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Asignatura: historia del periodis, Profesor: Mirta Núñez Díaz-Balart, Carrera: Periodismo, Universidad: UCM
Tipo: Apuntes
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Traducción del polaco de Agata Orzeszek Escaneo – Elanio Azul
Título de la edición original: Heban Czytelnik Varsovia, 1998
Diseño de la colección: Julio Vivas Ilustración: foto © Sergio Caminata, de Himba, Federico Motta Editore Primera edición: octubre 2000 Segunda edición: diciembre 2000 Tercera edición: enero 2001 Cuarta edición: marzo 2001 Quinta edición: abril 2001 Sexta edición: noviembre 2001 Séptima edición: enero 2003 Octava edición: marzo 2003 Novena edición: julio 2003 Décima edición: octubre 2003 Undécima edición: febrero 2004 Duodécima edición: noviembre 2004
© Ryszard Kapusciñski, 1998 © EDITORIAL ANAGRAMA, S.A., 2000 Pedro de la Creu, 58 08034 Barcelona
Depósito Legal: B. 47224-
Printed in Spain
Liberduplex, S.L., Constitució, 19, 08014 Barcelona
He vivido unos cuantos años en África. Fui allí por primera vez en 1957. Luego, a lo largo de cuarenta años, he vuelto cada vez que se presentaba la ocasión. Viajé mucho. Siempre he evitado las rutas oficiales, los palacios, las figuras importantes, la gran política. Todo lo contrario: prefería subirme a camiones encontrados por casualidad, recorrer el desierto con los nómadas y ser huésped de los campesinos de la sabana tropical. Su vida es un martirio, un tormento que, sin embargo, soportan con una tenacidad y un ánimo asombrosos. De manera que éste no es un libro sobre África, sino sobre algunas personas de allí, sobre mis encuentros con ellas y el tiempo que pasamos juntos. Este continente es demasiado grande para describirlo. Es todo un océano, un planeta aparte, todo un cosmos heterogéneo y de una riqueza extraordinaria. Sólo por una convención reduccionista, por comodidad, decimos «África». En la realidad, salvo por el nombre geográfico, África no existe. R. K.
Lo primero que llama la atención es la luz. Todo está inundado de luz. De claridad. De sol. Y tan sólo ayer: un Londres otoñal bañado en lluvia. Un avión bañado en lluvia. Un viento frío y la oscuridad. Aquí, en cambio, desde la mañana todo el aeropuerto resplandece bajo el sol, todos nosotros resplandecemos bajo el sol. Tiempo ha, cuando los hombres atravesaban el mundo a pie o a caballo o en naves, el viaje los iba acostumbrando a los cambios. Las imágenes de la tierra se desplazaban despacio ante sus ojos, el escenario del mundo apenas giraba. El viaje duraba semanas, meses. El hombre tenía tiempo para familiarizarse con ambientes diferentes, con nuevos paisajes. El clima también cambiaba gradualmente, poco a poco. Antes de que el viajero de la fría Europa alcanzase el ardiente ecuador, ya había experimentado la temperatura agradable de Las Palmas, el calor de El-Mahara y el infierno de Cabo Verde. ¡Hoy no queda nada de aquellas gradaciones! El avión nos arrebata violentamente del frío glacial y de la nieve para lanzarnos, el mismo día, al abismo candente del trópico. De pronto, cuando apenas nos hemos restregado los ojos, nos hallamos en el centro de un infierno húmedo. Enseguida empezamos a sudar. Si hemos llegado de Europa en invierno, nos libramos de los abrigos, nos quitamos los jerséis. Es el primer gesto de nuestra iniciación, es decir, de la gente del Norte, al llegar a África. Gente del Norte. ¿Hemos pensado que la gente del Norte constituye una clara minoría en nuestro planeta? Canadienses y polacos, lituanos y escandinavos, parte de americanos y de alemanes, rusos y escoceses, lapones y esquimales, evenkos y yakutios, la lista tampoco resulta muy larga. No sé si, entre todos, abarcará más de quinientos millones de personas: menos del diez por ciento de los habitantes del planeta. La inmensa mayoría, desde que nace hasta que muere, vive al calor del sol. Además, el hombre nació al calor del sol, sus huellas más antiguas se han encontrado en países cálidos. ¿Qué clima reinaba en el paraíso bíblico? Reinaba el calor eterno, tanto que Adán y Eva podían ir desnudos y no sentir frío ni siquiera a la sombra de un árbol.
Ya en la escalerilla del avión nos topamos con otra novedad: el olor del trópico. ¿Novedad? Si no es otro que el olor que llenaba la tienda del señor Kanzaman, Productos Ultramarinos y Demás, situada en la calle Perec de Pirisk. Almendras, clavos, dátiles, cacao. Vainilla, hojas de laurel; naranjas y plátanos por piezas y cardamomo y azafrán al peso. ¿Y Drohobycz? ¿El interior de Las tiendas de color canela, de Schulz? Al fin y al cabo, «su interior, mal iluminado, oscuro y solemne, estaba impregnado de un fuerte olor a laca, colores, incienso, aromas de países lejanos, de raras mercancías». Con todo, el olor del trópico es algo distinto. No tardaremos en notar su opresión, su pegajosa materialidad. Ese olor enseguida nos hará conscientes de que nos encontramos en ese punto de la tierra en que la frondosa e incansable biología no para de trabajar: germina, brota y florece, y al mismo tiempo padece enfermedades, se desintegra, se carcome y se pudre. Es el olor del cuerpo acalorado y del pescado secándose, de la carne pudriéndose y la kassawa asada, de flores frescas y algas fermentadas, en una palabra, de todo aquello que, a un tiempo, resulta agradable y desagradable, que atrae y echa para atrás, que seduce y da asco. Ese olor nos llegará de los palmerales, saldrá de la tierra incandescente, se elevará por encima de las alcantarillas apestosas de las ciudades. No nos abandonará, es parte del trópico.
