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Asignatura: admi, Profesor: Milagros Alvarez, Carrera: Dret, Universidad: UB
Tipo: Apuntes
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Para Marion, Ben, Daniel y Max: vosotros sois mi nirvana
El día de nuestra muerte no tuvo ninguna gracia. Y ello no se debió únicamente a la muerte en sí. Para ser exactos: ésta tan sólo ocupó el puesto número seis de los peores momentos del día. En unos puestos por detrás —en el décimo— acabó el momento, sucedido un par de horas antes, en el que Sylvie, mi compañera de piso, se plantó delante de mi cama de Ikea, me destapó y me soltó: —Daisy, llevas cinco meses sin pagar el alquiler. —¿Y por eso me despiertas tan pronto? —me quejé. Mis ojos intentaron, en vano, acostumbrarse a la luz, y mi cabeza me dio a entender que el día anterior debería haberme bebido entre tres y ocho tequilas menos. —Son las dos de la tarde —repuso mordaz Sylvie. Llevaba su carca conjunto de estudiante-de-Derecho-en-el-último- semestre, mientras que yo estaba tumbada en ropa interior que olía a humo. —Pues eso, pronto. Me tapé la cabeza con la sábana, pero la muy asquerosa me la volvió a quitar. Después abrí un poco más los ojos y me di cuenta de que mis otros dos compañeros de piso también estaban en mi minicuarto, del que Sylvie había dicho una vez que había zonas arrasadas por un huracán que parecían más ordenadas. Ahí estaban, por un lado, Ayshe, la rolliza profesora de secundaria en ciernes, que más adelante quería dar clase a niños de emigrantes pobres para que pudiesen llegar a ser algo más que lo que se esperaba de ellos; y, por otro, Jannis, mi mejor amigo desde el colegio. Delgado y con gafas, era el único de los tres que no parecía de tan mal café como un salafista en un concierto de Miley Cyrus. —Tu rollo de anoche ha hecho pis de pie en nuestro retrete —me regañó Ayshe. Me puse de lado: el brasileño cachas al que me había llevado la noche anterior de la pista del Berghain ya se había ido. Sin quedarse a desayunar. Como a mí me gustaban los hombres. —Apuesto a que ni siquiera sabes cómo se llama —añadió corrosiva. —Pues claro que lo sé —contesté con cierto descaro, no soportaba
que me echaran cosas en cara por la mañana temprano. —Y bien, ¿cómo se llama? —Esto... No me venía a la memoria ni a tiros, pero, claro, no podía admitirlo, y por ello busqué un nombre cualquiera que sonara brasileño. Por desgracia tenía tal dolor de cabeza que sólo se me ocurrían chorradas. Cosas como Bonorro, Bonoloriño o Longofalo, unos nombres que preferí no decir. —Se llama Falcao —espetó malhumorada Ayshe. —Y ¿cómo es que sabes tú eso? —pregunté sorprendida. —Porque llevo semanas diciéndote que me gusta. Mierda, sí, era verdad. Pero ni se me había pasado por la cabeza la noche anterior. Cuando uno está borracho, lo olvida todo. Y cuando se toma unas pastillas. Y se está cachondo. Sobre todo cuando se está cachondo. Me incorporé un poco, me apoyé en la pared y dije: —Deberías darme las gracias. —¿Las gracias? —Ahora sabes que mea de pie y que no te conviene. Ayshe no me dio las gracias. —Muy bien, y ahora ¿podríamos volver a lo esencial? —intervino Sylvie—. Queremos el alquiler. —Lo pagaré cuando me den el próximo papel. —Daisy, la última vez que te pagaron por actuar fue hace siglos. —Bueno, en la historia del universo los siglos son algo muy relativo —objeté. Hacía siete meses, en la serie Aktenzeichen XY , y el papel era el de una chica que hace jogging y encuentra un cadáver. En ese rodaje mi única frase fue: «Creo que he pisado algo». —¿Y si probaras con un trabajo de verdad, para variar? —propuso la bocazas de Ayshe. —Menuda chorrada —respondí. No estaba hecha para tener un trabajo de verdad. Probé una vez, y no me hizo ninguna gracia. —Seguro que pronto le dan un papel —intentó mediar Jannis mientras se limpiaba las gafas con la descolorida camiseta. Era la única persona en la faz de la Tierra que aún creía en mi talento.
