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ETA AE E dd e e IA Y A 3 ejemplar al duque de Alencon, que había reanudado sus actividades criminales en Inglaterra, condenado a muerte y después indulta- do y recluido en los calabozos de Loches, fueron suficientes para cal- mar sus nerviosismos. Y, sobre todo, esperaban, para sublevarse, la ruptura entre el rey y su primo de Borgoña, que se consideraba inmi- nente. . Pues, Felipe de Borgoña aparecía a los ojos de todo el mundo co- mo el jefe natural de las alianzas entre príncipes. Bajo su reinado, el Estado borgoñón alcanzó la cima de su poder. Felices casualidades dinásticas, hábilmente preparadas o explotadas, le habían convertido en dueño de la herencia neerlandesa de los Wittelsbach, al igual que del poderoso ducado brabanzón. En Luxemburgo, había conseguido desbancar, no sin dificultades, a los últimos representantes de la casa de Bohemia, y los principes renanos eran vasallos suyos. Sus bastar- dos o sus primos ocupaban los principados eclesiásticos de Utrecht y de Lieja. Este amalgamador de territorios dominaba sobre un exten- so y rico dominio, que se extendía desde el Somme hasta Frisia, y desde el canal de la Mancha hasta las orillas del Mosela. A este mo- saico de principados sólo le faltaba la cohesión necesaria, que sola- mente podrían proporcionársela vigorosas instituciones centrales. Pero éstas se adivinaban ya, en especial en materia financiera, y, des- de 1450, Bruselas se había convertido ya en la capital neerlandesa. Casi todas estas anexiones territoriales se habían producido a expen- sas del Imperio. De ello no hay que deducir, sin embargo, que Felipe se hubiera convertido cn un principe alemán. Con respecto a la auto- ridad imperial, mostraba una altanera actitud de independencia, ne- gándose a que se tradujera en hechos su sujeción vasallática que le unía al enfermizo Federico 111 de Habsburgo. Cuando en 1447, el Emperador, para obtener su ayuda contra los suizos, le propuso con- vertir en reino algunos de los territorios que poseía en la otra orilla del Escalda, como Frisia y Brabante, Felipe puso condiciones desor- bitadas a esta concesión: esta realeza englobaría todos sus dominios imperiales, significaría la plena soberanía sobre todos los principa- dos renanos o lotaringios que no poseía directamente. La razón por la que no quería comprometerse más estrechamente con el Imperio residía en que él apuntaba hacia París, donde sus antepasados habían sido los amos. Sus posesiones imperiales, de las que se consideraba el señor y dueño absoluto, no le servían, en su planteamiento, más que como reserva de nucvas fuerzas para llevar a la práctica sus ambi- ciones francesas. Pero, lejos de satisfacer estas profundas ambiciones, el rey de Francia mantenía a su primo borgoñón alejado de todos los asuntos franceses. Algunas cláusulas del tratado de Arras, entre las que él consideraba más importantes, no habían sido jamás aplicadas. Los asesinos de Montereau seguían sin ser castigados y el alma de Juan sin Miedo no contaba con los auxilios espirituales de las fundaciones piadosas que Carlos había prometido fundar. Los funcionarios mo- feudos de la corona, actuando en ellos con toda libertad y enviando las apelaciones de sus tribunales al de París. En 1451, el rey apro- vechó una revuelta de los oficios de Gante para reclamar a Felipe, infructuosamente por otra parte, la restitución de las ciudades del Somme, a cambio de las cuales ni siquiera habló cl rey de las indem- nizaciones estipuladas. A la vez que se dedicaba en cuerpo y alma, desde 1454, a la preparación de una gran cruzada contra los otoma- nos, como fiel heredero de los quiméricos Valois, el duque de Borgo- ña veía cómo se le escapaba Francia. Y, lo que era peor, temía que la hostilidad del rcy, cada día mayor, se transformase en una guerra abierta, y no estaba seguro que, de producirse este enfrentamiento