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Esquema de mapa conceptual del curso de Religión
Tipo: Apuntes
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Haced esto en memoria de mí Lucas 22.7- En la lectura antifonal que hemos realizado del libro de los hechos, y que ustedes tienen en su programa, en ese pasaje Lucas nos muestra aquellas marcas que identifican a la iglesia de Jesucristo, pero no solo como aquellos elementos que le da identidad a la iglesia del Señor, lo cual es muy importante, pero igual o más importante todavía es que, la iglesia del Señor, entienda y viva cada una de estas características como resultado de su relación personal y comunitaria con Dios en la persona de Jesucristo, de nuestra pertenencia a él y de nuestra dependencia y obediencia. En una sola palabra, de nuestra comunión con Dios, que antes habíamos perdido pero que fue restaurada por los méritos de nuestro Señor Jesucristo en la cruz del Calvario. Pueden mirar la lectura antifonal de Hechos 2.42 que tienen en su programa. Allí vemos estas características de la Iglesia: Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles , esto es: en la Palabra de Dios, nosotros hoy tenemos la Biblia, el compendio de toda la Escritura. Perseveraban en la comunicación unos con otros , es decir; el creyente no vive aislado, sino que practica en comunidad el amor fraterno. Luego nos va a decir también que perseveraban en las oraciones, pero antes de eso: en el partimiento del pan, la Cena del Señor, como la llaman los evangelios, o la comunión como lo hace Pablo, o también la eucaristía, como se le llamó más tarde, usando el término griego que significa acción de gracias. Estas son como hemos dicho, marcas, características propias de la iglesia de Jesucristo, por las que vivimos nuestra comunión con el Padre del cielo, a través de las cuales caminamos con Él. Son dones que Dios nos ha dado para ayudarnos a crecer y madurar espiritualmente, para que la llenura del Espíritu Santo, sea una realidad en nosotros, un estado más frecuente y constante, que nos permita vivir conforme a la voluntad de Dios; y que nos permita ser usados como agentes suyos para servirle a él, a su iglesia y a través de ella al mundo.
No se trata entonces de un mero ejercicio religioso, sino de los medios que el Señor, en su gracia, nos ha dado para vivir nuestra relación y nuestra comunión con él, creciendo en su gracia y conocimiento. Ciertamente, entre los cristianos evangélicos, la oración y la meditación de la Palabra, es una constante en nuestra vida cotidiana personal, familiar y eclesial. En realidad, esperamos que así sea siempre. Pero podría suceder o estar sucediendo que, el partimiento del pan se haya convertido en solo un rito que no estemos comprendiendo cabalmente y que, por lo tanto, nos perdamos de su valor y del provecho espiritual que tiene en la vida de todo creyente. La Santa Cena, si bien es un acto conmemorativo que nos recuerda un hecho acontecido en el pasado, es al mismo tiempo un acto de valor real y actual. No es una simple remembranza sino la presencia real y espiritual del Señor en medio de nosotros. Sabemos bien que su valor no está en los elementos físicos que tomamos como el pan y el vino, que son y siguen siendo pan y vino, sino en lo que estos elementos representan y significan. Y ese valor tampoco se lo damos nosotros, no es el valor que le damos nosotros porque así queremos que signifique para nosotros; sino que el valor se lo da aquel que instituyó el sacramento de la Santa Cena: Cristo mismo. Por todo esto, hoy trataremos de reflexionar un poco más sobre este sacramento instituido por el Señor Jesús, el segundo de los dos únicos sacramentos, el bautismo y la Cena; y que nosotros realizamos en obediencia a nuestro Señor, quien en su gracia y misericordia nos ha dado el privilegio de sentarnos a su mesa, como un hermoso regalo para nuestro provecho espiritual que necesitamos entender mejor, vivir y experimentar con plena conciencia del significado que tiene para nuestras vidas. Hemos leído una fracción del capítulo 22 del evangelio de Lucas, que nos relata el contexto en el que el Señor Jesús instituyó lo que nosotros el sacramento. Lo primero que podemos notar es que la institución de la Cena del Señor, se produce durante la celebración de la Cena de Pascua que todos los años, hasta nuestros días, los judíos celebran en conmemoración a la liberación del pueblo de Israel de la esclavitud de Egipto.
