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CaPfTuLO VI LA PRENSA Nacimiento y Horecimiento de un género Introducción La aparición de los periódicos en Europa a comienzos del siglo xvu marca una fecha en la historia de la civilización occidental. Hay que exa- minar, pues, cuando se quiere comprender la historia de la prensa en un país, el año de su aparición; su relación con los poderes públicos; su ma- yor o menor centralización, que depende de la relación política y econó- mica entre la capital y las provincias; la habilidad de los publicistas y las capacidades técnicas de los impresores; y finalmente el interés que suscita, el crédito del que goza en las diferentes capas del público, y que incitará o no a los lectores potenciales a comprarla. Estos temas definen las perspectivas que se tendrán constantemente en la mente en la presente síntesis de la historia de la prensa española en el si- glo xvi, Es decir, la historia de los comienzos de la prensa española que, con relación a la prensa inglesa, francesa o italiana, tiene más de medio si- glo de retraso, que se tratará de explicar, Es el momento de señalar, antes de entrar en el meollo del tema, que la historia de los primeros periódicos españoles implica muchas incertidum- bres, porque la prensa es un material evanescente, y porque el estudio me- tódico de la prensa española eri general es de origen reciente, posterior a la segunda guerra mundial, Los trabajos anteriores, aunque comprendan mo- nografías todavía útiles, 1 menudo están martados por cierto tono de afi- cionados, que contrasta don la seriedad yla rica información de estudios re- 120 SIGLO XVI cientes. Este cambio está ligado a la evolución de los métodos históricos, al reconocimiento por los historiadores de la riqueza de la prensa como fuente documental, de su significación como hecho de civilización. En lo que concierne al siglo Xvin, este cambio se debe también al nuevo interés otorgado por los españoles, a partir de 1950 aproximadamente, a ese pe- ríodo. Las páginas que se van a leer han nacido de las investigaciones con. temporáneas. Sin embargo, nuestro Campo será un poca más restringido que el de nuestros predecesores: sólo nos ocuparemos de publicaciones im- presas («prensa»), que aparecen cotidianamente o con intervalos más Jar- 805, y que constituyen siempre una continuidad por la naturaleza de su con- tenido, la regularidad de los epígrafes, y sobre todo porque presentan un carácter abierto, es decir vinculado a una actualidad en continua renova- ción; las distinguimos, en consecuencia, de la simple publicación por en- tregas, que termina cuando la materia que constituye su objeto está ago- tada; debe introducirse una larga distinción en el espíritu de los publicistas españoles, muy a menudo llevados a bautizar como óbra periódica a obras Por entregas, cerradas. Excluimos los «diarios» manuscritos, las cartas de información destinadas a un particular, las relaciones o gacetas consagra- das a un acontecimiento, a un personaje aislados, y hasta los almanaques; los famosos pronósticos de Torres Villarroel cambian de título cada año. Ya hemos visto que su continuidad reside menos en el contenido que en las in- tenciones y el estilo de su autor. Dicho esto, intentaremos una periodización, necesariamente incierta, según los tipos de publicaciones. La prensa de información política Los periódicos de información política hicieron su aparición en España antes del período que vamos a describir. Limitémonos, pues, a señalar su punto de partida, En Barcelona, el 28 de mayo de 1641, aparece una efí- mera Gazeta en catalán, traducida de la Gazette de París. Luego, desde 1661 a fines del siglo, aparecerán diferentes gacetas en castellano, esporá- dicamente, en Madrid, En el siglo xvi, con los Borbones, la Gazeta, luego La Gaceta de Madrid, semanal, estrechamente controlada por la secretaría de Estado, se convierte en propiedad de la Corona. Ésta, como sus réplicas provincianas, igualmente estatizadas, exclusivamente consagrada a las «materias de Estado» (novedades políticas, militares y administrativas) de las que tiene el monopolio, desde 1738 se duplica con el Mercurio histó- LA PRENSA 121 rico y político, mensual, en principio traducido de un periódico de La Haya, . y que también está en manos del gobierno. La Gaceta y el Mercurio, pre- iosos instrumentos de información para el Estado (y también de «desin- formación». sobre todo durante la Revolución francesa), durarán psa pien entrado el siglo xix (hasta 1806 el Mercurio, hasta 1833 la Gaceta), Ñ po- riódico oficial perdió su monopolio durante la guerra de Independencia, ya que la libertad de prensa será instituida por las Cortes de Cádiz, ñ Si, a lo largo del siglo, las publicaciones del Estado progresan regu an mente en difusión y en calidad técnica, los otros géneros periódicos a a- rán en tomar impulso, y la historia de la prensa española no política DEA glo de las Luces se divide en dos períodos de una actividad y fecundida: bien diferentes. Otros periódicos Los reinados de Felipe V y de Fernando VI — ¡más de la mitad del si- glo!