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historia general, Apuntes de Periodismo

Asignatura: historia generos, Profesor: José Ramón Sánchez Guzmán, Carrera: Periodismo, Universidad: UCM

Tipo: Apuntes

2012/2013

Subido el 04/12/2013

marisolii
marisolii 🇪🇸

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EL AÑO DE LA MUERTE DE RICARDO REIS – JOSÉ SARAMAGO
José Saramago (1922) es uno de los novelistas portugueses modernos más
conocidos y apreciados en el mundo entero. En España la publicación en 1985 de El año
de la muerte de Ricardo Reis marcó el inicio de un éxito que ha ido creciendo con cada
novela. Otros títulos importantes son: Manual de pintura y caligrafía (1977), Alzado del
suelo (1980), Memorial del convento (1982), La balsa de piedra (1986), Historia del
cerco de Lisboa (1989), El evangelio según Jesucristo (1991) y Ensayo sobre la ceguera
(1996).
José Saramago
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EL AÑO DE LA MUERTE DE RICARDO REIS – JOSÉ SARAMAGO

José Saramago (1922) es uno de los novelistas portugueses modernos más conocidos y apreciados en el mundo entero. En España la publicación en 1985 de El año de la muerte de Ricardo Reis marcó el inicio de un éxito que ha ido creciendo con cada novela. Otros títulos importantes son: Manual de pintura y caligrafía (1977), Alzado del suelo (1980), Memorial del convento (1982), La balsa de piedra (1986), Historia del cerco de Lisboa (1989), El evangelio según Jesucristo (1991) y Ensayo sobre la ceguera (1996). José Saramago

José Saramago

El año de la muerte de

Ricardo Reis

Traducción del portugués por BASILIO LOSADA

Aquí acaba el mar y empieza la tierra. Llueve sobre la ciudad pálida, las aguas del río corren turbias de barro, están inundadas las arboledas de la orilla. Un barco oscuro asciende entre el flujo soturno, es el Highland Brigade que va a atracar en el muelle de Alcántara. El vapor es inglés, de la Mala Real, lo emplean para cruzar el Atlántico, entre Londres y Buenos Aires, como una lanzadera por los caminos del mar, de aquí para allá, haciendo escala siempre en los mismos puertos, La Plata, Montevideo, Santos, Río de Janeiro, Pernambuco, Las Palmas, por este orden o el inverso, y, si no naufraga en el viaje, tocará aún en Vigo y en Boulognesur-Mer, y al fin entrará Támesis arriba, como entra ahora por el Tajo, cuál de los ríos el mayor, cuál la aldea. No es grande el navío, desplaza catorce mil toneladas, pero aguanta bien el mar, como probó en esta misma travesía, en la que, pese al constante mal tiempo, sólo se marearon los aprendices de viajero transoceánico, o aquellos que, más veteranos, padecen de incurable fragilidad de estómago, y, por ser tan regalado y confortable en su arreglo interior, le ha sido dado, cariñosamente, como al Highland Monarch, su hermano gemelo, el íntimo apelativo de vapor de familia. Ambos están provistos de espaciosas toldillas para el sport y los baños de sol, se puede jugar, por ejemplo, al cricket, que, siendo juego campestre, se puede practicar también sobre las olas del mar, demostrándose así que nada es imposible para el imperio británico, si ésa es la voluntad de quien allí manda. En días de amena meteorología, el Highland Brigade es parvulario y paraíso de ancianos, pero no hoy, que está lloviendo, y ya no vamos a tener otra tarde en él. Tras los cristales empañados de sal, los chiquillos observan la ciudad cenicienta, urbe rasa sobre colinas, como si sólo estuviera construida de casas de una planta, quizá, allá, un cimborrio alto, un entablamento más esforzado, una silueta que parece ruina de castillo, salvo si todo es ilusión, quimera, espejismo creado por la movediza cortina de las aguas que descienden del cielo cerrado. Los niños extranjeros, a quienes más ampliamente dotó la naturaleza de la virtud de la curiosidad, quieren saber el nombre del lugar, y los padres se lo dicen, o declinan en las amas, las nurses, las bonnes, las frauleins, o un marinero que acudía a la maniobra, Lisboa, Lisbon, Lisboone, Lissabon, cuatro diferentes maneras de enunciar, dejando aparte las intermedias e imprecisas, quedaron así los chiquillos sabiendo lo que antes ignoraban, y eso fue lo que ya sabían, nada, sólo un nombre, aproximadamente pronunciado, para mayor confusión de las juveniles inteligencias, con acento propio de argentinos, si de ellos se trataba, o de uruguayos, brasileños y españoles,

