
















Prepara tus exámenes y mejora tus resultados gracias a la gran cantidad de recursos disponibles en Docsity
Gana puntos ayudando a otros estudiantes o consíguelos activando un Plan Premium
Prepara tus exámenes
Prepara tus exámenes y mejora tus resultados gracias a la gran cantidad de recursos disponibles en Docsity
Prepara tus exámenes con los documentos que comparten otros estudiantes como tú en Docsity
Encuentra los documentos específicos para los exámenes de tu universidad
Estudia con lecciones y exámenes resueltos basados en los programas académicos de las mejores universidades
Responde a preguntas de exámenes reales y pon a prueba tu preparación
Consigue puntos base para descargar
Gana puntos ayudando a otros estudiantes o consíguelos activando un Plan Premium
Comunidad
Pide ayuda a la comunidad y resuelve tus dudas de estudio
Ebooks gratuitos
Descarga nuestras guías gratuitas sobre técnicas de estudio, métodos para controlar la ansiedad y consejos para la tesis preparadas por los tutores de Docsity
Asignatura: HISTORIA DE LAS IDEAS ESTETICVAS II, Profesor: Juan Manuel Forte Monge, Carrera: Historia del Arte, Universidad: UCM
Tipo: Apuntes
1 / 24
Esta página no es visible en la vista previa
¡No te pierdas las partes importantes!

















Maqueta: RAG Título original: Die Kulrur der Renaissance in Italien Ein Verstlch
l.' edición, 1992 2.' edición, 2004
Prólogo de Fernando Bauza
© de la traducción: Teresa Blanco, Fernando Bouza y Juan Barja © Ediciones Akal, S. A., 2004 Sector Foresra, 1 28760 Tres Can tos Madrid - España Te!.: 918 061996 Fax: 918 044 028 www.akal.com
Traducido por Teresa Blanco, Fernando Bauza y Juan Barja
ISBN: 84-460-2259- Depósito legal: M. 28.791- Impresión: Fernández Ciudad, S. L. (Madrid)
Impreso en España
Reservados todos los derechos. De acuerdo a lo dispuesto en el artículo 270 del Código Penal, podrán ser castigados con penas de multa y privación de libertad quienes reproduzcan sin la preceptiva autorización o plagien, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica, fijada en cualquier cipo de soporte.
46 La cultura^ del Renacimiento^ ~~ Italia^ El estado como obra de arte^47
La situaciÓD política La lucha entre los Papas y los Hohenstau- end siglo XIII fen dejó a Italia en una situación política que divergia en sus factcres básicos del resto de Occidente. Mientras en Francia, España e Inglaterra el sis- tema feudal estaba estructurado de tal forma que llegado el momen- to se transformaría de modo natural en una monarquía unificada, y mientras en Alemania contribuyó a afianzar la unidad aparente del reino, ya Italia se había liberado de él casi por completo. ASI, en Italia, a los emperadores del XIV, no se les recibía ni en los mejores casos como señores feudales, sino como caudillos o re- fuerzos en potencia de otros poderes ya establecidos; en cuanto al Papado, con sus territorios propios y sus estados aliados, era lo bas-, tante fuerte como para evitar cualquier unión futura, aunque fuera incapaz de producirla por su propio pes0^2 • Y entre ambos mediaban varías unidades políticas =cíudades y déspotas--, algunas ya estable- cidas tiempo atras y otras surgidas recientemente, cuya existencia era un hecho consumado', siendo en ellas donde aparece el moderno es- píritu político de Europa, por vez primera libremente entregado a sus instintos, que muestran a menudo un desatado egoísmo dotado de los rasgos más horribles, escarneciendo el derecho y ahogando todo germen de cultura. Pero allá donde esta tendencia se supera o compensa de algún modo hace su entrada en la historia una nueva entidad, la del Estado como creación consciente y calculada, es de- cir, como obra de arte. Esta nueva actitud se manifiesta de mil ma- neras, tanto en las ciudades-república como en los estados goberna- dos ~or tiranos, determinando tanto su estructura interior como su política exterior. De entre todos ellos, y en el grupo de los estados gobernados por tiranos, nos limitaremos a observar el tipo más per- feccionado y mejor definido de cuantos hubo.
regía un dictador tuvo como modelo más famoso los reinos del sur de Italia y de Sicilia tras la transformación que sufrieron a manos del emperador Federico 114. Este monarca, el primer hombre moderno que se sentó sobre un trono, por haber cre- cido en la ,Proximidad de los musulmanes, entre peligros y traicio- nes, se habla habituado desde muy temprano a juzgar y tratar de sus asuntos de una manera objetiva A ello hay que añadir su intimo co- nocimiento de las condiciones internas, y la administración de los es- tados sarracenos y la despiadada guerra contra los Papas, que reque- ria de ambos combatientes llevar al campo de batalla todos los me- dios y fuerzas a su disposición. Las medidas tomadas por Federico (sobre todo desde 1231) tuvieron como resultado la completa des- trucción del estado feudal y la transformación del pueblo en una masa
sin armas ni voluntad extremadamente rentable a lahora de re.ca~- dar los ímpuestos. Así, centralizó Ios poderes a~mstr.ati.vo y j~= cial de forma hasta entonces inaudita en todo .OCCldente.mngu. , 'blico sería elepdo por voto popular, bajo pena de desí!UCClon a~1gar y reduccion de sus habitantes ~ I~ elavitud.~:I::nJ:ili:' tos basados sobre un amplio catastro a ínutacron del m ldad. meiano se colectaban por medio de torturas y o~as crue es, sin las cual~s, desde luego, es ímposible sacarles el dinero a,los on~n~= les. A'l.uí tenemos, pues, no ya un pueblo, sino un monton d;e,su~ tos fáciles de controlar, a los quC?,po~ ejemplo, no = permItiffi del territorio para contraer ma~omo sin un permiso espec ICOy de ninguna manera para ínstruirse.