Y, finalmente, el descubrimiento más importante: la gente. Gentes de aquí, del lugar. ¡Cómo encajan en ese paisaje, en esa luz, en ese olor! ¡Cómo se convierten el hombre y la naturaleza en una comunidad indivisible, armónica y complementaria! ¡Cómo se funden en un solo cuerpo! ¡Cómo cada una de las razas está enraizada en su paisaje, en su clima! Nosotros moldeamos nuestro paisaje y él moldea los rasgos de nuestros rostros. En medio de esas palmeras y lianas, de toda esa exuberancia selvática, el hombre blanco aparece como un cuerpo extraño, estrafalario e incongruente. Pálido, débil, con la camisa empapada en sudor y el pelo apelmazado, no cesan de atormentarlo la sed, el tedio y la sensación de impotencia. El miedo no lo abandona: teme a los mosquitos, a la ameba, a los escorpiones, a las serpientes; todo lo que se mueve lo llena de pavor, de terror, de pánico. Los del lugar, todo lo contrario: con su fuerza, gracia y aguante, se mueven con desenvoltura y naturalidad, y a un ritmo que el clima y la tradición se han encargado de marcar; un ritmo tal vez poco apresurado, más bien lento, pero, a fin de cuentas, en la vida tampoco se puede conseguirlo todo; de no ser así, ¿qué quedaría para otros?
Llevo aquí una semana. Intento conocer Acra. Es una ciudad pequeña que parece haberse multiplicado y autocopiado, y que ha salido a rastras de la selva para detenerse a orillas del golfo de
Es el ministro más joven de Ghana y de toda la Common-wealth. Tiene treinta y dos años y lleva tres en el cargo. Su despacho se encuentra en la segunda planta del edificio. Aquí, el escalafón de rangos se corresponde con la jerarquía de los pisos. A mayor importancia del personaje, más alto el piso. Y es que arriba corre el aire, mientras que abajo el aire es pétreo, inmóvil. De modo que en la planta baja se asfixian los pequeños funcionarios; encima de ellos, los directores de departamento disfrutan de una levísima brisa, y, arriba de todo, a los ministros los alivia esa corriente de aire tan soñada. Puede ir a ver al ministro el que quiera. Y cuando quiera. Si alguien tiene un asunto que solucionar, viene a Acra, averigua dónde trabaja el ministro, pongamos por caso, de Agricultura, va hasta allí, descorre la cortina, se sienta delante del funcionario y le expone el motivo de su preocupación. Si no encuentra al personaje en la oficina, lo encontrará en casa. Aún mejor, pues allí lo invitarán a comer y le ofrecerán alguna bebida. Antes, la gente se sentía distanciada de la administración blanca. Pero ahora mandan los de casa, así que no hace falta andarse con remilgos. Como es mi gobierno, tiene que ayudarme. Y para que pueda hacerlo, tiene que saber para qué lo necesito. Y para que él lo sepa, yo tengo que ir a explicárselo. Y lo mejor es que vaya yo mismo, directamente, en persona. Los solicitantes parecen no tener fin. -Buenos días -dice Kofi Baako-. ¿De dónde vienes? —De Varsovia. -¿Sabes?, me faltó poco para conocerla. Y es que yo he viajado por toda Europa: Francia, Bélgica, Inglaterra, Yugoslavia. En Checoslovaquia estuve esperando el momento de ir a Polonia, pero Kwame me mandó un telegrama diciendo que debía volver para el congreso de nuestro partido gobernante, el Convention People's Party. Estábamos sentados a la mesa de su despacho, sin puertas ni ventanas. En su lugar aparecían unos postigos entreabiertos por los que se deslizaba una suave corriente de aire. La estancia, más bien pequeña, estaba abarrotada de papeles: documentos, actas, folletos... En un rincón se veía una caja fuerte; en las paredes, varios retratos de Nkrumah y en un estante, un altavoz de los que nosotros llamamos koljosianos. En él retumbaban los tam-tams, tanto que Baako acabó apagándolo. Yo quería que me hablase de él, de su vida. Baako tiene gran predicamento entre los jóvenes. Lo quieren porque es un buen deportista. Juega al fútbol, al criquet y es campeón de Ghana en ping-pong. -Un momento -se interrumpe-, que voy a pedir que me pongan con Kumasi. Voy allí mañana a un partido. Ha llamado a correos para que le pongan la conferencia. No se la ponen. Le han dicho que espere. -Ayer fui a ver dos películas -me dice, con el auricular pegado a la oreja-, quería saber qué dan en los cines. Y echan unas películas que los escolares no deberían ver. Tengo que promulgar una disposición para que a la juventud se le prohiba ver semejantes cosas. Y hoy, desde por la mañana, he visitado los puestos de libros de la ciudad. El gobierno fija precios bajos para los libros de texto, pero se dice que los suben los vendedores. He querido comprobarlo. Y sí, los venden más caros de lo que deberían. Ha vuelto a llamar a correos. -Oye, ¿a qué os dedicáis por ahí? ¿Cuánto tiempo tengo que esperar? ¿No sabéis quién llama? En el auricular, una voz de mujer respondió: -No. -¿Y quién eres tú? -La telefonista de guardia. -Pues yo soy el ministro de Educación e Información, Kofi Baako. -¡Buenos días, Kofi! Ahora mismo te pongo la conferencia. Y ya hablaba con Kumasi. Mientras, me dediqué a echar un vistazo a sus libros, que aparecían sobre una cómoda: Hemingway, Lincoln, Koestler, Orwell. Historia de la música (edición popular), Diccionario americano (edición de bolsillo), novelas policíacas. -Soy un apasionado de la lectura. En Inglaterra me compré la Encyclopaedia Britannica y ahora la leo a trocitos. Ni siquiera puedo comer si no leo, siempre tengo que tener delante un libro abierto. Y al cabo de un rato: -Otra de mis aficiones, aún más grande, es la fotografía. Fotografío siempre y en todas partes. Tengo más de diez cámaras. Cuando entro en una tienda y veo un nuevo modelo, no puedo evitar comprarlo. He regalado un proyector a los niños y por las noches les paso películas. Tiene cuatro hijos, de edades comprendidas entre los nueve y los tres años. Todos van a la escuela, incluido el más pequeño. No es nada extraño que un crío de tres años vaya a clase. Sobre todo si se dedica a hacer travesuras. Entonces, la madre, para estar tranquila, lo manda allí. El mismo Kofi Baako fue a la escuela a la edad de tres años. Su padre, que era maestro, quería tenerlo bajo vigilancia. Cuando terminó el colegio, lo enviaron al instituto de Cape Coast. Luego trabajó como maestro, y después como oficinista. A finales de 1947 y tras cursar estudios universitarios en Estados Unidos y en Inglaterra, Nkrumah regresa a Ghana. Y Baako presta atención a lo que dice aquel hombre. Éste habla de independencia. Entonces Baako escribe el artículo «Mi odio al imperialismo». Lo echan del trabajo. Está en la lista negra: nadie quiere darle un empleo. Deambula por la ciudad. Se produce el
encuentro con Nkrumah. Kwame le confía el cargo de redactor jefe del Cape Coast Daily Mail. Kofi tiene veinte años. Escribe el artículo «Clamamos por la libertad» y da con sus huesos en la cárcel. También son detenidos Nkrumah y varios activistas más. Pasan trece meses entre rejas, hasta que los sueltan. Hoy, este grupo constituye el gobierno de Ghana.
