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Orientación Universidad
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libro para ingenieria, Tesis de Ingeniería

libro que todo ingeniero debe leer

Tipo: Tesis

2019/2020

Subido el 28/05/2020

katyha-sanchez
katyha-sanchez 🇲🇽

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FUENTES DEL PARAÍSO
Arthur C. Clarke
Título original: The Fountains of Paradise
Traducción: Edith Zilly
© 1979 by Arthur C. Clarke
© 1988 Ultramar Editores S.A.
Mallorca 49 - Barcelona
ISBN: 84-7386-325-9
Edición digital: Carlos Palazón
Revisión: abur_chocolat
A la memoria, todavía imborrable de
LESLIE EKANAYAKE (13 julio 1947 - 4 julio 1977) único amigo perfecto de toda una
vida, en el cual se combinaron como en ningún otro la lealtad, la inteligencia y la
compasión. Cuando tu espíritu radiante y lleno de amor desapareció de este mundo, se
apagó la luz en muchas existencias.
NIRVANA PRÁPTO BHÜYAT
La política y la religión son obsoletas; ha llegado el tiempo de la ciencia y la
espiritualidad.
Sri Jawaharlal Nehru, ante la Asociación de Ceilán para el Avance de la Ciencia;
Colombo, 15 de octubre de 1962.
PROLOGO
«Entre el Paraíso y Taprobane hay cuarenta leguas; desde allí puede oírse el sonido de
las Fuentes del Paraíso».
Tradicional, recogido por el fraile Marignolli (1335 de la era Cristiana).
El país al que he llamado Taprobane no existe, pero coincide en un noventa por ciento
con la isla de Ceilán (ahora Sri Lanka). Aunque las notas aclaratorias especificarán qué
sitios, sucesos y personalidades se basan en la realidad, el lector no estará muy
equivocado si calcula que el relato, cuanto más improbable, más se acerca a la realidad.
En la actualidad se suele pronunciar el nombre "Taprobane" como "Taprobein", pero la
pronunciación clásica correcta es "Tapróbani", como bien lo sabía Milton, por supuesto:
Desde la India y la dorada Chersoness
Y sobre todo la isla hindú de Taprobane…
(El Paraíso Recobrado, Libro IV)
I - EL PALACIO
1 - KALIDASA
La corona se hacia más pesada con cada año transcurrido. La primera vez que el
Venerable Bodhidharma Mahanayake Thero se la puso en la cabeza, con tan pocas
ganas, el príncipe Kalidasa se sorprendió ante su ligereza. Ahora, veinte años después, el
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FUENTES DEL PARAÍSO

Arthur C. Clarke

Título original: The Fountains of Paradise Traducción: Edith Zilly © 1979 by Arthur C. Clarke © 1988 Ultramar Editores S.A. Mallorca 49 - Barcelona ISBN: 84-7386-325- Edición digital: Carlos Palazón Revisión: abur_chocolat A la memoria, todavía imborrable de LESLIE EKANAYAKE (13 julio 1947 - 4 julio 1977) único amigo perfecto de toda una vida, en el cual se combinaron como en ningún otro la lealtad, la inteligencia y la compasión. Cuando tu espíritu radiante y lleno de amor desapareció de este mundo, se apagó la luz en muchas existencias. NIRVANA PRÁPTO BHÜYAT La política y la religión son obsoletas; ha llegado el tiempo de la ciencia y la espiritualidad. Sri Jawaharlal Nehru, ante la Asociación de Ceilán para el Avance de la Ciencia; Colombo, 15 de octubre de 1962. PROLOGO «Entre el Paraíso y Taprobane hay cuarenta leguas; desde allí puede oírse el sonido de las Fuentes del Paraíso». Tradicional, recogido por el fraile Marignolli (1335 de la era Cristiana). El país al que he llamado Taprobane no existe, pero coincide en un noventa por ciento con la isla de Ceilán (ahora Sri Lanka). Aunque las notas aclaratorias especificarán qué sitios, sucesos y personalidades se basan en la realidad, el lector no estará muy equivocado si calcula que el relato, cuanto más improbable, más se acerca a la realidad. En la actualidad se suele pronunciar el nombre "Taprobane" como "Taprobein", pero la pronunciación clásica correcta es "Tapróbani", como bien lo sabía Milton, por supuesto: Desde la India y la dorada Chersoness Y sobre todo la isla hindú de Taprobane… ( El Paraíso Recobrado , Libro IV) I - EL PALACIO 1 - KALIDASA La corona se hacia más pesada con cada año transcurrido. La primera vez que el Venerable Bodhidharma Mahanayake Thero se la puso en la cabeza, con tan pocas ganas, el príncipe Kalidasa se sorprendió ante su ligereza. Ahora, veinte años después, el

