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Psicología Criminológica: Factores de la Violencia y el Delito, Monografías, Ensayos de Psicología Jurídica y Forense

Fundamentos de Psicología Jurídica e Investigación Criminal

Tipo: Monografías, Ensayos

2020/2021

Subido el 30/06/2021

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1.INTRODUCCIÓN: PSICOLOGÍA Y CRIMINOLOGIA
Como ya vimos en el Capítulo 1, entendemos por Psicología Criminológica
aquella rama de la Psicología Jurídica que “estudia los factores individuales,
sociales, biológicos y familiares que llevan a una persona a convertirse en delin-
cuente” (López Latorre y Alba, 2006, pág. 34). Pero la tarea de comprender el
delito y sus causas es algo tan complejo que por fuerza la psicología no puede
hacerlo sola y necesita la ayuda de otras disciplinas, como la biología, la antro-
pología o la sociología. Llegados a este punto, no creo que el lector pueda
confundir la Psicología Criminológica con la Psicología Judicial, pero sí, tal vez,
con la Psicología Forense. La diferencia es clara, pues el principal cometido de
esta última es evaluar la personalidad de los acusados en aquellas áreas que ayu-
den a los agentes judiciales a conocer la imputabilidad o no de los delincuentes
(inteligencia, personalidad, psicopatías, etc.), mientras que el objeto de estudio
de la Psicología Criminológica es la conducta antisocial y delictiva, es decir, la
violencia criminal
, que podemos definir como aquellos actos que hacen un uso
ilegítimo de la fuerza y que intencionadamente amenazan, intentan o consiguen
hacer daño físico, psicológico o social a otras personas.
Aunque ya había importantes antecedentes, fue sobre todo entre los años 40
y 60 del siglo XX cuando la Psicología Criminológica comenzó a desarrollarse en
España, y lo hizo sobre la base de las siguientes corrientes de pensamiento, que
no por azar eran las más importantes en aquella época: la biotipología, el psico-
análisis, el correccionalismo, el estudio de la personalidad y el carácter, y el
análisis multicausal. La biotipología partía de una concepción del organismo
como una unidad funcional, de forma que lo físico y lo psíquico convergen en
una totalidad integradora. Frente a las corrientes biologicistas y en oposición a
ellas, el psicoanálisis busca la causa determinista de la conducta antisocial en
conflictos profundos inconscientes que, de manera latente, salen a la superficie
de la conciencia, convirtiéndose en conducta antisocial manifiesta. Por su parte,
el correccionismo, propone para un tratamiento eficaz de la conducta antisocial,
focalizar la investigación en el fortalecimiento o recuperación de la voluntad per-
turbada o debilitada de la persona que delinque, abogando en concreto por el
libre albedrío y la importancia de la voluntad como el mejor método para tratar
Fundamentos de Psicología Jurídica e Investigación Criminal - Capítulo 6
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1. INTRODUCCIÓN: PSICOLOGÍA Y CRIMINOLOGIA

Como ya vimos en el Capítulo 1, entendemos por Psicología Criminológica aquella rama de la Psicología Jurídica que “estudia los factores individuales, sociales, biológicos y familiares que llevan a una persona a convertirse en delin- cuente” (López Latorre y Alba, 2006, pág. 34). Pero la tarea de comprender el delito y sus causas es algo tan complejo que por fuerza la psicología no puede hacerlo sola y necesita la ayuda de otras disciplinas, como la biología, la antro- pología o la sociología. Llegados a este punto, no creo que el lector pueda confundir la Psicología Criminológica con la Psicología Judicial, pero sí, tal vez, con la Psicología Forense. La diferencia es clara, pues el principal cometido de esta última es evaluar la personalidad de los acusados en aquellas áreas que ayu- den a los agentes judiciales a conocer la imputabilidad o no de los delincuentes (inteligencia, personalidad, psicopatías, etc.), mientras que el objeto de estudio de la Psicología Criminológica es la conducta antisocial y delictiva, es decir, la violencia criminal, que podemos definir como aquellos actos que hacen un uso ilegítimo de la fuerza y que intencionadamente amenazan, intentan o consiguen hacer daño físico, psicológico o social a otras personas.