con la monarquía, llevaría la mejor parte. En 1496, se le presentó una ocasión inmejorable para buscar un mejor porvenir y vengar las hu- millaciones presentes. El Delfín Luis, expulsado del Delfinado por un padre harto ya de sus intrigas culpables, se refugió en territorio borgoñón. Felipe dudó en acogerle, no queriendo provocar una guerra difícil. Cuando, finalmente, le instaló en Genappe, en Bra- bante, lo hizo para hacer de él un protegido que más adelante, al de- berle todo, sabrá devolverle en la corte de París el papel que tuvo Juan sin Miedo. A partir de este momento, el exiliado y su anfitrión esperaban con impaciencia la muerte del rey, que les daría a los dos riqueza y poder. De todos los peligros que asaltaban al reino recobra- do y unificado, la hipoteca borgoñona era el que se presentaba como más arduo en un futuro inmediato. III. LA INGLATERRA DE LAS DOS ROSAS El peligro hubiera sido mucho más angustioso si Inglaterra hu- biera estado en condiciones de reanudar la lucha y, aliándose con la descontenta Borgoña, volver a cuestionar todos los éxitos conse- guidos por los Valois. No era nada absurdo, después de 1453, consi- derar esta posibilidad como realizable a corto plazo, aunque no se llegase a ello en el terreno de los hechos hasta el reinado de Luis XI. Pues es un planteamiento simplista de la historiografía tradicional la opinión de que la Inglaterra de Enrique VI había quedado agotada por sus fracasos continentales y que la guerra civil, a la que estaría abocada durante una generación, no fue sino una consecuencia inevi- table de sus fracasos militares. Por el contrario, el reino de los Lan- caster seguía siendo potencialmente temible. Moralmente, salía creci- do de la lucha a los ojos de la Europa cristiana, y, lo que era más im- portante, también ante los propios. El recuerdo de las victorias pasa- das permanecía más vivo que.el de las derrotas más recientes. La opi- nión pública, representada tanto por las peticiones parlamentarias como por los comentarios de los cronistas, recordaba siempre la epo- peya de Enrique V, seguía invariablemente a quien prometía la re- anudación de la guerra y alimentaba, en suma, un peligroso espíritu 297 Los odios populares, tan brutalmente manifestados en las jacqueries de 1381 y 1450, se iban acumulando contra la insolente riqueza de es- tos extranjeros. Y, lo que era más importante, beneficios de la in- dustria propia y la prosperidad del comercio interior, dirigido por una asociación de diferentes oficios o craft guilds, habían creado una clase opulenta de capitalistas ingleses, deseosos de seguir enriquecién- dose con el comercio internacional. La asociación de los mercaderes la última de las. corporaciones de Londres, de donde saldrá más tarde la de los Merchant Adventurers, iba eliminando poco a poco a los ne- gociantes extranjeros e imponiendo al país su vocación marítima. Este auge económico de la Inglaterra de los Lancaster, después de los York, apenas si se vio ensombrecido por la crisis política, que sin embargo afectó en gran medida a la fuerte administración monár- quica, de la que se enorgullecía hasta el momento el reino insular. La gran crisis estalló a partir de 1450, nada más producirse la revuelta de Cade, e inmediatamente cristalizó en torno a un problema dinástico y personal. Era la lejana consecuencia de la usurpación de los Lancas- ter mediante la cual, en 1399, Enrique IV había ascendido al trono sin tener en cuenta los derechos de Mortimer, ahora unido por lazos matrimoniales a la poderosa familia de los York. Mientras la dinastía había conservado su buena fortuna, su legitimidad no había sido puesta en duda, y ni siquiera las derrotas continentales la habían quebrantado demasiado. Pero las rencillas personales y las luchas por la influencia avivaban las ambiciones y las esperanzas de sus ene- migos. La descendencia de Enrique IV se había extinguido