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Pueblo cont. 23(1) 2012 | 225
(^1) Profesor de Filosofía y Ciencias Sociales, docente del Departamento de Humanidades de la Universidad Privada Antenor Orrego.
En este artículo se aborda el tema “la actitud filosó- fica” con la intención de clarificar los rasgos esenciales de la vida filosófica y poder distinguirla de otro tipo de actitudes cognoscitivas como la científica o la espon- tánea. El tema, aparentemente sencillo, manifiesta perfiles interesantes cuya hondura exige detenerse en algunas digresiones que ayuden a dar más luz sobre el tema.
La etimología indica que la palabra actitud deriva del italiano attitudine, “aptitud”, “postura”, “actitud”, probablemente del mismo origen que aptitud. El dic-^1 cionario de Joan Corominas también refiere que, pese al consenso sobre el sentido anterior de la palabra, tam- bién existe, otro, que la deriva de actum, acto. En cuan- to a la palabra aptitud, esta pareciera esconder una mayor riqueza: derivada del latín aptus, muestra los sentidos de “grandeza”, “riqueza”, “alto”, “noble”.^2 Se tiene, en primer lugar, que las palabras actitud y aptitud están íntimamente ligadas, mostrando que una y otra se presuponen. En segundo lugar, el senti- do de acto, manifiesta a la actitud como una acción, como un movimiento, el mismo que podríamos iden- tificar con una postura, es decir, no con un movilis- mo espacial, sino con una acción espiritual. En ter- cer lugar, tenemos que este acto está lleno de apti- tud, es decir, que es un acto que manifiesta riqueza, nobleza.
La Actitud: el sentido etimológico
La actitud (adelantando la actitud filosófica) es una acción espiritual, que manifiesta una riqueza: la interioridad del hombre, una interioridad que implica diversas facetas de su ser. La actitud filosófica resume en una unidad las diversas dimensiones que habitan en él. El término actitud sería equívoco si es que no se repara en la amplitud de lo que expresa. Por ello, se debe dejar sentado que el sentido de actitud rebasa la dimensión puramente psicológica para expresar la totalidad del hombre. La antropología filosófica dice que lo propio del hombre es conocer. Desde los antiguos orientales hasta la filosofía clásica griega y la filosofía moderna del hombre, ser hombre es conocer. El conocer es con- substancial a la naturaleza del hombre, es su esencia. Por lo tanto, si la actitud filosófica expresa esa esencia o vocación original, podemos decir que esta se refiere al espíritu, al trasfondo ontológico del hombre.
A la disposición del hombre hacia un saber univer- sal y total se le llama actitud filosófica. Esta actitud expresa la vocación y, consecuentemente, el modo de actuar propio del que filosofa. El reconocer en la filosofía una actitud ha sido ligado por algunos autores al nacimiento de la filosofía misma, sobre todo, refiriéndola a la época de la filoso- fía clásica. Xavier Zubiri evidencia el caso de Sócrates.
La actitud filosófica como actitud amorosa
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Es este filósofo, protagonista de los diálogos platónicos, quien socavara las certezas y creencias de sus contempo- ráneos para proponer a la Sabiduría como algo muy ale- jado, como una realidad inasible, cuya posesión debe limitarse a una “participación”. Este alejamiento de la Verdad dejó en claro las modestas pero nobles posibili- dades del hombre: la búsqueda amorosa, el ánimo deter- minado, el reconocimiento heroico de la ignorancia, el vuelco hacia el espíritu, es decir, una actitud. Para Zubiri, la nueva etapa socrática es “una forma de saber en la que lo decisivo está justamente en ser buscado. Por tanto, más que una doctrina es una acti- tud, una nueva actitud”.^3 En su trabajo “¿Qué es filosofía?”, el filósofo Martín Heidegger explora, siempre en clave metafísica y con el conocimiento recto de los términos antiguos, la natura- leza de la actividad filosófica. Él recuerda el famoso pasa- je de El Teeteto de Platón en el que el filósofo griego seña- la al asombro como el punto de partida de toda filosofía. Heidegger afirma que el “el asombro sostiene y domina la filosofía” , indicando con ello que el estado espiritual o^4 vital del asombro no sólo dispara la actividad filosófica, sino que es el “temple de ánimo” que asegura al filósofo su camino hacia el Ser, y que, por lo tanto, es consubs- tancial a la actividad filosófica misma. Para el filósofo alemán el hombre es un ser referido^5 al Ser, y por ello escucha el llamado de este. La filosofía es una correspondencia a este llamado, una caminar hacia el Ser con temple de ánimo, el mismo que no expresa, según Heidegger, ninguna sentimentalidad, sino pura determinación y voluntad. La filosofía es el “corresponder dispuesto” al Ser del ente, a la llamada del Ser del ente. Es como un estado de receptividad y de alerta, un “temple de ánimo, en el sentido de dispo- sición y determinación”.^6 Conocido es el pasaje de El Banquete de Platón, en el que Sócrates narra el mito del origen de Eros. Al igual que el geniecillo alado, el filósofo exhibe una indigencia o miseria natural por filiación materna, pero por su ascendente paterno, anhela y busca la sabi- duría. Su riqueza es que algo de realidad trascendente resuena en él y puede corresponder a ese llamado.
