras ordenamos, y decimos que el que no obedezca es tres veces culpable, porque le hemos dado la vida, y no nos obedece, porque Jo hemos criado y se ha comprometido a obedecemos, y no nos obedece ni procura persuadimos si no hacemos bien alguna cosa. Nosotras proponemos hacer lo que ordenamos 52a y no lo imponemos violentamente, sino qne permitimos