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Asignatura: Historiografía, Profesor: , Carrera: Historia, Universidad: UNICAN
Tipo: Apuntes
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La historiografía ha suscitado gran interés entre los historiadores. Algunos autores han reconocido dos fases en la construcción del saber histórico:
Como ciencia, la Historia tiene un ámbito de estudio que no es el pasado en sí, ya que este es inexistente e inaprehensible. Su campo de estudio lo constituyen las “reliquias del pasado”, el conjunto de restos y vestigios del pasado que perviven en el presente bajo diversas formas. Al trabajar con estas reliquias, el conocimiento no es el pasado, sino una parte fragmentaria y parcial del pasado.
Veamos los paradigmas historiográficos más comunes en nuestro tiempo y sus antecedentes más significativos.
La ciencia histórica nace en Alemania en el tránsito del siglo XVIII al XIX. El historicismo es la cuna de la historia académica del siglo XIX y de toda una tradición de crítica de las fuentes históricas.
Uno de sus principales representantes, Leopold von Ranke, entendía la Historia como un discurso fuertemente unitario en el que la política desempeñaba un papel fundamental en torno al cual se desarrollaba el discurso histórico. Era una Historia nacida al calor de la lucha por la unidad alemana y justificadora del Estado-Nación propio de la ideología nacionalista y liberal de los años centrales del siglo XIX. En ella, las ideas políticas y los principios morales de los protagonistas individuales (los reyes, los jefes de Estado o los grandes personajes) dejaban de lado la historia de las colectividades, la historia económica o la historia social. Esta historiografía estaba claramente influida por el positivismo. Los historiadores aparecieron como una clase profesional, lo que les llevó a considerar su disciplina como ciencia.
La influencia alemana hizo que se extendiese por Europa una visión de la historia reducida a la mera reconstrucción de acontecimientos, basada en el estudio de los documentos.
Frente a esta forma de hacer historia surgieron a finales del siglo XIX, al margen de los círculos académicos, nuevas alternativas historiográficas: las teorías de Marx y de algunos sectores de la historiografía dominante:
Los primeros cambios se produjeron en los Estados Unidos y en Francia:
La llamada Escuela de los Annales, formada en la década de los 30 del siglo XX, como reacción a la historia académica, intentó una reconstrucción del pasado sobre bases científicas tomadas de otras ciencias humanas o sociales, para acabar desintegrándose en los años 70 en múltiples direcciones.
Su objetivo era hacer una historia global, total, partiendo de la premisa de que los aspectos sociales y económicos formaban parte de la Historia.
Así mismo, la Escuela de los Annales amplió el concepto de documento histórico: además de los documentos escritos (como señalaban Langlois y Seignobos a finales del siglo XIX), también fueron considerados documentos históricos todas las huellas del pasado humano: las obras de arte, los restos arqueológicos, los testimonios orales y las imágenes.
La nueva historia nació con dos objetivos: sacarla de la rutina de la escuela “metódica” y primar lo económico y lo social en detrimento de lo narrativo-factual y de lo exclusivamente político.
La Escuela de los Annales tuvo tres “generaciones” de historiadores:
las individualidades o de las elites, en el sentido de minorías innovadoras y no de grupos de privilegiados. Es, además, una historia biológica, relacionada con la alimentación, la sexualidad, la enfermedad, las actitudes con respecto al cuerpo. Se interesa por los acontecimientos de larga duración, por lo que una revolución tiene un carácter de proceso que conmueve estructuras históricas. Las revoluciones estructurales son silenciosas e imperceptibles, como, por ejemplo, las revoluciones neolítica o demográfica.
Si bien la cuantificación de los sucesos históricos comenzó en los años 30 del siglo XX, la defensa de un paradigma cuantitativista para explicar los hechos del pasado humano apareció en Francia y los Estados Unidos en los años 70, se extendió durante los 80 y ha entrado en crisis desde entonces.
En la historiografía cuantitativista se pueden distinguir dos tendencias:
La crisis de los grandes paradigmas es el nombre de un período de la Historiografía iniciado a finales de la década de los 70 del siglo XX, que se agranda con el hundimiento del socialismo (1989) y conduce a la incertidumbre de los 90, agravada en los inicios del siglo XXI por los efectos de la globalización, la expansión del terrorismo y las consecuencias de los atentados del 11 de septiembre de 2001.
