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Asignatura: Hacienda Pública, Profesor: anonimo/a anonimo/a, Carrera: Ciencias Políticas y de la Administración, Universidad: USC
Tipo: Apuntes
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¡No te pierdas las partes importantes!





























































































El 1 % de población tiene lo que el 99 % necesita
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"Quién recibe una idea de mí, recibe instrucción sin disminuir la mía; igual que quién enciende su vela con la mía, recibe luz sin que yo quede a oscuras" , —Thomas Jefferson
Para otras publicaciones visite www.lecturasinegoismo.com Referencia: 4581
"A los estadounidenses les gusta pensar en su país como una tierra de oportunidades, opinión que otros en buena medida comparten. Pero aunque es fácil pensar ejemplos de estadounidenses que subieron a la cima por sus propios medios, lo que en verdad cuenta son las estadísticas: ¿hasta qué punto las oportunidades que tendrá una persona a lo largo de su vida dependen de los ingresos y la educación de sus padres? En la actualidad, estas cifras muestran que el sueño americano es un mito." Joseph E. Stiglitz.
El 1 % de la población disfruta de las mejores viviendas, la mejor educación, los mejores médicos y el mejor nivel de vida, pero hay una cosa que el dinero no puede comprar: la comprensión de que su destino está ligado a cómo vive el otro 99 %. A lo largo de la historia esto es algo que esa minoría solo ha logrado entender… cuando ya era demasiado tarde. Las consecuencias de la desigualdad son conocidas: altos índices de criminalidad, problemas sanitarios, menores niveles de educación, de cohesión social y de esperanza de vida. Pero ¿cuáles son sus causas, por qué está creciendo con tanta rapidez y cuál es su efecto sobre la economía? El precio de la desigualdad proporciona las esperadas respuestas a estas apremiantes cuestiones en una de las más brillantes contribuciones de un economista al debate público de los últimos años. El premio Nobel Joseph Stiglitz muestra cómo los mercados por sí solos no son ni eficientes ni estables y tienden a acumular la riqueza en manos de unos pocos más que a promover la competencia. Revela además cómo las políticas de gobiernos e instituciones son propensas a acentuar esta tendencia, influyendo sobre los mercados en modos que dan ventaja a los más ricos frente al resto. La democracia y el imperio de la ley se ven a su vez debilitados por la cada vez mayor concentración del poder en manos de los más
Para Siobhan, Michael, Edward y Julia , con la esperanza de que hereden un mundo y un país menos divididos
ESPAÑA está en una depresión. Esa es la única palabra que cabe utilizar para describir la economía, con casi uno de cada cuatro trabajadores en el paro y una tasa de desempleo juvenil del 50 por ciento (en el momento del cierre de este libro). El pronóstico para el futuro inmediato es más de lo mismo, acaso un poco peor. Y ello a pesar de las promesas del gobierno y de los altos funcionarios internacionales en el sentido de que, con los paquetes de austeridad que recetaron para España, el crecimiento a estas alturas ya se habría recuperado. Estos han subestimado reiteradamente la magnitud de la crisis que iban a provocar sus políticas, y, por consiguiente, han subestimado una y otra vez los beneficios fiscales que se derivarían de ellas: las crisis más profundas inevitablemente provocan una disminución de los ingresos y un aumento de los gastos por los programas de desempleo y las políticas sociales. Aunque después intenten achacar la responsabilidad a España por incumplir los objetivos fiscales, lo cierto es que a quien hay que echarle la culpa es a su error de diagnóstico para el problema y a la consiguiente receta equivocada.