que, escribiendo, desde luego, Lisboa, en castellano o en el portugués de cada cual, dicen cada uno otra cosa, fuera del alcance del oído común y de las imitaciones de la escritura. Cuando mañana, de amanecida, el Highland Brigade salga a la barra, que haya al menos un poco de sol y de cielo descubierto, para que la parda neblina de este tiempo astroso no oscurezca por completo, aún a vista de tierra, la memoria ya desvanecida de los viajeros que por primera vez pasaron por aquí, esos niños que repiten Lisboa, por su propia cuenta transformando el nombre en otro nombre, aquellos adultos que fruncen el entrecejo y se horrorizan ante la general humedad que atraviesa las maderas y los hierros, como si el Highland Brigade acabara de surgir chorreando del fondo del mar, navío dos veces fantasma. Por gusto y por voluntad nadie se quedaría en este puerto. Serán pocos los que bajen. Atracó el barco, ya fijaron la escalera al portalón, empiezan a mostrarse abajo, sin prisa, maleteros y descargadores, salen de sotechados y garitas los carabineros de servicio, asoman los aduaneros. Ha ido escampando, pero apenas nada. Se juntan los viajeros en lo alto de la escalera, como si dudaran de que haya sido autorizado el desembarco, si habrá cuarentena, o temieran los peldaños resbaladizos, pero es la ciudad silenciosa lo que los asusta, quizá ha muerto la gente que en ella había y la lluvia cae sólo para diluir en barro lo que aún quedaba en pie. A lo largo de los muelles, otros barcos atracados lucen mortecinos tras los tragaluces empañados, los aguilones son ramas desgajadas de árboles negros, los guindastes están inmóviles. Es domingo. Más allá de los barracones del muelle empieza la ciudad sombría, recogida en frontispicios y paredes, por ahora defendida aún de la lluvia, acaso moviendo una cortina triste y bordada, mirando hacia fuera con ojos vagos, oyendo el borboteo del agua de los tejados, canalón abajo, hasta el basalto de las calzadas, la caliza nítida de las aceras, los albañales pletóricos, algunas tapas levantadas, si hubo inundación. Bajan los primeros pasajeros. Encogidos de hombros bajo la lluvia monótona, llevan bolsas y maletas, y muestran el aire perdido de quien vivió el viaje como un sueño de imágenes fluidas, entre mar y cielo, el metrónomo de proa subiendo y bajando, el balanceo de la ola, el horizonte hipnótico. Alguien lleva en brazos un chiquillo, que, por el silencio, debe de ser portugués, no se le ocurrió preguntar dónde está, o le avisaron antes, cuando, para que se durmiera rápido en el camarote sofocante, le prometieron una ciudad bonita y un vivir feliz, otro cuento de hadas, pues para éstos no fue precisamente venturosa la emigración. Y una mujer de cierta edad, que intenta abrir un paraguas, deja caer la caja de hojalata verde en forma de baúl que llevaba bajo el brazo, y el cofrecillo se deshace contra las piedras del muelle, suelta la tapa, desprendido el fondo, nada contenía de valor, sólo recuerdos, unos trapos de colores, unas cartas, retratos que volaron, unas cuentas que eran de vidrio y se rompieron, ovillos blancos ahora maculados, uno de ellos desapareció entre el muelle y el costado del barco, es una pasajera de tercera clase. Conforme van poniendo pie en tierra, corren a abrigarse, los extranjeros murmuran contra el temporal, como si fuéramos nosotros los culpables del mal tiempo, parecen haber olvidado que en sus francias e inglaterras suele ser mucho peor, en fin, a éstos todo les sirve con tal de desdeñar a los países pobres, hasta la lluvia natural, mayores razones

Mientras el conductor bajaba el portaequipajes fijado en la trasera del automóvil, el viajero preguntó, notándosele por primera vez un leve acento brasileño, Por qué están en la dársena esos barcos, y el maletero respondió, jadeando, pues ayudaba al conductor a izar la maleta grande, pesada, Ah, es la dársena de la marina, fue por el mal tiempo, los mandaron para aquí anteayer, si no, eran capaces de garrar y encallar en Algés. Llegaban otros taxis, se retrasaron, o quizá el barco atracara antes de lo previsto, ahora se notaba en la plaza una algarabía de feria, la satisfacción de la necesidad se había hecho trivial. Cuánto le debo, preguntó el viajero. Por encima de la tarifa, lo que quiera dar, respondió el maletero, pero no dijo cuál era la tarifa ni el precio real del servicio, se fiaba de la fortuna que protege a los audaces, aunque los audaces sean maleteros, Sólo llevo dinero inglés, Ah, eso es igual, y en la mano derecha tendida vio poner diez chelines, moneda que brillaba más que el sol, al fin el astro rey logró vencer las nubes que pesaban sobre Lisboa. Dadas las grandes cargas y las profundas conmociones, la primera condición para una larga y próspera vida de maletero es tener el corazón robusto, de bronce, si no fuera así, redondo habría caído el dueño de éste, fulminado. Quiere corresponder a la excesiva generosidad, al menos no quedar deudor de palabras, por eso aporta informaciones no pedidas, las une a las manifestaciones de gratitud que no le escuchan, Son contratorpederos, señor, nuestros, portugueses, es el Tajo, el Dão, el Lima, el Vouga, el Tâmega, el Dão es aquel que está más cerca. Son iguales, hasta podrían cambiar los nombres, todos iguales, gemelos, pintados de gris-muerte, inundados de lluvia, sin sombra viva en los combeses, las banderas mojadas como trapos, dispensando y sin querer faltar, pero en fin, sacamos en claro que el Dão es éste, quizá volvamos a tener noticia de él. El maletero alza la gorra y da las gracias, el taxi arranca, el conductor quiere que le digan Para dónde, y esta pregunta, tan sencilla, tan natural, tan adecuada al lugar y circunstancia, coge desprevenido al viajero, como si haber comprado el pasaje en Río de Janeiro hubiera sido y pudiera seguir siendo respuesta para todas las preguntas, incluso aquéllas pasadas, que en su tiempo no encontraron más que el silencio, ahora, apenas ha desembarcado, y ve que no, tal vez porque le han hecho una de las dos preguntas fatales, Para dónde, la otra, la peor, sería, Para qué. El conductor miró por el retrovisor, creyó que el pasajero no había oído, y abría ya la boca para repetir Para dónde, pero llegó primero la respuesta, aún irresoluta, suspensiva, A un hotel, Cuál, No sé, y en cuanto dijo No sé, supo el viajero lo que quería, con tan firme convicción como si se hubiera pasado el viaje ponderando la elección, Uno que esté junto al río, por aquí abajo, junto al río sólo el Bragança, al empezar la Rua do Alecrim, no sé si lo conoce, Del hotel no me acuerdo, pero de la calle sí, sé dónde está, viví en Lisboa, soy portugués, Ah, es portugués, por el acento pensé que era brasileño, Tanto se nota, Bueno, algo sí, Llevo dieciséis años sin venir a Portugal, Dieciséis son muchos años, va a encontrar grandes cambios aquí, y con estas palabras se calló bruscamente el taxista. Al viajero, los cambios no le parecían tantos. La avenida por donde iban coincidía en general con su recuerdo de ella, sólo los árboles eran más altos, pero no se asombra,