Aunque ya había importantes antecedentes, fue sobre todo entre los años 40 y 60 del siglo XX cuando la Psicología Criminológica comenzó a desarrollarse en España, y lo hizo sobre la base de las siguientes corrientes de pensamiento, que no por azar eran las más importantes en aquella época: la biotipología, el psico- análisis, el correccionalismo, el estudio de la personalidad y el carácter, y el análisis multicausal. La biotipología partía de una concepción del organismo como una unidad funcional, de forma que lo físico y lo psíquico convergen en una totalidad integradora. Frente a las corrientes biologicistas y en oposición a ellas, el psicoanálisis busca la causa determinista de la conducta antisocial en conflictos profundos inconscientes que, de manera latente, salen a la superficie de la conciencia, convirtiéndose en conducta antisocial manifiesta. Por su parte, el correccionismo, propone para un tratamiento eficaz de la conducta antisocial, focalizar la investigación en el fortalecimiento o recuperación de la voluntad per- turbada o debilitada de la persona que delinque, abogando en concreto por el libre albedrío y la importancia de la voluntad como el mejor método para tratar

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las conductas antisociales. La corriente de la personalidad y el carácter, por su parte, mantiene que es la personalidad del delincuente la clave a la hora de expli- car su conducta antisocial, entrando en un cierto círculo vicioso: el delincuente delinque porque tiene una personalidad antisocial, y sabemos que tiene esta personalidad antisocial porque delinque. Por último, el análisis multicausal del delito afirma que para entender cabalmente la conducta antisocial, e indepen- dientemente de la importancia de la herencia biológica en la génesis de la delin- cuencia, es necesario considerar simultáneamente aspectos de tipo sociológico, educativo y situacional.

Pero más tarde se acudió a otros dos conceptos, que constituyen los princi- pales avances para explicar tanto la conducta delictiva como su génesis: la carrera delictiva y los procesos cognitivos implicados en el comportamiento de los delin- cuentes (López Latorre y Alba, 2006, pág. 33): 1) carrera delictiva se refiere al conjunto de la actividad criminal desplegada por un individuo a lo largo de un tiempo determinado; 2) cuando hablamos aquí de procesos cognitivos nos refe- rimos al conjunto de habilidades socio-cognitivas que conforman lo que se llama precursores de la delincuencia y son aquellas estrategias o recursos cognitivos que sitúan a los individuos en una clara desventaja social e interpersonal: un deficiente proceso de socialización impide un adecuado aprendizaje de ciertas habilidades sociales funcionales, absolutamente necesarias, por otra parte, para un adecuado ajuste interpersonal.

En conclusión, los años noventa del siglo XX han supuesto en nuestro país un gran desarrollo de los estudios sobre el pensamiento de los delincuentes. El autocontrol, la empatía, los valores, el pensamiento abstracto, son ejemplos de este tipo de habilidades de pensamiento. Numerosos estudios metaanalíticos han mostrado cómo los delincuentes carecen de este tipo de habilidades socio- cognitivas (Garrido, Stangeland y Redondo, 2001). Y la mayoría de los estudios actuales siguen este camino (Ovejero y Rodríguez, 2005), centrándose en el aprendizaje de la competencia social, entendida ésta como el conjunto de habi- lidades sociocognitivas necesarias para una adecuada relación interpersonal, lo que nos está ya permitiendo avanzar en la prevención y rehabilitación de la con- ducta delictiva. Por consiguiente, no es de extrañar que sea la del aprendizaje

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nes del régimen alemán nazi no eran criminales en sentido psiquiátrico, como tampoco lo son la mayoría de los terroristas, como veremos en el Capítulo 8. De manera similar, las mujeres que, en un número vergonzosamente alto, son asesinadas en nuestro país todos los años, no lo son a manos de extraños psicópatas, sino a manos de sus parejas o ex parejas y no son los trastornos psiquiátricos de estos los que explican su conducta violenta sino su “cultura machista” que les lleva a tener unos celos exorbitados producidos por un senti- miento de poseión exclusivista de “su” mujer o “su” novia.

En definitiva, no es imprescindible tener algún trastorno cerebral o psiquiá- trico para llegar a matar. Es más, los crímenes cometidos por personas que tienen tales tipos de trastornos son fáciles de explicar. Lo difícil -y lo interesante- es explicar por qué llega a matar una persona “normal”; por qué alguien puede llegar a asesinar a su esposa, a la que poco antes la quería intensamente; por qué un adolescente “normal” puede entrar en su propia escuela y matar a sus pro- fesores y compañeros; por qué un joven “normal” ingresa en un grupo terrorista, conociendo de antemano cuáles son sus prácticas criminales, y es capaz poco después de poner una bomba y matar a docenas de inocentes; por qué, en fin, personas incapaces de hacer daño a nadie se alistan en el ejército y llegan a matar fríamente incluso a civiles “enemigos”. La razón que explica todo ello estriba en que nuestra conducta depende más de variables ambientales y de la situación que de variables personales, que de nuestra propia personalidad.