Ahora habla de cuestiones generales: -Sólo el treinta por ciento de la gente de Ghana sabe leer y escribir. Queremos acabar con el analfabetismo en quince años. Tenemos dificultades: faltan profesores, libros, escuelas. Las escuelas son de dos clases: las de las misiones y las del Estado. Pero todas dependen del gobierno y hay una sola política educativa. Además, en el extranjero se forman más de cinco mil estudiantes. Pero con ellos a menudo hay un problema: que una vez de vuelta ya no hablan el mismo idioma que el pueblo. Fíjate en la oposición. Sus líderes han salido de Oxford y de Cambridge. -¿Qué quiere la oposición? -¿Y qué sé yo? Creemos que la oposición es necesaria. Su por tavoz parlamentario recibe un sueldo del gobierno. Hemos permitido que todos los partidillos, grupos y grupúsculos de la oposición se unificasen y fundiesen en un solo partido, para que tuvieran más fuerza. Nuestra postura es que en Ghana todo el mundo, el que quiera, está en su derecho de fundar un partido político, siempre y cuando éste no se base en criterios de raza, religión o tribu. Cada uno de esos partidos, en nuestro país, puede hacer uso de todos los medios constitucionales para conseguir el poder político. Pero con todo eso, te haces cargo, ¿eh?; finalmente no se sabe qué quiere la oposición. Llaman a un mitin y gritan: nosotros tenemos diplomas de Oxford y el tal Kofi Baako ni siquiera ha terminado el instituto. Él es hoy ministro y yo no soy nadie. Pero cuando yo sea ministro, el tal Baako será demasiado tonto para que le confíe el puesto de chico de los recados. La gente presta oídos sordos a esa verborrea porque aquí los Kofi Baako son mucho más numerosos que toda la oposición junta. Le digo que me marcho, que ya es hora de comer. Me pregunta qué hago por la noche. Yo había planeado ir a Togo. -Déjalo correr -y hace un gesto de displicencia-, ven a la fiesta. Hoy la organiza la Radio. Yo no tenía invitación. Él buscó un trozo de papel y escribió: «Dejad entrar en vuestra fiesta al periodista polaco Ryszard Kapuściński. Kofi Baako, ministro de Educación e Información.» —Toma, yo también iré; haremos unas cuantas fotos.
Por la noche, la guardia apostada en la entrada del edificio de la Radio me recibió con honores militares y me sentaron a una mesa reservada. La fiesta estaba en pleno apogeo cuando al borde de la pista de baile (se celebraba en un jardín) se detuvo un Peugeot de color gris, del cual bajó Kofi Baako. Vestía la misma ropa que en el ministerio, con la diferencia de que bajo el brazo llevaba un chándal rojo: aquella noche se iba a Kumasi, podía pasar frío. Todo el mundo lo conocía. Baako era ministro de escuelas, universidades, prensa, radio, editoriales, museos; de todo lo relacionado con la ciencia, la cultura, el arte y la propaganda del país. Enseguida nos vimos envueltos por la multitud. Se sentó para tomarse una Coca-Cola, pero no tardó en levantarse. -Ven, te enseñaré mis cámaras fotográficas. Abrió el maletero del coche y sacó una maleta. La depositó en el suelo, se arrodilló y la abrió. Nos pusimos a sacar las cámaras y a colocarlas sobre la hierba. Eran quince. En aquel momento se nos acercaron dos muchachos un tanto bebidos. -Kofi -habló uno de ellos con voz llena de reproche-, hemos comprado la entrada, pero no nos dejan quedarnos aquí porque no llevamos chaquetas. Entonces, ¿por qué nos han vendido las entradas? Baako se levantó para contestarles. -Escuchadme, yo soy un hombre demasiado grande como para ocuparme de esta clase de asuntos. Esto está lleno de tipos pequeños; que ellos se encarguen de los asuntos pequeños. Yo llevo sobre los hombros problemas de Estado. Los dos jóvenes se alejaron un tanto tambaleantes y nosotros nos dispusimos a hacer fotos. Bastó que Baako apareciese cubierto de cámaras para que, desde las mesas, se oyeran voces como: —Kofi, sácanos una foto. -¡A nosotros! -¡Y a nosotros también! Él empezó a circular entre las mesas, eligiendo aquellas donde se sentaban las muchachas más guapas, las colocaba en varias poses, exigía una sonrisa y disparaba el flash. Conocía sus nombres: Abena, Ekwa, Esi. Ellas lo saludaban sin levantarse, dándole la mano y encogiéndose de hombros, lo que aquí es muestra de frivola coquetería. Baako recorrió todo el lugar; en aquella ocasión sacamos muchas fotos. Consultó el reloj. -Tengo que irme.
¿A qué se parece la estación de autobuses de Acra? Pues recuerda al campamento de un gran circo que se ha detenido en su camino para una breve parada y fonda. Hay mucho colorido y suena la música. Los autobuses se asemejan más a los carromatos de un circo que a los lujosos Chausson que recorren las autopistas de Europa y Norteamérica. Los de Acra son una especie de camiones con carrocería de madera que cubre un techo apoyado sobre unos palos. Gracias a que no hay paredes, durante el trayecto nos refresca una corriente de aire salvadora. En este clima, las corrientes de aire son un valor muy buscado. Si queremos alquilar un piso, la primera pregunta que formularemos al dueño será: «¿Corre aquí el aire?» Él, en respuesta, abrirá las ventanas de par en par y nos veremos recorridos por una benévola corriente de aire en movimiento: tomamos una buena bocanada, experimentamos un gran alivio y sentimos que la vida vuelve a nosotros. En el Sáhara, los palacios de los poderosos están construidos del modo más rebuscado: aparecen llenos de aberturas, rendijas, recodos y pasillos, pensados de manera que permitan la mayor circulación de aire posible. Al calor de justicia que hace al mediodía, el poderoso de turno permanece echado sobre una estera, colocada estratégicamente junto a uno de esos reanimantes intersticios, y se deleita respirando el aire que en este lugar resulta un poco más fresco. La corriente se traduce en términos económicos: las casas más caras se levantan allí donde el aire circula más. Cuando se mantiene inmóvil, el aire no tiene valor, pero basta que se mueva para que su precio se dispare. Los autobuses, llenos de dibujos abigarrados, están pintados de colores vivos, llamativos, hasta chillones. Las cabinas de los conductores y los laterales lucen cocodrilos blandiendo dientes afilados, serpientes arqueadas preparándose para atacar, manadas de zambos saltando de árbol en árbol, antílopes huyendo al galope por la sabana de unos leones que las persiguen... Y, por todas partes, pájaros, un montón de pájaros, y cadenas y ramos de flores... En definitiva, un gran kitsch, pero cuán lleno de vida y de fantasía. Sin embargo, lo más importante son las inscripciones. De gran tamaño y adornadas con guirnaldas de flores, se ven desde lejos, pues su misión es la de alentar o advertir. Hablan de Dios y los hombres, de deberes y prohibiciones.