relacionado con los medios de comunicación y tocaba en un grupo alternativo llamado Schlumpfines Lovers, Los amantes de Pitufina. Lo vi en el escenario, sentí mariposas en el estómago, empezamos a salir y dejé que me desvirgara. Y posiblemente hubiese seguido con él un poco más si esas semanas mi madre no hubiese enfermado de cáncer y muerto a cámara rápida. Por aquel entonces era un poco difícil hablar con Tom de mi dolor. Todo lo que se le ocurrió decir para animarme fue: «La muerte es una putada». A las dos semanas del entierro me preguntó: «¿Cuándo volverás a estar de humor para acostarte conmigo?». Y al cabo de cuatro semanas cortó diciendo: «Me agobia demasiado verte triste». En ese momento las mariposas de mi estómago sufrieron una muerte lenta, dolorosa.[1] Después fue precisamente Jannis, mi discreto compañero de clase, la única persona del mundo con la que pude hablar de todo: de mi madre, con la que siempre estaba discutiendo, cosa de la que me avergonzaba mucho cuando murió. De mi padre, del que sabía que tenía un lío desde hacía tiempo con una compañera de su despacho de consultoría (sí, mi padre ni siquiera esperó a que la muerte lo separase de mi madre). Y de que nada me gustaría más que dejar el puto instituto, en el que no hacían otra cosa que dar el coñazo con la segunda parte de Fausto , guerras mundiales y discusiones de curvas. Jannis me entendía. Era el único. Dos días antes del examen de selectividad me largué de casa y me fui a vivir a Berlín a un piso compartido con Ayshe y Sylvie, que en aquella época no estaban obsesionadas con el trabajo, sino que eran mujeres divertidas, a las que les gustaba empinar el codo. Jannis me siguió poco después. Estudiaba Historia, y yo trabajaba en lo que llamaba mi carrera de actriz. Quería interpretar papeles que fueran importantes para mí, que fueran importantes para las personas. Como Meryl Streep o Glenn Close o Sandra Bullock. Pero por desgracia yo no era Streep, Close o Bullock. Por desgracia yo sólo era yo. Ahora, en el ecuador de la veintena, Jannis seguía siendo el único hombre que había entrado en mi cuarto del piso compartido con el que no había acabado en la cama de Ikea. El sexo, eso siempre lo había tenido claro, se cargaría nuestra amistad. Y para mí eso era lo más valioso del mundo entero. —Hay una cosa más —añadió Sylvie. —Me muero de ganas de saber qué es.
—¿Por casualidad ayer por la noche me cogiste dinero de la cartera? «¿Cómo, si no, habría pagado el taxi para volver a casa?», pensé. —No, yo no —mentí como una bellaca, y añadí, haciéndome la ofendida—: Y me parece fatal que pienses eso de mí. A Sylvie no le convenció mucho mi respuesta, pero como abogada en potencia, sabía que, en caso de duda, sin pruebas no había más remedio que absolver al acusado. Se mordió los labios y respondió: —Dejaremos el alquiler para la semana que viene. Entonces, o pagas o te vas a la calle. —Y hoy limpias tú el retrete —espetó Ayshe. Antes de que pudiera decir nada, ya habían salido las dos de mi habitación. Respiré hondo. Y Jannis también. La caza de brujas le había parecido desagradable. Y mi comportamiento más aún. Cohibido, cogió una hoja de la triste planta de la repisa de la ventana. La hoja se desmenuzó en su mano. —Daisy, también tienes unas cuantas facturas sin pagar —comentó Jannis señalando un montón de cartas sin abrir. —En nuestra sociedad las facturas están sobrevaloradas. —¿Y la honradez? —¿Cómo dices? —Ayer por la noche te vi coger el monedero de Sylvie. Ese instante en el que me miró profundamente desilusionado ocupó el puesto número nueve de los peores momentos del día. De pura vergüenza me metí debajo de las mantas. —¿Crees que no puedo verte ahí debajo? —preguntó Jannis. —No, porque soy invisible. —Y ¿cuándo volverás a ser visible? —Nunca. —¿Es ése tu plan para solucionar todo este lío? —Pues sí, y me parece muy creativo —aseguré. —Y muy meditado. —Meditar las cosas también está sobrevalorado. —Es impresionante lo adulta que puedes ser, Daisy. —Sí, ¿no? —Y ahora en serio, así no podemos seguir. No lo dijo en tono de reproche, pero sí categórico. Y supe que tenía razón: no, así no podíamos seguir. Al menos no sin un expreso doble.
alma que, contra todo pronóstico, pudiera ser una chica Bond. —Haces de una agente del servicio secreto francés que muere. Tienes una página escasa de diálogo. Adiós a la chica Bond. Aunque eso estaba claro. Pero daba lo mismo: cualquier papel en una película de Bond por fin pondría en marcha mi carrera. Y, sobre todo, traería pasta a mi bolsillo. —Sólo hay una cosita de nada —observó Schmohel. —¿Cuál? —Dentro de media hora tienes que estar en los estudios de Babelsberg caracterizada. ¿Podrás? Si no, acortarán el papel y cogerán a una figurante. En Berlín, uno no se podía fiar de los cercanías, para ellos el horario era más bien algo orientativo. Así que debía ir en coche, y con el tráfico berlinés tampoco iba muy sobre seguro. Pero si lo decía, no me darían el papel, por eso contesté: —Salgo ahora mismo.