¿Por qué hay tanta violencia y por qué, en contra de lo que creían los ilustrados, ni la ciencia ni la escuela han terminado con ella en absoluto? Una primera respuesta, aparentemente certera, afirma que la razón de todo ello es que llevamos la violencia en nuestra propia biología (en nuestro cerebro o en nuestros cromo- somas). Ello explicaría que la violencia sea algo inevitable en el género humano y que haya existido en todas o casi todas las culturas. Es más, los sociobiólogos (Wilson, 1975) llegan a afirmar que la violencia es incluso adaptativa. No estoy de acuerdo con ello y en este capítulo intentaré argumentar en sentido contrario. Es más, con frecuencia utilizamos las explicaciones biológicas y/o genéticas como tapadera para ocultar nuestra ignorancia sobre cómo funcionan realmen- te los procesos psicosociales y psicoculturales. Y ello tiene lugar tanto en el

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campo de la inteligencia, como en el campo de la “raza” o en el del delito. En efecto, los racismos de todo pelaje han intentado siempre aprovechar la ciencia para sus fines excluyentes y para justificar la desigualdad social, primero con la craneometría, luego con el Cociente Intelectual y ahora con la nueva genética, intentando mostrar, inútilmente, que la inteligencia es algo estrechamente rela- cionado con variables biológicas (puede verse un análisis crítico del racismo científico de la psicología del cociente intelectual en La cara oculta de los test de inteligencia, Ovejero, 2003). Y sin embargo, las investigaciones más recientes sobre el Genoma Humano están mostrando tanto que la inteligencia está relacio- nada esencialmente con el ambiente (Sternberg, 2005) como que, a nivel bioló- gico, no existen las razas entre los seres humanos, que todas las personas del planeta compartimos el 99,9% de los genes, a la vez que son mayores las dife- rencias genéticas intragrupales que las intergrupales, lo que demuestra claramente la no existencia de razas humanas como concepto biológico (véase una serie de interesantes artículos sobre este tema en el Número monográfico de 2005 del American Psychologist, coordinado por Anderson y Nickerson). Con respecto a la “cuestión de la raza”, los estudios ahora mismo disponibles nos llevan a la misma conclusión a que en el citado Monográfico llegan Bonham, Warshaner- Baker y Collins (2005), en un artículo titulado precisamente “Race and Ethnicity in the Genema Era”: el concepto de raza es algo tan complejo (Bamshad y Olson, 2003; Bamshad et al., 2004; Burchard et al., 2003; Cooper, Kaufman y Ward, 2003; Kittles y Weiss, 2003; Phimister, 2003) que ni siquiera la actual investigación genética permite clarificarlo totalmente, de forma que las críticas tradicionales al concepto -y sobre todo a su utilización ideológica, social y política- (Gould,, etc.), se mantienen hoy día incólumes. Por consiguiente, la conclusión prácticamente unánime de los autores que participan en ese monográfico es rotunda: las razas humanas son una mera ficción, inventada con fines de manipulación política y de justificación pseudocientífica de las desigualdades sociales y de la subordinación de unos grupos humanos a otros. Esa es también la conclusión del psicólogo de la educación R.J. Sternberg (Sternberg et al., 2005, pág. 52): “El problema con el concepto de raza no estriba en que sólo es apoyado por una minoría de antro- pólogos, sino en que no tiene base científica alguna. Más aún, los intentos por relacionar la inteligencia, la raza y la genética también carece de una adecuada

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3. INFLUENCIA DEL AMBIENTE Y DE LA SITUACIÓN EN LA

CONDUCTA VIOLENTA

Lo que quiero decir no es que no haya crímenes cometidos por personas con trastornos psiquiátricos. Claro que los hay: existen algunos individuos con personalidad psicopática que realizan los más execrables crímenes sin tener el más mínimo remordimiento por ello. Esto es evidente. Pero lo que quiero decir es que, por una parte, hay otras personas, psicópatas o con un indiscutible componente psicopático, que son considerados como personas normales y que, sin embargo, hacen mucho daño a otros comportándose con ellos con gran vio- lencia (aunque su violencia suele ser psicológica), como es el caso de muchos líderes de sectas, que veremos en el Capítulo 8, o de los acosadores laborales, que veremos en el Capítulo 9, y, sobre todo, que en ciertas situaciones muchos de nosotros también llegaríamos a implicarnos en conductas violentas hasta niveles que ni sospechamos. De hecho, si antes de participar en el experimento de Milgram, a los sujetos se les hubiera preguntado qué número de voltios llegarían ellos a administrar a una persona inocente, su respuesta hubiera sido probablemente unánime: no más de cero o quince, jamás harían daño a nadie. Y sin embargo, puestos en la situación en que les puso Milgram, el 65 de ellos lle- garon al máximo del voltaje posible, llegaron a administrar descargas eléctricas de 450 voltios.

