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Este documento analiza la fase de crecimiento y la recesión económica en españa durante el siglo xvi y xvii. Se destaca el papel de la colonización agraria, la interacción entre economías interior y litoral, y la duración y intensidad de la recesión. Se menciona la importancia de cataluña en el sector textil y la intensificación del cultivo en valencia. Además, se discute la caída del producto agrario en las regiones interiores y la depresión económica que siguió a la recesión agraria de finales del siglo xvi.
Tipo: Apuntes
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José Antonio Sebastián Amarilla Universidad Complutense de Madrid Índice
_1. Consideraciones preliminares ........................................................................ 1
cientes sobre una agricultura centrada en los cereales tradicionales (trigo, centeno y cebada) fue permanente. Los otros dos sectores, en cambio, registraron progresos técnicos considerables, que podían adoptarse más fácilmente en distintas latitudes y que propiciaban rendimientos crecientes, aunque necesitaban mercados en expansión para sus bienes y servicios. El crecimiento económico, por tanto, dependía de hallar el modo de intensificar los cultivos y elevar la productividad agraria, lo que liberaba mano de obra (o tiempo de trabajo) que cabía emplear en actividades transformado‐ ras y de servicios, y de acceder en condiciones favorables a mercados en desarrollo, para potenciar estas últimas. Es por ello que el círculo virtuoso resultante, en las zo‐ nas donde se logró activar (básicamente, de Europa noroccidental), combinó la trans‐ formación de los sistemas agrarios, el aumento de la población, el progreso de la ur‐ banización, el avance de la manufactura y de su capacidad de adaptarse a los cam‐ bios en la demanda, el énfasis en el transporte fluvial y, más aún, en el marítimo, más baratos que el terrestre, y la inserción ventajosa en unas relaciones económicas inter‐ nacionales que se intensificaron entre comienzos del siglo XVI y finales del XVIII. Las características naturales de cada territorio podían favorecer u obstaculizar tales procesos; en cualquier caso, pese a establecer un marco de restricciones difícil‐ mente soslayable, no lo determinaban todo. De hecho, factores institucionales, políti‐ cos y sociales introducían a menudo limitaciones más estrechas que las debidas a la geografía. Aún más cuando —sobre todo en los siglos XVI y XVII— el edificio insti‐ tucional del Estado, pese al avance de formas absolutistas, convivía con una frag‐ mentación significativa del ejercicio del poder. Los reyes y sus nacientes aparatos de gobierno no podían imponer sus designios sin transacciones, en especial con las éli‐ tes, de modo que las tensiones y los equilibrios entre los principales agentes políticos y sociales (la monarquía, la nobleza, el clero, las oligarquías locales, las corporaciones mercantiles, los gremios artesanales y las comunidades rurales) tenían un peso con‐ siderable en la asignación efectiva de los recursos productivos. En este contexto de‐ ben entenderse fenómenos muy frecuentes en las sociedades europeas de entonces, como el subempleo de una parte de la población activa, la infrautilización de las me‐ jores técnicas disponibles, los impedimentos que limitaban la incorporación al cultivo de cantidades adicionales del factor tierra y la incapacidad del poder público para implantar sistemas legales y fiscales unificados que redundasen en un funcionamien‐ to más eficiente de los mercados. Condicionadas por tales factores, suele subrayarse hoy, fueron muchas las economías europeas que, en la Edad Moderna, sólo desplega‐ ron una parte de su potencial de crecimiento económico. El medio natural imponía en España condiciones más severas a la agricultura y al sistema de comunicaciones interiores que en la mayor parte de Europa occidental. El accidentado relieve y la elevada altitud media (sólo el 11 % del territorio peninsu‐ lar se encuentra por debajo de los 200 metros, frente al 65 % del resto de Europa) de‐ terminan que el espacio apto para el cultivo respecto del total resulte inferior al de la mayoría de los países europeos. Éste, además, es en gran parte de mediocre calidad
de crecimiento polinuclear originado en el siglo XV conforme se superaba la crisis ba‐ jomedieval, a favor de otro más polarizado, capitaneado por las potencias marítimas del noroccidente europeo.