— produjeron muy pocos periódicos. Una primera tentativa de prensa literaria tuvo Ingar con la fundación del Diario de los literatos de España (1737-1742), 1 de inmediato seguido de las Ephemérides barométrico-mé- dicas matritenses (1734-1747), de carácier científico.2 Después de esos primeros intentos, la prensa no oficial desapareció durante. unos quince añios, ¿Por qué exactamente? ¿Público demasiado restringido, poo abierto y con poco dinero? ¿Desconfianza creciente de las autoridades (véase, más adelante, «La censura»)? Sin duda todo a la vez, Pero co- mienza a renacer en 1732 con los Discursos mercuriales (1752 y 1756) de De Graef, preludio a una verdadera edad de oro del periodismo a fol, contemporáneo de los. reinados de Carlos TIE y Carlos IV da YN 1808). Este período de unos quince años verá h aparición, entre mi s de 40 publicaciones, una decena de ellas en provincias, de algunos pe dicos que harán época: en principio el Diario noticioso (Madrid, 175 e 1781 y 1786-1918), fundado por Nipho; primer diario español, que sub- sistirá con nombres diferentes hasta el siglo XX, es uno de los más antiguos de Europa (después del Daily Courant, Londres, 1702), anterior 1. Enel siglo xvu, diario no designa necesariamente a un diario; lo mismo sucede, como ya se a il ver, COn gaceta. a ) da . ma O consists periódico el Diario histórico, político, canónico y moral del pate Añez de la Fuente (1732-1734), genernimente añadido por los historiadores dela prensa Pei La, aunque vna publicación «cerrada», consituida por efemérides religiosas paca los 365 días del año, 3, Damos ei título definitivo del periódico, después de las vacilaciones iniciales, 2 124 SIGLO XVI Puede verse cómo esta censura de especialistas coacciona y es nefasta, ya que se ejerce con rigor en función de tales ideologías o teorías científicas En verdad, a veces hay mucha distancia entre la regla y la práctica, sobre todo cuando la ayuda mutua y la amistad entran en juego, La prensa ro- vincial se beneficia de un poco más de libertad, cuando la censura de las publicaciones de pocas páginas se confía a las autoridades locales. compe- tentes o no, y éstas no creen necesario remitirlas a Madrid. En la cópital. Ja costumbre establece, para acelerar el procedimiento, atribuir a cada perión dico un censor titular. Esta preocupación por tener en cuenta las exigencias específicas de la prensa y atenuar las lentitudes burocráticas (¡El Censor es- perá dos años la licencia!) se manifiesta en las disposiciones de 1785. Pero Una vez más, en ningún momento se entrevé una tendencia a dar un poco de libertad a la prensa. Por otra parte, las autoridades siempre fueron más tolerantes con las publicaciones «tiles», y aun utilitarias, que con las pu- blicaciones literarias o «filosóficas», en las que era más fácil deslizar ideas (DOE DrOSaS». Esta disparidad fue particularmente sensible entre 1792 y 2. TírULOS Y ÁMBITOS La información política; la prensa de la Corona Volvamos en primer lugar a los periódicos de información más difundi- dos, los que redactan las autoridades. Hay que precisar la historia de la Ga. ceta de Madrid en el siglo xvin. Felipe Y confirmó en principio (1701) en la posesión del privilegio a un particular que tuvo el monopolio absoluto de la publicación de las noticias «generales y políticas», por supuesto con la vigilancia de la administración. En 1762 Carlos HH recuperó el privilegio y la Gaceta se convirtió en propiedad de la Corona. En su nuevo estatuto, el periódico, semanal, juego bisemanal (1778), tuvo un éxito indiscutible ! a que algunos años alcanzó una tirada de aproximadamente 10.000 ejempla. Tes por número y dejó al Estado un beneficio de más de 200.000 reales por año. Se difundía en toda España, pero también en América, adonde iba, en 1781, el 6 por ciento de la tirada. Algunos ejemplares se entregaban gra tuitamente a las administraciones. Subrayemos, sin embargo, que su venta Por número superaba considerablemente la venta por suscripciones que en 1780 sólo concernía a una quinta parte de la tirada. La Gaceta era pues, antes que nada, el periódico de la capital, y los lectores de las provincias, LA PRENSA 125 que sólo tuvieron gacetas locales, también ellas oficiales, intermitente- ménte, sufrían una gran escasez de novedades.5 ¿Quién leía la Gacera? Las listas de sus suscriptores se conservan a partir de 1762, Desgraciadamente el análisis de esas listas es muy aleato- río potque, por cada suscriptor, dan unas veces un «estado» (título nobi- liario) otras una función (eclesiástica, judicial a militar), mientras que las dos clasificaciones se interfieren, ya que un canónigo o un juez podían ser nobles, y un marqués podía tener una función civil o militar. Por lo que se puede juzgar, un tercio de