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GUILLERMO CÉSPEDES DEL CASTILLO AMÉRICA HISPÁNICA (1492-1898) Fundación Jorge Juan Marcial Pons Historia 2009 Capítulo VII LOS SERVIDORES DEL TRONO Y DEL ALTAR Ganancia económica y ascenso social fueron, para la inmensfma- yoría de los inmigrantes, cl móvil que les decidió a cruzar el Atlántico. Sélo dos grupos muy minoritarios marcharon a las colonias con pro- ' pósizos diferentes, al menos en teoría: los frailes, que emigraron por razones religiosas, y los oficiales del rey, que lo hicieron como funcio- narios profesionales, remunerados, con objeto de imponer la auto- * ridad del monarca y hacer cumplir sus órdenes. Ambos grupos for- maron, andando el tiempo, sectores sociales que alcanzaron desde el estrato más alto —arzobispos, virreyes-— hasta casi el más bajo -—cu- “zas en pequeños pueblos de indios, soldados pobres, empleados su- balternos—, El objetivo de este capítulo es ofrecer una información mínima sobre ambos grupos, mencionar las funciones que se les atri- buveron, valorar el papel que en realidad desempeñaron en las Indias y establecer el lugar que ocuparon en la sociedad. Lo primero que hay que destacar es el gran prestigio social que disfrataban estas gentes, entaizado muy profundaménte en la tradi- ción medieval ibérica. Los sacerdotes, como ministros de Dios, eran los depositarios del poder espiritual, Los oficiales del rey ejercían, por delegación de este, el entonces indisputado poder político o tez- poral del monarca. Ambos grupos eran los representantes visibles en sociedad indiana de los dos únicos símbolos universales de espc- sticia, Dios y cl rey, respectivamente. Esta es una de las le la considerable influencia social de ambas éli- leroso anza y de azones principales « tes, no obstante su pequeña entidad numérica; otro motivo por ¿fue su estable alianza y simbiótica relación, que les sirvió para robus- iecer mutuamente su poder y prestigio. En la tradición de los esta- “dos cristianos, el rey heredó de la Edad Media en Castilla y en Portu- 2 Guélormo Céspedes del Castillo Los servidores del trono y del alar 2 paz hasta que llegaron los colonos con su codicia y sus pecados; pro- clamó que Tos indios no eran bestias, sino seres humanos con almas ¿racionales a quienes un verdadero cristiano debía amar como herma- nos, no oprimír como siervos. El admirable sermón de Montesinos fuesólo el comienzo de una enérgica defensa de los iadios, basada en disupuesto cristiano de que todos los hombres son hermanos e igua- les ante Dios. Ul traile renovó sus denuncias en España, a donde fue lamado, y un representante de las colonos le siguió para defender los tereses de estos, El rey tomó en serio el problema, consultando a «teólogos, juristas e intelectuales. Hubo unanimidad en que la recién “iniciada colonización era lícita y debía seguir adelante, pero en todo Jo demás la controversia se complica. Las posturas extremas fueron, ar un lado, e) considerar que los indios eran hombres libres y gue la única justificación de la presencia europea en América era la pre- dicación del Evangelio; en el otro extremo, se pensó que Dios había lado las Indias a España como en otro tiempo diera a los judíos la terra Prometida; como Josué hizo ante Jericó, los españoles podían eclamar «sw» tierra y atacar, matar y esclavizar a Sus habitantes, por él hecho de ser idólatras. Ta controversia inicial se resolvió cun un contra la conducta de los colonos respecto a los nativos de las Antilla (supre, cap. Il, 4). Para comprender la situación que estas denuncia originaron, es útil recordar el marco ideológico en que se producen Los eutopeos de la época expresaban su etnocentrismo en función di sus dos grandes tradiciones culturales: la judeocristiana, que defin al hombre por su capacidad para recibir la gracia divina (de ahí la por su capacidad racional (civilizadobárbaro), Fundían, aunque imperfecramente, en una clasificación dual de la hu manidad: cristianos civilizados frente a bárbaros paganos. El estado de batbatie presenta en esta tradición varios niveles; el má bajo el de salvajismo, en que el hombre es incapaz de vida social y existe aislado, en el límite de una pura vida animal. El concepto del salvaje ofrece, sin embargo, dos versiones contradictorias en la tradición clá- E si Una, la del salvaje degenerado, animalizado, que interpretando libremente a Aristóteles— sólo puede llevar una vida humana si es dirigido y gobernado como esclavo por hombres civilizados. Otra, la del salvaje de la Edad de Oro, el solitario de los bosques que vive en estado de prístina inocencia, antes de ser corrompido por la vida so E ii a a e A aaptenín el eb forzoso de qa de ano ss se o alan tenido otra tadas entre 1512 y 1513, que mantenían el trabajo furzoso de los in- la de los musulmanes peninsulares. tridente ne Estinta cultura qe cos aumane Eimitándolo y bumanizándolo; como ya hemos ¡licho, no que anterio: les Helios 2 entemente ciy izados, aun Tograron detener la extinción de los aborígenes en las Antillas. e ocios es dasicason e a peecisión como dí eles»; la : Este es el arranque de