El mundo espiritual del africano (soy consciente que al usar este término simplifico mucho) es rico y complejo, y su vida interior está impregnada por una profunda religiosidad. El africano cree en la existencia simultánea de tres mundos, diferentes pero ligados entre sí. El primero es el que lo rodea, es decir, la realidad visible y tangible que se compone de seres vivos, personas, animales y plantas, y de objetos muertos, como las piedras, el agua, el aire. El segundo es el mundo de los antepasados, de aquellos que han muerto antes que nosotros, pero que no parecen haber muerto del todo, no definitiva e irremediablemente. Al contrario, en un sentido metafísico, siguen vivos e, incluso, son capaces de participar en nuestra vida real, influir en ella y moldearla. Por eso el mantener buenas relaciones con los antepasados es una condición para tener una vida feliz y, a veces, incluso para poder conservarla. Finalmente, el tercer mundo es el reino de los espíritus, extraordinariamente rico; espíritus que llevan una existencia independiente pero que al mismo tiempo viven dentro de cada ser, cada realidad, cada sustancia y objeto, en todas las cosas y en todas partes. Está al frente de estos tres mundos el Ser Supremo, la Esencia Suprema, Dios. Por eso muchas inscripciones de los autobuses destilan principios transcendentales: «Dios está en todas partes», «Dios sabe lo que hace», «Dios es misterio». Pero también hay inscripciones más terrestres, más humanas: «Sonríe», «Dime que soy guapa», «Quien bien te quiere te hará llorar», etc. Basta con aparecer en la plaza en que se amontonan decenas de autobuses para que nos rodee un enjambre de niños, gritando a cual más fuerte, la pregunta de adonde queremos ir: ¿a Kumasi, a Takoradi o a Tamale? -A Kumasi. Los que pescan a los pasajeros que van a Kumasi nos dan la mano y, saltando de alegría, nos conducen al autobús adecuado. Están contentos porque, por el hecho de haber encontrado pasajeros, recibirán del conductor una naranja o un plátano. Nos subimos al autobús y ocupamos los asientos. En este momento puede producirse una colisión entre dos culturas, un choque, un conflicto. Esto sucederá si el pasajero es un forastero que no conoce África. Alguien así empezará a removerse en el asiento, a mirar en todas direcciones y a preguntar: «¿Cuándo arrancará el autobús?» «¿Cómo que cuándo?», le contestará, asombrado, el conductor, «cuando se reúna tanta gente que lo llene del todo.»
El europeo y el africano tienen un sentido del tiempo completamente diferente; lo perciben de
maneras dispares y sus actitudes también son distintas. Los europeos están convencidos de que el tiempo funciona independientemente del hombre, de que su existencia es objetiva, en cierto modo exterior, que se halla fuera de nosotros y que sus parámetros son medibles y lineales. Según Newton, el tiempo es absoluto: «Absoluto, real y matemático, el tiempo transcurre por sí mismo y, gracias a su naturaleza, transcurre uniforme; y no en función de alguna cosa exterior.» El europeo se siente como su siervo, depende de él, es su súbdito. Para existir y funcionar, tiene que observar todas sus férreas e inexorables leyes, sus encorsetados principios y reglas. Tiene que respetar plazos, fechas, días y horas. Se mueve dentro de los engranajes del tiempo; no puede existir fuera de ellos. Y ellos le imponen su rigor, sus normas y exigencias. Entre el hombre y el tiempo se produce un conflicto insalvable, conflicto que siempre acaba con la derrota del hombre: el tiempo lo aniquila.
Los hombres del lugar, los africanos, perciben el tiempo de manera bien diferente. Para ellos, el tiempo es una categoría mucho más holgada, abierta, elástica y subjetiva. Es el hombre el que influye sobre la horma del tiempo, sobre su ritmo y su transcurso (por supuesto, sólo aquel que obra con el visto bueno de los antepasados y los dioses). El tiempo, incluso, es algo que el hombre puede crear, pues, por ejemplo, la existencia del tiempo se manifiesta a través de los acontecimientos, y el hecho de que un acontecimiento se produzca o no, no depende sino del hombre. Si dos ejércitos no libran batalla, ésta no habrá tenido lugar (es decir, el tiempo habrá dejado de manifestar su presencia, no habrá existido). El tiempo aparece como consecuencia de nuestros actos y desaparece si lo ignoramos o dejamos de importunarlo. Es una materia que bajo nuestra influencia siempre puede resucitar, pero que se sumirá en estado de hibernación, e incluso en la nada, si no le prestamos nuestra energía. El tiempo es una realidad pasiva y, sobre todo, dependiente del hombre. Todo lo contrario de la manera de pensar europea. Traducido a la práctica, eso significa que si vamos a una aldea donde por la tarde debía celebrarse una reunión y allí no hay nadie, no tiene sentido la pregunta: «¿Cuándo se celebrará la reunión?» La respuesta se conoce de antemano: «Cuando acuda la gente.»