rey Kalidasa prescindía con gusto de aquella banda de oro incrustada de piedras, cuando la etiqueta de la corte así lo permitía. Poca etiqueta había allí, en la ventosa cima de la fortaleza de roca, pues pocos embajadores o peticionarios solicitaban audiencia en su formidable altura. Muchos de los que hacían el viaje hasta Yakkagala retrocedían ante el ascenso final, entre las fauces mismas del león agazapado que siempre parecía a punto de saltar desde la superficie rocosa. Ningún rey anciano podría sentarse en ese trono, que aspiraba a los cielos. Algún día Kalidasa estaría demasiado débil para llegar a su propio palacio. Pero no era probable que ese día llegara; sus muchos enemigos le ahorrarían las humillaciones de la vejez. Y esos enemigos ya se estaban reuniendo. Miró hacia el norte, como si pudiera ver los ejércitos de su medio hermano, que volvía para reclamar el ensangrentado trono de Taprobane. Pero la amenaza estaba aún lejos, tras los mares hendidos por el monzón; si bien Kalidasa confiaba más en sus espías que en sus astrólogos, le tranquilizaba saber que en eso estaban todos de acuerdo. Malgara había aguardado casi veinte años, mientras hacía sus planes y buscaba el apoyo de reyes extranjeros. Mucho más cerca, allí mismo, un enemigo aún más paciente y sutil contemplaba impertérrito el cielo del sur. El cono perfecto de Sri Kanda, la Montaña Sagrada, parecía muy próximo en esa ocasión, erguido sobre la planicie central. Desde el mismo comienzo de la historia había infundido un respetuoso temor al corazón de cuantos lo veían. Kalidasa tenía constante conciencia de su presencia callada y del poder que simbolizaba. Sin embargo, el Mahanayake Thero no tenía ejércitos, no tenía elefantes de guerra que gritaran y sacudieran colmillos de bronce al lanzarse a la carga. El Alto Sacerdote era tan sólo un anciano de túnica anaranjada, cuyas únicas posesiones materiales consistían en una escudilla de mendigo y una hoja de palma para protegerse del sol. En tanto los monjes inferiores y sus acólitos cantaban las escrituras a su alrededor, él permanecía sentado, en silencio, con las piernas cruzadas… y de algún modo interfería en el destino de los reyes. Era muy extraño. Ese día era tan despejado que Kalidasa podía ver el templo, empequeñecido por la distancia hasta parecer una diminuta cabeza blanca de flecha, erguida en la cumbre misma de Sri Kanda. No parecía obra humana; ante ella, el rey recordaba las montañas aún más altas divisadas en su juventud, cuando fuera medio huésped y medio rehén en la corte de Mahinda el Grande. Todos los gigantes que custodiaban el imperio de Mahinda eran la base de tales crestas, formadas de una sustancia deslumbrante y cristalina que no tenía nombre en el idioma de Taprobane. Los hindúes creían que se trataba de una especie de agua, mágicamente transformada, pero Kalidasa reía ante tales supersticiones. Ese resplandor marfilino estaba sólo a tres días de marcha: uno, por la ruta real, a través de bosques y arrozales; y dos más por la escalera serpenteante que jamás podría volver a subir, porque en su extremo estaba el único enemigo temible, el único al que no podía vencer. A veces envidiaba a los peregrinos, cuando veía la fina línea de fuego dibujada por sus antorchas sobre la faz de la montaña. El más humilde mendigo podía saludar a la aurora sagrada y recibir la bendición de los dioses; el gobernante de toda esa tierra, no. Pero tenía sus consuelos, siquiera por un tiempo. Allí, custodiados por fosos y murallas, estaban los estanques y las fuentes y el Jardín de las Delicias, en los cuales había derrochado el tesoro de su reino. Y cuando se cansaba de ellos tenía las damas de la roca (las de carne y hueso, a quienes llamaba cada vez con menor frecuencia) y los doscientos inmortales inmóviles con quienes solía compartir sus pensamientos, pues no había otros en los que pudiera confiar. Un trueno retumbó a lo largo del horizonte occidental. Kalidasa volvió la espalda a la muda amenaza de la montaña para mirar hacia la distante esperanza de lluvia. Ese año el

que pareció sacudir a la misma montaña. En una conmoción sostenida y constante, cruzó corriendo el cielo apagándose hacia el este. Por unos largos segundos retumbaron los ecos en el horizonte. Nadie hubiera podido confundir aquello con un anuncio de las lluvias venideras; estaban fijadas para dentro de tres semanas, y Control de Monzones nunca se equivocaba en más de veinticuatro horas. Cuando las reverberaciones se apagaron, el Mahanayake se volvió hacia su compañero. —¡Vaya con los corredores obligatorios para el reingreso! —dijo, con un fastidio ligeramente superior al que debía permitirse un exponente del Dharma—. ¿Tenemos la medición? El monje más joven pronunció algunas palabras ante su micrófono de pulsera y aguardó una respuesta. —Sí —anunció—, llegó a ciento veinte. Cinco decibelios más que la última máxima. —Envía la protesta de costumbre a los controles de Kennedy o de Gagarin, según corresponda. Pensándolo mejor, quéjate a los dos. Aunque no servirá de nada, por supuesto. En tanto seguía con la vista el trazo humeante que se iba disolviendo poco a poco en el cielo, el Bodhidharma Mahanayake Thero, octogésimo quinto de ese nombre, tuvo una súbita ocurrencia, nada propia de un monje. Kalidasa hubiera sabido cómo tratar a los operadores de líneas espaciales que sólo pensaban en los dólares por kilo puesto en órbita; algo que incluyera, probablemente, el empalamiento, elefantes con calzado metálico o el aceite hirviendo. Pero la vida, claro está, había sido mucho más simple dos mil años atrás. 2 - EL INGENIERO Sus amigos, cuyo número disminuía de año en año, lo llamaban Johan. El mundo, cuando se acordaba de él, le decía Raja. Su nombre completo abarcaba quinientos años de historia: Johan Oliver de Alwis Sri Rajasinghe. En cierta época, los turistas que visitaban la Roca lo habían buscado con cámaras y tomavistas, pero en la actualidad existía toda una generación que ignoraba por completo los días en los que él había sido el rostro más conocido del sistema solar. No lamentaba su pasada gloria, pues le había proporcionado la gratitud de toda la humanidad. Pero también había traído consigo vanas lamentaciones por los errores que había cometido, y pena por las vidas despilfarradas, puesto que un poco más de previsión o de paciencia pudo haberlas salvado. Naturalmente, ahora resultaba fácil, con la perspectiva de la historia, comprender lo que se debió hacer para evitar la Crisis de Auckland o para reunir las reacias firmas del Tratado de Samarkanda. Era una tontería echarse en cara los inevitables errores del pasado, pero había oportunidades en las que la conciencia le dolía más que las difusas punzadas de aquella vieja bala patagónica. Nadie creyó que su retiro pudiera durar tanto tiempo. —Regresará antes de que pasen seis meses —le había dicho el presidente mundial Chu—. El poder crea hábito. —En mí no —había sido su respuesta, bastante sincera. Pues el poder le había llegado sin buscarlo. Y siempre fue muy especial, algo limitado: un poderío de consejero, no de ejecutivo. Era sólo Auxiliar Especial (embajador no oficial) de Asuntos Políticos, responsable directo ante el presidente y el consejo; su personal nunca excedió el número de diez… once, contando a Aristóteles (su terminal aún tenía acceso a los bancos procesadores y de memoria de Ari y se comunicaban varias veces al año). Pero en los últimos tiempos, el consejo aceptaba invariablemente sus sugerencias y el mundo le otorgó gran parte del crédito que debieron recibir los anónimos y desconocidos burócratas de la División Paz. Así, fue el embajador volante Rajasinghe quien obtuvo toda la publicidad, mientras iba