Este libro explica cómo las políticas económicas erróneas pueden dar lugar simultáneamente a una mayor desigualdad y a un menor crecimiento, y las políticas que se están adoptando en España, y en Europa en general, suponen un ejemplo perfecto. Durante los años previos a la crisis (sobre todo entre 1985 y 2000) España representaba un caso bastante atípico, en el sentido de que disminuyó la desigualdad en las rentas netas del trabajo y en la renta disponible de las familias(). Aunque se redujo la desigualdad antes de impuestos, el gobierno «corrigió» la distribución de la renta a través de importantes políticas sociales y de medidas destinadas a mejorar la sanidad pública, y siguió haciéndolo a lo largo de los primeros años de la crisis(). Pero actualmente la prolongada recesión ha provocado un drástico aumento de la desigualdad(**).
perfecta, de unos mercados perfectos y de una información perfecta).
En algunos casos, la ideología hizo poco más que disimular los intentos por parte de algunos intereses particulares de cosechar más beneficios. Se estableció un vínculo entre los bancos, los promotores inmobiliarios y algunos políticos: se dejó a un lado y/o no se hizo cumplir eficazmente la normativa medioambiental y de recalificación de terrenos; los bancos no solo no estaban adecuadamente regulados, sino que la escasa normativa existente no se hacía cumplir rigurosamente. Hubo una fiesta. El dinero fluía por doquier. Una parte de ese dinero fluía hacia los políticos que habían permitido que aquello ocurriera, ya fuera en forma de contribuciones a las campañas electorales o de lucrativos empleos después de desempeñar altos cargos en la Administración. También aumentaron los ingresos por impuestos, y los políticos podían alardear al mismo tiempo del crecimiento que había provocado la burbuja inmobiliaria y de la mejora de la situación fiscal del país. Pero todo aquello no era más que un espejismo: la economía se apoyaba en unos cimientos endebles e insostenibles.
En Europa, las ideas neoliberales y fundamentalistas del mercado están integradas en la infraestructura económica básica que subyace a la Unión Europea, y sobre todo a la eurozona. Se suponía que esos principios darían lugar a una eficiencia y a una estabilidad mayores; y que todo el mundo, o eso se creía, iba a beneficiarse del aumento del crecimiento, de modo que se prestó poca atención a las consecuencias que las nuevas reglas iban a tener para la desigualdad.
De hecho, esos principios han traído consigo un menor crecimiento y una mayor inestabilidad. Y en la mayoría de los países de la Unión Europea, incluso antes de la crisis, pero todavía más después, a los de abajo y a los de en medio no les han ido bien las cosas. Este libro expone muchas de las falacias que contiene la ideología fundamentalista del mercado y explica
por qué han fracasado una y otra vez las políticas basadas en ella. Pero vale la pena examinar con más detalle cómo se han desarrollado esas cuestiones en Europa.
Consideremos el principio de la libertad de circulación de los trabajadores. Se suponía que iba a dar lugar a una asignación eficiente de la mano de obra, y en algunos casos eso puede ser cierto. Pero con unos niveles de endeudamiento tan elevados en numerosos países, los jóvenes pueden eludir el pago de las deudas de sus padres simplemente emigrando; los impuestos destinados al pago de esas deudas provocan una emigración ineficiente. Pero ello también genera una dinámica adversa: a medida que los jóvenes emigran, aumenta la carga fiscal sobre los demás, y ello trae consigo mayores incentivos para la emigración ineficiente.
O consideremos el principio de la libre circulación de las mercancías, combinado con la incapacidad de conseguir una armonización fiscal. Las empresas (y las personas) tienen incentivos para trasladarse a una jurisdicción con impuestos más bajos, desde la que pueden enviar sus mercancías a cualquier punto de la Unión Europea. La ubicación de las empresas no se basa en dónde resulta más eficiente la producción, sino en dónde son más bajos los impuestos. Ello, a su vez, desencadena una competición a la baja: crea una presión no solo para reducir los impuestos al capital y a las grandes empresas, sino también para bajar los salarios y empeorar las condiciones de trabajo. La carga de la fiscalidad se traslada a los trabajadores. Y como una gran parte de la desigualdad está asociada a la desigualdad en los beneficios del capital y en los dividendos de las grandes empresas, la desigualdad de ingresos en su conjunto (después de impuestos y transferencias) aumenta de forma inevitable.
