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La pasion intelectual, Apuntes de Literatura del Siglo XVIII

De Julian Marias sobre Juan goytisolo

Tipo: Apuntes

2018/2019

Subido el 18/12/2019

arciprestcabron
arciprestcabron 🇪🇸

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La pasión intelectual
Yo veo a Américo Castro como una hoguera que encontré ya ardiendo cuando
me asomé, hace cosa de treinta y cinco años, a la vida histórica española. Era
una llamarada que daba luz, calor, chisporroteos y de vez en cuando una
humareda de enojo. Era para muchos doctrina y orientación; para otros, un
estímulo; para algunos, un hogar; para cuantos andaban cerca de él, esa
inquietante, fascinadora realidad que es un maestro incómodo. Después, hace
ya casi tres decenios, se alejó de nuestras tierras, más inhóspitas que de
costumbre. Pareció que había cambiado, que había abandonado sus viejos
temas y se había vuelto a otros. Creo que no es así: es que el fuego que
primero ardía en la provincia filológica se fue extendiendo, de mata en mata,
hacia la totalidad de la vida histórica; las llamas fueron cada vez más altas; los
chisporroteos de antaño se iban convirtiendo en crujidos, en fuertes chasquidos
de ramas secas y troncos inflamados.
Me conmueve verlo, a los ochenta años, enhiesto, enriquecido de su edad pero
no vencido de ella, siempre ardiendo. Américo Castro es apasionado y
extremoso; se puede discutir con él interminablemente, sin más mesura que la
que ponen el cariño y la admiración. La hoguera crepita más y más es la
manera que de alegrarse tienen las hogueras. La pasión no es rara entre
españoles. Américo Castro, más español cada día que pasa, más en California,
en Princeton o en Texas que en Madrid, tiene una forma de pasión que pocas
veces florece entre nosotros: la pasión intelectual. No le interesa otra cosa; no
se irrita, ni se acongoja, ni se entusiasma más que cuando están en juego las
ideas, por las cuales apuesta, iluminado, con un definitivo gesto: «¡Va todo!».
Cuando se hagan las largas cuentas de Américo Castro, surgirán dócilmente
sus méritos: su enorme saber, su erudición dramática y no inerte, su capacidad
de renovarse y renacer, su curiosidad insaciable y nunca vana. Para mí, sin
embargo, en esta hora en que los intelectuales suelen echar a correr cuando
ven un problema, lo que más admiro y quiero de Américo Castro es su
impavidez, su alegría al avanzar recto hacia ellos, dispuesto a empuñarlos por
ambos cuernos, aunque lo cojan quizá con un secreto deseo de que lo cojan,
para gozar de toda la realidad de un problema.
Julián Marías, Papeles de Son Armadans, nº CX, mayo de 1965. P. 137

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La pasión intelectual

Yo veo a Américo Castro como una hoguera que encontré ya ardiendo cuando me asomé, hace cosa de treinta y cinco años, a la vida histórica española. Era una llamarada que daba luz, calor, chisporroteos y de vez en cuando una humareda de enojo. Era para muchos doctrina y orientación; para otros, un estímulo; para algunos, un hogar; para cuantos andaban cerca de él, esa inquietante, fascinadora realidad que es un maestro incómodo. Después, hace ya casi tres decenios, se alejó de nuestras tierras, más inhóspitas que de costumbre. Pareció que había cambiado, que había abandonado sus viejos temas y se había vuelto a otros. Creo que no es así: es que el fuego que primero ardía en la provincia filológica se fue extendiendo, de mata en mata, hacia la totalidad de la vida histórica; las llamas fueron cada vez más altas; los chisporroteos de antaño se iban convirtiendo en crujidos, en fuertes chasquidos de ramas secas y troncos inflamados.

Me conmueve verlo, a los ochenta años, enhiesto, enriquecido de su edad pero no vencido de ella, siempre ardiendo. Américo Castro es apasionado y extremoso; se puede discutir con él interminablemente, sin más mesura que la que ponen el cariño y la admiración. La hoguera crepita más y más —es la manera que de alegrarse tienen las hogueras—. La pasión no es rara entre españoles. Américo Castro, más español cada día que pasa, más en California, en Princeton o en Texas que en Madrid, tiene una forma de pasión que pocas veces florece entre nosotros: la pasión intelectual. No le interesa otra cosa; no se irrita, ni se acongoja, ni se entusiasma más que cuando están en juego las ideas, por las cuales apuesta, iluminado, con un definitivo gesto: «¡Va todo!».

Cuando se hagan las largas cuentas de Américo Castro, surgirán dócilmente sus méritos: su enorme saber, su erudición dramática y no inerte, su capacidad de renovarse y renacer, su curiosidad insaciable y nunca vana. Para mí, sin embargo, en esta hora en que los intelectuales suelen echar a correr cuando ven un problema, lo que más admiro y quiero de Américo Castro es su impavidez, su alegría al avanzar recto hacia ellos, dispuesto a empuñarlos por ambos cuernos, aunque lo cojan —quizá con un secreto deseo de que lo cojan, para gozar de toda la realidad de un problema.

Julián Marías, Papeles de Son Armadans, nº CX, mayo de 1965. P. 137