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La sexta extinción, Apuntes de Matemáticas

Asignatura: Medio ambiente y sociedad, Profesor: , Carrera: Matemáticas, Universidad: UNED

Tipo: Apuntes

2013/2014

Subido el 13/10/2014

jesusramospicado
jesusramospicado 🇪🇸

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Metatemas

Libros para pensar la ciencia

Colección dirigida por Jorge Wagensberg

Al cuidado del equipo científico del Museu de la Ciencia de la Fundació "la Caixa"

*** Alef, símbolo de los números transfinitos de Cantor**

Título original: The Sixth Exinction Patterns of Life and the Future of Humankind

1º edición: noviembre 1997 2º edición: noviembre 1998

© 1995 by Shenna. V

© de la traducción: Antonio-Prometeo Moya, 1997 Diseño de la colección: .M. Reservados todos los derechos de esta edición para Tusquets Editores, S.A. - Cesare Cantú, 8 - 08023 Barcelona ISBN: 84-8310-551- Depósito legal:. 44.135- Fotocomposición: Edition Book - Aragó, 414, entlo. 2º - 08013 Barcelona Impreso sobre papel Offset-F. Crudo de Leizarán, S.A. - Guipúzcoa Liberdúplex, S.L. - Constitución, 19 - 08014 Barcelona Impreso en España

Índice

6 AGRADECIMIENTOS

7 1. Perspectiva personal

Tiempo y cambio

14 2. El principal misterio de la vida 22 3. El motor de la evolución 31 4. Las cinco grandes 46 5. Extinción: ¿malos genes o mala suerte?

El motor de la evolución

56 6. El Homo sapiens, ¿culminación de la evolución? 71 7. Un sinfín de formas bellísimas 85 8. El valor de la diversidad

¿Equilibrio de la naturaleza?

101 9. Estabilidad y caos en ecología 115 10. Impactos humanos en el pasado 130 11. Historia del elefante moderno

El futuro

147 12. Una casualidad de la historia 153 13. La sexta extinción 163 14. ¿Nos afecta?

Apéndices

169 Notas

AGRADECIMIENTOS

Los dos autores de este libro hemos contraído una deuda de gratitud con muchas personas que han enriquecido nuestra vida profesional con un amplio abanico de experiencias. Estas personas, demasiado numerosas para citarlas a todas, saben quiénes son. Leakey en particular, sin embargo, querría dar las gracias al personal del Kenya Wildlife Service por haber apoyado sus esfuerzos y sus ideas mientras fue su director. También le gustaría rendir tributo a su mujer, Meave, que le ayudó a andar otra vez después de haber perdido las piernas en un accidente aéreo. En realidad le debe la vida. A Lewis le gustaría expresar su agradecimiento a algunos de los muchos científicos que le estimularon e inspiraron en su búsqueda de las pautas vitales y su significado, al mismo tiempo que admite que una lista así es necesariamente incompleta. Se refiere, entre otros, a Stephen Jay Gould, David Jablonski, Thomas Lovejoy, Robert May, Stuart Pimm, David Raup y Edward O. Wilson.