de rebelión en rebelión, masajeando un ego aquí, desactivando una crisis allá y manipulando la verdad con consumada destreza. Sin llegar jamás a mentir, por supuesto; eso habría sido fatal. Sin la infalible memoria de Ari, nunca hubiera podido conservar el dominio de las intrincadas hebras que a veces debía devanar para que la humanidad pudiera vivir en paz. Cuando empezaba a disfrutar del juego por el juego mismo, ya era hora de renunciar. Eso había ocurrido veinte años antes, sin que jamás lamentara su decisión. Quienes predijeron que el aburrimiento tendría éxito allí donde había fracasado la tentación del poder, no conocían a este hombre ni comprendían sus orígenes. Había vuelto a los campos y bosques de su juventud, y vivía a sólo un kilómetro de la enorme roca sombría que dominara su infancia. Su casa, en realidad, estaba más cerca del ancho foso que rodeaba el Jardín de las Delicias, y las fuentes diseñadas por el arquitecto de Kalidasa chapoteaban ahora en el mismo patio de Johan, tras un silencio de dos mil años. El agua aún fluía por los conductos de piedra originales; nada había cambiado, aunque ahora eran bombas eléctricas las que llenaban las cisternas, allá arriba en la roca, y no tandas de sudorosos esclavos. Asegurar para su retiro ese trozo de tierra, anegado de historia, había dado a Johan más satisfacción que ningún otro acto en toda su carrera; con eso satisfacía un sueño que nunca creyó ver hecho realidad. La tarea requirió de toda su habilidad diplomática, aparte de alguna delicada extorsión en el Departamento de Arqueología. Más tarde surgieron interrogantes en la Asamblea de Estado; por suerte, las preguntas no recibieron respuesta. La longitud del foso lo aislaba de todos, salvo de los turistas y los estudiantes más decididos; lo ocultaba un espeso muro de árboles, que deslumbraban con sus flores durante todo el año. Los árboles albergaban también varias familias de monos que constituían un espectáculo divertido, aunque a veces invadían la casa y huían con cualquier objeto portátil que atrajera su atención. Entonces se producía una pequeña guerra entre especies, con buscapiés y gritos de alarma recogidos en grabaciones, que perturbaban a los humanos tanto o más que a los simios. De cualquier modo, éstos volvían muy pronto, pues habían aprendido tiempo atrás que nadie era capaz de hacerles daño. Mientras uno de los más desaforados crepúsculos de Taprobane transfiguraba el cielo del oeste, un pequeño triciclo eléctrico surgió de entre los árboles y avanzó hasta las columnas del pórtico estilo Chola auténtico, del último período Ranapura, y, por tanto, completamente anacrónico allí. Pero sólo el profesor Sarath lo había advertido, cosa muy habitual en él. En su larga y amarga experiencia, Rajasinghe había aprendido a no confiar nunca en sus primeras impresiones, pero también a no pasarlas por alto. Esperaba en parte que Vannevar Morgan fuera un hombre a la medida de sus éxitos: grande e imponente. El ingeniero, en cambio, estaba bien por debajo de la estatura promedio; a primera vista podía parecer hasta frágil. Sin embargo, ese cuerpo delgado era todo fibra; el pelo, negro como la tinta, enmarcaba un rostro que no representaba, ni con mucho, sus cincuenta y un años. El archivo videográfico Biogr de Ari no le hacía justicia; hubiera podido ser un poeta romántico, un concertista de piano o, tal vez, un gran actor, de los que hechizan a las multitudes con su talento. Rajasinghe sabía reconocer el poder cuando lo veía, porque el poder había sido su oficio; y era poder lo que tenía ante sí. Cuidado con los hombres pequeños, se decía con frecuencia, porque son los que mueven y agitan al mundo. Y con esos pensamientos surgió la primera chispa de aprensión. Casi todas las semanas llegaban viejos amigos y antiguos enemigos hasta ese lugar remoto, para intercambiar noticias y reminiscencias del pasado. Recibía con agrado tales visitas, pues daban a su vida un esquema continuo. Pero siempre sabía, con bastante proximidad, cuál era el propósito de la entrevista y qué temas se tocarían. En cambio, hasta donde

excelente. —Mejor, probablemente, del que le hubieran servido en el hotel Yakkagala. Le he reservado un cuarto allí para que pase la noche; está a sólo un kilómetro de aquí, y temo que deberemos aplazar nuestra conversación hasta la hora del desayuno. Morgan pareció desilusionado, pero mostró su aquiescencia con un encogimiento de hombros. —Bueno, tengo trabajo de sobra para entretenerme. Supongo que el hotel tendrá las instalaciones completas para ejecutivos… o al menos una de las usuales terminales. Rajasinghe se echó a reír. —No le garantizo nada más sofisticado que un teléfono. Pero tengo una idea mejor. Dentro de media hora llevaré a algunos amigos a la Roca. Dan un interesante espectáculo audiovisual sumamente recomendable; si quiere venir con nosotros estaré encantado. Notó que Morgan, vacilante, buscaba una excusa cortés. —Muy amable de su parte, pero tengo que comunicarme con mi oficina, de veras. —Puede utilizar mi terminal. Puedo asegurarle que el espectáculo le parecerá fascinante, y dura sólo una hora. Ah, me olvidaba, usted no quiere que nadie sepa de su presencia aquí. Bueno, lo presentaré como el doctor Smith, de la Universidad de Tasmania. Estoy seguro de que mis amigos no lo reconocerán. Rajasinghe no tenía la menor intención de ofender a su visitante, pero el breve destello de irritación de Morgan fue inconfundible. Los instintos del viejo diplomático se pusieron en marcha automáticamente y archivaron la reacción como referencia futura. —De eso estoy seguro —dijo el ingeniero, y Rajasinghe notó en su voz el tono inconfundible de la amargura—. Está bien, seré el doctor Smith. Y ahora, si me permite utilizar su terminal… Interesante, pensó Rajasinghe. Mientras, condujo a su huésped hasta la casa; probablemente no tenía importancia. Hipótesis provisional: Morgan era un hombre frustrado, tal vez hasta desilusionado. Era difícil comprender por qué, puesto que era considerado uno de los líderes en su profesión. ¿Qué más podía desear? Cabía una sola respuesta. Rajasinghe conocía bien los síntomas, siquiera porque en su caso la enfermedad se había extinguido mucho tiempo atrás. "La fama es el acicate", recitó, en el silencio de sus pensamientos. ¿Cómo seguía? "Última debilidad en las mentes nobles… Despreciar el placer por días laboriosos". Sí, eso podía explicar el descontento que sus antenas, aún sensibles, habían detectado. Y recordó de pronto que aquel inmenso arco iris entre Europa y África recibía, invariablemente, el título de El Puente; a veces, el Puente de Gibraltar… pero nunca el Puente de Morgan. Bueno, pensó Rajasinghe para sí, si es fama lo que busca, doctor Morgan, no la hallará aquí. Entonces, por mil yakkas, ¿por qué ha venido a nuestra pequeña y tranquila Taprobane? 3 - LAS FUENTES Durante muchos días, elefantes y esclavos habían bregado bajo el sol atroz, transportando la interminable cadena de cántaros por la faz del acantilado. —¿Está listo? —preguntaba el rey, una y otra vez. —No, majestad —respondía el artesano principal—, el tanque no está lleno todavía. Pero tal vez mañana… Y al fin había llegado el mañana; ahora la corte en pleno estaba reunida en el Jardín de las Delicias, bajo los toldos de telas coloreadas. Grandes abanicos refrescaban al rey, agitados por suplicantes súbditos que habían sobornado al chambelán para obtener ese arriesgado privilegio. Era un honor que podía conducirlos a las grandes riquezas o a la muerte.

