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Asignatura: Mitología Clásica, Profesor: maria dolores castro jimenez, Carrera: Estudios Ingleses, Universidad: UCM
Tipo: Apuntes
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Mientras Eneas narraba sus viajes y el destino de los dioses, Dido era tomada por el fuego del amor que ella isma alimentaba en sus venas, sin poder apartar de sus sentidos y su ánimo la figura y el valor del héroe. A la mañana siguiente, se dirige a su hermana Ana, para confiarle los cuidados que la consumen. Aterrada por los sueños que su pasión le infunde, siente debilitarse el propósito que se había formando: permanecer fiel a la memoria de Siqueo su esposo, y no volver a unirse a varón alguno. (1-29). Ana contribuye a destruir aquel propósito, al hacerle ver que es joven y que las cenizas del difunto esposo no se preocupan de que ella ame de nuevo; además, la situación de su ciudad, que se ve cercada de enemigos, hace conveniente el apoyo de los troyanos, sin duda conducidos a Cartago por los dioses y Juno. Dido hará bien en hacer que Eneas y los suyos se queden a su lado, y con ese fin debe brindarles generosa hospitalidad. Las palabras de su hermana hacen que la reina se abandone a sus impulsos interiores y se decida a entregarse a su amor. Para pedir venia de los dioses, ambas hacen sacrificios en los templos. Dido, ansiosa, consulta inútilmente las entrañas de las víctimas, en tanto que dentro de ella crece la pasión irremediable.
Arrebatada por el amor, vaga furiosa por las calles de la ciudad; lleva a Eneas, para seducirlo, a lo alto de las murallas de Cartago, y le muestra de cuántas riquezas puede ser dueño; ni siquiera puede hablarle por la emoción y las palabras enamoradas quedan detenidas en su garganta. Noche a noche, solicita de Eneas que relate de nuevo sus trabajos; se tiende, después que él se va, en el lecho que antes ha ocupado; abraza a Ascanio, porque le recuerda la presencia de su padre. (30-85). Entre tanto, sin que la reina se ocupe en ellos, los trabajos de edificación de la urbe están detenidos; ni torres ni puertos ni muros se elevan ya, y la juventud ociosa ha menospreciado el ejercicio de las armas. Juno, que se percata de lo que sucede, decide tratar con Venus para resolver de alguna manera las dificultades que se le plantean. (86-92). No es mérito que dos diosas unidas venzan a una mujer. Por otra parte, lo más conveniente para Venus y Juno sería cesar en sus rivalidades, y aliarse para conseguir un fin común, la grandeza de Cartago regida por Eneas y Dido. Venus finge aceptar la proposición de Juno, con la sola condición de que sea aprobada por Júpiter. Juno promete conseguir su permiso, y expone a Venus el plan que ha elaborado: cuando salga el sol del siguiente día, la sidonia y el troyano irán juntos de cacería; cuando la cacería se esté desarrollando, la diosa provocará una tormenta que oscurecerá todo y los obligará a refugiarse en la misma caverna, a donde llegará ella misma a unirlos en matrimonio estable. La madre de Eneas, conocedora de la fragilidad del amor, asiente sonriendo. (93-128).
Al día siguiente en efecto, se inicia una gran cacería, a la que asiste lo más selecto de la juventud frigia y cartaginesa. Suntuosamente vestida va la reina, relumbrante de oro, en tanto que Eneas está tan bello que parece el mismo Apolo. Comienza el deporte de la caza y la persecución de cabras y ciervos espantados. Entre los cazadores destaca Ascanio, que desea que los dioses le deparen el encuentro con un león o un jabalí. Se desata entonces la tempestad preparada por Juno y todos buscan refugio. De acuerdo con el plan anunciado, Dido y Eneas llegan a la misma caverna. Juno, protectora de los matrimonios, da la señal, y el cielo tempestuoso es cómplice de lo que acontece. Ese día
fue la causa primera de los males que iban a sobrevenir; desde él Dido dejó de ocultar su amor, y mostró ante todos su deseo; disfraza la culpa con el nombre de connubio. (129-172).
