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isla del tesoro (libro), Resúmenes de Literatura

libro idla del tesoro, es el resumen

Tipo: Resúmenes

Antes del 2010

Subido el 16/09/2024

valen-cass
valen-cass 🇦🇷

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La isla del tesoro
MIS LIBROS
DE SEXTO
MIS LIBROS
DE SEXTO
La isla del
tesoro
de Robert L. Stevenson
Adaptación de Andrea Braverman
Tapa La isla del tesoro_La Matanza.indd 1 27/1/20 10:33 a.m.
SANTILLANA y los autores
ceden los derechos de la reproducción parcial
de la obra en el marco de
la cuarentena por el Coronavirus.
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MIS LIBROS DE SEXTO

La isla del

tesoro

de Robert L. Stevenson

Adaptación de Andrea Braverman

ceden los derechos de la reproducción parcialSANTILLANA y los autores la cuarentena por el Coronavirus.de la obra en el marco de

MIS LIBROSDE SEXTO

La isla

del tesoro

de Robert L. Stevenson

Adaptación de Andrea Braverman

ÍNDICE

PARTE I. EL VIEJO BUCANERO Capítulo 1. El viejo lobo de mar en la posada El Almirante Benbow ........................................................................................................... Capítulo 2. Perro Negro aparece y desaparece ............................... Capítulo 3. La mancha negra ............................................................... Capítulo 4. El cofre ................................................................................ Capítulo 5. El fin del ciego .................................................................. Capítulo 6. Los papeles del capitán ...................................................

PARTE II. EL COCINERO DE A BORDO Capítulo 7. Viajo a Bristol .................................................................... Capítulo 8. En la taberna El Catalejo ............................................. Capítulo 9. Pólvora y armas ................................................................ Capítulo 10. El viaje ................................................................................ Capítulo 11. Lo que oí desde el barril ............................................. Capítulo 12. Consejo de guerra ..........................................................

PARTE III. MI AVENTURA EN LA ISL A Capítulo 13. Cómo comenzó la aventura ........................................ Capítulo 14. El primer golpe ................................................................ Capítulo 15. El hombre de la isla .......................................................

PARTE IV. EL FORTÍN Capítulo 16. El doctor continúa la narración: cómo fue abandonado el barco .............................................................................. Capítulo 17. El doctor continúa la narración: el último viaje en bote .......................................................................................................... Capítulo 18. El doctor continúa la narración: el final del primer día de lucha .................................................................................

Capítulo 19. Jim Hawkins retoma la narración: la gente del

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Mi papá le dijo que, lamentablemente, no teníamos mu- chos clientes. –Entonces, aquí me quedaré. Soy un hombre sencillo, todo lo que necesito es ron, huevos, panceta y un mirador para observar los barcos que se acercan. ¿Quieren saber cómo llamarme? Pueden decirme “capitán”. No era un hombre muy conversador. Se pasaba los días alrededor de la ensenada o sobre los acantilados con un te- lescopio de metal. Al atardecer, se acomodaba en un rincón de la taberna, cerca del fuego, y bebía ron fuerte y agua. Pronto, tanto nosotros como la gente que venía a la posada aprendimos a no molestarlo. Cada día, al volver de su pa- seo, preguntaba si había llegado algún marinero. Al princi- pio creíamos que extrañaba a sus compañeros, pero luego nos dimos cuenta de que en realidad quería evitarlos. Un día me ofreció pagarme cuatro peniques por mes para que vigilara y le avisara si aparecía un “marinero con una sola pierna”. Ni hace falta decir que pensar en el marinero rengo me producía pesadillas. Pero, a pesar de eso, yo no le tenía tan- to miedo al capitán como las personas que lo conocían. Lo que más aterrorizaba a la gente eran sus historias de ahor- cados, ahogados, tormentas en alta mar y salvajes aventu- ras en las costas del Caribe. Solo una vez alguien se animó a enfrentarlo. Mi papá es- taba ya muy enfermo, a punto de morir, y el doctor Livesey llegó una tarde a la posada para examinarlo. Después de una cena liviana que le ofreció mi mamá, el doctor se sentó en el salón a fumar su pipa. Recuerdo la diferencia entre ese elegante y pulcro doctor, de cabellera blanca como la nieve, y nuestro pirata sucio y andrajoso, recostado sobre la mesa,