El denominado principio del mercado único, por el que un banco regulado por cualquier gobierno europeo puede operar en cualquier lugar de la Unión Europea, combinado con la libre circulación del capital, probablemente representa lo peor de las
Actualmente, hay otros aspectos del marco económico de Europa que contribuyen a agravar sus problemas: el banco central Europeo se centra de forma inquebrantable en la inflación (a diferencia de Estados Unidos, donde el mandato del banco central incluye el crecimiento, el empleo y la estabilidad financiera). En el capítulo 9 se explica por qué centrarse en la inflación contribuye a una mayor desigualdad. Pero actualmente, la diferencia entre esos mandatos es especialmente perjudicial para Europa. Como Estados Unidos ha reducido sus tipos de interés prácticamente a cero y Europa no, el euro está más fuerte que en otras circunstancias, y eso debilita las exportaciones y fortalece las importaciones, lo que destruye más empleos todavía.
El problema fundamental del euro fue que eliminó dos de los mecanismos esenciales para realizar ajustes frente a una crisis que afectó de una forma diferente a unos países y a otros —los mecanismos del tipo de interés y del tipo de cambio— sin sustituirlos por nada. La eurozona no era lo que los economistas denominan un «área monetaria óptima», un grupo de países donde resulta viable compartir la misma moneda. Cuando los países se enfrentan a una crisis, una forma que tienen de adaptarse es mediante el tipo de cambio. Eso es válido incluso para países similares, como Estados Unidos y Canadá; el tipo de cambio entre ambos ha sufrido acusadas variaciones. Pero el euro impone una limitación a los ajustes.
Algunos sugieren que una alternativa a modificar el tipo de cambio es reducir todos los salarios y los precios dentro de un país. Eso se denomina devaluación interna. Si la devaluación interna resultara fácil, el patrón oro no habría supuesto un límite para los ajustes durante la Gran Depresión. Resulta más fácil que los países como Alemania realicen ajustes a través de una apreciación real de su divisa (como está haciendo actualmente China) que un ajuste por parte de sus socios comerciales mediante una depreciación real de su moneda. La apreciación real puede lograrse mediante la inflación. Es más
fácil conseguir una inflación moderada que un nivel equivalente de deflación. Pero Alemania se ha mostrado reacia hasta el momento.
La consecuencia de que el tipo de cambio real de Alemania sea demasiado bajo es exactamente la misma que en el caso de China: tiene un superávit (al igual que China), y sus socios comerciales (como España) tienen un déficit comercial. Cuando existen desequilibrios, la responsabilidad es tanto del país con superávit como del país deficitario, y la carga del ajuste debería recaer en el país donde resulta más fácil realizarlo. Esa es la doctrina que ha proclamado el resto del mundo en sus negociaciones con China. Esta ha respondido con un sustancial aumento de su tipo de cambio real a partir de 2005. Pero el ajuste correspondiente no se ha producido dentro de Europa.
No todos los países pueden tener superávit, y por tanto la idea de algunos círculos económicos alemanes de que los demás deberían imitar sus políticas resulta, en cierto sentido, sencillamente incoherente. Por cada superávit tiene que haber un déficit. Y, particularmente hoy en día, los países con superávit están imponiendo un coste a los demás: actualmente, el problema mundial es una falta de demanda agregada global, un problema al que contribuyen los superávits comerciales.