los suscriptores estaba compuesto de eclesiásticos (nobles o plebeyos), una décima parte de nobles (de los que ignoramos si tenían funciones oficiales) y casi dos tercios de indetermi- nados, o de personas designadas solamente por una función civil o un grado militar. Todos esos lectores tenían un punto en común: tenían bue- nos ingresos, porque las suscripciones eran caras. En cuanto a los que compraban por número, puede pensarse que era gente más modesta, arte- sanos, comerciantes, empleados, nobles y clérigos sin pecunio. Estos de- talles nos parecen significativos de la difusión de la prensa oficial, mucho mayor, ya lo veremos, que la de la prensa privada en la época de la Ilus- tración. ¿De dónde provenía el entusiasmo del público por la Gaceta que, por cierto, tenía más de un lector por ejemplar vendido? ¿En qué consistía el atractivo de ese periódico redactada por las autoridades (en consecuencia sospechoso para un lector moderno), y muy austero? En sus 8 o 16 peque- ñas páginas (14 x 21 em) sólo se encuentran noticias relativas a la vida po- fítica de las capitales, a las operaciones militares en curso aquí o allá, a la salud de los miembros de la familia real española, a las ceremonias de la corte, a la vida administrativa (decretos, nombramientos). Á numerosos lec. tores debían de concernirles estas últimas informaciones, que la Gaceta era la única, con el Mercurio, en publicar. Pero también recordaremos que ya en el siglo Xiv, el gran público español, incluso el modesto, sentía avidez por las noticias relativas a los grandes de este mundo y a los acontecimientos en los que estaban mezclados. El desarrollo de la imprenta hizo nacer nubes de «relaciones» o «gacetas» (no periódicas), anónimas, fantasiosas —¡y bara- tas! —, que narraban batallas y fiestas principescas; de ahí la mala reputa- 5. F Aguilar Piñal, en La prensa española en el siglo xv. Diarios, revistas y pronósticos, Ma drid, 1978, no 29 (se trata de un inventario de publicaciones), sólo menciona una docena: de gaectas provinciales; a veces se trataba de copias de la de Madrid, La ciudad más favorecida parece haber sida Zaragoza. Esas gacetas provinciales ¿aparecían bajo la responsabilidad de las antoridades locales? No podríamos decir cómo se respetaba el monopolio del rey en mteria de información. 126 SIGLO XVI ción, a comienzos del siglo xviu, de las gacetas, Pero la de Madrid tenía el aval del rey, y un monopolio que conservó hasta las Cortes de Cádiz; salida de la Imprenta real se la consideraba digna de fe, y su carácter oficial aún no la hacía sospechosa, al menos hasta la Revolución Francesa. Además tc- nía un interés particular para los lectores instruidos. Si bien no se encuen- tran en ella crónicas [iterarias o teatrales, se pueden consultar, al final de cada número, listas de libros novedades, reediciones, libros de ocasión— Propuestos por los libreros, Todos los ámbitos están ampliamente represen- lados. Esas listas, reflejo impresionante de la historia cultural de Madrid, Cuando no de toda España, durante el siglo, mina inapreciable para el histo- riador, no tenía menos valor para el público letrado, No se puede abandonar la Gaceta sin detenerse én el Mercurio histó- rico y político, mensual, ya citado. Redactado por funcionarios (porque había sido recuperado por la Corona como la Gaceta), su contenido es de la misma naturaleza que el del semanario, pero implica el retroceso y el desarrollo que iraponen las apariciones más espaciadas. A comienzos de cada año figura un largo artículo, muy bien compuesto (y evidente- mente «inspirada») sobre el año transcurrido, en España y en el extran- jero. Por otra parte, la actualidad cultural Ocupa un lugar creciente en sus páginas. Se tiraban aproximadamente 5.000 ejemplares; pero declinó a partir de 1785, ya que su público se vio solicitado a la vez por la Gaceta y por el excelente Memorial literario que ofrecía, como ya Veremos, una información científica y literaria más rica. Fue suprimido, por decreto, en 1806, La información urbana Pero hay informaciones que no ponen en peligro el prestigio o el poder de los reyes, Éstos, pues, tolerarán mejor los periódicos que las difunden, sobre todo si son «útiles». A esa benevolencia, que no excluía una vigilan- cia meticulosa sobre la composición y el contenido del periódico, debe Es- paña haber tenido uno de los primeros diarios de Europa, el Diario noti. cioso, Su fundador, Nipho, un polígrafo hispano-napolitano, fue el primer periodista profesional de España. Despreciado y ridiculizado por la gente de letras, sin embargo, lo teencontraremos más de una vez. Espíritu inven- tivo, pero escritor sin valor, sus empresas, aunque ingeniosas, fracasarán a menudo, Salvo, precisamente, este Diario noticioso, que viviría hasta 191 8. Pu- blicado en cuatro modestas Páginas en 4.9, vendido durante largo tiempo al La PRENSA 127 precio igualmente modesto de dos cuartos,$ tuva, desde su