La ioOueocia mahometana La universidad de Nápoles .fue,la primera que ímpuso leyes que restrmgIan la ííber- tad en los estudios mientras el Oriente, por lo menos en .esto, deja- ba libertad a sus ciudadanos. Sin embargo, el que Federico comer- ciara por todo el Mediterráneo Y se reservara el monopolio ~~a-
sí tiene ya un carácter puramente mahometano- Con ~u ~III?-a _ doctrina llena de escepticismo, los califas de .l~ dinastía fatimita .ha bían mostrado cierta tolerancia hacia las religiones ~e s~ subditos (al menos al principio); Federico, al contrano, remato su sls~emagu- bernamental con una Inquisición contra los J:1ereJes,tanto, mas repí:S bable si se considera que a I.osque C?D:realidad ,pt:;rsegUlaera.,: re resentantes de una libre Vida municipal. Por último, como e~
cilianos que se habían establecido en Lucera y N<?cera,,gen!e sor a
FJ. de EzzeIino Pero junto al emperador centralizador gobleroo apareció además un usurpador ?astante culiar su yerno y vicario Ezzelino da ~0!Dano!, quien, sm haber rstableddo ningún sistema original de administraclOn o de g~blerno,
nordeste de Italia, en cuanto modelo político pll;fa la epoca que SI- gue será tan importante como su protector imperial ..Has~ etitonces, todas las conquistas y usurpaciones de la Eda~ Media .se a ian rea- lizado con motivo de herencias, reales o fingidas, o bien a costa de los infieles o excomulgados. Aquí ~or ve~ pli:~ra stili:~d~ t: un trono sobre matanzas y aberracIOnes sin e, u 'N' los medios y considerando únicamente el fin que se perse~a. ~- o de sus sucesores logró igualar a Ezzelino en la colos magm- ~ de sus crimenes, ni Siquiera César Borgia, pero el ejemplo esta-
a Maquiavelo. Discorsi L. l. cap. 12. , Los soberanos y su séquito se llaman en conjunto lo stato; más tarde este nom- bre vino a significar la existencia de todo un territorio.
142 La cultura^ del Renacimiento^ en Italia^ El desarrollo del individuo^^143
Ya en tiempos muy anteriores se detecta la presencia esporádica de algunas perso- nalidades individuales, cosa que en el nor- te de Europa o no sucede en absoluto, o no se manifiesta del mismo modo: así, el círculo de poderosos malhechores del SI&10X que nos describe Liutprand, ciertos contemporáneos de Gregono yu y algu- nos rivales de los Hohenstaufen muestran rasgos de este !-Ipo. Pero al concluír el siglo XIII, Italia está ya repl~~ de personalidades, de modo 9ue el hechizo bajo el que estaba pnsionero el individualismo se ha disuelto por completo y mil rostros únicos aparece~ en C?sce~a, cada uno de ellos caracterizado de forma diferente. Hubiera Sido Im- posible concebir el gran poema de Dante en cualquier otro país, ya que el resto de Europa rermanecía aún bajo el ~ncantamIento del concepto de raza; pero e augusto poeta, con su bien configurada In- dividualidad, se había convertido para Italia en el heraldo nacional de su época. Ya nos ocuparemos más adelante, detalladamente, d~ C?xpone~la riqueza de la me~te. humana e:n Sl!s.manifestaciones a:usucas^ y lite- rarias, con sus múltiples y polifacéticas ~a~tensu~, pero aquí es-
poco sabía de la falsa ~odestia y prácti~ente nada de hipocresía: y ninguna criatura temía llamar la atención por ser o parecer dife- rente a los demás mortales 2.
Fl despertarde la persooaliclad
O- una formidable fuerza motora para el de- sarrollo de la personalidad del tírano y del condittier' e in~lu~o. para la de sus protegidos, pero también afecta a la de aquellos individuos cuyo talento se venia explotando sin ninguna consideración -eJ se- cretario el funcionario, el poeta, el acompañante-o Así, la necesidad obligó ~ estas personas a una concienzuda exploración de sus men-
t
tes en busca de cuantos recursos disponían, ~to pe~anentes <¿>mo accidentales. Y esta actividad mental amplio su capacidad de disfru- tar la vida, al tiempo que la concentró, pues se !Tataba ~e sacar el
, Hacia 1390 no había en Florencia una moda dominante en la indumentaria mas- culina; todos buscaban singularizarse en el vestido. Cfr. la Canzone de Franco Sa- chetti; Contro al/e nuove foggie, en las Rime. publ, de Poggiali, pág. 52.. , y también de sus mujeres, como se puede notar en la casa Sforza y en dífere.o- tes familias de soberanos de la Alta Italia. Cfr., en la obra de Jacobus Bergomensis, De Clarae Mulieres, las biografias de Battista Malatesta, Paola de Gonzaga, Orsina Torella, Bona Lombarda, Ricarda d'Este y de las mujeres más sobresalientes de la familia Sforza. Entre ellas se encuentra más de una «virago- y se ve a menudo el completo desarrollo individual de la alta cultura humanística.
Sus súbditos Y tampoco sus súbditos carecían por com- pleto de un impulso similar. Dejemos a un lado aquellos que consumieron su existencia en secreta rebeldia y arriesgadas conspiraciones para volvemos hacia los que se adapta- ron al sistema, contentándose con seguír siendo ciudadanos particu- lares, como sucedió, por ejemplo, con la mayor parte de la pobla- ción del imperio bizantino y de los estados mahometanos. Natural- mente, a los súbditos de -por ejempl<>- los Visconti, les sería dificil mantener su dignidad personal y la de sus familias, siendo seguro que la integridad moral de muchos de ellos sufrió grave deterioro a causa de esta servidumbre. La viciaprivada Mas no ocurrió lo mismo con lo que lla- mamos el carácter individual, pues es pre- cisamente en la impotencia política general donde con más variedad y vigor prosperan las diferentes tendencias y aspíraciones de la vida
cia de una Iglesia que no era, como en Bizancio y el mundo islámi- co, una con el estado, son elementos que favorecieron sin duda el des- .Jb puntar de una forma indívidual de pensamiento, y en cuanto al oci~ que éste requiere, estaba garantizado gracias a la ausencia de parti- dos políticos. El particular, indiferente a la política, con sus ocupa- ciones por un lado y sus aficiones por otro, bien podría haber alcan- zado por primera vez su completa formación en los estados gober- nados por tíranos de aquel siglo XIV. Es claro, sin embar~o, que no es posible exigír evidencia documental a este respecto: asi, los escri- tores de novelas cortas, en cuyas obras se podría esperar algún indí- cio, presentan algunos personajes extravagantes, pero siempre de for- ma unilateral y sólo en la medída en que lo exige la trama de la na- rrativa; y además sus narraciones suelen tener como escenario prin- cipal las ciudades-república.