una larga «ucha pora justicia» que se man- osa oc a Le sica fue dema- 4uvo hasta muy avanzado el siglo XV y que se desarrolló acalorada- dal puros po os merca: e y hombres de mente en la Corte 5, con más serenidad, en las universidades castella- e aa ios pero ton ión sia difical:.: nas. Los frailes dominicos se constituyeron en pottavoces principales e o ya coda se reas me. según os casos de gen- E en la defensa de los indios, y uno de ellos, fray Bartolomé de las Ca- e cio particulas ón escondía y gún que otro: s, en el más destacado activista de la causa. Las Casas so convirtió tales, ¿dónde podían encajar los impro| je me 1 mmados in lu snibl: UE E pe oye eno cio a paca ¿cuál era su verdadera naturaleza? propiamente llamados indios, emible polemista, pa Pi y e ción y | Eat Para un muy minoritario sector de opinión en las i ad da se promilgatos a serio loe o cosas estaban claras ya en 1510, a roximad: mente: lo: dios cora de EA LE ado ad srl Es Cicas O e hu J10, ha Ñ sima arzente: los indios er éctoras de los indios que hubieran sido admirables si se hubieran ficables con el «buen salvaje» inocente de la Edad Oro. , q E Sesa ocn en SIB 1319, y e Nevaran acabo ago fiables con el abuen salvaje» inocente de a E ad e ro. En csall pacífica se elaboraron en 1518-1519, y se llevarían a cabo luego en JR tia pudo mico sonia le Montesinos, rapaz — territorio de la actual Guatemala— en 1537-1550. Quizá los inclios; les negó derecho alguno para cea los cruelmente ma o valga la pena enumerar todos Jos planes y experimentos que: lo A da] mo pi somete a los nativos a ser «álismo que un prematuro intento de evangelización pa cífica en 1515, a guerra; recordó que los indios vivían en “acabaron fracasando sin excepción ante las duras realidades colonia- 238 Guillermo Céspedes del Castillo les, Pera de ellos se extrajo algo positivo: imbuir en el ánimo de los * reyes de Castilla la convicción de que se hallaban moralmente obii- gados a esforzarse en presidir una sociedad colonial en la que nativos e inmigrantes pudieran convivir, a ser posible, en paz y bajo un régi- men de justicia para todos. En el vasto conjunto de escritos de Bartolomé de las Casas es posi- ble discernir un cuerpo de doctrina riguroso y coherente, según el cual los indios son seres racionales y libres, miembros de pleno derecho de la humanidad; este punto se convertiría en doctrina oficial de la Igle- sia desde 1537 (bula Sublinmís Deus de Pablo UD. Ante el hecho consu- mado e irreversible de la colonización, los indios tienen todos los de- techos como súbditos del rey de Castilla, y los españoles no pueden privarles de ninguno de ellos. La colonización sólo se justifica por la autotidad del papa para evangelizar el mundo entero —no para con- ceder territorios a principes cristianos— y la del rey para organizar y dirigir la evangelización, por delegación legítima del pontífice. La pro- sencia de españoles en América sólo está justificada en la medida en quescan agentes y súbditos del rey de Castilla; la colonización es justa si es pacífica y se halla subordinada a la labor misional. Los indios no tienen más deberes que aquellos comunes a todos los súbditos de la Corona, y deben vivir en libertad, bajo el gobierno de sus propios je- tes, supervisados estos por funcionarios del monarca que administren justicia y tutelen a los nativos hasta que estén plenamente ados (entiéndase hispanizados). Comunidades de pacíficos labradores cas- tellanos son aceptables en el Nuevo Mundo que no usurpen tierras que ya tienen dueño, den ejemplo de vida cristiana a los indios y les sirvan de modelo, Y, sobre todo, lo más importante: los misioneros predicarán la [e, como otrora bícicran los Apóstoles. Todo el resto so- bra: violentos conquistadores, rapaces encomenderos y demás gente de esc jacz, no tienen ni siguicra derecho a ir a América. Otra doctrina importante se debió al humanista Juan Ginés de Se- púlveda, quien la formuló en un tratado escrito en 1542. Inmerso en la tradición clásica y su formulación por Aristóteles, Sepúlveda par tió de la racionalidad como definidora de la condición humana; creía en la licitud de una aristocracia natural, que implica la existencia de una servidumbre natural; concebía una humanidad estructurada bajo el principio de que unos hombres son más racionales que otros, y que los más sabios y prudentes deben gobernar y dominar a los más ig. norantes y rudos, empleando con moderación la fuerza sobre estos para librarlos de su salvajismo y civilizarlos. En consecuencia, y se- + Jeceual del imperialismo europeo. Los servidores del trono y del altar 239 : gún Sepúlveda, los españoles tenían el derecho de conquistar Ámé- a, el deber de civilizar a sus nativos y, como parte de este, cl man- lazo expreso y legítimo del papa para cristianizarlos. Por supuesto, udiaba la crueldad innecesaria en la conquista y la codicia como ase de la colonización. En resumen tan conciso no es posible hacer justicia a la lógica interna y al rigor de la doctrina, que encomenderos y heneméritos alegarían en apoyo de sus intereses económicos y aspi- aciones políticas; pero