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La crisis económica y la oportunidad de un cambio en la economía sostenible, Resúmenes de Economía Mundial

Este documento discute la crisis económica y cómo ofrece oportunidades para redirigir las economías de los países ricos hacia una trayectoria diferente en relación a los flujos materiales y energéticos. Se analizan los impactos en las emisiones de dióxido de carbono y se propone la necesidad de valorar los servicios ambientales. Se menciona la experiencia del proyecto TEEB y la importancia de considerar los costos ambientales en la contabilidad macroeconómica.

Tipo: Resúmenes

2018/2019

Subido el 29/08/2021

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El Viejo Topo/95
crisis
En los últimos meses es inevitable recordar el libro de Fre-
derick Soddy, Wealth, Virtual Wealth and Debt (Riqueza, Ri-
queza Virtual y Deuda) publicado en 1926. Soddy había obte-
nido el premio Nobel de Química y era catedrático en Oxford.
Expliqué sus principales ideas económicas en mi libro La
Economía y la Ecología de 1991. También Herman Daly ha
descrito las propuestas de reforma monetaria de Frederick
Soddy que descansan en las proposiciones siguientes. Es fácil
para el sistema financiero hacer crecer las deudas (tanto del
sector privado como del sector público), y es fácil también
sostener que esa expansión del crédito equivale a la creación
de riqueza verdadera. Sin embargo, en el sistema económico
industrial, el crecimiento de la producción y el crecimiento
del consumo implican a la vez el crecimiento de la extracción
y destrucción final de los combustibles fósiles. La energía se
disipa, no puede ser reciclada. En cambio, la riqueza verdade-
ra sería la que se base en el flujo actual de energía del sol. La
contabilidad económica es por tanto falsa, porque confunde
el agotamiento de recursos y el aumento de entropía con la
creación de riqueza.
La obligación de pagar deudas a interés compuesto se podía
cumplir apretando a los deudores durante un tiempo. Otra
manera de pagar la deuda es mediante la inflación (que dis-
minuye el valor del dinero). Una tercera vía era el crecimiento
económico que, no obstante, está falsamente medido porque
se basa en recursos agotables infravalorados y en una conta-
minación a la que no se da valor económico. Esa era la doctri-
na de Soddy, ciertamente aplicable a la situación actual. Fue
sin duda un precursor de la economía ecológica.
En otras palabras, la economía tiene tres niveles. Arriba está
el nivel financiero, que puede crecer mediante préstamos al
sector privado o al estado, a veces sin ninguna garantía de que
esos préstamos puedan devolverse, como está ocurriendo en
la crisis actual. El sistema financiero toma prestado contra el
futuro, esperando que el crecimiento económico indefinido
proporcione los medios para pagar los intereses de las deudas
y las propias deudas. Los bancos dan crédito mucho más allá
de lo que han recibido como depósitos, y eso tira del creci-
miento económico al menos durante un tiempo. Por abajo es-
lo que los economistas llaman la economía real o la econo-
mía productiva. Es decir, el comportamiento del consumo
(privado y público) y de la inversión (privada y pública) expre-
sado en términos reales (a precios constantes). Cuando crece,
realmente eso permite pagar una parte o toda la deuda. Cuan-
do no crece lo suficiente, quedan deudas por pagar. La mon-
taña de deudas había crecido en el 2008 mucho más allá de lo
que era posible pagar con el crecimiento del PIB. La situación
no era financieramente sostenible.
Lenguajes
de valoración
por Joan Martínez Alier
na crisis económica ofrece la oportunidad de reconducir la economía de los países ricos hacia una tra-
yectoria diferente en lo relativo a los flujos materiales y energéticos. Este es el momento para que los paí-
ses ricos lleven a cabo una transición socioecológica hacia niveles más bajos de consumo de energía y
materias primas. La crisis puede también traer consigo la ocasión de reestructurar las instituciones sociales. El
objetivo, en los países ricos, debería ser vivir bien sin someterse al imperativo del crecimiento económico.
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¡Descarga La crisis económica y la oportunidad de un cambio en la economía sostenible y más Resúmenes en PDF de Economía Mundial solo en Docsity!

