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El proyecto filosófico cartesiano incluye también una filosofía práctica, una ética para reflexionar sobre libertad y acción humana, y sobre las llamadas pasiones humanas. Y sobre la felicidad. La filosofía o racionalidad teórica, sabemos, aspira a la verdad, al conocimiento, mientras que la filosofía o racionalidad práctica reflexiona sobre nuestra libertad encaminada a dirigir la acción. L a duda metódica no afecta al ámbito de la racionalidad práctica porque en ella no puedo hacer una “abstención del juicio” que sí es posible en los conocimientos teóricos, pues la acción y la toma de decisiones no admite dilaciones; no podemos permanecer irresolutos en la vida. Descartes distingue claramente entre razón teórica y razón práctica, y les otorga distintos niveles de exigencia; los conocimientos teóricos los somete a la duda metódica, al criterio de la evidencia. Pero necesitaremos una ética porque es inevitable tomar decisiones en nuestro día a día. Por tanto, mientras procede a la suspensión del juicio de todos los juicios teóricos -escepticismo metódico-, se propone, en cambio, establecer un conjunto de máximas, normas o preceptos morales para desenvolverse en la vida social y orientar de manera adecuada la libertad. En este sentido, la siguiente redacción parte de la indagación que Descartes hace del concepto de la libertad y su relación con el tema de las pasiones. A continuación, se justifica la “provisionalidad” de su moral y aclara en qué consiste su ética: ¿cuáles son esas máximas que pueden ayudarnos en la vida, en la felicidad? ¿Por qué no podemos considerar su moral como estrictamente original? ¿En qué autores se basa Descartes para reflexionar sobre el ámbito de lo moral? ¿Qué relación existe entre la libertad, las pasiones y las reglas de su “moral provisional”? En definitiva, veremos qué debemos tener en cuenta a la hora de actuar y cómo deberíamos orientar la conducta en aras a elegir bien y obtener mayor probabilidad en el logro felicidad.
La moral cartesiana se deduce de su afirmación de libertad como verdad evidente, clara y distinta. Es, por ello, que es una idea innata. La libertad es la máxima perfección del hombre: “...que la principal perfección del hombre consiste en tener libre albedrío, y que es lo que le hace digno de alabanza o censura”. ( Principios de filosofía).
La libertad según Descartes no está determinado a nada ajeno que no sea su propia voluntad
Reivindica así la virtud de la prudencia, la “inteligencia dianoética” y la doctrina del “término medio” de Aristóteles. En este mismo precepto, Descartes nos invita a prestar atención más a lo que hacen las personas, a su conducta, que a lo que dicen, dado que no todos dicen lo que piensan. Y muchas actúan de manera distinta a lo que dicen y presumen ser. Por último, recomienda que en nuestra vida tomemos decisiones que no comprometan demasiado nuestra libertad, que no nos “aten” demasiado a factores externos a nosotros SEGUNDA MÁXIMA MORAL Nos recomienda que una vez que se ha aceptado una opinión, ser firme y resuelto en seguirla: ser constante en ella. Asimismo no demorar nuestras acciones más de lo debido ni permanecer irresolutos en la vida; es decir, frente a un problema o una dificultad, actuar. Para explicar esta moral, Descartes hace uso de la “analogía del hombre perdido en el bosque” ; con ella trata de reflejar la importancia de ser firmes en nuestras decisiones, constantes incluso con aquéllas que se han tomado y que pudieran resultar dudosas; al menos nos llevarán a algún sitio. Y tratarán de resolver el problema que debemos afrontar. Con esta máxima Descartes pretende que nos libremos de los arrepentimientos, remordimientos, la volubilidad - la inconstancia - y la inacción – la pasividad - en la vida. TERCERA MÁXIMA MORAL Estas ideas están recogidas sobre todo en el estoicismo del filósofo romano Séneca. Comienza diciendo lo siguiente: “... procurar siempre vencerme a mí mismo antes que a la fortuna, y modificar mis deseos antes que el orden del mundo” : n ada está en nuestro poder sino nuestros propios pensamientos y las acciones que se derivan de ellos. “Vencerse a sí mismo antes que a la fortuna” , es decir, estar más dispuesto a controlar las propias inclinaciones, deseos, apetencias que aquello que no está en nuestra mano ni a nuestro alcance. En efecto, la “fortuna”, esto es, las adversidades de la vida no podemos cambiarlas, pero sí adecuar mis pensamientos y actos a las circunstancias que no nos son propicias: es importante saber adaptarse a las dificultades de la vida y estar por encima de los infortunios, elementos clave en nuestro equilibrio y felicidad. Además, en esta máxima Descartes nos recomienda en tanto que podamos adecuar nuestros deseos, metas y objetivos de la vida a nuestras posibilidades, a nuestra naturaleza. El entendimiento debe proponer a la voluntad desear cosas que no sea imposibles ni que estén fuera de nuestro alcance porque, en caso contrario, cosecharemos dolor, frustración y desdicha. En este entendimiento, la virtud del “autoconocimiento”, la máxima socrática del “conócete a ti mismo” es importante para seguir este principio moral. En esta misma máxima nos dice Descartes: “hacer de la necesidad virtud” , esto es, aceptar el orden o la realidad de las cosas que no se pueden modificar, pero aprender a sacarle el máximo provecho; tratar de obtener algo positivo de lo negativo, algún beneficio de la desgracia o de nuestras limitaciones.