créasenos que $ púlveda es el inventor inte- Un tercer cuerpo de doctrina fue establecido en 1532 por el do- minico Francisco de Vitoria. La universalidad de su planteamiento y ¿rigor intelectual de su estructura hacen con razón que se considere a Vitoria como el fundador del derecho internacional modermg, Para él, tnda nación tiene el derecho de viajar y comerciar pacíficamente en cualquier lugar de la Tierra, así como de velar por sus intereses legíti- mos; los españoles, por lícita concesión papal, tenian también derecho aptedicar el evangelio en el Nuevo Mundo. La conquista, en cambio, tuvo justificación moral y legal sólo en algunos casos: ayuda auna na- ción amiga en guerra justa O defensiva contra sus vecinos; protección anativos conversos contra el peligro de persecución o relapso; espon- tánea y libre aceptación por parte de los indios de la autoridad del res tutela paternal y benevolente que hombres « ilizados podían ejercer sobre aquellos pueblos e individuos que transgredían la Ley Natural —¿ke validez universal — practicando sacrificios humanos, antropof gia, bestialidades, tiranías sobre otros. En cualquier Otro caso, la con: quista no era moralmente lícita; la guerra agresiva y conquistadora, aun realizada al servicio del mejor príncipe cristiano o de los más elevados principio ilícita y recusable. En conjunto, Vitoria proclamaba que la conquista de América se había apartado considerablemente de todas lasleyes divinas y humanas, pero, ante el hecho consumado, la coloni- zación no debía interrumpirse, sino mejorarse con buenas leyes y cui. dando su estricta aplicación, porque colonos pacíficos e indios cristia “nos existian ya, y ambos debían ser protegidos. o Sepúlveda, Jas Casas y Viloria difieren mucho entre sí, peto coinciden en tres cosas. Primera, su etnocentrismo eurocéntrico, i1e- itable en su tiempo y circunstancias y comprensible hoy, en todo el proceso histórico no ha habido colonización sin la existencia de un complejo de superioridad del colonizador sobre el colonizado; aún how. cuando tan ufanos nos sentimos con el reciente invento del te- lativismo cultural, seguimos viviendo nuestro etnocentrismo, aunque 242 Guillermo Céspedes del Castillo partida religiosa de los conquistadores, pertenecieron también a la XIIL ORGaNIzación ECLESIÁSTICA DE Las INDIAS Edad Media: como pacíficos, generosos y espirituales conquistadores fueron al Nuevo Mundo para crear un paraíso terrenal; jamás pudie- ton alcanzar sus sueños, La red de misiones fronterizas subsistió, sin embargo, y aunque el espíritu y el celo fueron descendiendo con la frustración, el tiempo y la muerte de los mejores, nuevas órdenes religiosas llegaron para me- hoa jorar la empresa. La más importante entre ellas fue la Compañía de Je- > a O ce sús. Los jesuitas fueron los primeros en arribar al Brasil (1549), pero ctón o AS no lograron ser admitidos en las Indias hasta 1568-1572. En el año A 156 ON o 1607 comenzaron sus misiones en el Paraguay, que iban a ser la reali- z e a e zación que más se aproximó al ideal misionero y el epítome de las ven- Ñ ES fa EN SS, Tse a E ía Sy, 4, e tajas y de las limitaciones de éste. Los influyentes jesuitas lograron que se prohibicsc a todo el mundo el acceso a estas misiones, que una vez consolidadas constituirían por espacio de más de un siglo un mundo idílico y aislado donde muchos indios vivieron en paz, seguridad y prosperidad, obtuvieron excedentes económicos con su llevadero y bien organizado trabajo, organizaron sus propias unidades militares para la defensa del territorio contra handeírantes y otros peligrosos intrusos, y aceptaron la paternal tutela de los misioneros. Estos qui- sieron y protegieron a sus indios como a perpetuos menores de edad que, como tales, fueron incapaces de valerse por sí mismos cuando los jesuitas fueron expulsados de Ilispanoamérica (1767). El modélico te- rritorio misional se desintegró en cuestión de pocos años. UA copa Ne RS e a 5 2, El proyecto de una burocracia real La administración colonial de Castilla estuvo desde el principio muy centralizada, al menos en teoría. Á su cabeza se hallaba el rey, inicialmente asistido por un agente personal en Sevilla y, desde 1503, como vimos (sapre, cap. YI), por una oficina comercial o Casá de Contratación, réplica de la portuguesa Casa da India. Poco después de la incorporación de las Indias a la Corona de Castilla, y en vista de la importancia que la conquista estaba adquiriendo, se estableció en la Corte un consejo colonial permanente, el Consejo de Indias, para asis- tir al rey, pero que no tardaría en asumir la totalidad de las funciones administrativas, judiciales y fiscales de alto nivel, así como el ejercicio del Patronato sobre las iglesias coloniales; el Consejo, ampliado, refor- mado y depurado tras alguna inspección, funcionó durante la segunda Tula $ MAMA 57% 25 1395) le és 1595 em 1325 | so Muera Segovia 1535 Se inlican las ciudades que eran sedes episcopales en el siglo xvxL las lechas iadicar e año ce fundación de cacia obispado 244 Guillermo Céspedos del Castillo Los servidores del trono y del altar 245 además, el