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Lecturas Chillida, Apuntes de Historia Política Social Contemporánea

Asignatura: historia politica del mundo actual, Profesor: Gonzalo Alvarez Chillida, Carrera: Ciencias Políticas, Universidad: UCM

Tipo: Apuntes

2013/2014

Subido el 19/04/2014

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EN JvaE, Post querra: Ona Wushvria Je Europa Aosdo 1445 / madrid, “Taurus, 2005. El impulso de cambio posterior a 1945 fue mucho más allá de la provisión de bienestar. Los años siguientes a la Segunda Guerra Mun- 125 19> dial constiluyeron una especie de era reformista en escorzo, durane te la cual se abordaron por fin muchos problemas acuciantes desde hacía tiempo. Uno de los más importantes era la cuestión de la re forma agraria, que para muchos representaba el dilema 1 apre: miante de Europa. El peso del pasado todavía actuaba como un las- tre para el campesinado del continente, Sólo en Inglaterra, los Países Bajos. Dinamarca, las tierras alpinas y algunas zonas de Francia, po- día hablarse de 1ura clase agrícola próspera e independiente. La alru- madora mayoría de la población predominantemente rural de Fu- ropa vivía en condiciones de endeudamiento y miseria. Una de las razones de ello era que grandes extensiones de las me- jores tierras de cultivo y especialmente, de pastos, seguían en manos de un conjunto relativamente reducido de ricos hacendados, casi siempre ausertes y en muchos casos radicalmente contrarios a cual- quier mejora de las condiciones de sus tierras, arrendatarios o trab» jadores. Otro factor era el prolongado descenso de los precios agré colas respecto a los industriales, un. proceso agravado a partir de 1870 por la importación a precios muy baratos de grano y más tarde de car- ne desde las Américas y los dominios británicos. Para 1930, los cum- pesinos europeos llevaban viviendo, durante casi tres generaciones, en unas circunstancias cada vez más difíciles. Muchos de ellos ¿de Grecia, el sur de Italia, los Balcanes o la Eso opa central y del Este) ha- bían emigrado a Estados Unidos, Argentina u otros Ingares. Los que se habían quedado habían sido presa fácil de los nacionalistas ylos demmagogos fascistas. por lo que despraés de la guerra muchos creían, especialmente entre la izquierda, que el fascismo atraía especialmente a los campesinos desesperados y que si en Enropa se producía un re- surgimiento del fascismo, éste se iniciaría en el campo. Así pues, el problema agrario era doble: por un lado había que mejorar las pers- pectivas económicas del campesinado y, de ese modo, apartarlo de la tentación autoritaria. El primer objetivo ya se había abordado tras la Primera Guerra Mundial a través de una serie de reformas agrarias (especialmente en Runranía y en italia, anque en cierta medida también en toda En- ropa) cuyo objetivo era redistribuir las grandes propiedades, reducir el nútero de «minifundios» (parcelas poco rentables) y proporcio- nar alos agricultores una mejor oportunidad de lograr una produc- ción rentable para el mercado. Pero estas reformas fracasaron en su propósito, en parte debido a que en las desastrosas circunstancias económicas de la Europa de entreguerras, con los precios cayendo 126 aún más rápido que antes de 1914, los nuevos propietarios agríco- las «independientes» resultaban más vulnerables que nunca. 0% Después de la Segunda Guerra Mundial, volvió a Acomercise ae forma agraria. Durante la retorma agraria de Rumanía, en ma de 1945, se expropiaron un millón de hectáreas a los kulaks” y a los ¿scriminales de guerra» y se distribuyeron entre más de 600.000 can posinos hasta entonces pobres o sin ierras. En Hungria, donde el ré- gimen de entreguerras del almirante Hor thy había bloqueado cual quier iniciariva importante de redistribución agraria, $e expropló un devcio de la superficie del país a sus anteriores propietarios, con arre. gloal Programa Sueged de diciembre de 1944 implantado por el Go- ts ició rra. El Gobierno del bierno provisional de coalición de la postguerra. El Gobie Frente Nacional Checostovaco elaboró un programa similar anal mismo año y redistribuyó grandes extensiones de tierras, e pe - mente de las granjas arrebatadas a los alcmanes y los húngaros o Sudetes, durante los primeros meses de la postguerra. Entre 1 y 1947 todos los países del este de Europa presenciaron el surgimiento de una mueva y numerosa clase de pequeños propietarios que a su vez serían expropiados par los regímenes comunistas durante a paña de colecrivización. Pero, entre tanto, toda una clase soda Lor mada por la pequeña nobleza campesina y los grandes pa "o os, desapareció de un plumazo de Polonia, la Prnsía del este, Hungría, anía y Yugoslavia. a EN la Fruopa occidental, el único caso comparable a estos Arásti cos carobios acontecidos en eb este fue el del sur de Italia, Las dr Ásti- cas leyes reformistas de 1950 proclamaron la redi iribución de has tie- tras de toda Sicilia y el Mezzogiorno, a las que a expropiaciones y ocupaciones ten toriales en Basilicata, los Al rs y Sicilia. Pero, a pesar de todo este revuelo, apenas cambió na a, ya que gran parte de las tiexras de los viejos latifundios que mera distribuidas carecían de agua, carreteras o alojamientos. De las 74 hectáreas redistribuidas en Sicilia después de la Segunda Guerra Mun- dial, el 95 por ciento eran terrenos «marginales» ode categoría 0 feriox, no aptos para cl cultivo, Los empobrecidos campesinos alos que se les habian ofrecido estas fieras no tenían dinero ñ ae peo a créditos, así que no podían hacer nada con sus muevas propieda: E Las reformas agrarias italianas fracasaron. Su objetivo declarado, la * Garpesinos ricos (N. de los To lado. Los partidos católicos eran conocidos ya enla Europa continen: tal (cn Holanda y Bélgica gozaban de gran arraigo desde hacía tiene Po). La Aleurania guillermina y la de Weimar habían tenido un Parti- do de Centro Católico, y el ala conservadora de la política austriaca llevaba mucho tiempo estrechamente ligada al Partido Popular (cató: dico). Incluso la «democracia cristiana» en sé misma no era del todo una hueva idea, ya que sus orígenes se rermontaban al reformismo y los mo- vimientos católicos centristas de principios del siglo veinte, que habían intentado sin éxito abrirse camino durante los turbulentos años pos- teriores a la Primera Guerra Mundial. Pero a partir de 1945 la siruación Pasó a ser completamente distinta y claramente favorable para ellos. En primer lugar, estos partidos, especialmente la Unión Demócrata Cristiana (CDU) en Alemania Occid ental, los democraracristianos (DC) en alía y el Movimiento Popular Republicano (MRP) en Fran cía, tenían ahora el monopolio del voto católico. En la Europa de 1945, esto seguía pesando mucho: el voto católico era todavía claramente conservador, especialmente en lo referente a cuestiones sociales y en las regiones de mayoría católica practicante. Los votantes católicos Iradicionales de Italia, Francia, Bélgica, Holanda y la Alemania del sur y ticl oeste raramente votaban a los socialistas y casimuanca a los co- amunistas. No obstante, y ésta constituyó una peculiaridad de la era de la postguerra, incluso los católicos conservadores de muchos países a menudo no tenían otra opción que votar a los democratacristianos, a pesar «el sesgo reformista de los política y programas democrata cristianos, tado que los partidos convencionales de la derecha seguían atún bajo sospecha o bien estaban directamente prokiúbidos. Inchase los conservadores no católicos fueron convirtiéndose zada vez más en democrataciistianos para frenar a la izquierda «marxistas En segundo lugar, y por razones similares, los partidos democra- tacristianos fueron los mayores beneficiarios del voto femenino (en 1952, aproximadamente dos terceras partes de las mujeres católicas prac- ticantes de Francia votaban al MRP), No hay duda de que la influen- cia de los púlpitos desempeñaba un papel importante. Pero gran par- te del atractivo que los partidos democratacristianos ejercían sobre las mujeres radicaba cn su. programa, En contraste con cl trasfondo subversivo que subyacía incluso en la retórica socialista y comunista más moderada, el discurso de eminentes democratacristianos como Maurice Schumann y Georges Bidault en Fr ancia, Alcide de Gasperi en Italia y Konrad Adenauer en la República Federal, hacía sier- pre especial hincapié en la reconciliación y la estabilidad. 