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La gitanilla
PARECE que los gitanos y gitanas solamente nacieron en el mundo para ser ladrones: nacen de padres ladrones, críanse con ladrones, estudian para ladrones y, finalmente, salen con ser ladrones corrientes y molientes a todo ruedo; y la gana del hurtar y el hurtar son en ellos como acidentes inseparables, que no se quitan sino con la muerte. Una, pues, desta nación, gitana vieja, que podía ser jubilada en la ciencia de Caco, crio una muchacha en nombre de nieta suya, a quien puso nombre Preciosa, y a quien enseñó todas sus gitanerías y modos de embelecos y trazas de hurtar. Salió la tal Preciosa la más única bailadora que se hallaba en todo el gitanismo, y la más hermosa y discreta que pudiera hallarse, no entre los gitanos, sino entre cuantas hermosas y discretas pudiera pregonar la fama. Ni los soles, ni los aires, ni todas las inclemencias del cielo, a quien más que otras gentes están sujetos los gitanos, pudieron deslustrar su rostro ni curKr las manos; y lo que es más, que la crianza tosca en que se criaba no descubría en ella sino ser nacida de mayores prendas que de gitana, porque era en estremo cortés y bien razonada. Y, con todo esto, era algo desenvuelta, pero no de modo que descubriese algún género de deshonesKdad; antes, con ser aguda, era tan honesta, que en su presencia no osaba alguna gitana, vieja ni moza, cantar cantares lascivos ni decir palabras no buenas. Y, finalmente, la abuela conoció el tesoro que en la nieta tenía; y así, determinó el águila vieja sacar a volar su aguilucho y enseñarle a vivir por sus uñas. Salió Preciosa rica de villancicos, de coplas, seguidillas y zarabandas, y de otros versos, especialmente de romances, que los cantaba con especial donaire. Porque su taimada abuela echó de ver que tales juguetes y gracias, en los pocos años y en la mucha hermosura de su nieta, habían de ser felicísimos atracKvos e incenKvos para acrecentar su caudal; y así, se los procuró y buscó por todas las vías que pudo, y no faltó poeta que se los diese: que también hay poetas que se acomodan con gitanos, y les venden sus obras, como los hay para ciegos, que les fingen milagros y van a la parte de la ganancia. De todo hay en el mundo, y esto de la hambre tal vez hace arrojar los ingenios a cosas que no están en el mapa. Crióse Preciosa en diversas partes de CasKlla, y, a los quince años de su edad, su abuela putaKva la volvió a la Corte y a su anKguo rancho, que es adonde ordinariamente le Kenen los gitanos, en los campos de Santa Bárbara, pensando en la Corte vender su mercadería, donde todo se compra y todo se vende. Y la primera entrada que hizo Preciosa en Madrid fue un día de Santa Ana, patrona y abogada de la villa, con una danza en que iban ocho gitanas, cuatro ancianas y cuatro muchachas, y un gitano, gran bailarín, que las guiaba. Y, aunque todas iban limpias y bien aderezadas, el aseo de Preciosa era tal, que poco a poco fue enamorando los ojos de cuantos la miraban. De entre el son del tamborín y castañetas y fuga del baile salió un rumor que encarecía la belleza y donaire de la gitanilla, y corrían los muchachos a verla y los hombres a mirarla. Pero cuando la oyeron cantar, por ser la danza cantada, ¡allí fue ello! Allí sí que cobró aliento la fama de la gitanilla, y de común consenKmiento de los diputados de la fiesta, desde luego le señalaron el premio y joya de la mejor danza; y cuando llegaron a hacerla en la iglesia de Santa María, delante de la imagen de Santa Ana, después de haber bailado todas, tomó Preciosa unas sonajas, al son de las cuales, dando en redondo largas y ligerísimas vueltas, cantó el romance siguiente:
- Árbol preciosísimo que tardó en dar fruto años que pudieron cubrirle de luto,