lugar más preeminente en todas las burocracias, como go- bernadores de territorios vastísimos, jueces supremos honorarios, or- denadores «le pagos en la hacienda real y comandantes militares. Tal acumulación de cargos y responsabilidades tenía por objeto exaltar su autoridad y prestigio, subrayados visiblemente por una guardia militar, un palacio como residencia y una Corte vice-real adecuada a su elevado rango político y personal. El cargo más alto en Brasil hasta 1640 era un modesto governador geral con residencia en Sáo Salvador de Bahia, desde 1549; actuaba como gobernador efectivo de la capita- mitad del siglo XvT con relativa eficacia, resolviendo buena parte de los asuntos y consultando al monarca los más importantes; los resúmenes escritos de estos, que incluían la opinión de los consejeros, contienen pruebas materiales de la atención personal que les prestó Felipe 1l, en largas horas de despacho con su secretario, quien llevaba entre el monarca y el Consejo las numerosas comstltas y voluminosas carpetas para la firma del rey. En contraste con tan temprana centralización, el rey portugués dividió entre sus consejos para asuntos políticos, eco- nómicos y eclesiásticos las responsabilidades del gobierno del Brasil. Un Conselbo da India, al cual se encomendó reunir y centralizar la ad- nía de Bahía, donde reside, y comandante militar de todo el Brasil. ministración de las colonias en Ásia, no aparecería hasta 1604: por fin. Cada virreinato castellano incluía cierto número de gobernaciones, en 1643, ampliando el anterior como Corselho Ultrararino, asumió cada una de cllas presidida por un gobernador como jele político y juez ya jurisdicción sobre todas las colonias portuguesas, incluido el Brasil provincial; sí el gobernador era de capa y espada, es decir, no ue+ pro- Estas diferencias explican el temprano desarrollo en Hispanoamórica fesional en leyes, la justicia estaba de hecho administrada por un juez de una administración compleja y bien organizada, en contraste con profesional delegado (teniente letrodo). En las gobernaciones más im- el Brasil, donde se forma más lentamente y fue siempre más sencilla y portantes, el titular era también capitán general con poderes militares flexible, amén de menos eficaz. No obstante, ambas burocracias evo- autónomos, Todos los gobernadores estaban subordinados a un virrey, lucionaron a partir de tradiciones e instituciones casi idénticas y sus pero sólo nominalmente en el caso de que las comunicaciones con Eu- diferencias no son sustanciales, sino de grado y detalle, ropa fueran más fáciles y rápidas que con la capital virreinal, como fue La administración colonial se basó en el principio de. dos jerar- el caso, verhigracia, de Venezucla y del Río de la Plata, Existieron un quías burocráticas, correspondientes al ejercicio de los poderes espi- total de treinta y cuatro gobernaciones en las Indi: ritual y temporal (gobierno eclesiástico, gobierno secular). La jerarquía nas. Su equivalente portugués lo constituyeron las cápz que per eclesiástica era independiente por completo en cuestiones de fe, doc- duraron como divisiones territoriales —y aumentaron ligeramente en triria. moral y disciplina sacerdotal, sin tener otra autoridad suprema ¿ cuando las quince capitanías señoriales originarias (supra, que la del papa en lo relativo a esas cuestiones; para todo lo demás, cap. TL2) se incorporaron a la Corona, más pronto o más tarde; en- esta jerarquía se hallaba bajo la autoridad del rey como patrono de tonces el jefe de cada una de ellas fue un governador nombrado por el la Telesia. El poder temporal o político venía ejercido en la metrópoli * , Divisiones territoriales menores se denominaron en Indias corregó por los consejos reales antes mencionados, por delegación del mo- micutos y estaban gobernadas por un corregidor de españoles (en gene- natca, y por este en persona; en Ultramar lo ejercieron, también por al llamado simplemente corregidor) con autoridad política y judicial delegación del rey, cuatro diferentes burocracias, una de ellas global en su distrito. Las alcaldías mayores que existieron en algunas regiones en carácter y general en sus responsabilidades (gobierno), y las otras ¿de Nueva España, aunque de origen diferente, acabaron por ser co tres especializadas, lrasta el punto de requerir una sólida preparación Y regimientos en todo menos en el nombre, que se mantuvo por tradi- profesional: la administración de justicia, la de los fondos públicos ción. Distritos rurales con población indígena fueron gobernados por (hacienda real) y el ejército (militar), T.os cargos públicos más allos en corregidores de indios Ísupra, cap. VIL3). las colonias castellanas fueron los de sírrey, de los que hubo uno er: La adminisiración de justicia a alto nivel constituyó una tarea México desde 1335 y otro en Lima (desde 1551 de manera efectiva), «completamente especializada. Once audiencias se establecieron en sin que se creasen más hasta el siglo xvIL Los virreyes eran, en pi Indias, más una en Manila, como tribunales de apelación en sus dís- mer lugar, representantes personales del