2. Una mirada hacia atrás desde 1700 Como la distribución de la población por los diferentes territorios de la Europa preindustrial dependía estrechamente de la capacidad económica de cada uno y del éxito con que ésta hubiese aumentado en el pasado, las respectivas densidades de‐ mográficas resultan excelentes indicadores de las distintas densidades económicas. Por ello, resulta relevante comprobar que España, a la altura de 1700, era el país me‐ nos densamente poblado de Europa occidental (exceptuada la península escandina‐ va), y uno de los que habían conocido un menor crecimiento de dicha variable desde comienzos del siglo XVI. Los otros cuatro espacios que, junto al peninsular, registra‐ ban (también sin Escandinavia) las menores densidades demográficas del Occidente europeo al inicio del Quinientos, el conjunto de Inglaterra, Gales y Escocia, Irlanda, Suiza y Portugal, pasaron en promedio, entre 1500 y 1700, de 12 a 25 habitantes por km 2 ; España, de 11 a 15. Y el hecho de que, en esos doscientos años, España hubiese estado a la cabeza de un imperio que incluía importantes territorios europeos e in‐ mensas colonias en América no había redundado en mejora alguna en este sentido: los 11 habitantes por km 2 de 1500 eran justo la mitad de la media europea occidental (22); los 15 de 1700, quedaban por debajo de ésta (32). Este escaso aumento del tamaño poblacional y productivo del país no era, sin embargo, el resultado de dos siglos de inmovilismo económico, sino el de un extra‐ ordinario movimiento de ida y vuelta que, en su primera fase, intentó hacer justicia a las expectativas existentes hacia 1500 para un vigoroso crecimiento económico. Éstas, por entonces, eran singularmente favorables, al menos por tres motivos. Uno, el am‐ plio margen disponible para la colonización agraria, con extensas superficies por ro‐ turar y bajos niveles de poblamiento. Dos, la existencia de áreas, como la cuenca de Duero y el bajo valle del Guadalquivir, donde los avances demográficos y producti‐ vos ya estaban en marcha, propiciando un notable dinamismo urbano y mercantil. Y tres, el creciente interés del gran comercio europeo por ampliar sus tráficos con la península, ya entre Flandes, las costas bretonas, normandas e inglesas y los puertos cantábricos, de embarque de la apreciada lana castellana, ya entre el norte de Italia, la costa levantina y la Baja Andalucía, cada vez mejor conectada con el norte del conti‐ nente y puerta del comercio con América. 3. La fase de crecimiento del siglo XVI Y el crecimiento, efectivamente, se produjo durante las siete u ocho primeras décadas del siglo, incluso logrando en ciertos aspectos ‒el ritmo promedio de aumen‐
to de la población, la tasa de urbanización‒ valores muy destacables a nivel europeo. En todo caso, tuvo menos ímpetu en la Corona de Aragón (el Principado de Cataluña y los reinos de Aragón, Valencia y Mallorca), donde jugaron en su contra la salida más tardía y dificultosa de la crisis bajomedieval y el menor desarrollo de las redes urbanas, que en la Corona de Castilla (desde 1515, con la incorporación de Navarra, el resto de la península excepto Portugal), en la cual el alza demográfica y productiva había arrancado a mediados del siglo XV. El motor de la expansión fue la ampliación de la superficie cultivada, si bien al‐ gunos cambios organizativos (como la agrupación en hojas de cultivo de los campos de cereal), la colonización de espacios nunca antes roturados (sobre todo en Castilla‐ La Mancha, Extremadura, el interior de Andalucía y Murcia), que mejoró la asigna‐ ción entre tierra y mano de obra, el sensible avance del viñedo, una planta más ren‐ table y productiva que los granos tradicionales, y una mayor variedad de cultivos en las zonas que permitían sistemas agrarios más complejos (las mejores de Galicia, el li‐ toral cantábrico, Cataluña y Levante), seguramente implicaron cierta intensificación. Las cifras de diezmos muestran un notable aumento de la producción agrícola que, según las zonas, culmina en los decenios de 1570 ó 1580 (Gráficos 2 y 3). En ambas coronas eran muchos los campesinos que cultivaban tierras ajenas, según diferentes formas de cesión del usufructo, estando obligados al pago de rentas, mayoritariamente en especie; aún eran más los que debían satisfacer diezmos a la Iglesia y derechos e imposiciones diversas a sus señores. Tales cargas, aunque crecie‐ ron en la primera mitad del Quinientos, no parece que lo hiciesen al ritmo del pro‐ ducto agrario y de los precios. Algo similar cabría decir de la fiscalidad regia, aunque con una trascendental diferencia: en la Corona de Aragón esa bonancible situación abarcaría todo la centuria; en la Corona de Castilla, acabaría abruptamente hacia
