Docsity
Docsity

Prepara tus exámenes
Prepara tus exámenes

Prepara tus exámenes y mejora tus resultados gracias a la gran cantidad de recursos disponibles en Docsity


Consigue puntos base para descargar
Consigue puntos base para descargar

Gana puntos ayudando a otros estudiantes o consíguelos activando un Plan Premium


Orientación Universidad
Orientación Universidad


libro de lectura complementaria, Resúmenes de Lenguaje y práctica musical

libro ''casa de muñecas'' por Henrik Ibsen, lectura complementaria y lectura de cultura general

Tipo: Resúmenes

2025/2026

Subido el 03/06/2026

noahfernanda-h-clpro410
noahfernanda-h-clpro410 🇨🇱

1 documento

1 / 114

Toggle sidebar

Esta página no es visible en la vista previa

¡No te pierdas las partes importantes!

bg1
CasadeMuñecas
Por
HenrikIbsen
pf3
pf4
pf5
pf8
pf9
pfa
pfd
pfe
pff
pf12
pf13
pf14
pf15
pf16
pf17
pf18
pf19
pf1a
pf1b
pf1c
pf1d
pf1e
pf1f
pf20
pf21
pf22
pf23
pf24
pf25
pf26
pf27
pf28
pf29
pf2a
pf2b
pf2c
pf2d
pf2e
pf2f
pf30
pf31
pf32
pf33
pf34
pf35
pf36
pf37
pf38
pf39
pf3a
pf3b
pf3c
pf3d
pf3e
pf3f
pf40
pf41
pf42
pf43
pf44
pf45
pf46
pf47
pf48
pf49
pf4a
pf4b
pf4c
pf4d
pf4e
pf4f
pf50
pf51
pf52
pf53
pf54
pf55
pf56
pf57
pf58
pf59
pf5a
pf5b
pf5c
pf5d
pf5e
pf5f
pf60
pf61
pf62
pf63
pf64

Vista previa parcial del texto

¡Descarga libro de lectura complementaria y más Resúmenes en PDF de Lenguaje y práctica musical solo en Docsity!

Casa de Muñecas

Por

Henrik Ibsen

PERSONAJES

HELMER, abogado. NORA, su esposa. El DOCTOR RANK. KROGSTAD, procurador. SEÑORA LINDE, amiga de Nora. ANA MARÍA, su niñera. ELENA, doncella de los Helmer. Los Tres Niños del matrimonio Helmer. Un Mozo de cuerda. La acción, en Noruega, en casa de los Helmer.

ACTO PRIMERO

Sala acogedora, amueblada con gusto, pero sin lujo. En el fondo, a la derecha, una puerta conduce a la antesala, y a la izquierda, otra al despacho de Helmer. Entre ambas, un piano. En el centro del lateral izquierdo, otra puerta, y más allá, una ventana. Cerca de la ventana, una mesa redonda, con un sofá y varias sillas alrededor. En el lateral derecho, junto al foro, otra puerta, y en primer término, una estufa de azulejos, con un par de sillones y una mecedora enfrente. Entre la estufa y la puerta lateral, una mesita. Grabados en las paredes. Repisa con figuritas de porcelana y otros menudos objetos de arte. Una pequeña librería con libros encuadernados primorosamente. Alfombra. La estufa está encendida. Día de invierno. En la antesala suena una campanilla; momentos más tarde, se oye abrir la puerta. Nora entra en la sala tarareando alegremente, vestida de calle y cargada de paquetes, que deja sobre la mesita de la derecha. Por la puerta abierta de la antesala, se ve un Mozo con un árbol de Navidad y un cesto, todo lo cual entrega a la doncella que ha abierto. NORA: Esconde bien el árbol, Elena. No deben verlo los niños de ninguna manera hasta esta noche, cuando esté arreglado. (Dirigiéndose al Mozo, mientras saca

NORA:

Un poquito sí que podremos, ¿verdad? Un poquitín, nada más. Ahora que vas a tener un buen sueldo, y a ganar muchísimo dinero… ELMER: Sí, a partir de Año Nuevo. Pero habrá de pasar un trimestre antes que cobre nada. NORA: ¿Y qué importa eso? Entre tanto, podemos pedir prestado. ELMER: ¡Nora! (Se acerca a ella, y bromeando, le tira de una oreja). ¿Reincides en tu ligereza de siempre?… Suponte que hoy pido prestadas mil coronas, que tú te las gastas durante la semana de Navidad, que la Noche Vieja me cae una teja en la cabeza, y me quedo en el sitio… NORA: ¡Qué horror! No digas esas cosas. ELMER: Bueno; pero suponte que ocurriera. Entonces, ¿qué? NORA: Si sucediera semejante cosa, me sería de todo punto igual tener deudas que no tenerlas. ELMER: ¿Y a los que me hubiesen prestado el dinero? NORA: ¡Quién piensa en ellos! Son personas extrañas. ELMER: ¡Nora, Nora! Eres una verdadera mujer. En serio, Nora, ya sabes lo que pienso de todo esto. Nada de deudas, nada de préstamos. En el hogar fundado sobre préstamos y deudas se respira una atmósfera de esclavitud, un no sé qué de inquietante y fatídico que no puede presagiar sino males. Hasta hoy nos hemos sostenido con suficiente entereza. Y así seguiremos el poco tiempo que nos queda de lucha. NORA: En fin, como gustes, Torvaldo.

ELMER:

(Que va tras ella). Bien, bien; no quiero ver a mi alondra con las alas caídas. ¿Qué, acaba por enfurruñarse mi ardilla? (Saca su billetero). Nora, adivina lo que tengo aquí. NORA: (Volviéndose rápidamente). ¡Dinero! ELMER: Toma, mira. (Entregándole algunos billetes). ¡Vaya, si sabré yo lo que hay que gastar en una casa cuando se acercan las Navidades! NORA: (Contando). Diez, veinte, treinta, cuarenta… ¡Muchas gracias, Torvaldo! Con esto tengo para bastante tiempo. ELMER: Así lo espero. NORA: Sí, sí; ya verás. Pero ven ya, porque voy a enseñarte todo lo que he comprado. Y además, baratísimo. Fíjate… aquí hay un sable y un traje nuevo, para Ivar; aquí, un caballo y una trompeta, para Bob, y aquí, una muñeca con su camita, para Emmy. Es de lo más ordinario: como en seguida lo rompe… Mira: aquí, unos cortes de vestidos y pañuelos, para las muchachas. La vieja Ana María se merecía mucho más… ELMER: Y en ese paquete, ¿qué hay? NORA: (Gritando). ¡No, eso no, Torvaldo! ¡No lo verás hasta esta noche! ELMER: Conforme. Pero ahora dime, manirrota: ¿has deseado algo para ti? NORA: ¿Para mí? ¡Qué importa! Yo no quiero nada. ELMER: ¡No faltaba más! Anda, dime algo que te apetezca, algo razonable. NORA:

NORA:

¡Qué exageración! ¿Por qué dices eso? Si yo ahorro todo lo que puedo. ELMER: (Riendo). Eso sí es verdad. Todo lo que puedes; pero lo que pasa es que no puedes nada. NORA: (Canturrea y sonríe alegremente). ¡Si tú supieras lo que tenemos que gastar las alondras y las ardillas, Torvaldo! ELMER: Eres una criatura original. Idéntica a tu padre. Haces verdaderos milagros por conseguir dinero, y en cuanto lo obtienes, desaparece de tus manos, sin saber nunca adonde ha ido a parar. En fin, habrá que tomarte tal como eres. Lo llevas en la sangre. Sí, sí, Nora; no cabe la menor duda de que esas cosas son hereditarias. NORA: ¡Bien me hubiera gustado heredar ciertas cualidades de papá! ELMER: Pero si yo te quiero conforme eres, mi querida alondra. Aunque… Oye, ahora que me fijo…, noto que tienes una cara…, vamos…, una cara de azoramiento hoy… NORA: ¿Yo? ELMER: Ya lo creo. ¡Mírame al fondo de los ojos! NORA: (Mirándole). ¿Qué? ELMER: (La amenaza con el dedo). ¿Qué diablura habrá cometido esta golosa en la ciudad? NORA: ¡Bah, qué ocurrencia! ELMER:

¿No habrá hecho una escapadita a la confitería? NORA: No; te lo aseguro, Torvaldo. ELMER: ¿No habrá chupeteado algún caramelo? NORA: No, no; ni por asomo. ELMER: ¿Ni siquiera habrá roído un par de almendras? NORA: Que no, Torvaldo, que no; puedes creerme. ELMER: Pero, mujer, si te lo digo en broma. NORA: (Aproximándose a la mesa de la derecha). Comprenderás que no iba a arriesgarme a hacer nada que te disgustara. ELMER: No, ya lo sé. Además, ¿no me lo has prometido?… (Acercándose a ella). Puedes guardarte tus secretos de Navidad. Esta noche, cuando se encienda el árbol, supongo que nos enteraremos de todo. NORA: ¿Te has acordado de invitar al doctor Rank? ELMER: No, ni es necesario. De sobra sabe que cenará con nosotros; está descontado. De todos modos, le invitaré ahora por la mañana cuando venga. He encargado buen vino. Nora, no puedes formarte idea de la ilusión que tengo por esta noche. NORA: Yo también. ¡Cómo se van a divertir los niños, Torvaldo! ELMER: ¡Ah, qué alegría pensar que estamos en una posición sólida con un buen sueldo…! ¿No es ya una dicha el mero hecho de pensar en ello?

Que pase. ELENA: (A Helmer). También acaba de llegar el señor doctor. ELMER: ¿Ha pasado directamente al despacho? ELENA: Sí, señor. (Helmer entra en su despacho. La doncella introduce a la Señora Linde, en traje de viaje, y cierra la puerta tras ella). SEÑORA LINDE: Buenos días, Nora. NORA: (Indecisa). Buenos días. SEÑORA LINDE: Por lo visto, no me reconoces. NORA: No…, no sé… ¡Ah!, sí, me parece… (De pronto, exclama:). ¡Cristina! ¿Eres tú? SEÑORA LINDE: Sí, yo soy. NORA: ¡Cristina! ¡Y yo que no te he reconocido! Pero ¡quién diría que…! (Más bajo). ¡Cómo has cambiado! SEÑORA LINDE: Sí, seguramente. Hace nueve años largos… NORA: ¿Es posible que haga tanto tiempo que no nos vemos? Sí, en efecto. ¡Ah!, no puedes figurarte qué felices han sido estos ocho años últimos. ¿Conque ya estás aquí, en la ciudad? ¿Cómo has emprendido un viaje tan largo en pleno invierno? Has sido muy valiente. SEÑORA LINDE:

Ya ves; acabo de llegar esta mañana en el vapor. NORA: Para festejar las Navidades, naturalmente. ¡Qué bien! ¡Cuánto vamos a divertirnos! Pero quítate el abrigo. ¡Ajajá! Ahora nos sentaremos aquí, con comodidad, al lado de la estufa. No; mejor es que te sientes en el sillón. Yo me siento en la mecedora. (Cogiéndole las manos). ¿Ves? Ya tienes tu cara de antes; era sólo en el primer momento… De todos modos, estás algo más pálida, Cristina… y quizá un poco más delgada. SEÑORA LINDE: Y muchísimo más vieja, Nora. NORA: Acaso un poco más madura…, un poquito, no mucho. (Se para, repentinamente seria). ¡Qué distraída soy! ¡Sentada aquí, cotorreando! Mi buena Cristina, ¿puedes perdonarme? SEÑORA LINDE: ¿Qué quieres decir, Nora? NORA: (Bajando la voz). ¡Pobre Cristina! Te has quedado viuda, ¿no? SEÑORA LINDE: Sí, hace ya tres años. NORA: Lo sabía; lo leí en los periódicos. ¡Ay, Cristina!, tienes que creerme: pensé muchas veces escribirte; pero lo fui dejando de un día para otro, y por añadidura, siempre había algo que lo impedía. SEÑORA LINDE: Lo comprendo perfectamente. NORA: Sí, Cristina, me he portado muy mal. ¡Pobrecita! ¡Cuánto habrás sufrido!… ¿No te ha dejado nada para vivir? SEÑORA LINDE: No. NORA: ¿Y no tienes hijos?

