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El coronel no tiene quien le escriba: Análisis de Gabriel García Márquez, Resúmenes de Literatura

Exploración de 'El coronel no tiene quien le escriba' de Gabriel García Márquez, una obra maestra del realismo mágico hispanoamericano. Análisis del contexto histórico, temas y significado literario.

Tipo: Resúmenes

2019/2020

Subido el 24/10/2020

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Gabriel García Márquez
El coronel no tiene quien le escriba
Gabriel García Márquez (Aracataca, Colombia, 1928) es la figura
más representativa de lo que se ha venido a llamar el «realismo
mágico» hispanoamericano. Aún antes de escribir Cien años de
soledad (novela ya publicada por El Mundo en la colección Millenium
I), donde recrea la geografía imaginaria de Macondo, un lugar aislado
del mundo en el que realidad y mito se confunden, era ya autor de un conjunto de
obras que tienen directa relación con esta narración. Otras obras memorables son:
El coronel no tiene quien le escriba, El otoño del patriarca, Crónica de una muerte
anunciada (volumen número 5 de esta colección), El amor en los tiempos del cólera
y varias colecciones de cuentos magistrales. En 1982 recibió el Premio Nobel de
Literatura.
Consideradas a veces las obras anteriores a Cien años de soledad como
acercamiento o tentativa de la gran novela que habría de llegar, cada vez más la
crítica subraya el valor que, en sí mismos, poseen esos títulos tempranos, que no
primerizos, de García Márquez, por encima de los elementos que los conectan con
su gran novela. Tal es el caso de El coronel no tiene quien le escriba, segundo de
sus libros. «Sería un error descartarlos como intentos frustrados; particularmente
El coronel no tiene quien le escriba es una pequeña obra maestra del estilo
condensado de García Márquez» (José Miguel Oviedo). Con todo, y
dada la fuerza del mundo macondino del autor, es difícil sustraerse a señalar
semejanzas y diferencias entre ambos títulos.
En El coronel no tiene quien le escriba ya hay un germen de desmesura, concretamente en lo que al tiempo se
refiere (esa larga espera del protagonista por su pensión siempre demorada); está, desde luego, el tema de la
soledad; las reiteraciones de ciertos elementos, las guerras como telón de fondo, el simbolismo de algunos objetos
(o animales: el gallo, que es la herencia del hijo muerto). El lenguaje, sin embargo, es sobrio, contenido, y el relato
casi en línea recta, aunque el peculiar sentido del ritmo, las interminables idas y venidas del protagonista, que
provocan una cierta obsesión en el lector, resulta fundamental y confiere carácter a esta novela que ha sido
llevada al cine recientemente, y con acierto, por el director mexicano Arturo Ripstein, con la actriz española
Marisa Paredes en el papel de la paciente mujer del coronel.
EDITADO POR "EDICIONES LA CUEVA"
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¡Descarga El coronel no tiene quien le escriba: Análisis de Gabriel García Márquez y más Resúmenes en PDF de Literatura solo en Docsity!

Gabriel García Márquez

El coronel no tiene quien le escriba

Gabriel García Márquez (Aracataca, Colombia, 1928) es la figura más representativa de lo que se ha venido a llamar el «realismo mágico» hispanoamericano. Aún antes de escribir (^) Cien años de soledad (novela ya publicada por El Mundo en la colección Millenium I), donde recrea la geografía imaginaria de Macondo, un lugar aislado del mundo en el que realidad y mito se confunden, era ya autor de un conjunto de obras que tienen directa relación con esta narración. Otras obras memorables son: El coronel no tiene quien le escriba, El otoño del patriarca, Crónica de una muerte anunciada (volumen número 5 de esta colección), El amor en los tiempos del cólera y varias colecciones de cuentos magistrales. En 1982 recibió el Premio Nobel de Literatura.

Consideradas a veces las obras anteriores a (^) Cien años de soledad como acercamiento o tentativa de la gran novela que habría de llegar, cada vez más la crítica subraya el valor que, en sí mismos, poseen esos títulos tempranos, que no primerizos, de García Márquez, por encima de los elementos que los conectan con su gran novela. Tal es el caso de (^) El coronel no tiene quien le escriba, segundo de sus libros. «Sería un error descartarlos como intentos frustrados; particularmente El coronel no tiene quien le escriba es una pequeña obra maestra del estilo condensado de García Márquez» (José Miguel Oviedo). Con todo, y dada la fuerza del mundo macondino del autor, es difícil sustraerse a señalar semejanzas y diferencias entre ambos títulos.

En El (^) coronel no tiene quien le escriba ya hay un germen de desmesura, concretamente en lo que al tiempo se refiere (esa larga espera del protagonista por su pensión siempre demorada); está, desde luego, el tema de la soledad; las reiteraciones de ciertos elementos, las guerras como telón de fondo, el simbolismo de algunos objetos (o animales: el gallo, que es la herencia del hijo muerto). El lenguaje, sin embargo, es sobrio, contenido, y el relato casi en línea recta, aunque el peculiar sentido del ritmo, las interminables idas y venidas del protagonista, que provocan una cierta obsesión en el lector, resulta fundamental y confiere carácter a esta novela que ha sido llevada al cine recientemente, y con acierto, por el director mexicano Arturo Ripstein, con la actriz española Marisa Paredes en el papel de la paciente mujer del coronel.