taban para su acabado a Granada y Toledo. Sólo en Cataluña el textil lanero recuperó parte de su esplendor medieval, aumentando su exportación hacia Castilla y el Medi‐ terráneo; pero en los segmentos de mayor calidad, el propio consumo del Principado dependió de la llegada de paños castellanos y franceses. Como en el resto de Europa, gran parte del producto comercializado en la Es‐ paña del Quinientos lo era en mercados locales, respondiendo al elemental intercam‐ bio de excedentes agrarios por productos artesanales. Pero el intenso desarrollo ur‐ bano obligó a que cantidades crecientes de productos básicos (trigo, vino, aceite, pes‐ cado, sal, ganado, tejidos, hierro, madera, leña, carbón vegetal) saltasen a circuitos más amplios para abastecer a las ciudades y surtir multitud de ferias que canalizaban intercambios comarcales y regionales. Y algunos de esos artículos, ciertas produccio‐ nes de los grandes centros manufactureros y los géneros importados o exportados nutrían el comercio interregional e internacional. En este plano, el propio crecimiento económico, la adopción por las élites de pautas de consumo más sofisticadas, la plata llegada de América y la proyección sobre España de las redes comerciales y financie‐ ras europeas, contribuyeron a expandir los tráficos. Aunque la permanencia de las especificidades institucionales (monetarias, fiscales, jurisdiccionales) de los distintos territorios y reinos de la península impidió un auténtico proceso de integración de sus economías, la interconexión entre éstas creció durante el siglo XVI, a la par que progresó su inserción en los circuitos del comercio europeo. Tres grandes nodos de contacto destacan durante buena parte del Quinientos, las ferias de Medina del Campo, Medina de Rioseco y Villalón, Toledo y Sevilla. Las ferias de ambas Medinas y Villalón eran la puerta del activo comercio entre Castilla, los Países Bajos y la fachada atlántica europea, centralizando sus contrata‐ ciones y pagos mientras que las mercancías exportadas (principalmente, lana fina) y las importadas (manufacturas textiles, ante todo) discurrían por el eje Burgos‐Bilbao‐ Amberes. Pero también atraían a mercaderes portugueses, que intercambiaban espe‐ cias y productos de sus colonias por seda cruda y tejidos castellanos y catalanes, es‐ tos últimos traídos por comerciantes aragoneses que, vía Medina, contactaban con los tráficos ultramarinos. Constituían, asimismo, un relevante mercado para la pañería castellana, un punto de encuentro clave para el comercio del interior con Asturias y Galicia, y el principal centro de contratación de la seda que se negociaba en Castilla, tráfico éste que controlaban los mercaderes toledanos. Pronto añadieron a su carácter de ferias de mercaderías el de ferias de pagos, pasando éste a primer plano desde que Carlos V, en la década de 1520, decidió saldar en ellas sus operaciones con los pres‐ tamistas extranjeros de la Monarquía. Desde entonces, parte importante de la plata americana llegada a Sevilla transitaba de inmediato hacia las ferias medinenses. Toledo era el eje de conexión entre el centro y el sudeste de la península y el va‐ lle del Duero. Recibía seda cruda y labrada de Valencia y Granada, la cual, con la manufacturada en la ciudad, canalizaba hacia Medina, junto a algunos productos co‐ loniales procedentes de Sevilla. A cambio, los comerciantes toledanos traían del norte
hierro vasco, paños castellanos y géneros textiles flamencos, franceses e ingleses que redistribuían por Castilla‐La Mancha, Andalucía oriental y el Levante. Los tráficos de Sevilla y los puertos del bajo Guadalquivir con el norte de Euro‐ pa, animados por el monopolio del comercio con América concedido en 1503, crecie‐ ron intensamente en el siglo XVI, convirtiéndose en parte esencial del comercio atlán‐ tico. Navíos nórdicos de variada procedencia desembarcaban en ellos manufacturas diversas, textiles sobre todo, que en parte se reexportaban a las Indias, y embarcaban sal, vinos y otros productos agrarios andaluces, plata y algunos artículos americanos. Mercaderes del norte, atraídos por los tesoros indianos, se instalaron en la ciudad, en pugna con los genoveses, que habían llegado antes; unos y otros hicieron pingües negocios con los comerciantes autóctonos, cuya gradual subordinación sobrevino conforme los productos foráneos ganaban presencia entre las mercancías enviadas a América. Junto a éstos, se exportaban vino, aceite y trigo de Andalucía, y paños cas‐ tellanos y catalanes, y se importaban cueros, materias tintóreas y azúcar, y, por enci‐ ma de todo, plata y oro. No obstante, el conjunto del comercio legal (dentro del mo‐ nopolio; por fuera, el contrabando iría creciendo paulatinamente) era a finales del si‐ glo relativamente reducido, debido al tamaño aún pequeño del mercado americano y al carácter de la economía colonial, volcada en la extracción de metales preciosos. Se estima que, entre 1492 y 1600, se produjeron en América 17.000 Tm de plata y 280 de oro, lo que equivaldría, respectivamente, al 74 y al 39 % del total mundial entre esas fechas. Buena parte arribó a Sevilla, bien como producto fiscal destinado a las tesorerías reales, bien como remesas a nombre de particulares, y proporcionó me‐ dios de pago a una economía en crecimiento, así como una liquidez estratégica a las finanzas de la Monarquía y un señuelo extraordinario para atraer crédito. Esta entra‐ da de metales preciosos también coadyuvó a una persistente inflación, aunque no fue la única responsable ni, quizá, la más relevante. Los desajustes entre oferta y deman‐ da en la economía real, el alza de la carga fiscal y su repercusión sobre los precios, y la plétora de instrumentos de pago fiduciarios (letras de cambio y efectos comerciales endosables a terceros, títulos de deuda al portador) posiblemente contribuyesen en mayor proporción.