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borracho y con la mirada perdida. De pronto, el capitán em- pezó a cantar su vieja canción sobre el cofre del muerto y la botella de ron. El doctor Livesey lo miró con desprecio y siguió charlando con el viejo jardinero Taylor sobre un remedio nuevo para el reuma. El capitán lo observó furioso durante un rato hasta que golpeó la mesa y gritó: –¡Silencio! –¿Me está hablando a mí? –preguntó el doctor–. Le diré algo: si usted no deja de beber ron, en el mundo pronto habrá un canalla menos. La furia del capitán fue terrible. Se puso de pie y amena- zó al doctor con una navaja. –Si no guarda esa navaja en el bolsillo en este mismo momento –le dijo el doctor con calma–, lo denunciaré ante el Tribunal. Le aseguro que lo vigilaré de día y de noche. Además de médico, soy magistrado. Así que si recibo la queja más insignificante sobre usted, me encargaré de que lo echen de este distrito. Poco después, el doctor Livesey se marchó. Sorprenden- temente, el capitán se mantuvo tranquilo esa noche y tam- bién las siguientes.

  1. Perro Negro aparece y desaparece

No había pasado mucho tiempo cuando sucedió el pri- mero de los acontecimientos misteriosos que nos iban a li- berar por fin del capitán, aunque no de sus asuntos, como ustedes podrán ver después. Era un invierno muy frío, con fuertes heladas y terribles tormentas. Mi papá, pobrecito,

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también estaba asustado. Empuñó su sable y tragó saliva como si tuviera un nudo en la garganta. Cuando por fin el capitán abrió la puerta, el hombre pronunció una sola pala- bra tratando de parecer valiente: –¡Bill! El capitán se puso pálido. Parecía haber visto un fantasma. –¡Perro Negro! –dijo sofocado. –¿Quién otro podía ser? ¡Ay, Bill, cuántas cosas hemos vivido juntos! –Bien –dijo el capitán–, lograste encontrarme... Habla, entonces. ¿Qué quieres? –El mismo Bill de siempre –respondió Perro Negro–. Tienes razón. Este buen chico nos servirá ron y nos senta- remos a conversar como buenos amigos. Cuando volví con el ron, ya se habían sentado en el salón. Perro Negro me ordenó que me fuera y dejase la puerta abierta. –Ni se te ocurra espiar por la cerradura, muchacho –me advirtió. A pesar de la advertencia, durante un buen rato, hice todo lo que pude para escuchar lo que decían, pero solo se oían murmullos. De golpe, estalló una tremenda explosión de malas palabras y otros ruidos. Sillas y mesas cayeron al suelo, y luego se escuchó el choque de los sables y un grito de dolor. En ese instante vi huir a Perro Negro a toda velo- cidad, con una herida en el hombro. El capitán salió detrás de él, y lo habría matado si no se le hubiera trabado el sable en el cartel de nuestra posada. Aún hoy se puede ver la mar- ca debajo de las letras. Con ese golpe terminó el enfrentamiento. El capitán se quedó mirando el cartel como atontado. Después se frotó los ojos varias veces y entró tambaleante.

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–¿Está herido? –le pregunté. –¡Quiero ron! –me dijo–. Me tengo que ir. ¡Ron, ron! Corrí a servirle el ron, pero yo estaba tan nervioso que rompí un vaso y no lograba abrir la canilla. En eso, escuché un golpe en el salón, como si un cuerpo se hubiera desplo- mado en el piso. Salí corriendo y me encontré con el capitán desmayado en el suelo. Al mismo tiempo bajó mi mamá, y entre los dos levantamos la cabeza del capitán. Le costaba respirar, tenía los ojos cerrados y una terrible palidez. Fue para nosotros un gran alivio cuando la puerta se abrió y vimos al doctor Livesey, que venía a visitar a mi papá. –¡Oh, doctor! –exclamamos–. ¿Qué podemos hacer? ¿Dónde estará la herida? –¿Herida? –dijo el doctor–. Este hombre no está herido. Acaba de tener un derrame cerebral, tal como le dije que sucedería si seguía tomando ron. Cuando el capitán reaccionó, el doctor y yo logramos su- birlo por las escaleras y acostarlo en la cama. Apenas cerró la puerta del cuarto, el doctor me dijo: –No fue tan grave esta vez, será mejor que se quede en la cama una semana. Pero si el ataque se repite, es hombre muerto.