de forma casi completa. Los duques de Clarence, Bedford y Gloucester habían muerto sin dejar descendencia. La última esperanza de la dinastía es- taba depositada en Enrique VI, que se había casado en 1444 y seguía sin tener heredero. Se trataba de un adolescente retrasado, piadoso en exceso, de salud frágil, desprovisto de voluntad y, sin duda, tam- bién de'inteligencia. Sobre su conciencia llevaba una pesada heren- cia. En agosto de 1453 comenzó a perder la razón, como le había ocurrido a su abuelo Carlos VI. Este pobre rey nunca tuvo un tipo de locura violenta, sino una especie de embotamiento, un estupor tran- quilo, que duraba varios meses, hasta que de nuevo volvía, siempre por poco tiempo, a una apariencia de lucidez. Por otra parte, ya an- tes de manifestarse su locura, el rey estaba completamente dominado por su mujer. Margarita de Anjou era una mujer ambiciosa, activa, apasionada y que, como extranjera, no comprendía nada los asuntos ingleses. Educada en el reino de Francia, en el que nadie osaba opo- nerse a la autoridad monárquica, quería gobernar prescindiendo de los barones y sin la opinión del Parlamento. Para ella, los Estados del reino —como se les llamaba a veces por analogía con las institu- ciones francesas—, no eran más que una molestia para su poder cuando, si los hubiera empleado con habilidad, lo hubieran multipli- cado. Francesa de corazón, era absolutamente partidaria de la paz y no hacía nada por arrebatar a los Valois las provincias reciente- 300 PAULRER! 2% A tillon habían zanjado definitivamente el enfrentamiento franco- inglés. Esta actitud fue una nueva fuente de impopularidad para ella, en un momento en que toda la opinión pública reclamaba la vengan- za de estas derrotas, sin estar dispuesta, por otra parte, a sufragar el coste de una nueva guerra. Cuanto mayor era su aislamiento, con más pasión se lanzaba en brazos del partido que le había ayudado a subir al trono. Era el clan de los Beaufort, el partido de la paz, dirigi- do por Somerset, el vencido en Caen, pero que había pasado a ser condestable y consejero todopoderoso. Los Beaufort tenían aspira- ciones más elevadas todavía. Esta rama bastarda, aunque legitimada, de los Lancaster, ¿no aspiraba, acaso, a derogar la ley que le alejaba del trono? En este caso, si Margarita era estéril, Somerset podría as- pirar a la sucesión del rey. Con Enrique afectado de locura, podia por lo menos exigir el gobierno del reino. Pero encontró un rival en Ricardo de York. Nieto por línea de su padre de Edmundo de Langley, representaba, frente a los Beaufort, la descendencia legítima de Eduardo TIL. Por parte de su madre, Ana Mortimer, heredaba las pretensiones que la línea femenina de Lionel de Clarence hubiera podido esgrimir contra el usurpador lancaste- riano. Este hombre pequeño y feo, retorcido e indeciso, había busca- do su camino durante mucho tiempo. Desde la muerte de Gloucester, había asumido la dirección del partido belicista. Se le había enviado como gobernador de Irlanda, lo que implicaba una semi-caída en desgracia. Pero, a partir de 1450, había comenzado a actuar, tomó como pretexto la revuelta campesina para regresar a Inglaterra, sin haber solicitado autorización para ello. Siguió esperando el desa- rrollo de los acontecimientos y dejó imprudentemente que Somerset se instalase en el poder y, a continuación, temiendo una acusación en su contra para quitarle de enmedio, lanzó contra el favorito un mani- fiesto espectacular. Los dos partidos rivales, sin embargo, se resistían todavía a llegar a la guerra civil. Mediante un «acta de gracia», fácil- mente obtenido, York recibía, juntamente con su perdón, un lugar en el consejo, que aprovechó para preparar la última campaña aquitana. La locura del rey pareció acercarle al trono. Pero, dos me- ses más tarde, el 13 de octubre de 1453, Margarita daba a luz un hijo, en la festividad de San Eduardo, cuyo