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Asignatura: Roma, Profesor: Josetxo Cerdán, Carrera: Comunicació Audiovisual, Universidad: UAB
Tipo: Apuntes
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tanto y tan poco...
Prefacio. De cuando en cuando el historiador se ve precisado a abandonar su época, su ámbito familiar y su tema, para considerar globalmente la naturaleza de su disciplina y de su vocación. Tal ha sido mi propósito al escribir estas páginas. Mis ejemplos los he tomado principalmente de la historia del Medio Oriente por ser la que mejor conozco; he procurado así mismo ahondar en el análisis y sacar conclusiones generales sobre la esencia del, conocimiento histórico, su redacción y su estudio, así como sus funciones y objetivos en las sociedades humanas.
La oportunidad de estructurar estas reflexiones me la brindó la Universidad Yeshiva de la ciudad de Nueva York al invitarme a dar las llamadas Conferencias Gottesman correspondientes a 1974. Deseo expresar aquí mi reconocimiento tanto a la Universidad como a su generoso benefactor por haber hecho posible este trabajo. Mi reconocimiento también al auditorio, cuyas preguntas y comentarios me permitieron eliminar del texto original algunas máculas.
Agradezco, de igual modo, a mis amigos los profesores Elie Kedourie y Michael Zand sus consejos y ayuda en torno a algunos de los puntos tratados en estas conferencias.
B.L.
"¡Masada no volverá a caer!" 1 Ambas conmemoraciones lograron despertar el fervor
nacional. Pese a que en una de ellas se recordó una victoria y la fundación de un Imperio, y en la otra una derrota y la destrucción de un Estado, ambas coincidieron en exaltar la
dedicación y el heroísmo de inspiración nacionalista.
Masada y Ciro constituyen evocaciones históricas que comparten, además, otras características: ambas se refieren a acontecimientos olvidados, cuando no enteramente desconocidos, de sus respectivos pueblos, y ambas fueron rescatadas gracias a la existencia de fuentes de información externas. Nada se comenta de Masada en la tradición rabínica. En su abundante literatura jamás aparece siquiera mencionado el nombre y hasta su grafía en hebreo es incierta. La única fuente de información sobre la heroica muerte de los defensores de Masada es la crónica de Flavio Josefo, un judío renegado que escribió en griego y cuyos escritos no se consideran dentro del patrimonio cultural de la tradición judía. 2 De la obra de Josefo existe una versión hebrea que alcanzó considerable
difusión, debido a un judío italiano que vivió probablemente en el siglo X. De esta adaptación se han realizado numerosas reimpresiones y ha sido traducida al judeo -árabe, al judeo-español y, más de una vez, al yiddish. No obstante, las partes dedicadas a Masada jamás habían despertado mayor interés. 3 Más insólito aún es que los persas no sólo no contaran con documentación alguna acerca de Ciro el fundador de su Imperio, sino que ni siquiera; guardaran memoria de su nombre. Las fuentes de información acerca de este gobernante, que mereció ser llamado el Grande, eran básicamente judías y griegas y, hasta hace muy poco, los persa sabían de la Biblia o de los historiadores griego menos aún de lo que los judíos podrían haber sabido de Josefo.^4
Ha habido así mismo algunas semejanzas en cuanto a la forma y los procedimientos empleados en el rescate de estos dos capítulos extraviados de la historia antigua, con gran similitud de elemento: en uno y otro casos. En cuanto al aspecto arqueológico, cabe mencionar: por lo que toca a Ciro, el descubrimiento e interpretación de un sello cilíndrico procedente de Nínive y que actualmente si conserva en el Museo Británico de Londres, que es la única pieza arqueológica directamente relacionada con su persona, y, algo mucho más
(^1) En el Israel actual se habla con frecuencia y a veces se polemiza acerca del llamado "Complejo de Masada". Véase, por ejemplo, "Tasbikh Masada", de Benjamín Kedar, en Ha'arctz del 22 de abril de 1973, y “The Masada Complex", de Robert Alter, en Comentary de julio de 1973, pp. 19-24. Una ponencia titulada "From Yavneh te Masada", de la que vi sólo una breve, sinopsis, fue presentada por Norman B. Mirsky, de Cincinnati, E.U.A., en é Congreso Internacional de Estudios Judíos, celebrada en Jerusalén en agosto de 1973. (^2) Josefo, The Jewish Wart vii, 252, 275, 280-406. (Ed. Loeb Classical Library, trad. al inglés de H. St. J. Tackeray, iii, pp. 576-577, 582-583, 584-619.) (^3) Yosiphon, ed. H. Hominer, 4a ed. Jerusalén, 5731/ 1971, pp. 397 sí. Sobre Yosiphon, véase M. Stcinschnei-der, Dic Geschichtslitcratur der Juden in Druckuwerken und Handschriften, i. Francfort (Vcrlag J. Kauffmann), 1905, § 19, pp. 25-33, y enciclopedias judías». (^4) Con referencia a Ciro, véase Pauly-Wissowa, Realen cyclopädie der klassischen Altertumwissenschaft, Stuttgart, pp. 1894 ss. Para una idea somera del lugar que ocupa Ciro en la historia y mitología clásicas, véase Antonio Pagliaro, Ciro e l'impero persiano, Roma (Accademia Nazionale dei Lincei), 1972.