La palabra ciencia, en su significado original, expresa la idea de conocimiento, pero, sobre todo, de
La actitud filosófica y la actitud científica: Relaciones y complementariedad
conocimiento verdadero. Por ello, en la antigüedad no existe la distinción entre la ciencia y la filosofía como existe ahora. Es por ello que, en rigor, deberíamos hablar de la ciencia en general; y cuando hablemos de sus grados, decir que existen las ciencias particulares y la ciencia de la totalidad y de los principios universales. Aquí se puede agregar que, hasta antes del renaci- miento, las relaciones entre la ciencia y la filosofía eran las de una sana complementariedad. Pero esta complementariedad era, a la vez, jerarquizada; es decir, las ciencias particulares, al estudiar un tipo espe- cífico de entes en sus principios o causas próximas, se subordinaban naturalmente a aquella ciencia que buscaba las causas primeras o primeros principios, es decir, a la filosofía. Dicho esto, se tratará de mostrar las diferencias entre la actitud científica y la filosófica. En primer lugar, en la actitud filosófica hay un anhe- lo por lo trascendente, por lo metafísico. Esto se expli- ca en que la filosofía busca lo radical, aquello que es raíz. La realidad radical que subyace en la manifesta- ción de los entes se oculta (como las raíces de un árbol), y es por ello que la actitud filosófica inquiere por aquello que no se puede ver, pero que puede intuir intelectualmente. En esta intuición o penetra- ción de la realidad oculta, el filósofo descubre princi- pios, propone conceptos y descubre leyes, las mismas que son usadas como presupuestos necesarios por los científicos. El físico francés Louis de Broglie afirmó que “la ciencia, al desarrollarse se ve constreñida a introducir en sus teorías conceptos que tienen un alcance metafí- sico, como son los de tiempo, espacio, objetividad, causalidad, individualidad, etc. La ciencia intenta dar definiciones precisas de estos conceptos que existen en el marco de los métodos que ella emplea, y procura evitar, respecto a ellos, toda discusión filosófica: quizá, procediendo así, hace muchas veces metafísica sin saberlo, lo cual no es la manera menos peligrosa de hacer metafísica”.^7 El sabio francés deja evidencia de que hay ciertos conceptos de carácter universal que estando ocultos, sin embargo, están presentes en el quehacer científico, los mismos que son abordados propiamente en la acti- vidad filosófica. La actividad filosófica busca las verdades profun-
Enrique Paz Castillo
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cado en el episodio narrado por Platón y Aristóteles, en el que se muestra a Tales de Mileto cayéndose a un pozo por andar contemplando el firmamento, ante la burla de una criada tracia, pues, a decir de ella “quería saber lo que pasaba en el cielo y no veía lo que estaba delante de sus pies”. Detengámonos en este relato del Teeteto de Platón que es muy ilustrativo:
“Así es este hombre (el filósofo), amigo mío, en la vida privada; y así es también en la vida pública. Cuando se ve obligado a hablar ante los tribunales o en algún lugar de las cosas que están ante él y en sus propios ojos, es el hazmerreír no sólo de las esclavas de Tracia, sino de todo el pueblo. Su falta de experiencia le hace caer a cada paso en el poso de Tales y en mil perplejidades, y su torpeza le hace pasar por tonto. Si le profieren insultos no puede devolverlos, por no saber nada malo de nadie ni haber pensado nunca en ello; y al quedarse cortado, aparece ridículo. Cuando se oye a los otros alabarse, como lo ven reír no con fingimiento sino de verdad, lo toman por un extravagante. Si ante él se elogia a un tirano o a un rey, se cree que está oyendo exaltar la suerte de algún pastor, porquerizo o boyero porque obtiene mucha leche de su rebaño; tan sólo piensa que los reyes tienen que apacentar y ordeñar un ganado más difícil y más falso; que por otra parte no son ni menos groseros ni menos ignorantes que los pastores, a causa del poco tiempo que tienen para instruirse, ence- rrados en unas murallas como en un cercado en la cima de una montaña, Si en su presencia se dice que un hom- bre posee inmensas riquezas porque tiene mil fanegas de tierra, o más aún, le parece muy poco porque está acostumbrado a considerar la tierra entera”.^13