monarca y, como tales, vice- ritos sespectivos. La contrapartida lusitana fue una relaggo en Ba- patronos de la Iglesia; por razón de dignidad, ee eligieron durante ía, que operó en 1609-1626 y no volvería a restablecerse hasta 1652. mucho tiempo entre la nobleza de Castilla; los virreyes ocupaban, ¿Cada audiencia estaba formada por varios jueces profesionales de 254 Guillermo Céspedes del Castillo Las servidores del trono y del altar 25 profundamente conservadora, porque pensar e innovar iba contra la corriente y porque lo convirtió en peligroso la Inquisición. Las situa- jones económicas, sociales y políticas existentes fueron considera- das un «orden natura! de cosas» establecido por Dios en toda lo que tenía de bueno y permitido por Él en sus innegables aspectos malos; cualquier intento de cambio o mejora de ese orden, salvo en cuestio- res de deralle o de santificación personal, sería arrogancia y orgullo, tratar de enmendarle la plana a Dios: un pecado capital. La pobreza material, en sí deplorable, significaba, sin embargo, la oportunidad de ejercer la virtud de la paciencia y el sacrificio por una parte, la ca- ridad por otra; intentar extirparla, empeño vano: «siempre ha habido ficos y pobres». Si la justicia resultaba inalcanzable en este «valle de lágrimas», se alcanzaba con toda seguridad, perfecta y administrada por Dios mismo, después de la muerte. La esperanza en el cielo ha- día tolerable cualquier sufrimiento o frustración, lo que, dicho sea de paso, tuvo grandes ventajas psicológicas para el individuo, su equili- btio interno y su estabilidad emocional. La actitud religiosa que se consideró más descable y admirable no creemos que pueda resumirse con menos palabras que sirv dose de la anécdota de Juan el lechero, aplicable a la época, aunque sea más reciente: cuando en el curso de su trabajo pasaba ante una iglesia, Juan se detenía siempre, abría la puerta sin soltar sus cánta- tos y decía mirando el altar mayor, «Señor, aquí está Juan», pata acto seguido continuar distribuyendo sn mercancía de casa en casa. Fl tal Juan fue considerado el modelo perfecto de una religiosidad hu- milde y su fe ciega de analfabeto se mencionó como ejemplo de ora- * ción perfecta y de sentido de la presencia de Dios. No es extraño que las mujeres, como parte menos educada, más sentimental, paciente y umisa de aquella sociedad, fueran las creyentes más firmes y las ver- ' daderas depositarias y transmisoras a la generación siguiente de una eligiosidad social expresada principalmente en ceremonias litúrgi- as impresionantes, emoción, tradición y costumbre, casi nunca en vivencia religiosa personal y auténtica, casi nunca en pensamiento creador o en conducta innovadora, La Iglesia tuvo en Brasil un desarrollo paralelo, aunque mucho más lento y de proporciones infinitamente más modestas. Hasta 1676, ¿lo existió allí un obispado, el establecido en 1551 con sede en Bahía; desde 1591 en adelante, la Inquisición metropolitana envió periódi- ¿amente comisarios visitadores al Brasil; estos despacharon hacia Lis- boa 2 un puñado de sospechosos de herejía y de cosas parecidas. En la tos; pan y dignidad para los humildes y los que tenían hambre. Todo ellos. por supuesto, habían de pagar un precio negativo en libertad, positivo en disciplina, trabajo y decoro; fueron muchísimos los dis- puestos a pagarlo, eligiendo su monto al decidirse entre las organiza- ciones y puestos clericales más estrictos o más laxos. De este modo, la estructura y dinámica sociales propo la Tglesía un volumen de capital y de personal sin precedentes, además de una solidez institucional verdaderamente monolítica, Su monopo- lio absoluto de la religión única y oficial y sus conexiones con el Es- tado a través del sistema de Patronato real, ofrecieron también al clero un considerable poder político. Su estructura fuertemente autoritaria y su tígida disciplina en cuestiones de fe y de obediencia bajo el ojo vigilante de la Inquisición, consolidaron al clero como un sector so- cial extenso, poderosísimo y completo, que abarcaba desde la cima al fondo de la estructura social y que disponía de una fuerte unidad de propósito y de acción. La Iglesia indiana llegó a contar con cinco ar zobispados, treinta obispados (más cuatro en Filipinas) y una abadía (en Jamaica, de 1515 a 1650); todo ello se creó entre los años 1511 y 1620, un verdadero record en velocidad y amplitud de desarrollo, fi- nanciado por el Estado y por el resto de la sociedad. La poderosa élite de arzobispos y obispos quedó suplementada con los provinciales de las órdenes religiosas, que no eran pocas, debiendo añadirse a las pro- eedentes de Furopa, las de los betlemitas, única fundada en las In- días y que no sobrevivió a la época colonial. La fuerza enorme de este grupo radicaba en la vastísima red de capítulos catedrales, conventos, universidades, colegios, hospitales, organizaciones varías de caridad. parroquias, cofradías, órdenes terceras y otras asociaciones de fieles, hasta alcanzar las misiones más remotas y las más pobres parroquias en pueblos de indios. Ya hemos mencionado antes (supra, cap. VL4) las fuertes conexiones individuales y colectivas entre el clero y el resto de la sociedad, y apenas insinuado los principales medios de influe cla de aquel sobre esta, medios mucho más variados y poderosos de * los que, por falta de espacio, nos es dado especificar. E Esa estructura autocrática y paternalista de la Tglesia, su rígida or- todoxia, su énfasis en las virrudes cristianas «pasivas» —humildad, paciencia, renunciación, obediencia— sobre las «activas» —amor a la libertad, hambre y sed de justícia, etc.