nombre se dio al niño. Para los partidarios de la reina y de los Beaufort, se trataba de una especie de «hijo del milagro». En el partido de los York corrieron murmura- ciones de que este nacimiento imprevisto tenía ciertas apariencias de ilegitimidad. York ya no era el heredero del trono, pero en su calidad del mayor de los príncipes de sangre, podía solicitar la regencia. Un Parlamento convocado con mucho retraso y completamente fiel a sus planteamientos, le concedió, en marzo de 1454, el título de Protector del reino. Cambió a todos los ministros y mandó a Somerset a la Torre. Para tranquilizar a Margarita, se nombró a su pequeño hijo Príncipe de Gales, lo que eliminaba: las acusaciones calumniosas acerca de su ilegitimidad. Sin embargo, entre los dos partidos no se 301 apiritlaba 14 POSIDVIUau UL 1sgal a LUISBUA CUOLMPpPLIOLLMSO., ¿1 Part Un este momento, en la Inglaterra de Enrique VI, como había ocurrido en Francia medio siglo antes, se dibujaba el terrible fantasma de la guerra civil, la alternancia de partidos cn el poder, el reclutamiento de partidarios armados, las batallas en campo abierto, los asesinatos disfrazados de procesos, y, entre todo esto y de vez en cuando, falsas reconciliaciones. La guerra de las Dos Rosas —así llamada por la rosa roja, distin- tivo de los Lancaster, frente a la blanca de los York— fue una de las más terribles convulsiones internas que jamás haya conocido Ingla- terra. Si sólo se tiene en cuenta la monótona narración de sus peripe- cias políticas y militares, perderíamos de vista las fuerzas de fondo que la hicieron posible e ignoraríamos los medios a los que afectó y, lo: que es más importante para nuestros propósitos, aquéllos a quienes no afectó en absoluto. En realidad, fue obra de una aris- tocracia de príncipes cuyo poder no había cesado de aumentar desde hacía un siglo y que se lanzó con pasión en los dos partidos, a la caza de las liberalidades regias, de tierras, de dinero y de poder. El mal databa de lejos. Durante todo el siglo XIV, los más altos barones, todavía numerosos poco antes de la Guerra de los Cien Años, se habían visto disminuidos por la progresiva desaparición de familias. Los matrimonios, las herencias, las concesiones regias habían concentrado toda su fortuna en pocas manos. En los Parlamentos de Eduardo Il, se convocaba normalmente a más de cien barones, mientras que en tiempos de Eduardo III, apenas si superaban los cuarenta. Los más ricos, los que poseían uno o más títulos condales, no superaban los doce en 1360. Su número no se incrementó mucho en los años siguientes. Si se exceptúa la hornada de los llamados «pe- queños duques», por la cual Ricardo II quiso comprar el consenti- miento de los baroncs a su golpe de cstado autocrático, y que provo- có un gran escándalo, la realeza nombraba nuevos condes de forma muy parsimoniosa y estas creaciones apenas si compensaban la desa- parición de títulos por extinción de sus ramas masculinas. Consciente de su gran poder, que provenía de su escaso número, esta alta aris- tocracia tendía a cerrarse cada vez más en sí misma. Privaba comple- tamente de poder a la nobleza menos afortunada de tenentes directos y subvasallos. Solamente ella tenía el privilegio de ser convocada a los Parlamentos, en razón de sus ricas tenencias. En el seno del Parlamento, había formado la asamblea de «pares del reino», trans- formación aristocrática y oligárquica del antiguo consejo feudal. De esta forma, el «consejo en Parlamento», en otros tiempos formado por los principales consejeros, prelados y la masa todavía numerosa de barones, se había convertido en la «cámara de los Lores», en la que los lores temporales, solamente en número de unos cincuenta en la época a que nos estamos refiriendo, pretendían dictar su política al soberano, decidir en último término sobre todos los problemas coti- dianos, convertirse en el más alto tribunal de justicia por el procedi- miento del impeachment (impedimento) y del attainder, por el que AN ra A AL A traición y pronunciando contra ellos penas siempre severas. Toda nueva convocatoria al Parlamento se consideraba como el acto de creación de un nuevo par, cuyo beneficiario y sus descendientes mas- culinos la disfrutaban para siempre, sin poder ser privados del privi- legio. Poco a poco, el término barón, que designaba primitivamente al conjunto de vasallos más afortunados, se había restringido para designar únicamente a los pares. Tendía a convertirse en título, que ostentaban los lores que no gozaban de condados o de ducados. Esta concentración del poder político se había visto acompañada de un crecimiento proporcional de la riqueza territorial. Toda la for- tuna de los Lancaster provenía de la que Juan de Gante y su hijo habían reunido mediante afortunadas herencias, procedentes de va- rias familias: honores y dignidades de los Montfort, el apanage de Lancaster, las posesiones de los Bohun, lo que suponía, en conjunto, cinco títulos condales. Durante la primera mitad del siglo XV, los York habían añadido al pequeño apanage de Edmundo de Langley las extensas propiedades de los Clarence en Irlanda y las de los Morti- mer en las marcas de Gales. No había más que algunas diferencias de grado entre estos príncipes apanagistas y las otras casas baroniles, que habían anudado entre ellas múltiples alianzas matrimoniales . La posesión de la tierra era el fundamento de su poder. Todos se dedica- ban a ampliarla y reforzarla. En primer lugar, concentrando sus bienes, hasta entonces muy dispersos, para constituir con ellos exten- sos señoríos ocupados por un único tenente. Para ellos todos los pro- cedimientos eran válidos, como los intercambios, las compras o las liberalidades de la corona. En segundo lugar, se dedicaron a mejorar la administración de sus feudos. Todos estos grandes magnates disponían en este momento de su hófel, copiado del del soberano, con sus servicios financieros y administrativos, que les permitían lle- var una vida a lo grande y sostener su política. Y, finalmente, se habían también creado una clientela de vasallos. a También en este punto, la imprudente actuación de la monarquía había sido la responsable de la constitución de este «nuevo feudalis- mo», que amenazaba con ponerla bajo su tutela y aniquilar su poder. Para facilitar el reclutamiento de su ejército, Eduardo III había auto- rizado a sus grandes vasallos a llevar consigo contingentes militares cada vez más numerosos, lo que era un medio de ahorrar problemas a los sheriffs que hubieran tenido que recorrer los condados convo- cando a la hueste del rey, pero carecían de los poderes coactivos necesa- rios. Los barones tomaban, de este modo, a su servicio un número siempre creciente de hombres de armas, que eran sus retainers y que formaban la «retenue» (comitiva) baronial. Los ejércitos de Enrique V habían llegado a estar formados, casi exclusivamente, por estos contingentes fcudales, en detrimento del propio ejército regio. La pe- queña nobleza, ambiciosa y enriquecida, que hasta el momento había sido fiel a la monarquía, se había apresurado a ponerse al servicio de los príncipes, y se lanzó a ello con tanto más ardor cuanto que el fin 303 cabros se dejaban oir tanto en las cartas Ooliciales de pardon O de outlawry (proclamación fuera de la ley) como en la correspondencia de Paston. ¿Quería esto decir que el país volvía a la anarquía en medio de las locas luchas a las que le arrastraba una aristocracia belicosa? Dejan- do aparte a los profesionales de la guerra, los grandes señores, los hi- dalgos ambiciosos, y los mercenarios de toda condición, nadie se in- teresaba en la lucha dinástica. Las comunidades urbanas sólo aspira- ban a conservar sus riquezas y a llevar a cabo sus Operaciones comer- ciales en una atmósfera de orden, mantenido por un gobierno com- petente. Negociaban con ambos bandos, según les convenía a sus in- tereses. También en las zonas rurales se echaba de menos la tranquili- dad perdida. Incluso en los consejos de los soberanos, los legistas hacían reflexiones acerca de las reglas del buen gobierno, exaltaban a la monarquía y alababan la excelencia de las instituciones, cuya buena marcha, temporalmente interrumpida, podría reanudarse si ocupaba el trono un rey con mayor capacidad y energía. Sir John Fortescue, que fue primero justicia mayor del Tribunal del Rey y des- pués canciller de la familia Lancaster, a la que seguirá al destierro an- tes de unirse a los yorkistas cuando éstos habían triunfado, supo, en sus tratados políticos, tanto escritos en latín como en inglés, integrar las enseñanzas de derecho romano y las lecciones de historia a las tra- diciones de la costumbre, expresar los méritos que había de tener una monarquía bien organizada, moderada por la institución parlamen- taria, expresión de la voluntad de la comunidad de súbditos. Ni en su De laudibus legum Angliae ni en el The Governance of England*, deseaba cambiar la constitución basada en la costumbre ni modifi- car las leyes existentes. Pero el espectáculo del desorden reinante le hizo desear unos métodos mejores de gobierno y, en primer lugar, el reforzamiento de la autoridad monárquica: era preciso que fuese el rey quien nombrase a sus oficiales, impedir que las dinastías baro- niales acrecentasen su fortuna mediante matrimonios entre ellas, fre- nar la enajenación del dominio del rey y devolver toda la influencia dentro del consejo a los funcionarios profesionales. Este deseo, universalmente sentido, de una paz interior capaz de garantizar un gobierno fuerte, trabajaba, al fin y al cabo, a favor de la causa monárquica. El partido de Ricardo de York y, después de él, de su hijo Eduardo de March, fue capaz de recoger muchas adhe- siones, a pesar de la fragilidad de sus pretensiones dinásticas, precisa- mente porque parecía capaz de garantizar el cumplimiento de este programa. A lo largo de su reinado de veintidós años, agitado todavía por numerosas revueltas e incluso, a mediados del mismo, por un corto destierro, Eduardo IV, que había ascendido al trono en 1461 iba a poner los cimientos de esta monarquía autoritaria, de la * N.T.: En castellano, literalmente, «sobre las excelencias de las leyes de Inglate- rra» y «La Gobernación de Inglaterra», respectivamente. 306 mer elemento importante de esta política radicó en la decadencia de los Parlamentos como órganos políticos. Los lores temporales, que eran cada vez menos numerosos —apenas llegaban a treinta en 1485— seguían alejados de cualquier programa constructivo. Bajo su influencia y gracias a su protección se designaban en estos momentos alos diputados de las ciudades, entre los que se veía aparecer la can- didatura de los hidalgos y de hombres expertos en leyes, deseosos de adquirir una influencia en Westminster. El gobierno del momento se las arreglaba para aniquilar cualquier tipo de resistencia en los Co- munes, consiguiendo la elección de un speaker partidario suyo. Será el rey quien, en el futuro, someterá a la aprobación de la asamblea sus propios proyectos legislativos, en lugar de transformar en estatu- tos el texto de los suplicatorios elaborados por la cámara baja. En “conjunto, el Parlamento no tendrá otra función más que Aprobar los últimos resultados de la guerra civil, condenando a muerte a algunos de los vencidos y concediendo subsidios a los vencedores. Las reuniones fueron cada vez menos frecuentes: solamente fueron con- vocados en seis ocasiones durante el reinado de Eduardo IV, sin con- tar el Parlamento lancasteriano que volvió a aclamar a Enrique VI como rey, en 1470-71. Las aspiraciones de la dinastía de York consistieron en aumentar los poderes del ejecutivo, agilizar el funcionamiento de la justicia y garantizar la