imponente, las ruinas de Persepolis, capital imperial de la antigua dinastía fundada por el propio Ciro; y por lo que toca a Masada, las excavaciones practicada: en el lugar, y el doble acierto del profesor Yigae Yadin de rescatar y difundir este señalado capítulo de la historia judía.^5
Hasta la manera en que esta nueva información fue penetrando en la conciencia popular de ambas naciones presenta ciertos rasgos paralelos. En un caso, empieza con la llamada Jüdische Wissen-schajty despliegue de erudición debido al esfuerzo de algunos judíos alemanes que acudieron a fuentes de información griegas y romanas —desconocidas de la cultura judía tradicional— para aclarar el hasta entonces oscuro capítulo de las luchas del pueblo judío contra la dominación romana. Los nuevos datos se difundieron ampliamente a través de novelas románticas, debidas a la inspiración de rabinos alemanes que solían escribirlas en sus ratos libres. Las novelas fueron traducidas al hebreo y fue así como tuvieron gran repercusión entre los lectores judíos de Europa oriental.^6
Pese al hecho de haber abordado una serie de temas relacionados con la dominación romana, estos novelistas, al parecer, no se sintieron atraídos por el trágico destino de Masada. Aun los historiadores no hacen más que limitarse a un breve comentario con base en los escritos de Flavio Josefo. Los arqueólogos y viajeros cristianos que durante el siglo xix se mostraron interesados por visitar el lugar de los hechos y que trataron de describirlo, 0 0 no hallaron eco entre los residentes o entre los visi (^) 1 Ftantes judíos ni lograron despertar mayor interés en el medio intelectual judío.^7
Un paso decisivo en la reinstauración de Masada dentro de la conciencia judía fue acaso la publicación, en 1927, de un poema de ese nombre, debido a la inspiración de Yitzjak Lamdan, poeta hebreo que había logrado sobrevivir a la Revolución rusa y a la subsecuente guerra civil, así como a las terribles matanzas de judíos en Ucrania que — hasta antes de Hitler — habían parecido a los judíos el colmo del horror y del sufrimiento. Al llegar a Palestina, Lamdan se aferró a la débil esperanza que representaba el pequeño núcleo judío allí establecido, como un último baluarte de la causa judía. Se daba perfecta cuenta de los peligros y dificultades que amenazaban a esa comunidad y de las escasas probabilidades de sobrevivir en medio de un mundo hostil. Sin embargo, tenía la certidumbre —y ésta es una idea que aparece reiteradamente en sus poemas— de que tal era la única y última esperanza y que, en caso de fracasar, no quedaría nada, absolutamente nada para los judíos. El drama de Masada, con el que indudablemente se hallaba familiarizado a través de obras literarias y eruditas, le brindaba un símbolo, el símbolo ideal. El poema está escrito en tono apocalíptico, lleno de oscuros presagios de destrucción y muerte. Pero en medio de la fatalidad brilla un rayo de esperanza, y el verso que dice "¡Masada no volverá a caer!" es un lema particularmente emotivo en el Israel
(^5) Véase especialmente Yigael Yadin, Masada: Herod’s Fortress and the Zealots' Last Stand, Londres (Weidenfeld and Nicolson), 1966. (^6) Destacan entre los más notables: Markus (Meyer) Lehmann (1831-1890), Ludwig Philippson (1811-1889), Moses Wassennann, Hermán Reckendorf (1825-1875), Salomo Kohn (1825-1904), y J. A. Francolín (1788-1849). Figuran en casi todas las obras judías de referencia pero, hasta donde yo sé, no han sido aún tema de estudio exhaustivo. Sobre la novela histórica hebrea hay un breve artículo de David Patterson en Sifrut (Londres), i (1955), pp. 51-57. (^7) T Sobre éstos, véase Yadin, Masada, pp. 239-255.
latino que significa "hallar", y el "hallazgo de la Santa Cruz" lo conocen los cristianos por inventio crucis, y con tal designación lo conmemoran. Es muy significativo que haya sido precisamente Santa Elena quien, según la leyenda cristiana, descubriera la Santa Cruz, pues se recordará así mismo que fue madre de Constantino, emperador que abriera nuevos cauces históricos tanto para Roma como para la cristiandad al imprimir sobre el Imperio romano un sello cristiano. Un futuro nuevo requería de un pasado diferente.
Hay múltiples formas, de definir y de subdividir la historia; las formulaciones de interés tradicional son el quién, el cuándo y el dónde; luego, en una era más compleja, lo que interesa es el tema —el qué y el cómo, y, para quien tiene ambiciones intelectuales, el porqué; en cuanto a metodología, por el carácter de las fuentes y la forma en que se las aprovecha; en cuanto a ideología, por su función y su propósito— más del historiador que de la historia, y muchas más. La clasificación aquí adoptada, según se desprende de las observaciones anteriores, es de tres tipos, como sigue:
La historia recordada, ya sea de uno u otro tipo, prevalece en todos los grupos humanos, desde la tribu primitiva hasta el gran imperio, desde el culto tribal hasta la Iglesia universal. Al entender del pueblo, dicha historia encarna la verdad poética y simbólica, aun cuando haya inexactitud en los detalles; mas si pone en peligro la propia imagen, o si el pasado recordado no encaja con ella, en ese momento se la desecha como falsa. Es conmemorada en ceremonias y monumentos que en un principio fueron religiosos y más tarde seculares, así como en los textos y ritos correspondientes: drama y espectáculo, canto y recitación, crónica y biografía, balada y epopeya, y sus equivalentes modernos, así como en celebraciones oficiales, fiestas populares y educación elemental.