De modo que el africano que sube a un autobús nunca pregunta cuándo arrancará, sino que entra, se acomoda en un asiento libre y se sume en el estado en que pasa gran parte de su vida: en el estado de inerte espera. -¡Esta gente tiene una capacidad extraordinaria de espera! -me dijo en una ocasión un inglés que llevaba mucho tiempo viviendo aquí-. Capacidad, aguante, ¡es un sexto o séptimo sentido! En alguna parte del mundo fluye y circula una energía misteriosa, la cual, si viene a buscarnos, si nos llena, nos dará la fuerza para poner en marcha el tiempo: entonces algo empezará a ocurrir. Sin embargo, mientras una cosa así no se produzca, hay que esperar; cualquier otro comportamiento será una ilusión o una quijotada. ¿En qué consiste esa inerte espera? Las personas entran en este estado conscientes de lo que va a ocurrir; por lo tanto, intentan elegir el mejor lugar y aposentarse lo más cómodamente posible. A veces unas se tumban, otras se sientan en el suelo o en una piedra, o se ponen en cuclillas. Dejan de hablar. El grupo de personas en estado de inerte espera es mudo. No emite ninguna voz, permanece en silencio. Los músculos se distienden. La silueta se vuelve lacia, se desmaya y encoge. El cuello se queda rígido y la cabeza deja de moverse. La persona no mira, no intenta divisar nada, no se muestra curiosa. A veces tiene los ojos entornados, pero no siempre. Los ojos, por lo general, están abiertos pero con la mirada ausente, sin brizna de vida. Puesto que he pasado horas observando multitudes enteras en estado de inerte espera, puedo afirmar que se sumen en una especie de profundo sueño fisiológico: no comen, no beben, no orinan. No reaccionan a un sol que abrasa sin piedad ni a las moscas, voraces y pesadas, que las asedian y se posan sobre sus labios y párpados. ¿Qué debe de pasar entonces por sus cabezas? Lo ignoro, no tengo la menor idea. ¿Piensan o no? ¿Sueñan? ¿Recuerdan cosas? ¿Hacen planes? ¿Meditan? ¿Permanecen en el más allá? Difícil de decir.
Al final, después de dos horas de espera, el autobús, repleto, sale de la estación. En el camino, lleno de baches, los pasajeros, sacudidos, despiertan a la vida. Alguien se pone a buscar un bizcocho, otro pela un plátano. Todos empiezan a mirar a su alrededor, se secan las caras empapadas y doblan cuidadosamente los pañuelos húmedos. El conductor no para de hablar; tiene una mano puesta sobre el volante y usa la otra para gesticular. A cada momento, todos estallan en carcajadas; él, en las más fuertes; otros, en risas menos sonoras. A lo mejor, ¿quién sabe?, sólo lo hacen por educación, porque así lo mandan los buenos modales. Estamos en pleno viaje a bordo de nuestro autobús. Los que van conmigo sólo pertenecen a la segunda, cuando no primera, generación de afortunados que viajan en un medio de transporte rodado.
Puesto que no había medios de transporte rodado en este inmenso continente, en el pasado, tampoco había caminos. Cuando a principios del siglo XX se trajeron los primeros coches, éstos no tenían por donde circular. Una carretera de tierra afirmada o de asfalto es una cosa nueva en África: sólo tiene una edad de varias décadas. Además, en muchas partes, sigue siendo una rareza. En lugar de caminos, había senderos. Para la gente y para el ganado, por lo general, compartidos. Esta forma sendereante de comunicación explica por qué la gente de aquí acostumbra a caminar en fila india; incluso cuando enfila una carretera ancha, camina en fila india. Por eso, aun tratándose de nutridos grupos de personas, cuando caminan permanecen en silencio: es difícil mantener una conversación en una fila india.
La persona debe ser un gran especialista en la geografía de estos senderos. Quien no la conozca, se perderá; y si deambula durante mucho tiempo sin agua y sin comida, morirá. El asunto consiste en lo siguiente: diferentes clanes, tribus y aldeas pueden tener una serie de senderos que se entrecruzan, y el que no lo sabe puede andar por ellos haciendo círculos al tiempo que piensa que lo llevarán al lugar de destino, y ellos lo acabarán llevando al encuentro con la muerte. Los más misteriosos y peligrosos son los senderos de la selva. A cada paso, el hombre no deja de tropezar con púas y ramas; antes de alcanzar su destino está lleno de arañazos y tumefacciones. Llevar un palo resulta muy útil, pues si en medio del sendero se ha acomodado una serpiente (cosa que ocurre muy a menudo), hay que ahuyentarla, y el palo es la herramienta que mejor sirve para este propósito. Otro problema lo constituyen los talismanes. Al vivir en un aislamiento impenetrable, los hombres del bosque tropical son de natural desconfiados y supersticiosos. Por eso cuelgan en los senderos toda clase de talismanes para que ahuyenten los malos espíritus. Cuando se topa uno con una piel de lagartija colgando de un lado al otro del sendero, la cabeza de un pájaro, un manojo de hierba o un diente de cocodrilo, no sabe qué hacer: arriesgarse y seguir el camino o más bien volver sobre sus pasos, pues tras esa señal de advertencia puede ocultarse algo realmente maligno.
Cada equis tiempo nuestro autobús se detiene. Es que alguien quiere bajarse. Si la persona que se apea es una mujer joven con uno o dos niños (mujeres jóvenes sin niños son una rareza), la escena que presenciaremos estará llena de agilidad y gracia. En primer lugar, la mujer se atará a la criatura a la espalda con su mantón de percal (el niño, sumido en el sueño durante todo el tiempo, no reacciona). Luego se pondrá en cuclillas y se colocará sobre la cabeza su inseparable barreño o palangana, llena de toda clase de comida y de otros productos. Luego se erguirá, haciendo un movimiento como los que hacen los funámbulos al dar el primer paso sobre la cuerda suspendida en el vacío: balanceándose, alcanza el equilibrio. Coge con la mano izquierda la estera para dormir y con la derecha conduce al segundo niño. Y así, caminando enseguida a paso ligero y rítmico, enfila un sendero entre los matorrales, sendero que lleva a un mundo que desconozco y que tal vez jamás comprenderé.