figurarte lo contentos que estamos. Para Año Nuevo tomará posesión, y percibirá un buen sueldo, con muchos beneficios. Por fin podremos cambiar del todo esta manera de vivir… enteramente a nuestro gusto. ¡Oh, Cristina, cuan feliz me siento! Es algo maravilloso eso de poseer mucho dinero y verse libre de preocupaciones, ¿verdad? SEÑORA LINDE: Sí; al menos, debe de ser una tranquilidad poseer lo necesario. NORA: No, no sólo lo necesario, sino dinero en abundancia. SEÑORA LINDE: (Sonríe). ¡Nora, Nora! ¿Todavía no tienes sentido común? En el colegio eras una malgastadora. NORA: (Sonríe a su vez). Sí, eso dice aún Torvaldo. (Amenazando con el dedo). Pero «Nora, Nora» no es tan loca como suponéis. Además, no hemos tenido mucho que derrochar, realmente. Los dos nos hemos visto obligados a trabajar. SEÑORA LINDE: ¿También tú? NORA: Sí; nada, pequeñeces: bordar, hacer ganchillo… (Sin darle importancia). ¡Qué sé yo!… No ignorarás que Torvaldo salió del ministerio cuando nos casamos. Tenía pocas esperanzas de ascenso, y como había de ganar más que antes… Pero el primer año se abrumó de trabajo. Debía buscarse toda clase de quehaceres, según comprenderás, y trabajaba día y noche. Pero no pudo resistirlo y cayó gravemente enfermo. Los médicos declararon indispensable que se marchara al Mediodía. SEÑORA LINDE: Es cierto. Estuvisteis un año en Italia… NORA: Sí, y no creas que fue nada fácil marcharnos. Justamente acababa de nacer Ivar… Pero había que partir. Fue un viaje encantador, y gracias a él, Torvaldo salvó la vida. Eso sí, costó dinero en grande. SEÑORA LINDE: Ya lo presumo.

NORA:

Unas cuatro mil ochocientas coronas. Bastante, ¿eh? SEÑORA LINDE: Sí; pero, en casos como ése, es toda una chiripa poseerlo. NORA: Porque nos lo dio papá. SEÑORA LINDE: ¡Ah!, sí. Fue poco antes de morir, si mal no recuerdo. NORA: Sí, Cristina, exactamente. ¡Y pensar que se me hizo imposible ir a cuidarle! Estaba esperando de un día a otro que naciera Ivar, y también debía preocuparme de mi pobre Torvaldo moribundo. ¡Padre querido! No volví a verle, Cristina. Es lo más penoso que hube de pasar desde que me casé. SEÑORA LINDE: Ya sé que le tenías mucho cariño. ¿De modo que os marchasteis a Italia? NORA: Sí; contábamos con el dinero, y los médicos nos apremiaban. Nos marchamos un mes después. SEÑORA LINDE: ¿Y volvió tu marido radicalmente curado? NORA: Radicalmente. SEÑORA LINDE: Luego ¿ese médico…? NORA: ¿Cómo dices? SEÑORA LINDE: Me ha parecido oír a la doncella que ese señor que entraba conmigo era un doctor… NORA: ¡Ah, sí! Es el doctor Rank; pero no viene como médico. Es nuestro mejor

SEÑORA LINDE:

(Acercándose a la ventana). Yo no tengo ningún padre que me pague los gastos, Nora. NORA: (Se levanta). ¡Mujer, no lo tomes a mal! SEÑORA LINDE: (Vuelve hacia ella). No, Nora, todo lo contrario. Eres tú la que no debe enfadarse conmigo. Lo peor de una situación como la mía es que se torna una tan agria… No se tiene a nadie por quien trabajar, y sin embargo, se ve una obligada a valerse de todos. Hay que vivir, y eso nos hace egoístas… No querrás creerme, pero cuando me has contado vuestro cambio de posición, me alegraba más por mí que por ti. NORA: ¡Cómo!… ¡Ah!, sí… comprendo; querrás decir que quizá Torvaldo pueda hacer algo por ti. SEÑORA LINDE: Sí, eso he pensado. NORA: Y lo hará. Déjalo en mis manos. ¡Ya verás qué bien voy a prepararlo! Buscaré algo agradable para predisponerle. ¡Tengo tantas ganas de serte útil! SEÑORA LINDE: Eres muy buena al tomarte ese interés por mí, Nora. Doblemente buena, pues desconoces los sinsabores y las amarguras de la vida. NORA: ¿Yo?… ¿Que no conozco…? SEÑORA LINDE: (Sonriendo). Sí, mujer… Bordar un poco y labores por el estilo… Eres una niña, Nora. NORA: (Con un gesto de orgullo lastimado). No debías decirlo en ese tono de superioridad. SEÑORA LINDE: ¿Por qué?