Sin embargo, a pesar de que no es necesario tener una personalidad patoló- gica o un cerebro dañado para matar, la mayoría de la gente cree que existe una estrecha relación entre enfermedad mental y violencia. Más en concreto, como nos recuerda Rojas Marcos (1997, pág. 110), “la idea de que algunas personas que sufren trastornos mentales graves pueden volverse agresivas de repente ha estado siempre muy extendida... Son muchos los estudios y encuestas que demuestran que el estereotipo de que el enfermo mental es, por naturaleza, un ser violento está muy extendido entre la población en general. Por ejemplo, el 52% de los estudiantes de bachillerato estadounidenses creen que la agresión, la hostilidad y la violencia constituyen atributos muy comunes entre los pacientes esquizofrénicos. Los medios de comunicación propagan muchas veces esta misma idea o figura del enfermo mental impredecible y violento. Estudios recien-

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tes indican que las personas que sufren trastornos mentales son generalmente caracterizadas por la prensa y la televisión como individuos con rasgos de peli- grosidad e impulsividad”. De hecho, en 1989, una investigación sobre los carac- teres de las series televisivas demostró que el 72% de los personajes de la pequeña pantalla que representan a individuos que sufrían problemas mentales, eran escenificados como agresivos y hostiles. A los ojos de Hollywood, el trastorno psiquiátrico se ha convertido en una condición suficiente para el crimen diabóli- co. En resumidas cuentas, “las noticias sobre individuos enajenados que come- ten actos de violencia tan espectaculares como incomprensibles, aunque poco frecuentes, son muy populares entre los medios de comunicación” (Rojas Marcos, 1997, pág. 111). Frente a ello, “las investigaciones más recientes sobre la relación entre la enfermedad mental y la violencia casual demuestran que la gran mayoría de los hombres y mujeres que sufren trastornos mentales graves no son personas agresivas” (Rojas Marcos, 1997, pág. 113). Por ejemplo, en el caso del maltrato infantil, alrededor del 10% de los casos han sido causados por personas con graves trastornos mentales o de personalidad, mientras que el 90% restante lo han sido por personas “normales”, a menudo sus propios padres, tutores u otros familiares próximos.

Como consecuencia de las últimas investigaciones, se han ido abriendo los hospitales psiquiátricos, lo que, sin duda, ha provocado miedo y hasta pánico en muchos ciudadanos, lo que no es sino el efecto de que poseían un falso estereoti- po que les había llevado a fuertes prejuicios contra los enfermos mentales. Pero, como sostiene el propio Rojas Marcos, al abrir los hospitales psiquiátricos, los únicos que realmente corren peligro son los propios enfermos. “La realidad es que los enfermos mentales suelen ser con más frecuencia víctimas de la violen- cia que autores de ella. La otra realidad es que, por desgracia para muchos inca- pacitados, el mundo más allá de los muros de las instituciones es una auténtica jungla, plagada de aves de rapiña. Son tristes víctimas deambulantes de una burocracia asistencial que no comprenden, y a menudo carecen del mínimo techo o asilo que les ofrezca un refugio humano y digno” (Rojas Marcos, 1997, p. 115).

Otra cosa son los llamados “psicópatas”: “Sin embargo, como ya indiqué, la enfermedad mental sólo explica una pequeña proporción del total de los sucesos

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y alumnas, su profesor y los dos asaltantes, además de decenas de heridos, algunos de gravedad). Posteriormente se supo que los dos agresores habían planificado cuidadosamen- te su ataque con varios meses de antelación. Es más, hicieron un vídeo en el que fueron detallando tales preparativos: pensaban colocar explosivos tanto en la cafetería, para poder así matar a más estudiantes, como en el parking, para hacerlos explotar cuando llegara la policía, con lo que creían que causarían unas 250 víctimas mortales. Pues bien, aquí no debemos conten- tarnos con una explicación psicologista, por ser reduccionista y hasta simplista, ni debemos buscar la causa de la catástrofe de Columbine, así como de otros hechos análogos, exclusivamente dentro de la cabeza -o los corazones- de los dos agresores. Por el contrario, debemos ir más allá y pre- guntarnos por la responsabilidad que en este hecho tuvo la televisión y su continua emisión de escenas violentas, debemos preguntarnos por el funcio- namiento de las propias escuelas, por la familia de los dos agresores, por el tipo de valores que fomenta nuestra sociedad, etc. Cuando ocurre una trage- dia como ésa, lo primero que tenemos que hacer es intentar conocer el por qué, pero no por mera curiosidad, sino porque ello nos permitirá buscar las soluciones adecuadas. Como señala Aronson (2000), al igual que cuando se produce un accidente aéreo, lo primero que se hace es analizar la caja negra para buscar las causas y así poder prevenir futuros nuevos accidentes, también en estos casos debemos analizar la “caja negra psicosocial” para buscar las causas de la tragedia y, de esa manera, prevenir futuros casos similares. El problema que subyace a la masacre de Columbine es demasia- do complejo como para poder ser solucionado con medidas sencillas. Ciertamente Eric Harris, uno de los dos asesinos del Columbine, era conside- rado un tipo extraño y tímido. Pero no era considerado ni siquiera extraño ni tímido cuando, anteriormente, vivía en Plattburgh (Nueva York), antes de trasladarse a vivir a Littleton. Por el contrario, en Plattburgh era un muchacho normal, incluso popular, que jugaba al baloncesto y estaba bien integrado en su grupo. ¿Estamos ante dos personas o personalidades diferentes? ¿Tenía Eric una personalidad diferente cuando vivía en Plattburgh y cuando vivía en