y hacer los deseos del consorte puros, contra su esperanza no muy bien seguros; de cuyo tardarse nació aquel disgusto que lanzó del templo al varón más justo; santa Kerra estéril, que al cabo produjo toda la abundancia que sustenta el mundo; casa de moneda, do se forjó el cuño que dio a Dios la forma que como hombre tuvo; madre de una hija en quien quiso y pudo mostrar Dios grandezas sobre humano curso. Por vos y por ella sois, Ana, el refugio do van por remedio nuestros infortunios. En cierta manera, tenéis, no lo dudo, sobre el Nieto, imperio pïadoso y justo. A ser comunera del alcázar sumo, fueran mil parientes con vos de consuno. ¡Qué hija, y qué nieto, y qué yerno! Al punto, a ser causa justa, cantárades triunfos. Pero vos, humilde, fuistes el estudio donde vuestra Hija hizo humildes cursos; y agora a su lado, a Dios el más junto, gozáis de la alteza que apenas barrunto. El cantar de Preciosa fue para admirar a cuantos la escuchaban. Unos decían: «¡Dios te bendiga la muchacha!». Otros: «¡LásKma es que esta mozuela sea gitana! En verdad, en verdad, que merecía ser hija de un gran señor». Otros había más groseros, que decían: «¡Dejen crecer a la rapaza, que ella hará de las suyas! ¡A fe que se va añudando en ella genKl red barredera para pescar corazones!» Otro, más humano, más basto y más modorro, viéndola andar tan ligera en el baile, le dijo: «¡A ello,
la barba pule y remoza, y, aunque es tardo, va ligero; que el placer cura la gota. El dios parlero va en lenguas lisonjeras y amorosas, y Cupido en cifras varias, que rubíes y perlas bordan. Allí va el furioso Marte en la persona curiosa de más de un gallardo joven, que de su sombra se asombra. Junto a la casa del Sol va Júpiter; que no hay cosa di`cil a la privanza fundada en prudentes obras. Va la Luna en las mejillas de una y otra humana diosa; Venus casta, en la belleza de las que este cielo forman. Pequeñuelos Ganimedes cruzan, van, vuelven y tornan por el cinto tachonado de esta esfera milagrosa. Y, para que todo admire y todo asombre, no hay cosa que de liberal no pase hasta el estremo de pródiga. Milán con sus ricas telas allí va en vista curiosa; las Indias con sus diamantes, y Arabia con sus aromas. Con los mal intencionados va la envidia mordedora, y la bondad en los pechos de la lealtad española. La alegría universal, huyendo de la congoja, calles y plazas discurre, descompuesta y casi loca. A mil mudas bendiciones abre el silencio la boca, y repiten los muchachos lo que los hombres entonan. Cuál dice: «Fecunda vid, crece, sube, abraza y toca el olmo felice tuyo que mil siglos te haga sombra para gloria de K misma, para bien de España y honra, para arrimo de la Iglesia,
para asombro de Mahoma». Otra lengua clama y dice: «Vivas, ¡oh blanca paloma!, que nos has de dar por crías águilas de dos coronas, para ahuyentar de los aires las de rapiña furiosas; para cubrir con sus alas a las virtudes medrosas». Otra, más discreta y grave, más aguda y más curiosa dice, verKendo alegría por los ojos y la boca: «Esta perla que nos diste, nácar de Austria, única y sola, ¡qué de máquinas que rompe!, ¡qué [de] disignios que corta!, ¡qué de esperanzas que infunde!, ¡qué de deseos mal logra!, ¡qué de temores aumenta!, ¡qué de preñados aborta!» En esto, se llegó al templo del Fénix santo que en Roma fue abrasado, y quedó vivo en la fama y en la gloria. A la imagen de la vida, a la del cielo Señora, a la que por ser humilde las estrellas pisa agora, a la Madre y Virgen junto, a la Hija y a la Esposa de Dios, hincada de hinojos, Margarita así razona: «Lo que me has dado te doy, mano siempre dadivosa; que a do falta el favor tuyo, siempre la miseria sobra. Las primicias de mis frutos te ofrezco, Virgen hermosa: tales cuales son las mira, recibe, ampara y mejora. A su padre te encomiendo, que, humano Atlante, se encorva al peso de tantos reinos y de climas tan remotas. Sé que el corazón del Rey en las manos de Dios mora, y sé que puedes con Dios cuanto quieres piadosa». Acabada esta oración,
- No, a fe de caballeros - respondió uno-; bien puedes entrar, niña, segura, que nadie te tocará a la vira de tu zapato; no, por el hábito que traigo en el pecho. Y púsose la mano sobre uno de Calatrava.
- Si tú quieres entrar, Preciosa - dijo una de las tres gitanillas que iban con ella-, entra en hora buena; que yo no pienso entrar adonde hay tantos hombres.
- Mira, CrisKna - respondió Preciosa-: de lo que te has de guardar es de un hombre solo y a solas, y no de tantos juntos; porque antes el ser muchos quita el miedo y el recelo de ser ofendidas. Advierte, CrisKnica, y está cierta de una cosa: que la mujer que se determina a ser honrada, entre un ejército de soldados lo puede ser. Verdad es que es bueno huir de las ocasiones, pero han de ser de las secretas y no de las públicas.