4. El viraje hacia la crisis en el último tercio del Quinientos Los delicados equilibrios que sostenían el crecimiento económico de la España del siglo XVI, muy vinculados a las interinfluencias positivas campo‐ciudad, comen‐ zaron a romperse hacia 1560. Desde entonces, los impactos negativos se sucedieron, acumulándose y no dejando intacto ni uno solo de sus diversos resortes. Muchos de tales impactos se originaron en el descomunal sistema de moviliza‐ ción de recursos puesto en marcha por las necesidades de financiación de la Monar‐ quía, embarcada en una ambiciosa política imperial ‒y en guerras casi continuas‒ desde el acceso al trono de Carlos V, el cual recayó fundamentalmente sobre la Coro‐
cal. En la primera década, ante la falta de liquidez del erario, se recurrió al secuestro continuado (en 1553 y 1555 ‐1558), a cambio de juros , de los cargamentos de oro y pla‐ ta llegados a Sevilla a nombre de particulares, en su mayoría comerciantes que repa‐ triaban los beneficios obtenidos en la Carrera de Indias, y, mientras llegaba el dinero, a ampliar el período de pagos de las ferias de Medina, actuaciones que generaron quiebras en cadena de mercaderes y una gran incertidumbre en los tratos. Al tiempo, la primera bancarrota de Felipe II, en 1557, trajo consigo el alza de los derechos sobre las exportaciones de lana, el tráfico con Portugal y la salida de mercancías de Sevilla. Posteriormente, en 1561, el encabezamiento de alcabalas , que apenas había crecido des‐ de 1536, se elevó un 37 %, y en 1566 las licencias de saca , permisos para que los asentis‐ tas extranjeros repatriasen sus beneficios en dinero contante, sin necesidad de com‐ prar y exportar mercancías castellanas, quedaron autorizadas con generalidad. Por último, desde 1568, la rebelión de Flandes obstruyó el comercio con el norte de Euro‐ pa, ocasionando, ya en la década de 1570, la ruptura del eje Burgos‐Bilbao‐Amberes, el derrumbe de las exportaciones laneras y el hundimiento de las ferias de Medina. Las ciudades y los campos del valle del Duero se llevaron la peor parte de tal cadena de sucesos; si las primeras, con algunas excepciones (Valladolid, Palencia, Segovia), dejaron de crecer en la década de 1560, el estancamiento demográfico del mundo ru‐ ral circundante parece generalizado en la de 1570, antes incluso de que la producción agraria detuviese su avance, en la de 1580. El detalle de la suspensión de pagos de 1557 ilumina otro aspecto de la cuestión. Ésta se sustanció en una conversión forzosa de deuda flotante ( asientos con altos in‐ tereses) en deuda consolidada ( juros al 5 %), una medida lesiva para los prestamistas. Los banqueros alemanes, en efecto, se retiraron del crédito a la Monarquía, pero los genoveses pronto idearon cómo resarcirse. Éstos, ya en 1558, aceptaron entregar al monarca nuevos asientos , pero a cambio de recibir nuevos paquetes de juros (por la cuantía del asiento más el interés de la operación) a tipos cercanos al 10 %, con dos compensaciones adicionales, a modo de primas de riesgo: una, el canje de los juros al 5 % de la conversión de 1557 por juros mejorados (al 7,14‐ 10 %), y dos, que tales juros mejorados fuesen al portador, para poder venderlos sin dificultad. De inmediato, co‐ locaron tan apetecibles títulos entre los ahorradores castellanos, recuperando con ra‐ pidez los asientos efectuados y haciendo recaer su financiación sobre el ahorro autóc‐ tono. Y la respuesta de éste fue muy positiva: en 1560, el capital invertido en juros ya había aumentado un 50 % sobre el nivel de 1554. Desde entonces, estos efectos se convirtieron en la clave del endeudamiento de la Monarquía, con dos relevantes con‐ secuencias. Una, los potenciales inversores en actividades productivas urbanas se en‐ contraron, justo cuando éstas empezaban a flaquear, con una oferta creciente de atractivos títulos de deuda. Dos, el erario regio, abocado a hallar cabimiento para tan‐ to juro , cuyo volumen los acontecimientos pronto agrandaron, desplegó una auténti‐ ca escalada fiscal.