Prólogo

José Manuel Caballero Bonald

Cuando leí El coronel no tiene quien le escriba tuve la sensación de reconocer el

pueblo innominado en que se desarrolla la acción de la novela, cuya primera edición

en la colombiana revista «Mito» data de 1958. El caso es que, no mucho después de

esa lectura, cuando yo vivía en Bogotá, realicé una travesía por el rió Magdalena en

un vapor propulsado por ruedas de paletas, desde Barrancabermeja, en la zona

selvática de Casabe, hasta la mar caribe de Barranquilla. Las sucintas

descripciones del espacio físico en que enmarca García Márquez su novela,

coincidían por algún razonable motivo con uno de esos pequeños puertos en que

recalaba, fugazmente mi barco. Aunque el narrador no proporcione ninguna pista,

llegué a convencerme entonces de que el pueblo en que el coronel esperaba la carta

que nunca llegó era Magangué, una especie de balcón fluvial de las sabanas de

Bolívar, no lejos ya del Atlántico. Tampoco es que esa localización suponga ningún

dato relevante, pero me agrada ese presunto hallazgo del lugar desapacible en que

malvivía aquel viejo ex combatiente revolucionario. Las imágenes portuarias, la

presencia sensible del río, las callejas una y otra vez recorridas por la triste figura

del coronel, ese «laberinto de almacenes y barracas con mercancías de colores en

exhibición», remitían sin duda al puerto fluvial de Magangué, por donde yo anduve

justo cuando El coronel no tiene quien le escriba se publicaba en libro (Medellín,

Aguirre, 1961). Incluso es muy posible que me cruzara con el coronel durante alguno

de sus obstinados paseos hasta el muelle para vigilar cada viernes, a lo largo de

más de un cuarto de siglo, la llegada de la lancha del correo.

Después de algunos cuentos y reportajes publicados a partir de 1947 y de la

novela La hojarasca (Bogotá, Ediciones S. L. B., 1955), viene por su orden

cronológico El coronel no tiene quien le escriba. Si bien García Márquez aún no había

alcanzado el general reconocimiento que le deparó Cien años de soledad (Buenos

Aires, Sudamericana, 1967), ya estaban ahí estabilizados sus más reconocibles

modales estilísticos. La dinámica expresiva, la agudeza de la adjetivación, la

atractiva estructura del texto, avisan -o son una consecuencia- de las mejores trazas

narrativas de García Márquez. Pero en El coronel no tiene quien le escriba hay como

una limpieza retórica muy especial, como si la poética de su autor no se hubiese

perfeccionado todavía con el uso. La novela supone, en efecto, un acabado modelo

de sencillez, de naturalidad discursiva y hasta de inocencia verbal. Montada sobre

unos aparejos literarios extremadamente simples, todo queda sujeto a la pericia del

narrador para dotar al texto de unas persuasivas recetas léxicas y sintácticas y

mantener constantemente en vilo la atención del lector. Incluso se podría hablar de

esa rara astucia de que se vale García Márquez en el suministro de sorpresas

expresivas y en la escueta manifestación de lo aparentemente complejo.

La trama de la novela responde asimismo a^ una sobria conducción temática.

No hay intermitencias ni desvíos, todo se ajusta al explícito relato de la vida

cotidiana del protagonista. Víctima de la insolidaridad y el abandono, ese anónimo

Gabriel García Márquez

El coronel destapó el tarro del café y comprobó que no había más de una cucharadita. Retiró la olla del fogón, vertió la mitad del agua en el piso de tierra, y con un cuchillo raspó el interior del tarro sobre la olla hasta cuando se desprendieron las últimas raspaduras del polvo de café revueltas con óxido de lata.

Mientras esperaba a que hirviera la infusión, sentado junto a la hornilla de barro cocido en una actitud de confiada e inocente expectativa, el coronel experimentó la sensación de que nacían hongos y lirios venenosos en sus tripas. Era octubre. Una mañana difícil de sortear, aun para un hombre como él que había sobrevivido a tantas mañanas como ésa. Durante cincuenta v seis años -desde cuando terminó la última guerra civil- el coronel no había hecho nada distinto de esperar. Octubre era una de las pocas cosas que llegaban.

Su esposa levantó el mosquitero cuando lo vio entrar al dormitorio con el café. Esa noche había sufrido una crisis de asma y ahora atravesaba por un estado de sopor. Pero se incorporó para recibir la taza.

-Y tú -dijo. -Ya tomé -mintió el coronel-. Todavía quedaba una cucharada grande. En ese momento empezaron los dobles. El coronel se había olvidado del entierro. Mientras su esposa tomaba el café, descolgó la hamaca en un extremo y la enrolló en el otro, detrás de la puerta. La mujer pensó en el muerto.