Las repúblicas También en estas últimas se mostraban propicias las círcunstancias para la confi- guración de un carácter individual, aunque de forma distinta. Así, cuanto más a menudo cambiara el partido en el gobierno, tanto más inclinado estaba el individuo a concentrarse en el ejercicio y el goce del poder. De este modo adquirieron los estadistas y caudillos popu- lares, sobre todo en la histona florentina", un carácter marcadamen- te personal, como casi ningún otro de su misma época, ni siquiera
Enfrentamiento de la En nuestras observaciones sobre la histo- Antigüedad con otrasfuerzas ria de la cultura hemos llegado al punto en que debemos ocupamos de la Antigüe- dad clásica, cuyo «renacimiento» se ha elegido, si bien de forma uni- lateral, para designar este período. Las circunstancias descritas hasta ahora hubieran bastado para conmocionar y madurar a toda la na- ción, aunque no hubiera habido Antigüedad, y también sin ésta se podría concebir perfectamente la mayor parte de las nuevas tenden- cias intelectuales que aún quedan por citar. Pero al igual que lo es- tudiado hasta el momento, también lo que le sigue se nos presenta marcado por la influencia preponderante de lo antiguo y, aunque la esencia de cuanto sucedió también habría podido concebirse y ha- bría sido idéntica aun sin esta influencia, es por ella y con ella como concretamente se manifiesta. Por lo demás, dicho Renacimiento no hubiera sido un gran proceso necesario de la historía mundial si fue- ra fácil abstraer sus componentes y lograr analizarlos; pero ahora de- bemos insistir, y ésta es una de las tesis fundamentales del libro, en que lo que en realidad revolucionó el mundo occidental no fue sólo elresurgir de la Antigüedad, sino su peculiar combinación con el ge- nio italiano ya existente: La libertad que disfrutó este genio variaba según las circunstancias y a menudo parece limitada si, por ejemplo, se analiza sólo la literatura neolatina, pero en las artes plásticas y en otras muchas esferas es sorprendente y notablemente grande. Mas el lazo que halló un mismo pueblo entre dos de sus épocas culturales tan distantes en el tiempo demostró ser justificable y fructífero gra- cias a la gran autonomía que mantuvieron entre ambas. El problema del resto de Occidente consistiría en rechazar o en unirse parcial o totalmente al poderoso impulso que provenía de Italia; donde se dio ) una total adaptación, mejor será ahorrarse lamentaciones por la tem- prana decadencia de unos conceptos y formas de cultura medieva- -les:' si hubieran sido sólidos aún prevalecerían en nuestros días. Mas si esas naturalezas elegíacas que hoy suspiran por el retorno de una
202 La cultura^ del Renacimiento^ en Italia^ ,.f^
El resurgir de la Antigüedad clásica^203
estudios si éstos no se hubieran considerado como el más n,oble ~~In que se pueda llegar a poseer en la. exrstencia terrena; ID sen~ P?SI ale convertir el exilio en un feliz refugio, como hizo Palla S~0b-' e 19u -
servado los deseos y energías necesarios para hacer un ~~tu o en - co sobre la Historia Natural de Plinio, como lo hizo Filippo ~troz- zi " Mas con ello no pretendemos ni alabar ID cnticar, ,sul;0 S<? ~.r~- oo~ocer el espíritu propio de una época en toda su energica 10 IVI-
d~~e~ás de F1orencia, hubo otras ciudades en Italia en las q~e individuos aislados o grupos sociales enteros, desplegando en ocasf~ nes los mayores esfuerzos, desarrollaron una gran actividad para mentar el Humanismo y proteger a los hombres de letras de sus lo- calidades respectivas. Los epistolarios de la época referida ROS°rre- cen enorme cantidad de menciones a eml?re~ de este tI~. Y esta fue una orientación exclusiva a la que se inclinaban los miembros de las clases más cultas. FJ Humanismo en las Mas ya va siendo hora d~ hablar del Hu- cortes priDcipescas manismo en las cortes p~ClpeScas. Ante- rionnente hemos mencionado la alianza natural que se formaba entre el tirano y el f¡}~logo, por cuanto(~- bos dependían de la sola fuerza .de su I?e~sonalidad y su talento v. págs. 49 y 146), pero si estos últimos elig¡ero~ expre~ente VIVIr~n las cortes de los I?rincipes ~ntes que, en. las ciudades libres, fue solo porque les era mas benefícioso econoDllcamente. AsI, e!1 el mome!l- to en que parecia factible que el gr~ ~.?nso ?~,Aragon = C;O~lV1r: tiera en senor de toda Italia, Eneas Silvio escribió ~ otro slen~s. «SI bajo su poder Italia disfrutara de la paz, lo prefenna a (que e~ta se obtuviera mediante) un gobierno municipal, porque es lo propIo del noble carácter de un rey que premie y recompense todo tipo de me- ritos»". Respecto a los comentarios de esta clase, hay q~e ~ecIr qduí últimamente se ha dado excesiva ímportancia al lado-jndigno e asunto la lisonja mercenaria, del mismo modo que en. epocas ante- riores ¡as alabanzas de los humanistas lograron dete~ar excesiva-
como un conjunto, siempre prevalecera com~ evidencia posrtrva e que estos príncipes se vieran en el. deber de sltu~se a la cabez~e los movinuentos culturales de su tiempo y su pros -por muy u a- terales que éstos pudieran ser.
•• Varchi, Stor. fiorent., libro IV, pág. 321, en biografi~ e~rita con gran ingeni:. " Las Biografias de Rosmini, sobre Guanno y Vittoríno, as! como la e Shepherd, Vida de Poggio, contienen m~cbos detalles sobre esto. Ñ Epis., 39; Opera, pág. 526. A Manano SOCIDO. • " No bay que olvidar que se producían numerosas Y ~n.stantes. quejas sob~e la insignificancia del mecenazgo de los príncipes, y sobre la índíferencía de gran nu- mero de ellos respecto a la idea de la gloria. Ejemplos de esto en Bapt. Mantua., Eclog., V, todavia del siglo xv. No era posible satisfacer a todo el mundo.