Resulta aleccionador comparar Europa con Estados Unidos. Los cincuenta estados de la Unión comparten una moneda común. Pueden servir de ejemplo algunas diferencias entre Estados Unidos, donde existe una divisa común, que funciona, y Europa. En Estados Unidos, dos tercios de todo el gasto público corre a cargo de la Administración central. El gobierno federal asume la mayor parte de las prestaciones sociales, del seguro de desempleo y de las inversiones en capital, como las carreteras y la I + D. Las políticas anticíclicas son asunto del gobierno federal. El gobierno federal respalda a los bancos —incluso a la mayor parte de los bancos de ámbito regional— a través de la Federal Deposit Insurance Corporation (FDIC). Hay libertad de movimientos, pero en Estados Unidos a
de abajo —a los que no les queda más remedio que gastárselo todo— la desigualdad da lugar a un debilitamiento de la economía. Se produce un círculo vicioso descendente. Y la austeridad lo exacerba todo. Hoy en día, el problema en Europa es una demanda agregada insuficiente. A medida que se prolonga la Depresión, los bancos están menos dispuestos a prestar dinero, los precios de la vivienda disminuyen, y las familias se empobrecen cada vez más y tienen un futuro cada vez más incierto, lo que contribuye ulteriormente a inhibir el consumo.
Ninguna economía grande —y Europa es una gran economía— ha conseguido salir de una crisis al tiempo que imponía austeridad. La austeridad, de forma inevitable y predecible, siempre empeora las cosas. Los únicos ejemplos donde el rigor fiscal ha ido acompañado de una recuperación se han dado en países pequeños, habitualmente con unos tipos de cambio flexibles, y cuyos socios comerciales crecían con solidez, de forma que las exportaciones llenaron el vacío creado por los recortes en el gasto público. Pero esa no es en absoluto la situación a la que se enfrenta España hoy en día: sus principales socios comerciales están en recesión, y el país no tiene poder de decisión sobre su tipo de cambio.
Los líderes europeos han reconocido que los problemas no se resolverán sin crecimiento. Pero no han conseguido explicar la forma de conseguir crecimiento con austeridad. De forma que también ellos proclaman que lo que hace falta es restablecer la confianza. La austeridad no genera ni crecimiento ni confianza. Las políticas fallidas de los dos últimos años por parte de Europa, a base de intentar poner parches de forma reiterada, errando en el diagnóstico de los problemas de Europa, han socavado la confianza. Como la austeridad ha acabado con el crecimiento, también ha destruido la confianza, y seguirá haciéndolo, independientemente de los muchos discursos que se pronuncien acerca de la importancia de la confianza y del crecimiento.
Las medidas de austeridad han sido particularmente ineficaces, porque el mercado se daba cuenta que iban a traer consigo recesiones, inestabilidad política, y unas decepcionantes mejoras en la situación fiscal, a medida que disminuyeran los ingresos fiscales. Las agencias de calificación bajaban la nota de los países que adoptaban medidas de austeridad, y con razón. La nota de España se redujo cuando se aprobaron las primeras medidas de austeridad: la agencia de calificación creía que España iba a cumplir lo que prometía, y sabía que eso significaba un bajo crecimiento y un aumento de sus problemas económicos.
Al mismo tiempo que la austeridad se diseñó para resolver la crisis de la «deuda soberana», a fin de salvar el sistema bancario, Europa se ha dedicado a adoptar una serie de medidas temporales igual de ineficaces. Durante el pasado año, Europa se ha entregado a una costosa e infructuosa estrategia de castillo de naipes para salir del atolladero: aportar más dinero a los bancos para comprar deudas soberanas contribuyó a apoyar las deudas soberanas; y aportar más dinero a las deudas soberanas contribuyó a apoyar a los bancos. Eso no era más que economía vudú, un regalo oculto a los bancos por valor de decenas de miles de millones de dólares, pero del que los mercados se dieron cuenta enseguida. Cada medida no suponía más que un paliativo a corto plazo, cuyos efectos se disipaban más deprisa de lo que habían advertido los expertos. Al quedar plenamente en evidencia la estrategia de castillo de naipes, se ha puesto en peligro el sistema financiero de los países en crisis. Finalmente, casi dos años y medio después del comienzo de la crisis, Europa aparentemente se dio cuenta de la insensatez de esa estrategia. Pero aun así, fue incapaz de diseñar una alternativa eficaz.