Mi vecino de autobús. Un hombre joven. Contable en una empresa de Kumasi cuyo nombre no ha llegado a mis oídos. -¡Ghana es independiente! -dice, conmovido y encantado-. Mañana, ¡toda África será independiente! -asegura-. ¡Somos libres! Y me da la mano con un gesto que quiere decir: ahora el negro puede dar la mano a un blanco sin complejo alguno. -¿Has visto a Nkrumah? -me pregunta, curioso-. ¿Sí? ¡Pues eres un hombre feliz! ¿Sabes qué vamos a hacer con los enemigos de África? Se ríe, ji-ji, ja-ja, pero no acaba de dejar claro qué es lo que vamos a hacer. -Ahora, lo más importante es la educación. Educación, formación, adquisición de conocimientos. Somos tan subdesarrollados, ¡tan subdesarrollados! Creo que el mundo entero acudirá en nuestra ayuda. ¡Tenemos que ser iguales a los países desarrollados! No sólo libres, ¡también iguales! De momento, respiramos la libertad. Y esto es el paraíso. ¡Es maravilloso! Mi vecino participa de un entusiasmo generalizado. Entusiasmo y orgullo, porque Ghana se ha puesto al frente del movimiento, porque da ejemplo y lidera a toda África. Mi segundo vecino, el que se sienta a mi izquierda (el autobús tiene tres asientos en cada fila), es diferente: cerrado en sí mismo, poco hablador y nada participativo. Enseguida llama la atención porque, por lo general, la gente de aquí se muestra abierta, pronta a entablar conversación, dispuesta a contar cosas y a expresar toda clase de opiniones. Hasta ahora tan sólo me ha dicho que no trabaja y que tiene problemas. ¿Qué tipo de problemas?, no me lo hadicho. Pero finalmente, cuando el inmenso bosque empieza a disminuir y a reducirse —señal de que estamos llegando a Kumasi—, se decide a confesarme algo. En efecto, tiene problemas. Está enfermo. No siempre, no sin cesar, pero de vez en cuando, periódicamente, sí lo está. Ya ha ido a ver a varios especialistas ghaneses pero no le han ayudado. El asunto consiste en que en la cabeza, dentro del cráneo,
tiene animales. No es que los vea, piense en ellos o les tenga miedo. No, nada de eso. Se trata de que estos animales están dentro de su cabeza, allí viven, corren, pacen, cazan o, simplemente, duermen. Cuando se trata de animales dóciles, tales como antílopes, cebras o jirafas, lo soporta todo muy bien, incluso resultan agradables. Pero a veces viene un león hambriento. Como tiene hambre y está furioso, ruge. Entonces, el rugido de ese león hace que le estalle el cráneo.
conflictos, todo se traduce al lenguaje de las nociones blanco/negro, dentro del cual, evidentemente, el blanco es mejor, superior y más fuerte que el negro. El blanco, que se ha convertido en sir, master, bwana kubwa, es el incuestionable amo y señor, enviado por Dios para gobernar a los negros. Se ha inculcado al africano que el blanco es intocable e invencible, y que todos los blancos constituyen una fuerza compacta y maciza. Se trataba de una ideología que apoyaba el sistema de la dominación colonial, una ideología que reafirmaba la convicción de que todo intento de cuestionarlo u oponerse a él no tenía ningún sentido. Y, de pronto, los africanos alistados a la fuerza en los ejércitos británico y francés ven cómo, en la guerra europea en la que participan, un blanco se pelea con otro blanco, cómo dispara sobre él y le destruye las ciudades. Es toda una revelación, conmoción y sorpresa. Los soldados africanos del ejército francés ven cómo Francia, su soberana colonial, es vencida y conquistada. Los soldados africanos del ejército británico ven cómo Londres, la capital del imperio, es bombardeada; ven a los blancos presa del pánico, a blancos que huyen, suplican y lloran. Ven a blancos desharrapados, hambrientos y clamando por pan. Y a medida que avanzan hacia el este de Europa -y junto a los blancos ingleses dan palizas a los blancos alemanes- se topan aquí y allá con columnas de blancos vestidos con uniformes a rayas, hombres- esqueletos, hombres-despojos. La conmoción que sintió el africano cuando las imágenes de la guerra de los blancos se sucedían ante sus ojos era tanto más fuerte cuanto que los habitantes de África (con algunas excepciones, y en el caso del Congo belga, por ejemplo, sin ninguna) tenían prohibido no sólo viajar a Europa, sino salir del continente. Podían juzgar la vida de los blancos tan sólo a través del prisma de las lujosas condiciones que los blancos se habían procurado en las colonias. Y un factor más: hasta mediados del siglo XX, el habitante de África no tiene más fuentes de información que lo que le dice el vecino o el jefe del poblado o el administrador colonial. De manera que todo lo que sabe del mundo se reduce a lo que él mismo ve en las proximidades de su casa o lo que oye de otros en el curso de la charla vespertina alrededor del fuego.
A los combatientes de la Segunda Guerra que han vuelto de Europa a África no tardamos en encontrarlos en las filas de los diversos movimientos y partidos políticos que luchan por la independencia de sus respectivos países. El número de estas organizaciones crece ahora de forma imparable: se multiplican como conejos. Con orientaciones diferentes, cada una persigue los fines que se ha trazado. Las de las colonias francesas de momento lanzan demandas limitadas. Todavía no hablan de libertad. Sólo quieren convertir a todos los habitantes de la colonia en ciudadanos de Francia. París rechaza la demanda. Con matices: será ciudadano francés sólo aquel que sea educado en el marco de la cultura francesa, que se eleve hasta el nivel de la misma, el llamado évolué. Pero estos évo-lués serán excepciones. Las de las colonias británicas se muestran más radicales. Para ellas, la inspiración, el impulso y el programa radican en las valientes visiones de futuro que diseñaran los intelectuales afroamericanos, descendientes de los esclavos, en la segunda mitad del siglo XIX y en la primera del XX. Estos últimos habían formulado una doctrina que llamaban panafricanismo. Sus principales creadores eran el activista Alexander Crummwell, el escritor WEB Du Bois y el periodista Marcus Garvey (este último, de Jamaica). Diferían en sus concepciones pero estaban de acuerdo en dos cosas: 1), que todos los negros del mundo - de Sudamérica y de África-pertenecían a una misma raza y cultura y que deberían estar orgullosos del color de su piel; y 2), que toda África debía ser independiente y unida. Su lema rezaba: «¡África para los africanos!» En el tercer punto del programa, igualmente importante, WEB Du Bois era de la opinión de que los negros debían quedarse en los países donde vivían, mientras que Garvey opinaba que todos los negros, estuviesen donde estuviesen, debían regresar a África. Durante un tiempo, incluso, se dedicó a vender una fotografía de Haile Selassie, sosteniendo que era un visado de vuelta. Murió en 1940 sin haber visto África. El joven activista y teórico ghanés Kwame Nkrumah se convirtió en gran entusiasta del panafricanismo. En 1947, tras acabar la carrera universitaria en Norteamérica, regresó a su país natal. Fundó un partido al que atrajo a combatientes de la Segunda Guerra así como a la juventud, y en una de las concentraciones de Acra lanzó el combativo lema de «¡Independencia ya!» En aquel tiempo, en el África colonial, el lema sonó como el estallido de una bomba. Pero diez años más tarde Ghana se convertía en el primer país independiente del África subsahariana; y Acra, el primer centro, aún provisional e informal, de todos los movimientos, ideas y acción para todo el continente. Reinaba allí una auténtica fiebre libertadora y se podían encontrar gentes de toda África. También acudían en masa periodistas de todo el mundo. Los atraían la curiosidad, la inseguridad y hasta el temor de las capitales europeas, el miedo a que África fuese a estallar y corriera la sangre de los blancos. El miedo incluso de que se creasen ejércitos, que, armados por los soviéticos, intentaran, siguiendo un impulso de odio y venganza, lanzarse sobre Europa.