La historia recobrada es fruto del descubrimiento y la reevaluación del pasado por la crítica erudita; tarea moderna y básicamente europea. Salvo contadas excepciones, la
historia del pasado remoto no interesó a los antiguos 10 ; hasta el Renacimiento, la historia se
ocupó casi siempre de acontecimientos recordados o contemporáneos, y en buena parte conservó su carácter utilitario.
En historia la invención no es algo nuevo sino práctica corriente que se remonta a la antigüedad y que ha perseguido propósitos muy diversos. Es común a todos los grupos humanos y va desde los primitivos mitos heroicos de las tribus nómadas hasta la historiografía oficial soviética y el revisionismo norteamericano.
Volviendo a los ejemplos que nos ocupan, Masada y Ciro, consideremos ahora los problemas que suscitan estos nuevos capítulos en el estudio de la historia judía e islámico- persa respectivamente.
Tanto el interés del judío por la historia como su actitud hacia ella presentan fases diversas. La primera corresponde al Antiguo Testamento, en el que la historia reviste primordial importancia. Desde entonces hasta nuestros días, la esencia misma de la identidad judía queda determinada por una serie de acontecimientos históricos: la vida de Abraham y su marcha de Ur de los caldeos a Egipto, el éxodo de las tribus judías desde Egipto, la revelación de la Ley en el monte Sinaí, el arribo a la tierra prometida y las ulteriores andanzas del pueblo judío bajo el caudillaje de jueces y reyes. Tanto los libros históricos como los no históricos del Antiguo Testamento dejan ver claramente el propósito religioso de la historia. "No temas: acuérdate bien de lo que Yahvéh, tu Dios, hizo con el faraón y con todo el Egipto, de las grandes pruebas que tus ojos vieron, las señales y los prodigios, la mano fuerte y el tenso brazo con que Yahvé, tu Dios, te sacó. Lo mismo hará Yahvé, tu Dios, con todos los pueblos a los que temes" (Dt., vil, 18-19). A 0 0 mayor abundamiento, "Acuérdate de los días de antaño, consi (^) 1 Fdera los años de edad en
edad. Interroga a tu padre, que te cuente, a tus ancianos, que te hablen" (Dt., xxxii, 7). El salmo 105, casi en su totalidad, alude a consideraciones históricas: "¡Buscad a Yahvé y su fuerza, id tras su rostro sin descanso, recordad las maravillas que él ha hecho, sus 0 0 pro (^) 1 Fdigios y los juicios de su boca! Raza de Abraham, su servidor, hijos de Jacob, su
elegido: él, Yahvé, es nuestro Dios, por toda la tierra sus juicios. Él se acuerda por siempre de su alianza, palabra que impuso a mil generaciones, lo que pactó con Abraham, el juramento que hizo a Isaac, y que puso a Jacob, como precepto, a Israel como alianza eterna..."
El Isaías de la restauración, tras el cautiverio babilónico —época de importantes 0 0 cambios políti (^) 1 Fcos y religiosos— exhorta de igual modo al estudio de la historia para 0 0 estimular y robustecer la propia. conciencia: "Prestadme oído, seguidores de lo jus (^) 1 Fto, los que buscáis a Yahvé. Reparad en la peña de donde fuisteis tallados y en la cavidad de pozo de donde fuisteis excavados. Reparad en Abraham, vuestro padre, y en Sara, que os dio a luz; pues uno solo era cuando le llamé, pero le bendije y le multipliqué" (Is. li, 1-2).
Cronistas, salmistas y profetas han insistido por igual en estos temas, presentes en la oración cotidiana y conmemorados en las festividades del año judío. La historia antigua de su pueblo reviste para el judío capital importancia, y así será hasta la destrucción de Judá.
(^10) Véase, por ejemplo, las observaciones de A. Momigliano sobre Herodoto en su artículo
"The Place oí Herodotus in the History oí historiography", en History, xliii (1958), pp. 1-13. Reimpreso en Studies in Historiography, Nueva York (Harper & Row), 1966, pp.
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su aspecto estrictamente religioso, que es el milagro de las luces, y sin prestar mayor atención a los macabeos y sus triunfos militares.
Podría hablarse incluso de una desautorización sistemática de los macabeos y de sus descendientes, los asmoneos, por parte de los rabinos. Durante el reinado de los asmoneos se escribieron libros de historia que, significativamente, no fueron conservados por los judíos. De esos libros existen traducciones al griego, debido a que los macabeos fueron considerados retrospectivamente por la Iglesia cristiana como héroes y santos. Los libros de los macabeos, considerados apócrifos por el canon judío, son sin embargo aceptados como libros canónicos por los católicos. Los originales hebreos o arameos se perdieron y la tradición judía desconocía las traducciones apócrifas al griego. El interés de la literatura rabínica no es la historia propiamente dicha, antes más bien expresa por ella cierto recelo. Las referencias a la historia de la época son pocas y, en general, muy pobres en cuanto a información.
No es necesario ir muy lejos para dar con la explicación. Uno de los propósitos básicos de la historiografía es el de ofrecer garantías de autoridad y, dentro del judaísmo, ésta había pasado a los rabinos de manos de monarcas y sacerdotes, precisamente los asmoneos, cuyos últimos reyes habían traicionado la fe judaica en favor, nada menos, que de la civilización helénica, contra la cual habían luchado Judas Macabeo y sus hermanos. Es muy significativo que de las dos grandes colecciones de escritos rabínicos, la de Jerusalén y la de Babilonia, se haya considerado como la más respetable y autorizada la de Babilonia, o sea, la que se v desarrolló bajo la jurisdicción de los persas y no de los judíos.