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Littleton? Evidentemente no: es la misma persona en ambos casos, pero mientras que el Eric Harris que vivía en Plattburgh disfrutaba de una situa- ción social emocionalmente satisfactoria, en cambio el Eric que ya vivía en Littleton se encontraba en una situación social diferente y estaba experimen- tando grandes problemas a la hora de ser aceptado en su nuevo grupo de compañeros, lo que en absoluto justifica su conducta, pero sí nos ayuda a entenderla mejor. Es mas, “es típico que cuando un adolescente se traslada de ciudad tenga muchas dificultades para ajustarse a la nueva situación, particularmente porque el clima social de la mayoría de las escuelas no es muy acogedor” (Aronson, 2000, pág. 35), lo que no significa, evidentemente, que todos ellos se comporten de la forma como lo hizo Eric Harris.

¿Se podía haber previsto con tiempo la conducta violenta de Eric Harris y de Dylan Klebold, los asesinos de Columbine? Al parecer, no. Y ello porque, como señala Aronson (2000, pág. 37), había muy pocas cosas en sus conductas públicas cotidianas que hubiera podido llevarnos a concluir que eran individuos peligrosos: ambos funcionaban bien en la escuela, hacían sus deberes, preparaban sus exámenes, etc. No eran muy populares entre sus compañeros, pero tampoco eran unos solitarios; por el contrario, sí tenían unos pocos amigos. Los dos estaban, académicamente, por encima de la media, aunque, naturalmente, tenían sus problemas. Pero todos los adoles- centes -y no sólo ellos- los tienen. Sí tenían un problema a destacar: no se llevaban bien con sus compañeros, que los consideraban unos “outsiders”, unos intrusos no pertenecientes al grupo. Los consideraban “bárbaros” porque vestían de negro y llevaban siempre abrigo hiciera la temperatura que hiciera. Ellos disfrutaban con vídeos de juegos violentos, e incluso recientemente habían tenido algún problema con la ley, tras haberse introducido en un coche y haber robado de él material electrónico. Incluso uno de ellos, Eric, estaba en tratamiento psiquiátrico en el momento del crimen y estaba tomando medicamentos antidepresivos. Pero ello no era suficiente para considerarlos potenciales criminales: miles y miles de adolescentes están en una situación similar y nunca se embarcan en conductas criminales. De hecho, al propio psiquiatra de Eric, que se supone que le conocía bien y que era un experto en conducta humana desviada, le sorprendió y hasta le dejó

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“Salimos a las 1,30. Habíamos estado afilando cuchillos, preparándonos los guantes y cambiándonos... Comimos y bebimos bien. Quedamos en que yo me abalanzaría por detrás mientras él le debilitaba con el cuchillo de gran- des dimensiones. Se suponía que yo era quien debía cortarle el cuello. Yo sería quien matara a la primera víctima. Era preferible atrapar a una mujer, joven y bonita (aunque esto último no era imprescindible, pero sí saludable), a un viejo o a un niño...

