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leyenda negra, Apuntes de Traducción

Asignatura: Sociedad, Política y Relaciones Internacionales, Profesor: , Carrera: Traducción e Interpretación, Universidad: UVA

Tipo: Apuntes

2016/2017

Subido el 26/06/2017

loindecoeur
loindecoeur 🇪🇸

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Unidad 15. La leyenda negra de la Inquisición
Española
La Inquisición es algo más que una realidad. También es un mito. Una
palabra perversa. Un tópico que se ha arrastrado a lo largo de la Historia,
incluso durante el despiadado siglo XX. Y es que cualquier tratamiento que
realicemos de la Inquisición debe tener en cuenta el contexto histórico. Los
siglos XVI y XVIII fueron los de la unidad político-religiosa y una policía
(que se llamó de distintos modos) que velaba por ella. Para preservar esa
unidad se mataron a miles de hugonotes en Francia, católicos en Irlanda e
Inglaterra (incluida la reina de Escocia), disidentes en Suiza (Servet
ajusticiado por orden de Calvino), etc., dejando a un lado las matanzas de
brujas en Alemania o las de campesinos fomentadas por el mismo Lutero.
Hubo matanzas de herejes, brujas, disidentes y falsos conversos. No fueron,
por tanto, siglos de cálida conciencia cristiana.
RADIOGRAFÍA DE LA INQUISICIÓN
La Inquisición española fue creada el 15 de noviembre de 1495
mediante una bula de Sixto IV, a petición de los Reyes Católicos. Duró hasta
1834, aunque entre el siglo XVIII y en el primer tercio del XIX estuvo
relativamente desprestigiada y con mucha menos actividad. Antes, desde
1238, existió una Inquisición romana, pero muy irregularmente extendida
por Europa, porque dependía de la aceptación de los reinos. Estuvo vigente
en Francia, donde se persiguió a los albigenses o cátaros, y en Italia, pero en
Inglaterra y en la mayoría de los estados alemanes no la aceptaron; en España,
Castilla no la aplicó, pero sí Aragón durante poco más de siglo y medio.
La Inquisición española nunca actuaba contra los no bautizados sino,
primero, contra los falsos conversos o presuntos falsos conversos, después
contra los protestantes y, en general, contra pecadores públicos a quienes se
acusaba de fornicación, sodomía, blasfemia, bigamia... No afectó tanto a la
brujería, que se consideraba más una enfermedad o una necedad que cualquier
otra cosa. Y, normalmente, si se llevaba a cabo un proceso por brujería, lo
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Unidad 15. La leyenda negra de la Inquisición

Española

La Inquisición es algo más que una realidad. También es un mito. Una palabra perversa. Un tópico que se ha arrastrado a lo largo de la Historia, incluso durante el despiadado siglo XX. Y es que cualquier tratamiento que realicemos de la Inquisición debe tener en cuenta el contexto histórico. Los siglos XVI y XVIII fueron los de la unidad político-religiosa y una policía (que se llamó de distintos modos) que velaba por ella. Para preservar esa unidad se mataron a miles de hugonotes en Francia, católicos en Irlanda e Inglaterra (incluida la reina de Escocia), disidentes en Suiza (Servet ajusticiado por orden de Calvino), etc., dejando a un lado las matanzas de brujas en Alemania o las de campesinos fomentadas por el mismo Lutero. Hubo matanzas de herejes, brujas, disidentes y falsos conversos. No fueron, por tanto, siglos de cálida conciencia cristiana.

RADIOGRAFÍA DE LA INQUISICIÓN

La Inquisición española fue creada el 15 de noviembre de 1495 mediante una bula de Sixto IV, a petición de los Reyes Católicos. Duró hasta 1834, aunque entre el siglo XVIII y en el primer tercio del XIX estuvo relativamente desprestigiada y con mucha menos actividad. Antes, desde 1238, existió una Inquisición romana, pero muy irregularmente extendida por Europa, porque dependía de la aceptación de los reinos. Estuvo vigente en Francia, donde se persiguió a los albigenses o cátaros, y en Italia, pero en Inglaterra y en la mayoría de los estados alemanes no la aceptaron; en España, Castilla no la aplicó, pero sí Aragón durante poco más de siglo y medio.

La Inquisición española nunca actuaba contra los no bautizados sino, primero, contra los falsos conversos o presuntos falsos conversos, después contra los protestantes y, en general, contra pecadores públicos a quienes se acusaba de fornicación, sodomía, blasfemia, bigamia... No afectó tanto a la brujería, que se consideraba más una enfermedad o una necedad que cualquier otra cosa. Y, normalmente, si se llevaba a cabo un proceso por brujería, lo

habitual es que terminara con la absolución del imputado o con penas muy leves.