-Nació en 1922 -dijo-. Exactamente un mes después de nuestro hijo. El siete de abril.

Siguió sorbiendo el café en las pausas de su respiración pedregosa. Era una mujer construida apenas en cartílagos blancos sobre una espina dorsal arqueada e inflexible. Los trastornos respiratorios la obligaban a preguntar afirmando. Cuando terminó el café todavía estaba pensando en el muerto.

Debe ser horrible estar enterrado en octubre», dijo. Pero su marido no le puso atención. Abrió la ventana. Octubre se había instalado en el patio. Contemplando la vegetación que reventaba en verdes intensos, las minúsculas tiendas de las lombrices en el barro, el coronel volvió a sentir el mes aciago en los intestinos.

-Tengo los huesos húmedos -dijo. -Es el invierno -replicó la mujer-. Desde que empezó a llover te estoy diciendo que duermas con las medias puestas.

-Hace una semana que estoy durmiendo con ellas. Llovía despacio pero sin pausas. El coronel habría preferido envolverse en una manta de lana y meterse otra vez en la hamaca. Pero la insistencia de los bronces rotos le recordó el entierro. «Es octubre», murmuró, y caminó hacia el centro del cuarto. Sólo entonces se acordó del gallo amarrado a la pata de la cama. Era un gallo de pelea.

Después de llevar la taza a la cocina dio cuerda en la sala a un reloj de péndulo montado en un marco de madera labrada. A diferencia del dormitorio, demasiado estrecho para la respiración de una asmática, la sala era amplia, con cuatro mecedoras de fibra en torno a una mesita con un tapete y un gato de yeso. En la pared opuesta a la del reloj, el cuadro de una mujer entre tules rodeada de amorines en una barca cargada de rosas.

Gabriel García Márquez

Eran las siete y veinte cuando acabó de dar cuerda al reloj. Luego llevó el gallo a la cocina, lo amarró a un soporte de la hornilla, cambió el agua al tarro y puso al lado un puñado de maíz. Un grupo de niños penetró por la cerca desportillada. Se sentaron en torno al gallo, a contemplarlo en silencio.

-No miren más a ese animal -dijo el coronel-. Los gallos se gastan de tanto mirarlos. Los niños no se alteraron. Uno de ellos inició en la armónica los acordes de una canción de moda. «No toques hoy», le dijo el coronel. «Hay muerto en el pueblo.» El niño guardó el instrumento en el bolsillo del pantalón y el coronel fue al cuarto a vestirse para el entierro.

La ropa blanca estaba sin planchar a causa del asma de la mujer. De manera que el coronel tuvo que decidirse por el viejo traje de paño negro que después de su matrimonio sólo usaba en ocasiones especiales. Le costó trabajo encontrarlo en el fondo del baúl, envuelto en periódicos y preservado contra las polillas con bolitas de naftalina. Estirada en la cama la mujer seguía pensando en el muerto.

-Ya debe haberse encontrado con Agustín -dijo-. Puede ser que no le cuente la situación en que quedamos después de su muerte.

-A esta hora estarán discutiendo de gallos -dijo el coronel. Encontró en el baúl un paraguas enorme y antiguo. Lo había ganado la mujer en uná tómbola política destinada a recolectar fondos para el partido del coronel. Esa misma noche asistieron a un espectáculo al aire libre que no fue interrumpido a pesar de la lluvia. El coronel, su esposa y su hijo Agustín -que entonces tenía ocho años- presenciaron el espectáculo hasta el final, sentados bajo el paraguas. Ahora Agustín estaba muerto y el forro de raso brillante había sido destruido por las polillas.

-Mira en lo que ha quedado nuestro paraguas de payaso de circo -dijo el coronel con una antigua frase suya. Abrió sobre su cabeza un misterioso sistema de varillas metálicas-. Ahora sólo sirve para contar las estrellas.

Sonrió. Pero la mujer no se tomó el trabajo de mirar el paraguas. «Todo está así», murmuró. «Nos estamos pudriendo vivos.» Y cerró los ojos para pensar más intensamente en el muerto.

Después de afeitarse al tacto -pues carecía de espejo desde hacía mucho tiempo- el coronel se vistió en silencio. Los pantalones, casi tan ajustados a las piernas como los calzoncillos largos, cerrados en los tobillos con lazos corredizos, se sostenían en la cintura con dos lengüetas del mismo paño que pasaban a través de dos hebillas doradas cosidas a la altura de los riñones. No usaba correa. La camisa color de cartón antiguo, dura como un cartón, se cerraba con un botón de cobre que servía al mismo tiempo para. sostener el cuello postizo. Pero el cuello postizo estaba roto, de manera que el coronel renunció a la corbata.