Hay un segundo flanco (además de poner en orden el ámbito fiscal) en la estrategia de Europa: las reformas estructurales destinadas a hacer más competitivas las economías con problemas. Las reformas estructurales son importantes, pero llevan tiempo y son medidas del lado de la
más favorable—. Si cada estado de la Unión fuera íntegramente responsable de su presupuesto, incluyendo el pago de las prestaciones por desempleo, también Estados Unidos sufriría una crisis fiscal. La lección es obvia: el todo es más que la suma de las partes. Europa tiene a su disposición distintas formas de actuar conjuntamente, más allá de las medidas que ya ha adoptado.
En Europa ya existen instituciones, como el Banco Europeo de Inversiones, que podrían contribuir a financiar las inversiones necesarias en las economías escasas de liquidez. Europa debería incrementar su crédito. Asimismo, deberían aumentar los fondos disponibles para apoyar a las pequeñas y medianas empresas; mientras que las grandes empresas podrían recurrir a los bancos de inversión. La contracción del crédito por parte de los bancos afecta de forma especialmente grave a esas empresas, y en todas las economías esas empresas son la fuente de creación de puestos de trabajo. Esas medidas ya están sobre la mesa, pero no es probable que sean suficientes.
Lo que hace falta es algo mucho más parecido a un Tesoro común: un fondo europeo de solidaridad más grande para la estabilización, o los eurobonos. Si Europa (y el BCE en particular) tuviera que pedir prestado, y a su vez prestar lo obtenido, disminuiría el coste de los intereses de la deuda de Europa, y eso dejaría margen para el tipo de gastos que podrían promover el crecimiento y el empleo.
Sin embargo, las políticas comunes que se están discutiendo actualmente son poco más que un pacto de suicidio: un acuerdo para limitar el gasto de acuerdo con los ingresos, incluso durante una recesión, sin un compromiso de los países que gozan de una posición más fuerte para ayudar a los más débiles. Una de las victorias de la Administración Clinton fue la derrota de un intento parecido por parte del Partido Republicano a fin de imponer una enmienda constitucional para garantizar un presupuesto equilibrado. Por
supuesto, no podíamos prever el derroche fiscal de la Administración Bush, ni las irresponsables políticas de desregulación, ni la inadecuada supervisión que dieron lugar al aumento astronómico de la deuda federal. Pero aunque lo hubiéramos previsto, estoy convencido de que habríamos llegado a la misma conclusión. Es un error no utilizar las herramientas de que dispone un país; una de las principales obligaciones de la economía moderna es mantener el pleno empleo, y es imposible que la política económica por si sola lo consiga.
En Alemania hay quien alega que Europa no es una unión de transferencias. Existen muchas relaciones económicas que no son uniones de transferencias —una zona de libre comercio es un ejemplo—. Pero el sistema de una moneda única pretendía ir más allá. Europa y Alemania tendrán que afrontar la realidad: si no están dispuestas a modificar el marco económico más allá de un acuerdo de austeridad fiscal, es imposible que el euro funcione. Es posible que sobreviva algún tiempo, y que provoque un terrible daño en sus estertores de muerte. Pero no logrará sobrevivir.
Análogamente, tan solo existe una salida para la crisis bancaria: un marco bancario común, un respaldo por parte de toda Europa al sistema financiero. No es de extrañar que los bancos que gozan de las subvenciones implícitas de los gobiernos que están en mejores condiciones financieras no quieran eso. Están disfrutando de una ventaja competitiva. Y en todas partes los banqueros tienen una excesiva influencia en sus gobiernos.
Las consecuencias serán profundas y duraderas. Los jóvenes que no consiguen encontrar un empleo digno durante mucho tiempo acaban frustrados. Cuando por fin encuentran un trabajo, es por un salario mucho menor. Normalmente, la juventud es el periodo en que se adquiere la cualificación. Hoy en día es un periodo en que la cualificación se atrofia. El activo más valioso de la sociedad, el talento de su gente, se está