La Inquisición fue una organización poderosa, con mucho personal a su servicio, con intereses creados, con un corporativismo muy acusado y, por tanto, con un interés continuo en mantener su prestigio. No era una organización monolítica, y dependía mucho de la condición de los diversos inquisidores y tribunales. Sus penas eran muy variadas, sustancialmente iguales a las que se aplicaban en los tribunales civiles o eclesiásticos de los demás países de Europa. Entre la absolución, que se daba con más frecuencia de lo que se piensa, y la pena máxima (la hoguera) había toda una gradación.

La Inquisición no discriminó a los menos poderosos, más bien al contrario: era más "comprensiva" con la gente sin poder y más dura con los que tenían relevancia social. Buena muestra de ello es que no tuvo inconveniente en mandar a prisión a Carranza, al arzobispo de Toledo o a fray Luis de León, ilustre profesor de la Universidad de Salamanca.

LA REALIDAD DE LAS CIFRAS

La fuerza del tópico y la simplicidad de la credulidad han llevado a la idea de que, a lo largo de más de cuatrocientos cincuenta años, la Inquisición española mató a millones de personas que ardieron en inmensas e interminables hogueras. Pero la realidad es bien distinta. Según los profesores Henningsen y Contreras, que estudiaron el período comprendido entre los años 1540 y 1700, la Inquisición mantuvo abiertas 44.676 causas y fueron sacrificadas 1.346 personas. Henry Kamen, por su parte, abarcando todo el periodo, ha calculado un total de tres mil muertes. Además, según un voluminoso y minucioso estudio de Schafer, en las causas inquisitoriales habidas contra protestantes entre 1520 y 1820, el total de víctimas mortales fue de doce.

Es también Kamen quien da la cifra de unos 100.000 procesos de brujería en Alemania en los siglos XVI y XVII. En untexto que se puede

futuro era la conversión al catolicismo. Pero la desconfianza, la envidia y el resentimiento resultaban demasiado fuertes como para aceptar a una pequeña minoría de origen judío que, mayoritariamente, avanzaba por el camino de la asimilación a largo plazo. En ese sentido, el establecimiento de la Inquisición en la penúltima década del siglo XV distó mucho de estar justificado incluso desde la perspectiva de la época, si lo que se pretendía era evitar la herejía, el fin con el que había sido creada al otro lado de los Pirineos, que en España adoptaba fundamentalmente la forma del criptojudaísmo.

Por más que se hagan matices sobre las acciones de la Inquisición, por más que se la despoje de las leyendas negras y los anacronismos con que, a veces, se ha llevado a cabo su estudio, lo cierto es que constituyó un arma formidable contra los conversos que no contribuyó precisamente a crear paz social y que es dudoso que fortaleciera una ortodoxia que, en realidad, no estaba amenazada.

César VIDAL España frente a los judíos: Sefarad.

Unidad 16. La Leyenda Negra

A estas alturas de nuestro discurso es indispensable decir algo acerca de la Leyenda Negra antiespañola, puesto que Felipe II es su principal protagonista. La expresión fue acuñada por Julián Juderías en 1913; su libro ha sido continuado y ampliado por otros que han ido apareciendo de autores nacionales y extranjeros, de suerte que se trata de un tema bien estudiado en cuanto a la materialidad de los hechos; en cuanto a su interpretación, siempre habrá diferencias insalvables. Para aclarar las ideas conviene no confundir esa Leyenda Negra con otras análogas referidas a diversos países ni con las sátiras, epigramas y denuestos que engendra toda vecindad, y que se intercambian lo mismo entre unos pueblos y otros que entre barrios de un mismo pueblo, regiones de una misma nación y naciones contiguas; con los chistes de los ingleses a costa de los escoceses pueden llenarse (y creo que se han llenado) volúmenes enteros, lo

mismo que de los insultos de los franceses hacia los alemanes y viceversa. Tampoco se trata de los odios que se atrae toda potencia hegemónica: para los judíos de hace veinte siglos Roma era la Bestia del Apocalipsis, y hoy Estados Unidos es para muchos el Gran Satán. En la Leyenda Negra antiespañola también entró ese ingrediente, pero hay más, hay otros que la diferencian de otras leyendas negras y le dan un aire específico.