Aquí se muestra la feliz realización y la libertad que exhibe el filósofo en la búsqueda de un conocimiento que “no sólo no sirve de hecho para nada, sino que además no puede ni debe servir absolutamente para nada”.^14
Hasta aquí se ha tratado de reflexionar sobre la filosofía misma para mostrar y caracterizar la actitud que le es propia. Pero la filosofía no existe en el aire sino que la encarnan, los hombres. Los hombres son los que hacen filosofía. Pero, ¿son todos los hombres o una minoría de ellos los que asumen esta actitud tan
La actitud filosófica y la vida autentica: La filosofía como forma de vida
peculiar hacia la realidad y hacia sí mismos? Además, todos los que afirman dedicarse a ella, ¿poseen esa disposición hacia el saber universal de forma auténti- ca? Las características del mundo moderno y su reper- cusión negativa en el ámbito de las vocaciones y del equilibrio general de la humanidad, ha sido estudiado y mostrado por diversos autores desde el siglo pasado. Se ha relacionado al mundo actual con “la falta de una concepción filosófica del cosmos, el decrecimiento de las fuerzas religiosas, la despoetización del mundo, la absorción del individuo en la masa, la tecnificación de todos los órdenes de la vida, la especialización en toda clase de actividades humanas, el apresuramiento y la superficialidad con que el hombre de hoy se ve forzado a conducirse en todo momento sin encontrar su cen- tro”.^15 La vida moderna ahoga ciertas posibilidades supe- riores como la vida filosófica al promover una vida inauténtica. Sin embargo, es más importante detener- nos en la relación entre la autenticidad y la actitud filosófica como la forma superior de vida intelectual. En esta parte vamos a citar el trabajo del psicólogo alemán Philipp Lersch, quien, influenciado por la fenomenología y la filosofía de Heidegger, ha tratado el tema de la autenticidad y la vida intelectual en su libro La estructura de la Personalidad. Para él, la correspon- dencia entre el pensar y la dimensión íntima o la sub- stancia anímica es un signo inequívoco de la madurez humana. La necesidad de que haya correspondencia entre las vivencias y el discurso filosófico se manifiesta como la condición imprescindible para el equilibrio en la vida intelectual de los seres humanos. Si una filoso- fía no tiene raíces, si no parte de una vivencia íntima, sino es existencial, “la doctrina filosófica queda por fuera, es mera ideología”.^16 La actitud filosófica exige autenticidad, por ello, los auténticos filósofos encar- nan las verdades que pregonan. Su pensar se expresa en una forma de vida, aún cuando esta pueda estar en peligro. Lersch afirma que “la autenticidad de una doctrina filosófica se demuestra en las situaciones críticas de peligro existencial porque proporcionan, al que la sigue, un sólido asidero”.^17 Hasta aquí se puede decir que, en filosofía, todo el mundo es competente con tal que sea auténtico. Pero a la vez, haciendo eco en las investigaciones psicológi- cas, se puede decir que la autenticidad se ve dificulta- da y aún imposibilitada por los rasgos que hemos seña-
Enrique Paz Castillo
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lados del modo de vida moderno. El hombre desequili- brado es el tipo más común en el mundo actual, en estos tiempos que podríamos llamar, consecuente- mente, de “antifilosóficos”. Esto lleva a ver la filosofía como una forma de vida; es decir, no sólo como un conjunto de pensa- mientos complejos, disociados de experiencias ínti- mas, sino como un conjunto de experiencias, expe- riencias de la verdad. Para ello, se pueden aprove- char algunos trabajos actuales sobre el sentido origi- nal de la filosofía antigua, investigaciones que apun- tan a que la filosofía en la antigüedad era sobre todo una forma de vida. Los filósofos antiguos comprendieron y asumieron, con naturalidad, el anhelo hacia la verdad y la Sabidu- ría. El móvil en el quehacer filosófico es el amor desin- teresado, esto sustenta la nobleza de la actitud filosófi- ca, pues para el filósofo no hay nada más noble que alcanzar la Verdad o perseguirla. Pero, entonces, ¿no hay ninguna exigencia personal (auto impuesta o asu- mida dentro de una colectividad) que nos permita la consecución de la Verdad? Para Pierre Hadot, la filosofía es “un modo de vida y un discurso determinado por la idea de Sabiduría”.