han tenido dieciséis años para crecer, e incluso así, en el opaco recuerdo, guardaba frondas verdes y, ahora, la desnudez invernal de las ramas menguaba la dimensión de las hileras, una cosa iba por la otra. Había escampado, caían sólo gotas dispersas, pero en el espacio no se abría ni una hendidura azul, las nubes no se soltaban unas de otras, forman un extensísimo y único techo plomizo. Ha llovido mucho, preguntó el pasajero, Es un diluvio, llevamos ya dos meses con el cielo deshaciéndose en agua, respondió el conductor, y desconectó el limpiaparabrisas. Pasaban pocos automóviles, muy raros tranvías, algún peatón que cerraba desconfiado el paraguas, a lo largo de las aceras grandes charcos formados por el atasco de las cloacas, puerta con puerta algunas tabernas abiertas, lóbregas, las luces viscosas cercadas de sombra, la imagen taciturna de un vaso sucio de vino sobre un mostrador de cinc. Estas fachadas son la muralla que oculta la ciudad, y el taxi sigue a lo largo de ellas, sin prisa, como si anduviera buscando una brecha, un postigo, una puerta de la traición, la entrada al laberinto. Pasa lentamente el tren de Cascais, frenando perezoso, venía aún con velocidad suficiente para rebasar al taxi, pero se queda atrás, entra en la estación cuando el automóvil ya está dando la vuelta a la plaza, y el conductor advierte, El hotel es ése, a la entrada de la calle. Paró ante un café, añadió, Lo mejor será que vea primero si hay habitación, no puedo pararme justo en la puerta por los tranvías. El pasajero salió, miró fugazmente hacia el café, Royal de nombre, ejemplo comercial de añoranzas monárquicas en tiempo de república, o reminescencia del último reinado, aquí disfrazado de inglés o francés, curioso caso éste, se lee y no sabe uno cómo decir la palabra, si royal o ruaiale, tuvo tiempo de debatir la cuestión porque ya no llovía y la calle es en cuesta, después se imaginó volviendo del hotel, con habitación, o aún sin ella, y del taxi ni sombra, desaparecido con el equipaje, las ropas, los objetos usuales, sus papeles, y se preguntó a sí mismo cómo iba a vivir si lo privaran de éstos y de todos sus restantes bienes. Ya iba venciendo los peldaños exteriores del hotel cuando comprendió, por estos pensamientos, que estaba muy cansado, era lo que sentía, una fatiga enorme, un sueño del alma, un desespero, si sabemos con bastante suficiencia lo que eso es para pronunciar la palabra y entenderla. La puerta del hotel, al empujarla, hace resonar un timbre eléctrico, en tiempos debió de haber una campanilla, dirlin, dirlin, pero hay que contar siempre con el progreso y sus mejoras. Había un tramo empinado de escalera, y sobre el arranque del pasamanos, abajo, una figura de hierro fundido levantando en el brazo derecho un globo de cristal que representaba, la figura, un paje en traje de corte, si la expresión gana algo con la repetición y no es pleonástica, pues nadie recuerda haber visto paje que no lleve traje de corte, para eso son pajes, más claro sería decir Un paje vestido de paje, por la hechura de la ropa, modelo italiano, renacimiento. El viajero trepó por los últimos peldaños, parecía increíble tener que subir tanto para llegar a un primer piso, es la ascensión al Everest, proeza aún sueño y utopía de montañeros, por suerte apareció en lo alto un hombre de bigotes con una palabra de aliento, ánimo, no la dijo, pero así puede traducirse su manera de mirar y el inclinarse desde el alto barandal indagando qué buenos vientos y malos tiempos trajeron a este cliente, Buenas tardes, señor, Buenas tardes, no llega el aliento