Suelen colocarse sus orígenes en la Italia renacentista, concretamente en las reacciones suscitadas por la conquista y presencia española en Nápoles y Sicilia, el escandaloso pontificado de Alejandro VI, el Saco de Roma y en general la presencia de españoles, tildados de bárbaros, ignorantes y crueles. Estas imágenes son ciertas, pero se les pueden oponer otras favorables recogidas por Benedetto Croce y que, en conjunto, sugieren una convivencia entre italianos y españoles no demasiado conflictiva. Los ataques formaban parte de las reacciones normales por parte de una sociedad sometida por extraños y no creo que, propiamente hablando, se pueda describir como una primera fase de la Leyenda Negra. Lo que sí puede decirse es que ya en la época de Carlos V reinaban en Europa sentimientos mezclados de extrañeza, admiración y rechazo hacia una potencia surgida, por decirlo así, en el extrarradio; hacia unos hombres que no parecían plenamente europeos y se mostraban dominantes y altivos; lo que tiene cierta congruenciacon la recomendación de Hernando Colón a un emisario que envió al extranjero para comprar libros de que procurara hacerse pasar por italiano por no ser los españoles bien queridos.

Pero éstos son antecedentes; la verdadera Leyenda Negra se articuló en el reinado de Felipe II sobre tres conceptos: Inquisición, política exterior y trato a los indios. La Inquisición, en su primera fase, no suscitó extrañeza ni rechazo, salvo, claro está, en los judíos y judaizantes; parecía lógico y hasta laudable que se persiguiera a judíos y herejes; el perjuicio colateral para la reputación de España y los españoles surgió de la idea de que en España debía haber muchos moros y judíos, puesto que se necesitaban medidas extraordinarias para combatirlos; esa mala fama, de tintes racistas, que se propagó

En cambio, se mantiene y se amplifica la leyenda americana, distinta de la anterior en que no es leyenda, sino que desgraciadamente hay una base, aunque fray Bartolomé de las Casas exagerase de modo notorio. Sus afirmaciones fueron utilizadas por los enemigos de Felipe II en el momento decisivo de la lucha; la Brevíssima relación de la destruyción de las Indias la escribió el dominico en 1539, pero no la publicó hasta 1552, cuando se habían corregido la mayoría de los abusos denunciados. Se puede sospechar que a los enemigos de Felipe II y del Imperio la suerte de los indios, como la de los judíos, les interesaba más bien poco, pero vieron en ese opúsculo un proyectil utilizable. La primera versión francesa apareció en 1579, la primera inglesa en 1583, la primera holandesa en 1596, la primera alemana, acompañada de truculentos grabados en 1597, en sospechosa coincidencia con la marca alta de las hostilidades entre España y dichas potencias.

En Italia y Francia los ataques a la política hegemónica de España iban acompañados de escritos de otra índole, de ataques al hombre español, pintado unas veces como militarote brutal, otras como hidalgo arrogante y sin blanca, soberbio, pomposo y a la vez ridículo. En esta línea cómica se inscribe la Sátira menipea, obra de varios autores publicada en 1594 en París con motivo de la coronación de Enrique IV, una de las mayores derrotas diplomáticas de Felipe II. Entre la variedad de personajes que desfilan España está representada por un charlatán que pregona las excelencias del Catholicon d'Espagne, una especie de bálsamo curalotodo. Pero el prestigio de España y de todo lo español siguió siendo muy grande hasta mediados del siglo XVII. España seduce e inquieta a los franceses, ha escrito Joseph Pérez: «Nunca ha estado tan presente en Francia como en el reinado de Luis XIII; se aprendía entonces el español, como hoy el inglés; se leían y traducían los grandes autores de la literatura española, empezando por El Quijote; se admiraba el teatro español; se hacen llegar de Madrid los guantes, los perfumes, los artículos de lujo que imponía la moda. Y al mismo tiempo se criticaban las baladronadas de los españoles, su orgullo y su hipocresía.»

Antonio DOMÍNGUEZ ORTIZ España. Tres milenios de Historia

Unidad 17. Más sobre la Leyenda Negra. La

vida es sueño

La anécdota me la contó un amigo periodista hace unos días. Ocurrió en El Escorial, durante un curso de verano organizado bajo el muy sugerente epígrafe «Diez autores en busca de su personaje histórico». Ante un público compuesto en su mayoría por universitarios, el hispanista Henry Kamen trazaba un retrato objetivo, con luces y sombras, de Felipe II, el gran rey burócrata, el de los ojos que todo lo ven y todo lo ocultan, según el secretario felón Antonio Pérez, sin duda uno de los monarcas más enigmáticos, más replegados sobre sí que conoce la historia.