- Entremos, Preciosa - dijo CrisKna-, que tú sabes más que un sabio. Animólas la gitana vieja, y entraron; y apenas hubo entrado Preciosa, cuando el caballero del hábito vio el papel que traía en el seno, y llegándose a ella se le tomó, y dijo Preciosa:
- ¡Y no me le tome, señor, que es un romance que me acaban de dar ahora, que aún no le he leído!
- Y ¿sabes tú leer, hija? - dijo uno.
- Y escribir - respondió la vieja-; que a mi nieta hela criado yo como si fuera hija de un letrado. Abrió el caballero el papel y vio que venía dentro dél un escudo de oro, y dijo:
- En verdad, Preciosa, que trae esta carta el porte dentro; toma este escudo que en el romance viene.
- ¡Basta! - dijo Preciosa-, que me ha tratado de pobre el poeta, pues cierto que es más milagro darme a mí un poeta un escudo que yo recebirle; si con esta añadidura han de venir sus romances, traslade todo el Romancero general y envíemelos uno a uno, que yo les tentaré el pulso, y si vinieren duros, seré yo blanda en recebillos. Admirados quedaron los que oían a la gitanica, así de su discreción como del donaire con que hablaba.
- Lea, señor - dijo ella-, y lea alto; veremos si es tan discreto ese poeta como es liberal. Y el caballero leyó así:
- Gitanica, que de hermosa te pueden dar parabienes: por lo que de piedra Kenes te llama el mundo Preciosa. Desta verdad me asegura esto, como en K verás; que no se apartan jamás
la esquiveza y la hermosura. Si como en valor subido vas creciendo en arrogancia, no le arriendo la ganancia a la edad en que has nacido; que un basilisco se cría en K, que mate mirando, y un imperio que, aunque blando, nos parezca Kranía. Entre pobres y aduares, ¿cómo nació tal belleza? O ¿cómo crió tal pieza el humilde Manzanares? Por esto será famoso al par del Tajo dorado y por Preciosa preciado más que el Ganges caudaloso. Dices la buenaventura, y dasla mala conKno; que no van por un camino tu intención y tu hermosura. Porque en el peligro fuerte de mirarte o contemplarte tu intención va a desculparte, y tu hermosura a dar muerte. Dicen que son hechiceras todas las de tu nación, pero tus hechizos son de más fuerzas y más veras; pues por llevar los despojos de todos cuantos te ven, haces, ¡oh niña!, que estén tus hechizos en tus ojos. En sus fuerzas te adelantas, pues bailando nos admiras, y nos matas si nos miras, y nos encantas si cantas. De cien mil modos hechizas: hables, calles, cantes, mires; o te acerques, o reKres, el fuego de amor aKzas. Sobre el más esento pecho Kenes mando y señorío, de lo que es tesKgo el mío, de tu imperio saKsfecho. Preciosa joya de amor, esto humildemente escribe el que por K muere y vive, pobre, aunque humilde amador.
Echó mano a la faldriquera la señora tenienta, y halló que no tenía blanca. Pidió un cuarto a sus criadas, y ninguna le tuvo, ni la señora vecina tampoco. Lo cual visto por Preciosa, dijo:
- Todas las cruces, en cuanto cruces, son buenas; pero las de plata o de oro son mejores; y el señalar la cruz en la palma de la mano con moneda de cobre, sepan vuesas mercedes que menoscaba la buenaventura, a lo menos la mía; y así, tengo afición a hacer la cruz primera con algún escudo de oro, o con algún real de a ocho, o, por lo menos, de a cuatro, que soy como los sacristanes: que cuando hay buena ofrenda, se regocijan.
- Donaire Kenes, niña, por tu vida - dijo la señora vecina. Y, volviéndose al escudero, le dijo:
- Vos, señor Contreras, ¿tendréis a mano algún real de a cuatro? Dádmele, que, en viniendo el doctor, mi marido, os le volveré.
- Sí tengo - respondió Contreras-, pero téngole empeñado en veinte y dos maravedís que cené anoche. Dénmelos, que yo iré por él en volandas.
- No tenemos entre todas un cuarto - dijo doña Clara-, ¿y pedís veinte y dos maravedís? Andad, Contreras, que siempre fuistes imperKnente. Una doncella de las presentes, viendo la esterilidad de la casa, dijo a Preciosa:
- Niña, ¿hará algo al caso que se haga la cruz con un dedal de plata?
- Antes - respondió Preciosa-, se hacen las cruces mejores del mundo con dedales de plata, como sean muchos.
- Uno tengo yo - replicó la doncella-; si éste basta, hele aquí, con condición que también se me ha de decir a mí la buenaventura.
- ¿Por un dedal tantas buenasventuras? - dijo la gitana vieja-. Nieta, acaba presto, que se hace noche. Tomó Preciosa el dedal y la mano de la señora tenienta, y dijo:
- Hermosita, hermosita, la de las manos de plata, más te quiere tu marido que el Rey de las Alpujarras. Eres paloma sin hiel, pero a veces eres brava como leona de Orán, o como Kgre de Ocaña. Pero en un tras, en un tris, el enojo se te pasa, y quedas como alfinique, o como cordera mansa.
Riñes mucho y comes poco: algo celosita andas; que es juguetón el Kniente, y quiere arrimar la vara. Cuando doncella, te quiso uno de una buena cara; que mal hayan los terceros, que los gustos desbaratan. Si a dicha tú fueras monja, hoy tu convento mandaras, porque Kenes de abadesa más de cuatrocientas rayas. No te lo quiero decir...; pero poco importa, vaya: enviudarás, y otra vez, y otras dos, serás casada. No llores, señora mía; que no siempre las gitanas decimos el Evangelio; no llores, señora, acaba. Como te mueras primero que el señor Kniente, basta para remediar el daño de la viudez que amenaza. Has de heredar, y muy presto, hacienda en mucha abundancia; tendrás un hijo canónigo, la iglesia no se señala; de Toledo no es posible. Una hija rubia y blanca tendrás, que si es religiosa, también vendrá a ser perlada. Si tu esposo no se muere dentro de cuatro semanas, verásle corregidor de Burgos o Salamanca. Un lunar Kenes, ¡qué lindo! ¡Ay Jesús, qué luna clara! ¡Qué sol, que allá en los an\podas escuros valles aclara! Más de dos ciegos por verle dieran más de cuatro blancas. ¡Agora sí es la risica! ¡Ay, que bien haya esa gracia! Guárdate de las caídas, principalmente de espaldas, que suelen ser peligrosas en las principales damas. Cosas hay más que decirte;
- ¡El diablo Kenen estas gitanas en el cuerpo! - dijo a esta sazón el Kniente. Despidiéronse las gitanas, y, al irse, dijo la doncella del dedal:
- Preciosa, dime la buenaventura, o vuélveme mi dedal, que no me queda con qué hacer labor.
- Señora doncella - respondió Preciosa-, haga cuenta que se la he dicho y provéase de otro dedal, o no haga vainillas hasta el viernes, que yo volveré y le diré más venturas y aventuras que las que Kene un libro de caballerías. Fuéronse y juntáronse con las muchas labradoras que a la hora de las avemarías suelen salir de Madrid para volverse a sus aldeas; y entre otras vuelven muchas, con quien siempre se acompañaban las gitanas, y volvían seguras; porque la gitana vieja vivía en conKnuo temor no le salteasen a su Preciosa. Sucedió, pues, que la mañana de un día que volvían a Madrid a coger la garrama con las demás gitanillas, en un valle pequeño que está obra de quinientos pasos antes que se llegue a la villa, vieron un mancebo gallardo y ricamente aderezado de camino. La espada y daga que traía eran, como decirse suele, una ascua de oro; sombrero con rico cinKllo y con plumas de diversas colores adornado. Repararon las gitanas en viéndole, y pusiéronsele a mirar muy de espacio, admiradas de que a tales horas un tan hermoso mancebo estuviese en tal lugar, a pie y solo. Él se llegó a ellas, y, hablando con la gitana mayor, le dijo:
- Por vida vuestra, amiga, que me hagáis placer que vos y Preciosa me oyáis aquí aparte dos palabras, que serán de vuestro provecho.
- Como no nos desviemos mucho, ni nos tardemos mucho, sea en buen hora - respondió la vieja. Y, llamando a Preciosa, se desviaron de las otras obra de veinte pasos; y así, en pie, como estaban, el mancebo les dijo:
- Yo vengo de manera rendido a la discreción y belleza de Preciosa, que después de haberme hecho mucha fuerza para escusar llegar a este punto, al cabo he quedado más rendido y más imposibilitado de escusallo. Yo, señoras mías (que siempre os he de dar este nombre, si el cielo mi pretensión favorece), soy caballero, como lo puede mostrar este hábito - y, apartando el herreruelo, descubrió en el pecho uno de los más calificados que hay en España-; soy hijo de Fulano - que por buenos respectos aquí no se declara su nombre-; estoy debajo de su tutela y amparo, soy hijo único, y el que espera un razonable mayorazgo. Mi padre está aquí en la Corte pretendiendo un cargo, y ya está consultado, y Kene casi ciertas esperanzas de salir con él. Y, con ser de la calidad y nobleza que os he referido, y de la que casi se os debe ya de ir trasluciendo, con todo eso, quisiera ser un gran señor para levantar a mi grandeza la humildad de Preciosa, haciéndola mi igual y mi señora. Yo no la pretendo para burlalla, ni en las veras del amor que la tengo puede caber género de burla alguna; sólo quiero servirla del modo que ella más gustare: su voluntad es la mía. Para con ella es de cera mi alma, donde podrá imprimir lo que quisiere; y para conservarlo y guardarlo no será como impreso en cera, sino como esculpido en mármoles, cuya dureza se opone a la duración de los Kempos. Si creéis esta verdad, no admiKrá ningún desmayo mi esperanza; pero si no me creéis, siempre me tendrá temeroso vuestra duda. Mi nombre es éste - y díjosele-; el de mi padre ya os le he dicho. La casa donde vive es en tal calle, y Kene tales y tales señas; vecinos Kene de quien podréis informaros, y aun de los que no son
vecinos también, que no es tan escura la calidad y el nombre de mi padre y el mío, que no le sepan en los paKos de palacio, y aun en toda la Corte. Cien escudos traigo aquí en oro para daros en arra y señal de lo que pienso daros, porque no ha de negar la hacienda el que da el alma. En tanto que el caballero esto decía, le estaba mirando Preciosa atentamente, y sin duda que no le debieron de parecer mal ni sus razones ni su talle; y, volviéndose a la vieja, le dijo:
- Perdóneme, abuela, de que me tomo licencia para responder a este tan enamorado señor.
- Responde lo que quisieres, nieta - respondió la vieja-, que yo sé que Kenes discreción para todo. Y Preciosa dijo:
- Yo, señor caballero, aunque soy gitana pobre y humildemente nacida, tengo un cierto espiriKllo fantásKco acá dentro, que a grandes cosas me lleva. A mí ni me mueven promesas, ni me desmoronan dádivas, ni me inclinan sumisiones, ni me espantan finezas enamoradas; y, aunque de quince años (que, según la cuenta de mi abuela, para este San Miguel los haré), soy ya vieja en los pensamientos y alcanzo más de aquello que mi edad promete, más por mi buen natural que por la esperiencia. Pero, con lo uno o con lo otro, sé que las pasiones amorosas en los recién enamorados son como ímpetus indiscretos que hacen salir a la voluntad de sus quicios; la cual, atropellando inconvenientes, desaKnadamente se arroja tras su deseo, y, pensando dar con la gloria de sus ojos, da con el infierno de sus pesadumbres. Si alcanza lo que desea, mengua el deseo con la posesión de la cosa deseada, y quizá, abriéndose entonces los ojos del entendimiento, se vee ser bien que se aborrezca lo que antes se adoraba. Este temor engendra en mí un recato tal, que ningunas palabras creo y de muchas obras dudo. Una sola joya tengo, que la esKmo en más que a la vida, que es la de mi entereza y virginidad, y no la tengo de vender a precio de promesas ni dádivas, porque, en fin, será vendida, y si puede ser comprada, será de muy poca esKma; ni me la han de llevar trazas ni embelecos: antes pienso irme con ella a la sepultura, y quizá al cielo, que ponerla en peligro que quimeras y fantasías soñadas la embistan o manoseen. Flor es la de la virginidad que, a ser posible, aun con la imaginación no había de dejar ofenderse. Cortada la rosa del rosal, ¡con qué brevedad y facilidad se marchita! Éste la toca, aquél la huele, el otro la deshoja, y, finalmente, entre las manos rúsKcas se deshace. Si vos, señor, por sola esta prenda venís, no la habéis de llevar sino atada con las ligaduras y lazos del matrimonio; que si la virginidad se ha de inclinar, ha de ser a este santo