doscientos uno, Pimenta, esta vez de la misma especie, Pimenta tiene suerte, no ha de ir a los pisos altos, y mientras sube volvió el viajero a entrar en recepción, un poco sofocado por el esfuerzo, toma la pluma y escribe en el libro de entradas, sobre sí mismo, lo que es necesario para que se sepa quién dice ser, en la cuadrícula del rayado y pautado de la página, nombre Ricardo Reis, edad cuarenta y ocho, natural de Porto, estado civil soltero, profesión médico, última residencia Río de Janeiro, Brasil, de donde procede, viajó en el Highland Brigade, parece el principio de una confesión, de una autobiografía íntima, todo lo oculto está en esta línea manuscrita, ahora el problema es sólo descubrir el resto, apenas. Y el gerente, que había estado atento, torcido el cuello, para seguir el encadenamiento de las letras y descifrarlas, el sentido, piensa que ha quedado sabiendo esto y aquello, y dice, Doctor, no llega a ser reverencia, es una marca, el reconocimiento de un derecho, de un mérito, de una cualidad, lo que requiere una inmediata retribución, incluso oral, Mi nombre es Salvador, soy el responsable del hotel, el gerente, si el señor precisa cualquier cosa, no tiene más que decirlo, A qué hora se sirve la cena, La cena es a las ocho, doctor, espero que nuestra cocina le satisfaga, tenemos también platos franceses. El doctor Ricardo Reis admitió con un movimiento de cabeza su propia esperanza, cogió la gabardina y el sombrero, que había dejado en una silla, y se retiró. El mozo estaba a la espera, dentro del cuarto, con la puerta abierta. Ricardo Reis lo vio desde la entrada del pasillo, sabía que, al llegar allí, el hombre avanzaría la mano, servicial pero también imperativa, en proporción al peso de la carga, y mientras iba andando reparó, no se había dado cuenta antes, en que sólo había puertas a un lado, el otro era la pared que formaba la caja de la escalera, pensaba en esto como si se tratase de una importante cuestión que no debería olvidar, realmente estaba muy cansado. El hombre recibió la propina, la sintió, más que mirarla, es lo que hace la costumbre, y quedó satisfecho, tanto es así que dijo, Señor doctor, muchas gracias, no podemos explicar cómo se había enterado, él que no vio el libro-registro, el caso es que las clases subalternas no son en nada inferiores en lo que a agudeza y perspicacia se refiere, a quienes hicieron estudios y se llaman cultos. A Pimenta sólo le dolía el ala de un omóplato por mal asentamiento en ella de uno de los refuerzos de la maleta, no parece hombre con mucha experiencia en carga. Ricardo Reis se sienta en una silla, pasa los ojos alrededor, aquí es donde va a vivir no sabe cuántos días, tal vez acabe alquilando casa e instalando un consultorio, tal vez vuelva a Brasil, por ahora bastará el hotel, lugar neutro, sin compromiso, de tránsito y vida en suspenso. Más allá de los visillos, las ventanas habían cobrado una luminosidad repentina, son los faroles de la calle. Tan tarde es ya. Se acabó el día, lo que de él queda está lejos, en el mar, y va huyendo, hace aún muy pocas horas navegaba Ricardo Reis por aquellas aguas, ahora el horizonte está donde su brazo alcanza, paredes, muebles que reflejan la luz como un espejo negro, y en vez del latido profundo de las máquinas de vapor, oye el susurro, el murmullo de la ciudad, seiscientas mil personas suspirando, gritando lejos, ahora unos pasos cautelosos en el corredor, una voz de mujer que dice, Ya voy, debe de ser la criada, estas palabras, esta voz. Abrió una ventana, miró hacia fuera.