130 La democracia cristiana evitaba los llamamientos no tao sesocial y resaltaba en cambio las refor TERAS. morales y social e A eretamente, insistía en la importancia de la familia, un a Ñ Ñ racterísticanente cóstiano con inportantes implicaciones po 1 ne un momento en que las necesidades de las fanmilias mono ae sin hogar e indigentes, nunca habían sido mayores. Así pues, ¡os a . dos democratacristianos estaban idealmente situados par arentabiliza pricricamente cada uno de los aspectos de la situación de la pone rra: el deseo de estabilidad y seguridad, la esperanza de rez II a ausencia de alternativas de dereclra tradicionales y las esperas : e- positadas en el Estado, ya que, en contraste con los políticos a eos convencionales de la generación anterior. los líderes de los partidos d e mocratacristianos y sus jóvenes y más radicales seguidores no tenían il . hibiciones a la hora de recurrir al poder del Estado para alcanzar s , objetivos, En todo caso, los democratacristianos delos CANTEN de ta postguerra vefan como sus principales oponentes a los Ne alefensores del libre mercado más que a la izquierda enlec tivisLa, se taban dispuestos a demostrar PU Estado moderno podía adaptars a forma socialistas de benévola intervención. . : consecuencia en Italia y Alemania Occidental, los ps tidos de imocratacristianos consiguieron (con alguna ayuda de Estados Uni- dos) un cuasi monopolio del poder político durante muchos a En Erancia, gracias alos corrosivos cfecios de dos guerras coa seguidos en 1958 de la vuelta al poder de De Gaulle, al MRE no c mue tn bier, Pero incluso aquí se mantuvo como el árbitro del poder vas ta mediados de la década dle 1950, reivindicando sin encontrar opo- sición ciertos ministerios clave (principalmente el de Asuntos Exte- riores). En los países del Benelux, los par tidos católicos de tendenca democratacrístiana ejercieron cl poder sin interrupción durante más de una generación, y, en Austiia, hasta 1970. ! . Los líderes de los partidos democrataciistianos, Como Ww inston Churchill eu Gran Bretaña, eran hombres que pertenecían auna co caanterior: Konrad Adenauer había nacido en 1870, Alcide de 0 peri cinco años después, el propio Churcióll ea 187 4. No se trata va dle mera coincidencia o de una curiosidad biográlica. En 1945 m4 chos países de la Furopa continental habían perdido ya duos pe raciones de futuros líderes; la primera debido a dos muertos y INEA causados por la Gran Guerra, y la segunda por la tentación de as cismo o por haber sido asesinados a manos de los nazis y sus con pinches. Esta escasez se evidenciaba en la £ alidad en general has- 131 tante mediocre de los políticos más jóvenes de aquellos años, a ex cepción de Palmiro Togliatti (que había pasado la mayor parte de los veinte años anteriores como agente político en Moscú). El peculiar atracíivo de Léon Blum, reincorporado a la vida pública en Francia después de ser encarcelado por el gobierno de Vichy y estar recluido también en Dachau y Buchenwald, no residía sólo en su heroísmo, sino también en su edad (labía nacido en 187%. A primera vista podría parecer raro que gran parte de la rehabili- tación le la Europa de la postguerra fuera obra de hombres que ha- bían alcanzado la madurez y empezado su carrera política muchas dé cacas antes, Churchill, que entró por primera vez en el Parlamento en 1901, siempre se describió a sí mismo romo un «hijo de la era vic- toriana». Clemeni Attlee era otro victoriano, nacido en 1883, Pero qui- zá esto no sea tan sorprendente, después de toco. En primer lugar, re sultaba poco habitual que estos hombres de edad tan madura iubieran salido política y éticamente ilesos después de treinta años de agitación, lo que realzaba su credibilidad política dado el escaso número de ellos. Por otra parte, todos procedían de la insigne generación de reformistas sociales europeos que habían alcanzado la madurez durante los años 1880 y 1910, ya fuera como socialistas (Blum, Atdlee), liberales (Beve- ridge o el futuro presidente italiano Luigi Einaudi, nacido en 1874), o católicos progresistas (De Gasperi, Adenauer). Sus instintos y susin- lereses conertaban perfectamente con el sentir de la postguerra. Y en tercer lugar, y tal voz lo más inportante, los provectos hom- bres qne reconstuyeron la Eur opa occidental represenmban la cor tinuidad. La tendencia del periodo de entreguerras había sido hacia lo nuevo y lo moderno, Los parlamentos y las democracias eran vis- Los por muchos, no sólo por fa 'cistas y cormunistas, como decadentes, estancados, corruptos y en todo caso inadecuados y las tareas del Estado moderno. La guerra y la ocupación disiparon estas ilusio- nes, al menos en los votantes, si nu en los intelectuales. Bajo la fría haz de la paz, los rutinarios compromisos de la democracia constitucio- nal adquirieron un nuevo atractivo, No cabe duda de que lo que la mayoría de la gente anhelaba en 1945 era el progreso y la renovación social, pero combinado con la seguridad de unas formas políticas es- tables y familiares, Allí donde la Primera Guerra Mundial había pro- vocado un efecto politizante y radicalizante, su sucesora había produ- cido el resultado contrario: un proluudo deseo de normalidad. Los estadistas cuya experiencia se rermontaba más alá de las con- vulsas décadas del periodo de entreguerras hasta la más asentada y 132 jercíi atractivo espe- confiada época anterior a 1914 ejercían por tanto un ama A e inuid: rsona se voía corno una ventaja a la a cial. La continuidad de su pers ad facil ifícilb transición de la acalorada política del pa de facititar la difícil transición cp ade e deme arma fatora era de rápida transformación social, En ma 5, os . ú 1 1 « acta» GE viejos estadistas de Europa, independientemente de la «etqu Pa su partido, eran sin excepción profesiowales escépticos y pr il cos del arte de lo posible. Esta distancia personal de los exc CN confiados deoymas de la política de entreguerras representa e el : E z ideológica» estaba a mente el sentir de sus electores. Una era «postidcológica» e: punto de comenzar o _. ae Las perspextivas de estabilidad política y reforma see tal de la o Ñ ¡ i 7 me ropa posterior a la Segunda Guerra Mundial dependían, en pri e h Lar de la recuperación de la economía del continente. Pingo gra do de planilicación H ític L ara Jos ue Sede planificación estatal o liderazgo político podía a a a o de bra : peos de la titánica tarea a la que se enfrentaban en 1945. E pu A con > má lod ri do por la dis: ómi A al errafue el experimentado p económico más obvio de la guerra] o: e ponibilidad de la vivienda. Los daños causados en Lonó - donde ¡res millones y mexlio de hogares del área metropolitana Ó pa e cid r p ía acarreado el Gra struidos, er: ayores que los que había a v dado destruidos, eran mayore ; NEAR Incendio de 1666. El 90 por ciento de todos los negar ovas da + ificios de nda 5 3Ó eiácnto de los edifícios de vivie uedó arrasado, Sólo el 27 por r: 5 os de viviendas de Dudapes! era habitable en 1945. El 40 por ciento de PARRA o , ' ade i de a Pan manos había desaparecido, así como el 30 por ciento de las 2" a . k ha yeron 1. . eas y 120 por ciento de las francesas. En Irala, ' OA RA lones de hogares, la mayoría de ellos pertenecientes a e es pos encinra de los 50.000 habitantes. El problema de Ta falla de viv ten ca como se ve, fue quizá la consecuencia más olwa de IA 2 Ñ > ' r: ande 1 ar y rar imeros añ E erra (en Alemaria Occidenta »rimeros años de la postguerra " cid ly Gran Bretaña, La escasez. tle: viviendas se prolongó como mínimo pasta me diados de la década de 1950). Como ntanifestó una mujer de clase > sició 7 r: SIguerra " media al salir de ima Exposición de Hogares para la Post cra en Londres: «Estoy tan desesperada por encontrar una ON Ñ á á A y an ES y un vale cualquier cosa. No aspiro a más que atener cuatro paredes y A 3 NN ñ ás evi sueca " Elsegundo sector donde los daños fueron más evidentes fue cl rl 5 reas, parque móvil mtes, Car transporte: flota mercante, líneas férreas, parque móvil, pue e rreteras, canales y tendidos de tranvía. Enure París y el mar no qu tuía un triste recordatorio del destino que aguardaba a los vulnera- bles Estados neutrales quese interponfan en el camino de Hitler. Similares razones movían ados suecos para prestar su colaboración a Berlín, del que históricamente venían dependiendo para el sant nistro de carbón. La venta de mineral de hierro a Alemania era algo que Suecia Hevaba haciendo desde hacía años (incluso antes de la guerra, la mitad de las importaciones de mineral de hicrro alciianas Hogaban a través del Báltico. y tres cuartas partes de toda la exporta: ción de roineral de hicrro de Suecia iban a parar a Alemania). En cual quier caso, la neutralidad sueca Hevaba desde hacía iempo decan- tándose hacia Alemania por temor a las ambiciones rusas. La cooperación cov los nazis, permitiendo el tránsito de 14,700 efecti- vos de la Wehimachtal comienzo de la Operación Barbarroja, así como el paso de los soldados alemanes que volvían a casa en su reti- rada desde Nornega, o aplazando el rechutamiento de los trabaja dores de las minas suecas para ga rar el suministro regular a Ale- mania, no se salía por tanto de lo que era habitual. Después de la guerra, los suizos (aunque no así los suecos) faeron al principio objeto del rencor y la sospecha internacional, como cónr plices de los esfuerzos de guerra alemanes; en virtud de los Acuerdos de Washington de mayo de 1946, se los obligó a realizar una aporta- ción «voluntaria» de 250 millones de francos suizos para la recons- trucción europea, como liquidación definitiva de todas las reclama- ciones relacionadas con las operaciones del Reichshank realizadas a través de los bancos suizos. Pero para entonces Suiza ya estaba re- habilitada como un próspero redueto de rectitud