En la calle Cuevas de Almanzora vimos a una morena que podía haber sido nuestra primera víctima. Pero se metió en seguida en un coche. Nos lamen- tamos mucho de no poder cogerla. Nos dejó a los dos con el agua en la boca... La segunda víctima era una jovencita de muy buen ver, pero su novio la acompañaba en un repugnante coche y la dejó allí. Fuimos tras ella, pero se metió en un callejón, se cerró la puerta tras su nuca. Después me pasó un tío a diez centímetros. Si hubiese sido una mujer, ya estaría muerta. Pero a la hora que era la víctima sólo podía ser una mujer... Una viejecita que salió a sacar la basura se nos escapó por un minuto, y dos parejitas de novios (¡maldita manía de acompañar a las mujeres a sus casas!). Serían las cuatro y cuarto, a esa hora se abría la veda de los hombres. Ya habríamos podido matar a dos... Vi a un tío andar hacia la parada de autobuses. Era gordito y mayor, con cara de tonto. Se sentó en la parada... La víctima llevaba zapatos cutres, y unos calcetines ridículos. Era gordito, rechoncho, con una cara de alucinado que apetecía golpearla, y una papeleta imaginaria que decía: ‘Quiero morir’. Si hubiese sido a la 1,30, no le habría pasado nada, pero ¡así es la vida! Nos plantamos ante él, sacamos los cuchillos. Él se asustó miran- do el impresionante cuchillo de mi compañero y le miraba más que a mí. Mi compañero le miraba y de vez en cuando le sonreía (je, je, je). Le dijimos que le íbamos a registrar. ¿Le importa poner las manos en la espalda?, le dije yo. Él dudó, pero mi compañero le cogió las manos y se las puso atrás. Yo comencé a enfadarme porque no le podía ver bien el cuello, y la primera vez hay que hacer las cosas bien. Me agaché para cachearlo en una pésima actuación de chorizo vulgar a punto de registrar una chaqueta. Entonces le dije que levantara la cabeza, lo hizo y le clavé el cuchillo en el cuello. Emitió un soni- do estrangulado. Nos llamó hijos de puta. Yo vi que sólo le había abierto una

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brecha. Mi compañero ya había empezado a debilitarle el abdomen a puña- ladas, pero ninguna era realmente importante. Yo tampoco acertaba a darle una buena puñalada en el cuello. Empezó a decir ‘no, no’ una y otra vez. Me apartó de un empujón y empezó a correr. Yo corrí tras él y pude agarrarle. Le cogí por detrás e intenté seguir degollándole. La presa se agachó. Le di una cuchillada... Chilló un poquito más: ‘Joputas, no, no, no me matéis’. Ya comenzaba a molestarme el hecho de que ni moría ni se debilitaba, lo que me cabreaba bastante. Metí la mano por la brecha del cuello y arranqué carne, ensuciándome las manos en mi trabajo. Mi compañero ya se había cansado de apuñalarle al azar. Le hundí mis manos en el cuello. Se me ocurrió una idea espantosa que jamás volveré a hacer y que saqué de la película Hellraiser, cuando los cenobitas de la película deseaban que alguien no gritara le metían los dedos en la boca... Entonces le metí la mano derecha por el cuello, en una labor de exploración que esperaba yo que terminase con su muerte... Seguía vivo, sangraba por todos los sitios. Aquello no me importó lo más mínimo. Es espantoso lo que tarda en morir un idiota, era algo increíble y espantoso. Llevaba un cuarto de hora machacándole y el tío seguía intentando hacer ruido. ¡Qué asco de tío! Mi compañero me llamó la atención: ‘Mira, mira, le he sacado las tripas’. Vi una porquería blanquecina saliendo del abdomen, y me dije: ‘Cómo me lo paso’. Redoblé mis esfuerzos y me alegré cuando pude agarrarle la columna vertebral con una mano que le había metido en el cuello, la atrapé y tiré de ella, noté pinchazos y no paré hasta descoyuntársela. Vi que seguía vivo aún y me acordé de mi cuchillo. Me reí interiormente de sus asquerosos calcetines... A la luz de la luna contempla- mos a nuestra primera víctima. Sonreímos y nos dimos la mano. Me lamenté de no haber podido hacerme una foto durante la faena: ¡uno no puede pensar en todo! Me lavé la cara en la fuente. Cuánta sangre, ¡mi reino por un espejo! Recogimos la ropa y nos fuimos hablando animadamente del tema. Llegamos a casa a las cinco y cuarto, nos lavamos y tiramos la ropa... luego brindamos y nos felicitamos. Mis sentimientos en ese momento eran de una paz y tranquilidad total. Me daba la sensación de haber cumplido con un deber, con una necesidad elemental que por fin había satisfecho. Eso me daba esperanza para cometer nuevos crímenes. Esa noche no soñé con la

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escenas que disemina cada minuto del día la industria del cine y la televisión, destinadas a representar con más o menos realismo toda la variedad existente de violencia entre las personas” (Rojas Marcos, 1997, pp. 169-170).