Hacía cada cosa como si fuera un acto trascendental. Los huesos de sus manos estaban forrados por un pellejo lúcido y tenso, manchado de carate como la piel del cuello. Antes de ponerse los botines de charol raspó el barro incrustado en la costura. Su esposa lo vio en ese instante, vestido como el día de su matrimonio. Sólo entonces advirtió cuánto había envejecido su esposo.

-Estás como para un acontecimiento -dijo. -Este entierro es un acontecimiento -dijo el coronel-. Es el primer muerto de muerte natural que tenemos en muchos años.

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con el cornetín en las manos. Cuando levantó la cabeza para buscar el aire por encima de los gritos vio la caja tapada dando tumbos hacia la puerta por una pendiente de flores que se despedazaban contra las paredes. Sudó. Le dolían las articulaciones. Un momento después supo que estaba en la calle porque la llovizna le maltrató los párpados y alguien lo agarró por el brazo y le dijo:

Apúrese, compadre, lo estaba esperando. Era don Sabas, el padrino de su hijo muerto, el único dirigente de su partido que escapó a la persecución política y continuaba viviendo en el pueblo. «Gracias, compadre», dijo el coronel, y caminó en silencio bajo el paraguas. La banda inició la marcha fúnebre. El coronel advirtió la falta de un cobre y por primera vez tuvo la certidumbre de que el muerto estaba muerto.

-El pobre -murmuró. Don Sabas carraspeó. Sostenía el paraguas con la mano izquierda, el mango casi a la altura de la cabeza pues era más bajo que el coronel. Los hombres empezaron a conversar cuando el cortejo abandonó la plaza. Don Sabas volvió entonces hacia el coronel su rostro desconsolado, y dijo:

-Compadre, qué hay del gallo. Ahí está el gallo -respondió el coronel. En ese instante se oyó un grito: -¿Adónde van con ese muerto? El coronel levantó la vista. Vio al alcalde en el balcón del cuartel en una actitud discursiva. Estaba en calzoncillos y franela, hinchada la mejilla sin afeitar. Los músicos suspendieron la marcha fúnebre. Un momento después el coronel reconoció la voz del padre Ángel conversando a gritos con el alcalde. Descifró el diálogo a través de la crepitación de la lluvia sobre los paraguas.

-¿Entonces? -preguntó don Sabas. -Entonces nada -respondió el coronel-. Que el entierro no puede pasar frente al cuartel de la policía.

-Se me había olvidado -exclamó don Sabas-. Siempre se me olvida que estamos en estado de sitio.

-Pero esto no es una insurrección -dijo el coronel-. Es un pobre músico muerto. El cortejo cambió de sentido. En los barrios bajos las mujeres lo vieron pasar mordiéndose las uñas en silencio. Pero después salieron al medio de la calle y lanzaron gritos de alabanzas, de gratitud y despedida, como si creyeran que el muerto las escuchaba dentro del ataúd. El coronel se sintió mal en el cementerio. Cuando don Sabas lo empujó hacia la pared para dar paso a los hombres que transportaban al muerto, volvió su cara sonriente hacia él, pero se encontró con un rostro duro.

-Qué le pasa, compadre -preguntó. El coronel suspiró. -Es octubre, compadre. Regresaron por la misma calle. Había escampado. El cielo se hizo profundo, de un azul intenso. «Ya no llueve más», pensó el coronel, y se sintió mejor, pero continuó absorto. Don Sabas lo interrumpió.

-Compadre, hágase ver del médico.

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-No estoy enfermo -dijo el coronel-. Lo que pasa es que en octubre siento como si tuviera animales en las tripas.

«Ah», hizo don Sabas. Y se despidió en la puerta de su casa, un edificio nuevo, de dos pisos, con ventanas de hierro forjado. El coronel se dirigió a la suya desesperado por abandonar el traje de ceremonias. Volvió a salir un momento después a comprar en la tienda de la esquina un tarro de café y media libra de maíz para el gallo.

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correos subió a la lancha, desató el saco y se lo echó a la espalda, el coronel lo tuvo a la vista.

Lo persiguió por la calle paralela al puerto, un laberinto de almacenes y barracas con mercancías de colores en exhibición. Cada vez que lo hacía, el coronel experimentaba una ansiedad muy distinta pero tan apremiante como el terror. El médico esperaba los periódicos en la oficina de correos.

-Mi esposa le manda preguntar si en la casa le echaron agua caliente, doctor -le dijo el coronel.

Era un médico joven con el cráneo cubierto de rizos charolados. Había algo increíble en la perfección de su sistema dental. Se interesó por la salud de la asmática. El coronel suministró una información detallada sin descuidar los movimientos del administrador que distribuía las cartas en las casillas clasificadas. Su indolente manera de actuar exasperaba al coronel.

El médico recibió la correspondencia con el paquete de los periódicos. Puso a un lado los boletines de propaganda científica. Luego leyó superficialmente las cartas personales. Mientras tanto, el administrador distribuyó el correo entre los destinatarios presentes. El coronel observó la casilla que le correspondía en el alfabeto. Una carta aérea de bordes azules aumentó la tensión de sus nervios.