  1. La mancha negra

Al mediodía, fui al cuarto del capitán con agua fresca y remedios. Lo encontré casi en la misma posición en que lo habíamos dejado, aunque parecía más débil y nervioso. –¿Cuánto tiempo dijo el doctor que tenía que quedarme en cama? –me preguntó.

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impedírselo. Aunque estaba débil, seguía dándonos mucho miedo. Parecía sentirse cada vez peor y no me dirigía la pa- labra; en realidad, creo que se había olvidado de lo que me había contado. Todo siguió igual hasta el día siguiente al entierro. A eso de las tres de la tarde, yo estaba parado en la puerta recor- dando con tristeza a mi papá, cuando vi que alguien se acer- caba. Sin dudas, era un hombre ciego, porque se ayudaba con un bastón y tenía una venda verde en los ojos. Cami- naba encorvado y se cubría con una capa de marinero vieja y rota. Nunca había visto a alguien tan horrible. Se detuvo cerca de la posada y dijo: –¿Habrá alguna buena persona que le diga a este pobre ciego en qué parte de Inglaterra se encuentra? –Está frente a la posada El Almirante Benbow –le res- pondí–, en la ensenada de la Colina Negra. –Por su voz, supongo que eres jovencito –me dijo él–. ¿Podrías darme tu mano y llevarme adentro, niño? Apenas le di la mano ese hombre espantoso la apretó con todas sus fuerzas. Me asusté tanto que traté de soltar- me, pero me arrastró hacia él. –Ahora, muchacho, llévame ante el capitán. ¡Vamos, en marcha! Cuando lo veas, gritarás: “¡Bill, llegó un amigo suyo!”. Apenas abrí la puerta del salón, grité asustado esas pala- bras. El pobre capitán levantó los ojos y trató de ponerse de pie, pero creo que ya no tenía fuerza para hacerlo. –No te muevas, Bill –dijo el mendigo–. No puedo ver pero sí oír hasta el mínimo movimiento de tus dedos. Ne- gocios son negocios. Extiende tu brazo izquierdo, y tú, mu- chacho, toma su mano por la muñeca y acércala para que pueda estrecharla.

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Nunca olvidaré el alivio que sentí al ver luces en las ven- tanas. Sin embargo, ese alivio fue la única ayuda que pudi- mos conseguir. Nadie quiso acompañarnos de vuelta a la posada. Aunque yo no había oído hablar del capitán Flint hasta ese momento, muchos campesinos de la aldea lo co- nocían y le tenían miedo. Dicen que la cobardía es contagiosa, pero que un buen discurso puede envalentonar. Así que después de escuchar a todo el mundo, mi mamá declaró que no pensaba perder el dinero que pertenecía a su hijo huérfano. –Si ninguno de ustedes quiere ayudarnos, Jim y yo vol- veremos a la posada y abriremos ese cofre cueste lo que fuere y nos quedaremos con el dinero que legalmente nos pertenece. Todos dijeron que era una locura, pero nadie se atrevió a acompañarnos. Lo único que hicieron fue ofrecernos un arma y caballos ensillados, y un muchacho salió a buscar al doctor para pedirle ayuda. Mi corazón latía con fuerza cuando salimos en medio de la noche destemplada para afrontar esa terrible y peligro- sa aventura. Cuando logramos llegar a la posada, cerré la puerta con llave y por un instante nos quedamos en medio de la oscuridad, agitados, sin más compañía que la del cuer- po del capitán. –Cierra las cortinas, Jim –susurró mi mamá–. Tenemos que encontrar la llave. Me arrodillé junto al capitán y cerca de su mano encon- tré un pequeño círculo de papel, ennegrecido de un lado. Sin dudas era la mancha negra. Lo levanté y al dorso leí este mensaje: “Tienes tiempo hasta las diez de la noche”. –Le habían dado plazo hasta las diez, mamá.