Pero el endeudamiento y los problemas de liquidez no eran exclusivos de la Monarquía en el último tercio del siglo XVI. La nobleza castellana, como el patriciado urbano, pese a participar en las rentas reales y en los beneficios del Imperio, ingresa‐ ba menos de lo que gastaba, dado su marcado carácter consuntivo, ligado al costoso mantenimiento de su estatus. El mayorazgo (una institución jurídica mediante la cual un potentado renunciaba a su capacidad legal para vender o enajenar una parte de sus bienes, a fin de transmitirla intacta a uno de sus herederos), que preservaba los patrimonios poniendo al linaje por encima del individuo, y el censo al quitar , un viejo instrumento financiero (préstamo a interés con garantía hipotecaria, cuya amortiza‐ ción quedaba a la voluntad del prestatario), vinieron en su auxilio, previa licencia del rey. La constitución de mayorazgos , como su pariente, la amortización eclesiástica (en su caso, era el patrimonio institucional el que se resguardaba de la acción individual), fueron in crescendo durante el siglo, ampliándose la cantidad de tierra incluida en pa‐ trimonios vinculados, e igualmente se expandieron los censos tomados con su garant‐ ía, creciendo de modo imponente el endeudamiento de las clases privilegiadas. Y el peso de su financiación se hizo recaer sobre vasallos y cultivadores. Así, la renta de la tierra aceleró su crecimiento desde mediados del siglo, a la par que se trocaban por arrendamientos renovables otras fórmulas de cesión del terrazgo más benignas para los campesinos. La merma de la oferta de suelo cultivable no sujeto al pago de rentas, resultante del avance de la vinculación, actuó en el mismo sentido. El alza de la renta, que alcanzó sus máximos en las décadas de 1580 y 1590, llegó a suponer la detracción del 25 ‐ 30 % de la cosecha bruta, lo que, sumado al diezmo, podía implicar el 45 ‐ 50 % del producto neto. Los problemas del sector agrario, derivados de los menores ren‐ dimientos de los labrantíos y del probable empeoramiento climático, se agravaron, y a ellos se sumaron las secuelas de la acometida fiscal. La Guerra de Flandes, desde 1568 hasta la tregua de 1609, y el conflicto con In‐ glaterra, que llevaría al desastre de la Armada Invencible en 1588, centuplicaron los problemas financieros de la Monarquía en el último cuarto del Quinientos, determi‐ nando una abrupta elevación de sus exigencias fiscales en la Corona de Castilla. Ésta se operó sobre una economía que estaba dando signos de decaimiento, contribuyen‐ do a que, en poco tiempo, las señales fuesen de contracción. La escalada fiscal tuvo tres hitos principales. Uno, el alza espectacular en 1575 del encabezamiento de alcabalas al calor de una nueva suspensión de pagos, triplicándose su importe de 1575 a 1577, aunque Felipe II, ante las protestas de las cortes, accedió a una rebaja, en 1578, que sólo lo duplicaba. Dos, la introducción del servicio de millones en 1590, cuya recauda‐ ción en manos de las oligarquías de ciudades y villas derivó en un gravamen indirec‐ to sobre el consumo de productos básicos, como vino y aceite. Y tres, una pléyade de arbitrios extraordinarios que suponían la venta de bienes y derechos del patrimonio real: oficios, hidalguías, licencias diversas, vasallos con sus jurisdicciones, privilegios de villazgo (mediante su compra, villas y lugares se eximían de las ciudades cabezas
obteniendo de ellas esquilmos diversos, sobre todo pastos para sus ganados de labor y crianza. Al atribuirse el rey su propiedad y decretar su venta, muchos concejos, que no podían perder tales recursos, se vieron obligados a comprarlos, tomando a censo el dinero necesario e imponiendo tasas por su utilización para afrontar los réditos. De este modo, los concejos se endeudaron y los campesinos tuvieron que pagar por un recurso estratégico antes gratuito, el “combustible” de sus “motores de sangre”. La acumulación previa de circunstancias adversas había llevado al borde de la inviabili‐ dad a un número creciente de explotaciones y los efectos de la acometida fiscal ayu‐ daron a traspasarlo. En extensas regiones, el producto agrario se contrajo en un lapso relativamente breve: entre 1572 ‐ 1580 y 1592 ‐1600, la producción de cereales cayó un 19 y un 26 %, respectivamente, en los arzobispados de Toledo y Sevilla, esto es, la mayor parte de Castilla‐La Mancha y Andalucía occidental. La población de la corona castellana ajustó su comportamiento reproductivo al empeoramiento de sus expectativas económicas. La edad al matrimonio tendió a ele‐ varse y la emigración (en la Submeseta norte, ya en la década de 1570) debió de oca‐ sionar un descenso de la nupcialidad; consecuentemente, los nacimientos se reduje‐ ron. América pudo ser un destino (las salidas hacia las Indias aumentaron a finales del siglo XVI y comienzos del XVII, aunque no serían más de 300.000 los emigrantes durante todo el Seiscientos), el Levante otro y, sin duda, Madrid, cuyo vecindario pasó de 10 ‐15.000 habitantes en 1561 a 80 ‐100.000 en 1600. Junto a ello, la contracción demográfica previa a la grave mortalidad epidémica de 1596 ‐ 1602 también estuvo vinculada a la elevación de la mortalidad ordinaria debida a la difusión de enferme‐ dades (tifus, disentería, paludismo) ligadas a la penuria alimentaria. Y hambre no faltó en la Corona de Castilla en el último decenio del Quinientos.