El médico rompió el sello de los periódicos. Se informó de las noticias destacadas mientras el coronel -fija la vista en su casilla- esperaba que el administrador se detuviera frente a ella. Pero no lo hizo. El médico interrumpió la lectura de los periódicos. Miró al coronel. Después miró al administrador sentado frente a los instrumentos del telégrafo y después otra vez al coronel.

-Nos vamos -dijo. El administrador no levantó la cabeza. -Nada para el coronel -dijo. El coronel se sintió avergonzado. -No esperaba nada -mintió. Volvió hacia el médico una mirada enteramente infantil-. Yo no tengo quien me escriba.

Regresaron en silencio. El médico concentrado en los periódicos. El coronel con su manera de andar habitual que parecía la de un hombre que desanda el camino para buscar una moneda perdida. Era una tarde lúcida. Los almendros de la plaza soltaban sus últimas hojas podridas. Empezaba a anochecer cuando llegaron a la puerta del consultorio.

-Qué hay de noticias -preguntó el coronel. El médico le dio varios periódicos. -No se sabe -dijo-. Es difícil leer entre líneas lo que permite publicar la censura. El coronel leyó los titulares destacados. Noticias internacionales. Arriba, a cuatro columnas, una crónica sobre la nacionalización del canal de Suez. La primera página estaba casi completamente ocupada por las invitaciones a un entierro.

-No hay esperanzas de elecciones -dijo el coronel. -No sea ingenuo, coronel -dijo el médico-. Ya nosotros estamos muy grandes para esperar al Mesías.

El coronel trató de devolverle los periódicos pero el médico se opuso. -Lléveselos para su casa -dijo-. Los lee esta noche y me los devuelve mañana.

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Un poco después de las siete sonaron en la torre las campanadas de la censura cinematográfica. El padre Ángel utilizaba ese medio para divulgar la calificación moral de la película de acuerdo con la lista clasificada que recibía todos los meses por correo. La esposa del coronel contó doce campanadas.

-Mala para todos -dijo-. Hace como un año que las películas son malas para todos. Bajó la tolda del mosquitero y murmuró: «El mundo está corrompido». Pero el coronel no hizo ningún comentario. Antes de acostarse amarró el gallo a la pata de la cama. Cerró la casa y fumigó insecticida en el dormitorio. Luego puso la lámpara en el suelo, colgó la hamaca y se acostó a leer los periódicos.

Los leyó por orden cronológico y desde la primera página hasta la última, incluso los avisos. A las once sonó el clarín del toque de queda. El coronel concluyó la lectura media hora más tarde, abrió la puerta del patio hacia la noche impenetrable, y orinó contra el horcón, acosado por los zancudos. Su esposa estaba despierta cuando él regresó al cuarto.

-No dicen nada de los veteranos -preguntó. -Nada -dijo el coronel. Apagó la lámpara antes de meterse en la hamaca-. Al principio por lo menos publicaban la lista de los nuevos pensionados. Pero hace como cinco años que no dicen nada.

Llovió después de la medianoche. El coronel concilió el sueño pero despertó un momento después alarmado por sus intestinos. Descubrió una gotera en algún lugar de la casa. Envuelto en una manta de lana hasta la cabeza trató de localizar la gotera en la oscuridad. Un hilo de sudor helado resbaló por su columna vertebral. Tenía fiebre. Se sintió flotando en círculos concéntricos dentro de un estanque de gelatina. Alguien habló. El coronel respondió desde su catre de revolucionario.

-Con quién hablas -preguntó la mujer. -Con el inglés disfrazado de tigre que apareció en el campamento del coronel Aureliano Buendía -respondió el coronel. Se revolvió en la hamaca, hirviendo en la fiebre-. Era el duque de Marlborough.

Amaneció estragado. Al segundo toque para misa saltó de la hamaca y se instaló en una realidad turbia alborotada por el canto del gallo. Su cabeza giraba todavía en círculos concéntricos. Sintió náuseas. Salió al patio y se dirigió al excusado a través del minucioso cuchicheo y los sombríos olores del invierno. El interior del cuartito de madera con techo de zinc estaba enrarecido por el vapor amoniacal del bacinete. Cuando el coronel levantó la tapa surgió del pozo un vaho de moscas triangulares.

Era una falsa alarma. Acuclillado en la plataforma de tablas sin cepillar experimentó la desazón del anhelo frustrado. El apremio fue sustituido por un dolor sordo en el tubo digestivo. «No hay duda», murmuró. «Siempre me sucede lo mismo en octubre.» Y asumió su actitud de confiada e inocente expectativa hasta cuando se apaciguaron los hongos de sus vísceras. Entonces volvió al cuarto por el gallo.

-Anoche estabas delirando de fiebre- dijo la mujer. Había comenzado a poner orden en el cuarto, repuesta de una semana de crisis. El coronel hizo un esfuerzo para recordar.