sabio Johannes Argyropulos y del celo personal de Cosimo durante sus últimos años, de modo que por lo que respecta al platonismo, el gran Marsilio Ficino puede considerarse como hijo espíritual de Co- simo. Luego, bajo Pietro Medici, Ficino estaba ya .a la cabeza de una escuela, y también el hijo de Pietro y nieto de COSlIDO,el insigne Lo- renzo, abandonaría a los peripatéticos para unirse a ella. Además, en- tre los más distinguidos de sus correlegíonanos, podremos encontrar a Bartolommeo Valori, Donato Acciajuoli y Pierfilippo Pandolfini, comentando su maestro con gran entusiasmo cómo Lorenzo había examinado en profundidad las mayores simas del platonismo y cómo había expresado su convicción de que sin conocer a Platón seria di- fícil ser un buen ciudadano e incluso un buen cristiano. Este elevado rasgo de carácter fue causa de que el famoso círcu- lo de eruditos que se reunía en tomo a Lorenzo de Medicis se ca- racterizara por su adscripción a la filosofía idealista destacando en- tre todos los de su especie. Solamente en una atmósfera como aque- lla podía sentirse feliz un hombre como Pico della Mírandola, y aún puede añadirse que, junto a todo este culto por la Antigüedad, tam- bién se hallaba allí un área de actividad consagrada a la poesía ita- liana, de modo que entre todos los destellos que parten de la perso- nalidad de Lorenzo, éste puede considerarse el más brillante y lumi- noso. Como estadista, que cada cual le juzgue como quiera (vid. pá&s. 103 Y 112), más creo que, en lo posible, un extranjero no se deben a inmiscuir en los asuntos florentinos a la hora de repartir responsabi- lidades entre el destino y las acciones humanas; pero no existe polé- mica más injusta que la que acusa a Lorenzo de haber protegido pre- ferentemente a los mediocres en el terreno intelectual, y de ser el res- ponsable de que Leonardo da Vinci y el matemático Fra Luca Pac- cioli vivieran en el extranjero, o que Toscanelli, Vespucci y otros no encontraran mecenazgo. Desde luego, la de Lorenzo no fue una men- te universal, pero si de las más polifacéticas entre todos los gober- nantes que alguna vez intentaron fomentar las actividades intelectua- les, y quizás sea el único, además, para quien esta actitud respondie- ra a una profunda necesidad intenor.
Así también nuestro siglo XIX tiene el há- bito de proclamar bien alto el valor de la cultura en general, y la de la Antigüedad en particular, y, sin embargo, una entrega absoluta y entusiasta y el reconocimiento de que esta necesidad debe tener prioridad sobre cualquier otra, es cosa que no se ha vuelto a producir en parte algu- na como entre aquellos florentinos del siglo xv y de principios del XVI. Hay suficientes pruebas que avalan este hecho, de manera indi- recta, mas sin dejar lugar a- dudas: así, nunca se hubiera permitido con tan rara frecuencia que las hijas de familia tomaran parte en los
La Antigüedad como • interés l'itId
ibid..• 308. El catalán Narciso y su discusión con Arzvronulos. ibid.. 571. Varios diá- logos de Plat6n traducidos por Lionardo Aretino, ibid.. 298. Nueva influencia del neoplatonismo.
_ la ~'(I R. b 5 5 s g 1 ( f3 ')
Erwin
Panofsky
PAN
. Renacimiento y renacimientos
Versión española
. de María Luisa Balseiro
BIBUOTECA u.c."'.
. Alianza Editorial
Podemos, pues, dar respuesta afirmativa al primero de nuestros~ interrogantes preliminares: hubo un Renacimiento que, '«iniciado en Italia en la primera mitad del siglo XIV, extendió sus tendencias cla- sicistas a las artes visuales durante e! XV, Y a partir de entonces dejó }t marcada su huella sobre todas las activida~es culturales de! resto 'J.. de Europa». Nos queda e! segundo: ¿es posible demostrar que fue- - ran diferencias cualitativas o estructurales -y no meramente cuan- titativas- las que distinguieron no sólo a este Renacimiento de anteriores y aparentemente análogos movimientos de renovación, sino también a estos mismos movimientos entre sí? Si así fuera, ¿estaría todavía justificado e! definir estos últimos como fenómenos «medievales»? I Todos estamos de acuerdo en que esa alienación radical de la
minamos estilo gótico -alienación evidente, exceptis excipiendis, en toda obra de arte realizada al norte de los Alpes desde después de mediado e! siglo XIII hasta algo antes de acabar e! xv y, como veremos, requisito previo para la cristalización de la buona maniera moderna, inclusive en Italia- no fue producto de una pérdida pro- ./ gresiva de las tradiciones clásicas. Más bien podría decirse que marca el punto más bajo de una línea sinuosa de alejamientos y
arte bizantino nunca alcanzara un nadir tal lo que le habría impedido I
164 Renacimiento y renacimientos en el arte occidental
mentemente por accidentes de transmisión. Par~ce expresar. una tendencia o idiosincrasia fundamental de la mentalidad altomedieval que volveremos a encontrar en varias ocasiones J?ost~riores.: un impulso irresistible de «compartimentar» las exper~e~cIas pSIcol~. gicas y actividades culturales qu.e más tarde. se fun?1t1an o. confluic rían en el Renacimiento; y, a la Inversa, una incapacidad radical para hacer lo que nosotros llamaríamos distincio~es «hist6rica~» .. X ello nos hace volver al interrogante que planteabamos al pnncipro de este capítulo: ¿se puede demostrar que los tres fenómenos ~ue he- mos estado considerando -la rinascita italiana, la renooatio caros lingia y el movimiento doble conocido como protorren~cimient~ y"
en estructura? Y si es así, ¿es todavía posible distinguir, dentro
' scula y las dos renovaciones medievales que yo sU~Iero llamar \ «renacimientos»? A mi juicio, también este segundo Interrogante merece una respuesta afirmativa; porque, dicho en pocas p~lab:as, los dos renacimientos medievales fueron limitados y transitonos: t el Renacimiento fue total y permanente. .. La renovatio carolingia se extendió a todo el rmperío y afect a todas las esferas de la civilización; pero fue limitada en cuanto que su objetivo fue la reclamación de. territorios perdido~, no la conquista de nuevas tierras. No trascendió de una l!errenschtcht mo-. nástica y administrativa directa o indirectamente ligada a la coron!; entre sus actividades artísticas no figuró la escultura de gran tamano en piedra; los modelos escogidos para su imitación pertenecían. por regla general a las artes menores y norm~lI?ente no ~r~n anter.lOres