Veamos nuevamente como el Señor Jesús preparó todo lo necesario para comer la Pascua con sus discípulos en el evangelio de Luca que estamos estudiando (7-12): “ Llegó el día de los panes sin levadura, cuando es necesario sacrificar el cordero de la pascua. 8 Jesús envió a Pedro y a Juan con estas instrucciones: «Vayan a preparar todo para que comamos la pascua.» 9 Ellos le preguntaron: «¿Dónde quieres que hagamos los preparativos?» 10 Jesús les dijo: «Al entrar en la ciudad, verán ustedes a un hombre que lleva un cántaro de agua; síganlo hasta la casa donde entre, 11 y díganle al dueño de la casa: “El Maestro pregunta dónde está el aposento en donde comerá la pascua con sus discípulos.” 12 Entonces él les mostrará un gran aposento alto, ya dispuesto. Hagan allí los preparativos.» 13 Los discípulos partieron, y encontraron todo tal y como Jesús se lo había dicho, y prepararon la pascua”. Jesús y sus discípulos, como todos los judíos, habrían celebrado la Cena de Pascua a lo largo de toda su vida. Ésta conmemoración era entonces como sigue siendo en nuestros días, una de las fiestas principales del pueblo judío. De manera, que el Señor y sus discípulos la habrían celebrado juntos antes también, no sería la primera pero sí la última. Jesús envió a dos de sus discípulos que preparasen todo. Pero el Señor, ya tenía algunas cosas arregladas. Como solía suceder con los rabinos de la época, éstos solían reservar un aposento para tomar la cena con sus discípulos. Los dueños de las casas solían conceder estos ambientes a los maestros para dicha celebración. Bueno, al Señor Jesús le concedieron un aposento alto, que es la forma como llamaban al segundo piso de alguna casa. Hay que recordar que este tipo de construcciones de dos pisos no era lo más común, sino que solo la tenían ciertas casas de categoría. Resulta muy interesante los detalles que nos ofrece Lucas. El evangelista relata que el Señor les pide a sus discípulos que encuentren en la ciudad a un hombre que lleve consigo un cántaro de agua. Esto es muy curioso, porque en aquel entonces, recoger agua era trabajo únicamente de mujeres. Barclay, en su comentario nos dice que esto sería algo muy fácil de identificar. Pues sería como si hoy alguien nos pidiera identificar a un varón llevando un paraguas para protegerse del sol en el parque. Aunque
Barclay hizo este comentario hace ya varios años, hasta hoy no es muy común encontrar a un varón llevando un paraguas para protegerse del sol, pero si a muchas señoras. Bueno, cosas de la cultura que cambian con el tiempo y está bien que cambien, por cierto. Bueno, volviendo al texto, no sería entonces difícil identificar a la persona con la que el Señor Jesús, habría hecho los arreglos. Y todo esto es mucho que un simple detalle porque nos muestra que el Señor no deja nada a la improvisación. Recuerden que, en esos días de fiesta, la ciudad de Jerusalén recibía a miles de judíos que venían de todas las ciudades conocidas para dicha celebración, de modo que los alojamientos eran abarrotados por los peregrinos y no sería sencilla encontrar un lugar disponible. Bueno, el Señor no dejó las cosas a la improvisación, pero, además, tomó las medidas de seguridad necesaria para que casi de manera anónima y discreta pudieran encontrar a la persona que les concedería el lugar para celebrar la cena. No olvidemos que ya para entonces, Jerusalén no era un lugar seguro para los seguidores del Señor, por el contrario, era un lugar muy hostil pues los judíos ya habían resuelto matar al Señor, y todo eso sería expuesto en solo unas horas después. De manera que solo Pedro y Juan sabrían el lugar de reunión. Ya luego con discreción ellos dirigirían a los demás. Como