5. La recesión, protagonista del siglo XVII 5.1. Evidencias y contrastes espaciales La década de 1590 marca el final de un largo ciclo de crecimiento agrario en gran parte de Europa. Las malas cosechas y las hambrunas, aunque presentes en zo‐ nas de Inglaterra, Irlanda y Francia, fueron especialmente graves en el sur, en Italia, Portugal, Cataluña y Castilla. Ello dio lugar a grandes importaciones de cereales del Báltico que, en navíos hanseáticos, ingleses y holandeses, llegaron en compañía de la peste a las penínsulas ibérica e italiana desde el norte de Alemania y Polonia, de donde procedía el grano. La peste atlántica de 1596 ‐1602, que entró en Castilla por los puertos cantábricos y llegó por mar a Andalucía occidental, ocasionó 600.000 vícti‐ mas, el 9 % de la población española (el 11 % de la castellana). Pese al mazazo de éste y otros impactos epidémicos, las claves del nuevo ciclo de crisis y transformaciones abierto en la economía europea con el siglo XVII estuvie‐ ron, en cada región, en la distinta magnitud de los problemas previamente acumula‐
dos y en la diversa capacidad de adaptación a las nuevas circunstancias. Los peores balances hacia 1700 correspondían, amén de a España, a dos mosaicos, el de los esta‐ dos alemanes y el de los italianos; el primero, duramente castigado por la Guerra de los Treinta Años (1618‐1648), estaba menos poblado a comienzos del Setecientos (un 13 % menos) que en 1600; en el segundo, el número de habitantes era casi el mismo. En cambio, en Holanda, Inglaterra, Flandes y el tercio norte de Francia los progresos fueron notables. Estas regiones se rehicieron rápidamente del bache del inicio del Seiscientos, aumentaron su población, la productividad de su agricultura y su grado de urbanización, desarrollaron su industria (el textil y la construcción naval, en espe‐ cial) y sustentaron un nuevo auge del comercio atlántico. 70 80 90 100 110 120 130 140 150 160 170 180 190 200 210 Fuente: Llopis y Sebastián (2007) Gráfico 1. Bautizados en las grandes áreas de la España peninsular (1580‐1760) (Índices con base 100 en 1610 ‐1619) España interior Andalucía occidental España septentrional España mediterránea En España, la recesión de finales del siglo XVI se intensificó durante la primera mitad del XVII, y la recuperación posterior, con notables contrastes regionales, re‐ sultó lenta y dificultosa. Ello impidió que el país participase en primera fila en el de‐ sarrollo de los tráficos atlánticos; más aún, en este ámbito, sentido como propio, fue desplazado por las potencias marítimas del norte, y sólo recuperaría parte del terre‐ no perdido bien entrado el siglo XVIII. El desplome urbano e industrial de la corona
sona de finales del Quinientos se hubiesen recuperado hacia 1700, pero su agricultu‐ ra, especialmente en las zonas costeras, tendió a orientarse hacia cultivos comerciales con mayor valor añadido que los granos tradicionales. Pero ambas regiones tardarían en compensar el desplome humano y económico del interior, el espacio más poblado y urbanizado hacia 1580. La revolución agronó‐ mica que el maíz causó en el litoral septentrional desde 1630 no vino acompañada de un vigoroso proceso de urbanización y diversificación de sus actividades producti‐ vas. En cuanto al litoral mediterráneo, ya en el Quinientos había habido un desen‐ cuentro regional. En el período 1480 ‐1580, de auge en la corona castellana, Cataluña registró una lenta salida de la crisis bajomedieval y un avance demográfico que no le permitió recuperar los máximos del siglo XIV: con 11 habitantes por km 2 , el Princi‐ pado tenía hacia 1600 la densidad estimada para toda España en 1500. El mejor mo‐ mento de su economía, el último cuarto del siglo, coincidió con el hundimiento caste‐ llano, siendo el colapso del comercio con Flandes y la desviación de las exportaciones de lana hacia Italia el que revitalizó el eje Barcelona‐Génova. Con un crecimiento previo más notable, el reino de Valencia también vivió su mejor etapa entre 1570 y comienzos del Seiscientos, la cual cerró abruptamente la expulsión de los moriscos en