independencia financiera de la monarquía. Duró dema- siado poco tiempo como para verlos completamente cumplidos. Pero avanzó bastante en el camino de su realización. Fue en este momento cuando se desarrolló la autoridad del consejo, convertido ya en un organismo de gobierno y no sólo en un comité consultivo de barones y funcionarios. Una sección permanente del mismo tenía su sede en Westminster, otra seguía al rey en sus desplazamientos y otras, final- mente, se enviaban en algunas ocasiones a las provincias problemáti- cas. Así nacieron el Consejo del Norte y el de Gales, cuyos servicios serán empleados con toda plenitud por los Tudor. En materia judi- cial, la equidad ganó terreno sobre la ley común. Fue en 1474 cuando el canciller pronunció la primera sentencia de equidad, independien- temente de cualquier ingerencia del consejo. En su tribunal de Chan- cery Lane se agolpaban los litigantes, especialmente en materias de derecho comercial, en las que no se podía aceptar la lentitud del pro- cedimiento a base de dictámenes. Por su parte, el consejo suplantó a los Parlamentos en el castigo de los crímenes políticos. Sus juristas profesionales, que se reunían en la Cámara estrellada (Star Cham- ber), comenzaron a dictar en ella duras sentencias, que quedaban legitimadas por la razón de estado. Para examinar las súplicas di- rigidas directamente al soberano, surgió el embrión de un tribunal de apelaciones, análogo al que funcionaba en el seno del Hótel del rey de Francia. Finalmente, la dinastía de York intentó aumentar y esta- bilizar sus recursos. Eduardo IV se apresurará a abandonar la alianza borgoñona porque encontró una compensación en la pensión —a la 307 que las fuentes inglesas calificaron por pudor de tributo— que le ofreció Luis XI en Picquigny. Antes y después de esta vergonzosa venta, abusó constantemente de las donaciones gratuitas o emprésti- tos forzosos, las llamadas benevolences (liberalidades). Por arbitra- ria que fuera, esta fiscalidad sólo provocó protestas moderadas, por- que corregía la injusticia de las tasas tradicionales, haciéndola recaer ahora especialmente sobre la clase mercantil, la más rica, pero, hasta el momento, la menos cargada de impuestos. IV. LA PAZ IMPOSIBLE No hay que llegar hasta el advenimiento de los Tudor en 1485, si- no remontarse al de los York en 1461, para distinguir los primeros es- bozos de una Inglaterra moderna, consciente de su riqueza y de su fuerza, dotada de instituciones renovadas y situada en el camino ha- cia un autoritarismo que no tenía nada que envidiar al de los Valois. Desde esc momento, y a pesar de los graves problemas internos, aun- que siempre pasajeros, hubiera estado en condiciones de reanudar la política continental de los Plantagenet y de los Lancaster y volver a plantear, mediante una nueva invasión, el conflicto franco-inglés. La cosa le hubiera resultado tanto más fácil en cuanto que ningún tratado de paz, y ni siquiera ninguna tregua, había sancionado la re- conquista de Carlos VII de los últimos girones del imperio de los Lancaster. El clan de los Beaufort, expuesto a los ataques de los York y precisamente por su actitud favorable a la paz, no se atrevía a tomar la iniciativa de las negociaciones que le hubieran significado el descrédito inmediato ante una opinión cerrilmente nacionalista. De esta forma, de los dos partidos que alternaron en el poder entre 1453 y 1461, uno no podía y el otro no quería firmar la paz con Francia. Podía, sin embargo, entenderse con Borgoña y permitir las sus- pensiones de hostilidades, que servían para favorecer el comercio marítimo. Pero, con respecto a Carlos VII, la intransigencia era tan- to más fuerte cuanto que faltaban los medios necesarios para conti- nuar la guerra. El rey de Francia, para salir de la vía muerta en que se encontra- ba, se veía obligado a atacar, bien a Calais, ciudadela de los partida- rios de los York, bien