Frente a los paradigmas de la historia marxista, la historia estructural, el cuantitativismo o la Nouvelle Histoire , ha surgido en los últimos años una reivindicación de la historia narrativa, una vuelta al relato histórico, que no supone una vuelta a los modos de hacer historia del siglo XIX. Este retorno, unido a la inmensa fragmentación que ha experimentado la historiografía en las últimas dos décadas, son síntomas claros de la crisis de la historia analítica como ciencia. Esta crisis de los grandes modelos historiográficos no supone, en cambio, una pérdida de interés por la Historia. Al contrario, el crecimiento de los problemas políticos a escala global hace mayor la necesidad de información que el conocimiento del pasado proporciona para la comprensión del presente. En esta “era de la incertidumbre” la Historia es necesaria. Este hecho y la creciente demanda de novela histórica revelan la atracción que siente el ser humano por el conocimiento, el estudio y la lectura sobre las raíces históricas de las distintas culturas existentes en el planeta.
La vuelta a la historia narrativa se planteó a finales de los años 70 y comienzos de los 80. Surgió como consecuencia de un debate mantenido en la revista Past and
Present entre Lawrence Stone y otros autores, entre los que cabe destacar al marxista Eric Hobsbawm:
De la crisis de los grandes paradigmas han surgido nuevas formas de hacer historia, que han marcado la historiografía de los últimos 15 años; entre esas nuevas formas historiográficas destacan las siguientes:
institucional académico para aislar, marginar y desprestigiar a la mayoría de los críticos.
Entre los debates críticos de la historiografía historicista, podemos señalar los siguientes:
En los Estados Unidos, la historiografía de la segunda mitad del siglo XIX presentaba características típicas del historicismo europeo: orientación narrativa descriptiva, búsqueda de valor literario, temática política ajena al análisis de aspectos sociales y económicos, uso pedagógico, y estudio de élites y grandes hombres.
No obstante, el interés por explorar nuevas vías historiográficas se tradujo entre 1886 y 1890 en la aparición de cinco publicaciones académicas que acercaban la historia a otras disciplinas, trataban de reforzar su carácter científico e introducían perspectivas sociales y económicas en la construcción histórica: Political Science Quarterly , Quarterly Journal of Economics , Annals of the American Academy of Political and Social Sciences , Journal of Political Economy y American Historical Review. En este contexto y con motivo de la reunión conmemorativa del cuarto centenario del descubrimiento de América, organizada por la American Historical Association, en Chicago, en 1893, un historiador apenas conocido, llamado Frederick Jackson Turner (1861-1932), pronunció una conferencia titulada The Significance of the
Frontier in American History , que tuvo una enorme repercusión, tanto socio- histórica como historiográfica.
Las tesis de Turner promovieron la realización de estudios históricos de carácter social y económico en los Estados Unidos, una moda que llevaría a principios del siglo XX a la aparición de una nueva tendencia historiográfica: la New History.
Tras la derrota en Alemania, a principios del siglo XX los debates sobre la reforma de la historia se trasladaron a Francia, donde diversos intelectuales (no solo historiadores, sino también filósofos o sociólogos) impulsaron una nueva concepción historiográfica, más relacionada con las ciencias sociales.
No obstante, al contrario que en Alemania, las nuevas ideas historiográficas, que pretendían principalmente la ampliación del objeto de la historia a la sociedad, la economía y la cultura, y el acercamiento de la historia a las ciencias sociales empíricas, sí fueron tomadas más en serio. Autores como Henri Berr o el belga Henri Pirenne comenzaron a enfrentarse a la escuela “metódica”, remarcando la importancia de los factores socio-económicos en la construcción histórica. Sus planteamientos tuvieron una influencia decisiva en la creación de la Escuela de los Annales, que acabó rompiendo el monopolio académico historicista.