cesos, si los hubo, fueron leves. La intensificación del cultivo, favorecida por el clima y la fertilidad del suelo, fue la clave del avance del Quinientos; y su relanzamiento entrado el Seiscientos explica la rápida salida del bache del cambio de siglo. Aunque los labrantíos se ampliaron en ambas centurias, el énfasis se puso en el alza de su productividad. En el siglo XVI, la difusión del mijo (un cereal de primavera sembra‐ do en rotación con centeno, el tradicional grano de invierno) en la franja costera occi‐ dental incrementó la producción e hizo retroceder el barbecho. El maíz, llegado de Asturias hacia 1615, arraigó en el mismo litoral desde la crisis de 1628 ‐1632, exten‐ diéndose luego por los valles prelitorales; el mijo, desplazado, colonizó el interior, a donde le seguiría el grano americano ya en el siglo XVIII, en un continuo proceso de transformación. Los mayores rendimientos del maíz y la precisión de reservar mucha menos simiente para la siguiente siembra ampliaron sensiblemente el producto final disponible. Los gallegos tendieron a casarse antes y en mayor número, y a tener más hijos; y, de éstos, también fueron más los que sobrevivieron, dado el nivel relativa‐ mente bajo de la mortalidad infantil. El crecimiento demográfico se reanimó con fir‐ meza, según las zonas, entre las décadas de 1630 y 1670, y el conjunto de la población del reino aumentó entre un 40 y un 50 % durante el siglo XVII. Los otros dos renglones importantes del sector agrario gallego, el viñedo y la ganadería, siguieron trayectorias menos brillantes. El primero se expandió mucho en el Quinientos, en especial en las comarcas interiores de Orense y Rivadavia, pero se estancó en el Seiscientos, conforme la comercialización del vino ‒sobre todo, de los caldos orensanos‒ acusó la falta de mercados fuera de la propia Galicia (y Asturias), los elevados costes de transporte y los recargos fiscales que elevaban su precio y re‐ ducían su demanda en las principales ciudades gallegas. En las comarcas litorales, la difusión del mijo y, sobre todo, la del maíz, remodelaron la ganadería supeditándola a la agricultura productora de cereales; de ahí, la decidida apuesta por el vacuno en detrimento del ovino y, sobre todo, del cabrío. En contraste, en el interior montañoso de Orense y Lugo, donde tales novedades apenas habían llegado hacia 1700, la gana‐ dería extensiva tradicional se mantuvo. El crecimiento demográfico gallego tuvo un componente urbano mayor en el siglo XVI que en el XVII. Pero las ciudades, en su mayoría situadas en la franja coste‐ ra, eran muy pequeñas: hacia 1571, los vecindarios de las tres más importantes, Pon‐ tevedra, Santiago y La Coruña, equivalían a la mitad de los de ciudades castellanas de tamaño medio como Talavera o Alcalá de Henares. Estas urbes contaban con una escasísima actividad manufacturera y estaban volcadas hacia la pesca y el comercio. Exportaban pescado, madera y algo de vino hacia Portugal y Andalucía, habitual‐ mente en carabelas portuguesas por carecer de una flota mercante de relieve, navíos que regresaban de Lisboa o Sevilla con sal, aceite y algunos productos americanos. En el Seiscientos, las ciudades del reino, en conjunto, crecieron menos que las áreas rurales, los avances de algunas (Santiago, La Coruña) resultaron compensados por
vos comerciales, que venían descendiendo desde 1590 debido a la crisis de la indus‐ tria sedera, retroceden hasta 1625. No obstante, las importaciones de granos castella‐ nos y, sobre todo, de Cerdeña y Sicilia, evitaron males mayores. Semejante bache productivo era previsible; lo sorprendente es la firmeza y la orientación de la recuperación posterior a 1650. La combinación entre una débil den‐ sidad demográfica y la relativa seguridad del arribo del “trigo de la mar” favoreció que el énfasis se pusiese, sobre todo en las áreas costeras, en una variada gama de cultivos comerciales más que en los tradicionales cereales de secano. A ello también contribuyó la reordenación del suelo cultivable que propició la expulsión, la cual im‐ pulsó la constitución de explotaciones de mayor tamaño medio, la diferenciación so‐ cial dentro de las comunidades campesinas y la ascensión de labradores acomoda‐ dos, enfiteutas más veces que propietarios, capaces de producir excedentes para el mercado. Un proceso, por cierto, que en la misma época no avanzaría en Galicia, donde fue la pequeña hidalguía rentista, dueña de mayorazgos y vínculos (los vincu‐ leiros ) la que se consolidó, y que en el interior peninsular se ocuparía de yugular, en buena medida, la embestida fiscal. En el reino de Valencia, los diezmos de cereales, aunque crecieron con claridad desde la década de 1650, no habían logrado recuperar a finales del siglo los niveles previos a la expulsión. Los de cultivos comerciales, en cambio, ya habían rebasado en la de 1680 los máximos de finales del Quinientos, y ello con una particularidad: el no‐ table sesgo a la baja que contiene esta apreciación, al no registrar adecuadamente los diezmos las producciones ajenas a los granos. La expansión del viñedo, la