— determinaron una forma ? de religiosidad basada en el respeto ciego a la autoridad, la tradición y la rutina. Esta Iglesia enorme no fue creadora desde un punto de vista religioso, como lo fue la misional de los primeros tiempos, sino 256 Gu llermo Céspedes del Castillo segunda mitad del siglo xv1, la Iglesia brasileña de tipo misional tuvo una etapa, paralela a la indiana, de fervor evangelizador y protección de los indiws, protagonizada casi exclusivamente por los jesuitas. Ma- noel de Nóbrega y el canario José de Anchieta son los más representa- tivos de esta Orden, como contrapartida brasileña de Las Casas y de la corriente revisionista que hemos descrito en Castilla e Indias, así como delos misioneros más activos y entusiastas de las fronteras indianas. Si * el adía de los colonos hacia los jesuitas que les impidieron esclavizar alos indios no fuc eterno, se debió al hecho de que la temprana y ma- siva importación de negros africanos resolvió el antagonismo, ya que misioneros y colonos encontraron en la esclavitud negra una solución aceptable: Siendo pobre en comparación con la hispanoamericana, la Iglesia post-tridentina en el Brasil no resultó atractiva pata hacer del estado clerical una carrera brillante; siendo el clero secular en propor ción pequeño, no fue poderoso ni influyente, con la excepción de los jesuitas citados. Ciudades escasas y de crecimiento lento, no favorecie- ron demasiado la concentración ni «l aumento del poder religioso. En consecuencia, la Tglesia fue menos rígida y más débil; esto explica la abundante supervivencia de elementos religiosos nativos, africanos y no europeos en general; y de ahí la posterior proliferación de supersti- ciones, sectas religiosas, movimientos mesiánicos y prácticas religiosas de tipo sincrético, pero escasas en ingrediente cristiano, 4. Sociedad y burocracia real Los territorios de asentamiento ibérico en el Nuevo Mundo no fueron considerados Iécnicamente colonias, sino partes du las mo- :: narquías castellana y portuguesa incorporadas a los respectivos 16l- nos. Los territorios de colonización castellana formaron un grupo de entidades politicas, los denominados Reynos de las Indias (Nueva Es paña, Perú, etc.), a los que se declaró partes integrantes e inaliena- * bles de la Corona de Castilla (supra, cap. 11.4), del mismo modo que lo eran otros reinos (León y Granada en la Península, por ejemplo] Cierto que las Indias nunca tuvieron una personalidad política de- sarrollada por completo, Las Cortes jamás funcionaron en Ultramas, pese a tempranos y fracasados intentos por implantarlas, parque dl rey pensó con raxón que cualquier tipo de institución asamblearia y representativa podía poner en peligro su autoridad. De todos modos, las Cortes tampoco existieron en el reino peninsular de Granada, por Los servidores del trono y del alíar 257 - ejemplo, y en la misma Castilla fueron perdiendo toda importancia a lo largo del siglo xv1. La plata americana permitió al monarca eludir has peticiones de subsidios a representantes de ciudades y estamen- tos sociales, que condicionaban su concesión y podían hacer prevale- cor sus puntos de vista sobre los del soberano. Este pudo conseguir dinero, con sus rentas; con los superavits de la hacienda en América; con trculvos otorgados a los mercaderes de Sevilla por no invesligar delitos Escales cometidos en el comercio trasailántico; con arbitra rias incautaciones de metales preciosos consignados a particulares, cuando arribaban a la Península en las flotas; con composiciones que egicimaban varias clases de ilegalidades, usurpaciones y apropiacio- es indebidas de bienes en Indias, incluyendo tierras atrebatadas a as nativos; con donativos para gastos urgentes de la Monarquías soli “citados a instituciones y grupos sociales eu América a cambio de con- cesiones de privilegios o tolerancia de abusos, tte. De estas y otras maneras, el regateo para establecer y aumentar cargas fiscales no ne- esitaba plantearse en términos políticos ante las Cortes, sino en tér- minos de mero chalaneo económico sin. riesgo político alguno, aun- que con graves consecuencias a largo plazo: el desprestigio de la ley y la convicción cada vez más extendida de que el dinero lo puede todo. Y así, para Castilla, la gloria de su proyección política en Ultramar y ¿la oportunidad de ascenso social de los castellanos en América vinie- ron a pagarse con la pérdida de las instituciones representalivas del reino y la desaparición de sus tradiciones democráticas, Castilla se integró, pues, como vasta entidad política formada por un cierto número de