sociología, de la mano de teóricos como el francés Émile Durkheim o el alemán Max Weber. Émile Durkheim Émile Durkheim (1858-1917) fue uno de los creadores de la sociología moderna. Fundó la primera revista dedicada a la sociología, L’Année Sociologique , en torno a la que se concentró un grupo de estudiosos dedicados a la investigación sociológica. Entre sus obras, destacan Las reglas del método sociológico y La división del trabajo social. Durkheim fue uno de los principales críticos de la escuela historiográfica metódica, asentada en las universidades francesas. Pensaba que la historia dependía de fenómenos específicamente sociales (“hechos sociales”), de cuyo estudio había de ocuparse exclusivamente la sociología. Concebía los hechos sociales como modos de actuar, pensar y sentir colectivos, como normas y reglas culturales (como, por ejemplo, la lengua, la escritura o la moneda), con poder para influir sobre los comportamientos, ideas y sentimientos de los individuos. Le negó a la historia el rango de ciencia, porque se ocupaba de la narración de hechos concretos y no podía, por ello, llegar a producir afirmaciones generales empíricamente comprobables.
Pocos historiadores aceptaron la subordinación de la historia a la sociología. No obstante, su perspectiva sociológica de la historia reforzó entre los historiadores críticos la conciencia de la importancia de los aspectos sociales en la construcción histórica.
Max Weber Max Weber (1864-1920) fue una de las principales referencias intelectuales del tránsito del siglo XIX al XX. Destacó como filósofo, economista, jurista, historiador, politólogo y, sobre todo, como sociólogo. De hecho, junto a Durkheim, es considerado uno de los padres de la sociología moderna.
Weber nació en Erfurt, en el seno de una familia protestante, bien relacionada con los políticos y académicos locales. Fue intelectualmente precoz y entró en la Universidad de Heidelberg (1882), habiendo escrito ya varios ensayos históricos. Estudió Derecho, Economía e Historia. Completó su formación en las universidades de Berlín y Goettingen. A finales de los 80 entró en política y se doctoró en leyes. En los 90 se casó, se dedicó a escribir y empezó a ejercer como profesor en las universidades de Freiburg y Heidelberg. Tras la muerte de su padre, en 1897, Weber tuvo algunos problemas de salud, que le hicieron abandonar temporalmente la docencia universitaria en 1899. En 1903 renunció a su cargo de profesor universitario, para trabajar como profesor privado. En 1905 publicó La ética protestante y el espíritu del capitalismo. En 1907 recibió una herencia, que le facilitó el mantenimiento. En 1912 trató sin éxito de organizar un partido político de izquierdas (liberal, social-demócrata). Durante la guerra dirigió los hospitales militares de Heidelberg. Tras actuar como consultor en el Tratado de Versalles, elaboró un borrador de la Constitución de Weimar. En 1918, retomó la docencia en la Universidad de Viena. En 1919, consiguió una plaza en la de Munich. Y en 1920 murió de neumonía. Las características principales de su pensamiento son las siguientes:
De la ingente producción intelectual de Weber podemos destacar los trabajos relacionados con la sociología de la religión: La ética protestante y el espíritu del capitalismo , La religión en China: confucianismo y taoísmo , La religión de India: la sociología del hinduismo y del budismo y Judaísmo antiguo. De todos ellos, la obra más importante es la que dedica al tipo ideal del espíritu del capitalismo. En ella, Weber se interesó por el capitalismo por ser uno de los temas de estudio más demandados en su época. En contra de la interpretación marxista, que defendía que los aspectos económicos eran el motor de la sociedad capitalista, Weber afirmó que los factores que ejercían una mayor influencia sobre ella eran los ideológicos, como los elementos religiosos, éticos o morales.
Para llegar hasta esa conclusión, partió de un análisis estadístico de la concentración de la riqueza económica según la confesión religiosa. Dicho estudio le permitió comprobar que la mayor parte de las propiedades y las empresas pertenecían a protestantes. Buscó las causas de tal acumulación y el determinismo geográfico (los protestantes ocupaban territorios más favorecidos para la actividad económica) no le pareció suficiente para justificarla. En cambio, sí consideró más interesante el hecho de que la riqueza generada a lo largo del tiempo por las distintas familias se transmitiese por herencia. Por ello, comenzó a analizar las ideologías de las dos confesiones (católica y protestante) para comprobar si tenían una influencia tan decisiva sobre el espíritu del capitalismo, un tipo ideal que definía como el conjunto de ideas y hábitos que favorecían la búsqueda racional de ganancias económicas, y que iba a utilizar para lograr identificar una ley general que justificase el desarrollo del capitalismo.