El Viejo Topo / 95

En los últimos meses es inevitable recordar el libro de Fre- derick Soddy, Wealth, Virtual Wealth and Debt (Riqueza, Ri- queza Virtual y Deuda) publicado en 1926. Soddy había obte- nido el premio Nobel de Química y era catedrático en Oxford. Expliqué sus principales ideas económicas en mi libro La Economía y la Ecología de 1991. También Herman Daly ha descrito las propuestas de reforma monetaria de Frederick Soddy que descansan en las proposiciones siguientes. Es fácil para el sistema financiero hacer crecer las deudas (tanto del sector privado como del sector público), y es fácil también sostener que esa expansión del crédito equivale a la creación de riqueza verdadera. Sin embargo, en el sistema económico industrial, el crecimiento de la producción y el crecimiento del consumo implican a la vez el crecimiento de la extracción y destrucción final de los combustibles fósiles. La energía se disipa, no puede ser reciclada. En cambio, la riqueza verdade- ra sería la que se base en el flujo actual de energía del sol. La contabilidad económica es por tanto falsa, porque confunde el agotamiento de recursos y el aumento de entropía con la creación de riqueza. La obligación de pagar deudas a interés compuesto se podía cumplir apretando a los deudores durante un tiempo. Otra manera de pagar la deuda es mediante la inflación (que dis- minuye el valor del dinero). Una tercera vía era el crecimiento

económico que, no obstante, está falsamente medido porque se basa en recursos agotables infravalorados y en una conta- minación a la que no se da valor económico. Esa era la doctri- na de Soddy, ciertamente aplicable a la situación actual. Fue sin duda un precursor de la economía ecológica. En otras palabras, la economía tiene tres niveles. Arriba está el nivel financiero, que puede crecer mediante préstamos al sector privado o al estado, a veces sin ninguna garantía de que esos préstamos puedan devolverse, como está ocurriendo en la crisis actual. El sistema financiero toma prestado contra el futuro, esperando que el crecimiento económico indefinido proporcione los medios para pagar los intereses de las deudas y las propias deudas. Los bancos dan crédito mucho más allá de lo que han recibido como depósitos, y eso tira del creci- miento económico al menos durante un tiempo. Por abajo es- tá lo que los economistas llaman la economía real o la econo- mía productiva. Es decir, el comportamiento del consumo (privado y público) y de la inversión (privada y pública) expre- sado en términos reales (a precios constantes). Cuando crece, realmente eso permite pagar una parte o toda la deuda. Cuan- do no crece lo suficiente, quedan deudas por pagar. La mon- taña de deudas había crecido en el 2008 mucho más allá de lo que era posible pagar con el crecimiento del PIB. La situación no era financieramente sostenible.

Lenguajes

de valoración

por Joan Martínez Alier

na crisis económica ofrece la oportunidad de reconducir la economía de los países ricos hacia una tra-

yectoria diferente en lo relativo a los flujos materiales y energéticos. Este es el momento para que los paí-

ses ricos lleven a cabo una transición socioecológica hacia niveles más bajos de consumo de energía y

materias primas. La crisis puede también traer consigo la ocasión de reestructurar las instituciones sociales. El

objetivo, en los países ricos, debería ser vivir bien sin someterse al imperativo del crecimiento económico.

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Pero tampoco el PIB era ecológicamente sostenible, pues en el tercer nivel, por debajo de la economía real o productiva de los economistas, está la economía real-real de los economistas ecológicos, es decir, los flujos de energía y materiales cuyo cre- cimiento depende en parte de factores económicos (tipos de mercados, precios) y en parte de los límites físicos. Actualmente, no solo hay límites físicos en los recursos sino también en los sumideros: el cambio climático está ocurrien- do por la quema excesiva de combustibles fósiles y por la de- forestación, amenazando la biodiversidad. Otra amenaza directa a la biodiversidad es el aumento de la HANPP, la apro- piación humana de la producción primaria neta de biomasa.