intentando un desembarco en las costas ingle- sas, o bien vendiendo su alianza a una u otra de las facciones inglesas a cambio de la aceptación de las condiciones de paz. Ninguna de es- tas tres políticas, que fue intentada alternativamente, dio los resulta- dos apetecidos. Ante el veto puesto por el duque de Borgoña y las intrigas del Delfin, refugiado en su corte, fue imposible hacer avan- zar hacia Calais el gran ejército que Carlos había conseguido reunir en Normandía durante el verano de 1456. Por otra parte, una audaz expedición de saqueo contra Inglaterra, concretamente contra Sand- wich, realizado por Pierre Brézé en el año siguiente, no tuvo otra consecuencia que una enérgica respuesta de la flota enemiga contra 308 Iadrnmucut, Conta la Isla UC KC, y Ulla Dalalla Maral UNIALVILUMUa 11 el canal de la Mancha. Sin embargo, en vísperas del combate decisi- vo, ambos partidos ingleses pedian el apoyo del rey francés, como había ocurrido anteriormente en Francia en la lucha entre Armag- nacs y borgoñones. Las simpatías de Carlos se inclinaban, como era natural, hacia su sobrina Margarita de Anjou y el partido de la paz. Pero, un compromiso abierto con este grupo hubiera podido signifi- car un conflicto con Felipe el Bueno, partidario declarado de War- wick. Igualmente sabía que el Delfin, que esperaba con impaciencia la oportunidad de reinar, empujaba al duque a romper abiertamente con su padre, e incluso incitaba a los ingleses a la ofensiva contra el reino Valois, llegando a enviar contingentes militares para apoyar la causa de los York en los campos de batalla ingleses. El compromiso a fondo en esta política equivalía, por tanto, a impulsar de nuevo la formación de la alianza anglo-borgoñona. Dudaba, por todo ello, a la hora de unirse abiertamente a los Lancaster y Escocia, en un mo- mento en que esta coalición hubiera podido acabar con la guerra ci- vil, aunque al mismo tiempo rechazaba los ofrecimientos de War- wick. Se limitó, como máximo, a enviar a sus agentes a aconsejar a Margarita y, en el momento en que la causa de los Lancaster parecía vencedora, con la muerte de Ricardo de York en Wakefield (30 de di- ciembre de 1460), concedió paso libre por su reino a los partidarios de su sobrina. La victoria final de Eduardo de York, en marzo de 1461, significó el final de sus esperanzas. A ambos lados del canal, se hicieron entonces preparativos para la guerra. En el mismo momento en que se temía, de forma generalizada, la ruptura entre los Valois y Borgoña, la reanudación del conflicto franco-inglés, parecía también inminente. Se trataba de un peligro tan apremiante, que era preciso, al menos, retrasarlo. Luis XI, convertido en rey a la muerte de su padre (22 de julio de 1461), no descansará hasta no haber alejado el peligro de esta temible alianza anglo-borgoñona, que hubiera significado la conti- nuación de la Guerra de los Cien Años, con su terrible cortejo de ruinas, invasiones, derrotas y amputaciones territoriales. Pondrá al servicio del objetivo de conjurar este peligro todos los recursos de su espíritu sutil, de sus retorcidas combinaciones y de su desvergonza- do cinismo. En este punto, como en otros, al querer jugar de forma demasiado complicada, le sucederá en más de una ocasión el verse perdido en sus inextrincables combinaciones, de las que sólo conse- guirá salir gracias a su insolente fortuna, La narración de estas intri- gas y de estos pasos en falso, parece desbordar ampliamente los obje- tivos de este libro, ya que se mezcla con todos los problemas políticos y diplomáticos de esta época revuelta, con todas las coaliciones de príncipes, lucha a muerte contra la casa de Borgoña, ambiciones es- pañolas y combinaciones italianas. Sin embargo, estos episodios per- tenecen completamente a la Guerra de los Cien Años, de la que son su epílogo inevitable, a la vez que preludian sus consecuencias más duraderas. 309