Weber analizó los perfiles generales de los católicos y los protestantes, y halló diferencias considerables en sus concepciones vitales. Mientras los católicos preferían la estabilidad económica, aun sacrificando la posibilidad de mejorar su calidad de vida, los protestantes se mostraban más emprendedores, más dispuestos a asumir riesgos profesionales o empresariales, con el objeto de promocionarse o de incrementar sus ingresos.
Y localizó las causas de dichos puntos de vista opuestos en la ideología de la Reforma protestante y, especialmente, en la ética calvinista:
consumo, la población, los matrimonios, los nacimientos, las defunciones, etc.
La presentación de la tesis de la frontera de Frederick Jackson Turner promovió en los Estados Unidos, a principios del siglo XX, la realización de estudios históricos de carácter social y económico.
Siguiendo la línea avanzada por Turner, James Harvey Robinson propuso en 1912 la creación de una Nueva Historia cuyas bases rompían radicalmente con la “escuela científica” historicista:
Esta propuesta innovadora propició el surgimiento de una corriente progresista cuyo desarrollo tuvo como consecuencia la consolidación de la New History como la tendencia historiográfica dominante en los Estados Unidos hasta los tiempos inmediatamente posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Los seguidores de esta Nueva Historia fueron denominados “progressive historians”. Entre ellos, los más destacados fueron Carl Becker, Vernon Parrington, Perry Miller y, sobre todo, Charles Beard. Charles Beard fue el líder de los “progressive historians”. Sus obras reflejan claramente posiciones historiográficas de la New History, como la búsqueda de razones socio-económicas para la explicación de los acontecimientos y los procesos históricos o la aproximación a las ciencias sociales.
Su aportación más célebre fue la interpretación economicista de la Constitución de los Estados Unidos. Beard partió de las tesis de otro historiador progresista, Carl Becker, quien en su obra History of Political Parties in the Province of New York, 1760-1776 , publicada en 1909, explicó que la revolución americana había sido doble: la lucha por la independencia contra los británicos y la lucha de los distintos
grupos sociales por el dominio de la nueva nación. Beard desarrolló esta última idea sobre los conflictos entre clases en su obra más popular, An Economic Interpretation of the Constitution of the United States , publicada en 1913. Tras analizar los Federalist Papers de los padres fundadores de la nación estadounidense (Alexander Hamilton, James Madison y John Jay), Beard llegó a la conclusión de que la Constitución fue motivada por motivos económicos, más que filosóficos. En su opinión, la Constitución fue una “contra-revolución”, una respuesta de las clases altas contra los granjeros y plantadores, y fue elaborada con la intención principal de proteger la propiedad privada o, de forma más general, los intereses de la clase alta frente a las tendencias radicales democráticas desencadenadas por la Revolución. Las ideas de Beard sobre la Constitución estadounidense tuvieron una gran repercusión y recibieron múltiples críticas, especialmente en los años 50 y 60 del siglo XX, en el contexto histórico de la Guerra Fría:
Tras la Segunda Guerra Mundial, la Nueva Historia de los historiadores progresistas entró en crisis y fue sustituida como tendencia historiográfica dominante por la New Economic History, también llamada Cliometría o Historia Cuantitativa. El cambio se debió a diversas causas:
la investigación de la historia económica a partir de la aplicación de técnicas cuantitativas para la explicación de cambios económicos e institucionales. Su obra más destacada es Railroads and American Economic Growth , publicada en 1964. En ella, consiguió refutar la creencia general (basada en los estudios de Schumpeter y Rostow) de que el desarrollo capitalista estadounidense había sido posible gracias a la red de ferrocarriles creada en el país. Para ello, construyó un modelo contrafáctico, imaginario, sin ferrocarriles, pero con otros medios de transporte alternativos, y aplicando técnicas de análisis cuantitativas, logró demostrar que la red ferroviaria no había sido un factor decisivo para el desarrollo económico de los Estados Unidos.