Esta máxima tiene una clara influencia estoica; la virtud fundamental del estoicismo es la llamada ataraxia: la imperturbabilidad del ánimo, de nuestro carácter, el autodominio, estado que se alcanza cuando se aprende a controlar las pasiones y los deseos, a someterlos al entendimiento. Asimismo, cuando asumimos ciertas limitaciones y afrontamos con fortaleza las desgracias y los sufrimientos del destino. Todo esta filosofía, inspirada en los estoicos Séneca y Marco Aurelio, opina Descartes, tiene mucha más importancia que el que nos haya favorecido la naturaleza y las riquezas en la vida. CUARTA MÁXIMA MORAL En esta máxima, Descartes hace una revisión de todas las ocupaciones humanas posibles para elegir la mejor. Opina que la filosofía es la mejor de todas. Con esta idea, el autor francés no está diciendo a los alumnos que vayan a estudiar a la Facultad de Filosofía, ni que solo lean Filosofía, sino que dediquen tiempo en su vida a cultivar la razón, el pensamiento, atributo fundamental del ser humano. Por tanto, pone en “acto” o “materializar” la esencia del “cogito”. Ésta según él es la forma de vida más elevada y noble. Por ello afirma que, de entre todas las ocupaciones humanas, el saber y la cultura son una gran fuente de satisfacción y placer. Por ello, nos recomienda dedicar tiempo en nuestra vida a adquirir nuevos conocimientos, a reflexionar sobre las cosas que pasan en el mundo, a interrogarnos...: cultivar nuestra razón. En esta máxima hay una clara influencia de Aristóteles, quien vinculó un modelo de felicidad con el cultivo de la razón; recordemos que para el filósofo griego el cultivo de la inteligencia es fundamental para el perfeccionamiento y autorrealización humana. Pero necesitamos también cultivar nuestra razón para orientar bien nuestra voluntad que a través de la cualidad de la libertad debe en todo momento estar subordinada o determinada por el entendimiento: “ Basta con juzgar correctamente para obrar bien”. En estas líneas vemos la impronta del intelectualismo moral (Sócrates y Platón), en la medida en que Descartes también consideró que la inteligencia, la reflexión y la educación nos ayuda a elegir mejor en la vida. Y, en cualquier caso, a ser más libres, a vivir de manera más libre.
Para concluir, recordemos que en los saberes teóricos se rechazaba como falso aquello que pudiera suscitar la más mínima posibilidad de duda, lo “verosímil”; sólo aceptamos lo evidente (claro y distinto). Sin embargo, Descartes habrá de conformarse con la probabilidad en lugar de con la evidencia en el terreno de la moral, de la racionalidad práctica. Nada nos garantiza que mis decisiones y acciones tengan siempre el éxito que esperamos, algo que aparece reflejado en la tercera máxima. Ni siquiera en la política podemos aspirar a que las leyes sean perfectas, como ya nos advertía la “Analogía de los caminos de la montaña” al comienzo de la Parte II del D****. M. No obstante, Descartes defiende que un individuo que siga o tenga en cuenta las máximas descritas tendrá mayores garantías de ser feliz, de vivir con mayor equilibrio y armonía. Y con más libertad. Descartes dejó para el final de su sistema su filosofía moral. Nunca llegó a elaborar una ética