rios- fueron meramente rescatados, no «reactivados» (como hemos visto, no se hizo ningún esfuerzo por reinterpretar las imágenes clá- sicas o ilustrar los textos clásicos de nouo). La renovación clasicista de los siglos XI y XII, por otra parte, penetró en muchos estratos de la sociedad. En el arte b~s.~ó y 10gr la monumentalidad, escogiendo modelos de mayor antigüedad que los que solían elegir los maestros carol~ngios, y ema?cipó ~ las imágenes clásicas de 10 que yo he denominado el estadio de cita y paráfrasis (hizo precisamente lo que la renovatio carolingia no había sabido hacer: infundir nuevos significados a las imágenes clásicas y prestar nueva forma visual a los temas clásicos). Pero fue limitada en varios otros aspectos: representó sólo una corriente especial dentro del caudal más amplio de la civilización contemporánea (mientras que la civilización carolingia en su conjunto coincidió en
extensión con el movimiento de renovatio) y estuvo restringida a determinadas regiones; se dio, de unas regiones a otras, una dife- rencia básica entre las respuestas recreativa y literaria o anticuaria a la Antigüedad; el protorrenacimiento artístico quedó prácticamen- te restringido a la arquitectura y la escultura, sin alcanzar a la pintura; y tanto en el arte como en la literatura la forma clásica fue disociada del contenido clásico. Ambos renacimientos medievales, en fin, fueron transitorios, ya que les siguió una separación relativa o -en los países del Norte- absoluta de las tradiciones estéticas, artísticas y literarias, del pasado clásico. Un incidente menor, pero significativo, puede servir para ilus- trar hasta qué punto cambiaron las cosas con el verdadero Renaci- miento, el italiano. El manuscrito carolingio de la Aratea al que pertenecen, entre tantas otras composiciones clasicistas, los Gémi-
permanecido intacto durante unos cuatrocientos años. Por fin, un copista bienintencionado juzgó conveniente repetir todo el texto en la escritura del siglo XIII (i1. 2), evidentemente porque pensaba que las «Mayúsculas Rústicas» carolingias desconcertarían a sus contem- poráneos, así como a las generaciones futuras. Pero el lector. del siglo xx halla la escritura carolingia mucho más fácil de descifrar que la gótica, y esta ironía resume en sí toda la historia. Nuestras letras y tipos de imprenta se derivan de los tipo.s. que el Renacimiento italiano, por oposición deliberada a los gOtlCOS,
170 Renacimiento^ y renacimientos^ en^ el arte^ occidental
de antaño y los infieles de su propia época 132. Por falta de una «distancia perspectiva» no era posible visuali- zar la civilización clásica como sistema cultural coherente en cuyo seno todo estuviera interrelacionado. Ni siquiera el siglo XII, por citar a un observador competente e imparcial, «consideró jamás a la Antigüedad clásica en conjunto ... , veían en ella un almacén de
tj
'deas y formas, de donde cabía apropiarse de aquellos elementos que parecieran encajar con el pensamiento y las acciones del presente' inmediato» 133. En consecuencia, cada fenómeno del pasado clásico, en lugar de ser visto en el contexto de otros fenómenos de ese pasado, tenía que tener un punto de contacto y otro de divergencia (1 ~on el presente medieval: tenía que satisfacer simultáneamente a la LJmpresión de continuidad y al sentimiento de oposición: recordemos
una palinodia cristiana, y que la pastoral de Marbodo de Rennes
Podemos comprender ahora por qué la unión de forma clásica y contenido clásico, aunque conservada en las imágenes resucitadas en época carolingia, estaba destinada a romperse, y por qué ese pro- ceso de «disyunción» tuvo que ser mucho más radical en las artes --en las que el hecho mismo de proporcionar una experiencia visual
cluso idolatría- que en la literatura. Para la mentalidad medieval, Jasón y Medea (aunque ésta tendiera a realizar sus mañas rejuvene- cedoras con ayuda del «agua del Paraíso») eran aceptables mientras se les representase como aristócratas góticos jugando al ajedrez en un aposento gótico. Los dioses y diosas clásicos eran aceptables mientras prestaran su hermosa presencia a los santos cristianos, a Eva o a la Virgen María 134. Pero una Tisbe vestida con ropaje clásico
132 Además de la conocida designaci6n de Villard de Honnecourt de una rumba «romana» como li sepouture d'un sarrazin (fol. 6, cf. Adhémar, op. cit., pág. 279), podemos mencionar un pasaje del Lapidario de Cambridge (cf. pá- gina 152, nota 111) conde a los dioses paganos se les llama des dieux sara- zinais (Pannier, op. cit., pág. 147). 133 Liebeschütz, «Das zwolfte Jahrhundert und die Antike», pág. 271 (la traducci6n es mía). 134 Van Bezold (op. cit., pág. 44) parece haber interpretado mal dos líneas del poema de Abelardo a su hijo (probable imaginario), «Astrolabius», cuando ve en ellas una objeción a la representaci6n c1asicista de Cristo o de la Virgen María a la manera de la Visitaci6n de Reims. Al preguntar: «Numquid amare potest ut Iuppiter idola Christus / Aut sculpi ut Vesta nostra Maria volet?, Abelardo no se opone a las imágenes. a las imágenes de estilo clasicista, sino a las imágenes COlnO tales. Lo mismo que 'el ut de la primera cláusula s puede referirse a amaré, no a Iuppiter, as! también el ut de la segunda s
y esperando a Píramo junto a un mausoleo clásico habría sido una reconstrucción arqueológica incompatible con la impresión de con- tinuidad; y una imagen de Marte o Venus clásica de forma y signi- ficación o era, como hemos visto, un «ídolo» o talismán, o, a la inversa, servía para personificar un vicio. Se comprende que el mis- mo Magister Gregorius que estudiaba y medía los edificios romanos con la frialdad de un anticuario se llenara de asombro y de inquie-
sa; que Fulco de Beauvais (muerto después de 1083) sólo acertara a describir una cabeza de Marte descubierta por un labrador en
. términos de conflicto violento entre la admiración y el terror (<<Ho- rrendum caput et tamen hoc horrore decorum, / Lumine terrífico, terror et ipse decet; / Rictibus ore fero, feritate sua speciosum») 13S; que como siniestro acompañamiento al protohumanismo surgieran