Desde los años finales del siglo XIX, con el desarrollo del capitalismo y la difusión de las tesis económicas marxistas, el estudio de la historia económica experimentó un considerable auge en Gran Bretaña. Hitos claros de este período son los trabajos de los siguientes historiadores:
Como ya indicamos, en Francia las nuevas ideas historiográficas que pretendían la ampliación del objeto de estudio de la historia a la sociedad y la economía y el acercamiento a las ciencias sociales tuvieron mejor acogida que en Alemania.
Diversos autores comenzaron a enfrentarse abiertamente a la escuela “metódica”, remarcando la importancia de los aspectos sociales y económicos en la construcción histórica:
Si bien ambas labores fueron desarrolladas por algunos historiadores tradicionales, el surgimiento de una nueva generación de historiadores, formados tras el conflicto bélico e influidos por las propuestas de Kehr, enriqueció considerablemente la historiografía alemana, dando origen a una nueva corriente llamada Historia Social Alemana.
Los principales representantes de esta línea historiográfica fueron los alemanes Hans-Ulrich Wehler, Jürgen Kocka y Hartmut Zwahr, y el austriaco Michael Mitterauer. En los años 70, la nueva tendencia de la historia social empezó a romper el monopolio del historicismo clásico en las universidades. Además, como consecuencia de las fundaciones de la serie de monografías Estudios críticos sobre la ciencia histórica en 1972 y de la revista Historia y Sociedad en 1975, las posibilidades de publicación para estos nuevos historiadores se multiplicaron. Los historiadores sociales de la República Federal Alemana buscaron respuestas a las necesidades historiográficas que se plantearon en aquella época.
En cuanto a la revisión del historicismo, sus planteamientos presentaron las siguientes características generales:
En cuanto al estudio del movimiento nazi y de sus catastróficas consecuencias, rompieron radicalmente con las interpretaciones de los historiadores tradicionales:
Las diferentes interpretaciones sobre las causas y las consecuencias del nazismo llevaron a los historiadores de ambas tendencias a entablar un duro debate en los años 80, que enfrentó inicialmente a Ernst Nolte(historicista) y a Jürgen Habermas (historiador social), y que tuvo una importante repercusión social al tener eco en
los medios de comunicación de masas. El debate perduró hasta bien entrados los años 90.
Karl Marx nació en Tréveris, en 1818, en el seno de una familia burguesa judía convertida al protestantismo y atraída por el espíritu de la Ilustración. Realizó sus estudios, entre los años 1830 y 1835, en el instituto de Tréveris, y después, entre 1835 y 1840, en las universidades de Bonn (Humanidades) y Berlín (Derecho y Filosofía). Defendió su tesis sobre el pensamiento griego (el estoicismo, el epicureísmo, etc.) en Jena en 1841. Colaboró en revistas -Gaceta renana, los Anales franco-alemanes- y, tras un largo noviazgo, se desposó conJenny von Westphalen, en 1843. El “joven Marx” asimiló la filosofía de Hegel y después la puso en duda, dialogó con los “jóvenes hegelianos” - Arnold Ruge, Bruno Bauer, Ludwig von Feuerbach- y redactó sus primeros “cuadernos de trabajo” - Manuscritos económicos y filosóficos (1844), La ideología alemana (1845-1846)-. Entre 1844 y 1850 vivió en París, Bruselas, Colonia y Londres. Trabó con Friedich Engels una amistad a toda prueba y una entente intelectual fructífera. Entró en contacto con los socialistas franceses, polemizando conPierre-Joseph Proudhon - Miseria de la filosofía (1847)-. Participó en la Liga de los Comunistas y se entusiasmó con las revoluciones europeas - Manifiesto del partido comunista (1848)-. Estudió especialmente los acontecimientos que se desarrollaron en Francia
El marxismo apareció durante la segunda mitad del siglo XIX, en un momento en que el historicismo era la tendencia historiográfica dominante tanto en Europa como en Norteamérica.
La nueva corriente de pensamiento, conformada inicialmente a partir de los escritos de Karl Marx y, en menor medida, de Friedrich Engels, tuvo las siguientes raíces intelectuales: