

Prepara tus exámenes y mejora tus resultados gracias a la gran cantidad de recursos disponibles en Docsity
Gana puntos ayudando a otros estudiantes o consíguelos activando un Plan Premium
Prepara tus exámenes
Prepara tus exámenes y mejora tus resultados gracias a la gran cantidad de recursos disponibles en Docsity
Prepara tus exámenes con los documentos que comparten otros estudiantes como tú en Docsity
Encuentra los documentos específicos para los exámenes de tu universidad
Estudia con lecciones y exámenes resueltos basados en los programas académicos de las mejores universidades
Responde a preguntas de exámenes reales y pon a prueba tu preparación
Consigue puntos base para descargar
Gana puntos ayudando a otros estudiantes o consíguelos activando un Plan Premium
Comunidad
Pide ayuda a la comunidad y resuelve tus dudas de estudio
Ebooks gratuitos
Descarga nuestras guías gratuitas sobre técnicas de estudio, métodos para controlar la ansiedad y consejos para la tesis preparadas por los tutores de Docsity
apuntes lengua libros 2021-2022
Tipo: Guías, Proyectos, Investigaciones
1 / 2
Esta página no es visible en la vista previa
¡No te pierdas las partes importantes!


La obsesión compulsiva por publicar nuestra vida en las redes sociales es abiertamente cuestionada en este artículo de opinión de Javier Marías. El magnífico novelista critica la dependencia exagerada de este acto de inmadurez social, que termina por provocar una incapacidad para valorar la belleza de las cosas en sí misma, dentro del contexto de nuestra privacidad. No puedo estar más de acuerdo con el autor. Coincido en su visión ciertamente negativa de la capacidad actual para mantener nuestra privacidad al margen del dominio público. Es obvio que somos seres sociales con fuertes necesidades comunicativas. Sin embargo, la dependencia obsesiva por mantenernos visibles virtualmente acaba por dominar nuestra existencia hasta tal punto que parecemos condenados a «vivir para colgar». La gente tiene la sensación de que todo lo que no comparte no es vivido realmente, como si desapareciera sin esa banal constatación social. Y sin embargo, el peso de esta dependencia puede ser terrible. Ya pregonaba Fray Luis en su «Oda a la vida retirada» cómo alejarse de la fama y del dedo señalador del mundo puede reportar una felicidad inestimable: «A solas, sin testigo, / libre de amor, de celo, / de odio, de esperanzas, de recelo». Por una parte, el uso de las redes sociales genera una dependencia incontrolada y, a veces, incluso patológica. Son comunes los casos de adolescentes y también, cada vez más, adultos, que generan una ludopatía asociada al uso de las redes sociales. Conozco a una chica que sufría crisis de ansiedad causadas por los comentarios que sus publicaciones en Facebook generaban en sus «amigos» virtuales. Por otro lado, deberíamos plantearnos si el hecho de compartir una actividad la hace más real o le resta calidad a esa vivencia. Recientemente, un locutor de «Radio 3», Ángel Carmona, contaba en su programa, «Hoy empieza todo», cómo un día perdió el móvil en el autobús. Durante el tiempo que pasó sin él volvió a viajar por la ciudad observándola, mirando a la gente; incluso leyó un libro durante un trayecto en tren… El locutor se mostraba admirado del disfrute del tiempo con que había vivido aquellas horas. Tiene mucha razón María cuando afirma que nos comportamos como niños inseguros llamando la atención de los mayores. Creemos que no somos nada si no podemos constatar las experiencias vividas mediante una imagen compartida. En los últimos Sanfermines, una foto en un periódico mostraba a varios corredores caídos que, mientras el toro les pasaba literalmente por encima, elevaban sus teléfonos móviles para inmortalizar el momento. ¿Realmente el dramatismo de esa imagen justifica un acto que podría costarnos la vida? En conclusión, la deriva de nuestra intimidad en las redes sociales conlleva un daño seguro al provocar un estrés y una inseguridad que fácilmente podríamos
evitar sintiéndonos dueños reales de nuestra vida. Volvamos a mirar a la gente, juguemos con nuestros hijos, salgamos a charlar con nuestros amigos, viajemos con los ojos abiertos, leamos, escuchemos música… Vivamos la vida para nosotros y nuestra propia felicidad, y no para el vacío seguro del tenebroso mar de Internet, donde las redes solo pescan los deshechos humanos de lo que nos gustaría que los demás creyesen que somos, y no lo que somos en realidad. Porque, en definitiva, tal vez ni nosotros mismos sabemos ya quiénes somos.