-No era fiebre -mintió-. Era otra vez el sueño de las telarañas. Como ocurría siempre, la mujer surgió excitada de la crisis. En el curso de la mañana volteó la casa al revés. Cambió el lugar de cada cosa, salvo el reloj y el cuadro de la ninfa. Era tan menuda y elástica que cuando transitaba con sus babuchas de

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«No era fiebre», insistió, recobrando su compostura. «Además -dijo-, el día que me sienta mal no me pongo en manos de nadie. Me boto yo mismo en el cajón de la basura.»

Fue al cuarto a buscar los periódicos. -Gracias por la flor -dijo el médico. Caminaron juntos hacia la plaza. El aire estaba seco. El betún de las calles empezaba a fundirse con el calor. Cuando el médico se despidió, el coronel le preguntó en voz baja, con los dientes apretados:

-Cuánto le debemos, doctor. -Por ahora nada -dijo el médico, y le dio una palmadita en la espalda-. Ya le pasaré una cuenta gorda cuando gane el gallo.

El coronel se dirigió a la sastrería a llevar la carta clandestina a los compañeros de Agustín. Era su único refugio desde cuando sus copartidarios fueron muertos o expulsados del pueblo, y él quedó convertido en un hombre solo sin otra ocupación que esperar el correo todos los viernes.

El calor de la tarde estimuló el dinamismo de la mujer. Sentada entre las begonias del corredor junto a una caja de ropa inservible, hizo otra vez el eterno milagro de sacar prendas nuevas de la nada. Hizo cuellos de mangas y puños de tela de la espalda y remiendos cuadrados, perfectos, aun con retazos de diferente color. Una cigarra instaló su pito en el patio. El sol maduró. Pero ella no lo vio agonizar sobre las begonias. Sólo levantó la cabeza al anochecer cuando el coronel volvió a la casa. Entonces se apretó el cuello con las dos manos, se desajustó las coyunturas; dijo: «Tengo el cerebro tieso como un palo».

-Siempre lo has tenido así -dijo el coronel, pero luego observó el cuerpo de la mujer enteramente cubierto de retazos de colores-. Pareces un pájaro carpintero.

-Hay que ser medio carpintero para vestirte -dijo ella. Extendió una camisa fabricada con género de tres colores diferentes, salvo el cuello y los puños que eran del mismo color-. En los carnavales te bastará con quitarte el saco.

La interrumpieron las campanadas de las seis. «El ángel del Señor anunció a María», rezó en voz alta, dirigiéndose con la ropa al dormitorio. El coronel conversó con los niños que al salir de la escuela habían ido a contemplar el gallo. Luego recordó que no había maíz para el día siguiente y entró al dormitorio a pedir dinero a su mujer.

-Creo que ya no quedan sino cincuenta centavos -dijo ella. Guardaba el dinero bajo la estera de la cama, anudado en la punta de un pañuelo. Era el producto de la máquina de coser de Agustín. Durante nueve meses habían gastado ese dinero centavo a centavo, repartiéndolo entre sus propias necesidades y las necesidades del gallo. Ahora sólo había dos monedas de a veinte y una de a diez centavos.

-Compras una libra de maíz -dijo la mujer-. Compras con los vueltos el café de mañana y cuatro onzas de queso.

-Y un elefante dorado para colgarlo en la puerta -prosiguió el coronel-. Sólo el maíz cuesta cuarenta y dos.

Pensaron un momento. «El gallo es un animal y por lo mismo puede esperar», dijo la mujer inicialmente. Pero la expresión de su marido la obligó a reflexionar. El coronel se sentó en la cama, los codos apoyados en las rodillas, haciendo sonar las monedas entre las manos. «No es por mí», dijo al cabo de un momento. «Si de mí dependiera

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haría esta misma noche un sancocho de gallo. Debe ser muy buena una indigestión de cincuenta pesos.» Hizo una pausa para destripar un zancudo en el cuello. Luego siguió a su mujer con la mirada alrededor del cuarto.

-Lo que me preocupa es que esos pobres muchachos están ahorrando. Entonces ella empezó a pensar. Dio una vuelta completa con la bomba de insecticida. El coronel descubrió algo de irreal en su actitud, como si estuviera convocando para consultarlos a los espíritus de la casa. Por último puso la bomba sobre el altarcillo de litografías y fijó sus ojos color de almíbar en los ojos color de almíbar del coronel.

-Compra el maíz -dijo-. Ya sabrá Dios cómo hacemos nosotros para arreglarnos.

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Además, en el mar hay barcos anclados en permanente contacto con los aviones nocturnos -siguió diciendo el médico-. Con tantas precauciones es más seguro que una lancha.

El coronel lo miró. -Por supuesto -dijo-. Debe ser como las alfombras. El administrador se dirigió directamente hacia ellos. El coronel retrocedió impulsado por una ansiedad irresistible tratando de descifrar el nombre escrito en el sobre lacrado. El administrador abrió el saco. Entregó al médico el paquete de los periódicos. Luego desgarró el sobre de la correspondencia privada, verificó la exactitud de la remesa y leyó en las cartas los nombres de los destinatarios. El médico abrió los periódicos.