Cabe señalar otra cuestión importante. Los rabinos eran custodios de la tradición oral y defendían su autoridad en este renglón. Para ellos, pues, un enfoque histórico de las escrituras resultaba peligroso, puesto que un análisis crítico acerca de las fuentes de la tradición oral y una exposición de su desarrollo podría poner en tela de juicio su autoridad o inclusive socavarla considerablemente.
A raíz de la destrucción del templo y del Estado judíos, se insertó una nueva fase que permitió en cierta forma aclarar todos estos puntos. La competencia con monarcas y sacerdotes había llegado a su fin y los rabinos quedaban como dueños indiscutibles de la situación; institucionalizada su autoridad a través del patriarcado de Palestina, luego con el gaonato de Babilonia 13 y finalmente con sus sucesores en otras partes. El interés
rabínico por la historiografía era mínimo y su preocupación básica era la de afirmar la legitimidad de la tradición y la de sus exponentes más autorizados. El planteamiento
histórico se ilustra con relatos en torno a la revelación oral de la ley de Moisés en el Sinaí, contemporáneamente con la ley escrita y con no menos autoridad, así como por otras muchas tradiciones orales como se observa, por ejemplo, en Pirque Abhóth. "Moisés recibió la Torá en el Sinaí y se la trasmitió a Josué, Josué a los ancianos, y los ancianos a los profetas, y los profetas a los hombres de la gran sinagoga. Estos últimos solían decir tres cosas: sed pacientes en la administración de la justicia, formad a muchos discípulos y alzad una cerca en torno a la Torá" (Mishna, I, 1). Palabras que comprendían la misión y autoridad de "los hombres de la gran sinagoga" y de sus sucesores. Como puede verse, no hay alusión alguna a reyes y sacerdotes.
(^13) Gaon era el título aplicado al doctor de la ley durante el primer periodo posbíblico;
significa "Excelencia". En Babilonia, los gaonim tuvieron especial preponderancia hasta el siglo xi. [T.]
Como ocurre con frecuencia, en la memoria colectiva quedó bien grabado un dramático episodio al que revistió de gran significación simbólica. La literatura talmúdica, en la que ciertamente no abundan los comentarios históricos, nos ofrece no menos de cinco versiones completas —aparte de otras muchas alusiones— de la historia de cómo el rabino Yojanán ben Zakai, escapando de la ciudad de Jerusalén, sitiada y condenada sin remedio, logró llegar hasta el campamento de Vespasiano, y haciéndose oír del caudillo romano obtuvo la merced de fundar una escuela rabínica en la aldea costera de Yavne que, a partir 0 0 de entonces, se con (^) 1 Fvirtió en el centro del patriarcado rabínico. Según algunas versiones, Yojanán ben Zakai logró burlar la vigilancia de los esbirros fingiéndose muerto tras una supuesta grave enfermedad. Sus fieles discípulos pudieron entonces trasponer los muros de la ciudad llevándolo en un ataúd, y so pretexto de ir a sepultarlo, lo pusieron en camino al 0 0 campa (^) 1 Fmento romano.^14 Los historiadores profesionales han querido ver en este ardid el triunfo del espíritu " sobre la espada, de Jerusalén sobre Roma, y de la ley de Dios sobre el poder del mundo. Más concretamente, se ha visto en las personas del rabí Yojanán, de sus discípulos y seguidores, a los custodios de la identidad judía y a los garantes de su supervivencia, en un momento de prueba que los despojaba del Estado, el templo, la ciudad y la tierra que hasta entonces los había mantenido en su seno. Algunos críticos modernos, más apartados de los valores religiosos, descubren una amarga idoneidad en la supervivencia del rabí Yojanán disfrazado de cadáver. Otros, han advertido a los judíos que, de quien iba en ese ataúd y de quienes lo cargaban —hablando en sentido figurado— es de quienes descienden todos, y no de los heroicos defensores de Masada, que no tienen descendencia.^15 Sólo un hecho de armas mereció la atención de la literatura rabínica: la fracasada sublevación de Simón Barcochba [Simón Barcoquebas] contra los romanos en los años 132-135. Con pruebas no muy convincentes se dice que Barcochba contaba con el apoyo de Akiba, uno de los más grandes rabinos, así como con el de muchos otros rabinos y eruditos. Diez de ellos, entre quienes figuraba el propio Akiba, fueron torturados y sacrificados por los romanos, y la tradición rabínica los venera como mártires. Al propio Barcochba no se le trata con mayor miramiento y hay pasajes en los que no se le baja un punto de mentiroso e impostor. No contó con un Josefo y sabemos de él únicamente a través de fuentes externas y alusiones rabínicas, monedas y otros testimonios.
La literatura historiográfica judía correspondiente a la Edad Media es pobre e inconexa. En ese sentido, presenta un marcado contraste con los escritos judíos anteriores, con los escritos históricos no judíos —cristianos o, sobre todo, islámicos— de esa época, e incluso con la propia literatura judía contemporánea de carácter no histórico. Por lo que toca a la historia, el nivel de los judíos es mucho más bajo que el de las sociedades circunvecinas o que el nivel alcanzado por los propios judíos en otras esferas. Los escritos históricos judíos son básicamente de dos tipos, o tres a lo sumo, y todos ellos funcionales. El primero es de tipo martirologio, registro de matanzas y persecuciones, que conlleva el propósito de hacer más pertinaz la resistencia de los sobrevivientes. El segundo tipo corresponde a la historia erudita, que habla de la sucesión de rabinos y de la filiación de maestros y discípulos. El propósito que persigue es obviamente la legitimación de la autoridad de los rabinos, particularmente contra samaritanos, caraítas y otros
(^14) Para un análisis de las distintas versiones, véase Ge-dalyahu Alón, Mehqarim be-Toldot Yisra'el, i. Tel Aviv (Ha-Kibbutz ha-Meuhad), 1967, pp. 219-252. Véase además Jacob Neusner, A Life of Yohanan ben Zekkai ca. 1-80 C.E. 2' ed., Leiden (Drill), 1970, pp. 157 ss. (^15) Debo esta observación al Dr. Arthur Hertzberg.
0 0 musulmán de la tra (^) 1 Fdición oral judaica, es de carácter esencialmente histórico. Según la doctrina musulmana, tras la muerte del Profeta la orientación divina pasó a la 0 0 comunidad musulmana en su conjunto y al consen (^) 1 Fso general; es decir, los precedentes sentados por sus dirigentes y maestros son en sí mismos una revelación de la voluntad de Dios en la tierra. Desde el punto de vista musulmán, Dios no permitiría que su comunidad cayera en el pecado. Por lo tanto, lo aceptado por la comunidad en su conjunto sería lo correcto, y su actuación expresaría los designios divinos. La Sunna del Islam —el consenso de la comunidad— se expresa en la tradición, y el estudio de la tradición —fundamento de la teología y de la legislación musulmanas— es, en su método, esencialmente histórico. Visto así, el estudio de la historia desempeña un papel dé primer orden en la más importante do todas las tareas: la preparación, en esta vida, para la siguiente. 18 La opinión chiíta es diametralmente opuesta. Tras el asesinato de Ali, quien para los chiítas era el único califa legítimo después del Profeta, todos los demás se constituían por consiguiente en usurpadores, y la historia tomaba así un cauce equivocado. La comunidad musulmana estaba, por así decirlo, viviendo en pecado, en algo así como un equivalente islámico del Galut judío, o incluso de la Shekhina en Galut, o sea, la Divina Presencia en Exilio. Para el chiíta, los actos de los usurpadores y las promulgaciones de los juristas heréticos carecen de validez y significación. El resultado natural es que la historiografía chiíta es pobre en comparación con la sunnita y, por otra parte, sus recelos son muy similares a los de los judíos: las tribulaciones de los mártires chiítas, las cadenas de sucesión de sus dirigentes religiosos, los imanes (imams), junto con las señales y prodigios de la llegada de Mahdl, figura mesiánica que para ellos —como en el caso de los judíos— hará volver la historia a 0 0 su cauce verdadero y restablecerá la vo (^) 1 Fluntad de Dios sobre la tierra. 19
Sin embargo, no puede hablarse de una falta absoluta de curiosidad o de interés por
la historia entre los judíos durante la Edad Media. Abraham ibn Daud se preocupó por ubicar la historia^1 judía dentro del marco de la historia general, en un in 0 01 Fterés semejante al
que demostraron los primeros historiadores cristianos por relacionar las cronologías bíblica y clásica. La popularidad del Yosiphon — la única obra judía genuinamente histórica de la Edad Media— es una prueba de dicho interés. Mas la historiografía judía propiamente tal comienza en el Renacimiento, con el nuevo humanismo, el renovado interés de saber, y el nuevo tipo de relaciones con el medio exterior que dio lugar a que se filtraran en el ghetto ciertas influencias que afectaron la vida y el saber judíos. Figu 0 01 Fras tan destacadas como José Ha-Cohen (1495-1575) y Samuel Usque (muerto después de 1553), ni igual que sus predecesores medievales, escribieron martirologios, pero con un planteamiento diferente y con nuevos conceptos. 20 José Ha-Cohen también abordó temas de historia
(^18) Véase Bernard Lewis, Islam from Muhammcd to the Capture of Constantinople, i, Nueva York, (Ilarpcr & Ilow), 1974, p¡>. xvii ss. (^19) Cf. B. Lewis, op. cit., pp. ii, 50 ss (^20) Sobre José Ha-Cohen, véase M. Waxman, A History of Jewish Literature, ii, Nueva York (Yoseloff), 1933, pp. 474-476; Steinschueider, Gcschichtsliteratur, pp. 101-103. Samuel Usque escribió en portugués. Su obra Consolations Jor the Tribulations of Israel fue 0 0 publicada en su versión ori (^) 1 Fginal por Mendos dos Remedios, 3 vols., Coimbra, 1906; la versión en inglés, con anotaciones, corresponde a Martin A. Cohén y fue publicada en Filadelfia (Jewish Publi-catiori Socicty of America), 1965.
general y escribió una crónica de reyes de los turcos y de los francos.^21 Las historias veneciana y turca copiaron así mismo la atención del historiador —o, mejor dicho, escritor de chismes— judío cretense Eli-yahu Kapsali, nacido hacia 1490 y muerto en
1555.^22 Sin embargo, éstos se mantuvieron crédulos y primitivos en comparación con los historiadores renacentistas cristianos, y está perfectamente claro que no fueron producto de ninguna gran tradición historiográfica. Una nueva etapa se originó con los escritos del judío italiano Assaria dei Rossi (1514-1577), 23 quien fue el primero en aplicar el enfoque crítico y el método europeo a los estudios judíos, y en ocuparse de la historia antigua y medieval judía recurriendo a fuentes de información externas y al análisis erudito, así como a las escrituras judías y a la tradición rabínica. Razón por la cual fue muy censurado por los rabinos, quienes vieron en su nuevo planteamiento un peligro para la fe, o al menos una amenaza a la posición que ellos ocupaban. La misma actitud prevaleció a lo largo del gran desarrollo subsecuente que tuvo lugar en el siglo XIX, y puede decirse que aún prevalece en nuestros días cuando, por ejemplo, Haim Chernovitz^24 docto escritor norteamericano, publicó bajo el seudónimo de
Rav Tsa'ir una historia del Shulhan Arukh y de la Halakha —la ley rabínica—, su osadía le valió muy duras censuras por parte de algunos rabinos que consideraban que la sola idea de
escribir una historia de la Halakha — es decir, el hecho de admitir una posibilidad de 0 0 cambio y desarrollo, o lo que es peor, la posibi (^) 1 Flidad de crítica— ya era en sí misma peligrosa y no muy digna de confianza.