¿Cómo es posible todo eso? ¿Cómo es posible no sólo que, a la altura de los tiempos en que estamos, siga habiendo tanta violencia y tantas conductas agresivas? ¿Cómo explicar que dos muchachos “normales” sean capaces de lle- var a cabo un crimen tan atroz como el citado “del rol”? Más grave aún si cabe, ¿por qué sigue atrayendo tanto y a tantas personas la contemplación, directa o a través de la pantalla, de los crímenes más horrendos y de la violencia más gratuita? ¿Cuáles son, en definitiva, las raíces de la violencia, del crimen y del delito? Pero veamos, antes de intentar responder a estas preguntas, qué es el delito y cuál la diferencia entre agresividad y violencia, dos elementos básicos para entender cabalmente lo que quiero decir en este capítulo.

4. ¿QUÉ ES REALMENTE EL DELITO?

Uno de los objetivos que aquí persigo es contribuir a una aproximación psicosociológica y crítica al delito, partiendo de la premisa de que éste es un constructo social. Por otra parte, ser crítico es pensar al margen de los clichés existentes, es decir, al margen de lo dado por supuesto: consiste, en definitiva, en problematizar lo dado por supuesto. Así, ¿qué es realmente un delito, qué la delincuencia y quién el delincuente? Y sobre todo, ¿quién define, y con qué criterios, lo que es y lo que no es delito y, por tanto, quién es y quién no es delin- cuente? Sin delito no hay delincuentes ni criminales, y estos términos no pueden entenderse sin tener presente el concepto de normalidad. Y no olvidemos que, como escribe Zymunt Bauman (2003), “la esencia del poder consiste en el dere- cho a definir”. De ahí el enorme poder que tienen los psicólogos y psiquiatras en el campo de la normalidad/anormalidad psicológica –y por tanto también en el de la criminología- y el aún mayor que poseen los juristas en los ámbitos de su competencia,

Pero ¿qué entendemos realmente por delito? Como es bien conocido, la criminología es el estudio de la delincuencia y también, por extensión, también de los delitos y de los delincuentes. Y la delincuencia no es sino la infracción de

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una norma penal. Por consiguiente, no puede haber en absoluto una definición material de lo que es un delito, pues éste, al depender del código penal, cambia con el tiempo y con el contexto, es decir, depende de la cultura o sociedad en que nos situemos y del momento histórico en que nos encontremos. Se trata, por tanto, de un constructo social e histórico. No toda infracción de una norma penal es definida como delito ni toda persona que vulnera una norma penal es etique- tada como delincuente. En consecuencia, como dice el Diccionario de Sociología de Giner et al. (pág. 177), para que exista delincuencia se requiere que se produzca una reacción social negativa que identifique, interprete y catalogue este comportamiento como delito. Delito y delincuente, pues, no son algo que exista objetivamente sino que su existencia es una “ existencia social”, son cons- tructos sociales y somos nosotros mismos quienes los construimos. Quien define qué es y qué no es un delito es quien detenta el poder, a través fundamentalmente del Código Penal, pero también a través de las concepciones psicológicas impe- rantes sobre lo que es la normalidad y la anormalidad. Todo ello tiene una desgraciada implicación, que la realidad confirma una y otra vez: ¡qué fina es la frontera entre terrorismo y heroicidad! ¡qué fácilmente puede una misma perso- na pasar de héroe a villano o, más específicamente, de terrorista a héroe, de merecer la cárcel a recibir el Premio Nobel ... de la Paz! Ejemplos concretos nos da la Historia más reciente. Por ello, medir la delincuencia es el gran reto de la criminología.

De lo anterior se deduce fácilmente que el campo del delito está total y continuamente atravesado por aspectos ideológicos (ideología política, ideología o filosofía científica, ideología moral, etc.), por intereses personales y de grupo, etc. Por ejemplo, ¿consideraremos la delincuencia como algo determinado gené- tica o ambientalmente? Por ejemplo, H.J. Eysenck defendió las tesis herencialis- tas durante toda su vida, afirmando que tanto el comportamiento humano en general como la inteligencia e incluso la delincuencia poseen una determinación esencialmente genética, de forma que en su libro titulado Delincuencia y perso- nalidad (1976) escribía Eysenck que está fuera de toda duda que “la herencia juega un papel importante, y quizás un papel vital, en la predisposición a la delincuencia” (pág. 86), concluyendo (pág. 89): “Parece evidente que los hechos que nos ocupan ganarán la batalla, estableciéndose que el comportamiento