yugo, que entonces no sería perderla, sino emplearla en ferias que felices ganancias prometen. Si quisiéredes ser mi esposo, yo lo seré vuestra, pero han de preceder muchas condiciones y averiguaciones primero. Primero tengo de saber si sois el que decís; luego, hallando esta verdad, habéis de dejar la casa de vuestros padres y la habéis de trocar con nuestros ranchos; y, tomando el traje de gitano, habéis de cursar dos años en nuestras escuelas, en el cual Kempo me saKsfaré yo de vuestra condición, y vos de la mía; al cabo del cual, si vos os contentáredes de mí, y yo de vos, me entregaré por vuestra esposa; pero hasta entonces tengo de ser vuestra hermana en el trato, y vuestra humilde en serviros. Y habéis de considerar que en el Kempo deste noviciado podría ser que cobrásedes la vista, que ahora debéis de tener perdida, o, por lo menos, turbada, y viésedes que os convenía huir de lo que ahora seguís con tanto ahínco. Y, cobrando la libertad perdida, con un buen arrepenKmiento se perdona cualquier culpa. Si con estas condiciones queréis entrar a ser soldado de nuestra milicia, en vuestra mano está, pues, faltando alguna dellas, no habéis de tocar un dedo de la mía. Pasmóse el mozo a las razones de Preciosa, y púsose como embelesado, mirando al suelo, dando muestras que consideraba lo que responder debía. Viendo lo cual Preciosa, tornó a decirle:
veinte reales más por el cambio. Mira, niña, que andamos en oficio muy peligroso y lleno de tropiezos y de ocasiones forzosas, y no hay defensas que más presto nos amparen y socorran como las armas invencibles del gran Filipo: no hay pasar adelante de su Plus ultra. Por un doblón de dos caras se nos muestra alegre la triste del procurador y de todos los ministros de la muerte, que son arpías de nosotras, las pobres gitanas, y más precian pelarnos y desollarnos a nosotras que a un salteador de caminos; jamás, por más rotas y desastradas que nos vean, nos Kenen por pobres; que dicen que somos como los jubones de los gabachos de Belmonte: rotos y grasientos, y llenos de doblones.
- Por vida suya, abuela, que no diga más; que lleva término de alegar tantas leyes, en favor de quedarse con el dinero, que agote las de los emperadores: quédese con ellos, y buen provecho le hagan, y plega a Dios que los enKerre en sepultura donde jamás tornen a ver la claridad del sol, ni haya necesidad que la vean. A estas nuestras compañeras será forzoso darles algo, que ha mucho que nos esperan, y ya deben de estar enfadadas.
- Así verán ellas - replicó la vieja- moneda déstas, como veen al Turco agora. Este buen señor verá si le ha quedado alguna moneda de plata, o cuartos, y los reparKrá entre ellas, que con poco quedarán contentas.
- Sí traigo - dijo el galán. Y sacó de la faldriquera tres reales de a ocho, que reparKó entre las tres gitanillas, con que quedaron más alegres y más saKsfechas que suele quedar un autor de comedias cuando, en competencia de otro, le suelen retular por la esquinas: «Víctor, Víctor». En resolución, concertaron, como se ha dicho, la venida de allí a ocho días, y que se había de llamar, cuando fuese gitano, Andrés Caballero; porque también había gitanos entre ellos deste apellido. No tuvo atrevimiento Andrés (que así le llamaremos de aquí adelante) de abrazar a Preciosa; antes, enviándole con la vista el alma, sin ella, si así decirse puede, las dejó y se entró en Madrid; y ellas, conten\simas, hicieron lo mismo. Preciosa, algo aficionada, más con benevolencia que con amor, de la gallarda disposición de Andrés, ya deseaba informarse si era el que había dicho. Entró en Madrid, y, a pocas calles andadas, encontró con el paje poeta de las coplas y el escudo; y cuando él la vio, se llegó a ella, diciendo:
- Vengas en buen hora, Preciosa: ¿leíste por ventura las coplas que te di el otro día? A lo que Preciosa respondió:
- Primero que le responda palabra, me ha de decir una verdad, por vida de lo que más quiere.
- Conjuro es ése - respondió el paje- que, aunque el decirla me costase la vida, no la negaré en ninguna manera.
- Pues la verdad que quiero que me diga - dijo Preciosa- es si por ventura es poeta.
- A serlo - replicó el paje-, forzosamente había de ser por ventura. Pero has de saber, Preciosa, que ese nombre de poeta muy pocos le merecen; y así, yo no lo soy, sino un aficionado a la poesía. Y para lo que he menester, no voy a pedir ni a buscar versos ajenos: los que te di son míos, y éstos que te doy agora también; mas no por esto soy poeta, ni Dios lo quiera.
- ¿Tan malo es ser poeta? - replicó Preciosa.
- No es malo - dijo el paje-, pero el ser poeta a solas no lo tengo por muy bueno. Hase de usar de la poesía como de una joya preciosísima, cuyo dueño no la trae cada día, ni la muestra a todas gentes, ni a cada paso, sino cuando convenga y sea razón que la muestre. La poesía es una bellísima doncella, casta, honesta, discreta, aguda, reKrada, y que se conKene en los límites de la discreción más alta. Es amiga de la soledad, las fuentes la entreKenen, los prados la consuelan, los árboles la desenojan, las flores la alegran, y, finalmente, deleita y enseña a cuantos con ella comunican.
- Con todo eso - respondió Preciosa-, he oído decir que es pobrísima y que Kene algo de mendiga.
- Antes es al revés - dijo el paje-, porque no hay poeta que no sea rico, pues todos viven contentos con su estado: filoso`a que la alcanzan pocos. Pero, ¿qué te ha movido, Preciosa, a hacer esta pregunta?
- Hame movido - respondió Preciosa- porque, como yo tengo a todos o los más poetas por pobres, causóme maravilla aquel escudo de oro que me distes entre vuestros versos envuelto; mas agora que sé que no sois poeta, sino aficionado de la poesía, podría ser que fuésedes rico, aunque lo dudo, a causa que por aquella parte que os toca de hacer coplas se ha de desaguar cuanta hacienda tuviéredes; que no hay poeta, según dicen, que sepa conservar la hacienda que Kene ni granjear la que no Kene.
- Pues yo no soy désos - replicó el paje-: versos hago, y no soy rico ni pobre; y sin senKrlo ni descontarlo, como hacen los ginoveses sus convites, bien puedo dar un escudo, y dos, a quien yo quisiere. Tomad, preciosa perla, este segundo papel y este escudo segundo que va en él, sin que os pongáis a pensar si soy poeta o no; sólo quiero que penséis y creáis que quien os da esto quisiera tener para daros las riquezas de Midas. Y, en esto, le dio un papel; y, tentándole Preciosa, halló que dentro venía el escudo, y dijo:
- Este papel ha de vivir muchos años, porque trae dos almas consigo: una, la del escudo, y otra, la de los versos, que siempre vienen llenos de almas y corazones. Pero sepa el señor paje que no quiero tantas almas conmigo, y si no saca la una, no haya miedo que reciba la otra; por poeta le quiero, y no por dadivoso, y desta manera tendremos amistad que dure; pues más aína puede faltar un escudo, por fuerte que sea, que la hechura de un romance.
- Pues así es - replicó el paje- que quieres, Preciosa, que yo sea pobre por fuerza, no deseches el alma que en ese papel te envío, y vuélveme el escudo; que, como le toques con la mano, le tendré por reliquia mientras la vida me durare. Sacó Preciosa el escudo del papel, y quedóse con el papel, y no le quiso leer en la calle. El paje se despidió, y se fue conten\simo, creyendo que ya Preciosa quedaba rendida, pues con tanta afabilidad le había hablado. Y, como ella llevaba puesta la mira en buscar la casa del padre de Andrés, sin querer detenerse a bailar en ninguna parte, en poco espacio se puso en la calle do estaba, que ella muy bien sabía; y, habiendo andado hasta la mitad, alzó los ojos a unos balcones de hierro dorados, que le habían dado por señas, y vio en ella a un caballero de hasta edad de cincuenta años, con un hábito de cruz colorada en los pechos, de venerable gravedad y presencia; el cual, apenas también hubo visto la gitanilla, cuando dijo:
has acertado, pues, sin duda, siendo Dios servido, dentro de cuatro o cinco días me parKré a Flandes, aunque tú me amenazas que he de torcer el camino, y no querría que en él me sucediese algún desmán que lo estorbase.
- Calle, señorito - respondió Preciosa-, y encomiéndese a Dios, que todo se hará bien; y sepa que yo no sé nada de lo que digo, y no es maravilla que, como hablo mucho y a bulto, acierte en alguna cosa, y yo querría acertar en persuadirte a que no te parKeses, sino que sosegases el pecho y te estuvieses con tus padres, para darles buena vejez; porque no estoy bien con estas idas y venidas a Flandes, principalmente los mozos de tan Kerna edad como la tuya. Déjate crecer un poco, para que puedas llevar los trabajos de la guerra; cuanto más, que harta guerra Kenes en tu casa: hartos combates amorosos te sobresaltan el pecho. Sosiega, sosiega, alborotadito, y mira lo que haces primero que te cases, y danos una limosnita por Dios y por quien tú eres; que en verdad que creo que eres bien nacido. Y si a esto se junta el ser verdadero, yo cantaré la gala al vencimiento de haber acertado en cuanto te he dicho.