Todas las miradas estaban fijas en la superficie de la Roca y en las diminutas siluetas que se movían en su cumbre. Flameó una bandera; mucho más abajo sonó brevemente un cuerno. En la base del acantilado, unos obreros manipulaban frenéticamente las poleas y las palancas. Sin embargo, pasó mucho tiempo sin que nada ocurriera. En el rostro del rey empezó a extenderse un gesto de malhumor; la corte entera echó a temblar. Aun los abanicos perdieron impulso por algunos segundos, sólo para cobrar nueva velocidad al recordar sus operarios los azares de su tarea. En eso, un grito enorme se oyó entre los trabajadores, al pie de Yakkagala; un grito de triunfo y regocijo, que fue aproximándose a ritmo creciente, según corría por los senderos bordeados de flores. Y con él llegaba otro sonido, no tan potente, pero que daba la impresión de fuerzas irresistibles, contenidas, lanzadas hacia el objetivo. Una tras otra, surgiendo de la Tierra como por arte de magia, las esbeltas columnas de agua saltaron hacia el cielo sin nubes. Al llegar a una altura cuatro veces mayor que la estructura del hombre rompieron en flores de rocío. La luz del Sol, al atravesarlas, creaba una neblina teñida de arco iris, que aumentaba lo extraño y lo bello de la escena. Nunca ojos humanos en la historia de Taprobane habían visto tal maravilla. El rey sonrió y los cortesanos se animaron a respirar otra vez. En esta ocasión, las tuberías enterradas no habían estallado bajo el peso del agua; a diferencia de sus infortunados predecesores, los albañiles que las habían construido tendrían tantas posibilidades de alcanzar la vejez como cualquiera de quienes trabajaban para Kalidasa. Casi tan imperceptiblemente como el sol del oeste, los chorros iban perdiendo altura. Llegó un momento en que no alcanzaron sino la estatura humana: los depósitos, tan penosamente llenados, estaban ya casi vacíos. Pero el rey se mostraba muy satisfecho; alzó la mano y el nivel de agua de las fuentes descendió, para volver a elevarse como en una última reverencia ante el trono; al fin sucumbieron en silencio. Por un rato hubo ondulaciones que iban y venían por la superficie de los charcos espejados; al momento volvieron a quedar inmóviles como espejos, enmarcando la imagen de la Roca eterna. —Los obreros han trabajado bien —dijo Kalidasa—. Que se les deje en libertad. Hasta qué punto habían trabajado bien era algo que nadie comprendería, por supuesto, pues nadie podía compartir las solitarias visiones de un rey artista. Kalidasa, al inspeccionar los jardines exquisitos que rodeaban Yakkagala, sintió la mayor satisfacción que jamás conociera. Allí, al pie de la Roca, había concebido y creado el Paraíso. Tan sólo le restaba construir el Cielo, allá en la Cumbre. 4 - LA ROCA DEL DEMONIO Aquel astuto espectáculo de luces y sonidos aún tenía el poder de conmover a Rajasinghe, a pesar de haberlo visto diez veces y conocer de memoria cada argucia del programa. Era, naturalmente, obligatorio para todos los visitantes de la Roca, aunque los críticos, como el profesor Sarath, se quejaban de que fuera historia predigerida para turistas. De cualquier modo, era mejor la historia predigerida que la falta de historia; eso tendría que servir mientras Sarath y sus colegas no dejaran de vociferar sus desacuerdos sobre la verdadera secuencia de los acontecimientos ocurridos allí, dos milenios antes. El pequeño anfiteatro daba al muro oeste de Yakkagala, con las doscientas butacas orientadas de tal modo que cada espectador pudiera ver las proyecciones de láser desde el ángulo correcto. La función comenzaba siempre a la misma hora, durante todo el año: las diecinueve, cuando el último resplandor del invariable crepúsculo ecuatorial se borraba en el cielo. Ya estaba tan oscuro, que la Roca misma era invisible; su presencia sólo se revelaba como una enorme sombra negra que eclipsaba las tempranas estrellas. De pronto brotó de la oscuridad el lento batir de un tambor apagado; después, una voz serena y objetiva:

orden del rey le construyeron una tumba especial, con la tradicional forma de campana que se daba a los templos o dagobas. Aquélla fue una orden excepcional, pues despertó la instantánea hostilidad de los monjes. Las dagobas estaban reservadas para las reliquias de Buda, y aquello parecía un sacrilegio intencionado. En realidad, bien pudo ser ésa la intención del rey, pues Paravana había caído bajo el imperio de un swami hindú y se estaba volviendo contra la fe budista. Aunque el príncipe Kalidasa era demasiado joven como para verse envuelto en ese conflicto, gran parte del odio despertado entre los monjes se volvió contra él. Así se inició un odio que acabaría desgarrando el país en los años venideros. Como en el caso de tantas leyendas registradas por las antiguas crónicas de Taprobane, pasaron casi dos mil años sin pruebas de que la historia de Hanuman y el joven príncipe Kalidasa fuera algo más que una encantadora leyenda. Al fin, en 2015, un equipo de arqueólogos de Harvard descubrió los cimientos de un pequeño templo, edificado en los terrenos del antiguo palacio Ranapura. El templo parecía haber sido destruido deliberadamente, pues todos los ladrillos de la estructura habían desaparecido. ―La acostumbrada cámara de reliquias, instalada en los cimientos, estaba vacía, obviamente asaltada varios siglos antes. Pero los estudiantes contaban con herramientas que ningún buscador de tesoros soñó en tiempos pasados: la investigación con neutrino descubrió una segunda cámara de reliquias, a mucha mayor profundidad. La superior era sólo una cobertura y había cumplido con su finalidad: la cámara interior aún conservaba el tesoro de amor y odio que había sido transportado por la corriente de los siglos… hasta el lugar definitivo de reposo: el museo de Ranapura. Morgan siempre se había considerado, y con motivos suficientes, bastante duro de corazón y poco sentimental, nada propenso a los arrebatos de la emoción. Sin embargo, y para su total confusión ―era de esperar que sus compañeros no lo notaran― sintió los ojos colmados de lágrimas repentinas. ¡Era ridículo que un poco de música almibarada y un relato sensiblero pudieran afectar así a un hombre sensato! Nunca hubiera creído que el sólo hecho de ver el juguete de un niño pudiera hacerlo sollozar. En un súbito relampagueo de recuerdos ―que le devolvieron un momento perdido en cuarenta años de pasado―, comprendió por qué estaba tan conmovido. Volvía a ver su querido barrilete, coleando y descendiendo sobre el parque de Sydney, donde él había pasado gran parte de su infancia. Podía sentir el calor del sol, el viento suave sobre su espalda desnuda; el mismo viento traicionero que cesó bruscamente, haciendo que el barrilete cayera hacia tierra. Quedó enredado en las ramas del roble gigantesco, al que se suponía más antiguo que el mismo país; él, tontamente, tiró del hilo, tratando de liberarlo. Fue su primera lección sobre la resistencia de los materiales, y ya nunca la olvidó. El hilo se rompió allí donde estaba enredado y el barrilete salió dando tumbos, alejándose por el cielo estival; iba perdiendo altura poco a poco. El muchachito corrió hasta el borde del agua, con la esperanza de que cayera en tierra; pero el viento no escuchó sus plegarias. Pasó largo tiempo sollozando ante los fragmentos deshechos. Éstos se alejaban a la deriva por el gran puerto, como un velero sin mástil, hasta perderse de vista rumbo al mar abierto. Aquélla fue la primera de esas tragedias triviales que moldean la niñez de un hombre, las recuerde o no. Sin embargo, lo que Morgan había perdido entonces era sólo un juguete inanimado; sus lágrimas fueron más de frustración que de pena. El príncipe Kalidasa tenía causas mucho más profundas para la angustia. Dentro del pequeño carro dorado, que aún parecía recién salido de manos del joyero, había un manojo de diminutos huesos blancos. Morgan se perdió una parte del relato siguiente; cuando los ojos se le aclararon habían pasado diez o doce años y se desarrollaba una compleja lucha familiar: alguien estaba asesinando a alguien, aunque el ingeniero no pudo comprender de quiénes se trataba. Cuando cesó el chocar de los ejércitos y cayó la última daga, el príncipe heredero

Malgara y la reina madre tuvieron que huir de la India; Kalidasa se había apoderado del trono, y había encarcelado a su padre en el proceso. Si el usurpador no llegó a ejecutar a Paravana, no fue debido a la devoción filial, sino a su creencia de que el viejo rey aún poseía ciertos tesoros secretos, que guardaba para Malgara. Mientras Kalidasa estuviera convencido de eso, Paravana se sabía a salvo; pero al fin se cansó del engaño. —Te mostraré mi verdadera riqueza —dijo a su hijo—. Dame un carruaje y te llevaré hasta donde está. Pero en su último viaje, a diferencia del pequeño Hanuman, Paravana tuvo que utilizar un decrépito carro de bueyes. Dicen las crónicas que una de las ruedas, medio rota, crujió durante todo el trayecto; ese tipo de detalles suele ser verdad, pues ningún historiador se tomaría el trabajo de inventarlos. Para sorpresa de Kalidasa, el padre ordenó que el carro lo llevara hasta el gran lago artificial que irrigaba la zona central de su reino, cuya construcción se había llevado a cabo durante la mayor parte de su reinado. Caminó por la orilla del enorme embalse y contempló su propia estatua, dos veces mayor que él mismo, que lo representaba mirando sobre las aguas. —Adiós, viejo amigo —dijo, y se dirigió a la imponente silueta de piedra, símbolo de su perdido poder y gloria, que sostenía para siempre en sus manos el mapa de ese mar interior—. Protege mi heredad. Seguidamente, observado de cerca por Kalidasa y sus guardias, descendió por los peldaños sin detenerse siquiera al llegar al lago. Cuando el agua le llegó a la cintura, recogió un poco entre las manos y la arrojó por encima de la cabeza. Después se volvió hacia Kalidasa con orgullo triunfal. —Aquí, hijo mío —gritó, indicando con un ademán las leguas de agua pura y vivificante —. ¡Aquí, aquí está toda mi riqueza! —¡Matadlo! —gritó Kalidasa, loco de rabia y desilusión. Y los soldados obedecieron. Así Kalidasa se convirtió en el amo de Taprobane, pero a un precio que pocos hombres estarían dispuestos a pagar. Pues, tal como anotan las crónicas, vivía «temiendo al otro mundo y a su hermano». Tarde o temprano, Malgara volvería en busca del trono que le correspondía por derecho. Durante algunos años, Kalidasa tuvo su corte en Ranapura, como los muchos reyes que le habían precedido. Después, por razones sobre las cuales la historia guarda silencio, abandonó la capital del reino, cambiándola por el aislado monolito de Yakkagala, a cuarenta kilómetros de allí, en medio de la selva. ―Algunos pensaron que buscaba una fortaleza inexpugnable, donde estuviera a salvo de la venganza de su hermano. Sin embargo, en el último momento desdeñó su protección; y si era tan sólo una ciudadela, ¿por qué rodeó a Yakkagala de inmensos jardines de placer, cuya construcción debió requerir tanto trabajo como los mismos muros y el foso? Sobre todo, ¿para qué los frescos? Cuando el narrador planteó esta pregunta, toda la cara occidental de la roca se materializó en medio de la oscuridad, no como era en la actualidad sino como debió de haber sido dos milenios antes. Una franja, que empezaba a cien metros del suelo y cruzaba todo el ancho de la roca, había sido alisada y cubierta con yeso. Sobre él se veían los retratos de varias hermosas mujeres, formando grupos, de tamaño natural y sólo de cintura para arriba. Algunas, de perfil; otras, de frente, todas obedientes al mismo esquema básico. Piel ocre, busto voluptuoso, vestidas sólo con joyas o con las prendas más transparentes. Algunas llevaban peinados muy altos y complicados; otras, al parecer, coronas. Muchas portaban cuencos de flores o mostraban un solo capullo, sujeto delicadamente entre los dedos. Aunque la mitad de ellas eran de piel más oscura que sus