estaba escrito, Judas entregará al Señor, pero nada impedirá que esta cena se lleve a cabo, y el Señor toma las medidas necesarias para que así sea. Si Judas hubiese sabido del lugar de reunión con el tiempo suficiente para comunícaselo a las autoridades judías, quizás no hubiera perdido la oportunidad y la Cena no se habría producido. Hermanos, estas cosas a veces se leen de un modo sin que se logre identificar su enseñanza. El Señor no está haciendo juegos. Todos los movimientos del Señor tienen un por qué. Bueno ¿cuál es la enseñanza? Los designios de Dios, siempre se van a cumplir, de eso no quepa la menor duda. Pero eso no supone nuestra inacción. No supone que no debamos tomar las medidas necesarias para su cumplimiento. Si Jesús y sus discípulos debían celebrar la cena de Pascua, conforme a la voluntad de Dios, nada frustraría sus planes. Pero, para eso, el Señor Jesús tuvo que hacer las coordinaciones y los arreglos necesarios, y tomar las medidas preventivas necesarias también.
Cuerpo que será quebrantado por nuestros pecados, y sangre que será derramada para limpiarnos de todo pecado, con lo cual se establece un nuevo pacto. Ya hubo un pacto que Dios hizo por iniciativa propia con el hombre, a quien se acercó por su misericordia, dándole sus mandamientos para vivir bajo su cuidado. Fue el hombre quien, aún y cuando se compromete a vivir conforme a la voluntad de Dios, desobedece la ley, por su naturaleza caída, que lo hace un incapacitado para vivir conforme a Dios. Por esa razón Pablo diré en Romanos que por medio de la ley es el conocimiento del pecado. Pero ahora, es Dios mismo, en Jesucristo, que su ley es cumplida. Y este es el nuevo pacto, la nueva alianza que se basa en el sacrificio de Cristo. Promesa que hemos recibido de Dios, de perdón de pecados y la restauración de la comunión perdida de aquellos corazones que se vuelvan a él por la fe en Jesucristo, único mediador y redentor. Lucas relata el momento mismo en que el Señor Jesús instituye el sacramento de su Cena. Recordemos como definimos sacramento en el Catecismo: “ una santa ordenanza instituida por Cristo en Su Iglesia, para señalar, sellar y manifestar los beneficios de Su mediación, a quienes están dentro del pacto de gracia; a fin de fortalecer y aumentar su fe y todas las demás cualidades…” Y dice también: “ los sacramentos tienen dos partes: un elemento externo visible (los símbolos) y la realidad espiritual representada por el elemento” Bueno, el sacramento de la Cena del Señor, representa los beneficios de la mediación de Cristo. Los elementos representan a Cristo mismo y su obra salvífica. Al participar de ella recibimos los beneficios de esta realidad espiritual: su obra a nuestro favor y su presencia real y espiritual. De manera que, realmente, nos alimentamos de su cuerpo y de Su sangre en términos espirituales. No físicos, sino espirituales. Comemos a Cristo cuando recibimos su Palabra por la fe. En el sacramento encontramos un elemento externo, visible que nos ayuda a entender su evangelio y la realidad espiritual de su obra y
presencia (CMW 163). La confesión de fe de Westminster también puede ayudarnos para entender los beneficios que se exhiben y se muestran en la celebración de la Cena: “Los recipientes dignos, (es decir, los creyentes, los pecadores verdaderamente arrepentidos y que han confesado su fe en Jesucristo) al participar externamente de los elementos visibles de este sacramento (el pan y el vino), en ese momento también participan interiormente por la fe, real y verdaderamente, aunque no carnal y corporalmente, sino espiritualmente, reciben y se alimentan del Cristo crucificado y de todos los beneficios de Su muerte. Por lo tanto, el