^18 Por Sabiduría entendía el filósofo antiguo cierto esta- do trascendente, una perfección en el saber, un estado de virtud y un saber vivir. Por ello, la filosofía organiza- ba un modo de vida que se manifiesta sobre todo en la vida de escuela. “La filosofía –según Hadot– no puede llevarse a cabo mas que por la comunidad de vida y el diálogo entre maestros y discípulos en el seno de una escuela”.^19 La vida de escuela asegura la formación de los discípulos en los ejercicios espirituales y disciplinas físicas, las mismas que aseguran el correcto estudio. Es esta vida la que promociona al discípulo en una vida de libertad y serenidad. Del estudio de Hadot podemos entresacar algunos rasgos de la vida filosófica: indiferencia hacia las cosas materiales, régimen alimentario sano, dormir poco, comidas colectivas (entre filósofos), preparación para el sueño, imitar la vida de los sabios, y el reconoci- miento de que la vida común y convencional está llena de males. Dentro de los ejercicios espirituales se cuentan, además del estudio, la ética del diálogo (donde la afec- tividad superior impregna y posibilita los diálogos filo- sóficos), el observar amorosamente la realidad, el ver la presencia divina en toda la naturaleza, el depender
de sí (cuanto más sabio, más solo) y la preparación para la muerte. Para este estudioso francés, no es el discurso filosó- fico el que desembocó en una forma de vida, sino que es el modo de vida el que engendró un discurso. Existía una correspondencia natural entre la vida adoptada y sus reflexiones teóricas. Y aunque las reflexiones varían, la forma de vida filosófica subyace como la savia que posibilita el pensar. Por ello, “la práctica de la filosofía va, pues, más allá de las oposiciones entre las filosofías particulares. Es esencialmente un esfuerzo de tomar conciencia de nosotros mismos, de nuestro estar-en-el-mundo, de nuestro estar-con-el-otro... para lograr asimismo una visión universal”.^20 Esto establece una vez más el rasgo de distinción y nobleza de la actitud filosófica, y explica, además, por qué el filósofo es un ser solitario. Pero el ennoblecimien- to sólo ha sido posible con esfuerzo, pasión y, sobre todo, con una ascesis. Estas exigencias, asumidas voluntaria- mente, son la soledad, a veces sufrida y a veces gozada del filósofo. Gozada por contacto amoroso con la reali- dad, y sufrida por el apartamiento de sus congéneres. Esto se evidencia en la incomprensión de la vida filosófi- ca; y hay diversos ejemplos en la historia de la humani- dad. La mayoría se sabía partícipe de las actividades de los filósofos, pero eran incapaces de asumir el modo de vida de los mismos: “el hombre común no se siente un profano respecto del saber que brinda el filósofo, sino un profano respecto de la pureza vocacional que requiere la obtención de ese saber”.^21
(^1) Coraminas, Joan. ( Diccionario Crítico Etimológico Castellano e Hispánico. Editorial Gredos, Madrid, Vol. I, página 44. (^2) Obra citada, página 305. (^3) Zubiri, Xavier. (1963). Cinco Lecciones de Filosofía. Sociedad de Estudios y Publicaciones. Madrid, página 12. (^4) Heidegger, Martín. (1980) ¿Qué es filosofía? Nancea Ediciones, Madrid, página 64. (^5) Heidegger, Martín, Obra citada, páginas 52-58. (^6) Heidegger, Martín, Obra citada, página 63. (^7) Citado por Sanguineti, Juan José. Lógica , EUNSA, Navarra. Página 155. (^8) Ortega y Gasset, José. (1961). Qué es Filosofía , en Obras completas, Revista de Occidente, Madrid, tomo VII, página 316. (^9) Ortega y Gasset. Obra citada, página 316.
1980).
La actitud filosófica