de las Delicias hasta el palacio aéreo. Pero existía un sustituto por el cual un hombre envejecido podía hallar considerable satisfacción: años atrás había adquirido un telescopio de veinte centímetros, compacto y potente; con él podía vagar por todo el muro oeste de la Roca, siguiendo el sendero por el cual había llegado hasta la cumbre tantas veces, en tiempos pasados. Cuando espiaba por el binocular le era fácil imaginarse en el aire, tan cerca del granito que lo hubiera podido tocar con sólo extender la mano. Al caer la tarde, cuando los rayos del sol poniente pasaban por debajo de la roca saliente que protegía los frescos, Rajasinghe los visitaba para rendir tributo a las señoras de la corte. Las amaba a todas, pero tenía sus favoritas; a veces les hablaba en silencio, con las palabras y las frases más arcaicas que conocía, muy consciente de que su taprobani más antiguo estaba a mil años en el futuro con respecto a ellas. También le divertía contemplar a los vivos y estudiar sus reacciones mientras subían por la roca, se tomaban mutuamente fotografías en la cumbre o admiraban los frescos. Nadie tenía idea de que los acompañaba un invisible ―y envidioso― espectador, que se movía sin esfuerzo junto a ellos como un fantasma silencioso, tan próximo como para ver cada expresión, cada detalle de la ropa. Pues el poder del telescopio era tal que, si Rajasinghe hubiera podido leer los labios, habría conocido las conversaciones de los turistas. Si aquello era espiar, se trataba de algo inocente; por otra parte, su «vicio» no tenía nada de secreto, pues le encantaba compartirlo con sus visitantes. El telescopio era una de las mejores introducciones a Yakkagala, y con frecuencia había cumplido otras funciones útiles. Rajasinghe advertía muchas veces a los guardias que alguien intentaba llevarse «recuerdos», y más de un turista atónito fue atrapado mientras tallaba sus iniciales en la faz de la Roca. Rajasinghe no solía utilizar el telescopio por la mañana, pues a esas horas el sol estaba al otro lado de Yakkagala y era poco lo que se podía ver sobre la cara en sombras. Y hasta donde le alcanzaba la memoria, nunca lo había empleado tampoco después del amanecer, cuando aún estaba disfrutando la deliciosa costumbre local del té en la cama, introducida hacía tres siglos por los plantadores europeos. Ese día, empero, al mirar por la amplia ventana que le ofrecía una vista casi completa de Yakkagala, se sorprendió al ver que una diminuta silueta avanzaba por la cresta de la Roca, recortada en parte contra el cielo. Los visitantes nunca escalaban tan temprano; el guardia no abriría siquiera el ascensor hasta dentro de una hora. Perezosamente, Rajasinghe se preguntó quién sería el madrugador. Salió de la cama, se enfundó en el colorido sarong y salió a la terraza, el torso desnudo, para avanzar hasta la sólida columna que sostenía el telescopio. Por quincuagésima vez se dijo que el instrumento necesitaba una funda contra el polvo, en serio. Y volvió el tubo romo hacia la Roca. ¡Bien podría haberlo imaginado!, se dijo con bastante placer, mientras buscaba la máxima potencia. Por lo visto, el espectáculo de la noche anterior había impresionado a Morgan, como cabía esperar. El ingeniero había ido a ver con sus propios ojos, en el poco tiempo de que disponía, cómo habían hecho los arquitectos de Kalidasa para afrontar el desafío planteado ante ellos. Súbitamente, Rajasinghe notó algo alarmante. Morgan caminaba a paso rápido por el mismo borde de la mesetas, a pocos centímetros de la pendiente en pico, a la que pocos turistas se atrevían siquiera a aproximarse. Pocos tenían el valor de sentarse en el Trono del Elefante, con los pies colgando en el abismo; pero ahora el ingeniero se había arrodillado junto a él, nada menos, y se sujetaba a la piedra tallada con un brazo con toda tranquilidad… para inclinarse hacia la nada, a inspeccionar la faz rocosa extendida hacia abajo. Rajasinghe, que nunca se había sentido muy feliz en las alturas, ni siquiera en las tan familiares de Yakkagala, apenas soportaba mirar aquel espectáculo.