1

Perspectiva personal

Fui el más sorprendido cuando una tarde de abril de 1989 irrumpió un colega en mi despacho del museo de Nairobi y exclamó emocionado: «¡Enhorabuena!». «¿Por qué?», le pregunté con desconcierto. Mi compañero me contó que acababa de oír por la radio que me habían nombrado director del Departamento de Planificación y Conservación de la Fauna. El nombramiento venía del mismo presidente, Daniel Arap Moi, y se anunció por la radio. «Pues es la primera noticia que tengo», dije. Me fui del museo sin terminar el trabajo del día, y volví a casa. A la mañana siguiente hablé por teléfono con el presidente y me sugirió que nos viéramos para hablar sobre lo que podía hacer yo para impulsar una transformación en la gestión de la fauna de nuestro país, sin olvidar la adopción de medidas para impedir que los elefantes acabaran extinguiéndose por culpa de los cazadores furtivos. Así comenzó uno de los periodos más estimulantes de mi vida. Tuve que dejar el cargo de director de los Museos Nacionales de Kenia, que había ocupado durante dos décadas, y arrinconar mi profundo amor por la paleoantropología, la búsqueda de los orígenes humanos, que había practicado durante todo ese tiempo en los sedimentos, ricos en fósiles, del norte de Kenia, en las orillas oriental y occidental del lago Turkana. También volví a mis raíces. Cuando era pequeño, el olor del aire apacible, la contemplación de lugares naturales y criaturas salvajes y los rumores de animales nocturnos que no veía plantaron muy hondo en mí las semillas del amor por África, el amor por la naturaleza. Entonces me interesaban más los se- res vivos que los huesos antiguos que, ante mi desconcierto y frecuente irritación, tanto fascinaban a mis padres, Louis y Mary. Sus descubrimientos, que hicieron de África Oriental una región única para el estudio de restos de nuestros primeros antepasados, son leyenda en los anales de la investigación de los orígenes humanos. No obstante, además de estar obsesionado por el pasado, mi padre fue un naturalista ferviente y escribió varios libros sobre los animales de la zona. También fundó la East África Wildlife Society en 1958, que todavía desempeña un papel importante en la investigación y la conservación ecológicas del país. Mi padre nos contaba multitud de anécdotas a mí y a mis hermanos, Jonathan y Philip, cuando éramos pequeños y recorríamos la sabana africana en la garganta de Olduvai; él esperaba encontrar rastros de nuevos yacimientos de fósiles y nosotros la ocasión de entrever cómo mataba un león o acechaba un leopardo. A menudo se nos recompensaba con la contemplación de paisajes de fábula. Además nos tenía en vilo con sus anécdotas durante la noche, en el campamento, mientras los sonidos de la naturaleza rasgaban el silencio del aire. Yo también me volví un naturalista entusiasta y al principio me sentí particularmente fascinado por los escarabajos y las mariposas. Con el tiempo admiré la cualidad asombrosa de los animales superiores y medité sobre la diversidad de la vida y la estrecha interacción de sus múltiples componentes. En 1969 fundé los Clubes de la Fauna (Wildlife Clubs) de Kenia, cuya misión es enseñar a los niños lo que es la vida de su país. Amo Kenia, la tierra donde nací. Es un país de contrastes físicos inimaginables, desde los hábitats costeros tórridos y húmedos al nivel del mar hasta los nevados picos del monte Kenia (el más alto del continente africano después del Kilimanjaro); desde los áridos desiertos hasta las húmedas laderas de las montañas. La diversidad de la vida que bulle en estos hábitats refleja la diversidad física de la tierra y se encuentra entre las más ricas del mundo. De pequeño no

quería hacer algo más, pero no sabía qué. Al final, a pesar de las ruidosas promesas de que jamás seguiría las huellas profesionales de mis padres (mejor dicho, de que jamás caería bajo su influencia), me hice paleoantropólogo y realicé mi primera expedición importante a la orilla oriental del lago Turkana en 1968. Nunca he lamentado aquella decisión, porque tuve la suerte de trabajar con algunos científicos extraordinarios y de descubrir valiosas reliquias de nuestra historia evolutiva. Muchas personas sienten un deseo profundo y casi primordial de comprender nuestros orígenes como especie, y la búsqueda de estas reliquias en sedimentos antiguos nos pone en contacto directo con nuestra historia. Los que trabajamos en este campo somos realmente unos privilegiados. Durante dos décadas, mientras ejercía el cargo de director de los Museos Nacionales de Kenia (una serie de diez museos repartidos por todo el país), todo el tiempo libre de que disponía lo pasaba en el campo, buscando y extrayendo fósiles. Las orillas oriental y occidental del lago Turkana resultaron yacimientos fabulosamente ricos de fósiles humanos tempranos que nos han permitido contemplar nuestra evolución desde hace unos cuatro millones de años hasta una época relativamente reciente. La crónica de nuestra evolución está hoy mucho más completa que hace veinte años y me enorgullezco de haber hecho una pequeña contribución a esta ampliación de nuestros conocimientos con hallazgos espectaculares a ambos lados del lago. Cuando paseamos por sedimentos antiguos, buscando y encontrando fósiles, hacemos algo más que recoger huesos de otros milenios, sea cual sea su importancia. También hacemos algo más que reconstruir la historia evolutiva de una especie concreta, el Homo sapiens; en realidad miramos por una ventana paleontológica que da a mundos pretéritos, presenciamos su destino en el tiempo. Si tuviera que resumir el panorama que se vislumbra en una palabra, ésta sería «cambio». El fluir dinámico de la vida está en constante cambio. Unas veces viene dado por una variación en el clima: el terreno que antaño fue árido se vuelve, por ejemplo, húmedo y produce a su vez una variación en el elenco de personajes aptos para vivir en él. Otras se origina en una exasperación de la turbulencia evolutiva, criaturas que antaño existieron desaparecen y otras nuevas ocupan su lugar. Los brotes de extinción y especiación son una fuerza periódica en el flujo cambiante de la vida, ya que genera sin cesar pautas de variación. La vida, vista a través de una ventana paleontológica, es como una imagen de caleidoscopio, para la que el cambio no sólo es natural sino inevitable. La muerte se ve como parte de la vida; la extinción, como parte del flujo de la vida. Cuando accedí, por orden del presidente Moi, a dirigir el Departamento de Conservación de la Fauna, tuve que enfrentarme a cuestiones prácticas muy inmediatas, entre las que destacaba, como ya dije, el apremiante asunto de poner fin al lucrativo negocio de la caza ilegal de elefantes. Destacaba asimismo el problema de conciliar las necesidades encontradas de una población humana en crecimiento, que exige cada vez más tierra, y la protección de la fauna, cuyo hábitat natural se violaba. Pero también supe comprender la esencia de la diversidad de la vida, y el lugar que en ella ocupa el Homo sapiens, viéndola desde la perspectiva del cambio constante que es parte inevitable de la historia del planeta. No digo que esta perspectiva sirva de mucho para saber qué hacer, por ejemplo, con los daños que sufren las cosechas cuando algunos elefantes extraviados invaden las comunidades agrícolas. Pero es útil para formarse una idea general de cómo reaccionar, por ejemplo, ante la interacción entre las poblaciones de elefantes y los hábitats que a veces parecen destruir con su presencia. He llegado a la convic- ción de que, a menudo, es mejor dejar que la naturaleza siga su curso, de que lo que vemos en tales situaciones es el proceso de cambio que forma parte de la naturaleza, y de que es inútil,

incluso perjudicial, querer impedirlo. Volveré sobre este tema más adelante, en otra parte de este libro. Lo más importante de todo, sin embargo, es que la perspectiva de cambio en toda la historia de la vida nos proporciona un medio de juzgar nuestros derechos y obligaciones como especie, y los derechos de otras especies con que compartimos el planeta. Cuando me puse a pensar en la clase de libro que quería escribir, me di cuenta de que mi experiencia como paleontólogo y conservacionista permitía un enfoque único de nuestra delicada coyuntura actual. Este no es el primer libro que sostiene que el Homo sapiens, especie que ha llegado a ser dominante, podría estar a punto de causar una catástrofe biológica de proporciones descomunales, mediante la erosión de la diversidad de la vida a una velocidad alarmante. (Por ejemplo, la tala de bosques tropicales y la invasión de la selva por culpa del desarrollo económico podría ocasionar dentro de poco la extinción de unas cien mil especies por año.) Pero es el primero que se fija en el fenómeno desde la perspectiva del Homo sapiens en tanto que simple especie en un flujo vital que tiene una larga historia y un largo futuro. Para conocernos a nosotros mismos como especie y comprender nuestro lugar en el universo de los seres, tenemos que distanciarnos de nuestra propia experiencia, tanto en el espacio como en el tiempo. No es fácil, pero es esencial si de veras queremos ver una realidad más amplia. Es una perspectiva que debería hacernos humildes, habida cuenta, en particular, del enorme empeño que ponemos en alterar el planeta en profundidad.

De los varios temas que recorren el presente libro, la idea de cambio es, entre ellos, capital. Por ella nos damos cuenta de que los humanos no somos sino un breve momento en un flujo vital continuo, no su punto final. Pero del cambio hay que aprender algo más que el lugar de los humanos en el mundo. Lo más importante es que en las pautas del cambio encontramos la esencia del flujo vital; las pautas son las señales de superficie de los procesos básicos que nutren el flujo. ¿A qué me refiero con pautas? Me refiero a las imágenes que surgen cuando analizamos el registro fósil completo, a las imágenes que se desprenden del estudio de las comunidades ecológicas como un todo. Cada imagen está compuesta, evidentemente, por entidades particulares: los restos fosilizados de especies particulares en el registro geológico, por ejemplo, y las especies vivas particulares que componen los ecosistemas. Pero donde encontramos la verdadera esencia del mundo en que vivimos es en la relación entre las especies de las comunidades actuales y pasadas. Esforzarnos por ver estas imágenes es como ver las formas tridimensionales que surgen de la distribución de puntos, aparentemente caótica, que hay en esos estereogramas llamados «ojo mágico». Podemos mirar las láminas durante mucho tiempo y no ver más que puntos. Pero, de repente, cuando la percepción se ajusta y dejamos de enfocar las pautas de superficie, vemos más allá e identificamos una realidad visual más profunda. La biología y la ecología evolucionistas están muy cerca de identificar esa realidad profunda en el flujo de la vida. Las imágenes todavía son incompletas, pero tienen nitidez suficiente para que por vez primera seamos capaces de ver otra realidad en el mundo, un hecho que representa poco menos que una revolución intelectual. Nuestro mundo es muy distinto de lo que creíamos hace sólo unos años. Hoy podemos ver la pauta de las extinciones en masa en el registro fósil y contemplar estos acontecimientos, no sólo como interrupciones ocasionales, sino como una fuerza creativa capital en la formación del flujo de la vida. Esa es la novedad. Podemos mirar los procesos pro- fundos de la evolución y ver que toda la vida, incluido el Homo sapiens, se parece bastante a una gigantesca lotería. Esto es algo nuevo. Y podemos mirar actualmente las pautas de las comunidades ecológicas y ver cómo se articulan, y cómo surge de ellas una dinámica impre-

Tiempo y cambio

Encerrados como estamos en nuestro mundo del presente, valorar el flujo de los procesos evolutivos que dieron forma al planeta en que vivimos es todo un reto para nosotros. El Homo sapiens no es sino una especie entre muchas, fruto de una intrincada e imprevisible interrelación entre los procesos creativos de la evolución y la mano de la extinción, caprichosa a veces. En esta sección echaremos un vistazo a algunos de los rasgos básicos de esa creatividad (y sus persistentes misterios) y apreciaremos la decisiva importancia de las crisis ocasionales en la historia de la vida.

temprano. El planeta se condensó a partir de los escombros del incipiente sistema solar hace cuatro mil seiscientos millones de años como una hirviente acumulación de piedra líquida ra- diactiva, totalmente hostil a cualquier forma de vida. Lentamente se redujo el calor de aquel parto infernal y hace poco menos de cuatro mil millones de años la vida fue teóricamente posible; es decir, las frágiles moléculas orgánicas ya no se rompían en cuanto se formaban y los ambientes acuosos persistían en vez de convertirse violentamente en vapor. Las dos condiciones eran imprescindibles para la aparición de la vida. A la posibilidad teórica siguió rápidamente la realidad cuando hace unos tres mil setecientos cincuenta millones de años despuntó la vida primigenia en forma de sencillos organismos unicelulares, cuyos fantasmas se han encontrado en la roca continental más antigua que se conoce. Aprovechando la energía del sol y explotando el entorno químico, estos sencillísimos organismos, células sin núcleo (conocidas con el nombre de procariotas), proliferaron y su tipo se diversificó. Colectivamente construyeron las alfombras estratificadas de microorganismos que, con el tiempo, crearon la característica forma de los estromatolitos. Dado un comienzo tan temprano, cabría esperar que la vida emprendiera inmediatamente una progresión gradual y uniforme hacia formas de complejidad creciente; primero acabaron por cuajar células más complejas, eucariotas, cuyo material genético está almacenado en un núcleo; aparecieron orgánulos especializados (mitocondrias y cloroplastos) que realizan funciones concretas; luego progresó hacia los organismos pluricelulares, sencillos al principio, avanzando desde los invertebrados hasta los vertebrados, desde los anfibios y reptiles hasta los mamíferos, y finalmente hasta nosotros, el Homo sapiens. Desde la privilegiada posición del presente vemos que esas etapas de la vida a las que acabo de aludir se produjeron efectivamente, aunque de un modo que sólo puede calificarse de irregular e imprevisible. Si algo aprendemos de la vida al analizar su historia en la Tierra es lo poco que hay en ella de gradual y uniforme. (Esto es válido para todas las escalas, desde lo global hasta lo local, como los modelos fractales.) Tras fundar la primera y apremiante base, la forma de vida más compleja durante la friolera de dos mil millones de años fue la célula procariótica, y su organización más compleja la microecología de las colonias de estromatolitos. La vida, por lo visto, no tenía prisa por ir a ninguna parte. Cuando finalmente, hace unos mil ochocientos millones de años, aparecieron las células eucarióticas, se habría dicho que la escena estaba preparada para entrar en la etapa siguiente, la de los organismos pluricelulares. Pues no; tuvieron que pasar otros mil millones de años, y más, para que se desarrollaran tales organismos. Incluso cuando se materializaron, permanecieron ocultos en el mejor de los casos y no se comportaron como los abanderados de la complejidad de organización e interacción que entendemos cuando hablamos de la vida pluricelular. La aparición de organismos pluricelulares complejos (y me refiero a los más bien modestos aunque singulares invertebrados marinos) tuvo que esperar hasta hace unos 530 millones de años, cuando había transcurrido ya el 85 por ciento de la historia de la Tierra hasta el presente. Pero cuando aparecieron, el fenómeno fue tan espectacular que los paleontólogos lo conocen como explosión cámbrica. En unos cuantos millones de años, en un brote de innovación evolutiva, se inventaron los principales planes estructurales, o tipos, que representan la vida planetaria actual. Entre ellos había un organismo diminuto, parecido a una criatura marina vermiforme denominada anfioxo

y que, bautizado con el nombre científico de Pikaia, probablemente fue el fundador del tipo o fílum de los cordados, que comprende todos los vertebrados posteriores, incluido el Homo sapiens. Desde la atalaya de nuestro presente, fue un comienzo extremadamente humilde. De «sin precedentes e insuperada» calificó James Valentine, paleontólogo de la Universidad de California-Berkeley, la explosión cámbrica. La expresión es válida, aunque se queda corta. Y, como veremos en el capítulo siguiente, en la explosión cámbrica hay algo más que su carácter explosivo. Una vez más, se habría dicho que la llegada de la vida pluricelular compleja, aunque tardía, anunciaba una progresión regular por los mundos prehistóricos que conocemos gracias al registro fósil, hasta alcanzar de manera previsible el mundo de la naturaleza que vemos ac- tualmente. Pero las expectativas volvieron a frustrarse. La vida, desde la explosión cámbrica, se ha caracterizado por sufrir expansiones y depresiones y, aunque las especies se han diversificado de un modo fabuloso, han resultado aniquiladas en cantidades ingentes por ocasionales extinciones en masa, cinco en total. El epigrama que describe la guerra también es válido para la vida en este planeta, si no por sus manifestaciones sí por su ritmo: largos periodos de aburrimiento interrumpidos por breves instantes de terror. Uno de los legados de la revolución darwiniana, que hace un siglo sustituyó la explicación tradicional de la vida como designio divino por una perspectiva naturalista, impuso una concepción del mundo muy concreta en el pensamiento de Occidente. Según esta perspectiva, las especies medran porque de alguna manera son superiores a sus competidoras; ganan en la «lucha por la existencia», por emplear la expresión de Darwin. Del mismo modo, las especies se extinguen porque sucumben en la competencia; son perdedores en la lucha por la vida. rata de una interpretación más bien simplista de la idea más grande de Darwin, la teoría de la evolución mediante la selección natural, pero casaba cómodamente con la moral occidental del éxito por el esfuerzo. Pueden verse estos principios, unas veces de modo latente, otras de modo manifiesto, en los manuales de biología y más aún de antropología, sobre todo si son de hace varias décadas. La diversidad biológica de la vida actual (la cantidad de especies en su correspondiente hábitat) está cerca de alcanzar su punto más alto en la historia del planeta. Nosotros somos una especie entre incontables millones, el tapiz vivo más rico que ha albergado la Tierra hasta hoy. Desde la perspectiva del «éxito evolutivo por la superioridad» que he descrito, es comprensible que nos demos palmaditas en la espalda e incluyamos al Homo sapiens en el fruto colectivo del éxito gradual de especies cada vez mejor adaptadas al medio. Pero uno de los más importantes descubrimientos de la biología evolucionista en los últimos años nos advierte de que la suerte, y no la superioridad, representa un papel decisivo en la determinación de los organismos que sobreviven, sobre todo en los periodos de extinción en masa. Tenemos que admitir en consecuencia que los humanos somos una parte del batallón de los afortunados supervivientes de las convulsiones catastróficas del pasado , y no las expresiones modernas de una antigua superioridad. A los biólogos les interesan las pautas de la vida en la Tierra y lo que las promueve. En otras palabras, cómo surgen nuevas especies y en qué circunstancias desaparecen. La dinámica interactiva del origen y la extinción de las especies determina la diversidad de la vida en la Tierra en todos los puntos de su historia; la diversidad biológica dominante es el producto del pasado y prepara la escena para el futuro. En esta sección de nuestro libro, Tiempo y Cambio, analizaremos los cimientos biológicos de la rica diversidad del mundo contemporáneo, a saber,

Darwin se consolaba pensando en la imperfección del registro fósil, tema al que dedicó un capítulo entero de El origen de las especies. Decía que la explosión cámbrica se nos antojaba espectacular porque aún estaban por descubrir los antepasados de aquellos organismos. En época de Darwin no se había encontrado aún ninguna prueba fósil anterior al cámbrico, hecho que le parecía «inexplicable».^1 Sugirió que quizás los organismos precámbricos no habían llegado a fosilizarse o que, por culpa de acontecimientos geológicos posteriores, los fósiles habían resultado destruidos. Incluso especuló con que los fósiles en cuestión se hubieran concentrado en continentes hoy profundamente sumergidos bajo las masas oceánicas y, por tanto, muy lejos del alcance del paleontólogo. (Aunque la moderna teoría geológica no admite que los continentes puedan aparecer y desaparecer de esta manera, hace un siglo se consideraban posibles tales procesos.) Todos los paleontólogos saben que, tal como lamentaba Darwin, el registro fósil está con frecuencia irritantemente incompleto, y por mil razones geológicas. Qué más quisiéramos, los que estamos interesados por la prehistoria humana, que dar con buenos yacimientos geológicos entre las bandas de los cuatro y los ocho millones de años en África oriental, porque sabemos que entonces hubo progresos importantes. Pero siguen siendo, ay, escurridizos hasta la frustración. Que Darwin recordase la imperfección del registro no fue por tanto un recurso desesperado, sino una súplica ante una desdichada realidad geológica. Algún día, dijo, se exhumarán las pruebas que describirán el largo preludio de los acontecimientos aparentemente explosivos del cámbrico. Entonces se pondría de manifiesto la existencia de una trayectoria en el cambio, gradual y progresiva, que restaría bulto a la aparición (para Darwin) inquietantemente brusca de formas complejas de vida. Tuvo que pasar casi un siglo para que se encontraran pruebas de la existencia de vida en el precámbrico.

El geólogo australiano R.C. Sprigg hizo en 1947 un descubrimiento histórico, al encontrar unas criaturas parecidas a medusas en sedimentos antiguos de las colinas Ediacara en la cordillera Flinders, en Australia meridional. La importancia del descubrimiento radica en la edad de los depósitos, unos 670 millones de años, lo que los sitúa más de cien millones de años por delante de la explosión cámbrica. Con el tiempo, posteriores expediciones añadieron otros organismos a la lista, entre ellos criaturas que, según se dijo, se parecían a medusas actuales, gusanos segmentados, artrópodos y corales, animales con los que estamos familiarizados en el mundo actual. Algunas no se parecían a ninguna criatura viva conocida, ni estante ni extinta. Todos estos organismos, conocidos colectivamente como fauna de Ediacara, eran de cuerpo blando, esto es, carecían de caparazón calcificado. Una de las explicaciones propuestas para explicar la aparente ausencia de precursores de los ciudadanos del mundo cámbrico sostenía que eran de cuerpo blando y en consecuencia de fosilización muy improbable. Sólo en las circunstancias geológicas más extraordinarias sería posible entrever esta frágil vida precámbrica. Los delicados sedimentos de arenisca de las colinas Ediacara reunían al parecer las condiciones idóneas y conservaron las formas de estas criaturas en vez de borrar todo rastro de su existencia. Desde aquel primer descubrimiento, hace ya medio siglo, se han encontrado conjuntos parecidos de criaturas primitivas de cuerpo blando, de la misma época, en otros lugares del mundo, eliminando así la posibilidad de que el hallazgo de Ediacara fuese una aberración geológica. La fauna de Ediacara era variada y universal, eran elementos de una etapa al parecer importante en la progresión de los organismos unicelulares simples a los organismos

unicelulares complejos, y finalmente a las formas de vida más complejas, las criaturas pluricelulares. Esta historia, la progresión de los organismos simples a los complejos, no se produjo, sin embargo, mediante un proceso inexorable y previsible. Como ya vimos, la llegada del mundo pluricelular fue tardía en la historia de la Tierra y el probable motivo se ha identificado hace poco. «La aparición de los animales (pluricelulares) estuvo estrechamente relacionada con los cambios sin precedentes que se habían producido en el medio físico de la Tierra, entre ellos un aumento importante del oxígeno atmosférico», ha dicho Andrew Knoll, geólogo de la Universidad de Harvard.^2 Antes de que los niveles de oxígeno presentes en la atmósfera subieran de un pobre 1 por ciento a cerca del 21 por ciento actual, los organismos mayores que una célula no podían sobrevivir. La idea de que la falta de oxígeno fue un obstáculo para la aparición de formas de vida complejas tiene un largo historial, por lo menos de tres décadas, pero las pruebas geoquímicas del aumento repentino del oxígeno se encontraron hace muy poco. Las modificaciones del medio físico pueden ser un poderoso motor del cambio evolutivo y con frecuencia ha sido el factor crítico. Es lo que pasó, según creo, con el origen de la familia humana, un acontecimiento reciente que se produjo hace unos cinco millones de años; pudo tener una función en el origen de nuestro propio género, Homo; y parece que fue lo que pasó con la primera manifestación de la vida pluricelular, hace unos 630 millones de años. Una explicación así volvería los ojos hacia Darwin, que siempre fue consciente de que «la lucha por la existencia» de los organismos suponía una interacción con otras formas de vida y con el medio físico. El descubrimiento de la fauna de Ediacara permitió suspirar de alivio a la comunidad geológica, que apoyaba mayoritariamente la opinión darwiniana del desarrollo gradual durante largos periodos de tiempo. Allí estaba, por fin, la fauna antepasada de la vida del mundo cámbrico. La explosión cámbrica no fue una manifestación brusca, después de todo. Tal como había predicho Darwin, se trataba sólo de un artefacto, malignamente engañoso, de un registro fósil claramente incompleto. Los «vastos y sin embargo totalmente desconocidos periodos de tiempo» anteriores al mundo cámbrico habían estado, ciertamente, «plagados de criaturas vivas», tal como Darwin había dicho.^3 Aunque el largo preludio de vida unicelular no podía ponerse en duda, podía entenderse ya que el origen de criaturas más complejas había sido gradual, no repentino. Tuvieron que transcurrir varias décadas para que fermentaran las dudas sobre la verdadera naturaleza de la fauna de Ediacara. Algunas criaturas eran desconocidas y no se podían vincular fácilmente con ninguna forma de vida posterior, pero casi todas se habían identificado como antepasadas de uno u otro tipo de animal cámbrico. Pese a todo, hacia 1985 se comenzaron a poner en duda casi todos estos vínculos, con la posible excepción de las esponjas. Adolf Seilacher, paleontólogo de la Universidad de Tubinga, fue uno de los primeros en discutir la interpretación convencional y sin duda el más influyente. Seilacher admitía la existencia de semejanzas superficiales entre algunos animales de Ediacara y especies posteriores, pero arguyó que la arquitectura básica era distinta. Los organismos modernos transportan los nutrientes y gases respiratorios por varios sistemas de tubos internos. Estos sistemas no existían en la fauna de Ediacara, que poseía «una insólita construcción neumática en edredón»,^4 según Seilacher. Como la estructura interna de los animales de Ediacara era tan radicalmente distinta de la de los organismos posteriores, Seilacher adujo que no podían ser los antepasados del bestiario cámbrico. Los fósiles de Ediacara, dijo, «representan un experimento fallido de la evolución precámbrica y no los antepasados de los animales y plantas modernos».^5