reinos, con leyes y tradiciones básicas comunes a todos ellos y con un mismo monarca, aunque Una razonable diver- sidad de usos, costumbres e instituciones existieran'a nivel regional y aun local, diversidad más acusada, naturalmente, en las Indias. A su vez, Castilla estaba incorporada a un sistema político que, en térmi- os actuales, se podría definir como una federación de Estados, su- pranacional y con acusada diversidad política interior, que tenían cn ¿común el mismo gobernante supremo: el rey. Recuérdese que esta es pecie de Us :ealtb surgió como resultado de matrimonios entre: familias reales y de leyes sucesorias bien especificadas, que produjeron la unión legal de varias Coronas cn un mismo soberano. El hecho de ¿que la política de matrimonios reales tuvicra objetivos principalmente inásticos, centrados en el aumento del poder, riqueza y gloria de las “amilias respectivas, propició, como es lógico, una serie de antagonis inos y conflictos entre los intereses dinásticos, que los monarcas consi 200 Guillermo Céspedes del Castillo Los servidores del ramo y del altar 261 de boda en el distrito donde tenían jurisdicción, siendo tales sus) imitaciones que, de haberse cumplido, hubieran vivido en la soledad 4 más espantosa y sus farnillares directos en un aislamiento inhumaro. 4 Tras las dispensas a estas normas, vino su desuso, y los funcionarios, ¿| que también tenían su corazoncito, cmpezaron a Casarse, Casal a Su : hijos, instalar a forniliares y situarse todos en el contexto social de? forma que ningún funcionario se vio libre de hacer favores o aplicar leyes en beneficio de unos y perjuicio de otros, iranquilizando su con E ciencia con sólo pensar que aquello era simplemente cumplir deberes familiares y de amistad, Otro factor en la situación de los fun: cionarios lo constituía el poder económico que les proporcionaba d abono de sus sueldos en moneda; era un privilegio disponer de ests en una economía monetaria, pero siempre escasa de circulante, por ser la moneda mercancía de exportación además de instrumento de cambio. La posibilidad de efecruar préstamos onerosos 4 corto plazo, la garantía que el sueldo seguro daba para obtener crédito y el gero ral ambiente en que todo el mundo compraba y vendía sin prejuicios sociales (ya olvidados en Tndias), abocaban a no pocos funcionarios, hien temunerados en los primeros tiempos, 4 desarrollar actividades 4 comerciales que les estaban prohibidas casi siempre, pero que resul taban tentadoras y de fácil justificación moral, con sólo poner el de ber hacia los hijos y su porvenir algo por encima de los deberes pra fesionales. En el caso de funcionarios de hacienda, las posibilidades de negociar eran enormes; dado que custodiaban fondos públicos podían prever el ticmpo aproximado que estarían inmovilizados end arca de tres llaves que ellos abrían. y cerraban, les resultaba Factible): negociación privada a corto plazo de grandes capitales públicos que, con un poco de suerte, se reponían a tiempo. Así estaban las cosas cuando, en la última década del siglo XVL, um Monarquía en bancarrota y con necesidad urgente y agobiante de dí nero se decidió a recompensar con ciettos cargos públicos de poca monta a todo candidato cualificado para desempeñarlos que estuvier dispuesto a hacer una donación en metálico al rey. La práctica, limi. tada en principio a pequeños cargos notariales y municipales, no tardó 4 en extenderse y generalizarse, hasta que se convierte en venta expl de obcíos públicos. Desde que aparecen en Tndias, los oficios vendibl proliferan sin cesar, siendo no pocas veces otorgados en perpetuidad | al agraciado y sus descendientes, con objeto de obtener más dinero por la venta. Los oficios terminaron por venderse:al mejor postor, y sel énicamente revendidos y negociados sín la menor atención al detalle A de que aquellos que iban a desempeñarlos estuvieran capacitados o no ara ello, La compra de un oficio se legitimó considerándola una espe- e defanza no recuperable que hacía la persona nombrada como ga- ¡nía de su actuación honesta y eficaz en el cargo. Pero no cabe duda que esto originó una enorme corrupción e ineficacia en la adminis- ción pública. Salvo algunas excepciones, los cargos más altos e im artantes de la administración indiana nunca se vendieron, sino que ie otorgaron, como antaño solía hacerse, a personas que se considera- AD honestas y bien preparadas, y que con frecuencia lo eran. Los oficios vendibles transformaron la función de muchos cargos íblicos, del servicio que eran, en el negocia descarado que acaba- «gn por ser, y en el que una inversión inicial —el «donativo al rey— E bía de rendir los beneficios económicos más elevados posible. La idmiristración pública se convirtió así en una nueva fuente y un me ¿llo de explotación económica. Los efectivos de la burocracia real au- entaron progresivamente, con objeto de atender las necesidades de ero en metálico del real tesoro, no las verdaderas necesidades ad- “puinistrativas; como la demanda fue grande, se nombraron incluso fu- drarios, que pagaban par el derecho a desempeñar un oficio cuando edase vacante