Por la mañana compré el periódico local, Ashanti Pioneer, y me puse en camino en busca de la redacción. La experiencia enseña que en una de esas redacciones uno puede enterarse de más cosas en
una hora que visitando durante una semana diferentes instituciones y dignatarios. En esta ocasión también fue así. En una estancia pequeña y cutre y en la cual el olor de mango medio podrido se entremezclaba de manera extraña con el de la tinta, me recibió efusivamente -como si hubiese esperado mi visita desde hacía mucho tiempo- Kwesi Amu, un hombre corpulento y de semblante apacible («Yo también soy reportero», me dijo a modo de introducción). El curso y la atmósfera de un encuentro tienen gran importancia para el futuro de las relaciones. Por eso las gentes de aquí prestan mucha atención a la manera de saludar al visitante. Lo más importante: desde el mismísimo principio, desde el primer segundo hay que mostrarse viva y extraordinariamente contento y cordial. De modo que primero damos la mano. Pero no de una manera formal, distante y mustia sino todo lo contrario: tomando un gran y enérgico impulso, como si en lugar de estrecharle la mano al visitante quisiésemos arrancársela. Si a pesar de ello el visitante conserva su brazo intacto y en su lugar, tal cosa quiere decir que, conociendo el rito y las reglas del saludo, él también, por su parte, ha tomado un gran y enérgico impulso y dirige su mano veloz hacia la nuestra, no menos veloz. Ambas extremidades, cargadas de una energía enorme, se encuentran a medio camino y al chocar la una contra la otra con terrible ímpetu, reducen, incluso a cero, las dos fuerzas opuestas. Al mismo tiempo, mientras nuestras manos corren raudas y veloces al mutuo encuentro, sacamos de nuestro interior la primera cascada de risa, fuerte y prolongada. Esto significa que estamos encantados de vernos y que tenemos una actitud muy positiva hacia la persona con la que acabamos de encontrarnos. Ahora empieza la larga lista de preguntas y respuestas de rigor, tales como: «¿Qué tal? ¿Estás bien de salud? ¿Cómo están tus familiares? ¿Todos sanos? ¿Y el abuelo? ¿Y la abuela? ¿Y el tío?», etc., etc., etc., porque aquí las familias son grandes y ramificadas. La costumbre obliga a sellar cada respuesta positiva con sucesivas cascadas de risa fuerte y espontánea, que, a su vez, deben provocar otras cascadas, todavía más sonoras y homéricas, en la persona que hace las preguntas. En la calle, a menudo vemos a dos (o más) personas desternillándose de risa. Ello no significa que se estén contando chistes. Sencillamente, se saludan. Y cuando la risa se desvanece, eso quiere decir que el acto de saludarse ha concluido y que ahora toca pasar al meollo de la conversación o que, pura y simplemente, los contertulios han parado durante un rato para dejar descansar a sus cansadas entrañas.
Cuando Kwesi y yo ya hubimos concluido el alegre y estruendoso rito del saludo, empezamos a hablar del reino de los ashanti. Los ashanti opusieron resistencia a los ingleses hasta el final del siglo XIX y, a decir verdad, jamás han acabado de sucumbir ante ellos. Incluso ahora, en las nuevas condiciones de independencia, guardan prudente distancia de Nkrumah y de la gente de la costa que lo apoya, pues no tienen una opinión muy elevada acerca de su cultura. Sienten un profundo apego a su propia y riquísima historia, a sus tradiciones, creencias y leyes. A lo largo y ancho de África, toda comunidad un poco grande tiene una cultura que le es privativa, su original sistema de creencias y costumbres, su lengua y sus tabúes, y todo junto se nos revela como algo extraordinariamente complejo, embrollado y misterioso. Por eso los grandes antropólogos jamás han hablado de «cultura africana» o de «religión africana»; sabían que tales cosas no existen, que la esencia de África consiste en su infinita diferenciación. Contemplaban la cultura de cada pueblo como un mundo aparte, un mundo único e irrepetible. Sus escritos van en el mismo sentido: E. E Evans-Pritchard publicó una monografía sobre los nuer; M. Gluckman, sobre los zulúes; G. T. Basden, sobre los ibo, etc. La mente europea, por el contrario, que tiende a reducciones racionales y a esquematizar y encasillar, mete gustosa todo lo africano en un mismo saco y se contenta con fáciles estereotipos. -Creemos -me dijo Kwesi- que el hombre se compone de dos elementos. La sangre, que hereda de su madre, y el espíritu, que le lega su padre. La sangre es el más fuerte de estos elementos y por eso el niño pertenece a la madre y al clan de ésta, y no al padre. Si el clan de la madre le ordena abandonar al marido y regresar a la aldea natal, ella se lleva a todos los hijos (si bien es cierto que vive en la aldea y en la casa del marido, no deja de permanecer allí como una invitada). La posibilidad de volver con su clan hace que la mujer, si el marido la abandona, tenga dónde acudir. También ella puede dejar a éste por iniciativa propia, si él resulta un déspota. Pero tales situaciones extremas son una rareza, pues la familia suele ser una célula vital y fuerte y en la cual todo el mundo tiene asignado su papel tradicional y conoce sus obligaciones. »La familia, siempre numerosa, a veces llega a un centenar de personas. El marido, la mujer (las mujeres), los hijos, los primos... Si las circunstancias lo permiten, los miembros de una familia se reúnen lo más a menudo posible para pasar el tiempo juntos. El pasar el tiempo en compañía de los allegados constituye uno de los valores más preciados y todo el mundo intenta respetarlo. Lo importante es vivir juntos o los unos cerca de los otros: hay muchos trabajos que sólo se pueden hacer de forma colectiva; si no, las posibilidades de sobrevivir desaparecen. »E1 niño se forma en el seno de su familia, pero a medida que crece ve cómo las fronteras de su mundo social se ensanchan, ve que al lado viven otras familias y que varias familias juntas constituyen un clan. Lo forman todos aquellos que creen haber tenido un antepasado común. Si creo que tú y yo
cubre con un manto de silencio. -No todos creen ya en ella -respondió Kwesi-, pero aún queda mucha gente que sí. Muchos, simplemente, tienen miedo de no creer. Mi abuela opina que las brujas existen y que se encuentran por las noches en los árboles altos que crecen solitarios en el campo. «¿Pero has visto alguna en tu vida», le he preguntado varias veces. «Eso es imposible», me ha contestado invariablemente, convencida. Durante la noche, las brujas rodean toda la Tierra con telas de araña. Mantienen con la mano un extremo del hilo y el otro está pegado a todas las puertas del mundo. Si alguien intenta salir al exterior, se mueve la telaraña. Las brujas lo notan y desaparecen en la oscuridad deprisa y corriendo. Por la mañana sólo se pueden ver jirones de telarañas colgando de las ramas y de los picaportes.