Pese a este tipo de obstáculos, el afán de saber no menguó entre los judíos, especialmente en Alemania en el siglo XIX, y ya para entonces quienes se entregaban a la investigación eran hombres de muy sólido prestigio. Fruto importante de esa labor fue el hecho de haber rescatado para el lector judío la historia del segundo templo —de los macabeos y de la monarquía asmonea, así como de las luchas judías en contra de la dominación romana y los acontecimientos de los primeros siglos del cristianismo—. Hechos, todos ellos, rescatados a través de fuentes no judías o relatados en lenguas no judías y que, por lo mismo, eran desconocidos de los eruditos de formación tradicional y de sus seguidores. Los nuevos letrados eran en su mayoría rabinos y judíos devotos, pero además eran europeos del siglo xix, principalmente alemanes, a quienes interesaban en particular los asuntos políticos y militares, desde el momento en que entendían la historia como una disciplina vinculada especialmente con el Estado y con la actuación de los gobernantes. Jost, Herzfeld y Graetz en Alemania, y Derenbourg en Francia, lograron 0 0 pro (^) 1 Fgresos considerables en este campo, y hallaron eco asimismo en la incipiente historiografía finisecular hebrea, en los escritos de eruditos como Isaac Halevi y Wolf
(^21) Divré ha-yamim le-malhhc Tsarfat u-véc Ottoman ha-Toger, impreso en Sabionetta en 0 0 1554, y otras eds. ulterio (^) 1 Fres. Hay en inglés una versión muy deficiente, debida a C. H. F. Bialloblotzky, The Chronicles of Rabbi Joseph ben Joshua bcn Meir, the Sphardi, 2 vols., 0 0 Londres (Orien (^) 1 Ftal Translation Fund), 1835-1836. Para la historia otomana, el rabí José se apoya principalmente en fuentes italianas, y en especial en Giovanni Maria Angioleílo, de Vicenza, a quien cita como vicentino (cf. tracl. inglesa, i, p. 275). (^22) Sobre Kapsali, véase Steinschneider, Geschichtslite-ratur, pp. 93-9-1; Waxman, History, ii. p. 474. Actualmente está en prensa en Israel una edición completa de su historia turca. (^23) Sobre Assaria dei Rossi, véase Steinschneider, Geschichtsliteratur, p. 107; Waxnian, History, ii, pp. 516-522; S. Bernfeld, Dené 'Aliya, Tel Avív (Dvir), 1930, pp. 135-153. (^24) Sobre Haim Chernovitz, véase Waxman, History, iv, pp. 1126-1128.
casi absoluta de epopeyas y obras de historia. No habría, pues, continuidad alguna en la definición de la propia imagen o en la memoria colectiva de la comunidad islámica del Medio Oriente^27. Para el musulmán, lo que constituye su comunidad es el Islam; su historia
es la del Profeta, la de los califas y la de sus sucesores; sus héroes son quienes llevaron a cabo las guerras santas del Islam, independientemente de que los vencidos pudiesen haber sido sus propios antepasados, paganos o cristianos. La historia trascendente principia con el advenimiento del Islam, y la historia preíslámica se limita a sólo dos aspectos: el primero, y con mucho el más importante, es el contenido en el Corán y en la tradición, con elementos bíblicos y de la historia antigua árabe; el segundo comprende los recuerdos del periodo inmediato anterior en Arabia y Persia, principalmente. Lo demás no se toma en cuenta. Hasta cierto punto, la historia árabe recuerda a los sasánidas, la dinastía persa derrocada por los conquistadores árabes. La historia anterior a este periodo había caído totalmente en el olvido: los aqueménidas y los partos de Persia, los asirlos y babilonios de Irak, los árameos y los fenicios de Siria y Líbano; incluso se desconocía a los faraones de Egipto. Sus inscripciones aparecían en una lengua muerta y en una escritura desconocida; sus grandiosos monumentos abandonados, cuando no deliberadamente mutilados, sus mismos nombres olvidados, salvo por lo que toca al faraón del Éxodo, que figura en el Corán como el malvado de una narración en la que el héroe es Moisés 28. La reconstrucción
de la historia antigua fue una obra que se realizó en los siglos xix y XX, principalmente. Ya en el umbral del siglo xix, lo único que el mundo sabía de la historia del Medio Oriente era lo que aparecía consignado en griego y en hebreo por los dos únicos pueblos del Medio Oriente que lograron conservar la continuidad de su propia identidad, y la capacidad de interpretar sus antiguas escrituras. Esta historia, parte integral de su memoria colectiva, logró difundirse entre los cristianos a través de los clásicos y de las sagradas escrituras, mas no así entre los musulmanes, quienes no leían la Biblia ni los clásicos.' El nombre de Ciro era bien conocido en la Europa medieval y figura aún en leyendas de lugares tan apartados como Islandia. Mas no así en el Islam, y ni siquiera en Persia, donde el pasado preislámico fue literalmente enterrado. La reconstrucción estuvo por mucho tiempo a cargo de eruditos europeos y más tarde intervinieron también rusos y norteamericanos. Los musulmanes del Medio Oriente la fueron aceptando poco a poco. El proceso de reconstrucción se originó en Egipto con la interpretación de la Piedra de Rosetta y después la de otros textos egipcios, lo que significó el rescate de varios milenios de historia antigua. El hecho coincidió con otros dos procesos de evolución muy importantes. Uno, el desarrollo de la educación occidental que facilitó el acceso a las fuentes occidentales de información y que propició una mayor apertura hacia determinados conceptos, como el de identidad nacional. Todo ello permitió a los egipcios identificar su realidad con el concepto occidental de nación, tanto desde el punto de vista étnico como territorial, y considerarse a sí mismos, por vez primera, como una entidad nacional independientemente de su conversión a otras religiones, primero al cristianismo y más tarde al Islam. La segunda circunstancia favorable fue el surgimiento en Egipto de una dinastía autónoma y local, la de los jedives, con anhelos separatistas y, por consiguiente, interesada en definir a Egipto como una entidad política e histórica; o sea, como una nación en el sentido europeo de la palabra y, por lo mismo, acorde con la opinión general, autorizada a expresar una nacionalidad dentro de un Estado. (^27) Véase F. Rosenthal, Das Fortleben der Antike in Islam, Zurich y Stuttgqart (Artemis), 1965. (^28) Qur’an, x, 75 ss; xxvi, 9; y numerosas alusiones. Vease además Enciclopedia of Islam, 2ª., ed.
El primero que escribió en árabe la historia del Egipto faraónico fue el jeque Riffa'á al-Tahtavi, graduado de al-Azhar, quien pasó algunos años en París y quien, en 1868, publicó una historia de Egipto que abarcaba el periodo antiguo, el faraónico, los ptolomeos, los romanos y los bizantinos, y terminaba con la conquista árabe, la cual para la historia musulmana tradicional había sido hasta entonces el punto de partida. Esta obra fue la primera en su tipo y marcó un momento decisivo tanto para la significación de la historia egipcia como para el despertar de la conciencia nacional.^29 A partir de entonces, con el
progreso de la arqueólogía, una serie de nuevos hallazgos y la interpretación de muchas otras inscripciones, el Egipto faraónico proyectaba hacia el pasado una perspectiva cada vez más alejada que, por otra parte, acrecentaba en la psique del egipcio una tensión entre su personalidad árabe islámica y su conciencia de egipcio propiamente tal, cada cual con una identidad, una memoria y un pasado diferentes. Tensión que ya se percibe en la versión alcoránica del Éxodo, que presenta al faraón como opresor y a los hijos de Israel (Banü Isrá'il), guiados por el profeta Moisés (Musa), como los héroes del relato, y más que héroes, como los favorecidos de Dios y sus depositarios en la tierra. Tensión que hoy por hoy se acentúa todavía más, cuando los herederos ___ de los faraones se encuentran en guerra contra los herederos de Banü Isrá'll. Una escritora egipcia que usa el seudónimo de Bint al- Sháti' -hija de las riberas (del Nilo)-llegó al extremo de publicar un artículo en vísperas de la Guerra de Seis Días en el que insinuaba que el Corán se equivocaba y que el faraón, después de todo, estaba en lo correcto. Hasta el mismo Nabucodonosor le pareció digno de elogio. 30 En otros países árabes la reacción producida por el rescate del pasado histórico se produjo más lentamente y, en términos generales, con menor significación política que en Egipto. Los iraquíes mostraron cierto interés por Asiría y Babilonia, mas no se identificaron al extremo que lo hicieron los egipcios con los faraones. En Líbano, los maronitas reconocieron ciertos vínculos con los fenicios, hecho que les valió ser denunciados por los musulmanes como fuerza antiárabe o antipanárabe. En Siria se presentó una situación parecida, cuando una organización denominada Partido Popular Sirio propuso un plan nacionalista diferente del árabe, tras haber querido reconocer en los antiguos árameos sus propias raíces nacionales. Hoy día en Siria, a consecuencia de esto, el solo hecho de mostrar cierto interés por la lectura aramea resulta peligroso, pues sería uno identificado como simpatizante del proscrito Partido Popular Sirio. La euforia del panarabismo halló una solución al problema en la naturalización póstuma y retroactiva de todos los antiguos pueblos semíticos, a excepción de uno solo: el hebreo. La medida perseguía varios propósitos. En primer lugar, apuntalar la identidad árabe de esos países y combatir cualquier tendencia peligrosa hacía lo que peyorativamente se designó como "faraonismo" de los egipcios o sus equivalentes en cualquier otro sitio. En segundo lugar, extendía en milenios la historia del arabismo e incrementaba más que considerablemente las contribuciones arábigas a la humanidad, reclamando como suyos los logros de todos,o de casi todos, los pueblos semíticos del antiguo Oriente. En tercer lugar, hizo remontar a fechas de gran antigüedad los derechos territoriales árabes en Medio Oriente, y en particular identificando a los canaanitas como árabes, se hallaban en la posibilidad de reclamar títulos en Palestina, anteriores a la primera colonización israelita. (^29) Véase Camal el-Din el-Shayyal, A History of Egyptian Historiography in the Nineteenth Century, Alexandria (Alexandria Univ. Press), 1962, especialmente páginas 23 ss. (^30) Bint al-Shá', "Al-ab'ád al-ta'rikhiyya li-hádhihi 'l-ma 'raka" (Los alcances históricos de esta lucha), al-Ahrám, 2 de junio, 1967; trad. al inglés en Midstream, xv (6) junio-julio de 1969, pp. 61-63; c/. S. Sliamir, "The Attitude of Arab Intellectuals to the Six-Day War", en The Anatomy of Peace in the Middle East, Nueva York (1969), pp. 6 ss.