La Fama, terrible deidad que difunde entre los hombres versiones de hechos en las que mezcla con igual empeño la verdad y la mentira, hace correr la noticia de las relaciones establecidas entre el caudillo troyano y la reina de Cartago, y la lleva hasta los oídos del númida Jarbas, antiguo pretendiente de ella, y lo llena de cólera y resentimiento. (173-197). Jarbas, adorador devoto de Júpiter, ora ante los altares del dios, y le pide que ponga remedio a la situación creada por la entrega de Dido al rey de los teucros. (198-218). Oye la plegaria el padre de los dioses, vuelve los ojos a Cartago y contempla allí a los amantes. Entonces llama a Mercurio, y le ordena que lleve a Eneas su mensaje: el caudillo de los dárdanos no fue salvado de las armas griegas para que se estableciera en Cartago, sino para propagar la sangre troyana en las tierras de Italia, y para que rigiera a éstas y gobernara con sus leyes el mundo. En el caso de que no quisiera cumplir esta obra por su propia gloria, deberá hacerlo por Ascanio y sus descendientes. Tiene, por consiguiente, que abandonar la ciudad y a su reina, y reanudar la navegación hacia donde lo determinaron los hados. (219-237).
Mercurio, obediente al mandato del padre, vuela hacia la tierra. Cuando llega a Cartago, encuentra allí a Eneas, con lujosas vestiduras cartaginesas, dedicado a levantar las torres y las casas de la ciudad. Se acerca a él, le transmite el mensaje divino, y desaparece después en el viento. El héroe de inmediato ansía cumplir las disposiciones de Júpiter y abandonar las tierras que ahora habita, por dulces que sean para él.
Con todo, teme lo que pueda hacer Dido al enterarse de su resolución y piensa en comunicársela lo más suave y oportunamente que sea posible. Por lo tanto, ordena a sus compañeros que dispongan armas y naves. (238-295). Dido, a pesar de las precauciones del troyano, se entera de sus intenciones; enloquecida, le acusa de traición y perjurio, y le ruega que no la abandone exponiendo ante él su amor y su debilidad, y la soledad en que se verá abandonada. (296-330). Le responde el amante angustiado: nunca negará el bien que recibió de la reina; pero él no pretendió en ningún momento la boda con ella. Su único deseo era restaurar para sí y los suyos a Troya destruida. Pero los dioses han dispuesto otra cosa: que viaje a Italia y que allí, finalmente, se establezca. Nada más le está permitido. La sombra de su padre y la esperanza de su hijo le exigen eso mismo. Incluso contra su voluntad, tiene que seguir hacia Italia. (331-361). La reina no puede comprenderlo. Indignada, recuerda todo cuanto hizo por él en su necesidad, y ve cómo ahora, olvidado, oculta su desdén con razones embusteras. No puede ella creer que los dioses se inquieten por causa de la vida de Eneas. Pero lo que éste hace no quedará ciertamente sin castigo. Sin acabar de decir lo que quería, corre Dido a su morada, donde las criadas la depositan en el lecho, y deja al hijo de Venus atemorizado y dudoso. (362-392).
A pesar de todo, él mantiene su decisión, y marcha a ver el trabajo de los compañeros que preparan la partida. Como las hormigas cuando llenan sus graneros para prevenir los rigores del invierno (34), se afanan ellos desde la ciudad a la costa. (393-407). Entre tanto, Dido, obligada por el amor que le impide dominarse, humilla su alma a la pasión
amor y su gloria, y enorgullecerse de haber construido una ciudad preclara; piensa una vez más en Eneas, sobre cuya espada se arroja en seguida. (630-665)
La noticia de la acción de la reina se esparce en la ciudad, y la remueve como una invasión o un incendio. Llega Ana junto a ella, y se lamenta de no haber compartido la suerte última de su hermana, y sube a la pira buscando recoger en su boca el aliento postrero de la moribunda. Ésta, herida, abre los ojos y gime al darse cuenta de que no puede morir. (665-692). Sólo hasta aquel punto, Juno siente piedad por el dolor de la que tanto la había venerado, y envía a Iris mensajera a que separe su alma y su cuerpo, unidos porque los dioses no se habían ocupado de disponer su muerte. Iris desciende y se posa junto a la cabeza de la reina; arranca de su frente un cabello para dedicarlo a los dioses del infierno, y al punto se suelta el alma y desaparece el calor, y la vida de la desventurada retrocede hacia el viento. (693-705).