En Dar es Salam compré un viejo Land Rover a un inglés que ya se volvía para Europa. Corría el año 1962, varios meses antes Tanganica había conseguido la independencia y muchos ingleses del servicio colonial perdieron sus puestos de trabajo, sus cargos e incluso sus casas. En sus clubs, que se iban quedando desiertos, a cada momento se oía contar a alguien que había ido por la mañana a su ministerio y allí, de detrás de su mesa de despacho, le sonreía alguno de los lugareños: «¡Lo siento mucho!» Este circunstancial cambio de guardia se llama africaniza-ción. Unos lo aplauden, viendo en él el símbolo de la liberación, a otros, por el contrario, este proceso los indigna. Se sabe quién se alegra y quién se muestra contrario. Londres y París, con el fin de estimular a sus funcionarios a trabajar en las colonias, creaban para los dispuestos a marcharse unas condiciones de vida fabulosas. El pequeño y modesto funcionario de correos de Manchester, al llegar a Tanganica recibía un chalet con jardín y piscina, coches, servidumbre, vacaciones en Europa, etc. La burocracia colonial llevaba una vida realmente estupenda. Y he aquí que de la noche a la mañana los habitantes de la colonia obtienen la independencia. Se hacen cargo de un Estado colonial organizado. Incluso se esfuerzan para que en él nada cambie, pues ese Estado otorga a los burócratas unos privilegios fantásticos a los que los nuevos dueños, naturalmente, no quieren renunciar. Ayer pobres y humillados, hoy ya son unos elegidos: ocupan altos puestos y tienen llena la bolsa. Este origen colonial del Estado africano –en el que el funcionario europeo recibía salarios desmesurados y más allá de todo sentido común; y los lugareños adoptaron este sistema sin modificaciones- hizo que la lucha por el poder en el África independiente cobrase enseguida un carácter extraordinariamente feroz y despiadado. De golpe, en un instante, nace allí una nueva clase gobernante, burguesía burocrática, que no produce nada, no crea ninguna riqueza sino que gobierna a la colectividad y disfruta de privilegios. La ley del siglo XX, la de la prisa vertiginosa, funcionó también en este caso: tiempo ha, habían hecho falta largas décadas, incluso siglos para que se formase una clase social; aquí, en cambio, bastaron pocos días. Los franceses, que habían observado con irónica expectativa esta lucha por un sitio en la nueva clase, llamaron a este fenómeno la politique du ventre: hasta tal punto un cargo político iba ligado a beneficios económicos desorbitados.
Pero esto es África, y el feliz nuevo rico no puede olvidar su vieja tradición de clan, uno de cuyos cánones reza: comparte todo lo que tienes con tus hermanos, con otros miembros de tu clan, o sea, como se dice aquí, con tu primo (en Europa, los lazos con el primo son ya bastante débiles y lejanos, pero en África, el primo por parte materna es más importante que el marido). Así que, si tienes dos camisas, dale una; si tienes un cuenco de arroz, dale la mitad. El que viola este principio se autocondena al ostracismo, se expone a ser expulsado del clan y al terrorífico estatus de individuo apartado. Es en Europa donde el individualismo constituye un valor apreciado, y aún más en Norteamérica; en África, el individualismo es sinónimo de desgracia, de maldición. La tradición africana es colectivista, pues sólo dentro de un grupo bien avenido se podía hacer frente a unas adversidades de la naturaleza que no paraban de aumentar. Y una de las condiciones de la supervivencia del grupo consiste precisamente en compartir con otros hasta la cosa más insignificante. Un día me vi rodeado por un nutrido grupo de niños. Sólo llevaba un caramelo, y lo puse sobre la palma de la mano. Los niños, inmóviles, lo miraban como pasmados. Finalmente, la niña de más edad cogió el caramelo, lo desmenuzó a fuerza de cautelosos mordiscos y, equitativamente, lo repartió entre todos. Si alguien ha sido nombrado ministro, ocupando el otrora puesto del blanco, y ha recibido su chalet con jardín, su salario y sus coches, la noticia no tardará nada en llegar al lugar de procedencia del feliz elegido del destino. Recorrerá las aldeas próximas con la velocidad del rayo. Alegría y esperanza anidarán en el corazón de los primos. Pronto empezarán su peregrinación a la capital. Aquí, hallarán sin dificultad al dichoso familiar. Aparecerán ante la puerta de su casa, lo saludarán, rociando la tierra con ginebra cumplirán el ritual de dar las gracias a los antepasados por una voltereta del destino tan feliz y luego tomarán posesión del chalet, el patio y el jardín. No tardaremos en ver cómo la silenciosa residencia donde antes había vivido un inglés entrado en años con una esposa poca habladora, se llena de gente y de bullicio. Delante de la casa, desde la mañana arde el fuego, las mujeres machacan la cassava en morteros de madera y un enjambre de niños juguetea entre los parterres y macizos de flores. Por la noche, toda la numerosa familia se sienta en el césped para cenar; y es que aunque ha empezado una nueva vida, se conserva la vieja costumbre de los tiempos de la eterna pobreza: se come sólo una vez al día, por la noche. El que tiene un oficio de más movilidad y menos respeto por la tradición intenta zafarse de ella. Una vez me topé en Dodoma con un vendedor de naranjas ambulante (tal comercio da escasos beneficios) que me había traído estas frutas a mi casa de Dar es Salam. Me alegré de verlo y le pregunté qué hacía tan lejos, a quinientos kilómetros de la capital. Tenía que huir de los primos, me explicó. Lo había compartido todo con ellos durante mucho tiempo pero finalmente se hartó y puso pies en polvorosa. «Durante un tiempo dispondré de un poco de dinero», se mostró contento, «¡hasta que den conmigo!»