Ya no llovía. El aire fresco, húmedo de viento que pasó sobre el río, entra en el cuarto, enmienda su atmósfera cerrada, como de ropa por lavar en un cajón olvidado, un hotel no es una casa, conviene recordarlo de nuevo, le van quedando olores de éste y de aquélla un sudor insomne, una noche de amor, un abrigo mojado, el polvo de los zapatos cepillados en la hora de la marcha, y luego vienen las camareras a hacer las camas de limpio, a barrer, queda también su propio halo de mujeres, nada de esto se puede evitar, son las señales de nuestra humanidad. Dejó la ventana abierta, abrió la otra, y, en mangas de camisa, refrescado y con súbito vigor, empezó a abrir las maletas, lo ordenó todo en menos de media hora, pasó su contenido a los muebles, a los cajones de la cómoda, los zapatos en el cajón de los zapatos, los trajes en las perchas del armario, el maletín negro de médico en un fondo oscuro del armario, y los libros en un estante, los pocos que ha traído consigo, algún latinajo clásico que no leía regularmente, unos manoseados poetas ingleses, tres o cuatro autores brasileños, de portugueses no llegaba a la decena, y en medio de ellos encuentra ahora uno que pertenecía a la biblioteca del Highland Brigade, se olvidó de devolverlo antes de desembarcar. A estas horas, si el bibliotecario irlandés se ha dado cuenta de la falta, grandes y gravosas acusaciones recaerán sobre la lusitana patria, tierra de esclavos y ladrones, como dijo Byron y dirá O’Brien, estas mínimas causas, locales, suelen originar grandes y mundiales efectos, pero yo soy inocente, lo juro, fue un olvido sólo, y nada más. Puso el libro en la mesilla de noche para acabar de leerlo cualquier día, cuando le apetezca, su título es The god of the labyrinth, su autor Herbert Quain, irlandés también, por no singular coincidencia, pero el nombre, ése sí, es singularísimo, pues sin máximo error de pronunciación podría leerse, Quién, fíjense, Quain, Quién, escritor que sólo no es desconocido porque alguien lo encontró en el Highland Brigade, ahora, si allá estaba este único ejemplar, ni eso, razón mayor para preguntarnos, Quién. El tedio del viaje y la sugestión del título lo habían atraído, un laberinto con un dios, qué dios sería, qué laberinto era que dios laberíntico, y al fin resultaría una simple novela policiaca, una vulgar historia de asesinato e investigación, el criminal, la víctima, a no ser que, al contrario, preexista la víctima al criminal, y, finalmente, el detective, los tres cómplices de la muerte, en verdad os diré que el lector de novelas policiacas es el único y real superviviente de la historia que esté leyendo, si no es que como superviviente único y real lee todo lector cualquier historia. Y hay papeles por guardar, estas hojas escritas con poemas, fechada la más vieja el doce de junio de mil novecientos catorce, ahí andaba ya la guerra, la Grande, como después la llamaron mientras preparaban otra mayor, Maestro, son plácidas todas las horas que perdemos, si en el perderlas, como en una jarra, ponemos flores, y luego concluía, De la vida iremos tranquilos, no teniendo ni el remordimiento de haber vivido. No es así, seguidos, como están escritos, cada línea lleva su verso obediente, pero así, seguidos, ellos y nosotros, sin más pausa que la de la respiración y el canto, los estamos leyendo, y la hoja más reciente lleva fecha del trece de noviembre de mil novecientos treinta y cinco, ha pasado mes y medio tras haberla escrito, aún hoja reciente, y dice,

calle será, no la recuerda, si es que alguna vez lo supo, pero el camarero que viene a cambiarle el plato se lo explica, Ésta es la Rua Nova do Carvalho, señor doctor, y preguntó, Qué, le gustó el caldo, por la pronunciación se ve que el camarero es gallego, Me gustó, por la pronunciación se había notado ya que el huésped vivió en Brasil, buena propina se llevó Pimenta. La puerta se abrió otra vez, ahora entró un hombre de mediana edad, alto, circunspecto, de rostro largo y picudo, y una muchacha de unos veinte años, si los tiene, flaca, aunque más exacto sería decir delgada, se dirigen hacia la mesa frontera a la de Ricardo Reis, de súbito le resultó evidente que la mesa estaba a su espera, como un objeto espera la mano que frecuentemente lo busca y sirve, serán huéspedes habituales, tal vez los dueños del hotel, es interesante comprobar cómo olvidamos que los hoteles tienen dueño, séanlo éstos o no, atravesaron la sala con paso tranquilo como si estuvieran en su propia casa, son cosas que se notan cuando se mira con atención. La muchacha queda de perfil, el hombre está de espaldas, hablan en voz baja, pero el tono de ella subió cuando dijo, No, padre, me encuentro bien, son, pues, padre e hija, conjunción poco habitual en hoteles, en estos tiempos. El camarero se acercó a servirles, sobrio pero familiar de modos, después se apartó, ahora la sala está silenciosa, ni los chiquillos alzan la voz, caso extraño, Ricardo Reis no recuerda haberles oído hablar, o son mudos o tienen los labios pegados, presos por grapas invisibles, idea absurda, pues están comiendo. La joven delgada acabó la sopa, deja la cuchara, su mano derecha acaricia, como si fuera un animalito doméstico, a la mano izquierda que descansa en el regazo. Entonces Ricardo Reis, sorprendido por su propio descubrimiento, repara en que desde el principio aquella mano estuvo inmóvil, recuerda que sólo la derecha desdobló la servilleta, y ahora coge la izquierda y la posa sobre la mesa, con mucho cuidado, cristal fragilísimo, y allí la deja estar, junto al plato, asistiendo a la comida, con los largos dedos extendidos, pálidos, ausentes. Ricardo Reis siente un estremecimiento, es él quien lo siente, nadie lo está sintiendo por él, por fuera y por dentro de la piel se estremece, y mira fascinado la mano paralizada y ciega que no sabe a dónde ir si no la llevan, aquí a tomar el sol, aquí a oír la conversación, aquí para que te vea ese señor doctor que vino de Brasil, manecita dos veces izquierda, por estar de ese lado y por ser manca, inhábil, inerte, mano muerta mano muerta que no llamarás en aquella puerta. Ricardo Reis observa que los platos de la chica vienen ya preparados de la cocina, limpio de espinas el pescado, cortada la carne, pelada y abierta la fruta, está claro que padre e hija son huéspedes conocidos, habituales de la casa, tal vez vivan en el hotel. Llegó el fin de la comida y aún se demora un momento, dando tiempo, qué tiempo y para qué, al fin se levantó, aparta la silla, y el ruido, acaso excesivo, hizo que la muchacha volviera el rostro de frente tiene más de los veinte años que antes aparentaba, pero luego el perfil la devuelve a la adolescencia, el cuello alto y frágil, el mentón fino, toda la línea inestable del cuerpo, insegura, inacabada. Ricardo Reis sale del comedor, se acerca a la puerta de los monogramas, allí tiene que cambiar un saludo con el hombre gordo, que también salía, Usted primero, De ningún modo, no faltaba más, al fin pasa el gordo, Gracias, muchas gracias, notable manera ésta de decir,