-Todavía el problema de Suez -dijo, leyendo los titulares destacados-. El occidente pierde terreno.

El coronel no leyó los titulares. Hizo un esfuerzo para reaccionar contra su estómago. «Desde que hay censura los periódicos no hablan sino de Europa», dijo. «Lo mejor será que los europeos se vengan para acá y que nosotros nos vayamos para Europa. Así sabrá todo el mundo lo que pasa en su respectivo país.»

-Para los europeos América del Sur es un hombre de bigotes, con una guitarra y un revólver -dijo el médico, riendo sobre el periódico-. No entienden el problema.

El administrador le entregó la correspondencia. Metió el resto en el saco y lo volvió a cerrar. El médico se dispuso a leer dos cartas personales. Pero antes de romper los sobres miró al coronel. Luego miró al administrador.

-¿Nada para el coronel? El coronel sintió el terror. El administrador se echó el saco al hombro, bajó el andén y respondió sin volver la cabeza:

-El coronel no tiene quien le escriba. Contrariando su costumbre no se dirigió directamente a la casa. Tomó café en la sastrería mientras los compañeros de Agustín hojeaban los periódicos.

Se sentía defraudado. Habría preferido permanecer allí hasta el viernes siguiente para no presentarse esa noche ante su mujer con las manos vacías. Pero cuando cerraron la sastrería tuvo que hacerle frente a la realidad. La mujer lo esperaba.

-Nada -preguntó. -Nada -respondió el coronel. El viernes siguiente volvió a las lanchas. Y como todos los viernes regresó a su casa sin la carta esperada.

«Ya hemos cumplido con esperar», le dijo esa noche su mujer. «Se necesita tener esa paciencia de buey que tú tienes para esperar una carta durante quince años.» El coronel se metió en la hamaca a leer los periódicos.

-Hay que esperar el turno -dijo-. Nuestro número es el mil ochocientos veintitrés. -Desde que estamos esperando, ese número ha salido dos veces en la lotería -replicó la mujer.

El coronel leyó, como siempre, desde la primera página hasta la última, incluso los avisos. Pero esta vez no se concentró. Durante la lectura pensó en su pensión de veterano. Diecinueve años antes, cuando el congreso promulgó la ley, se inició un

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proceso de justificación que duró ocho años. Luego necesitó seis años más para hacerse incluir en el escalafón. Esa fue la última carta que recibió el coronel.

Terminó después del toque de queda. Cuando iba a apagar la lámpara cayó en la cuenta de que su mujer estaba despierta.

-¿Tienes todavía aquel recorte? La mujer pensó. -Sí. Debe estar con los otros papeles. Salió del mosquitero y extrajo del armario un cofre de madera con un paquete de cartas ordenadas por las fechas y aseguradas con una cinta elástica. Localizó un anuncio de una agencia de abogados que se comprometía a una gestión activa de las pensiones de guerra.

-Desde que estoy con el tema de que cambies de abogado ya hubiéramos tenido tiempo hasta de gastarnos la plata -dijo la mujer, entregando a su marido el recorte de periódico-. Nada sacamos con que nos la metan en el cajón como a los indios.

El coronel leyó el recorte fechado dos años antes. Lo guardó en el bolsillo de la camisa colgada detrás de la puerta.

-Lo malo es que para el cambio de abogado se necesita dinero. -Nada de eso -decidió la mujer-. Se les escribe diciendo que descuenten lo que sea de la misma pensión cuando la cobren. Es la única manera de que se interesen en el asunto.

Así que el sábado en la tarde el coronel fue a visitar a su abogado. Lo encontró tendido a la bartola en una hamaca. Era un negro monumental sin nada más que los dos colmillos en la mandíbula superior. Metió los pies en unas pantuflas con suelas de madera y abrió la ventana del despacho sobre una polvorienta pianola con papeles embutidos en los espacios de los rollos: recortes del «Diario Oficial» pegados con goma en viejos cuadernos de contabilidad y una colección salteada de los boletines de la contraloría. La pianola sin teclas servía al mismo tiempo de escritorio. El abogado se sentó en una silla de resortes. El coronel expuso su inquietud antes de revelar el propósito de su visita.

«Yo le advertí que la cosa no era de un día para el otro», dijo el abogado en una pausa del coronel. Estaba aplastado por el calor. Forzó hacia atrás los resortes de la silla y se abanicó con un cartón de propaganda.

-Mis agentes me escriben con frecuencia diciendo que no hay que desesperarse. -Es lo mismo desde hace quince años -replicó el coronel-. Esto empieza a parecerse al cuento del gallo capón.