Fundamentos de Psicología Jurídica e Investigación Criminal - Capítulo 6

5. AGRESIVIDAD Y VIOLENCIA

Lo que quisiera mostrar en este apartado es que, como gusta de repetir frecuentemente José Sanmartín, el agresivo nace, pero el violento se hace. En efecto, la agresividad es un instinto y, por tanto, un rasgo seleccionado por la naturaleza porque incrementa la eficacia biológica de su portador. “Lo primero que hay que decir sobre la agresividad intraespecífica (a la que denominaré en lo sucesivo ‘agresividad’) es que la naturaleza no ha seleccionado este rasgo aisladamente, sino junto con una serie de elementos que lo regulan o inhiben en el interior de los grupos. En los grupos de animales no humanos parece haber siempre un fino equilibrio natural entre el despliegue de la agresividad y su inhi- bición. Los inhibidores actúan en el momento oportuno impidiendo que el ataque a la integridad física del compañero pueda traducirse en su muerte. En este sentido, en la naturaleza parece existir un mandamiento biológico ampliamente observado: ‘No matarás’ (a tu compañero) (Eibl-Eibesfeldt, 1987). De este modo, la agresividad posibilita que el individuo incremente su eficacia biológica sin que el grupo corra riesgos, ya que, si el grupo perdiera miembros a causa de luchas intestinas podría descender por debajo del número que asegura su viabilidad. Entre los seres humanos hay también inhibidores de la agresividad. Desde Darwin (1872) se aceptan como tales las expresiones emocionales y, en particular, la expresión facial del miedo. Pero, desgraciadamente, el hombre no se compor- ta con el hombre como el lobo lo hace con el lobo. El despliegue de la agresivi- dad entre lobos se desarrolla con un cierto fair play. Dos gotas de orín, soltadas por el lobo vencido que está tumbado a los pies del vencedor mostrándole la yugular, bastan para salvarle la vida. Por el contrario, el despliegue de la agresi- vidad entre seres humanos se descontrola a menudo. De ahí que la agresividad humana se traduzca, frecuentemente, en atentados contra la integridad física o psíquica del otro que conllevan en muchas ocasiones su muerte” (Sanmartín, 2004a, págs. 21-22).

Pero la inhibición de la agresividad es posible gracias a la acción de un complejo sistema biológico dirigido por la amígdala. En efecto, los seres huma- nos, como cualquier otra especie animal superior, se ha adaptado a los peligros del ambiente desarrollando una agresividad básicamente defensiva que le permi-

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tiera incrementar su capacidad de resistir los ataques exteriores. Pero la misma naturaleza que a todas las especies animales superiores nos “implantó” esa agre- sividad nos proporcionó también los necesarios mecanismos inhibidores de tal agresividad. Y, sorprendentemente, ha sido la cultura la que ha ido reduciendo la eficacia de tales mecanismos inhibidores. Por consiguiente, puntualiza Sanmartín (2004b, pág. 22), “decir que somos agresivos por naturaleza no conlleva, pues, aceptar que también por naturaleza somos violentos. No hay vio- lencia si no hay cultura. La violencia no es un producto de la evolución biológica, de la bioevolución como se dice frecuentemente. Es un resultado de la evolución cultural, de la llamada en sentido amplio ‘tecnoevolución’, porque la técnica ha jugado un papel decisivo en la configuración de la cultura”, y, por tanto, también de la violencia. En efecto, a medida que el ser humano, a través de la utilización de la técnica, se ha ido “civilizando”, también se ha ido haciendo más violento. La técnica incrementa la violencia de los seres humanos porque reduce la acción de nuestros inhibidores naturales de la agresividad: a mayor “distancia” de la víctima, mayor probabilidad de violencia. No es lo mismo matar a una persona retorciéndole el cuello (en cuyo caso, sus gestos, quejidos, postura, etc. activarían los inhibidores de nuestra agresividad) que matarlo simplemente apretando un gatillo (lo que no activaría tales inhibidores). La cultura altera la naturaleza sobre todo a través de la técnica. Y las armas, que son instrumentos técnicos, alteran de una forma importante la activación de nuestra agresividad. Mientras que una piedra puede servir para el bien (hacer un hacha para cortar) y para el mal (para golpear en la cabeza a un rival), las armas sólo sirven para el mal, e incluso, como acabamos de subrayar, para incrementar exponencialmente ese mal, dado que inciden sobre nuestra agresividad natural, reduciendo e incluso eliminando nuestros inhibidores también naturales. Eso, y no necesariamente la maldad congénita a ciertas personas, explica el hecho de que algunos aviadores norte- americanos hayan declarado su felicidad suprema cuando desde miles de altura arrojaban toneladas de bombas sobre Bagdad y sus habitantes matando a miles de niños, mujeres y hombres (“era maravilloso, era como el árbol de Navidad lleno de luces”, declaró alguno de ellos). Todo ello explica también que, paradó- jicamente, cuanto más civilizados somos, más violentos también. Y es que “la violencia es, en definitiva, el resultado de la interacción entre la agresividad natural

CIENCIAS DE LA SEGURIDAD. UNIVERSIDAD DE SALAMANCA