cuerpo y la sangre de Cristo no están carnal y corporalmente en el pan y el vino; (los cuales no tienen ningún poder en sí mismos) sino que están real pero espiritualmente presentes en aquella ordenanza para la fe de los creyentes, tal como los elementos lo están para sus sentidos externos” Tan real, hermanos, como podemos ver, estos elementos físicos y externos, tan real como eso, es la presencia espiritual de Jesucristo en el sacramento. Los elementos físicos están para que los podamos ver, pero en la ordenanza, es decir, en el sacramento instituido por el Señor, tenemos certeza que el Señor está real y espiritualmente presente para la afirmación de nuestra fe. Participar, entonces, espiritualmente del cuerpo y la sangre de Cristo, fortalece nuestra unión con él. Por eso, la Cena del Señor es también ocasión para «testificar y renovar nuestra gratitud y nuestro compromiso con Dios». Su obra expiatoria a nuestro favor solo puede llevarnos a dar gracias, porque no lo merecemos, porque no hay mérito nuestro que alcance tal recompensa. Entonces, recordar la muerte de Cristo en la cruz por nuestros pecados solo puede llevarnos a darle gracias a Dios, por su amor inmerecido. Y por esa misma razón es que la Cena del señor es un “vínculo de amor” de Dios con los hombres, pero también entre nosotros los hombres. Fíjense hermanos que no participamos de ella en solitario sino en comunidad. El Señor invita a su mesa a los que son suyos; y formar parte de ella nos permite comprender que todos somos miembros del mismo cuerpo místico de Cristo.
bueno, espiritualmente hablando, que podamos hacer de provecho y valor eterno. Para no olvidar que tenemos una misión que cumplir. Que estamos llamados a ser heraldos de su evangelio. Para recordar que somos un pueblo llamado a vivir en comunión y en el vínculo del amor, perdonándonos unos a otros. Entonces, esta cena es para los pecadores, sí para los pecadores que reconocen su real condición y la necesidad que tenemos todos de un Salvador. Para los pecadores que no quieren seguir engañándose a sí mismos, y han despertado a la conciencia del pecado y al arrepentimiento sincero. Entonces esta es la cena para los pecadores arrepentidos quienes, por la gracia del Señor y obra del Espíritu Santo, somos enseñados y capacitados a vivir conforme a su voluntad. Esta es la cena para quienes rendimos la vida aquel que entregó la suya para darnos vida, limpiándonos de nuestras culpas, para mostrarnos ante el Padre, limpios de toda mancha. Esta cena es para mí y para usted querido hermano. Es un privilegio que no merecemos, y una oportunidad que no debemos dejar pasar. (si alguien no tenía la cena preparada…) Y esta es la invitación y al mismo tiempo el mandato que el Señor tiene para todos. El Señor no pide por favor, es por su misericordia que se acerca hasta nosotros. Es por su misericordia que el Señor viene hasta nosotros como lo hace ahora mismo a través del sacramento en el cual, así como ocurrió con los caminantes de Emaús, que iban desconcertados por la muerte de su Señor, pero cuyos ojos fueron abiertos a partir del pan, y entones reconocieron a Cristo vivo. Cuántos de nosotros podemos ahora mismo sentirnos como los discípulos de Emaús, desconcertados y confundidos, en medio de la incertidumbre y la inseguridad, andando con los ojos vendados, sin poder ver el futuro con esperanza. Pero, el Señor viene, y viene ahora también, y nos invita a su mesa. Que en este encuentro con el Señor y con todos nosotros, su pueblo, que nuestros ojos sean abiertos, que podamos reconocer al Cristo vivo, y que nuestro corazón arda en nosotros, por la Palabra de Dios que hemos oído. Que el Señor, los bendiga y haga bendición.