Por breve tiempo, gracias a la palabra del historiador británico, la católica figura del Habsburgo recobró su augusta presencia entre las columnatas, portales, salas, pasillos y helados rincones de El Escorial. Pálido en su fiebre de poderes y mudas preocupaciones. Pálido entre escribanos, embajadores, gentes de armas, doncellas extraviadas, centinelas somnolientos. Por muy, muy breve tiempo. Porque terminada la conferencia, los universitarios empezaron a descalificar a Felipe II. Sorprendido, el historiador pidió a los estudiantes que se explicaran, y éstos, sin ningún sonrojo, con ninguna documentación sobre la que fundar sus opiniones, insistieron en tildar al Habsburgo de tirano mezquino, rencoroso, fanático e hipócrita. Al final, fatigado, Kamen dijo: « Es inaudito. Los únicos en todo el mundo que se creen ya la Leyenda Negra a pies juntillas son ustedes, los universitarios españoles. Me abochorna. »

Siempre me ha intrigado esa prisa en aceptar versiones de una vulgar superficialidad respecto a la historia. Siempre me ha avergonzado esa manía de tratar nuestro pasado como algo que puede modificarse, o al menos como algo que podemos darnos la satisfacción de reprochar a

resignación, como si no pareciera importarle demasiado: « ¡Oh alabanza que siempre viene de los extraños! ¡Oh desprecio que siempre llega de los propios!».

Los ejemplos pueden multiplicarse hasta el cansancio, y conducirnos a la melancolía estéril. ¡La estupidez, la monserga, la ignorancia y el desconocimiento respecto de nuestros gigantes de la historia y la cultura son tan vergonzosos, y las lagunas de nuestros políticos tan abundantes! Y sin embargo, no todo está perdido.

Porque también hay acontecimientos y empresas arriesgadas capaces de entusiasmar y devolver la esperanza. Como el montaje teatral de La vida es sueño, de Calderón de la Barca, que está estos días en el teatro Albéniz de Madrid, después de pasar por Berlín y Barcelona.

Torre suspendida entre el cielo y la tierra, el nombre y la obra de Calderón de la Barca, uno de nuestros dramaturgos más universales, tampoco ha escapado ni escapa todavía al desprecio más ignorante. La admiración que le dedicaron sus contemporáneos españoles del siglo XVII y los románticos alemanes del XIX ni se prolongó ni halló demasiado eco dentro de España. Si a Gracián se le reprocha oscuridad, a Calderón, a partir del siglo XVIII, se le echa en cara su catolicismo monolítico y antipático.

Siempre hay quien quiere que las cosas sean blancas o negras, sin incertidumbres, sin matices. Siempre hay aficionados a sustituir los puntos de vista de una época pasada -los únicos válidos para captar y comprender al autor y su obra- por los actuales parámetros morales. Hoy no es nada extraño escuchar entre algunos intelectuales y no pocas gentes del teatro que Calderón es un implacable clérigo y paladín de la Contrarreforma, un destacado artesano teatral que puso

su genio verbal y escénico al servicio de los Austrias, ¡un dramaturgo de derechas!, eso y sólo eso.

Nuestro tiempo, que reduce la vida y la cultura a la política y la política a la propaganda, se contenta muchas veces, muy de acuerdo con el nivel moral que lo distingue, con juicios de este tipo. Tratemos de saber si Marco Aurelio, Dante, Erasmo, Montaigne, Cervantes o Goethe, eran de izquierda o derecha. La estupidez de tan elemental clasificación salta a la vista. ¿Por qué? Porque somos mucho más que abstracciones o símbolos, porque somos algo mucho más complejo, caótico, caprichoso y cambiante que lo que quieren hacernos pensar los herederos de Robespierre y los ciegos e ingenuos devotos del turismo revolucionario.

Leí por primera vez La vida es sueño cuando aún no era más que un adolescente, y de aquella aventura me quedó un relámpago de fascinación: el mismo, pero ahora hecho realidad sobre un escenario, que me ha dejado la adaptación de Juan Carlos Pérez de la Fuente y Pedro Manuel Víllora. El hombre, el mundo y sus incertidumbres... todo cabe en Calderón de la Barca, testigo y cronista de los entresijos de lo que entonces se llamaba libre albedrío y hoy denominamos libertad, genial culminación del drama barroco por excelencia:« ¿Qué es la vida? Un frenesí / ¿Qué es la vida? Una ilusión, / una sombra, una ficción... »

Después de Sófocles, de Shakespeare, debemos colocar a Calderón, dijo Goethe, quien después de poner en escena varias obras del autor español en Weimar confesó a Eckermann que si toda la poesía del mundo desapareciera se podría restaurar con una sola de esas piezas, El príncipe constante. Qué raro, si nos paramos a pensarlo, que hoy aparezca un director español dispuesto a descubrir los tesoros del arte y del pensamiento calderoniano. Qué fabuloso regalo navideño. Porque quien asista estos días de diciembre al Teatro Albéniz volverá a descubrir que la literatura es parte de una de las conjuras más eficaces a favor de la felicidad, y que en esa conjura se