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El Capitán Trotta: Una Vida Transformada, Apuntes de Historia

La reflexión del capitán trotta sobre su vida después de una grave herida recibida en batalla. Mientras espera a su padre, el jefe de distrito, el hijo de este último, carl joseph, se presenta y observa a su padre por primera vez. La historia también incluye la perspectiva del jefe de distrito y su preocupación por la salud de jacques, un anciano que salvó su vida. Además, se describe la confusión y la transformación del capitán trotta en momentos clave de su vida.

Tipo: Apuntes

2015/2016

Subido el 18/10/2016

roberto_carbonell_fernandez
roberto_carbonell_fernandez 🇪🇸

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¡Descarga El Capitán Trotta: Una Vida Transformada y más Apuntes en PDF de Historia solo en Docsity!

Título original: Radetzkymarsch Joseph Roth, 1932 Traducción: Arturo Quintana Retoque de portada: AlNoah

Editor digital: AlNoah ePub base r1.

Primera parte

emperador, quien desde el día anterior se hallaba en el frente. De vez en cuando se producía una baja en las filas. Trotta ocupaba rápidamente el vacío producido y disparaba con los fusiles abandonados de los muertos y los heridos. Daba órdenes para cerrar más las filas y cubrir los huecos u ordenaba que se desplegaran y observaba con ojo avizor el horizonte prestando atención al menor ruido. En medio de las descargas de la fusilería, su oído, muy sensible, distinguía las voces de mando, claras y escuetas, del capitán. Con su mirada penetrante atravesaba la niebla gris azulada de las líneas enemigas. Nunca tiraba sin apuntar, y todos sus disparos daban en el blanco. La tropa advertía las acciones y la mirada del teniente, oían sus órdenes y se sentían seguros. El enemigo dejó de disparar. A todo lo largo del frente corrió la voz de «¡Alto el fuego!». Todavía se oía algún chasquido de los cerrojos o un disparo tardío y solitario. Había claros ya en la

niebla gris azulada entre los frentes. De repente se encontraron sumidos en el calor del mediodía, que les llegaba de un sol plateado, cubierto por nubes de tormenta. En aquel momento apareció el emperador entre el teniente y las espadas de los soldados. Le acompañaban dos oficiales del estado mayor. El emperador se disponía a mirar con los prismáticos que le ofrecía uno de sus acompañantes. Trotta sabía bien lo que ello significaba: aun en el supuesto de que el enemigo se batiera en retirada, la retaguardia estaría, con toda seguridad, haciendo frente a los austríacos y quien la observase con unos prismáticos constituía un blanco sobre el que valía la pena hacer puntería. Y se trataba del joven emperador. A Trotta el corazón le dio un vuelco. Su cuerpo se estremeció, agitado por un escalofrío, ante el temor de que se produjera aquella catástrofe impensable, tremenda, que le aniquilaría, y también al regimiento, al ejército, al Estado, al

sobre el teniente, que yacía desvanecido en tierra, y le preguntó cómo se llamaba. Llegaron corriendo un médico del regimiento, un suboficial de sanidad y dos soldados con una camilla; avanzaban inclinados, escondiendo la cabeza. Los oficiales del estado mayor ordenaron el cuerpo a tierra al emperador y se tendieron ellos después. «¡Aquí está el teniente!», gritó el emperador al médico del regimiento que llegaba jadeando. El fuego cedía ya. Y mientras el alférez se ponía al frente de la sección y con voz clara anunciaba «¡Ahora tomo yo el mando!», se levantaron el emperador Francisco José y sus acompañantes, el personal de sanidad colocó con cuidado al teniente sobre la camilla, y todos se retiraron en dirección al puesto de mando del regimiento; allí, en una tienda blanca como la nieve, estaba el puesto de socorro más próximo. La clavícula izquierda de Trotta estaba destrozada. El proyectil, que había quedado

clavado por debajo de la paletilla izquierda, fue extraído en presencia del jefe supremo de los ejércitos, produciendo rugidos salvajes en el herido, que ya había vuelto en sí, a causa del dolor. A las cuatro semanas, Trotta estaba curado. Al regresar a su guarnición en el sur de Hungría tenía el grado de capitán, la más alta condecoración, la orden de María Teresa, y el título de nobleza. De ahora en adelante iba a llamarse Joseph Trotta von Sipolje. Trotta tenía la sensación de que había cambiado su propia vida por otra nueva, extraña, como recién fabricada. Cada noche después de acostarse y cada mañana al levantarse se repetía a sí mismo sus nuevos rango y dignidad; se miraba al espejo para convencerse de que su rostro seguía siendo el mismo de antes. Diríase que el capitán Trotta, ahora ennoblecido, no conseguía situarse entre las confianzas no siempre oportunas que se tomaban sus compañeros, para intentar superar la