El abogado hizo una descripción muy gráfica de los vericuetos administrativos. La silla era demasiado estrecha para sus nalgas otoñales. «Hace quince años era más fácil», dijo. «Entonces existía la asociación municipal de veteranos compuesta por elementos de los dos partidos.» Se llenó los pulmones de un aire abrasante y pronunció la sentencia como si acabara de inventarla:

-La unión hace la fuerza. -En este caso no la hizo -dijo el coronel, por primera vez dándose cuenta de su soledad-. Todos mis compañeros se murieron esperando el correo.

El abogado no se alteró.

Gabriel García Márquez

-Cuáles. -La justificación. El abogado se abrió de brazos. -Eso sí que será imposible, coronel. El coronel se alarmó. Como tesorero de la revolución en la circunscripción de Macondo había realizado un penoso viaje de seis días con los fondos de la guerra civil en dos baúles amarrados al lomo de una mula. Llegó al campamento de Neerlandia arrastrando la mula muerta de hambre media hora antes de que se firmara el tratado. El coronel Aureliano Buendía -intendente general de las fuerzas revolucionarias en el litoral Atlántico- extendió el recibo de los fondos e incluyó los dos baúles en el inventario de la rendición.

-Son documentos de un valor incalculable -dijo el coronel-. Hay un recibo escrito de su puño y letra del coronel Aureliano Buendía.

-De acuerdo -dijo el abogado-. Pero esos documentos han pasado por miles y miles de manos en miles y miles de oficinas hasta llegar a quién sabe qué departamentos del ministerio de guerra.

-Unos documentos de esa índole no pueden pasar inadvertidos para ningún funcionario -dijo el coronel.

-Pero en los últimos quince años han cambiado muchas veces los funcionarios -precisó el abogado-. Piense usted que ha habido siete presidentes y que cada presidente cambió por lo menos diez veces su gabinete y que cada ministro cambió sus empleados por lo menos cien veces.

-Pero nadie pudo llevarse los documentos para su casa -dijo el coronel-. Cada nuevo funcionario debió encontrarlos en su sitio.

El abogado se desesperó. -Además, si esos papeles salen ahora del ministerio tendrán que someterse a un nuevo turno para el escalafón.

-No importa -dijo el coronel. -Será cuestión de siglos. -No importa. El que espera lo mucho espera lo poco.

Gabriel García Márquez

Llevó a la mesita de la sala un bloc .de papel rayado, la pluma, el tintero y una hoja de papel secante, y dejó abierta la puerta del cuarto por si tenia que consultar algo con su mujer. Ella rezó el rosario.

-¿A cómo estamos hoy? -27 de octubre. Escribió con una compostura aplicada, puesta la mano con la pluma en la hoja de papel secante, recta la columna vertebral para favorecer la respiración, como le enseñaron en la escuela. El calor se hizo insoportable en la sala cerrada. Una gota de sudor cayó en la carta. El coronel la recogió en el papel secante. Después trató de raspar las palabras disueltas, pero hizo un borrón. No se desesperó. Escribió una llamada y anotó al margen: «derechos adquiridos». Luego leyó todo el párrafo.

-¿Qué día me incluyeron en el escalafón? La mujer no interrumpió la oración para pensar. -12 de agosto de 1949. Un momento después empezó a llover. El coronel llenó una hoja de garabatos grandes, un poco infantiles, los mismos que le enseñaron en la escuela pública de Manaure. Luego una segunda hoja hasta la mitad, y firmó.

Leyó la carta a su mujer. Ella aprobó cada frase con la cabeza. Cuando terminó la lectura el coronel cerró el sobre y apagó la lámpara.

-Puedes decirle a alguien que te la saque a máquina. -No -respondió el coronel-. Ya estoy cansado de andar pidiendo favores. Durante media hora sintió la lluvia contra las palmas del techo. El pueblo se hundió en el diluvio. Después del toque de queda empezó la gota en algún lugar de la casa.

-Esto se ha debido hacer desde hace mucho tiempo -dijo la mujer-. Siempre es mejor entenderse directamente.

-Nunca es demasiado tarde -dijo el coronel, pendiente de la gotera-. Puede ser que todo esté resuelto cuando se cumpla la hipoteca de la casa.

-Faltan dos años -dijo la mujer. Él encendió la lámpara para localizar la gotera en la sala. Puso debajo el tarro del gallo y regresó al dormitorio perseguido por el ruido metálico del agua en la lata vacía.

-Es posible que por el interés de ganarse la plata lo resuelvan antes de enero -dijo, y se convenció a sí mismo-. Para entonces Agustín habrá cumplido su año y podremos ir al cine.

Ella rió en voz baja. «Ya ni siquiera me acuerdo de los monicongos», dijo. El coronel trató de verla a través del mosquitero.

-¿Cuándo fuiste al cine por última vez? -En 1931 -dijo ella-. Daban «La voluntad del muerto». -¿Hubo puños? -No se supo nunca. El aguacero se desgajó cuando el fantasma trataba de robarle el collar a la muchacha.

Los durmió el rumor de la lluvia. El coronel sintió un ligero malestar en los intestinos. Pero no se alarmó. Estaba a punto de sobrevivir a un nuevo octubre. Se