fundación en la gl guerra de Independencia, dos períodos. Cedido por Nipho a un socio, llegó hasta 1781. Luego, recuperado por el francés Thévin, retomó su larga ca- rrera en 1786. El Diario, explícitamente destinado 4 un público poo ins fruido, tenía en principio dos secciones: dos páginas de divulgaci n y «anécdotas», entre las que se tiene la sorpresa de encontrar una traducción in extenso de Zadig, sin nombre de autor, por supuesto, ya que las obras de Voltaire estaban prohibidas ln totum por la Inquisición. o el censor —un académico— no conocía los cuentos de Voltaire o al considerar a ento inofensivo, divertido e instructivo, a sabiendas lo dejó pasar. El juez le ts imprentas, desconfiado, controla, sin embargo, de cerca esta primera pa e impone al redactor la inclusión de la vida del santo del día. a as dos páginas, imitadas de Perites Afiches de París, dan informaciones e Ñ nómicas, ofertas y demandas de empleos, anuncios diversos. Esta segunda parte fue, sin duda, la que constituyó el éxito del periódico. En su sen a época, publicado con el título más funcional de Diario de badrid, tenía los epígrafes autorizados por el Consejo: de Castilla («curiosidades», ser ción», «comercio», «economía», «novedades locales»). La diferencia con el Diario primitivo reside en la calidad de la parte «educativa», compuesta ahora de artículos breves y muy variados, de fragmentos literarios a me- nudo tomados de escritores extranjeros y cartas de los lectores sobre temas análogos, gracias a las cuales se desarrollan a veces entre los lectores ie logos o controversias del mayor interés; estas cartas no tienen nada en e mún con las cartas fabricadas que encontraremos en los «espectadores»; a menudo están firmadas por nombres conocidos. La parte «informativa» se moderniza. Desde los anuncios de nacimientos y muertes hasta las provi- siones meteorológicas, se encuentran allí las mismas informaciones que en las páginas locales de nuestros diarios. Esta segunda sección es muy va liosa para el historiador de las costumbres. Lá fórmula semieducativa, semipublicitaria y ailicaria. del Diario de Madrid suscila en las provincias, sobre todo en Cádiz, Sevilla, Cartagena, Granada, Zaragoza y Valencia, algunos Diarios, Correos y Mensajeros, imitaciones semanales mediocres y efímeras. Esto no se aplica, sin em- bargo, al Diario pinciano? ni al Diario de Barcelona. El primero, un sema- 6. El cuarto valá cuatro maravedics, os decir, aproximadamente musve veces menos dre el rl unidad monetada usual, El salario mínimo de un artesano a mediados de siglo cra de uno: or día. y o P 7. «Pincio» era el nombre legendario de Valladolid. 130 SIGLO XVII Diario estuvo lejos de desarrollarse en la serenidad; pero esas tempestades ho dañaron su recuerdo, ya que entre los literatos fue, hasta los últimos lus- tros del siglo, objeto de uma admiración sin reserva, aunque no sín matices, Este sentimiento favoreció algunas tentativas de imitaciones, La más lo- grada fue la Aduana crítica (1763-1765, 26 números) del magistrado y aca- démico Flores, espíritu muy libre, dotado de un sentido crítico agudo y de una pluma elegante, muy cultivado, Sostenedor, también él, de las ideas de Feijoo y de Luzán, lomá, sin embargo, respecto de la literatura del Siglo de Oro, una posición tan matizada como el Diario. Así defendió con vigor con- Ira Clavijo y Fajardo, el autor de Ej pensador, los autos sacramentales que éste quería ver prohibir. Después de haber recordado la Aduana crítica, prematuramente desapa- recida, sin duda por las mismas razones que el Diario, debemos comprobar que, a pesar de la admiración Tetrospectiva expresada por muchos publicis. tas hacia él, persiste una reserva en los hombres de letras españoles sobre esc género indispensable en la «república de las lerras» que son las revistas bibliográficas, Solamente al final del reinado de Carlos NT adquirirán verda- deramente derecho de Ciudadanía en España. Sería injusto no mencionar aquí, a pesar de su inferioridad con relación a la Aduana crítica, el Diario estrangero (abril-agosto de 1763, semanab), de Nipho. Para informar al público sobre las obras aparecidas en el extranjero, coge información del Diario de los literatos, los Annales bypographiques y Otras publicaciones francesas; casi no participa en la recensión de libros que no ha visto, Pero introduce un epígrate en su periódico, titulado, no se en- tiende bien por qué, Noticias de moda, que es una crónica teatral de Madrid, incongruente en un periódico bibliográfico, pero vatiosa para nosotros, por- que da sobre la vida teatral en la capital mil indicaciones de vivo interés. Nipho hace un juicio moderado sobre las obras representadas, muy 2 me- nudo tradicionales (estamos en 1763, lejos aún del neoclasicismo teatral y de la relativa modernización del repertorio de la década de 1780); aun reco- nociendo los defectos estéticos y las insuficiencias éticas del teatro clásico, se niega a condenarlo inapelablemente; expresa su admiración por Calderón, y defiende los autos sacramentales, ya atacados. Pero pregona una reforma de los teatros y, para Apoyar su propósito, ofrece a sus lectores la traducción de fragmentos de La réformation du thédtre de Riccoboni. Como siempre, Nipho se muestra tan clari dente como inhábil. Cierra la serie de periódicos de información literaria y científica una publicación muy superior: Memorial literario. Sus fundadores son Tru- llench y Ezquerra, profesor en un gran colegio de vanguardia, sucesor de LA PRENSA 131 m colegio de jesuitas de Madrid, después de la expulsión de 1767; pá Ñ biciosos que los piblicistas anteriores, quieren informar al lector no sólo sobre las nuevos libros, sino sobre todos los aspectos de la mida a! y.artística de la capital. Además lo tienen al tanto de las nove: ads ent ficas y técnicas. Defensores de las ciencias, dan pa a te rismo muy típico de la época. Como apoyan las reformas . ar os e eN ticipan, sin caer en los excesos de un Former? en la defensa : op ma contra los extranjeros que la desprecian. Su crítica de las pa me M0 crónica teatral denotan una posición moderada, en la línea : le a MN respetuosa con el Siglo de Oro en lo que éste tiene de mor De ca lagar importante a la buena divulgación lo que pone en €: cemoria ns creto toque de enciclopedismo. En una palabra, una revista muy F época, dado que era abra de editores predentes, sometidos a una adminis- tración ortodoxa y timorata, y cuyos lectores, cultos por ceo. estan poco inclinados a las ideas avanzadas. La larga vida del Memoria poes a que sus fundadores habían acertado. Se ignora su tirada, debía de pen re sobre todo en Madrid, visto el pequeño número de suscriptores de las pri vincias (aproximadamente 500). Periódicos didácticos y enciclopedias La actualidad siempre está presente en las publicaciones que 5 acaban de tratar. Sin embargo, en la misma época aparecen también as nos ae no se apoyaban tanto en los acontecimientos de la vida de las le py de las ciencias. Muy dispares y desiguales, en su mayoría sólo po de simple mención, Pero algunas ofrecen gran interés. El Correo Ñ ' ar llamado también «de los ciegos» porque éstos aseguraban e ES ta, | Ss manal y luego semanal (1786-1791), se presenta Como rival le A tario de Madrid con el que hubiera tenido gran semejanza de haber e hi a parte informativa y utilitaria. En él la actualidad aparece casi so amente cn las cartas de los lectores. Publicado por un oscuro sacerdote, acogía e sa colurmas muchos escritos de colaboradores ocasionales; aos, ero asiduos, como el capitán Aguirre, amigo de Cadalso, que firmaba Jae tar ingenuo. Sus contribuciones consistían én cartas sobre los ps más variados, ensayos, articulos de divulgación; muchas veces Ap p ne mica en el periódico; y si bien no desdeñaba los lugares comunes de i de idades, una respuesta faribunda al fu- . cr publicó cn 1786, con la aprobación de las autoridades, una resp mos amoo de Masson de Morviler sobre España en la Encyclopédie méthodigue. 132 SIGLO XVAL tira a la «gente a la moda» como entonces se decía, el Correo abordaba a menudo temas más serios y espinosos: los bienes de manos muertas —ecle- siásticos o civiles—, la mendicidad, la vida monástica, la guerra. Todo esto, bastante libre, le valió algunas dificultades con la Inquisición. Por otra parte, publicó también inéditos literarios: apólogos, cuentos, Poemas, a ve- ces de autores conocidos, Meléndez Valdés por ejemplo; y en él se pudo leer la primera edición, póstuma, de las Cartas marruecas de Cadalso, una de las grandes obras del siglo xvm español. Esto señala la importancia de ese periódico informal, sin epígrafes, sin artículos de fondo, pero lugar de intercambio de ideas, que acogía la literatura moderna, inclinado hacia el progreso en todos los ámbitos. Todo esto con la aprobación de las autori- dades civiles; la misma que otorgan, como veremos, al Censor. Pero antes de dedicamos a los «espectadores», y más particularmente, al más notable de ellos, se recordarán Publicaciones animadas del mismo espl ritu que el Correo y, en primer lugar, el Espíritu de los mejores diarios que se publican en Europa, citado anteriormente, que publicó entre 1787 y 1791, 272 números, Su fundador, Cladera, también era eclesiástico, futuro afrance- sado, Inspirado tal vez en el Esprit des jouwrnaux de Lieja, ofrecía a los Jec- tores, en forma de extractos y resúmenes, la quintaesencia de la prensa de las naciones «ilustradas», Abordaba lemas muy variados mediante artículos to- ados de unas 80 publicaciones francesas (en su mayoría), inglesas e italia= nas, de indiscutible calidad. El Espíritu, como el Correo, fue una revista audaz que no temió someter a la censura (que los dejaba pasar, tal vez con Cortes) textos sobre los problemas de viva actualidad (al menos en España), £omo el pacifismo, la esclavitud, las relaciones del catolicismo con las otras religiones, con la filosofía, los abusos del clero, la conquista de América y sus efectos nefastos... En el plano literario, contribuyó a introducir el orien- talismo y el osianismo prerrománticos, Primer periódico español ilustrado, tuvo gran éxito, Sus 1.400 ejemplares estaban destinados, más de la mitad, a Suscriptores, proporción notable eu la España de la época, El Semanario erudito (1787-1791) de Valladares de Sotomayor, autor fecundo de obras teatrales Populares en su modernidad moderada, por así decirlo, entrega cada semana, y con éxito, textos del Siglo de Oro (de Que- vedo) o más recientes, (de Sarmiento, Isla, monseñor Macanaz, campeón del regatismo), olvidados u todavía inéditos. Así Valladares expresó, con ayuda de intérpretes inesperados, una ideología moderna e «ilustradas, El Diario de las Musas (1790-1791), publicado por el autor dramático Comella -—condenado por Leandro Moratín Y Sus admiradores, pero, como Valladares, apreciado por el gran público-— difiere det Correa porque es LA PRENSA 133 diario; el fatal decreto de 1791 lo detuvo en el número 86. Sin o, se situaba en un nivel discreto; publicó gran número de buenas poesias le e ¿ da a Si, E tros), ensayos satíricos, didácticos, ra dalso, Iglesias de la Casa, entre 0: . 4 AR joría de sus rivales, por el reformismo se les, marcados, como en la mayoría cv sn . (¡muy moderado!) y la ortodoxia de una religión depurada Se ea sn la apología sistemática de España, a me . embargo, por su galofobia, su apol t ; - troducida pa sus páginas, sin duda las más brillantes, por el temible pole- ista que fue Forner, A ml De La Espigadera (Madrid, 17 números entre el 30 de sopienbre de a . 1790 y el 24 de febrero de 1791), publicada por aos dades slo que Í i l tono de los periódi > «espigando» de lextos muy diversos, en el á tes, o distinguió por el ardor con el que reclamaba la reforma del teatro y + g iminació: i dar. la eliminación del repertorio popul . o El Gabinete de lectura española (cinco números entre 1287 y 788 y uno en 1793) se anunciaba como una recopilación de setos osos [ a ic: - i i . Deploramos que el editor, el académ: antiguos escritores españoles. r : demos Bor H i blicar más números de su revista. sárte, no haya podido o querido pul ] Ds de , i e 2: excepcionales: revelan, con introduce: ellos contienen, en efecto, textos excepci n introduc s pertinentes, versiones primitivas, desconocidas hasta enn, y paste e . ici dos novelas de Cervantes, Ri: ferentes de la edición de 1613, de 0 de . Cortadillo y El celoso extremeño? La revista participó, pues, ANP en el redescubrimiento de los tesoros del Siglo de Dro, tan caracterís fines del siglo XVI ¿Puede decirse que este género de publicaciones Heras no renació el la? Serf: sivo. Pero esos años, ndencia? Sería excesivo. entre 1792 y la guerra de Indepe: a , á año ya lo hemos visto, no muestran la efervescencia de la prensa de los EU 1781 a 1791. Si las provincias, desde este punto de vista, Da drid se ve cruelmente privado de ellas. Existen, sólo en el período e rado, diez títulos, a veces efímeros, que se añaden a la Saca el Mera rio, el Memorial literario y el Diario. Es asombroso a a Ta . Í ñi bo veinte rechazos de licencia curso de esos mismos años, hu d z ? Es j hacia el liberalismo, se iodi bernantes, lejos de progresar ' ecin en un ao i ñ articularmente vivas Tes- lega a itarismo y una desconfianza p: o de las publi, inio literario, más sospechosas que las licaciones con predominio literario, 3 as qu revistas dildo i i S daremos Minerva is i j és s. Entre las primeras, reco las revistas didácticas y técnicas. 5, recordare na (1805-1808), donde abundan los ensayos y las críticas literarias teatrales d i del canónigo sevillano al que perto- a rito llamado «Porras», del nombre del cil se 0cta Se enla stos textos en los 1.1 y 1 de las Novelas ejemplares citadas por Schevill y Bonilla. 136 SIGLO Xvin El «Duende especulativo» La primera imitación españ ] spañola es el Duende éspeculativo (Madrid , . ue, de junio a septiembre de 1761, publicó 17 números de 32 o Po ción flagrante aunque indirecta, porque el modelo confesado por el redac- ne o qeción holandesa (en francés) del periódico inglés Le Misan sic) de un tal Van Effen. Se ignora quié . Ñ . quién era Mercadal que se presentaba como «cajista» del periódi . se E periódico (pero ¿cómo hay que «cajista»? ¿Se trata del compositor de imprenta o del cajero?) menes El Duende siguió fielmente el modelo británico. Cartas de lectores, a y ces burlescas e indudablemente ficticias (¡sobre todo cuando se traducen del Misantrope o del Guardian!), evitan la monotonía. Las «discursos» del se He proponen Una pintura de la sociedad española media, en el tono de pi ies e que concede un lugar importante a la descripción sin énfasis de na dea ñ AN cs ss orante innovación en España, donde el areg- sl an ado del iglo de Oro no deja de tener una estilización re- menda. Los pasajes del Duende plagiados están bastante hábilmente hispa- z os (mientras que las traducciones francesas respetan el carácter na ¿e los pasinales) El campo de los temas que toca el Duende es y : ño aborda ni la filosofía, ni la religión ni la política, y apenas as peas. Aanque es verdad que la brevedad de su 7 ci no Ci po... Merca: al no era, por cierto, un buen escritor; no llegaba a ela del zapato a Clavijo, a quien se le debe el primer «espectador» esn pañol digno de ese nombre; o i Pi El ; al menos fue el precursor innegable de este úl- «El Pensador» El fundador de este semanario es Clavijo y Fajardo (1726-1806), nario de las Canarias, funcionario en la secretaría de Estado cuyo titular, 1 comienzo del reinado de Carlos TI, era el irlandés Wall (gran pla 'o de 1 ' ingleses 4 pesar de las circunstancias: España, aliada de Francia, E in tervenir sólo in extremis en la guerra de los Siete Años). a origi- El Pensador, lanzado en septi . der, a ptiembre de 1762, muy pronto famoso, pu= blicaría 36 números, aparecidos en 1762-1763 y luego en 1767. Su clips qu . o ¡impidieron las importantes protecciones de las que se henefició de ada, pudo deberse a algunas dificultades que Clavijo tuvo con la Inqui- La PRENSA 137 sición, y seguramente a su altercado con Beaumarchais, que le valió una sus- pensión de tres años.!* ¿Disponía de modelos ingleses? ¿Fue alentado y aun ayudado por Wal'?15 De cualquier manera, al igual que Mercadal, pudo (y esto sin llamar la atención) introducir en su periódico pasajes tomados de una traducción francesa del Spectator, Pero El Pensador, mucho más que el Duende, captó el espíritu del original inglés. Al igual que el Duende retoma la estructura y los géne- “* ros ingleses; como el Spectateur (y como más tarde El Censor), se pre- senta al lector con un «retrato del artista» lleno de humor. Matiza sus nú- meros con cartas hábilmente inventadas e introducidas, dando ingar a intercambios ingeniosos y divertidos con el «editor» o con otros lecto- res. Además, a la manera de La Bruyére (o de Zabaleta, pintor austero de las costumbres del siglo XVI), muestra retratos vivaces de personajes «a la moda»: petimetres, petimetras, gente de mundo en la iglesia, en el teatro, en el salón. Sobre todo, el contenido de sus «pensamientos» es mucho más rico que el de los números del Duende y denota a un fuerte defensor de la Hustra- ción: se trate de la nobleza, ociosa e inútil, de la religión, toda exterioridad, de los españoles, de su conservadurismo universitario, defiende, respec- to de los problemas nacionales, las mismas ideas que Cadalso, Jovellanos, Campomanes y otros ilustrados. Se muestra particularmente corabativo en su lucha por la renovación del teatro español. Muy crítico respecto a Lope, Tirso y Calderón, reclama un teatro verosímil, realista, didáctico, conforme a la doctrina de Luzán. Como ha indicado René Andioc en el capítulo an- terior, no teme atacar los autos sacramentales, género en que sobresalió Calderón y al que tan unido seguía el público popular, pero en el que El Pensador veía una profanación indecente y peligrosa para las almas sim- ples. Estos ataques, inspirados 0 espontáneos, precedieron en poco a la prohibición oficial de los autos (1765). Suscitaron réplicas furiosas en pan- fletos donde Clavijo es tratado de enemigo de España y de su teatro. Esas invectivas muestran el éxito de El Pensador, que tuyo además tres reedi- ciones furtivas en Barcelona. Al proponer reformas para una sociedad más 14. Esta dispirta tivo gran resónáncia én su época; fue llevada al teatro por Marsolliér de Vive- $ tilres y por Goethe, Después de este episodio tagicómico, Clavijo volvió a estar en gracia y permane- : ció al servicio del Estado hasta 1902, Dirigió el Mercurio histórico y político, y luego el Musco de his" toria natural de Madrid, sin duda en calidad de traductor de Button, 15. Según R. Twiss (Voyage en Espagne et au Portugal fait en 1772 el 1773. Berna, 1776, Sup- plément, Y, p. 39), se decía en Madrid que Wall hsbía colaborado en El Pensador. 138 SIGLO XVI Justa, más humana y más feliz desde este bajo mundo, al suscitar, por la: tanto, vivas controversias, tavo un Papel de primer plano en el debate so- bre España, al mismo tiempo que ofrecía una nueva representación de los hombres, de los nuevos modos de expresión que iban a fructíficar en el z siglo XIX. El Pensador no provocó sólo controversias. Modelo prometedor, fue A menudo imitado en los años que siguieron a su nacimiento. Las más dignas de esas imitaciones fueron con seguridad El escritor sín título (Madrid, 1763-1764, 1] números) y La Pensadora gaditana (Madrid, luego Cádiz, 1763-1764, $2 números). El primero, debido al sacerdote aragonés Romea y Tapia, se presentó como crítica de los periódicos y de sus títulos a menudo alambicados, Aunque se burla de los congéneres de El Pensador, adopta la forma y los procedimientos de éste, muchas de Cua yas ideas comparte, pero con el que está en desacuerdo sobre el teatro del Siglo de Oro. Consagra dos números a una sólida apología de los autos Sacramentales, Sus artículos satíricos son valiosos por una inspiración que nada tiene que envidiar a la de Clavijo y, señalémoslo, nada debe a fuen- tes extranjeras. Romea y Tapia dejó en su periódico algunas de las págiz nas mejor resueltas que se hayan escrito sobre la sociedad española de su época. Fue reeditado en 1790, La Pensadora gaditana fue publicada por una enigmática Beatriz Cienfuegos. La habían precedido «espectadoras» inglesa y francesa, pero Ro les debía nada, y tampoco a los primeros «espectadores». Dentro de los Mismas marcos que El Pensador abunda sobre temas análogos, pero olorga más lugar a la mujer y a la familia. Es un verdadero «correo del co. razón» el que se establece entre ella y las lectoras imaginarias, La Pensa. dora aborda también algunos puntos de la moral tradicional y ciertos as- pectos de la vida religiosa (las procesiones de semana santa, la elocuencia Sagrada). Pero lo hace con una moderación llena de tolerancia hacia tradi- ciones y prácticas generalmente criticadas por sus rivales, y sobre todo por El Pensador. Si se añade Que, por divertida que resultara su prosa satírica, dicha «Beatriz Cienfuegos» da prucba de facilidad en la composición y que su retórica es totalmente eclesiástica, se creerá de buena gana en las malas lenguas que atribuían el periódico a un sacerdote; éste se inscribe en una tradición espiritual exterior a la lustración; su mensaje didáctico y edificante es tradicional. Su «sermón» también es un notable logro. Ri- chard Twiss aseguraba que tanto El Pensador como La Pensadora hubie- fan merecido ser traducidos al inglés, LA PRENSA El Censor» fl 2 Pasado el primer florecimiento de los «espectadores». el género, en ecadencia en laterra,lé tuvo en aña, como el conjunto de la i pl _ 3 : : lencia Inglaterra, E di 'ensa, un eclipse que duró hasta 1781, Pero ese año reapareció con bri- ñ . 1 di h: “llo en El Censor. 4: . Teno- Este semanario, de una gran calidad, fue secuestrado. varias MA ene r ramos la fecha exacta y las causas de su desaparición. Ciertamente zi ca sición publicó un edicto que prohibía 25 números de nuestro % pea > (con otras periódicos), pero sólo el 28 de febrero de 1789, por Menos año después de que hubiera dejado de aparecer. Este eos na mosto. denunciaba ipso facto la negligencia, y aun la complicidas one real, que había autorizado sados los números de El Censor y $ pl s incluidos en el Índice. _ hueto. El e Los editores de El Censor eran dos abogados, e Y meto de primero se adherirá a José [en 1808. Con e scdoanonimatos) i | anonimato (o el « a ero de «discursos», pero como e el Je Sa la regla entonces, no sabemos cuáles. Aunque cs e te neficiaron con aportaciones exteriores: Meléndez Y ms : y at iras a Árnesto», 1,0 . 5 ieja», n.a 104), Jovellanos (las «Sátiras > , os más de menor notoriedad; pero ¿cuántos de esos colaboradores jamás rán identificados? El Censor se remite abiertamente al Spectator; practica e capueco, el ros característicos de los «espectadores», y en principio, > ina: «discurso» y la «carta al editor» (cuyo autor ya no es so np a e ián», que firma una excelente carta sobre el teatro, : 00 posta Sao pero también el retrato, el sueño nego 3 na, versidad de géneros, se insistirá s e oo tera, dejóndolo para vol: pasando de uno a otro para desarrollar un mis eN .. o alo a él unos números después, tras de una incursi : i ma mando como virtuosos lo serio y la burla, unen, Co! ACI : España de la época, ni aun después, la reflexión prof q tos la caricatura. Su obra gana con el atractivo y el interés q S su éxito. 7 itz-Adam 16. El último gran «espectador» inglés fue, según creemos, The World, de Adams Fitz. (1753-1755), 143 LA PRENSA 142 SIGLO Xvin sólo persuaden a lec- 4ni inoría capaz de acogerlas, en el fondo sé El Observador es el último «espectador» digno de ser leído. Señale. ra la única minoría capaz E mos, sia embargo, que la Primera traducción española, muy libre, def Spectator, El Filósofo a la moda (1788), sólo aparecería después de la. muerte de £l Censor, t uadidos. - > ere S do hay que reconocer que los españoles tardaron mucho en ero r la prensa y en creer en ella. Hasta la época de Carlos a por colo Inv sarcasmos para los periódicos. Aun a fines go en E un alo Eo jonario, Guevara Vasconcelos, confiesa su O 1792, un alto a prenza en España, porque los periódicos, según dl sólo en Bed ito en los países donde la Ilustración ya está muy nn o. Valve os a encontrar el círculo vicioso en el que está encerra 2 ur ola del siglo xvi: la falta de apertura causa la falta de caro ad me ha vana la información. No olvidemos, sin embargo, a _ no es balance el éxito de los «espectadores» a la española; e noe E pos razones que habría que elucidar, prendió e PERA que en cuiqui ; en ii literatura española del si h ! ARA SS pá nas más inales y más