El decrecimiento económico La contabilidad económica no cuenta adecuadamente los daños ambientales ni el valor de los recursos agotables. La cri- sis económica implica un cambio de tendencia en las emisio- nes de dióxido de carbono, por lo menos en los países occi- dentales, cuyas economías han entrado en lo que graciosamente se llama “creci- miento negativo”. En los cinco años anteriores al 2008, las emisiones de dió- xido de carbono producidas por los humanos estaban aumentando a más del 3 por ciento anual, lo que llevaba a doblarlas en 20 años, cuando lo necesa- rio es que bajen a menos de la mitad lo más pronto posible. El objetivo de Kyoto de 1997 es muy generoso con los países ricos, pues les concede derechos de propiedad sobre los sumi- deros de carbono (los océanos y la nueva vegetación) y sobre la atmósfera como depósito temporal de dióxido de carbono, a cambio de una promesa de reducción del 5 por ciento en sus emisiones del 2010 respecto a las de 1990. La crisis económica hará mucho más fácil cumplir ese modesto objetivo de Kyoto. El comercio de emisiones de carbono desaparecerá totalmen- te a menos que los países ricos se impongan a sí mismos la obligación de bajar sus emisiones por debajo del compromiso de Kyoto, como deberían hacer, pues todavía son muy excesi- vas. El transporte aéreo, la construcción de viviendas, las ven- tas de automóviles han bajado en muchos países europeos y en Estados Unidos en la segunda mitad del 2008. Los automo- vilistas estadounidenses compraron un 9 por ciento menos de gasolina en las primeras semanas de octubre del 2008 que en el mismo período del 2007. Sin lugar a dudas, una crisis económica ofrece la oportuni- dad de reconducir la economía de los países ricos hacia una trayectoria diferente en lo concerniente a los flujos materiales y energéticos. Este es el momento para que los países ricos lle-

ven a cabo una transición socioecológica hacia niveles más bajos de consumo de energía y materias primas. La crisis puede también traer consigo la ocasión de reestructurar las instituciones sociales. El objetivo, en los países ricos, debería ser vivir bien sin someterse al imperativo del crecimiento eco- nómico. Todo indica que por encima de un determinado nivel de ingresos, la felicidad no depende del aumento de dichos ingresos. Más aun, la contabilidad económica no tiene en cuenta adecuadamente los daños ecológicos ni el carácter finito de los recursos naturales. La economía es vista como un carrusel entre los consumidores y los productores. Unos y otros se encuentran en los mercados de bienes de consumo y en los mercados de servicios a la producción (como la venta de horas de trabajo por un salario). Se fijan precios, se inter- cambian cantidades. Esto es crematística. La contabilidad macroeconómica (PIB) incorpora las cantidades multiplica- das por los precios. Pero la economía puede ser vista de otra manera: como un sistema de transformación de energía (ago- table) y de materias (incluyendo el agua) en productos y servicios útiles y, finalmente, en desechos. Esto es bioe- conomía o economía ecológica (según los análisis de N. Georgescu Roegen, Herman Daly, A. Kneese y R. U. Ayres, y Kenneth Boulding). Ahora es el mo- mento de sustituir el PIB por indi- cadores sociales y ecológicos a macroescala. El debate sobre la décroissance soutenable, es decir, el decrecimiento económico socialmente sostenible que iniciase Nicolas Georgescu Roegen hace tres décadas, debería convertirse hoy en el prin- cipal tema de discusión en los países ricos.

La contabilidad económica es incorrecta La crítica de la contabilidad económica convencional a menudo hace hincapié en los valores de los servicios ambien- tales de los ecosistemas que no están recogidos en esa conta- bilidad. Por ejemplo, los servicios ambientales de los arrecifes de coral y de los manglares, los del bosque tropical húmedo, pueden ser calculados en dinero por hectárea y por año, y entonces las hectáreas perdidas pueden ser traducidas en pér- didas económicas virtuales para impresionar al público y a los gestores públicos. Eso está bien, pero es insuficiente para per- catarse de cuáles con las relaciones entre la economía y el medio ambiente, pues el suministro energético de nuestra economía industrial depende no tanto de la fotosíntesis actual como de la fotosíntesis de hace millones de años. Nuestro acceso a los recursos minerales depende también de antiguos ciclos biogeoquímicos, y estamos usando y desperdiciando

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Hay que entender que

la contabilidad económica

convencional está

equivocada.

rio rural es un euro al día, un litro de agua en envase de plás- tico cuesta 15 céntimos de euro. Si los pobres han de comprar agua, todo su salario se iría simplemente en agua para beber para ellos y sus familias. Asimismo, si no hay leña o estiércol seco como combustibles, al comprar butano (LPG), como pre- ferirían, gastarían el salario semanal de una persona para adquirir un cilindro de 14 kgs. La contribución de la naturale- za a la subsistencia humana de los pobres no queda pues bien representada al decir que supone el 5% del PIB en un país como la India. El asunto no es crematístico sino de subsisten- cia. Sin agua, leña y estiércol, y pastos para el ganado, la gente empobrecida simplemente se muere. En la contabilidad macroeconómica se puede introducir la valoración de las pérdidas de ecosistemas y de biodiversidad ya sea en cuentas satélites (en especie o en dinero), ya sea modificando el PIB para llegar a un PIB “verde”. Pero en cual- quier caso, la valoración económica de las pérdidas tal vez sea baja en comparación con los beneficios económicos de un proyecto que destruya un ecosistema local o que destruya la biodiversidad. Lo mismo se aplica a nivel macroeconómico: un aumento del PIB ¿compensa el daño ambiental? Sukhdev y sus colaboradores contestan así: ¿qué gru- pos de personas sufrirán las pérdidas? En la India comprobaron que los beneficia- rios más directos de la biodiversidad de los bosques y de sus servicios ambientales eran los pobres, y que su pérdida afectaría sobre todo al ya menguado bienestar de los pobres. Esa pobreza hace que las pérdidas de servicios ambientales repercutan desproporcio- nadamente en su “ingreso de subsistencia” en comparación con otras clases sociales. De ahí la idea del “PIB de los pobres”. En otras palabras, si el agua de un arroyo o del acuífero local es contaminada por la minería, los pobres no pueden comprar agua en botella de plástico porque no tienen dinero para ello. Por tanto, cuando la gente pobre del campo ve que su propia subsistencia está amenazada por un proyecto minero o una represa o una plantación forestal o una gran área industrial, a menudo protesta no porque sean ecologistas, sino porque necesitan los servicios de la naturaleza para su propia vida. Ese es el “ecologismo de los pobres”.

Activos tóxicos y pasivos venenosos Los activos que toman la forma de acreencias sobre deudas que no serán pagadas han sido bautizados en la crisis actual con el curioso nombre de “activos tóxicos”. Así, un banco acre- edor que da un préstamo hipotecario, lo coloca en su activo en

el balance aunque el deudor difícilmente vaya a pagar esa hipoteca y aunque la vivienda que respalda el crédito haya perdido precio en el mercado. De aquí a un tiempo, el banco tendrá que borrar ese activo o darle un valor menor. En el lado del pasivo de los balances de las empresas, las actuales reglas contables no obligan a deducir los daños al medio ambiente. De hecho, la economía actual tiene una enorme “deuda de carbono” hacia las generaciones futuras y hacia los pueblos pobres de nuestra propia generación que sufrirán por el cambio climático habiendo contribuido muy poco a que se produzca. Muchas empresas privadas en el sec- tor extractivo tienen también grandes pasivos ambientales. A la Chevron-Taxaco se le están exigiendo 16 mil millones de dólares en un juicio en Lago Agrio, Ecuador. La compañía Rio Tinto dejó un pasivo muy grande en Andalucía desde 1888, y después en Bougainville, en Namibia, en Papúa Occidental junto con la compañía Freeport MacMoran. Son deudas a per- sonas pobres o indígenas. La Shell tiene enormes pasivos por pagar en el Delta del Níger. Pero los accionistas de esas empre- sas no deben preocuparse. Esas deudas venenosas están recogidas en los libros de historia pero no en los libros de contabili- dad. Las decisiones económicas serían mejo- res al dar valor monetario a los recursos y servicios ambientales que tienen precio bajo o precio cero en la contabilidad habi- tual, pero no debemos olvidar otras consideraciones. En pri- mer lugar, no hay que olvidar que el conocimiento sobre cómo funcionan los ecosistemas, sobre sus umbrales de tolerancia y sobre su resiliencia, es impreciso. En segundo lugar, hay que dar importancia a los valores no monetarios en las decisiones, no vayamos a caer en el fetichismo de las mercancías ficticias. Por ejemplo, recordemos la inminente amenaza que pende sobre la Niyamgiri Hill en Orissa, donde viven los Dongria Kondh. Tal vez la baja del precio del aluminio en más de 50 por ciento en la segunda mitad del 2008, y por tanto el descenso del precio de la bauxita, ayude a salvar esa montaña sagrada. Pero en cualquier caso, podemos preguntar: ¿cuántas tonela- das de bauxita vale una tribu o una especie en trance de extin- ción? ¿cómo expresar esos valores en términos que un Mi- nistro de Finanzas o un juez de la Corte Suprema puedan entender? Los lenguajes de valoración de los indígenas o de los campesinos son silenciados en favor del lenguaje de la valoración monetaria. Esos otros lenguajes incluyen la aser- ción de los derechos territoriales contra la explotación exter- na, ya sea apelando al Convenio 169 de la OIT que exige un

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En los países ricos

deberíamos tender hacia

un “decrecimiento

sostenible”

consentimiento previo de los indígenas, o en la India las cláu- sulas en la Constitución y algunas sentencias judiciales que protegen a los adivasi. También cabe apelar a valores ecológi- cos y estéticos. En fin, podríamos preguntar a los Dongria Kondh: ¿qué precio tiene vuestro Dios? ¿cuánto dinero valen los servicios que os proporciona vuestro Dios? La cuestión no es pues si el valor económico sólo se deter- mina en mercados realmente existentes, ya que los economis- tas han desarrollado métodos para la valoración monetaria de los servicios y bienes ambientales y de las externalidades negativas. La cuestión es, más bien, si todas las evaluaciones pertinentes en un conflicto ambiental (por ejemplo en mine- ría de cobre u oro en el Perú o de bauxita en Orissa, o deter- minada represa en el noreste de la India, o la destrucción de un manglar por la industria camaronera en Honduras o Bangladesh, o la determinación del nivel adecuado de emisio- nes de dióxido de carbono por la Unión Europea) deben ser reducidas a una medida común, a la única dimensión mone- taria. Debemos rechazar tal simplificación de la complejidad, tal exclusión de lenguajes de valoración. Debemos aceptar, por el contrario, el pluralismo de valores inconmensurables entre sí para evitar que la ciencia económica se convierta en un ins- trumento del poder en la toma de decisiones. Eso es así cuan- do se aplica el análisis costo-beneficio a proyectos de inver- sión concretos, y también al nivel macro donde los aumentos del PIB triunfan sobre cualquier otra dimensión. La cuestión es pues ¿quién tiene el poder de simplificar la complejidad imponiendo un determinado lenguaje de valoración sobre los demás? Así, el movimiento conservacionista mundial debe ciertamente criticar la contabilidad económica habitual y debe empujar para que se corrija esa contabilidad para refle- jar mejor nuestras relaciones con la naturaleza (como propo- ne el proyecto TEEB), pero sin olvidar que otros lenguajes de valoración son también legítimos: los derechos territoriales, la justicia ambiental y social, la subsistencia humana, la sacralidad. En un libro de la UICN para el Congreso Mundial de Conservación en Barcelona en octubre del 2008 con el título Transition to Sustainability , Bill Adams y Sally Jeanrenaud pro- ponen una alianza entre el movimiento conservacionista y el ecologismo de los pobres. Esa alianza es difícil, si uno nota la muy visible vinculación entre el conservacionismo y empresas como Shell y Rio Tinto.

El fin del boom de las materias primas Con la crisis económica, ¿habrá ahora un final a la expan-

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  1. Ese descenso sucede no porque haya aumentado la ofer- ta sino porque disminuye la demanda. Estamos muy cerca del pico de extracción de petróleo y eso puede dar un apoyo a la OPEP en su intento de frenar la caída del precio y sostenerlo en 70 u 80 dólares por barril. Algunos proyectos de extracción de petróleo de bajo EROI y alto costo marginal (como las are- nas bituminosas de Alberta en Canadá y los petróleos pesados del delta del Orinoco) tal vez sean aplazados, como también la extracción del ITT Yasuní en Ecuador. En el caso de otras mercancías distintas al petróleo, es posi- ble que los países exportadores reaccionen irracionalmente manteniendo o incluso aumentando la oferta en su esfuerzo de mantener el ingreso. Posiblemente haya una guerra de pre- cios de la soja entre Argentina y Brasil. En cambio, éste sería un buen momento para que América del Sur, África y otras zonas que son exportadoras netas de energía y materiales piensen en el desarrollo endógeno y avan- cen hacia una economía ecológica y solida- ria. Además, muchos países del Sur verán cómo caen las remesas monetarias de sus emigrantes. El rechazo del Sur a continuar proporcionando materias primas baratas para las economías industriales, imponien- do impuestos sobre el agotamiento del “capital natural” o “retenciones ambienta- les” y poniendo también cuotas a la expor- tación, también ayudaría al Norte (incluyendo partes de China) en nuestro camino hacia una economía más sostenible que use menos materiales y energía.

Neomaltusianismo de abajo hacia arriba Las preocupaciones demográficas y la sensibilización ecoló- gica pueden influir sobre las tasas de nacimientos (como ha sucedido en la Europa neomaltusiana de 1900 y en China desde 1980). Pero, ¿estamos encaminándonos hacia una reducción de la población mundial que se estabilice entre los tres o cuatro mil millones, reduciéndose por lo tanto la pre- sión sobre los recursos y los sumideros? Ya hubo, en torno a 1900, debates sobre “a cuánta gente podía alimentar la Tierra”, centrándose sólo en las necesidades de la especie humana. Los neomaltusianos de fines del siglo XIX y comienzos del XX eran los radicales políticos y las feministas. Había una gran diferencia entre el maltusianismo original de T. R. Malthus y el neomaltusianismo de 1900. Las obras sobre el neomaltusia- nismo demuestran claramente la influencia del movimiento feminista radical a favor de limitar los nacimientos en Europa y Estados Unidos en torno a 1900. En la India, Periyar asumió esta línea. En Brasil fue reivindicada por María Lacerda de

Moura. Esta historia me permite aportar las siguientes defini- ciones: Maltusianismo. La población padece un crecimiento expo- nencial sólo contrarrestado por las guerras y las epidemias, o por la castidad y los matrimonios tardíos. Proporcionalmente, los alimentos crecen menos que la mano de obra, debido a la reducción de los rendimientos. En consecuencia: crisis de subsistencia. Neomaltusianismo de 1900. Las poblaciones humanas podí- an regular su propio crecimiento mediante la contracepción. Para ello, era indispensable la liberación de la mujer, además de ser deseable. El origen de la pobreza residía en la desigual- dad social. La “procreación consciente” era necesaria para acabar con los bajos salarios y para preservar los recursos naturales. Fue éste un exitoso movimiento de abajo hacia arri- ba, tanto en Europa como en América, contra los Estados (que querían más soldados) y contra la Iglesia. Neomaltusianismo a partir de 1970. Una doctrina y una práctica promovidas por organizaciones internacionales y por algu- nos gobiernos. Se considera al crecimiento demográfico como la causa principal de la pobreza y de la degradación ambiental. Por lo tanto, los Estados deben introducir méto- dos anticonceptivos, aun sin el consenti- miento previo de las mujeres. Antimaltusianismo. La teoría que afirma que el crecimiento demográfico no es la principal amenaza al medio ambiente y que hasta favorece el crecimiento económico, como han argu- mentado Esther Boserup y otros economistas. Una transición a la sostenibilidad requiere repensar la demografía y también reflexionar sobre las transiciones socioecológicas. Recientemente, Marina Fischer-Kowalski y Helmut Haberl, influidos por la obra del historiador ecológico Rolf Peter Sieferle y por antropólogos ecológicos, economistas ecológicos y ecologistas industriales, editaron un libro titula- do Transiciones Socioecológicas^1. Desde las sociedades caza- doras-recolectoras, pasando por las sociedades agricultoras, hasta llegar a las sociedades industriales, los autores de este libro enumeran modelos cuantificables de uso de la energía y las materias primas, las densidades de población, el uso de la tierra y el tiempo de trabajo. También intentan discernir entre futuros posibles e imposibles. Por ejemplo, ¿es verosímil pen- sar en un mundo de nueve mil millones de personas con un consumo energético de 300 gigajoules (GJ) y un consumo de materias primas de 16 toneladas per capita y año? ¿O, al con- trario, estamos al borde de una transición socioecológica, me- diante nuevas tecnologías, que reducirían el consumo energé-

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Muchas empresas

privadas

en el sector

extractivo tienen

grandes pasivos

ambientales.

tico y de materias primas por parte de las economías ricas, aunque tal cosa implicase un decrecimiento económico? Una transición semejante requiere una reforma de las instituciones financieras. La imaginativa venta de deriva- dos (“productos” financieros) y la existencia de bancos offs- hore no regulados han sufri- do un revés ante la opinión pública. Actualmente, hasta las fuerzas políticas más mo- deradas están proponiendo que la banca pase a ser un servicio público. Pero más allá de esto, la crisis propor- ciona la oportunidad de re- flexionar sobre una econo- mía real-real. Se deberían in- troducir impuestos en origen sobre la extracción de recur- sos naturales, para financiar modelos de sociedad ecoló- gicamente sostenibles. Es necesario que los ricos reduzcan su consumo energético y el uso de materias primas. Con la crisis económica, la décroissance est arrivée a Europa, EEUU y Ja- pón, al menos durante 2008 y 2009. Los frívolos llamamientos a favor del crecimiento demográfico con la finalidad de aumentar el empleo y así poder pagar las pensiones de los mayores no son nada convincentes desde el punto de vista ecológico; y tampoco desde un punto de vista financiero, cuando la tasa de paro está en aumento. Hoy se nos brinda la ocasión de iniciar una transición socioecológica.

Decrecimiento sostenible En los países ricos deberíamos tender hacia un “decreci- miento sostenible”. Esto significa un decrecimiento económi- co socialmente sostenible. La ecología social, la ecología humana y la economía ecológica nos aportan cifras de los indicadores físicos. No hay desmaterialización. En determina- dos países, no sólo la cantidad absoluta de materias primas extraídas, sino también la intensidad material (toneladas de materias primas en relación al PIB) han continuado aumen- tando, lo que implica una mayor presión sobre los ecosiste- mas. Si Europa lograse una convergencia promedio de 16 to- neladas por persona y año (sólo de materias primas, sin con-

tar aquí el agua) se lograría multiplicar por tres los flujos de materias primas en el mundo, calculando en base a la pobla- ción actual. Tales flujos de materias primas son útiles para caracterizar a una determinada economía. Podemos analizar los patrones de comercio exterior. Mientras que América Latina exporta seis veces más de toneladas de las que impor- ta, la Unión Europea importa cuatro veces más de toneladas de las que exporta. Podemos comprender modelos caracterís- ticos de conflictos sociales; por ejemplo, conflictos vinculados a la minería o a la extracción de petróleo, o conflictos interna- cionales debidos al acceso desigual a los sumideros de dióxido de carbono (océanos) o “depósitos” temporales (atmósfera). Sabemos que el consumo de energía per capita sigue au- mentando. En un escenario europeo, una convergencia en torno a 300 GJ por persona y año equivaldría a multiplicar por cinco la energía hoy disponible en la economía mundial. Si se utiliza gas y, particularmente, carbón, se incrementaría entre cuatro y cinco veces la producción de dióxido de carbono. La HANPP también está aumentando, es decir, la apropiación humana de la producción primaria neta de la biomasa. El cre- cimiento demográfico, la disminución del suelo cultivable, el consumo de carne, la producción de papel y los agrocombus- tibles incrementan la HANPP. Cuanto mayor es la HANPP,

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