puede referirse a sculpi, no a Vesta. No habrá que traducirlo, pues, por: «¿Pue- de Nuestra Señora querer ser representada en una imagen esculpida en forma de Vesta?», sino por: «¿Puede Nuestra Señora querer ser representada en una imagen esculpida como 10 fue Vesta?» 135 Sobre estos versos de Fulco de Beauvais, en los que extrañamente se combina una fuerte reacción emotiva con un intento de análisis arqueológico, véase (además de van Bezold, op, cit., págs. 38 s., 96, Liebeschütz, Fulgentius Metaloralis, pág. 14, Manitius, op. cit., 111, pág. 836 ss.) Adhérnar, op, cit., págs. 104 s., 311 s. Otro texto que merece ser aducido a este respecto es un poema de Baudri de Bourgueil. Descripción de un sueño obviamente autén- tico, este poema, aparte de proporcionar material para un psicoanalista, da tes- timonio de la fascinaci6n pecaminosa que la Antigüedad ejercía sobre el pen- samiento de un norteño culto (Abrahams, Les Oeuures poétiques, XXXVII, pág. 19 ss.; d. Manitius, op. cit., III, pág. 886). En una noche más triste de lo común y muy atormentado por angustias físicas y morales, Baudri cae en un sueño agitado y sueña que cabalga sobre un puente que, al estremecerse de improviso, le precipita a un río ancho y turbulento. Cuando intenta aga- rrarse a una roca cercana a una de las orillas, se le queda en las manos un trozo desprendido de esta roca, que resulta ser «una piedra hábilmente tallada por un artista antiguo, que parece exhibir la imagen de un león viviente» (sin duda la señorita Abrahams yerra al imaginar esta piedra, que se nos describe explícitamente como saxum euectum de saxis, como gema tallada en lugar de roca grande esculpida). A pesar de su situación desesperada, Baudri no puede, por menos de admirada largo rato (<<Admirar lapidem, lapidi studiosus inhoe- rens; / Admirar formam, mirari quippe licebat / Otia miranti f~erant haec atque natanti»), pero finalmente se aparta y trata de alcanzar la Orilla opuesta, arrostrando las olas y, al mismo tiempo, escapando por poco a una avalancha de rocas desprendidas. En el último instante la corriente le arrastra rontra una enorme columna octogonal de mármol de Paros bien pulimentado, que coro- nada por una esfera se eleva sobre la superficie del do hasta una alrura de «doce hombres»; pero él consigue derribada milagrvsamenre «con el h?mbro izquierdo» de modo que desaparece entre las aguas y ya no obstaculiza 51.l puesta a salvo.
I i
J. HUIZINGA
Cl Ó o .. ~
HUI
El concepto de la historia
y otros ensayos
MI~XTro
<1 1~1~1I1""~~~!!I~flnll
146 EL PROBLEMA DEL RENACIMIENTO
gos individualístas donde antes se veía un panorama cerradamente colecrivo.w Esta repulsa de una antítesis tan rigurosa y simplificada para la distinción entre la Edad Media y el Renacimiento vale también para las "épocas culturales" de Larnprecht, de que tanto se habló en su día, en lo tocante a las épocas que aquí nos interesan. Al convertir la Edad Media en "época típica" frente a la era "indi- vidualista" que vino a continuación, Lamprecht, partiendo del individualismo burckhardriano como rasgo fundamental del Re- nacimiento, no hizo más que considerar todo lo que era el reverso de este individualismo como característico de la época cultural anterior. En contraste con sus sucesores del Renacimiento, el hom-
rísticas generales que enlazan entre sí las cosas y no lo que las diferencia, lo que hace que el espíritu reaccione ante la peculiari- dad de cada cosa de por sí. Con ayuda de este solo concepto, del "tipismo", que no era, en realidad, más que la inversión del in- dividualismo, creía Larnprecht poder definir la vida espiritual de 1.3 Edad Media en su conjunto. Hoy, apenas hay ya nadie que sostenga la tesis de Lamprecht, y no es éste el lugar adecuado para rebatirla en detalle; no creo que haya nadie que use ya la expresión de "la época típica". Todo el mundo se da cuenta, evidentemente, de que no hay nada que justifique el negar a la Edad Media todo rasgo individualista. Bien, se dirá, pero con eso no se niega que el Renacimiento fuese la época individualista por excelencia, la época en que el individuo se erigió con más fuerza que nunca sobre la base de sus ideas y aspiraciones personales. Es posible que la concepción sinrético-colectivista de la Edad Media no pueda prevalecer en un sentidr tan rigurosa como el que se ha preconizado, pero eso n~~bstáculo para que la característica fundamental y la esen- la del Renacimiento sigan siendo el individualismo. Sin embargo, este criterio es también impugnable. Se equi- vocan quienes, bajo la influencia de Burckhardt, ven en el indi- vidualismo el rasgo fundamental del Renacimiento, que preside e
4.4 Me refiero al decir esto, entre otros, a los estudios de Alphons Dopsch sobre la historia económica de la época carolingia y a los de Pirenne sobre las formas primitivas del capitalismo.
EL PROBLElvfA DEL RENACr:-'1IENTO 147
informa todas las manifestaciones de esta época. Es, a lo sumo. una característica entre tantas, contrarrestada por otras que la con' tradicen de medí a medio. Sólo una falsa generalización ha po- dido convertir el in lividualismo en clave de interpretación del Renacimiento. Permírasenos que dejemos para más adelante el probar o ar- gumentar esta afirmación. Por el momento, nes comentaremos con que se reconozca que es necesario prescindir, en lo que al Renacimiento se refiere, de una fórmula simple capaz de expli- carlo todo. Debemos abrir bien los ojos para aprisionar en la mirada la abigarrada multiplicidad de esta época y las conrradic- ciones de las formas en que se manifiesta. El individualismo es un factor que domina la historia mucho tiempo antes de venir el Renacimiento y hasta mucho tiempo después de desaparecer; por e 0, lo mejor que podemos hacer es considerado tabú. Dígámoslo una vez más: el concepto del Renacimiento no es un concepto fijo, ni en cuanto a sus límites en el tiempo ni en cuanto al carácter y la esencia de los fenómenos que lo integran. No podemos tomar los elementos para su definición de la historia misma del Renacimiento. Es necesario, para ello, separar más los polos. Contrapongarnos a la Edad Media la cultura moderna y preguntémonos luego cuáles son las características de la cultura que creemos poder llamar medievales. Cuáles son los rasgos fun- damentales en que la cultura moderna difiere de In cultura de la Edad Media. Entre estos dos campos culturales quedará encla- vado el del Renacimiento. Solemos llamar a éste una época de transición, pero a pesar de ello se lo sitúa involuntariamenre de- masiado al lado de la época moderna. En nuestros juicios histó- ricos nos adelantamos casi siempre a los acontecimienros. Somos tan sensibles a la afinidad que descubrimos en el pasado con lo que ha de florecer plenamente más tarde, y en le) que nosotros mismos somos, en mayor o menor medida, copartícipes, que ten- demos por lo general a exagerar los primeros elementos gerrninales de una cultura. Y tienen que encargarse de corregimos constan, ternente las mismas fuentes, revelándonos que aquellas épocas son mucho más primitivas, están mucho mis cargadas de pasado de lo que nosotros creíamos.