Tras algunos minutos de incrédula observación, decidió que Morgan debía ser una de esas escasas personas a quienes la altura no causa vértigo. La memoria de Rajasinghe, que seguía siendo excelente, aunque se divertía jugándole malas pasadas, se esforzaba por traer algo a su conciencia. ¿No había existido una vez cierto francés que cruzó las cataratas del Niágara sobre una cuerda tensa, y hasta se detuvo en el medio para preparar la comida? Él nunca hubiera podido creer esa historia, de no existir pruebas documentales abrumadoras. Y en el caso presente había otra cosa importante, algo que concernía a Morgan en persona. ¿Qué podía ser? Morgan, Morgan… Rajasinghe no había sabido prácticamente nada de él hasta la semana anterior… ¡Eso era! Se trataba de una breve controversia que había servido de diversión a los medios periodísticos por uno o dos días, y ésa debió ser la primera vez que oyó hablar de Morgan. El principal diseñador del proyectado Puente de Gibraltar había anunciado una innovación sorprendente. Como todos los vehículos lo cruzarían mediante control automático, no había ninguna razón para poner parapetos o barandas en los bordes de la ruta, y al eliminarlas se ahorrarían varios miles de toneladas. A todo el mundo le pareció una idea horrible, por supuesto; el público preguntaba a gritos qué pasaría si fallaba el manejo automático de algún vehículo y éste se dirigía hacia el borde. El diseñador tenía respuestas para eso. Demasiadas respuestas, por desgracia. En el supuesto caso de que fallara el control mecánico, los frenos actuarían automáticamente, como bien lo sabía todo el mundo, y el vehículo se detendría en menos de cien metros. Sólo en los carriles más próximos al borde existía alguna posibilidad de que el coche se precipitara al vacío, pero eso requería un fallo total de la guía, los sensores y los frenos, cosa que podía presentarse una vez cada veinte años. Hasta allí, todo estaba bien. Pero el jefe de ingenieros agregó una advertencia aclaratoria. Tal vez no pensaba que la publicarían, o quizá bromeaba a medias. Pero dijo a continuación que, si tal accidente se producía, cuanto antes se precipitara el automóvil en cuestión sin dañar su hermoso puente, más feliz sería él. No es necesario aclarar que, a fin de cuentas, el puente se construyó provisto de un alambrado protector a lo largo de los carriles exteriores. Que Rajasinghe supiera, nadie se había zambullido aún en el Mediterráneo. Pero Morgan parecía un suicida decidido a sacrificarse en aras de la gravedad, allí en Yakkagala; de otro modo no cabía explicación a sus acciones. Y ahora, ¿qué estaba haciendo? Estaba de rodillas junto al Trono del Elefante, sosteniendo una pequeña caja rectangular, cuya forma y tamaño correspondían a los de un anticuado libro. Rajasinghe lo veía sólo de cuando en cuando, y el modo en que el ingeniero lo empleaba parecía no tener sentido. Tal vez fuera algún tipo de artefacto analizador, aunque él no sabía qué interés podía tener el ingeniero en la composición de Yakkagala. ¿Acaso pensaba construir algo allí? No lo permitirían, por supuesto, y Rajasinghe no veía en semejante sitio ningún atractivo concebible; por suerte, en la actualidad escaseaban los reyes megalómanos. Y, por las reacciones de Morgan durante la noche anterior, estaba seguro de que el ingeniero no había oído hablar de Yakkagala antes de llegar a Taprobane. En ese momento, Rajasinghe, que siempre se había enorgullecido de su autodominio en las situaciones más inesperadas y dramáticas, soltó un involuntario grito de terror. Vannevar Morgan acababa de dar un tranquilo paso hacia atrás, en el acantilado, hacia el espacio vacío. 6 - EL ARTISTA

tomado alguna gran decisión y estuviera finalmente en paz. —Comprendo —dijo, irguiéndose en toda su estatura. Luego, deliberadamente, volvió la espalda al rey, como si su real amo no existiera ya, y miró directamente al sol ardiente. Kalidasa recordó que el sol era el dios de los persas; había dioses peores. Las palabras que Firdaz murmuraba debían ser una plegaria en su idioma. El artista miraba fijamente el disco cegador, como si supiera que sería su última visión… —¡Sujétenlo! —gritó el rey. Los guardias se precipitaron hacia adelante, pero ya era tarde. Aunque el arquitecto debía estar cegado, se movió con absoluta precisión. En tres pasos había llegado al parapeto y saltó por encima de él. Cayó silenciosamente en una larga curva, hasta los jardines que planeara durante tantos años; no hubo eco cuando el arquitecto de Yakkagala llegó a la base de su obra maestra. Kalidasa se lamentó por muchos días, pero su pena se convirtió en ira cuando interceptaron la última carta del persa a Ishfahán. Alguien había advertido a Firdaz que lo cegarían cuando acabara su obra. Y eso era una maldita mentira. Nunca descubrió la fuente del rumor, aunque no pocos hombres murieron lentamente antes de probar su inocencia. Le entristecía que el persa hubiera creído esa falsedad; habría debido saber que a un artista como él jamás le hubiera robado el don de la vista. Pues Kalidasa no era cruel ni ingrato. Su intención había sido cargar a Firdaz de oro, o al menos de plata, y enviarlo con sirvientes que lo cuidaran por el resto de su vida. Jamás habría necesitado volver a usar las manos, y después de un tiempo no las hubiera echado de menos. 7 - EL PALACIO DEL REY-DIOS Vannevar Morgan no había dormido bien, cosa muy poco habitual. Siempre se había enorgullecido de conocerse a sí mismo, de profundizar en sus impulsos y emociones. Si no podía dormir, quería saber por qué. Lentamente, mientras la primera luz anterior al alba brillaba trémula en el cielo raso de su habitación, mientras escuchaba los gritos de campana de aquellos pájaros desconocidos, empezó a dominar sus pensamientos. Nunca habría llegado a ser ingeniero en jefe de Construcciones Terráqueas si no hubiese sabido planificar su vida para evitar las sorpresas. Aunque ningún hombre puede ser inmune a los accidentes de la casualidad y el destino, había tomado todas las precauciones razonables para salvaguardar su carrera… y, especialmente, su reputación. Su futuro era tan a prueba de riesgos como estaba en su mano hacerlo; aun si muriera de pronto, los programas almacenados en los bancos de su computadora protegerían su apreciado sueño hasta más allá de la tumba. Hasta el día anterior no había oído hablar de Yakkagala. En realidad, pocas semanas antes tenía apenas una vaga conciencia de la existencia de Taprobane; pero la lógica de su búsqueda lo dirigía inexorablemente hacia la isla. A esas horas ya debiera haber partido, y en cambio su misión no había comenzado todavía. No le importaba esa leve grieta en sus planes, pero sí la sensación de estar bajo el impulso de fuerzas que superaban su entendimiento. Sin embargo, en tal sobrecogimiento había una resonancia familiar. La había experimentado antes, cuando niño, al remontar su barrilete perdido en Kiribilli Park, junto a los monolitos graníticos que en otros tiempos fueran los muelles del puerto de Sydney, demolido hacía muchos años. Aquellas montañas gemelas habían dominado su niñez, moldeando su destino. Tal vez habría sido ingeniero de cualquier modo, pero el lugar de su nacimiento determinó que fuera constructor de puentes. Y por eso había sido el primero en franquear el espacio entre Marruecos y España, tres kilómetros por encima de las furiosas aguas del