pot muerte o jubilación de quien en aquel momento y desempeñaba, El aumento del número de funcionarios no signi- icó, por supuesto, una mayot efectividad administrativa, sino lo con ario, aunque las impresionantes nóminas y plantillas produzcan el «cto opuesto: no es que haya más gente sirviendo al rey, sino una daga de individuos dedicados a servirse de sus cargos Como fuen- tes de poder, prestigio y, sobre todo, dinero. L.a fórmula antes citada, obedezco pero na cumplo», llegaría a interpretarse en casos extre os como Virreyes y altos burócratas, rodeados ya de un creciente número de subordinados que disfrutaban como si de un botín se tratara sus aficios obtenidos por compra, perdieron buena parte de su poder efectivo: obedecidos y resperados exteriormente, vieron sus órdenes cumplidas, demoradas, deliberadamente mal interpretadas o boi- zoteadas en la medida en que convenía al subalterno de turno o al gmupo de presión del que este formaba parte. Si el resultante desor- den e inoperancia no alcanzaron proporciones mayores, se debió al echo de que los perjudicados se apresuraban a protestar y denunciar fasituación; el equilibrio entre grupos de presión antagónicos detiene efes o después el deterioro de la situación, ya que una rapacidad o a uillermo Céspedes del Castillo Los servidores del trono y del alsar 263 incompetencia escandalosas dan armas a los enemigos del culpabk quienes pueden perjudicar a él y a su grupo. 7 Los funcionarios profesionales fueron cada vez menos los agente eficaces del rey, y cada vez más los árbitros entre grupos de presión locales, los intermediarios entre poderosos intereses indianos por en : lado, y por otro la Corona, en manos de monarcas cada vez más dé les, más inoperantes y menos trabajadores. Uno de los peores resul tados de esta situación sería que los funcionarios profesionales com- petentes y honrados se desmoralizaron: por completo, al comprobar! que aquellos cargos que cllos podían alcanzar sólo tras largos años de esfuerzo y dedicación se otorgaban a cualquier advenedizo Íncompe- tente capaz de comprarlos: el dinero pesaba más que cl mérito o cua quier otra cosa. Y mientras experimentaban tan penosa tesitura, la in- flación monetaria ¡ba consumiendo sus salarios, antes suficientes para vivir con decoro; dada la situación financiera del tesoro público, 1 sultaba ingenuo pensar que los sueldos se elevarían para mantenerst poder adquisitivo, dando todo ello como resultado la tolerancia pro gresiva de corruptelas, ya que el salario que percibían los funcions- tios no les alcazaba ni siquiera para vivir. Se demostraba una vez més: que la manera más eficaz de envilecer a una profesión es desmoralizar. y empobrecer a aquellos que la ejercen. Una vez desatadas la codicia y la corrupción, fueron muchos los que se dedicarían a explotar a quienes tenían a su alcance, resultando las principales víctimas aquellos que poseían menos valedores y me dios de defenderse, A título de ejemplo, citemos el caso de los corre. gidores de indios, que, como vimos, se establecieron para gobernar; proteger a los nativos; al quedar minados sus sueldos por la inflaci monetaria y no haber medio de aumentárselos, se les toleró que, de a plazando a buhoneros y comerciantes al por menor, vendiesen a kosa indios lo que estos podían y venían adquiriendo: algunas manufaci ras que cllos no producían, ganado mayor, etc. Aun forzando la mano pata hacerse con el monopolio de e ventas en su distrito e incrementándoselas con abusivas coaccion el resultado podía ser hasta beneficioso, por el estímulo que pudie proporcionar ese comercio a la economía de las comunidades. Pa con ello ss convertían los corregidores en «diptongos de goberna tes y comerciantes», como les llamó con desprecio uno de los virrey que toleró Lal situación. : Al mediar el siglo xvm y en el Perú, donde parece «que los abuso alcanzaron mayores proporciones, un corregidor recién nombrad recibía a cródito por parte de un mercader partidas de restos de alma- ¿cén a precios bajos, pero con crecidos intereses; « su tiempo, cuando el corregidor visitaba su distrito para recaudar el tributo, imponía a as comunidades indias un repartimiento forzoso de tudos esos artícu- Jos, entte los que podían figurar muchos que los indígenas ni desca- nan ni consumían, pero que habían de aceptar y pagar al mercader, uien había dado salida a mercancías de desecho, y el corregidor se 'mbolsaba el sustancioso remanente. Continuaremos el tema al referirnos a la sangrienta rebelión de upac Ámaru, Añiadamos ahora solamente que hubo incluso curas párrocos en pueblos de indios que se las compusieron para despo- er a sus feligreses de todos sus excedentes de producción. Por asra arte, comienzan a conocerse casos de caciques y cunicas que logra- on amasar grandes fortunas, que invertían en el comercio y, a veces, bién en la minería. La situación en Brasil no difirió mucho de la de Hispanoamérica; principal diferencia radicó en el hecho de que situaciones similares urgieron en las Indias por decadencia y corrupción de la buroctaci ¿enel Brasil, por la falta de desarrollo de esta, Í