"" '"
a
~ "I
~. 'J
148 EL PROBLEMA DEL RENACIMIENTO EL^ PROBLEMA^ DEL^ RENACIMlENTO^ H
El Renacimiento es una época de transición, El tránsito de la Edad Media a la época moderna no nos brinda (zcómo podría ser de otro modo?) la imagen de un gran viraje, sino la de una larga serie de olas que avanzan sobre una playa: cada una de ellas rompe, como las del mar, en un sitio distinto y en momento dis- tinto. Las líneas divisorias entre lo viejo y lo nuevo discurren cada vez con trazado diferente; cada forma cultural, cada pensa- miento se dirigen a su propia época y los cambios no rigen nunca con el complejo de la cultura visto en su conjunto. Por consiguiente, la tarea de deslindar el Renacimiento en sus relaciones con la Edad Media y con la cultura moderna tiene que ser necesariamente obra común de muchos. Aquí, en que sólo se trata de ver en qué estado se encuentra el problema, nos limitaremos a esbozar rápidamente unas cuantas líneas a las que, a nuestro juicio, deberá atenerse la investigación, sobre todo al margen del campo del arte y la literatura en sentido estricto." Cuando comienza la Epoca Moderna, con arreglo a nuestra clasificación usual (e imprescindible), no ha muerto todavía nin- guna de las grandes formas conceptuales de la Edad Medía. En el campo de la antigua y de la nueva fe y de todo lo que con él se halla relacionado, incluyendo por tanto el mismo Renacimien- to, con su acervo de temas religiosos, se mantiene la mentalidad simbólico-sacrarnental que no se preocupa primordialmente de la concatenación natural-causal de las cosas, sino de lo que estas cosas significan en el plan divino del universo. Hay dos notas fundamentales del pensamiento medieval que van languidecien-
quiavelo sigue siendo un formalista tan riguroso como Grego- rio VIL Para el espíritu medieval, buscar la verdad, crear el conocí- ~~gnificaba fortalecer mediante la prueba lógica las ver- dades existentes, basadas sobre sí mismas, ya se tratase de verdades reveladas y manifiestas o de verdades momentáneamente ocultas por haber olvidado las buenas fuentes de la Antigüedad. Toda la verdad de una cosa, cualquiera que ella fuese, podía expre-
47 Algunas de estas líneas han sido sugeridas por los estudios de Troelrsch citados más arriba.
sarse en un par de fórmulas lógicas y la clave de su descubri- miento residía en cualquier parte, en la Antigüedad o en las Sagradas Escrituras. Así concebía la Edad Media su apetencia de verdad y de conocimiento. Para el espíritu moderno, en cam- bio, el problema es acercarse a desarrollar, deslindar verdades no expresadas aún, cada una de las cuales planteará, a su vez, nue- vos problemas. Investigación inducriva, contemplación de la na- turaleza y del mundo como un misterio que hay que descifrar: así concibe su misión el pensamiento moderno. ¿Podemos decir que, en este punto sea el Renacimiento el que opera el viraje del es- píritu? No. Es posible que el nuevo sentido de investigación de la verdad pueda aparecer realizado ya en Leonardo de Vinci como excepción, mas el Renacimiento en su conjunto permanece aún fiel a la vieja actitud y sigue creyendo en la autoridad. El hombre que marca aquí el cambio de rumbo es Descartes. Copérnico aporta el concepto de la infinitud del universo. ¿Pero acaso por ello desaparece la concepción geocéntrica y antro-
El Renacimiento sigue colocando la tierra y el hombre en el cen- tro del universo de un modo distinto, pero con no menos energía que la vieja concepción del mundo. Más aún, hasta llegar al siglo >"'VI1I no florece, en rigor,~..:erdadera ide::3n:r~~ la concepción teleológica de la creacion como ulla rnsntucion or- denada por una mano sabia en provecho y para instrucción del hombre. En este terreno, la antigua mentalidad no es abandona-
nuestra propia naturaleza no nos permitirá jamás dejar de colocar a la tierra y al hombre en el centro de nuestra concepción del mundo? No menos difusa es la divisoria en el tiempo entre el ascetis- mo medieval y el optimismo terrenal del pensamiento moderno. Ciertamente que es muy cómodo imaginarse que toda la Edad Media profesó el conrempras mundi hasta que de pronto, con el Renacimiento, la orquesta se puso a atacar con todos sus m~tales y cuerdas y en iubílosa instrumentación el tema del juoat. vwere, de la alegría de vivir. Pero, desgraciadamente, la realidad se pa- rece muy poco a esta simplista imagen. En primer lugar, el ~en- samiento cristiano medieval 110 rechazó nunca la belleza ru los
152 EL PROBLEMA DEL RENACIMIENTO
unidad: el noble cortesano y literariamente cultivado, el monje erudito, que sabe moverse también en el mundo; el rico burgués dotado de un sentido del saber y del arte, todos ellos contribuyen a formar el tipo del humanista que se siente como pez en el agua en todas las cortes, que se halla familiarizado con toda la eru- dición y toda la teología, que es o se considera apto para desem- peñar cualquier función en la ciudad o en el estado. Pero esto no quiere decir, ni mucho menos, que hayan dejado de existir las viejas formas de vida independientes. El ideal caballeresco de la Edad Media, el viejo honor caballeresco y todo lo que con ello se relaciona no sólo conservan bajo el Renacimiento su vigencia intacta, sino que se ven reanimados con nuevo ardor por Ariosto, T asso y las novelas de Arnadís. El concepto de estado social, así en sus formas más toscas como en sus formas más refinadas, sigue siendo hasta mucho después del Renacimiento, en esencia aunque de un modo considerablemente atenuado, el mismo que había sido en la Edad Media. Estrechamente relacionado con el concepto de estamento se halla el concepto de servicio. La cultura moderna ha desarrollado la idea de que es indigno del hombre servir a cualquier persona o causa extrañas a él; servir, se entiende, en un plano de humil- dad y obedie cia, como no sea a Dios y al interés colectivo. La Edad Media, en cambio, conocía el auténtico servicio y la autén- tica fidelidad de unos hombres hacia otros (pero siempre como imagen refleja del servicio a Dios), de! mismo modo que el cora- zón de los pueblos orientales sigue conociendo aún hoy la idea del servicio, por lo menos en aquellos casos en que aún no se ha encargado de extirpar en ellos esta conciencia la propaganda oc-