Atravesé zumbando un Berlín que no dejaba nunca de fascinarme. Se respiraba historia en todas partes; por desgracia una historia a menudo desagradable. Por ejemplo, Hitler seguía estando presente en cierto modo con monstruosidades arquitectónicas de piedra como el Ministerio de Hacienda. Cada vez que algo me recordaba a Hitler, sentía que se confirmaba mi opinión de que Dios no existía. Si Dios existía, ¿por qué no dejó caer sobre Hitler mil kilos de pesados bombones de chocolate y merengue? Mi madre intentó una y otra vez meterme a Dios en la cabeza, pero ya en la adolescencia era incapaz de imaginar que existiera un poder superior. Es algo que cuesta creer cuando tu madre está en el hospital con cáncer y tu padre anda por ahí magreándose con su Elseasesora. Poco antes de morir, mi madre se refugió de repente en el budismo, porque su enfermera, que era de la India, le habló maravillas de él. Pero a mí esa religión no me resultaba mucho menos absurda que la idea de que existiera un Dios. Que uno se reencarnaba en un animal si no había sido bueno... ¿Qué clase de lógica era ésa? ¿Cómo iba eso a hacer que una persona fuera mejor? Y si, en efecto, todos los hombres acababan siendo animales, ¿no sería preferible que todos nos volviéramos vegetarianos? No, lo de que había vida después de la muerte era una patraña. Lo único que había, garantizado, era la nada. Igual que antes de la vida. Si hubiese algo, lo más probable es que lo recordáramos. —Daisy —me dijo entonces en el hospital mi madre, muy delgada y frágil debido a la enfermedad—, tú lo que tienes es miedo de creer en algo superior. —¿Por qué iba a tener miedo de eso? —pregunté, un tanto tozuda. —Si creyeras en algo superior, también sabrías que en ti hay algo grande. —Y ¿qué se supone que es? —Eso tendrás que averiguarlo tú. No entendí a qué se refería, y hoy por hoy seguía sin entenderlo. Sencillamente no había nada grande en mí. Mientras conducía no paraba de mirar el móvil, intentaba leer en la destrozada pantalla —seguro que Apple debía más de la mitad de su volumen de negocio a la reparación de iPhones que se caían al suelo— la página del guion que ya me había mandado Schmohel por e-mail. Madre mía: ¡no era una escena cualquiera! Actuaba con Bond, James Bond.
Interpretado por el nuevo agente 007 Marc Barton, un hombre al que se consideraba el actor más ambicioso de Hollywood y al que ese año la revista People había nombrado Sexiest Man Alive , nada menos que el hombre más sexy del mundo. Barton estaba casado con la actriz Nicole Kelly, que a su vez había sido elegida Sexiest Woman Alive , la mujer más sexy del mundo, por Esquire. Vivían en un apartamento supercuco en Nueva York, ni más ni menos que en Central Park, y formaban una pareja en cuya presencia incluso Angelina Jolie y Brad Pitt parecían carcas de adosado de Bremerhaven. Entonces, ¿como qué sería yo, que en la elección de Sexiest Woman Alive acabaría en el puesto 2.782.346.338? Mientras se me pasaban todas estas cosas por la cabeza, seguía leyendo en el móvil: si no entendía mal, se suponía que debía hacer de una informadora francesa que da pistas a Bond sobre el paradero de un terrorista que, para ser mentalmente inestable, se había apoderado de demasiadas cabezas nucleares. Y sí, por desgracia en esa escena tenía que intercambiar unas frases en francés con Bond. Tonta de mí, no sabía lo que decían esas frases, y menos cómo se pronunciaban. Así que me pondría en ridículo con todas las de la ley delante de la superestrella internacional Barton. Sin embargo, no me entró el pánico, porque confiaba en que todo se solucionara sobre la marcha. A fin de cuentas, era una gran defensora de la tesis de que la mayoría de los problemas debían solucionarse, a ser posible, solos. Por de pronto quería aprenderme el resto del texto. Y llegar a los estudios de Babelsberg. Y dejar atrás al policía que me hacía señas subido a su moto. ¿Un policía que me hacía señas? Vaya por Dios, era verdad, tenía un policía a mi lado que me indicaba que fuese a la izquierda y parase. Hice lo que me ordenaba y bajé la ventanilla. El poli cachas, que en otras circunstancias sin duda me habría parecido mono con su informe de cuero, me preguntó: —¿Podemos ir mirando el móvil cuando vamos conduciendo? —Bueno, no sé si usted puede, pero yo... —repuse. —La respuesta correcta sería: no, no podemos —me cortó el agente. Dio la vuelta a mi coche y pedí a Dios que no viera la pegatina caducada de la ITV. —Su coche no ha pasado la ITV.