durante los siglos XIX y XX apuntaba en dos sentidos diferentes. Por una parte, estaba la historia de la región antes de la llegada de los turcos: los pueblos y civilizaciones de Anatolia cuya antigüedad se remontaba hasta la época de los hititas, aunque excluyendo por supuesto a los armenios y a los griegos quienes junto con los judíos, por el lamentable hecho de constituir pueblos aún vivientes, no tuvieron el privilegio de ser contados entre los antepasados gloriosos. Por otra, estaba la historia de los turcos antes de su llegada a Turquía, lo cual abrió un vasto panorama a los estudios centroasiáticos en relación con la historia antigua del pueblo turco. Sus equivalentes en el campo de la política eran, por una parte, el sentido patriótico de lealtad al país, y por otra, el panturquismo, doctrina nacionalista que establecía una identidad común para todos los pueblos de habla turca. Entre los árabes, más que el patriotismo de tipo local ha dominado el panarabismo, aunque su influencia ha empezado a menguar. En Turquía, en cambio, Kemal Atatürk optó conscientemente por el patriotismo y rechazó el panturquismo. Este punto queda aclarado en una cláusula del programa del Partido Republicano del Pueblo adoptado en 1935, en la cual se ilustra gráficamente la relación entre identidad política e historiografía: "La patria es la tierra sagrada comprendida dentro de nuestras actuales fronteras políticas, donde vive la nación turca, con su ilustre y antigua historia y con sus glorias pasadas vivas aún en las profundidades de su suelo."
También en Irán se efectuaron importantes hallazgos arqueológicos y se descifraron inscripciones como en Egipto, aunque estos descubrimientos llegaron a los iraníes con mayor retraso. No era, como en el caso de los pueblos de habla árabe, que los iraníes hubiesen perdido su identidad dentro del Islam arábigo; al contrario, entre los pueblos conquistados durante la primera expansión islámica, ellos fueron los únicos que lograron conservarla. Los persas abrazaron el Islam y adoptaron la escritura arábiga, mas no así el idioma. Preservaron su propia lengua y una arraigada identidad, si no de tipo político al menos cultural. Cuando un siglo o dos después de la conquista árabe los persas trataron de revivir su tradición historio-gráfica nacional, descubrieron que no había mucho que hacer. Apenas quedaba un borroso recuerdo de los sasánidas, mas de sus predecesores ya ni el recuerdo. Los persas tuvieron que acudir entonces a la mitología, base de la gran epopeya nacional de Ferdusi, a la Sháhncima, y a toda la historiografía musulmana, desde el antiguo Irán hasta nuestros días. Paradójicamente, la memoria colectiva retuvo sólo dos nombres históricos de la antigüedad y olvidó por completo los de Ciro, Jerjes y Artajerjes. El nombre de Darío lo recordaba, aunque de un modo muy vago y confuso, ya que habían sido tres los monarcas de ese nombre.^34 Mucho más famoso era, en cambio, Alejandro,
quien con el nombre de Iskandar se convirtió en el protagonista de un poema heroico persa. Como a menudo sucede, el conquistador acaba por convertirse en héroe nacional del pueblo conquistado, y es así como Alejandro se presenta en el mito como el príncipe persa que llega a reclamar lo suyo. 35 Se observa aquí un paralelismo evidente con la argumentación
presentada en Inglaterra por los historiadores-abogados del siglo xvii, que rehusaron ver en la conquista normanda una derrota o una discontinuidad y que, en cambio, insistían en que Guillermo el Conquistador era por derecho propio un aspirante legítimo al trono de Inglaterra.
En Persia, el nuevo interés por la antigüedad se despertó gracias a la obra de los modernos historiadores, novelistas y poetas persas, hasta que llegó un momento, en la
(^34) Véase Encyclopaedia of Islam, 2" cd. "Dará" (por B. Carra de Vaux y H. Massé). (^35) Véase Encyclopaedia of Islam, 2* cd., "Iskandar" (por W. Montgomery Watt) e "Iskandar
ñama" (por A. Abel), donde aparecen otras referencias.
actual dinastía, en que dicho interés se convirtió en política oficial. Los propósitos que se persiguen son varios: inculcar una identidad nacional y un sentido de continuidad histórica en el suelo patrio a lo largo de milenios y asociar todo esto a la monarquía como institución, fuerza aglutinante y foco de lealtad. Y al fortalecer la conciencia nacional se debilitará al propio tiempo la conciencia religiosa, pues antes que musulmán el persa se identificará a sí mismo como persa.
Ciro había permanecido olvidado de su pueblo por espacio de dos milenios y medio, mientras en otros pueblos se exaltaba su memoria. Asimismo, los defensores de Masada yacían en el olvido entre los suyos, recordados únicamente por un renegado que escribió para extraños en una lengua extraña. Sin embargo, ambos capítulos han sido rescatados y reinterpretados, y se les ha asignado un nuevo papel en la historia de sus respectivas naciones.