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Este texto reflexiona sobre la naturaleza humana y el papel de la razón, la honestidad, la justicia, la productividad y el orgullo en nuestra supervivencia y el desarrollo moral. El autor argumenta que estas virtudes son fundamentales para vivir una vida significativa y por encima de todo, por medio de la razón.
Tipo: Apuntes
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RAZÓN, MISTICISMO Y SOCIEDAD. El caso de España.
Vivimos en una época de crisis moral. Y la crisis económica y social no deja de ser un castigo hacia nuestra maldad. Y el juicio no es hacia el hombre; no se está juzgando su naturaleza: esta actúa como juez de nuestro código moral, que se encuentra en el final del camino. Y necesitamos no una vuelta a al moralidad –nosotros, que jamás la hemos conocido- sino descubrirla.
Hasta nuestros días dos sistemas filosóficos nos han hablado del bien y del mal: el místico y el social. Nos han educado en una moralidad basada en el capricho de lo sobrenatural, o el capricho de la sociedad y el prójimo, para ser recompensados más allá de la tumba o en casa ajena. La búsqueda de tu placer, y tu placer solo puede ser aquello que tú juzgues racionalmente como tal, te han enseñado, es inmoral y debe ser incardinado en la inmoralidad, en una servidumbre al mal. La consecuencia de esto es que cualquier código moral debe estructurarse contra ti, no diseñado por ti y para ti, no diseñado para exonerar tu vida sino para rasgarla.
Hace siglos se inició la batalla moral, y esa batalla siempre ha sido articulada para desarticular tu propia naturaleza y moralidad. Se libró entre aquellos que proclaman que tu vida no te pertenece, ni tus fines son tuyos: tus fines son los que proclama Dios o tus vecinos, predicando el auto-sacrificio para beneficio de fantasmas celestiales o incompetentes en la tierra. Y nadie dijo: ‘’Tu vida es tuya, tu bien es vivirla’’. En su lugar arguyeron sobre la base falaz de que la moralidad exige, por definición, la abdicación de tu razón y tu interés: moral y práctico son opuestos, la moral es la fe y la fuerza, no la busca de un placer racional.
Así los mal llamados moralistas articulaban el moralicidio: luchaban contra diversas cosas
No importa contra qué otras cosas lucharan, fue la mente del hombre contra la que todos tus moralistas se unieron. Fue la mente del hombre la que todos sus esquemas y sistemas estaban diseñados a despojar y destruir. Ahora escoge: perecer, o aprender que lo anti-mente es lo anti-vida. La mente del hombre es su herramienta básica de supervivencia. La vida se le da, la supervivencia no. Su cuerpo se le da, el sustento de éste no. Su mente se le da, el contenido de ésta no. Para permanecer vivo ha de actuar, y antes de poder actuar tiene que conocer la naturaleza y el propósito de su acción. No puede obtener su alimento sin un conocimiento de lo que es alimento y de la manera de obtenerlo. No puede cavar una zanja – o construir un ciclotrón – sin un conocimiento de su objetivo y de los medios de conseguirlo. Para permanecer vivo, tiene que pensar. Pero pensar es un acto de elección. La clave de lo que tan frívolamente llamáis la “naturaleza humana”, el secreto a voces con el que vivís pero que teméis nombrar, es el
hecho que el hombre es un ser de consciencia volitiva. La razón no funciona automáticamente; pensar no es un proceso mecánico; las conexiones de lógica no se hacen por instinto. La función de tu estómago, tus pulmones o tu corazón es automática, la función de tu mente no lo es. En cualquier hora y circunstancia de tu vida eres libre de pensar o de evadir ese esfuerzo. Pero no eres libre de escapar de tu naturaleza, del hecho que la razón es tu medio de supervivencia – así que para ti, que eres un ser humano, la cuestión “ser o no ser” es la cuestión “pensar o no pensar”. Un ser de consciencia volitiva no posee un curso automático de conducta. Necesita un código de valores que guíe sus acciones. “Valor” es lo que uno actúa para obtener y/o conservar, “virtud” es la acción por la cual uno lo obtiene y lo conserva. “Valor” presupone una respuesta a la pregunta: ¿de valor para quién y para qué? “Valor” presupone un criterio, un objetivo y la necesidad de acción frente a una alternativa. Donde no hay alternativas no hay valores posibles.
Sólo hay una alternativa fundamental en el universo: existencia o no-existencia – y tiene que ver con una única clase de entidades: con organismos vivos. La existencia de la materia inanimada es incondicional, la existencia de la vida no lo es: depende de un curso específico de acción. La materia es indestructible, cambia sus formas pero no puede cesar de existir. Sólo un organismo vivo enfrenta una constante alternativa: la cuestión de vida o muerte. La vida es un proceso de acción auto-sustentada y auto- generada. Si un organismo fracasa en esa acción, muere; sus elementos químicos perduran, pero su vida abandona la existencia. Sólo el concepto de “Vida” hace posible el concepto de “Valor”. Sólo para una entidad viva pueden las cosas ser buenas o malas. Una planta ha de alimentarse para poder vivir; la luz del sol, el agua, los elementos químicos que necesita son los valores que su naturaleza ha establecido para que los alcance; su vida es la norma, el criterio de valor rigiendo sus acciones. Pero una planta no tiene opción en cuanto a esa acción; hay alternativas en las condiciones que encuentra pero no hay alternativa en su función: actúa automáticamente para prolongar su vida, no puede actuar en su propia destrucción.
Un animal está equipado para sustentar su vida; sus sentidos le proporcionan un código automático de acción, un conocimiento automático de lo que es bueno o malo para él. No tiene el poder de extender su conocimiento ni de evadirlo. En circunstancias donde su conocimiento resulta inadecuado, perece. Pero mientras siga vivo, actuará basado en su conocimiento, con seguridad automática y sin el poder de elección, incapaz de ignorar su propio bien, incapaz de decidir escoger el mal y actuar como su propio destructor. El hombre no tiene un código de supervivencia automático. Su particular diferencia con todas las demás especies vivientes es la necesidad de actuar enfrentando alternativas por medio de elección volitiva. Él no tiene un conocimiento automático de lo que es bueno o malo para él, de qué valores su vida depende, qué curso de acción ella requiere. ¿Habláis entre dientes de un instinto de auto-preservación? Un instinto de auto-
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La felicidad es el estado de éxito en la vida, el dolor es un agente de la muerte. La felicidad es ese estado de consciencia que procede de alcanzar los valores de uno. Una moralidad que se atreve a decirte que encuentres felicidad en renunciar a tu felicidad – que valores el fracaso de tus valores – es una insolente negación de la moralidad. Una doctrina que te ofrece como ideal el papel de un animal expiatorio buscando ser inmolado en los altares de otros, te está dando la muerte como tu criterio. Por la gracia de la realidad y la naturaleza de la vida, el hombre – cada hombre – es un fin en sí mismo, existe por su propio beneficio, y alcanzar su felicidad es su más alto objetivo moral. Pero ni vida ni felicidad pueden obtenerse persiguiendo antojos irracionales. Así como el hombre es libre de intentar sobrevivir de cualquier manera al azar pero perecerá a menos que viva como su naturaleza requiere, también es libre de buscar su felicidad a través de cualquier fraude insensato, pero la tortura de la frustración es todo lo que hallará a menos que busque la felicidad apropiada al hombre. El objetivo de la moralidad es enseñarte, no a sufrir y a morir, sino a disfrutar y a vivir. No, no tienes que vivir; es tu acto básico de elección; pero si eliges vivir, has de vivir como un hombre – por medio del trabajo y el criterio de tu mente. No, no tienes que vivir como un hombre; es un acto de elección moral. Pero no puedes vivir como más nada – y la alternativa es ese estado de muerte viviente que ahora ves dentro de ti y a tu alrededor, el estado de una cosa no apta para la existencia, que ya ni es humana y ni siquiera animal, una cosa que sólo conoce el dolor y se arrastra a lo largo de sus años en la agonía de una irreflexiva auto-destrucción. No, no tienes que pensar; es un acto de elección moral. Pero alguien tuvo que pensar para mantenerte vivo; si eliges evadir, estás evadiendo la existencia y le pasas la cuenta a algún hombre moral, esperando que él sacrifique su bondad para permitirte que tú sobrevivas a través de tu maldad. Pensar es la única virtud cardinal del hombre, de la cual todas las demás proceden. Y su único vicio, el origen de todos sus males, es ese acto innombrable que todos practicáis, pero que os afanáis en nunca admitir: el acto de evadir, de dejar la mente en blanco, la suspensión deliberada de la propia consciencia, el negarse a pensar – no ceguera, sino rehusar ver; no ignorancia, sino rehusar conocer. Es el acto de desenfocar vuestra mente e inducir una niebla interna para escapar la responsabilidad de juzgar – en la premisa implícita de que una cosa no existirá simplemente si te niegas a identificarla, que A no será A mientras tú no pronuncies el veredicto “Existe”. El no pensar es un acto de aniquilación, un deseo de negar la existencia, una tentativa de aniquilar la realidad. Pero la existencia existe; la realidad no puede ser destruida, ella simplemente destruirá al destruidor. Al rehusar decir “Existe”, estás rehusando a decir: “Yo existo”. Al suspender tu juicio, estás negando tu persona. Cuando un hombre dice: “¿Quién soy yo para saber?” – está diciendo: “¿Quién soy yo para vivir?” Ésta, en cada hora y en cada asunto, es tu básica opción moral: pensar o no pensar, existencia o no-existencia, A o no-A, entidad o cero.
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En la medida en que un hombre es racional, la vida es la premisa rigiendo sus acciones. En la medida en que es irracional, la premisa rigiendo sus acciones es la muerte. Vosotros, que parloteáis que la moralidad es social y que el hombre no necesitaría moralidad en una isla desierta – es en una isla desierta donde más la necesitaría. Que pretenda, cuando no hay víctimas para pagar por ello, que una roca es una casa, que la arena es ropa, que la comida le caerá en su boca sin causa ni esfuerzo, que recolectará una cosecha mañana si devora su stock de semillas hoy – y la realidad lo obliterará, como se merece; la realidad le enseñará que la vida es un valor que hay que comprar y que pensar es la única moneda lo suficientemente noble para comprarla. Si yo hablara vuestro tipo de lenguaje, diría que el único mandamiento moral del hombre es: Pensarás. Pero un “mandamiento moral” es una contradicción. Lo moral es lo escogido, no lo forzado; lo comprendido, no lo obedecido. Lo moral es lo racional, y la razón no acepta mandamientos. Mi moralidad, la moralidad de la razón, está contenida en un solo axioma: la existencia existe – y en una sola elección: vivir. El resto procede de éstos. Para vivir, el hombre debe postular tres cosas como los valores supremos y gobernantes de su vida: Razón – Objetivo – Autoestima. Razón, como su única herramienta de conocimiento – Objetivo, como su compromiso con la felicidad que esa herramienta debe proceder a alcanzar – Autoestima, como la inviolable certeza de que su mente es competente para pensar y su persona es digna de felicidad, o sea: digna de vivir. Estos tres valores implican y requieren todas las virtudes del hombre, y todas ellas tienen que ver con la relación entre existencia y consciencia: racionalidad, independencia, integridad, honestidad, justicia, productividad, orgullo. Racionalidad es el reconocimiento del hecho que la existencia existe, que nada puede alterar la verdad y nada puede tener precedente sobre ese acto de percibirla, que es pensar – que la mente es el único juez de valores de cada uno y su única guía de acción
trabajo creativo si está hecho por una mente pensante, y ningún trabajo es creativo si está hecho por un nadie que repite en indiscriminado estupor una rutina que ha aprendido de otros – que tu trabajo eres tú quien lo escoge, y la elección es tan amplia como tu mente, que nada más es posible para ti y nada menos es humano – que engañar para conseguir un trabajo mayor que tu mente puede manejar es convertirte en un macaco corroído por el miedo en movimientos prestados y tiempo prestado, y conformarte con un trabajo que requiere menos que la plena capacidad de tu mente es coartar tu motor y sentenciarte a ti mismo a otro tipo de movimiento: degeneración – que tu trabajo es el proceso de adquirir tus valores, y que perder tu ambición por valores es perder tu ambición por vivir – que tu cuerpo es una máquina, pero tu mente es su conductor, y debes conducir lo más lejos que tu mente te pueda llevar, con el logro como el objetivo de tu camino – que el hombre sin objetivos es una máquina que navega deslizándose colina abajo a merced de cualquier peñasco contra el que estrellarse en la primera cuneta que aparezca, que el hombre que achica su mente es una máquina parada oxidándose lentamente, que el hombre que le permite a un líder prescribir su curso es una chatarra siendo arrastrada al vertedero, y el hombre que hace de otro hombre su objetivo es un fardo que ningún conductor debería transportar – que tu trabajo es el propósito de tu vida, y que debes acelerar ante cualquier asesino que asuma el derecho a pararte, que cualquier otro valor que pudieras encontrar fuera de tu trabajo, cualquier otra lealtad o amor, pueden ser sólo otros viajeros con los que decides compartir tu viaje, y deben ser viajeros yendo por su propio impulso y en la misma dirección. Orgullo es el reconocimiento del hecho que tú mismo eres tu mayor valor y que, como todos los valores del hombre, tiene que ser ganado – que de todos los logros posibles ante ti, el que hace todos los otros posible es la creación de tu propio carácter – que tu carácter, tus acciones, tus deseos, tus emociones son los productos de las premisas que mantienes en tu mente – que igual que el hombre debe producir los valores físicos que necesita para sustentar su vida, así también tiene que adquirir los valores de carácter que hacen que su vida valga la pena ser sustentada – que igual que el hombre es un ser de riqueza hecha por él mismo, así también él es un ser de alma hecha por él mismo – que vivir requiere un sentido de auto-valor, pero el hombre, que no tiene valores automáticos, no tiene un sentido automático de autoestima y tiene que ganarla modelando su alma en la imagen de su ideal moral, en la imagen del Hombre, el ser racional que nace capaz de crear, pero que tiene que crear por elección – que la primera precondición de autoestima es ese radiante egoísmo del alma que desea lo mejor en todas las cosas, en valores de materia y de espíritu, un alma que busca por encima de todo el alcanzar su propia perfección moral, valorando nada más alto que a ella misma
incomparable gloria que es tu existencia a las ciegas evasiones y la hedionda podredumbre de otros. Como productos de la separación entre el alma y el cuerpo del hombre, surgieron dos tipos de maestros de la Moralidad de la Muerte: los místicos del espíritu y los místicos del músculo, a quienes llamáis los espiritualistas y los materialistas, los que creen en consciencia sin existencia y los que creen en existencia sin consciencia. Ambos demandan la sumisión de tu mente, el uno a sus revelaciones, el otro a sus reflejos. Sin importar cuánto se afanen en los papeles de antagonistas irreconciliables, sus códigos morales son iguales, y así lo son sus objetivos: en materia – la esclavitud del cuerpo del hombre; en espíritu – la destrucción de su mente. El bien, dicen los místicos del espíritu, es Dios, un ser cuya única definición es que está más allá del poder del hombre de concebir – una definición que invalida la consciencia del hombre y anula sus conceptos de existencia. El bien, dicen los místicos del músculo, es la Sociedad – una cosa que ellos definen como un organismo que no posee forma física, un super-ente encarnado en nadie en particular y en todos en general excepto en ti. La mente del hombre, dicen los místicos del espíritu, debe estar subordinada a la voluntad de Dios. La mente del hombre, dicen los místicos del músculo, debe estar subordinada a la voluntad de la Sociedad. El criterio de valor del hombre, dicen los místicos del espíritu, es el placer de Dios, cuyos criterios están más allá del poder de comprensión del hombre y deben ser aceptados por fe. El criterio de valor del hombre, dicen los místicos del músculo, es el placer de la Sociedad, cuyos criterios están más allá del derecho a juzgar del hombre y deben ser obedecidos como un absoluto primario. El objetivo de la vida del hombre, dicen ambos, es convertirse en un esperpento delirante, sirviendo un propósito que él no conoce, por razones que no debe cuestionar. Su recompensa, dicen los místicos del espíritu, le será dada más allá de la tumba. Su recompensa, dicen los místicos del músculo, le será dada en la Tierra – a sus tataranietos. El egoísmo – dicen ambos – es el mal del hombre. El bien del hombre – dicen ambos – es abandonar sus deseos personales, negarse a sí mismo, renunciarse a sí mismo, entregarse; el bien del hombre es negar la vida que vive. El sacrificio – gritan ambos – es la esencia de la moralidad, la mayor virtud al alcance del hombre. Quien esté en este momento al alcance de mi voz, quienquiera que sea hombre la víctima, no hombre el asesino, estoy hablando en el lecho de la muerte de tu mente, al borde de esa oscuridad en la que te estás ahogando, y si aún tienes dentro de ti el poder de luchar para aferrarte a esos débiles chispazos que ya fuiste alguna vez, úsalo ahora. La palabra que te ha destruido es “sacrificio”. Emplea lo último de tus fuerzas en entender su significado. Aún estás vivo. Tienes una oportunidad. “Sacrificio” no quiere decir el rechazo de lo inservible, sino de lo precioso. “Sacrificio” no significa el rechazo del mal en beneficio del bien, sino del bien en beneficio del mal. “Sacrificio” es ceder aquello que valoras en favor de lo que no valoras.
solamente por un sentido del deber. Si un hombre muere luchando por su libertad, no es un sacrificio: él no está dispuesto a vivir como esclavo; pero es un sacrificio para el tipo de hombre que sí lo está. Si un hombre se rehúsa a vender sus convicciones, no es un sacrificio, a menos que sea el tipo de hombre que no tiene convicciones. El sacrificio sería apropiado sólo para los que no tienen nada que sacrificar – ni valores, ni criterios, ni juicio – aquéllos cuyos deseos son caprichos irracionales, ciegamente concebidos y frívolamente cedidos. Para un hombre de talla moral, cuyos deseos nacen de valores racionales, sacrificio es inmolar lo correcto a lo incorrecto, lo bueno a lo malo. El credo del sacrificio es una moralidad para el inmoral – una moralidad que declara su propia bancarrota al confesar que ella no puede proporcionarles a los hombres ningún interés personal en virtudes o valores, y que sus almas son sumideros de depravación, que ellos tienen que aprender a sacrificar. Por su propia confesión, es impotente para enseñarles a los hombres a ser buenos y sólo puede someterlos a castigo constante. ¿Estás pensando, en velado estupor, que son sólo valores materiales los que tu moralidad requiere que sacrifiques? ¿Y qué crees que son valores materiales? La materia no tiene valor excepto como un medio para la satisfacción de los deseos humanos. La materia es solamente una herramienta para los valores humanos. ¿Al servicio de qué te están pidiendo que pongas las herramientas materiales que tu virtud ha producido? Al servicio de aquello que tú consideras malo: a un principio que tú no compartes, a una persona que tú no respetas, al logro de un objetivo opuesto al tuyo propio – si no, tu regalo no es un sacrificio. Tu moralidad te dice que renuncies al mundo material y que divorcies tus valores de la materia. Un hombre a cuyos valores no se les da expresión en forma material, cuya existencia no está relacionada a sus ideales, cuyas acciones contradicen sus convicciones, es un hipócrita despreciable – sin embargo, ése es el hombre que acata tu moralidad y divorcia sus valores de la materia. El hombre que ama a una mujer pero duerme con otra – el hombre que admira el talento de un trabajador pero contrata a otro
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Es tu mente lo que ellos quieren que entregues – todos los que predican el credo del sacrificio, sean cuales sean sus postulados o sus motivos, te prometan otra vida en el cielo o un estómago lleno en esta Tierra. Los que empiezan diciendo: “Es egoísta perseguir tus propios deseos, debes sacrificarlos a los deseos de otros” – acaban diciendo: “Es egoísta mantener tus propias convicciones, debes sacrificarlas a las convicciones de otros”. Esto es cierto: la más egoísta de todas las cosas es la mente independiente que no reconoce ninguna autoridad por encima de sí misma y ningún valor por encima de su discernimiento de la verdad. Te están pidiendo que sacrifiques tu integridad intelectual, tu lógica, tu razón, tu estándar de la verdad… para convertirte en una prostituta cuyo estándar es el mayor bien para el mayor número. Si buscas en tu código una orientación, una respuesta a la pregunta: “¿Qué es el bien? La única respuesta que hallarás es “El bien de los otros”. El bien es cualquier cosa que los otros quieran, cualquier cosa que tú sientas que ellos sienten que quieren, o cualquier cosa que tú sientas que ellos deberían sentir. “El bien de los otros” es una fórmula mágica que transforma cualquier cosa en oro, una fórmula a ser recitada como una garantía de gloria moral y como un fumigador para cualquier acción, hasta para el exterminio de todo un continente. Tu criterio de virtud no es un objeto, ni un acto, ni un principio, sino una intención. No necesitas pruebas, ni razones, ni éxito, no necesitas ni alcanzar de hecho el bien de los otros – lo único que necesitas saber es que tu motivo era el bien de los otros, no el tuyo propio. Tu definición de lo bueno es una negación: lo bueno es lo “no-bueno para mí”. Tu código – que se jacta de poseer valores morales eternos, absolutos, objetivos, y repudia lo condicional, lo relativo y lo subjetivo – tu código imparte, como su versión de lo absoluto, la siguiente regla de conducta moral: Si tú lo deseas, es malo; si otros lo desean, es bueno; si el motivo de tu acción es tu propio bienestar, no lo hagas; si el motivo es el bienestar de otros, entonces cualquier cosa vale. Así como esta moralidad de doble filo y doble criterio te parte por la mitad, también parte a la humanidad en dos campos hostiles: uno eres tú, el otro es todo el resto de la humanidad. Tú eres el único proscrito que no tiene derecho a desear o a vivir. Tú eres el único siervo, el resto son capataces; tú eres el único que da, el resto son los que toman; tú eres el eterno deudor, el resto son los acreedores que nunca pueden ser pagados. No debes cuestionar su derecho a tu sacrificio, o la naturaleza de sus deseos y de sus necesidades: el derecho de ellos se les confiere a través de un negativo, por el hecho de que ellos son “no-tú”. Para aquellos de entre vosotros que podríais haceros preguntas, vuestro código dispone de un premio de consolación y una mina oculta: es por tu propia felicidad, dice, por lo que debes servir la felicidad de los otros, la única forma de alcanzar tu alegría es entregársela a los otros, la única forma de alcanzar tu prosperidad es cediendo tu riqueza a los otros, la única forma de proteger tu vida es proteger a todos los hombres excepto a ti mismo – y si no encuentras alegría en este procedimiento, es tu propia culpa
satisfacerla. Pero una necesidad que eres incapaz de satisfacer te da el primer derecho sobre las vidas de la humanidad. Si tienes éxito, cualquier hombre que fracasa es tu amo; si fracasas, cualquier hombre que tiene éxito es tu siervo. Sea tu fracaso justo o no, sean tus deseos racionales o no, sea tu desgracia inmerecida o el resultado de tus vicios, es la desgracia la que te da derecho a recompensas. Es el dolor, no importa su naturaleza o su causa, el dolor como un absoluto primario, el que te da una hipoteca sobre toda la existencia. Si curas tu dolor por tu propio esfuerzo no recibes crédito moral: tu código lo considera desdeñosamente como un acto de interés propio. Sea cual sea el valor que intentes adquirir, sea riqueza o comida o amor o derechos, si lo adquieres por medio de tu virtud, tu código no lo considera como una adquisición moral: tú no le ocasionas pérdidas a nadie, es un comercio, no una limosna; un pago, no un sacrificio. Lo merecido pertenece al reino egoísta y comercial del beneficio mutuo; es sólo lo inmerecido lo que establece esa transacción moral que consiste en el beneficio de uno al precio de un desastre para el otro. Exigir recompensas por tu virtud es egoísta e inmoral; es tu falta de virtud la que transforma tu demanda en un derecho moral. Una moralidad que considera la necesidad como una reivindicación, considera el vacío
frustración. No sabes qué entregar o exigir, cuándo dar y cuándo agarrar, qué placer en la vida es tuyo por derecho y qué deuda aún está impagada a otros – te esfuerzas por evadir, como “teoría”, el conocimiento de que por el criterio moral que has aceptado eres culpable cada momento de tu vida, no hay un bocado de comida que tragues que no sea necesitada por alguien en algún lugar de la Tierra – y abandonas el problema en ciego resentimiento, llegas a la conclusión que la perfección moral no es para ser alcanzada o deseada, que te revolcarás agarrando lo que puedas agarrar y evitando los ojos de los jóvenes, de los que te miran como si la autoestima fuera posible y esperaran que tú la tuvieras. Culpa es todo lo que retienes dentro de tu alma – y lo mismo hace todo hombre, al cruzarte con él, evitando tus ojos. ¿Te preguntas por qué tu moralidad no ha conseguido la hermandad en la Tierra o la buena voluntad entre los hombres? La justificación del sacrificio, que tu moralidad pregona, es más corrupta que la corrupción que alega justificar. El motivo de tu sacrificio, te dice, debería ser amor – el amor que deberías sentir por cada hombre. Una moralidad que profesa la creencia que los valores del espíritu son más preciosos que la materia, una moralidad que te enseña a despreciar a una prostituta que entrega su cuerpo indiscriminadamente a todos los hombres, esa misma moralidad exige que entregues tu alma al amor promiscuo por todos los que aparezcan. Igual que no puede haber riqueza sin causa, no puede haber amor sin causa, o ningún tipo de emoción sin causa. Una emoción es una respuesta a un hecho de la realidad, una estimativa dictada por tus criterios. Amar es valorar. El hombre que te dice que es posible valorar sin valores, amar a los que consideras que no tienen valor, es el hombre que te dice que es posible hacerse rico consumiendo sin producir y que el dinero de papel es tan valioso como el oro.