- Otra vez te he dicho, niña - respondió el don Juan que había de ser Andrés Caballero-, que en todo aciertas, sino en el temor que Kenes que no debo de ser muy verdadero; que en esto te engañas, sin alguna duda. La palabra que yo doy en el campo, la cumpliré en la ciudad y adonde quiera, sin serme pedida, pues no se puede preciar de caballero quien toca en el vicio de menKroso. Mi padre te dará limosna por Dios y por mí; que en verdad que esta mañana di cuanto tenía a unas damas, que a ser tan lisonjeras como hermosas, especialmente una dellas, no me arriendo la ganancia. Oyendo esto CrisKna, con el recato de la otra vez, dijo a las demás gitanas:
- ¡Ay, niñas, que me maten si no lo dice por los tres reales de a ocho que nos dio esta mañana!
- No es así - respondió una de las dos-, porque dijo que eran damas, y nosotras no lo somos; y, siendo él tan verdadero como dice, no había de menKr en esto.
- No es menKra de tanta consideración - respondió CrisKna- la que se dice sin perjuicio de nadie, y en provecho y crédito del que la dice. Pero, con todo esto, veo que no nos dan nada, ni nos mandan bailar. Subió en esto la gitana vieja, y dijo:
- Nieta, acaba, que es tarde y hay mucho que hacer y más que decir.
- Y ¿qué hay, abuela? - preguntó Preciosa-. ¿Hay hijo o hija?
- Hijo, y muy lindo - respondió la vieja-. Ven, Preciosa, y oirás verdaderas maravillas.
- ¡Plega a Dios que no muera de sobreparto! - dijo Preciosa.
- Todo se mirará muy bien - replicó la vieja-; cuanto más, que hasta aquí todo ha sido parto derecho, y el infante es como un oro.
- ¿Ha parido alguna señora? - preguntó el padre de Andrés Caballero.
- Sí, señor - respondió la gitana-, pero ha sido el parto tan secreto, que no le sabe sino Preciosa y yo, y otra persona; y así, no podemos decir quién es.
- Ni aquí lo queremos saber - dijo uno de los presentes-, pero desdichada de aquella que en vuestras lenguas deposita su secreto, y en vuestra ayuda pone su honra.
- No todas somos malas - respondió Preciosa-: quizá hay alguna entre nosotras que se precia de secreta y de verdadera, tanto cuanto el hombre más esKrado que hay en esta sala; y vámonos, abuela, que aquí nos Kenen en poco; pues en verdad que no somos ladronas ni rogamos a nadie.
- No os enojéis, Preciosa - dijo el padre-; que, a lo menos de vos, imagino que no se puede presumir cosa mala, que vuestro buen rostro os acredita y sale por fiador de vuestras buenas obras. Por vida de Preciosita, que bailéis un poco con vuestras compañeras; que aquí tengo un doblón de oro de a dos caras, que ninguna es como la vuestra, aunque son de dos reyes. Apenas hubo oído esto la vieja, cuando dijo:
- Ea, niñas, haldas en cinta, y dad contento a estos señores. Tomó las sonajas Preciosa, y dieron sus vueltas, hicieron y deshicieron todos sus lazos con tanto donaire y desenvoltura, que tras los pies se llevaban los ojos de cuantos las miraban, especialmente los de Andrés, que así se iban entre los pies de Preciosa, como si allí tuvieran el centro de su gloria. Pero turbósela la suerte de manera que se la volvió en infierno; y fue el caso que en la fuga del baile se le cayó a Preciosa el papel que le había dado el paje, y, apenas hubo caído, cuando le alzó el que no tenía buen concepto de las gitanas, y, abriéndole al punto, dijo:
- ¡Bueno; soneKco tenemos! Cese el baile, y escúchenle; que, según el primer verso, en verdad que no es nada necio. Pesóle a Preciosa, por no saber lo que en él venía, y rogó que no le leyesen, y que se le volviesen; y todo el ahínco que en esto ponía eran espuelas que apremiaban el deseo de Andrés para oírle. Finalmente, el caballero le leyó en alta voz, y era éste:
- Cuando Preciosa el panderete toca y hiere el dulce son los aires vanos, perlas son que derrama con las manos; flores son que despide de la boca. Suspensa el alma, y la cordura loca, queda a los dulces actos sobrehumanos, que, de limpios, de honestos y de sanos, su fama al cielo levantado toca. Colgadas del menor de sus cabellos mil almas lleva, y a sus plantas Kene amor rendidas una y otra flecha. Ciega y alumbra con sus soles bellos, su imperio amor por ellos le manKene, y aún más grandezas de su ser sospecha.