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Orientación Universidad
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fernan caballero, Apuntes de Ciencias de la Educación

Asignatura: literatura española, Profesor: Fernando Gómez, Carrera: Educación Primaria, Universidad: USAL

Tipo: Apuntes

2012/2013

Subido el 26/06/2013

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CUENTOS DE
ENCANTAMIENTO
Fernán Caballero
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CUENTOS DE

ENCANTAMIENTO

Fernán Caballero

Índice

La hormiguita El lobo bobo y la zorra astuta Los caballeros del pez La niña de los tres maridos Bella Flor El lirio azul Versión valenciana El pájaro de la verdad Los deseos El pícaro pajarillo El Carlanco Otra versión del Carlanco Benibaire La zorra y la vejeta El gallo y el pato La joroba El galleguito Juan Cigarrón El zurrón que cantaba Pico, pico, a ver si me pongo rico Cuento de embustes El duendecillo fraile La gallina duende

Y lo propio sucedió con un perro que ladró, un gato que maulló, un cochino que gruñó, un gallo que cacareó. Todos causaban alejamien- to a la hormiga; ninguno se ganó su voluntad, hasta que pasó un ratonpérez (1), que la su- po enamorar tan fina y delicadamente, que la hormiguita le dio su manita negra. Vivían co- mo tortolitas, y tan felices, que de eso no se ha visto desde que el mundo es mundo. Quiso la mala suerte que un día fuese la hormiguita sola a misa, después de poner la olla, que dejó al cuidado de ratonpérez, advir- tiéndole, como tan prudente que era, que no menease la olla con la cuchara chica, sino con el cucharón; pero el ratonpérez hizo, por su mal, lo contrario de lo que le dijo su mujer: cogió la cuchara chica para menear la olla, y así fue que sucedió lo que ella había previsto. Ratonpérez, con su torpeza, se cayó en la olla, como en un pozo, y allí murió ahogado. Al volver la hormiguita a su casa, llamó a la puerta. Nadie respondió ni vino a abrir. Entonces se fue a casa de una vecina para que la dejase entrar por el tejado. Pero la vecina no quiso, y tuvo que mandar por el

cerrajero, que le descerrajase la puerta. Fue- se la hormiguita en derechura a la cocina; miró la olla, y allí estaba, ¡qué dolor!, el ra- tonpérez ahogado, dando vueltas sobre el caldo que hervía. La hormiguita se echó a llorar amargamente. Vino el pájaro, y la dijo: -¿Por qué lloras? Ella respondió: -Porque ratonpérez se cayó en la olla. -Pues yo, pajarito, me corto el piquito. Vino la paloma, y la dijo: -¿Por qué, pajarito, te has cortado el pico? -Porque el ratonpérez se cayó en la olla, y que la hormiguita lo siente y lo llora. -Pues yo, la paloma, me corto la cola. Dijo el palomar: -¿Por qué tú, paloma, cortaste tu cola? -Porque ratonpérez se cayó en la olla, y que la hormiguita lo siente y lo llora; y que el pajarito cortó su piquito, y yo, la paloma, me corto la cola. -Pues yo, palomar, voyme a derribar. Dijo la fuente clara: -¿Por qué, palomar, vaste a derribar?

Un día que pasaba por allí, vio que este había hecho mucha obra en su casa y la había pues- to que parecía un palacio. Díjole el compadre que entrase a verla, y vio que tenía su sala, su alcoba, su cocina y hasta su despensa, que estaba muy bien provista. -Compadre -le dijo la zorra-, veo que aquí lo que falta es un tarrito de miel. -Verdad es -contestó el lobo. Y como acertaba a la sazón a pasar por la calle un hombre pregonando: Miel de abejas, zumo de flores,

comprola el lobo, y llenó con ella un tarrito, diciéndole a su comadre que, estando rema- tada la obra de su casa, la convidaría a un banquete y se comerían la miel. Pero la obra no se acababa nunca, y la zo- rra, que se chupaba las patas por la miel, es- taba deshaciéndose por zampársela. Un día le dijo al lobo: -Compadre, me han convidado para madri- na de un bautizo, y quisiera que me hiciese

usted el favor de venirse a mi casa a cuidar de mis zorritas, entre tanto que estoy fuera. Accedió el lobo, y la zorra, en lugar de ir al bautismo, se metió encasa del lobo, se comió una buena parte de la miel, cogió nueces, avellanas, higos, peras, almendras y cuanto pudo rapiñar, y se fue al campo a comérselos alegremente con unos pastores, que en cam- bio le dieron leche y queso. Cuando volvió a su casa, dijo el lobo: -Vaya, comadre; ¿qué tal ha estado su bautizo? -Muy bueno -contestó la zorra. -Y el niño, ¿cómo se llama? -«Empezili» -respondió la supuesta madri- na. -¡Ay, qué nombre! -dijo su compadre. -Ese no reza en el almanaque. Es un santo de poca nombradía -respondió la zorra. -¿Y los dulces? -preguntó el compadre. -Ni un dulce ha habido -respondió la zorra. -¡Ay, Jesús, y qué bautismo! -dijo engesta- do el lobo-. ¡No he visto otro! Yo me he que- dado aquí todo el día como una ama de cría con las zorritas por tal de comerlos, y se vie-

El lobo se fue enfurruñado y renegando de los estorninos. Al cabo de algún tiempo fue la zorra con la misma pretensión a su compadre. -¡Que no voy! -dijo este-. Que tengo que cantarle la nana a sus zorrillas para dormirlas, y no me da la gana de meterme al cabo de mis años a niñera, sin que llegue el caso que traiga usted un dulce siquiera de tanto bauti- zo a que la convidan. Pero tanta parola le metió la comadre y tantas promesas le hizo de que le traería dul- ces, que al fin convenció al lobo a que se quedase en su choza. Cuando volvió la zorra, que se había comi- do toda la miel que quedaba, le preguntó el lobo que cómo le habían puesto al niño, a lo que contestó: -«Acabili». -¡Qué nombre! ¡Nunca lo he oído! -dijo el lobo. -A ese santo no le gusta que suene su nombre, respondió la zorra. -Pero ¿y los dulces? -preguntó el compa- dre.

-Se hundió el horno del confitero y todos se quemaron -respondió la zorra. El lobo se fue muy enfadado, diciendo: -Comadre, ojalá que a sus dichosos ahija- dos «Empezili», «Mitadili» y «Acabili», se les vuelvan cuantos dulces se metan en la boca guijarros. Pasado algún tiempo, le dijo la zorra al lo- bo: -Compadre, lo prometido es deuda; su ca- sa de usted está rematada, y tiene usted que darme el banquete que me prometió. El lobo, que tenía todavía coraje, no que- ría; pero al fin se dejó engatusar, y se dio el convite a la zorra. Cuando llegó la hora de los postres, trajo, como había prometido, la orza de miel, y venía diciendo al traerla: -¡Qué ligera que está la orcita! ¡Qué poco pesa la miel! Pero cuando la destapó se quedó cuajado al verla vacía. -¿Qué es esto? -dijo.

-Pues mucha verdad que es -prosiguió la zorra-. Vamos a dormir la siesta al sol, y cuando nos despertemos, aquel que le sude la barriga miel, no hay más sino que es el que se la ha comido. Convino al cabo, y se echaron a dormir al sol. Apenas oyó la zorra roncar a su compadre, cuando se levantó, arrebañó la orza y le untó la barriga con la miel que recogió. Se lamió la pata y se echó a dormir. Cuando el lobo se despertó y se vio con la barriga llena de miel, dijo: -¡Ay, sudo miel! Verdad es, pues yo me la comí. Pero puedo jurar a usted, comadre, que no me acordaba. Usted perdone. Hagamos las paces, y váyase el demonio al infierno.

Los caballeros del pez

Erase vez y vez un pobre zapatero remen- dón, que no ganaba nada en su oficio, y así determinó comprar una red y meterse a pes- cador. Muchos días estuvo pescando, y no

sacó más que cangrejos y zapatos viejos, que cuando era remendón no veía nunca. Al fin pensó: -Hoy es el último día que pesco. Si nada saco, me voy y me ahorco. Echó las redes, y esta vez sacó en ellas a un pez de San Pedro (2). Conforme tuvo en su mano el remendón al hermoso pez, le dijo este (que por lo visto no era tan callado como suelen serlo los de su especie): -Llévame a tu casa; córtame en ocho pedazos y guísame con sal y pimienta, canela y clavo, hojas de laurel y yerbabuena. Dale a comer dos pedazos a tu mujer, dos a tu yegua, dos a tu perra, y los otros dos los sembrarás en tu jardín. El remendón hizo al pie de la letra cuanto le dijo el pescado; tal fue la fe que le inspira- ron sus palabras. De esto se deduce y confir- ma un hecho eminentemente antiparlamenta- rio (harto sentimos no poder disimularlo), y es que los que hablan poco inspiran más fe y confianza en sus palabras que los que hablan mucho.

blanca de la Puerta del Sol. Nuestro bello mancebo preguntó cuál era la causa de aque- lla desolación, y supo que todos los años un fiero dragón, hijo de una infernal vieja, se llevaba una bella joven, y que aquel año in- fausto había tocado la suerte a la Princesa, buena y bella sin segunda, hija del Rey. Preguntó en seguida el caballero que dónde se hallaba la Princesa, y le contestaron que a un cuarto de legua de distancia esperaba a la fiera, que aparecía al caer las doce, para lle- varse su presa. Fue el caballero a cerciorarse al punto indi- cado, y halló a la Princesa hecha un mar de lágrimas y temblando de pies a cabeza. -¡Huid! -gritó la Princesa al Caballero del Pez cuando le vio llegar-. ¡Huid, temerario, que va a venir el monstruo, y si os ve, pobre de vos! -No me iré -contestó el bizarro caballero-, porque he venido a salvaros. -¿Salvarme? ¿Cómo? ¡Si esto no es posi- ble! -Allá veremos -contestó el valiente cam- peón-. ¿Hay aquí alemanes?

-Sí, señor -respondió con extrañeza la Princesa-. ¿A qué esa pregunta? -Ya lo sabréis. Y echando a escape su caballo, partió para la desolada villa, volviendo a breves instantes con un inmenso espejo que había comprado en una tienda de alemán. Apoyolo contra el tronco de un árbol, lo cubrió con el velo de la Princesa, puso a esta delante, advirtiéndola que cuando estuviese cerca la fiera descorrie- se el velo y se escondiese tras el espejo, di- cho lo cual hizo él otro tanto detrás de un vallado cercano. No tardó en aparecer el fiero dragón y en acercarse lentamente a aquella beldad, mi- rándola con tal insolencia y tal descaro, que sólo le faltaba el lente para igualar a otros culebrones menos temibles que él. Cuando ya estaba cerca, la Princesa, según le había prescrito el Caballero del Pez, desco- rrió el velo, y pasando detrás del espejo, des- apareció a los enamorados ojos del fiero dra- gón, que quedó estupefacto al hallar dirigidas sus amorosas miradas a un dragón como él. Frunció el gesto; su igual hizo lo mismo. Sus

Pascuas, y al dragón atado a la cola del brioso corcel, que tiraba de él tan ancho y donoso, como si hubiese sido la cola del manto de una Orden de Caballería. Colegirase también que tal hazaña no se podía pagar al Caballero del Pez sino con la blanca mano de la Princesa; que hubo boda, que hubo banquete, que hubo toros y cañas, y que yo fui y vine y no me dieron nada. Vamos ahora a que el esposo le dijo a la esposa algunos días después de casados que quería ver todo el palacio, que era tan grande que ocupaba una legua de terreno. Hízose así, y echaron tres días en verlo. Al cuarto subie- ron a las azoteas. El caballero se quedó admi- rado. ¡Qué vista, amigo! Jamás has visto tú una igual, ni yo tampoco. Se veía toda Espa- ña, y hasta los moros, y al Emperador de Ma- rruecos, que estaba llorando por el dragón, su amigo. -¿Qué castillo es aquel -preguntó el Caba- llero del Pez- que se ve allá a lo lejos, tan solo y tan sombrío? -Ese es -respondió la Princesa- el castillo de Albatroz, el que está encantado, sin que

nadie pueda deshacer el hechizo, y ninguno de los que lo han intentado ha vuelto de allá. El caballero calló al oír estas razones; pero como era valiente y emprendedor, a la maña- nita siguiente, sin que lo sintiese la tierra, montó su corcel, cogió su lanza, llamó a su sabueso y se encaminó hacia el castillo. Estaba el tal castillo que daba espeluzos mirarlo. Más sombrío que una noche de true- nos, más engestado que un facineroso y más callado que un difunto. Pero el Caballero del Pez no conocía el miedo sino de oídas, y no volvía la espalda sino a los enemigos venci- dos. Así, pues, tomó su corneta o clarín y tocó una sonata. Al toque despertaron todos los dormidos ecos del castillo y de las peñas, que repitieron en coro, ya más cerca, ya más lejos, ya más suave, ya más hueco, los sonidos de la sona- ta. Pero en el castillo nadie se movió. -¡Ah del castillo! -gritó el caballero-. ¿No hay quien atienda a un caballero que pide albergue? ¿No tiene este castillo alcaide, es- cudero anciano ni paje mozalbete? -¡Vete! ¡Vete! ¡Vete! -clamaron los ecos.