más rele‐ vante, convirtió a éste en el principal cultivo de comarcas enteras, desde el bajo Ma‐ estrazgo al hinterland de Alicante, pasando por la huerta valenciana y los valles de Albaida y Vinalopó. Junto a ella, destaca la de la morera para la producción de seda (Valldigna), el arroz (Albufera y riberas del Júcar), el aceite, la barrilla para la obten‐ ción de sosa, las almendras, el lino y el cáñamo (en el sur del reino) e, incluso, el mijo y el maíz en algunas zonas. Hacia 1700, aunque los tradicionales cereales de secano seguían dominando la estructura de cultivos del reino, ya se habían configurado las bases del extraordinario crecimiento agrícola valenciano del siglo XVIII. La creciente diversificación agraria de la franja costera y los valles conectados con ella desde 1650 estuvo vinculada a la demanda urbana y a la de mercados exte‐ riores. Valencia, que a finales del siglo XVI quintuplicaba la población de Játiva, la segunda urbe en relevancia del reino, siguió siendo en el XVII, pese a la merma de su vecindario, la crisis de la industria sedera y la caída de su comercio exterior, una de las cuatro o cinco ciudades más grandes de la península. Hacia 1642, quizá contaba con un 18 % menos de habitantes que en 1600, su producción de seda había caído an‐ te el hundimiento de sus clientes tradicionales, las industrias de Toledo y Granada, y su comercio se había contraído y aparecía dominado por la importación de manufac‐ turas francesas, inglesas y holandesas. Sin embargo, a finales del siglo, su vecindario se estaba recuperando, la industria sérica renacía, volviendo a extenderse el trabajo
domiciliario en las áreas rurales cercanas, y las exportaciones de vino, barrilla y seda se habían consolidado. Y Alicante, que a la creciente salida de las mismas exporta‐ ciones unía su buena conexión con Madrid, quizá estaba progresando a mayor ritmo. Aunque el considerable potencial de crecimiento de tales transformaciones sólo se desplegaría con intensidad en el siglo XVIII, en el reino de Valencia (como en Ca‐ taluña) los caminos quedaron trazados en la segunda mitad del XVII. La población valenciana, hacia 1690, había compensado la sangría demográfica de 1609, pese a los crueles asaltos de la peste en 1647 ‐ 1652 y 1676 ‐1678, y hacia 1700 ya había añadido un crecimiento neto próximo al 18 %. El contrapunto respecto del interior peninsular es evidente; el que supone en cuanto al reino de Galicia ‒quizá mejor, el que implica el litoral mediterráneo en comparación con el septentrional‒, se percibiría con claridad en el siglo siguiente.
6. La depresión del interior peninsular En las regiones del interior, la trayectoria del sector primario en el siglo XVII es‐ tuvo dominada por una caída generalizada del producto agrario y un descenso del producto agrario por habitante que fue más acusado en Castilla‐La Mancha, Anda‐ lucía occidental y Extremadura que en la Submeseta norte. Los Gráficos 2 y 3 recogen la evolución productiva de las dos primeras regiones, mostrando algunos contrastes y bastantes similitudes. Entre los primeros destacan el peor perfil de las curvas caste‐ llano‐manchegas y el mejor comportamiento de la producción cerealista andaluza. Entre las segundas, la intensa contracción inicial entre 1575 y 1605 ‐1610, la discreta recuperación del decenio de 1620, la ausencia de reactivación en el recorrido poste‐ rior hasta 1700 y el singular retroceso del producto agrícola no cerealista (vino y acei‐ te, principalmente) entre las décadas de 1630 y 1690, indicador de un aumento del peso relativo de los cereales en ambas agriculturas. En el interior peninsular, pues, con las diferencias propias de un espacio tan inmenso, la recesión agraria de finales del siglo XVI dio paso, en el XVII, a una prolongada depresión, acompañada de un retroceso del grado de diversificación de los cultivos. La población de los núcleos urbanos (excepto Madrid) se redujo en el último tercio del Quinientos y el primero del Seiscientos más rápida e intensamente que la de las áreas rurales; descensos cercanos al 60 % (como los de Ávila y Toledo entre 1571 ‐ 1572 y 1632 ‐1639) fueron frecuentes. Y el resto del siglo XVII no fue mejor: de 1591 a 1700, las ciudades castellanas con 10.000 o más habitantes cayeron de 31 a 18. De hecho, muchas urbes no recobrarían el vecindario que habían tenido hacia 1570 hasta bien entrado el siglo XIX. A la par, las actividades desarrolladas en su seno se ruralizaron: la población activa empleada en labores industriales y mercantiles se re‐ dujo, y la dedicada a la agricultura aumentó con rotundidad.