este punto de vista} Exteriormente, seguía estando todavía por entero de! lado de la Edad Media. El hombre renacentista, supe, ditado en la inmensa mayoría de los casos, al favor de la corte y a los mecenas, sirve celosa y gozosa mente, con todas las cuerdas de su cítara y con todos los destellos de su ingenio; con lo único que no sirve es con su corazón. La fidelidad medieval ha des, aparecido de su espíritu. No hay más que ver cómo Erasmo, carn- biando impresiones con su amigo Batto, niega a la señora van Borselen, protecora de ambos, a la par que escribe a ésta cartas
EL PROBLEMA DEL RENACIMIENTO (^153)
llenas de adulación; o cómo Ariosto, ensalzado como uno 'de los espíritus más honestos y más independientes de su tiempo, pone por las nubes en su Orlarulo [urioso al repugnante cardenal Ippo- lito d'Este, mientras le fustiga implacablemente en sátiras no des- tinadas al público. Probablemente no hay ningún otro campo en que mejor revele el Renacimiento las contradicciones no resueltas de un período de transición espiritual. En las obras de las artes plásticas y de la literatura parece, si se las mira superficialmente, que es completa y definitiva la rup- tura del Renacimiento con la Edad Media. Se percibe en las obras renacentistas una plenitud y una madurez que se echan de menos en las de tiempos anteriores, una plétora de color y una facilidad de expresión, un brío y una dignidad que, en su con' junto, producen la impresión de lo moderno y ya no la de lo primitivo. Pero, bien mirada la cosa, se ve que todo esto -sin entrar a prejuzgar si valorativamente debe considerarse por en, cima o por debajo de la rigidez y la reserva del arte anterior- se refiere solamente a la calidad y no a los fundamentos del arte mismo. La continuidad es aquí mucho mayor de lo que gene, ralmente se cree. En realidad, con el Renacimiento no muere nada de las grandes formas de expresión de que vivieran en su momento de apogeo el arte y la literatura medievales. El reman- ticismo medieval sigue imperando en la literatura hasta bien en, trado el siglo XVII. Las artes plásticas y la literatura siguen culti- vando la forma pastoril como uno de los medios predilectos de expresión del sentimiento hasta muy dentro de! siglo XVUI. La ale, goría no abandona e! campo ni en la literatura ni en las artes plásticas, aunque e! Renacimiento reduzca algo sus proporciones y la ennoblezca un poco, la maneja con mejor gusto y con más es-- tilo. Por otra parte, e! aparato mitológico de expresión empieza a cobrar auge ya mucho antes del Renacimiento y sigue gozando de predicamento en unión de la alegoría hasta mucho después de la época renacentista. Resumiendo, si el problema se plantea 'de modo que lo que? interese sea asignar al Renacimiento e! lugar que le corresponde entre la Edad Media y la cultura moderna, nos encontraremos con multitud de puntos dudosos y mal formulados. El Renací- miento no puede ser c.onsiderado como antítesis pura y simple de
"
(^154) EL PROBLEMA DEL RENACIMIENTO
la Edad Media, ni siquiera como zona divisoria entre la época medieval y los tiempos modernos. Algunas de las líneas diviso- rias esenciales entre la vieja y la nueva cultura de los pueblos de Occidente discurren entre la Edad Media y el Renacimiento, otras entre el Renacimiento y el siglo XVII y hay algunas que se hallan enclavadas dentro de la misma época renacentista, que se dibujan ya en pleno siglo XIII o que no aparecen hasta el XVIII. Virajes y oscilaciones, transiciones y mezclas de elementos cul- turales: tal es la imagen del Renacimiento. Quien se empeñe en encontrar en él una unidad absoluta del espíritu susceptible de plasmarse en una fórmula única, jamás podrá llegar a compren- der esta época en todas sus manifestaciones. Es necesario, sobre todo, estar en condiciones de comprenderla en su complejidad,
Lde un modo plural los distintos problemas que plantea. Si esbo- zamos un esquema unitario a modo de red para aprisionar en ella a este Proteo, corremos el peligro de quedar envueltos nosotros mismos en sus mallas. Vano intento el de definir al "hombre del Renacimiento". Mucho más concienzudamente de lo que el in- dividualismo pueda unificar a los hombres de esta época los se- paran toda otra serie de rasgos diferenciales, que crean en esta época pletórica nuínerosos tipos de hombre. No, la investigación debe proyectarse más bien sobre las cualidades específicas de la sociedad del Renacimiento, examinadas una por una. Es la ruta abierta brillantemen~ Buckhardt, al estudiar la sed de glo- ria y el espíritu satírico como dos de las características del Rena- cimiento. Así querría uno ver tratadas también la valentía, la vanidad, la honestidad de la época renacentista, su sentido del estilo, su orgullo, su capacidad de entusiasmo, su conciencia crí- tica. Y hacerlo, además, como supo hacerlo Burckhardt, sin pre- juicios, sin ese énfasis pomposo de todos los sentimientos y esa propensión a lo trágico que tantas veces nos entorpece a las gen- tes del norte la comprensión del Renacimiento. Pues hay algo
es que el Renacimiento constituye uno de los triunfos del espí- ritu latino. Quien aspire a comprenderlo deberá ser sensible a aquella asociación de la seriedad estoica y la voluntad tensa ha- cia una meta (una voluntad llena de preocupaciones muy dife-
EL PROBLEMA DEL RENACIMIENTO 155
rentes de la "agonía de la personalidad") con una alegría ligera y jubilosa, con una ancha bondad de corazón y una candorosa irresponsabilidad. Deberá preocuparse menos de buscar por todas partes su propia alma que de compartir el sentimiento apasiona- <lo y el interés inmediato por las cosas mismas. Deberá ser capaz
forma. Deberá saber atisbar detrás del rostro de Holbein o de Moro la risa de Rabelais.t"
48 Nos permitimos añadir a esta bibliografía de Huizinga el excelente es- tudio editado por Fondo de Cultura Económica, Sociología del Renacimiento, de Alfred von Martin (trad. de M. Pedroso). Es un complemento precioso para ilustrar algunos de los conceptos de Huizinga. [T.]