no faltaba más, si tomáramos todas las palabras al pie de la letra tendría que pasar primero Ricardo Reis, porque es innumerables yoes, según su propia manera de entenderse. El gerente Salvador tiende ya la llave de la doscientos uno, hace un ademán solícito de entrega, pero luego retrae sutilmente el gesto, tal vez el cliente quiera salir al descubrimiento de la Lisboa nocturna y sus placeres secretos, después de tantos años en Brasil y tantos días de travesía oceánica, aunque la noche invernal haga más apetitoso el sosiego de la sala de estar, aquí al lado, con sus profundos y altos sillones de cuero, la araña central, preciosa con sus pinjantes, el gran espejo en el que cabe toda la sala, que en él se duplica, en otra dimensión que no es el simple reflejo de las comunes y sabidas dimensiones que con él se confrontan, anchura, longitud, altura, porque no están allí una por una, identificables, pero sí fundidas en una dimensión única, como fantasma inaprensible de un plano simultáneamente remoto y próximo, si en tal explicación no hay una contradicción que la conciencia sólo por pereza desdeña, aquí se está contemplando Ricardo Reis, en el fondo del espejo, uno de los innumerables que es, pero todos fatigados, Voy arriba, estoy cansado del viaje, fueron dos semanas de mal tiempo, si hubiera por ahí unos diarios de hoy, para ponerme al día con la patria mientras me voy quedando dormido, Aquí los tiene, señor doctor, y en este momento aparecieron la muchacha de la mano paralizada y su padre, pasaron a la sala de estar, él delante, ella detrás a un paso de distancia, la llave ya estaba en manos de Ricardo Reis, y los periódicos de color ceniza, ajados, una racha de viento hizo golpear la puerta que da a la calle, allá en el fondo de la escalera, el timbre zumbó, no es nadie, sólo el temporal que se recrudece, de esta noche no vendrá nada más que se aproveche, lluvia, vendaval en tierra y en el mar, soledad. El sofá de la habitación es confortable, los muelles, de tantos cuerpos como se sentaron en ellos, se humanizaron, hacen un hueco suave, y la luz de la lámpara sobre el escritorio ilumina el periódico desde un buen ángulo, esto no parece un hotel, es como estar en casa, en el seno de la familia, del hogar que no tengo, quién sabe si lo tendré algún día, éstas son las noticias de mi tierra natal, y dicen, El jefe de Estado inaugura la exposición de homenaje a Mousinho de Albuquerque en la Agencia General de Colonias, no se pueden dispensar las imperiales conmemoraciones ni olvidar las figuras imperiales, Hay grandes recelos en Golegâ, no recuerdo dónde queda, Ah, sí, en Ribatejo, si las crecidas destruyen el dique de los Veinte, curioso nombre, de qué le vendrá, veremos repetida la catástrofe de mil ochocientos noventa y cinco, noventa y cinco, tenía yo ocho años, es lógico que no me acuerde, La mujer más alta del mundo se llama Elsa Droyon y mide dos metros cincuenta de altura, a ésta no la cubre la crecida, y la chica, cómo se llamará, aquella mano paralítica, blanda, debió de ser de enfermedad, o un accidente, Quinto concurso de belleza infantil, media página de retratos de chiquillos, desnudos del todo, al aire los plieguecitos de las carnes, alimentados con harina lacto-búlgara, algunos de estos bebés se convertirán en criminales, golfos y prostitutas por haber sido expuestos así, en su tierna edad, a las groseras miradas del vulgo que no respeta inocencias,

y a los nietos, y de ello habla, con la debida garantía, la Historia de Güelfos y Gibelinos, capítulo respectivo, y también la Divina Comedia, canto trigésimo tercero del Infierno, se llamará, pues, Ugolina, la madre que devora a sus propios hijos, tan desnaturalizada que no se le mueven las entrañas a la piedad cuando con sus mismas mandíbulas desgarra la blanda y tierna piel de los indefensos cachorros, los destroza, haciendo estallar sus huesos tiernos, y los pobres cachorrillos, gimiendo, mueren sin ver quién los devora, la madre que los parió, Ugolina no me mates que soy tu hijo. La hoja que trae tales horrores cae sobre las rodillas de Ricardo Reis, adormecido. Una racha súbita estremece los cristales, cae el agua como un diluvio. Por las calles desiertas de Lisboa anda la perra Ugolina babeando sangre, gruñendo ante las puertas, aullando en plazas y jardines, mordiendo furiosa su propio vientre donde ya está gestándose la próxima camada.

Después de una noche de arrebatada invernía, de temporal desencadenado, palabras estas que ya nacieron emparejadas, las primeras no tanto, y unas y otras tan pertinentes a la circunstancia que ahorra el esfuerzo de pensar en nuevas creaciones, bien podría haber despuntado la mañana resplandeciente de sol, con mucho azul en el cielo y jovial revuelo de palomas. Pero no les dio por ahí a los meteoros, las gaviotas siguen sobrevolando la ciudad, el río no es de fiar, las palomas ni se atreven. Llueve, soportablemente para quien salió a la calle con paraguas y gabardina, y el viento, en comparación con los excesos de la madrugada, es una caricia en el rostro. Ricardo Reis salió temprano del hotel, fue al Banco Comercial a cambiar algo de su dinero inglés por los escudos de la patria, le dieron por cada libra ciento diez mil reales, qué pena que no fueran libras oro, que se las pagarían casi el doble, aún así no tiene grandes motivos de queja y sale del banco con cinco mil escudos en el bolsillo, lo que es una fortuna en Portugal. De la Rua do Comerço, donde está, hasta el Terreiro do Pago, hay pocos metros, apetecería escribir Es un paso, si no fuera la ambigüedad de la homofonía, pero Ricardo Reis no se aventurará a atravesar la plaza, se queda mirando de lejos, bajo el cobijo de las arcadas, al río pardo y encrespado, la marea está alta, cuando las olas se alzan parece que van a inundar la plaza, sumergirla, pero es una ilusión óptica, se deshacen contra el muro, su fuerza se quebranta en los escalones inclinados del muelle. Recuerda que allí se sentó en otros tiempos, tan distantes que llega a dudar si los vivió él mismo, O alguien por mí, tal vez con igual rostro y nombre, pero otro. Nota frío en los pies, húmedos, nota también que una sombra de infelicidad pasa sobre su cuerpo, no sobre el alma, repito, no sobre el alma, esta impresión es exterior, sería capaz de tocarla con las manos si no estuvieran ambas agarrando el mango del paraguas, innecesariamente abierto. Así se abstrae un hombre del mundo, así se ofrece a la risa de quien pasa y dice, Señor, que aquí abajo no llueve, pero la risa es franca, sin maldad, y Ricardo Reis sonríe por haberse distraído, sin saber por qué murmura los dos versos de João de Deus, célebres entre la infancia de las escuelas, Bajo aquella arcada se pasaba bien la noche. Vino por estar cerca y para comprobar, de paso, si el antiguo recuerdo de la plaza, nítido como un grabado a buril, o reconstruido por la imaginación para así parecerlo hoy, tenía correspondencia próxima con la realidad material de un cuadrilátero rodeado de edificios por tres lados, con una estatua ecuestre y real en medio, el arco del triunfo, que desde donde está no llega a ver, y al fin todo es difuso, brumosa la arquitectura, apagadas las líneas, será por el tiempo que hace, será por el tiempo que es, será por sus ojos ya gastados, sólo los ojos del recuerdo pueden ser agudos como los del gavilán. Van a dar las once, hay mucho movimiento bajo las arcadas, pero decir movimiento no quiere decir rapidez, esta dignidad tiene poca prisa, los hombres, todos con sombrero blando, los paraguas goteando, rarísimas las mujeres, y van entrando en las oficinas, es la hora en que empiezan a trabajar los funcionarios públicos. Se aleja Ricardo Reis en dirección a la Rua do Crucifixo, aguanta la insistencia de un vendedor ambulante que quiere colocarle un décimo para el próximo sorteo, Es el mil trescientos cuarenta y

fisonomista y definidor de identidades. Pero, para que no nos quedemos sólo con la palabra de alguien a quien conocemos tan poco, aquí está este otro periódico que colocó la noticia en la página adecuada, la necrológica, e identifica por extenso al fallecido, Tuvo lugar ayer el funeral por el doctor Fernando Antonio Nogueira Pessoa, soltero, de cuarenta y siete años de edad, cuarenta y siete, fíjense bien, natural de Lisboa, graduado en Letras por la Universidad de Inglaterra, escritor y poeta muy conocido en los medios literarios, sobre el ataúd fueron colocados ramos de flores naturales, peor para ellas, pobrecillas, más rápido se marchitarán. Mientras espera el tranvía que lo ha de llevar a Prazeres, el doctor Ricardo Reis lee la oración fúnebre pronunciada al pie de la tumba, la lee cerca del lugar donde fue ahorcado, nosotros lo sabemos, va para doscientos veintitrés años, reinaba entonces Don João V, que no cupo en Mensagem, fue ahorcado, íbamos diciendo, un genovés, buhonero, que por causa de una pieza de droguete mató a uno de nuestros portugueses de una puñalada en la garganta, y luego hizo lo mismo con el ama del muerto, que muerta quedó allí del golpe, y a un criado le dio dos puñaladas no fatales, y a otro lo agarró como a un conejo y le vació un ojo, y si más no hizo fue porque al fin lo prendieron y aquí se cumplió la sentencia por ser cerca de la casa del muerto, con gran concurrencia, no se puede comparar con esta mañana de mil novecientos treinta y cinco, mes de diciembre, día treinta, con el cielo cargado, que sólo anda por la calle quien no puede evitarlo, aunque no llueva en este preciso instante en que Ricardo Reis, recostado en un farol en lo alto de la Calçada do Combro, lee la oración fúnebre, no del genovés, que no la tuvo, a no ser que como tal le sirvieran los denuestos del populacho, sino de Fernando Pessoa, poeta, inocente de muertes criminales, Dos palabras sobre su tránsito mortal, para él bastan dos palabras, o ninguna, quizá sería preferible el silencio, el silencio que ya lo envuelve a él y nos envuelve a nosotros, un silencio de las dimensiones de su espíritu, con él está bien lo que está cerca de Dios, pero tampoco debían, tampoco podían, los que fueron sus pares en el convivio de la Belleza, verlo descender a tierra, o mejor, ascender a las líneas definitivas de la Eternidad, sin manifestar la protesta tranquila, pero humana, el dolor que nos causa su partida, no podían sus compañeros de Orfeu, más que compañeros hermanos, que comulgan con el mismo ideal de Belleza, no podían, repito, dejarlo aquí, en la tierra extrema, sin haber al menos deshojado sobre su muerte gentil el lirio blanco de su silencio y de su dolor, lloramos al hombre que la muerte nos lleva, y con él la pérdida del prodigio de su convivencia y la gracia de su presencia humana, sólo al hombre, es duro decirlo, pues a su espíritu y a su poder creador, a ésos les dio el destino una extraña hermosura inmortal, lo que queda es el genio de Fernando Pessoa. Vaya, vaya, por suerte aún se encuentran excepciones en las regularidades de la vida, desde el Hamlet que andábamos diciendo, El resto es silencio, en definitiva, del resto es el genio quien se encarga, éste o cualquier otro. El tranvía llegó y partió ya, Ricardo Reis va sentado en él, solo en el banco, pagó su billete de setenta y cinco centavos, con el tiempo aprenderá a decir uno de siete y medio, y vuelve a leer la funérea despedida, no puede convencerse de que sea Fernando Pessoa el destinatario de ella, en verdad muerto, si consideramos la unanimidad de las noticias,