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–Recién son las seis, Jim –dijo mi mamá–. Hay tiempo. ¡Busca la llave! Busqué en sus bolsillos, pero no encontré nada. Un poco impresionado, abrí su camisa y vi la llave colgada de su cue- llo. Este descubrimiento nos dio esperanza y corrimos a la habitación del capitán a buscar el cofre. Aunque la cerradura estaba oxidada, mi mamá logró abrirla y levantó la tapa. Lo primero que encontramos fue un traje nuevo doblado con cuidado, una brújula, una tacita, dos paquetes de tabaco, un par de pistolas, un trozo de lingote de plata, un antiguo reloj español y algunas joyas de poco valor. Nada de eso servía demasiado. Con impaciencia, mi mamá levantó una vieja capa de marinero y allí había unos papeles envueltos en tela y una bolsa con monedas de oro. –Yo les demostraré a esos bandidos que soy una mujer honrada –dijo mi mamá mientras contaba el dinero–. Solo tomaré lo que nos debe. Ni un solo penique más. De pronto, le hice señas a mi mamá para que no hiciera ruido, porque acababa de escuchar un sonido que me dejó helado: los golpecitos del bastón del ciego en la calle. Cuan- do llegó a la puerta, golpeó fuerte y luego trató de abrir. Hubo un silencio largo y angustiante, hasta que comenza- mos a escuchar que se alejaba. –Mamá –dije–, tomemos todo y huyamos. Estaba seguro de que la puerta cerrada con llave iba a des- pertar las sospechas de ese hombre y volvería con los demás. No obstante, mi mamá, a pesar del miedo, no quería tomar ni un penique de más pero tampoco ni uno menos. –Ni siquiera son las siete –dijo. Discutimos sobre el tema hasta que escuchamos que al- guien silbaba en la colina. Eso fue suficiente para nosotros.

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Sin paciencia, el ciego los insultó por su lentitud y les ordenó que registraran al muerto y que buscasen el cofre. Desde mi escondite escuché cómo subían corriendo las es- caleras y luego gritos de asombro. Alguien abrió de par en par la ventana del cuarto del capitán y rompió los vidrios. –Han llegado antes que nosotros, Pew. Alguien abrió el cofre. –¿Está ahí? –preguntó el ciego. –El dinero sí –contestó el de arriba. –¡Hablo del manuscrito de Flint! –Acá no está y Bill tampoco lo tenía encima –respondió el hombre. –Seguro lo tiene ese muchachito –se enfureció el cie- go–. Hasta hace un rato la puerta estaba cerrada con llave… ¡Busquen en todos los rincones! Se armó un gran alboroto en nuestra vieja posada: co- rrieron por todas partes, tiraron muebles al suelo, destro- zaron puertas a patadas, y luego comenzaron a salir uno detrás de otro para avisar que no nos habían encontrado. En eso se oyó un par de silbidos. –Dirk silbó dos veces –dijo uno–. ¡Tenemos que irnos, compañeros! El ciego se negó. –Hay mucho dinero en juego y todos ustedes podrían ser tan ricos como reyes si lo encontramos. Nadie se animó a enfrentar a Bill, pero yo lo hice… ¡Un ciego! –Basta, Pew, ya tenemos las monedas –gruñó uno. –No hay dudas de que se llevaron el manuscrito –dijo otro–. Agarra las monedas, Pew, y no chilles más. El ciego se puso furioso y comenzó a golpear a sus cóm- plices con el bastón. Esta pelea fue nuestra salvación, por- que mientras todos esquivaban los bastonazos llegó otro

  • fortín ............................................................................................................
  • Capítulo 20. La propuesta de Silver...................................................
  • Capítulo 21. El ataque ............................................................................
  • Capítulo 22. Cómo empezó mi aventura en el mar ........................ PARTE V. MI AVENTURA EN EL MAR
  • Capítulo 23. Cómo arrié la bandera pirata ....................................
  • Capítulo 24. Israel Hands .....................................................................
  • Capítulo 25. Piezas de a ocho ..............................................................
  • Capítulo 26. En el campo enemigo ...................................................... PARTE VI. EL CAPITÁN SILVER
  • Capítulo 27. De nuevo la mancha negra..........................................
  • Capítulo 28. Palabra de honor............................................................
  • Capítulo 29. La búsqueda del tesoro: la pista de Flint ..............
  • Capítulo 30. El final ...............................................................................
  • C apítulo
  • C apítulo