NORA:

Eres lo mismo que los demás. Todos estáis convencidos de que no valgo para nada serio… SEÑORA LINDE: ¡Vamos, mujer! NORA: … de que no he pasado por dificultades en este mundo. SEÑORA LINDE: Querida Nora, acabas de contarme todos tus contratiempos… NORA: ¡Bah!…, eso son pequeñeces. (Baja la voz). No te he contado lo principal. SEÑORA LINDE: ¿Lo principal?… ¿Qué quieres decir? NORA: Me crees demasiado insignificante, Cristina, y no debieras hacerlo. Te sientes orgullosa de haber trabajado tanto por tu madre. SEÑORA LINDE: Yo no creo insignificante a nadie. Pero, eso sí, lo confieso…, me siento orgullosa y satisfecha de haber conseguido que fuesen tranquilos, hasta cierto punto, los últimos días de mi madre. NORA: Y también te sientes orgullosa pensando en lo que has hecho por tus hermanos. SEÑORA LINDE: Creo que estoy en mi derecho. NORA: Lo mismo creo yo. Pues ahora, Cristina, voy a decirte algo. Yo también tengo de qué sentirme orgullosa y satisfecha. SEÑORA LINDE: No lo dudo. Pero ¿de qué se trata? NORA:

En ese caso, ¿de dónde las sacaste? NORA: (Canturrea y sonríe enigmáticamente). ¡Ah!… ¡Trala… lalá! SEÑORA LINDE: No creo que lo consiguieras prestado. NORA: ¡Ah! ¿No?… ¿Y por qué no? SEÑORA LINDE: Porque una mujer casada no puede pedir prestado sin el consentimiento de su marido. NORA: (Con un ademán de orgullo). ¡Ah! ¿Y cuando se es una mujer casada que tiene algún sentido de los negocios…, una mujer que sabe administrarse con un poco de inteligencia?… SEÑORA LINDE: Nora, no me explico lo que quieres decir… NORA: Ni es menester. Nadie afirma que haya pedido el dinero prestado. Lo he podido adquirir de otra manera. (Dejándose caer en el sofá). He podido recibirlo de algún admirador. Teniendo un aspecto tan atractivo como el mío… SEÑORA LINDE: ¡Eres una loca! NORA: Ya no puedes negar que sientes una curiosidad enorme, Cristina. SEÑORA LINDE: Óyeme, Nora: ¿no habrás obrado irreflexivamente? NORA: (Irguiéndose). ¿Es irreflexivo salvar una la vida de su marido? SEÑORA LINDE: Lo que estimo irreflexivo es hacerlo sin que lo supiera él… NORA:

Pero si lo que importaba era que no supiese nada. ¡Vamos!, ¿no comprendes?… No debía enterarse de la gravedad de su estado. Fue a mí a quien vinieron los médicos diciéndome que peligraba su vida, y que solamente una estancia en el Mediodía podría salvarle. ¡No creas que al principio no intenté hablarle con diplomacia! Le hice ver lo delicioso que sería para mí viajar por el extranjero, ni más ni menos que tantas otras mujeres; con súplicas y lloros, le dije que debía tener en cuenta las circunstancias en que me encontraba, que había de ser comprensivo y ceder… Entonces fue cuando insinué que podía pedir un préstamo. Pero al oírme casi se enfadó, Cristina. Me replicó que era una insensata, y que su deber de esposo le dictaba no someterse a mis caprichos, como él los llamaba. «Bueno, bueno, pensé; de todos modos, hay que salvarte». Y a la postre busqué otra salida… SEÑORA LINDE: ¿Y por tu padre no se enteró tu marido de que el dinero no procedía de él? NORA: No, nunca. Papá murió por aquellas mismas fechas. Yo había pensado hacerle cómplice en el asunto y rogarle que no revelara nada. Pero ¡estaba tan enfermo!… Por desgracia, no hubo necesidad. SEÑORA LINDE: ¿Y después?… ¿Nunca te has confiado a tu marido? NORA: ¡No lo quiera Dios! ¿Cómo se te ocurre tal idea? ¡A él, tan severo para estas cosas! Por lo demás, a Torvaldo, con su amor propio de hombre, se le haría muy penoso y humillante saber que me debía algo. Se habrían echado a perder todas nuestras relaciones, y la felicidad de nuestro hogar terminaría para siempre. SEÑORA LINDE: ¿No piensas decírselo jamás? NORA: (Pensativa, inicia una sonrisa). Sí, acaso alguna vez…, después de muchos años, cuando no sea yo tan bonita como ahora. ¡No te rías! Quiero decir que cuando ya no guste tanto a Torvaldo, cuando ya no se divierta viéndome bailar y disfrazarme y declamar… Entonces sería bueno tener un cable al que asirme… (Interrumpiéndose). ¡Bah, qué tonterías! Ese día no llegará nunca. Vamos a ver, Cristina, ¿qué opinas de mi gran secreto? ¿No entiendes que yo también sirvo para algo?… Puedes creer que el asunto me ha ocasionado serias preocupaciones. No ha sido nada fácil para mí cumplir mi compromiso