fiscal, con bancos altamente rentables y granjas e industeñas de ingeniería preparadas para sirninistrar alimentos y maquinaria a los necesitados mercados Cno pens. Antes de la guerra, ni Suiza ni Suecia habían sido especialmente prósperas; de hecho, en ambas existían grandes regiones de pobre- za rural. Pero el rumbo que mantuvieron durante la guerra ha resid- tado ser duradero: ambas están abora situadas a la cabeza de la liga europea, lugar que ocupan de manera continuada desde hace cua- tro décadas. En el resto de países, el camino de la recupera sultó un poco más cuesta arriba. Pero incluso en la Enropa del Este, la infraestructura económica pudo reconstanirse al menos con nota bic rapidez. A pesar de los enconados esfuerzos de las [ropas en re- tirada de la Wehrmacht y del Ejército Rojo en su avance, los puentes, carreteras, forocarriles y cindades de Hungría, Polonia y Yugoslavia E : lograron reconstruirse. Para 19477 las redes de transporte y ap que móvil de Enropa central había eouperado ost iperado sus SS . an teriores a la guerra. En Checoslovaquía, Bulgaria, Albania y a ma: nía, donde la destrncción causada por la guerra do este proceso llevó menos tiempo que en Yugoslavia o P olomta. ero incluso la economía polaca se recuperó con ba: tante rapidez, par te gracias a que lost erritorios oc cidentales recién arre vatados alos alemanes eran en realidad más fértiles y estaban mejor provistos de núcleos y fábricas industriales. . También en Europa occidental los daños materiales fueron re parados 4 gran velocidad, en donde la mayor rapidez correspondió, en lérminos generales, a Bélgica, seguida de E rancia, Había y Norue- ea, y la mayor lentitud a Holanda, donde los daños más graves (que afectaron a granjas, diques, carreteras, canales y personas) se a producido en su totalidad durante los últimos meses de la guerra, os la privilegiara situación de Am) ques coma e mantenía más 0 Menos belgas se beneliciaron de elúnico puerto europeo importante que $ n 5 o intacto al final de la guerra y de la alta concentración de tropas a he das en su país, lo que permitía el 1 sombeo constante de1 sn Mujo de ( + nero en metálico dentro de una economía por largo fiempo espe- eializada en el carbón, cemento y metales semiacabados, todo ello vital para el trabajo de reconstnacción. . o Noruega, por el contrario, se encontraba en ma situación consi derablemente peor. Había perdido la mitad de su vital flota peque ra y mercante en la guerra. Gracias a la deliberada destenee ¡ón ale- mana durante la retirada de la Wehrmacht, la producción industrial de Noruega representaba en 1945 el 57 por ciento del nivel que . nía en 1938, y prácicamente una quinta parte del capital DOE había desaparecido. Druante los años siguientes, el contraste con Sa S cia no pasó inadvertido a los resentidos noruegos. Pero incluso de ruega logró tener restaurada la mayor parte de sa red de erro y carreteras parafinales de 1946; y a lo largo del siguiente año, al e que ocurrió en el resto de la Europa occidental y la mayor parte de A Furopa del Este, la escasez de combustible y las deficientes comini taciones dejaron de suponer ua impedimento para la recuperación A é la capacidad Sin embargo, para los observadores dle la época. Ine la capaci de recuperación de Alenzania la que les resultó más asombrosa de: to- das. Ésta se debió a Los esfuerzos de la población local, cuyo Er abajo, volcado en elínico propósito de reconsfrair su desirozado país, ob- tuvo resultados espectaculares. El día en que murió Hitler sólo fun- cionaban el 10 por ciento de las íneas férreas 'emanas, y el país se encontraba paralizado, en un sentido literal, Ua año después, en junio de 1946, el 93 por ciento de todas las lineas férreas alemanas es- taba de nuevo en funcionamiento y se habían reconstruido 800 puen- tes. En mayo de 1945 la producción de carbón alemana apenas al- canzaba una décima parte de la de 1930; un año más tarde, había quintuplicado su producción. En abril de 1945 Saul K. Padover, un psicólogo que formaba parte del zó sobre Alem jército estadounidense que avan- ania Occidental, opinalra que la reconstrucción de la ciudad de Aquisgrán llevaría al menos 20 años. Sin embargo, algunas semanas más tarde dejaba constancia de la reapertura de sus fábricas de neumáticos y textiles y el resurgir de la vila económica. Una de las razones de la velocidad de la recuperación inicial de Alemania fue que una vez que se Teconstruyeron las casas de los tra- bajadores y las redes de transporte volvieran a funcionar, la industria Jase encontraba Esta para suministrar los productos. En las fábricas de Volkswagen, el 91 por ciento de la maquinaria había sobrevivido alos bombardeos de la guerra y al saqueo de la postguerra, y en 1948 las naves ya estaban equipadas para producir uno de cada dos de los coches fabricados en Alemania Occidental. La Ford de Ale: bién quedó intacia en su mayor parte. Grac da durante la guerra, mania tam- las a la inversión cfectua- en 1945 un tercio del equipamiento industrial alemán no tenía más de cinco años de antigúedad, comparado con el 9 por ciento en 1939. Y las industrias en las que la Alemania de la guerra había tealizado mayores inversiones (óptica, química, inge- niería ligera, vehículos y metales no fer 0508) fueron precisamente las que sentaron las bases para el boomde los años cincuenta. A prin- ¿ipios de 1947, el principal impedimento para fa recuperación de Ale- mania no lo constimían los daños causados por la guerra, sino la es casez de materias primas y otros productos y, por encima de todo, la incertidumbre del futuro político del país. Elaño 1947 resultaría crucial, la bisagra sobre la cual pendía el des tino del continente. Hasta entonces los europeas habían es cados exclusivamente un la rep £arlo vol aración y la reconstrucción, o bienen restaurar la infraestructura institucional necesaria parada recupera» ción a largo plazo. Duranty los primeros dieciocho meses siguien- tes ala victoria aliada, el estado de ánimo del continente oscilaba en- re el alivio generado por la mera perspectiva de la paz y de un nuevo comienzo, y la fría resignación y la creciente desilusión ante la mag- 138 cer. rincipi 947 pare- nitud de la tarea que quedaba por hacer. A principios de ao ne cía claro que las decisiones más duras aún nose habían tom: y que no podían posponerse mucho tiempo O del surminisiro de comi. Erar, lema fundamental del su E i Para emperar, el prob! Ñ O a: E entos era cndém oí: o elto. La escasez de alim da todavía no estaba resu cas a ea 5 par y Suecia y Suiza. Sólo los sun s de ca en todas partes salvo en lay 1 a UNERA, de los que se hizo acopio durante la primavera s AE ; Jacos de hambre durante los ter: los austrjacos muneran d te dos o niente isió rías en la zona británica de Ale igníentes. La provisión de calorías en la 2 ade ses siguientes. La provi a » o Pda descendió de 1.500 por adulto y día a mediados de Ja! ao 1 7 ive ás ba a principios de 1947. En la primavera de 1947, los nivelesná . ajo deto 1 a E ccidental co- de alimentación de todas las poblaciones de la Enropa acá DNA , , y a £r: sas te itatianos. En las encuestas de opiniór rrespondían a los italianos. 1 Dn realizadas alo largo de 1946, «la comidas, «el pan» y «la ca OO tacaban sobre todo lo demás como pricipal preocupación de la y blación % Lena oía Parte del problema radicaba en que Europa as ulal DA . a dos que - ir rraneros de la Europa del Este de los q; a o ya recurrir a los graneros ¿Jos q e tmente había dependido, porque lampoco al renía nadia me ciente para comer. En Rumanía la cosecha de 1945 fue basta se y y Se ión de las reformas agraria cepciona «hido a la inadecuada gestión ; cepcionante, de ¡ e oliada y ú esde la Valaquia occidental, pasas p yalmalsempo. Desde la ci e an 1 crani dental, y la región rusa del me: ga, hasta la Ucrania occide y lo A 5 ación cercana a as y la ía desencadenaron una situac las cosechas y la sequía a mación JA hambruna en el otoño de 1946, de la cual los organismos 20 Ñ sñ añ saban s0- frecían descripciones como la de niños de un año que pesaban Lane Pe ibalismo. Los coope- Si inf sobre casos de canibalismo. lamente un kilo o informes : : ismo. Los cope antes que estaban trabajando en Albania calificabian la situación Yo 5 ha tra «erriblemente angustiosa». ate 1880. Los Entonces legó el brutal invierno de 1947, el peor dede o canales se hetaron, las carreteras estuvieron intranisilal e A 0 s oi Í: celhú abía parale Í as Se] bía zonas en las que el hielo varias semanas seguidas, hal ' 1 Da zado redes ferroviarias enteras. La incipiente PONEN del > Ps . E inistr carbó avia escaso, ra se paró eco. El suministro de carbón, to Suerra se paro en seco. 10 Ñ : one. odía satisfacer la demanda doméstica y, od na DIN a s ón id 3 Ón 1 odia 5 roducci dustrial cayó en picado (la p 1 de ortarse. La producción ini c ¡ no o o, que apenas había empezado a recuperarse, de nl damente en un 40 por ciento con respecto al año amterior). Cua j j janes tl as zonas de Ta nieve se derritió, se produjeron inundaciones en muchas zi o + vivió 5 pués, en junio de 1947, el continente viva Europa. Pocos meses después, en junio d 139 les de los comumistas focales, unidos al glorioso aura del invencible Ejército Rojo, hacían que la idea de un «camino hacia el socialismo» italiano (o francés, o checoslovaco) resultara Plausible y seductor. Para 1947, 907.000 hombres y mujeres sc habían unido ya al Parti- do Comunista Francés. En ltalia, la cifra era de dos múllones y cuar- to, muy superior a la de Polonia o incluso Yugoslavia. luchuso en Di- namarca y Noruega, uno de cada ocho votantes se sintió al principio atraído por la promesa de uma alternativa comunista. En las zonas oc- cidentales de Alemania, las autoridades aliadas tem fan que la nos- talgia por épocas mejores del nazismo, junto con la reacción a los pro- gramas de desnazilicación, la escasez de alimentos y la proliferación de la pequeña delincuencia, Pudiera jugar a favor de los neonazis o los soviéticos Los Estados de Europa occidental tal vez fueran afor tunados de que en la primavera de 1947 sus respectivos partidos comunistas con- úinuaran marchando por el sendero moderado y democrático adop- tado en 1944, En Francia, Maurice Thorez seguía instando a los mi- Reros a «producir». En kalia, el embajador británico describía a logliattí como una infuencia moderada sobre sus aliados socialistas, más «exaltados». Por sus propios motivos, Stalin todavía no estaba alentando a sus rmumerosos seguidores de la Europa central y ocri- dental asacar provecho de la indignación y [nistración popular Pero, aun así, el espectro de la guerra e ivil y la revolución nunca anduvo muy lejos. En Bélgica los observadores aliados describían las tensio- nes comunitarias y políticas como graves, y calificaban al país, junto con Grecia e Italia, de «inestable». En Francia las dificultades económicas del invierno de 1947 esta- ban ya desentadenando la decepción de los ciudadanos respecto ala nueva República de la postguerra. En una encuesta de opinión reali- zada en Francia el 1 de julio de 1947, el 92 por ciento de los encues- tados pensaba que las cosas en Francia iban «mal o bastante mal». En Gran Bretaña, el ministro laborista Tlugh Dalton, al reflexionar sobre los marchitos entusiasmos de los primeros años de la postguerra, es- cribía en su diario: «Ya no habrá otra mañana resplandeciente y con» fiada». Su colega francés, Ardré Phillip, el wninistro socialista de Eco- nomía, incidía de forma más dramática sobre lo mismo cn un discurso pronunciado en abril de 1947: «Nos vemos amenazados —deciaró— Por tuna total catástrofe económica y financiera» Este sentimiento de desesperanza y de temora un desastre inmi nente sc vivía en todas partes, «Durante los dos pasados mescs —in. 142 Í d 7—ha existido un formaba Janei Manmer desde Paris en marzo de 1947 a po jente malestar en París, y quizá en toda Eu i able y creciente malestar en + y clima de indudable y a e ropa como silos franceses, o lodos los europeos, esperaras o in Ñ era nada», E ra a ocurrir algo o, aún peor, no esperaran que ocurniera 1 e . Cope d ía referido unos IUeses an- i ce E ella misma había referido + continente curopeo, como Me Ken. se : hielo. George Ke! o apoco en una edad de hiel es tes, estaba entrando poco a p € A aan hubiera estado de acuerdo. En un documento de panic , ' s Él > ler de políticas, óste había sugerido seis semanas antes que elverdad 0 Ñ j Ó ñ rs en probiema uo exa el comunismo, o en todo caso, sólo an . , ar europeo eran los efectos de aménte del inalestar europeo eran 1 te. La aniéntica fuente as de 4 icó «£ ndo agotamien va yd e Berman diagnosticó coruo tun «prof y guerra y lo que Rerman d á on n g o de la infraestruciura lísica y el vigor espiritual». Los obstáculos a Ñ x l asi 2, a gae que el contineae se enfrentaba parecían demasiado grandes, e ! Ñ reconserucción de la pos! A explosión inicial de esperarrza y fe en la sec IAN o ns ía exúnguido. Hamilton Fish, editor de Foreign , rra se: había extaguido. Hamilto e gnA : influye ió ivigente de la polílica exte- i ación entre la clase dirigente de la [ la influyente publicación er clase ante d ae rior norteamericana, reflejaba así sus impresiones sobre Europa julio de 1947: ey demasiado le tod os acos Y $, Pacos at 's manías, pos Hay S poco de O, POCOS TTENES, pi buses ya atomóviles pa el eda egar a tiempo al traba obus utomóviles para que la gente pu g des Ñ yn unos para salir de vacaciones; demasiado poca harina para a ci as 1 ja, y no digamos par "hacer pan sín adulterarlo, y ni siquiera suficiente pan para cubrir el des- hacer pan sin a , ' gaste de energía de los que realizan duros trabajos, demasiado poca l q . los nen de + ¡ equeña. papel para que los periódicos informen de algo más que una peg ra planta arte de las noricias del mundo; demasiado pucas semillas para plantar ñ -as casas en las que y poco ferslizante para alimen rarlas; demasiado pocas casas en las q eins nm p: a s ventanas; demasiado poca picl vivir e insuficiente cristal para hacer las ventanas; demastado qu o p ara fabricar zapatos, lana para éls, gas para nar, algodón para para fabricar zapatos, parajerséls, gas pa 0 E : eles, azúcar para e: grasa para (reír, leche pura bebés o pañales, azúcar para lanermelada, y para lr ñ jabón para lavarse. h cr e a pesar Hoy en día, las expertos en eltema opinan en gene ral que a pe Ñ Ml > pa y ni CTA cion del desolador panorama de aquellos momentos, a OA Ñ rra y las reformas y planes llevados 2 enzos d stguerra y las reformas y p de los conienzos de la postg CORRA cabo entre 1945 y 1947 sentaron las bases para el futuro Dienest e Europa. Y es indudable que, almenos para la Europa ten , £ Ñ e e ñ ó (2 al y ¡ón del con- tad le inflexión de la recuperaci marciuta de hecho el punto d o 1 r ento, nada de esto era obvio. tincnie. Pero en aquel momento, e : ' ode on wario. La Segunda Guerra Mundial y sus inquietantes Secc las b; 143 pudieron haber precipitado el declive definitivo de Europa. Para Kon- rad Adenauer y otros muchos, la magmitad del caos de Er Opa pare- cía aún más grave que la de 1918, Con el precedente de los errores co- metidos durante la postguerra de la Primera Guerra Mundial muy presentes en su pensamiento, muchos observadores europeos y esta- dounidenses en realidad se temían lo peor: Según sus previsiones, en «mejor de los casos Europa tendría que enfrentarse a varias décadas de pobreza y sufrimiento. Lens residentes alemanes de la zona ameri- cana pensaban que tendrían que pasar al menos 20 años para que el país se recuperara. En octubre de 1945, Charles de Gaulle había alir- mado taxativamente ante el pueblo irancés que se necesitarían 25 años de «trabajo frenético» para que Francia pudiera resucitar Pero, desde el punto de vista de los pesimistas, mucho muros de eso Europa ya halnía vuelto a sucumbir a la guerra civil, el fascismo yel comunismo, Cuando el secretario de estado de Estados Unidos, George €. Marshall, ri :grosá e128 de abril de 1947 dle una reunión mantenida en Moscú por los ministros de Asuntos Exteriores de los países aliados, decepcionado «nte la escasa disposición soviética a co- laborar en una solución para Alemania y consternado por el estado econóunico y psicológico en el que había encontrado a En apa, no le cupo la menor duda de que era necesario tomar medidas drásticas, y lo antes posible. Y a juzgar por el ambiente resignado y pesimista que se vivía en París, Roma, Berlín, etcétera, la miciativa tendría que prar- tir de Washington. El plan de Marshall sobre um Programa de Recuperación Furapea, debatido con sus asesores durante sólo unas cuantas semanas, y he- cho público en el famoso discurso de la ceremonia de graduación ce- lebrado en la Universidad de Harvard el 5 de junio de 1947, fue dra- utático e inolvidable, Pero no se improvisó de la noche a la mañana. Entre el final de la guerra y el anuncio del Plan Marshall, Estados Uni dos había gastado ya muchos millones de dólares en subvenciones y préstareos para Europa. Los principales beneficiarios habían sido, con diferencia, el Remo Unido y Francia, que habían recibido 4.400 y 1.900 millones de dólares en préstamos respectivamente, aunque ningún país había quedado excluido: los préstamos a Hala supera- ban los 513 millones de dólares a mediados de 1947, y Polonia (251 millones), Dinamarca (272 millones), Grecia (161 millones) y otros muchos países también estaban endeudados con Estados Unidos. Pero estos préstamos habían servido para cubrir agujeros y cubrir las emergencias. La ayuda norteamericana no se había utilizado has- 141 tala fecha pura la reconstrucción o la inversión a largo plazo, no para suministros, servicios y reparaciones escuciales. Por ot a pr . Tos préstamos, especialmente los concedidos a los principales ES s dos europeos, llevaban asociadas ciertas condiciones. Tumediaramen _ después de la rendición japonesa, cl presidente Tr uman baba can celado imprudentemente los acuerdos de préstamo yar tiendo, o que había motivado que Maynard Keynes advirtiera al gabinete británi- co, en un memorándum fechado cl 14 de agosto de 1945, que el país se enfreniaba a un «Dunquerque económico». Alo largo «de los si- grientes meses, Keynes negoció con éxito un importante acuerdo de crédito estadounidense parasuministrar a Gran Bretaña la cantidad de dólares que necesitaría pata comprar producios alos que ya o podía acceder mediante el préstamo y arriendo, aunque las con: 1 ciones impuestas por Estados Unidos resultaban exageradamente res txictivas, sobre todo en lo tocante a la exigencia de que Gran Bretaña abandonara sus preferencias impertalistas por sus dominios de Al tramar y los controles de divisas, y declarara la convertibilidad p '- na de la libra esterlina. El resultado, como Keynes y alg nOs Otros pn Ñ dijeron, fue que la fibra britámica experimentó ta primera de as muchas crisis que sufriría durante la postguerra, la rápida desapar Y ción de las reservas británicas de dólares y la Hegada de otra crisis an ás grave al año siguiente. ” Ml condiciones del crédito negociadas en Washington en mayo de 1946 entre Estados Unidos y Francia fueron ligeramente menos reswictivas. Además de la cancelación de unos prós amos realizados en tiempo de guerra por valor de 2,250 millones de dólares, los fr an- cores obtuvieron cientos de millones de dólares en créditos y la pro- mesa de concederles futuros préstamos a bajo interés. A cambio, Pa rís se comprometía a abandonar las cuotas LENNON a la importación para permitir la bro entrada de produ los estad ome dlenses y de otros países. Al igual que en el caso bri ánico, pro de los propósitos de este acuerdo fue promover los obje vos estas ount- denses de un comercio internacional libre, cambios de divisas esta- bles y abiertos y ina cooperación interna jonal más estrecha, Sin em- bargo, en la pr áctica, el dinero voló enn año ysu único pegado a medio plazo se redujo a un aumento de la animadversión popular ha- cia Estados Unidos (muy bien aprovechada por la izquierda) por el abuso que hacía de sa mnscularara económica, : : lesa Para la primavera de 1947, por tanto, los enfoques bilateral us de Washington sobre los problemas económicos de Luropa habían Íra- 145 Siva a París, demostrará que quiere cooperar en una acción destina- da aaislar a la Unión Soviética». Al día siguiente el Gobierno de coa- lición checo anunció formalmente que no enviaría ninguna dele- gación oficial a París. «La participación de Checoslovaquia puede interpretarse como contraria a nuestra arnistad con la Unión Sovié- tica y el resto de nuestros aliados. Por tanto, el Gobierno ha decidido porunanimidad que no tomará parte en esta conferencia». ¿Por qué cedieron los checos? Sus vecinas polacos y húngaros, con los comunistas ya en el poder, y el Ejército Rojo vigilante, no tuvieron otra opción que seguir las «orientaciones» soviéticas. Pero cl Ejórci- lo Rojo había abandonado hacía tiempo Checoslovaquia, y los co- munistas 10 tenían todavía el monopolio del poder. Sin embargo, Masaryk y sus colegas se doblegaron ante la primera muestra de de- sagrado de Stalin. Silos partidos no comunistas checos hubieran in sistido en aceptar la ayuda del Plan Marshall, habrían contado con la aplastante mayoría de los ciudadanos a los que representaban (y de bastantes comunistas clecos) y a Stalin le hubiera resultado bastan- te más dificil justificar que se hiciera su voluntad, Dentro del contexto más amplio de la política post-Mínich, la decisión checa de abrazar la influencia soviética exa comprensible; pero es más que probable que esta decisión allanara el camino para el golpe comunista en Pra- ga, ocurrido siete meses después. La cxchusión de Checoslovaquia del programa de ayuda de Marshall resultó una catástrofe económica y política para el país, También lo fue para el resto de los países de la zona obligados a «elegir». y talvez el más perjudicado de todos fuera la propia Unión Soviética. Su de- cisión de manienerse apartada del Programa de Recuperación Ew- ropea const ituyó probablemente uno de los mayores errores est tégicos de Stalin. Fueran cuales fuesen las intenciones que tenían e la mente, los noricamericanos no habrían tenido más opción que inchur a la Enropa del Este dentro del ERP, al haber hecho la oferta extensible a todos, y las consecuencias futuras de ello habrían sido n- conmensurables, En cambio, la ayuda quedó de este modo limitada a Occidente, lo que marcó la separación definitiva entre las dos mi- tades del continente. La ayuda del Plan Marshall pretendía desde cl primer momento actuar de forma autorregulada, Su meta, como el propio Marshall ha- bía dejado claro en su discurso de Harvard, era «romper el círculo vi- cioso y restaurar la covfianza de los europeos en el futuro económi co de sus propios países y de Europa en general». En lugar de limitarse 148 aprestar ayuda en efectivo, proponía la provisión sin coste alguno de productos a los países europeos, en función de unas peticiones lor- muladas por cada Estado receptor como parte de un plan cuarrienal. Estos productos, al servendidos dentro dle cada país, generarían unos Mamados «fondos de contrapartida» cn la moneda local que podrían utilizarse con arreglo a unos acuerdos bilaterale alcanzados cutre Washington y cada gobierno respectivo. Algintos países utilizaron es- tos fondos para comprar más importaciones; Otros, como Ialia, los transfirieron a sus reservas nacionales en previsión de futuras nece- sidades de cambio de divisas Esta original manera de prestar ayuda supuso algunas implicacio nes novedosas, El programa obligaba a los gobiernos europeos a pla nificar y calcular con anticipación las futuras necesidades de inver- sión. Les exigía negociar y reunirse no sólo con Estados Unidos sino entre sí, dado que el comercio e intercambio que: ontemplaba el pro grama iban destinados a que pasara de ser bilateral a multilateral lo antes posible, Obligaba a gobiernos, empresas y sindicatos a colabo- car en la consecución de unos índices de producción previstos y las condiciones más convenientes para facilitarios. Y, sobre todo, impe: día cualquier recaída en las tentaciones que tanto habían obstaculi zado la economía de entreguerras: Ja baja producción, el proteccio: nismo ¡mutuamente destructivo y el colapsa del comercio Aunque los administradores estadounidenses del Plan no guar- daban en secreto sus expectativas, dejaron que fueran los europeos los que asamieran la 1 esponsabilidad de delerminar elnivel de ayu da que necesitaban y la forma de distribuirla, Los políticos europeos, acostumbrados a la descarada búsqueda del interés propio por par- ve de Estados Unidos en las anteriores negociaciones de préstamos, se quedaron bastante sorprendidos. Su confusión era comprensible. Los propios norteamericanos estaban divididos respecto a los obje tivos del Plan. Los idealistas partidarios del marco del New Deal (y ba- hía muchos en la administración noricamericana de la postguerra) veían la oportmidad de reconstruir Europa a la imagen de Estados Unidos, a través de la modernización, la inversión en infraestructu- ras, la productividad industrial, el crecimiento económico y la coo- peración entre la mano de obra y el capital. Así pues, las «misiones de productividad» patrocinadas por el Plan Marshall llevaron a Estados Unidos a miles de directivos, técnicos y sindicalistas para estudiar el estilo empresarial norteamericano (cin- ca milsólo en el caso de Francia, es decir, uno de cada cuatro del 149 Lotad), entre 1948 y 1952, Ciento cuarenta y cinco «equipos de pro- ducrividad curopcos» Hegaron a Estados Unidos sólo entre marzo y julio de 1951, la mayoría de ellos compuestos por hombres (rara vez alguna mujer) que jamás habían salido fuera de Enropa. E tauto, los entusiastas new dealers de la Organización Europea para la Cooperación Económica (OECE), tundada en 1948 para canalizar los fondos del ERP, inculcaban a sus colegas europeos las virtudes del hibre comercio, la colaboración internacional y la integración entre Estados Estas pretensiones norteamericanas, debe admitirse, alcanzaron en un primer momento un éxito limitado. La mayoría de los políti- cos y planificadores europeos todavía no estaban preparados para contemplar grandes proyectos de integración económica iterna- cional, El mayor logro de los planificadores del Plan Marshall a este respecto fue tal vez la Unión Europea de Pagos, propuesta en di- ciembre de 1949 e inaugurada un año más tarde. Su limitado nbje- fivo consistía cn «mululateralizar- el comercio europeo con la crea- ción de una especie de cámara de compensación para débitos y créditos en monedas curopeas, destinada a superar el riesgo de que cada país europeo pudiera tratar de ahorrar los dólares que tan de- sesperadamente necesitaban con la restricción de las importaciones de otros países europeos, lo que linalmente redundaría en perjur- cio de todos. Con cl Banco Internacional de Pagos como intermediario, los Es- tados europeos se vieron animados a ofrecer líneas de crédito pro- porcionales a sus necesidades comerciales, De este modo, en lugar de gastar los escasos dólares con los que contabran, podían liguidar sus obligaciones a través de la iransterencia de créditos entro Estados europeos. Lo importante no era con quién se comerciaba, sino el sal- do global de créditos y débitos en monedas enropeas. Para cuando la Unión Europea de Pagos se cerró en 1958, ésta babía contribuido ca Vadamente no sólo a la expansión constante del comercio intraew- topeo, sino aun grado de colaboración mutuamente ventajosa des- conocida hasta el momento, financiada, hay que señalar, por una importante inyección de dólares estadounidenses para abastecer el fondo de crédito inicial. Sin embargo, desde una perspectiva cstadounidense más con- vencional, el libre comercio y sus beneficios asociados constituían en sí mismos un objetivo y justificación suficientes para el programa ERP. Estados Unidos había sutrido especialmente: los efectos de la caída 150 del comercio y la exportación de los años treinta, y 10 escatimó nin- gún esfuerzo para convencer a los demás de la importancia que ten- dría para la postguerra la recuperación de los regímenes arancela- tios iberalizados y las divisas convertibles. Al igual que el entustasmo de los liberales ingleses por el libre comercio en la época anterior a 1914, este alegato norteamericano en favor de la fibre cir culación de productos no era del todo desinteresado, No obstante, este interés egoísta estaba perfectamente razottado. Después de Lodo, como señaló Allen Dulles, el director de la CIA, «el Plan presupone nuestro desco de ayudar a una Europa que puede y debe competir con nosotros en los mercados amaidiales y. por la mis- ima sazón, ser capaz de comprar importantes cantidades de nuestros productos», En determinados casos, existian beneficios más inmt- daros: en Estados Unidos, el respaldo de las organizaciones de tra- bajo al Plan Marsliall se consiguió mediante la promesa de que todas las transferencias en especie desde Estados Unidos se realizarían en barcos de propiedad norteamericana cargados por los estibadores sindicados en la Federación Americana de Trabajo y el Congreso de Organivación Lodustrial (AFI CIO). Pero éste constituía un caso especial de beneficio directo e inmediato, En general, Dulles tenía razón: el Plan Marshall beneficiaría a Estados Unidos al recuperar a su principal socio comercial, en Ingar de reducir a Europa a una de- pendencia imperialista Pero había otras implicaciones. Aunque tal vez no todo el mundo se diera cuenta en aquel momento, la Europa de 1947 se enfrentaba auna elección. Parte de esta elccción consistía en recuperazse o de- rrumbarse, pero la cuestión más profunda hacía referencia a si Eu- ropa y los europeos habían perdido el control de su destino, si treit ta años de conflicio homicida entre Estados europeos no habían acabado por poner el destino del continente en manos de las dos gran: des potencias periféricas, Estados Unidos y la Unión Soviética. Lia Unión Soviética se sentía bastante satisfecha ante esta perspectiva (como Kennan escribió en sus memorias, la sombra de temor que (1 bría Europa en 1947 favorecía que el continente cayera en manos de Stalin como frita madura). Pero para los responsables políticos es tadounidenses, la vulnerabilidad de Europa constituía un problema, no una oportunidad. Como expresaba un informe de la CIA en 1947, «el wayor peligro para la seguridad de Estados Unidos reside en la posibilidad de un derrumbamiento económico en Furopa occ iden- tal y la consiguiente llegada al poder de elementos comunistas». muerte para miles de laanilias campesinas. En 1950 al Plan Marshall se le atribuía la mitad del PIB del país. ¿En qué medida resultó un éxito el Programa de Recuperación Europea? Es indudable que Europa se recuperó, y precisamente du- rante el periodo de aplicación del Plan Marshall (1948-1951). Ya en 1949, la producción industrial y agrícola francesa superó por pri- Mera vez los niveles de 1938, Conforme a este mismo criterio, la re- Cuperación sostenida se alcanzó también en Holanda en 1948, en Austria e Italia cn 1949 y en Grecia y Alemania Occidental en 1950. De los países ocupados durante la guerra, sólo Bélgica, Dinamar- ca y Noruega consiguieron rec Kperaxse antes (1947), Entre 1947 y 1951, el PIB conjunto de Europa occidental aumentó cn un 30 por ciento. A corto plazo, la principal contribución del Pr ograma asta re cuperación [ue sin duda la concesión de los créditos en dólares. Gra- cias a cllos fue posible financiar los déficits comerciales y facilitar la importación a gran escala de 1narerias Primas urgentemente necesa rías, y Europa pudo superar la crisis de mediados de 1947. Cuatro quintas partes del trigo consumido por los europeos durante los años 1949-1951 procedían de países pertenecientes a lazona del dólar: Sin la ayuda del Plan Marshall, no parece claro cómo podría haberse su- perado la escasez de combustible, alimentos, algodón y otros artículos de primera necesidad an precio políticamente aceptable, Porque aunque las economías de la Furopa occidental podrían haber con- tinuado creciendo sia la ayuda norteamericana, elo sólo se habría podido lograr mediante la contención de la demanda doméstica, los recortes en los servicios saciales recién introducidos y un tlescenso más acusado del nivel de vida de cada país. Éste eran ries o que la mayoría de los gobiernos elegidos evi dentemente no deseaba correr, En 1947 los gobiernos de coalición europeos de Europa occidental estaban atra pados y lo sabían, Hoy eo día resulta Fácil reconocer, en retrospectiva, que el Plan Mars- hall «se limitó» a deshacer el atasco generado por una renovada de- manda, que el novedoso enfoque de Washington vino asuperarel dé- ficit «Lemporal» dle dólares. Pero en 1947 nadie podía saber que el agujero de 4.600 millones de dólares era «temporal». Y, ¿quién en- tonces podía saber con seguridad 4me este atasco no iba a convertir Se en tna catarata que arrasara 2 5u paso a las trágiles democracias ey ropeas? Aunque cLERP no sirviera más que para ganar tienpo, ésa ya era ta aportación crucial, dado que tiempo es lo que precisamente e rama econó- arecía faltarle a Europa. El Plan Marshall era un programa Pp Ñ Ñ a to d la crisi vitó fue política. o mico, pero la crisis que evt ] ds dificiles A lego plazo, los beneficios del Plan Marshall son más a o : r *sintier ecepcionado: p 5 vadores se sintieron de de evaluar. Algunos obser a : AA vr] ala hora de c a race le los norteamericanos ! el cl aparente fracaso el pa OEA Ar: “ar SI Pp al r o e cooperaran en integ cera los europeos para qu nn en mtegrars if Ga tanto como habían esperado al principio. Y a ao me e , Í rácti instituciones de colabora. y eran las prácticas e mstitucione: OR ólo se debicror a los esfuer- s2 4r finalmente, sólo se debic los europeos adquirieran le, se AN p «l mejor de á e una ferina indirecta, en delos e zos estadounidenses de ! > ' E] sos. Pero a la luz del pasado reciente de Europa, e e a greso; y vitació tiva en este sentido representaba un progreso; y la in o de Marshall sí obligó al menos a los mutuamenle Po Si o Ñ . 5 3 gw, a la larga, Ln ropeos a sentarse juntos y coordinar DEAN o ás cosas. The Times no andaba muy desentam chas más cosas. The Vimes qe AOS y e p e «cuando jam 9 afirmaba en un editorial que 0 el 3 de junio de 194 ba 1 edito s ndo os es termos de cooperación del último año se comparan co AUS ,nalis i ñ > eYaLra rras, cabe i económico de los años de crnlreguerras, nacionalismo económico años d 5 ca A gerir que el Plan Marshall está iniciando una nueva y espe suge á dora era de la historia europea». ecológicos. De beuno, podría Los verdaderos beneficios fueron psicológicos. 7 o A llegar a afirmarse que el Plan Marshal] ayudó a los eno se se mej 1 es a romper rotuidam 3 jora mismos. Les ayudó a romp mer irse mejor con ellos 1 1 : NENE ni r ones mutoritarias e chovinismo, depresión y soluch . con un legado de chovinl de solucion: JN Consiguió que la política econórie coordinada se convirde : go ne h rá que el comercio y las sl z var de excepcional. Logró que el come algo normal en hagar : al. aos erciata pasar CAS ceceral vecino típicas de los af vas de emmpobrecer al y p: AN olít : Los e i neg 'sarias Sa a parecer primero imprudentes, licgo innecesarias y absurdas. . o . de ello hubiera sido posible si el Plan Marshall se bubie noo Ñ i presentado como un programa para la «ames anización» ) NN Lro a. Por el contrario, los emmopeos de la postguerra eran hasta 1 pur p: a atrario, lo: peos tu ! / Ds entes de su hn dencia respecto a la ayuda y ouscien unillante dependena sp dd: to couscien Ñ cto k protección norteamericanas que cualquier fipo de presión pe ade en este sen habría resultado íticamemte conlraprodu- á senti do po p icada tído hab n ; . - uN « política e Ñ los gobiernos europeos seguir urtas políticas con- cente. Al pi ir alos gi 5 : nao secuentes con sus compromisos y experiencias domésticas y evitar ul el promisos y expi y ECUENTO us CO) NN enf ¡forme parados pr mas de recoperación, Washiniglon e umiÉ s programas d 0 nfoque uniforme paz j o ñ en vealidad tuvo que remuuciar a algunas de suis esperanzas para la in- e ó: x c alme: ac lazo. legración de Europa occidental, almenos a corto pl sra 155 Porque el ERP no se lanzó al vacío, Furopa occidental pudo bene- ficiarse de la ayuda estadounidense porque erauna región contara larga y consolidada trayectoria de propiedad privada, economía de taercado y, excepto en años recientes, estabilidad política. Pero, pre- cisamente por esta misma razón, Europa occidental navo que tomar sus propias decisiones y a la larga seguiría haciéndolo así, En palabras del diplomático británico Oliver Franks, «el Plan Marslrall consistía En poner en manos de los europeos los dólares necesarios para com- prar las herramientas para la recuperación». El resto (las divisas con- vertibles, las Dmenas relaciones laborales, los presupuestos equilibra dos y el comercio liberalizado) dependería de los propios europeos. No abstante, la comparación más obvia no era la que cabía esta- blecer entre las perspectivas americanas y las prácticas curopeas, sino entre 1945 y 1918, En muchos aspectos, más de los que hoy recor- damos, las dos épocas de postguerra guardaban un parecido asom- broso. En la década de 1920 muchos observadores norteamericanos veían la salvación de Europa en la integración ccovómica y la inver sión de capitales. Y, también en esamisma década, los europeos diri- glan su mirada al otro tado del Atlántico en busca de orientación para su propio futuro y ayuda práctica para su presente, Pero la gran diferencia residía en que después de la Primera Gue- rra Mundial, Estados línidos sólo concedió préstamos, no subven- ciones; y éstos lueron casi siempre suministrados a través del merca. do del capital privado. A consecuencia de ello, conllevabyan un coste y generalmente su vencimiento era a corto plazo. Cuando se exigió su pago, a comienzos de la Gran Depresión, los cfertos fueron de- sastrosos. El contraste a este respecto resulta sorprendente; tras los Prímeros tropiezos producidos entre 1945-1947, los responsables po- líticos norteamericanos hicieron lo posible por corregir los errores de la postguerra anterior. La importancia del Plan Marshall reside no sólo en lo que hizo, sino en lo que tuvo buen cuidado en evitar. Sin embargo, existía un problema europeo que el Plan de Recu- peración Furopea no podía ni resolver ní soslayar, a pesar de que todo lo demás dependía de su solución. Se trataba de la cuestión alemana. Sin la recuperación alemana, la planificación francesa quedaría en hada: por ejemplo, Francia quería utilizar los fondos de conta Apart da del Plan Marshall para construir enormes fábricas de acero en Lo- Tena, pero sin el carbón alemán no servirían para nada, Los cróditos Marshall podían servir para comprar carbón alemán, pero, ¿ysino ha: bía carbón? En la primavera de 1948 la producción industrial alema- 156 natodavía no alcanzaba más que la mitad po RO itánica nunca podría recuperarse 1úentras €l pals Samer 5 - dos narditas (317 millones de dólares sólo en o venera la desamparada población de su zona de ocupas MN a no e de Alemania. Sin Alemania para comprar sus proc Eu ÓN conomías comerciales de los Países Bajos y Dinamarca a A La lógica del Plan Mars! l requería a levantamie o! PARÓN ones aplicadas a la producción y el rendimicnio de 4 restricciones : ¡ " : : a (Occidental), a fin de que el país pudiera volver a aportar su csene contribución a la economía europea. De hecho, el se cea E E tado Marshall había dejado claro desde el principio quí , 0 ; speranzas francesas de obtener indemnizaci ne 8 ¿se trataba, después de todo, de desarrollar ; paria y depen- ido ponía el fin de las es e de guerra de Alemania, AS e integrar a Alemania, no de convertir A en un pa ARA diente. Pero, a fin de evitar una trágica repetición e SOI so en la década de 1920, cuando los frust haran na eumizaciones de guerra de una postrada Alemania Aa n condre a iecamente, como parecía desde lareti ospectiva, a ridad francesa, el resentimiento alemán y la a non e Ñ A nos norteamericanos y sus amigos tenían claro que cl Plan ars DO o funcionaría como parte de un acuerdo político DORA no en virvud del cual tanto franceses como alemanes pue $ an o un provecho real y duradero. No existia náugún mister to ñ AN A un acuerdo de postguerra en Alemania erala clave para O ade Europa, y ello resultaba igual de obvio en Moscú me DIN MN dres o Washington. Lo que resultaba bastante más discu E Torma que adoptaría dicho acuerdo. : ll E Pes mo como sistema de gobierno a finales de los años $07 Ciertamente Tim Mason, con su impaciencia en ocasiones feroz, nos habría instado z pensar «históricamente» acerca de esta cuestión, La prox midad del cvento no nos inhabilitaría para hacerlo así, habría insistido. (Eso es al menas lo que erco yo ——que le conocía desde hace casi veinte años--- que ha- bría dicho.) Y a pesar de su fervor por los archivos —de su compulsiva búsqueda de fuentes, que le llevaba a ballerlas en crónicas de la lucha diaria que la mayoría de nosotros habria pasado par alto—, no nos habría aceptado la objeción de que aún no contamos con la necesaria documentación. ¿Qué puede entonces signi- ficar eso de pensar históricamente acerca de este gran acontecimiento, quizá el mayor del siglo, ciertamente el mayor desde el surgimiento del fascismo? El bistoria- dor, efectivamente, trata de estructurar los desarrollos que conoce en el interior de algún marco inlerprelalivo cipa futuras investigaciones, con harta frecuen- secuencias causales. El historiador, o la historiadora, trata de subsumir tales desarroflos cn va- tegorías de entendimiento que prestan una coherencia aparente al amasijo de textos. La narración es a ment- do la estrategia primaria, pero en absoluto la única posible. No necesariamente debe privilegiársela, Y no es éste el objeto que nos proporiemos aquí de mantra directa. p" qué se produjo el colapso del conrunis- A lo más este ensayo trata de sugerir categorias im- terprerativas susceptibles de orientar de manera plausi- ble un relato futuro. Dicho en términos simples, estas Páginas pretenden anticipar córao contextualizará den- tra de unos veinte años un historiador los recientes y tumultuosos acontecimientos. Sumergidos como esta- mos en dos acontecimientos, de los que necesilamos distanciarnos, la tarea preliminar (en tanto que histo- riadores) debe ser ganar al menos una perspectiva pro- visional. Este ensayo se propone sugerir un márco n- terpretariva del colapso del comunismo como sistema de gobierno en Europa del Este. Al mismo tiempo for- ma parte de vaa obra más amplia dedicada al reciente levantamiento y reunificación alemanes. En consecuen- cia, la argumentación oscila entre Alemania Oriental y el conjunto del mundo comunista, por lo que pido indulgencia al lector por esta dualidad de focos de aten- ción. Pero este interés dual, de otro lado, no es inapro- piado a la vista de las prolongadas indagaciones com: parativas de Tim Mason y de su profundo conocimiento de la realidad alemana. ¡ este interrogante, la mayo- libertad y en la superiori- s economistas, hombres de negocios y publicistas . OR qué ha fra- casado el co CRISIS DEL H munismo como ¡ ría de los comentaristas occidentales han puesto el a o dad económica del capila- 'smo moderno. El problema no es que estas explicacio- británicos y norteamericanos han celebrado el triunfo de los principios de mercado sobre el burocratizado H COMUNISMO... ¡ sistema de gobierno? Ánte acento en las demandas de cun erróneas, sino que sun demasiado generales. «socialismo». Está bien; usualmente --- aunque, desde luego, no siempre— el mercado y un sistema de precios que funcione correctamente permiten un uso más efi- ciente de los recursos y la satisfacción de las necesida- des. Estimulan la innovación. Poro las economías so- cialistas no siempre han fracasado tan clámorosaménie. Sirvieron para organizar la reconstrucción de Europa Oriental en la postsuerra. Como se detalla más adeláan- te lás tasas de crecimiento fueron, entre los años 50 y los 70, comparables a las de Occidente, aun cuendo el púnto de partida de táles sociedades fuese más bajo. Las economias occidentales no siempre has funcionado con la misma fluidez y, ciertamente, no siempre de ma- nera equitativa. ¿Por qué han sido tan desastrosas las economías socialistas en los años $0? ¿Por qué no ha podido el sistema superar los obstáculos o lograr otro aplazamiento de los deseos de los consumidores? Exiliados y defensores de los derechos humanos han insistido en que un sistema político basado en una única verdad de partido no puede conseguir un apoyo real. Los regímenes represivos, afirman, son intrínsecamente vulnerables, máxime cuando la moderna tele viajes al extranjero o incluso el asisto de espontancidad que proporcionan la música y la vestimenta occidenta- les recuerdan constantemente la discrepancia entre sís- temas. Pueden ser vninerables, es cierto, pero poseen medios poderosos para acallar el disentimiento. Durante cuarenta años prevaleció la fuerza. Revelaciones poste- riores al colapso del régimen han demostrado cuán pro: fundamente, por ejemplo, penetró la policía de seguri- ded del Estado, la Srasj, en la sociedad de la RDA. Agentes de la Stasi vigilaban a Christa Wolf; se convir- tieron en puntales de los grupos disidentes. Un cituda- dano de la antigua RDA, actualmente miembro de la socialdemocracia, calculaba que de los 80,000 habítan- Les de su tranquila ciudad bállica de Wismar quizá sólo diez pertenecían al movimiento pacifista disidente en los años 80, De esos diez unos tres, creía, eran informa- dores de la Stasi. Reclutados voluntariamente o some- tidos a chantaje en función de su propia situación, más de 100.000 alemanes orientales han actuado como iú- fonnadores de los servicios de seguridad, Inchiso en los años 70 y 80, cuando ya no existía la amenñaza de pér- manecer largos y penosos años en prisión como succdía en los 50, el control del régimen sobre los viajes, el sis- tema educativo y el empleo contuvo en un ámbito res- iringido la érítica, promovió el carrerismo más estrecho y penalizó sistemáticamente al pensamiento indepen- diente. Así pues, ¿cómo iba a movilizarse la oposición? En la vecina Checoslovaquia, como ha contado Ti- mothy Garton Ash, reinaban condiciones quizá más duras, al acosar sistemáticamente la policía a los cireu- los de disidentes que a veces se formaban.' En Hun- gría, el menos represivo régimen de la última época de Kadar alimentó una compleja red de clientelismo y de privilegios sectorizlmente distribuidos.? Quizá sea poco generoso preguntar por las condi- ciones que permitieron a los disidentes prevalecer, pre- guntar por las circunstancias que permitieron que un dramaturgo checo, detenido una vez más en 1987 por su insobornable oposición, se convirticse cn Jefe del E tado. ¿Acaso no debe aceptarse la fuerza intrínseca de la libertad, la democracia y el coraje cívica cómo expli: cación suficiente de la ruptura? ¿Es que estos aconteci- mientos no han renovado la idea de antes de 1914 de que la historia es historia de la libertad? El problema, sin embargo, es que la historia no ha sido siempre histo- ría de la liboriad. explicación histórica no es comple- ta a menos que especifique por qué los acontecimientos se produjeron cuando se produjeron y no antes o des- pués. Requiere determinación teraporal, ¿Por qué cayó en 1989 el muro de Berlín? O si el año preciso fue resul- tado en parte de algunos elementos casuales, ¿por qué, al menos, no tan temprano como 1979 y no tan tarde como 1999? ¿Por qué el fracaso del sistema sobrevino a finales de los 80 y no a finales de los 707 res exógenos» siempre pueden ofrecer refugio explicativo. Después de todo, el estimulo para el cambio a lo largo y ancho del mundo comunista fue la transformación de la política soviética. Tras la caída de Kruskcher, de 1966 en adelante, los soviéticos trataron nuevamente de acabar con sus disidentes; en 1968 Mos- ¿ú oiganizó la invasión de Checoslovaquia; en 1981 la estudiada ambigúedad de Moscú estimuló la proscrip- ción de Solidaridad a la que procedió el régimen pola- co. Gorbachov abandonó estos métodos. Hasta cierto punto se ha visto arrastrado por la lógica del proceso de reforma, a cuyo nacimiento él prestó su concurso. Es incierto que en sus primeros pasos pensase abando- nar Alemania del diste, el crucial bastión de la influen. cia soviética en Europa, a Occidente. Sin embargo, él y su equipo han aceptado y, más aún, impulsado una redefinición radical de los intereses rusos en la politica mundial. Il A contingencia histórica o el impacto de «facto- Pero el dinamismo de Gorbachov sólo puede expli- car lo que explica. El propio líder soviético advirtió solemnemente a Erich Honecker, en lo que fue tal vez la decisiva señal larmada a la agilada población alemana oriental, que la historia penaliza a quienes llegan dema- siado tarde. Obviamente el lider soviético era conscien- te de encontrarse ante uma crsis más vasta que no le dejaba otra opción sino una reforma decisiva. ¿Por qué la crisis del comunismo parecía dejar lan escasas alter- nativas entre mediados y finales de los 807 ¿Por qué se descompuso el sistema incluso más allá de la inicial per- cepción de su vulnerabilidad por Gorbachov? Se puede dirigir la vista a la pesada herencia de la última fase de la era Brezhney, cuando la distensión hacía aguas y la economía soviética, se empantanaba. entre el incumpli- miento de los objetivos planificados y los déficits de ceréales, acero y petróleo,? Pero sería miope ver las fuentes de la crisis sólo en el flanco donde ésta se ha revelado más espectacular. Las tendencias de crisis pue- den hacer metástasis; pueden originarse en cualquier sitio, A lo largo de los años 70 las dificultades occiden- tales también generaron abundantes diagnósticos de crisis: crisis inflacionaria, crisis de liderazgo, de legiti- mación, del capitalismo. No hay duda: crisis es el más inanido Lropo del anábsis social. No obstante, los signos de patologías deben buscarse no sólo en las sociedades más visiblemente afectadas. Muchas de las dificultades del comunismo también han acuciado a Occidente, donde han generado dificultades reales, si bien menos paralizantes. Aun cuando la descomposición del comu- nismo ha sido, ciertamente, función de sus propias rigi- deces e injusticias, también es verdad que ha sido resul- tado asimismo de tensiones y presiones que afectaban tanto al Este como al Oeste. Algunas de las crisis del comunismo han sido también crisis para el capitalismo, Cada uno de los sistemas ha pagado por ellas de formas diferentes. El anábisis comparativo es ú61.* No perder de vista lo sucedido en las economías de mercado cuan- do consideramos los avatares de las economías plani- ficadas arroja luz acerca de por qué eran tan vulnera- bles a finales de los años 80 la Unión Soviética y sus protectorados. En el desarrollo de estas crisis e] período compren- dido entre finales de los años 60 y principios de los 70 constituyó una ruptura decisiva. Los conflictos ideoló- gicos que emergieron en 1968 conmocionarón tanto al Este como al Oeste, La sacudida de Checoslovaquia y la ola de desórdenes estudiantiles y de malestar obrero en el Oeste representaron un profundo desafío a la tra- yectoria «modernizadora» o reformista de dos años 60. Fueron seguidas a principios y mediados de los años 70 por una profundización de las dificultades económicas: la réácción, coronada por el éxito, de los países de la OPEP contra la provisión a bajo precio de productos Encrgélicos y la nueva conflictividad en torno a la dis- tribución de la renta nacional se sumaron a las tensio- nes inflacionistas y a la disminución del ritmo de ereci- mierito de la productividad. En las cuatro décadas y media de historia posterior a la guerra mundial que ahora llegan a su término, el periodo de finales de los 60 y principios de los 70 representó una ruptura de gran relevancia. Este juicio 10 se deriva de ninguna proclivi- dad del autor a la ebullición insurreccional de finales de los 60; no hay ningún trasfondo de identificación con el solxvante-huh en lo que sigue. Mis propios sentimien- tos Fueron en aquel entonces ambivalentes: en nuestras universidades el 68 tuvo mucho de afoctación román- tica, abiería intolerancia y vacuo intelectualismo, Pero las reacciones moralistas no pueden desmentir el hecho de que el torbellino de aquellos años demostró la exis- tencia de ua genuina insatisfacción con los procedi- mientos adininistrativos del capitalismo del estado del bienestar. En ocasiones incluso los mecanismos sociales de mejor funcionamiento —precisamente, de hecho, los metéanismos de mejor funcionamiento— generan una reacción. El éxito, con frecuencia, rechina. L" acontecimientos de 1989.90 guardan, a mi mods de ver; una relación con las conmociones de 1968, que es de alguna manera análoga a la relación que Existió entre los resultados de la unifica- ción nacional de 1863 a 1870 y la revolución de 1848. En 1848 potentes aspiraciones colectivas entraron en violenta colisión con las estructuras de la sociedad y fueron anuladas, pero resurgieron, transformadas mas aún vigorosas, tras fluir subterráneamente durante dos décadas. En la «primavera de los pueblos» la libertad, el gobierno parlamentario y la unificación nacional pa- recían, de pronto, estar al alcance de la mano. Pero los levantamientos de la clase media y de la clase obrera tendían a chocar entre sí. Lo mismo sucedió también con las diferentes aspiraciones nacionales y pertenen= cias étnicas, Las fuerzas conservadoras se unicron y re- cuperaron el conirol. Sin embargo, los impulsos origi- nales fueron filtrándose a la largo de la siguiente década y media. Las aspiraciones aplazadas continua- ron erosionando la legitimidad del «sistema de Viena» que habia sido establecido en 1815 sabre la base de un consenso antirrevolucionario enire un concierto de elites terratenientes. Purgado de su discurso revolucio- nario, fortalecido con las energías burguesas del des rrollo industrial y guiado por astutos estadistas conser- vadores o centristas, el nacionalismo popular posterior a 1848 conquistó la unificación alemana, impulsó la posterior consolidación territorial de Italia y logró la reorganización de la derrotada Austria-Hungría, la re- unificación de Estados Unidos (así como cambios de régimen de gran significación en Francia, México, Ja- pón y otros lugar: Si es verdad que liberales y radicales perdieron en 1848-49, también lg 'és que pusieron en Marcha un pro- ceso de modernización que hizo fructificar parte de su