natural y adecuado para el hilo de un suboficial. Pero el capitán, ennoblecido y condecorado, que se movía en la aureola extraña y casi misteriosa de la gracia imperial como en una nube dorada, se sentía ahora separado repentinamente de su propio padre, y el debido respeto y la estimación del joven hacia su progenitor parecían exigir una actitud distinta y una nueva forma en las relaciones entre padre e hijo. Hacía cinco años que el capitán no veía a su padre. Ahora bien, cada dos semanas, cuando el capitán entraba de guardia por el riguroso e inalterable turno, escribía una carta a su padre, sentado en el cuerpo de guardia, a la luz escasa y vacilante de la vela de servicio, después de visitar los puestos, comprobar los relevos e inscribir en la columna de observaciones un enérgico y escueto «Sin novedad», que de entrada ya negaba incluso la mínima posibilidad de que pudieran producirse tales «novedades». Las cartas resultaban tan parecidas entre sí como los pases y

los partes de oficio, escritas en papel con fibra de madera, en octavo, con el encabezamiento «Querido padre:» a la izquierda, a cuatro centímetros de distancia del margen superior y a dos del lateral. Empezaban con una breve nota acerca del buen estado de salud del remitente, continuaban expresando el deseo de que no fuera distinto el estado de salud del destinatario y terminaba, después de punto y aparte, en el extremo inferior derecho y en directa oposición con el encabezamiento, con aquella frase caligrafiada de: «Con el debido respeto, fidelidad y agradecimiento, vuestro hijo Joseph Trotta, teniente». Pero ¿qué iba a suceder ahora?, especialmente dado que, a causa del ascenso, ya no estaba incluido en el turno inalterable de las guardias; ¿cómo iba a poder alterar las normas de las cartas, normas válidas para toda una vida de soldado?, ¿cómo iba a intercalar entre las frases, dictadas por las normas tradicionales,

caía fuera y su tamborileo sobre el alféizar de la ventana recubierto de hojalata. Finalmente se puso en pie decidido a visitar a su padre a la semana siguiente, después de la audiencia de gracias con el emperador, ya concedida, a la que debería ir a los pocos días. La audiencia con el emperador se celebró una semana después. Duró apenas diez minutos; diez minutos bajo la benevolencia imperial y en el curso de los cuales había que responder, en posición de firmes, a unas diez o doce preguntas, leídas de las actas, con un «¡Sí, majestad!» suave y decidido como una descarga de mosquetón. Inmediatamente después de la audiencia, Trotta fue en un coche de punto a visitar a su padre en Laxenburg. Encontró al viejo en la cocina de su alojamiento de servicio, en mangas de camisa, sentado a la mesa de madera desbastada, sin manteles, cubierta únicamente con un pañuelo azul marino con doblete rojo, frente a una gran taza de

café humeante y aromático. El nudoso bastón de madera de guindo, colgado del borde de la mesa, oscilaba lentamente. Una bolsa arrugada de cuero, repleta de tabaco, se abría junto a la larga pipa de barro blanco, tostado, amarillento. Su color hacía juego con el enorme mostacho blanco del padre. El capitán Joseph Trotta von Sipolje surgía en la intimidad de esta casa, marcada por la estrechez y la sobriedad propias de un funcionario, como un dios militar: el barboquejo reluciente, charolado el casco brillante como un sol negro, botas de un lustre flamígero como un espejo, resplandecientes las espuelas, con dos tiras de botones dorados, que casi despedían chispas, en el uniforme, bendecido por el poder sobrenatural de la Orden de María Teresa. Así se hallaba el hijo ante el padre, el cual se irguió lentamente, como si quisiera compensar el resplandor del joven con la lentitud del saludo. El capitán Trotta besó la mano de su padre, y éste le estampó un beso en la frente y otro en la mejilla.

iban así. En mi tiempo las pasábamos canutas con Radetzky. «No hay nada que hacer, esto se acabó», pensó el capitán Trotta. Su padre estaba separado de él por dan pesado monte de grados militares. —¿Queda todavía rakiya, padre? —preguntó para convencerse a sí mismo de que todavía quedaba algo común entre los dos. Bebieron, brindaron, volvieron a beber, después de cada trago gemía el padre, se perdía en una tos inacabable, se ponía azulado, escupía, lentamente se sosegaba y empezaba a contar historias triviales de su época de soldado con el decidido propósito de restar importancia a los méritos y éxitos de su propio hijo. Finalmente, el capitán se levantó, besó la mano paterna, recibió los besos paternos en la frente y en la mejilla, se abrochó el sable, se puso el chacó y se fue, convencido de que era la última vez que veía a su padre en este mundo.

Y fue la última vez. El hijo escribió al padre las cartas de costumbre, sin que hubiera otra manifestación de las relaciones entre ambos. El capitán Trotta había cortado el largo lazo de unión con sus antepasados eslavos campesinos. Con él se iniciaba un nuevo linaje. Pasaron los años, unos tras otros, como simétricas ruedas de paz. Trotta se casó, en consonancia con su rango, con la sobrina de su coronel, mujer que ya no se hallaba en la flor de la edad, rica en bienes, hija de un jefe de distrito en el oeste de Bohemia, que engendró un varón; Trotta gozó de la justa armonía que le proporcionaba su sana existencia militar en la pequeña guarnición donde servía; cada mañana iba a caballo al campo de instrucción, por la tarde jugaba al ajedrez con el notario en el café. Se fue acostumbrando a su cargo, a su situación, a su dignidad y a su fama. Poseía unas dotes militares de tipo medio, de las que daba pruebas medianas en las maniobras anuales, era un buen esposo,