sino a causa de las anfibologías gramaticales y léxicas que él abominaría, tan mal lo conocían para así hablarle o hablar de él, se aprovecharon de su muerte, estaba atado de pies y manos, pensemos en lo del lirio blanco y deshojado, como muchacha muerta de fiebre tifoidea, en aquel adjetivo, gentil, Dios mío, qué recuerdo tan ramplón, con perdón de lo vulgar de la palabra, cuando tenía allí mismo el orador la muerte sustantiva que debiera dispensar todo lo demás, en especial el resto, todo tan poco, y como gentil significa noble, caballero, gracioso, elegante, agradable, cortés, eso es lo que dice el diccionario, entonces la muerte podría ser calificada de noble, caballeresca o graciosa, o elegante, o agradable o cortés, cuál de éstas habrá sido la suya, si es que en el lecho cristiano del Hospital de San Luis le fue permitido elegir, quieran los dioses que haya sido agradable, pues con una muerte que lo fuese sólo la vida se perdería. Cuando Ricardo Reis llegó al cementerio, estaba sonando la campanilla del portalón, se difundía por los aires un sonido de bronce agrietado, como de quinta rústica, en la modorra de la siesta. En la lejanía, una carreta arrastrada a brazos balanceaba luctuosas cenefas, un grupo de gente oscura seguía al carro mortuorio, bultos cubiertos con chales negros y trajes masculinos de casamiento, algunos lívidos crisantemos en los brazos, otros ramos de ellos adornando los repechos superiores del féretro, ni las flores tienen un mismo destino. Se sumió la carreta en las profundidades, y Ricardo Reis fue a la administración, al registro de difuntos, a preguntar dónde estaba sepultado Fernando Antonio Nogueira Pessoa, fallecido el treinta del mes pasado, enterrado el día dos del corriente, albergado en este cementerio hasta el fin de los tiempos, cuando Dios ordene que los poetas despierten de su muerte provisional. El funcionario comprende que está ante persona ilustrada y de distinción, y explica solícito, da la calle, el número, que esto es como una ciudad, señor mío, y como se confunde en las indicaciones, sale a este lado del mostrador, viene afuera, e indica, ya definitivo, Siga por la alameda, sin desviarse nunca, vuelva hacia la derecha, luego siempre adelante, pero, cuidado, porque queda del lado derecho, a unos dos tercios de la longitud de la calle, la tumba es pequeña, es fácil no reparar en ella. Ricardo Reis agradeció las explicaciones, tomó los vientos que venían de la plaza sobre la mar y el río, no oyó que fueran gemebundos, como sería lógico en un cementerio, sólo aire ceniciento, húmedos los mármoles y las piedras calcáreas, por la reciente lluvia, y más verdinegros los cipreses, va bajando por la alameda como le indicaron, en busca de la cuatro mil trescientas setenta y una, la lotería que no saldrá mañana, que ya salió, y que no saldrá jamás, le tocó el destino, no la suerte. La calle baja suavemente, como un paseo, al menos los últimos pasos no fueron fatigosos, la última caminata, el final del acompañamiento, que a Fernando Pessoa nadie volverá a acompañarlo, si es que en vida lo hicieron realmente aquellos que de muerto lo siguieron. Ésta es la curva donde hay que doblar. Nos preguntamos qué hemos venido a hacer aquí, qué lágrima guardábamos para verter aquí, y por qué, si no las lloramos en su tiempo propio, quizá por haber sido entonces menor el dolor que la sorpresa, sólo después vino el dolor, sordo, como si todo el cuerpo fuese un único músculo pateado por dentro, sin mancha negra que mostrase el lugar del luto. A un lado y otro las tumbas tienen las