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Debate sobre la experimentación animal
Tipo: Monografías, Ensayos
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Cada año más de 115 millones de animales, contando solo a vertebrados, son sometidos a experimentación con el supuesto fin de beneficiar a seres humanos. Ello incluye prácticas tales como obligarles a inhalar gases tóxicos, aplicarles sustancias corrosivas en piel y ojos, infectarles con VIH o extirparles parte del cerebro. Ciertamente, el número de animales no humanos que sufren y mueren por causa de estas prácticas es mucho menor que el de los que son víctimas de la industria alimentaria, o de los individuos en estado salvaje que sufren por eventos naturales. Ahora bien, puesto que los intereses básicos de estos animales en no sufrir y no morir importan, es de todos modos necesario reflexionar sobre si la experimentación con ellos está éticamente justificada.
Solemos asociar estrechamente la experimentación con animales a esfuerzos por aumentar la calidad y duración de vidas humanas. Sin embargo, como se verá, este no es el objetivo perseguido en la mayoría de los casos. Además, respecto de aquellos en que sí lo es, hay razones éticas fuertes para rechazar la actual práctica de experimentación animal, si consideramos que tampoco estaría justificada con seres humanos. El respeto por la vida de los animales no humanos es la razón principal por la que muchas personas rechazan los experimentos con ellos. Pero incluso si se enfoca en los humanos como la justificación ética de los experimentos con animales, el enfoque es equivocado. No existe un dilema ético para justificar el “sufrimiento animal en lugar del sufrimiento humano”, sino abundantes pruebas científicas que evidencian que los experimentos con animales perjudican a los humanos en lugar de beneficiarlo.
En primer lugar, la mayoría de experimentos realizados en animales no humanos no tienen finalidad biomédica, es decir, no buscan obtener mejoras en la salud humana. En algunos casos se trata de pruebas de impacto medioambiental de productos químicos. En otros se
trata de pruebas de seguridad de productos cosméticos o del hogar. En otras ocasiones se emplea a animales no humanos en la investigación militar. Todos estos casos tienen en común que el beneficio que los seres humanos pueden recibir gracias a estas prácticas es irrelevante o inexistente. Pese a ello, se somete a un gran número de animales no humanos a daños graves. No tener en cuenta los daños que los animales padecen en estos experimentos, o darles una menor importancia, simplemente porque no pertenecen a la especie humana, es un tipo de discriminación arbitraria, denominada especismo. La experimentación con animales con fines medioambientales, cosméticos o militares debe ser, por lo tanto, rechazada. Afortunadamente, parte de estas prácticas ya están siendo prohibidas en algunos ordenamientos jurídicos, como es el caso de la experimentación para productos cosméticos en la Unión Europea o India, pero aún no se ha prohibido en muchas partes del mundo. En segundo lugar, una minoría de experimentos con animales sí posee carácter biomédico. En estos casos debemos comparar el sufrimiento y la muerte que se causa a los animales no humanos con los grandes beneficios que algunos seres humanos obtendrían en caso de éxito en la investigación. Dado el estado del conocimiento científico durante los años 30 y 40 del siglo pasado, se creía que las similitudes entre organismos no humanos y humanos, a pesar de sus diferencias, eran suficientes. Así, se pensó que era posible predecir el efecto en pacientes humanos de, por ejemplo, un fármaco, a partir de su efecto observado en ensayos clínicos con otros animales. Sabemos ahora que las similitudes entre los organismos de no humanos y humanos son mucho menores de lo que se creía. Quienes defienden los testeos en animales indican que, aunque métodos como las pruebas en cultivos de tejidos son útiles, es necesario en algún momento hacer pruebas también en animales no humanos. Pero el hecho es que nuestros organismos no reaccionan igual que los de otros animales a distintos medicamentos. Por ejemplo, en EE. UU el 96% de los fármacos que fueron exitosos en ensayos con animales fallaron en los ensayos con humanos, por ineficaces, dañinos o ambos.
En síntesis, el dilema que hay que confrontar es el siguiente: o bien aceptamos experimentar con individuos sintientes, o bien lo rechazamos y optamos por otros métodos de investigación. Bajo un criterio de mera eficiencia, deberíamos escoger la primera alternativa, lo que justificaría emplear a seres humanos en los experimentos. Decidir éticamente, sin embargo, nos obliga a escoger la segunda, abandonando los experimentos con animales no humanos e invirtiendo en el desarrollo de otros métodos. Persistir en la situación, por lo tanto, está éticamente injustificado.