Mediterráneo. Y en ese momento de triunfo no había soñado siquiera en este otro desafío tanto más estupendo que le deparaba el futuro. Si lograba el éxito en la tarea que tenía ante sí, sería famoso por los siglos venideros. Su mente, su fuerza y voluntad estaban ya forzadas al máximo; no tenía tiempo para distracciones ociosas. Sin embargo, había quedado fascinado ante la obra de un arquitecto ingeniero, fallecido dos mil años antes y perteneciente a una cultura totalmente distinta. Además, allí estaba el misterio del mismo Kalidasa: ¿cuál había sido su propósito al construir Yakkagala? Tal vez el rey fuera un monstruo, pero algo de su temperamento accionaba un resorte en los sitios secretos del corazón de Morgan. El sol aparecería en menos de treinta minutos; faltaban aún dos horas para desayunar con el embajador Rajasinghe. Tenía tiempo suficiente… y tal vez ésa fuera su única oportunidad. Morgan no era propenso a perder el tiempo. En menos de un minuto tuvo puestos los pantalones y el jersey, pero tardó bastante más en verificar cuidadosamente su calzado. Aunque llevaba años sin escalar en serio, siempre llevaba consigo un buen par de botas fuertes y livianas; en su profesión le resultaban con frecuencia indispensables. Ya había cerrado la puerta de su habitación cuando se le ocurrió algo. Por un momento permaneció en el corredor, vacilando; al fin, con una sonrisa se encogió de hombros. No costaba nada, y uno nunca sabía… De regreso en su habitación, Morgan abrió la maleta y sacó una caja pequeña, plana, de forma y tamaño similares a los de una calculadora de bolsillo. Verificó la carga de la batería, probó el control manual y lo abrochó a la hebilla de acero de su fuerte cinturón sintético. Ahora sí, estaba listo para entrar en el reino embrujado de Kalidasa y enfrentarse a cuantos demonios hubiera en él. El sol se elevó, vertiendo un bienvenido calor sobre la espalda de Morgan, mientras atravesaba el hueco de las grandes murallas que formaban las defensas exteriores de la fortaleza. Ante él, cruzadas por un estrecho puente de piedra, se extendían las tranquilas aguas del gran foso, en una línea bien recta que se prolongaba medio kilómetro a cada lado. Una pequeña flotilla de cisnes navegó con esperanza hacia él entre los lirios, para dispersarse con un encrespar de plumas al ver que no tenía alimento que ofrecerles. Al otro lado del puente se alzaba un segundo muro, más pequeño. Morgan subió el angosto tramo de escaleras abierto en él y se encontró ante el Jardín de las Delicias y la misma faz de la Roca, que se cernía por encima. A lo largo de un eje trazado en los jardines, las fuentes subían y bajaban juntas en un lánguido ritmo, como si respiraran lentamente y al unísono. No había otro ser humano a la vista; todo Yakkagala estaba a su disposición. La ciudad-fortaleza no habría podido estar más solitaria en los mil setecientos años de sumisión a la selva, entre la muerte de Kalidasa y su redescubrimiento gracias a los arqueólogos del siglo XIX. Morgan dejó atrás la hilera de fuentes, sintiendo la llovizna contra la piel, y se detuvo a admirar la alcantarilla de piedra, obviamente original y de hermosa talla, que recogía las aguas derramadas. Se preguntaba cómo habrían hecho los antiguos ingenieros hidráulicos para llevar el agua hasta las fuentes, y qué diferencias de presión podían soportar; aquellos chorros raudos y verticales debieron haber sido realmente pasmosos para quienes los vieron por vez primera. Hacia adelante había un empinado tramo de escalones graníticos, tan estrechos que las botas de Morgan entraban en ellos a duras penas. ¿Acaso tendrían los constructores de ese palacio extraordinario los pies tan diminutos? ¿O se trataba de una astuta trampa del arquitecto para desalentar a los visitantes hostiles? Sin duda sería difícil para los soldados lanzarse a la carga por esa cuesta de sesenta grados, con escalones que parecían diseñados para enanos. Una pequeña plataforma, otro idéntico tramo de escalones, y Morgan se encontró en una larga galería en suave ascenso, cortada en los flancos inferiores de la Roca. Estaba

del monstruo gigantesco y leonino que en otros tiempos había dominado el paisaje, imponiendo el terror en el corazón de cuantos lo miraban. Pues allí, saliendo de la faz rocosa, asomaban las garras de una bestia gigantesca, agazapada; tan sólo las zarpas llegaban a la cintura de un hombre normal. No quedaba otra cosa, con excepción de una nueva escalera de granito que subía por entre el montón de escombros que, en otros tiempos, seguramente fuera la cabeza de la criatura. Aun en ruinas, la idea era apabullante: quien se atreviera a introducirse en la última fortaleza del rey debía pasar antes por unas fauces abiertas. La última ascensión por la cara del precipicio, que bajaba a plomo y hasta con una ligera inclinación hacia adentro, se efectuaba por una serie de escalerillas de mano hechas de hierro, con barandillas destinadas a tranquilizar a los visitantes nerviosos. Pero Morgan ya había sido advertido de que allí el verdadero peligro no era el vértigo, sino los enjambres de avispones que anidaban en las pequeñas cuevas de la roca; por lo común eran pacíficos, pero los visitantes ruidosos los habían perturbado algunas veces, con resultados fatales. Dos mil años antes, la cara septentrional de Yakkagala estaba cubierta de muros y fortificaciones que proporcionaban un buen fondo a la Esfinge taprobana; tras esas paredes debió haber escaleras que llevaran hasta la cumbre. Pero el tiempo, el clima y la mano vengativa de los hombres habían acabado con todo. Sólo quedaba la roca desnuda, tallada con miríadas de ranuras horizontales y angostos salientes que sostuvieron los cimientos de un artesanado ya desaparecido. El ascenso terminó bruscamente. Morgan se encontró en una pequeña isla que flotaba doscientos metros por encima de un paisaje: árboles y sembrados en una planicie, exceptuando el lado sur, donde las montañas centrales quebraban el horizonte. Estaba completamente aislado del resto del mundo, pero se sentía dueño de cuanto divisaba. Nunca, desde que se irguiera entre las nubes, a caballo entre Europa y África, había experimentado tal éxtasis aéreo. Aquélla era, en verdad, la residencia de un rey-dios, y las ruinas de su palacio lo rodeaban por doquier. Un desconcertante laberinto de muros quebrados ―ninguno de los cuales le llegaba más allá de la cintura―, montones de ladrillos arruinados por el tiempo y senderos pavimentados de granito cubrían toda la meseta, hasta el borde mismo del precipicio. Morgan vio también una gran cisterna cavada profundamente en la roca sólida; presumiblemente había cumplido la función de depósito de agua. Mientras hubiera provisiones disponibles, bastaría un puñado de hombres decididos para resistir eternamente en ese lugar; pero si verdaderamente se había intentado hacer de Yakkagala una fortaleza, sus defensas nunca habían sido puestas a prueba. El último y fatal encuentro de Kalidasa con su hermano se produjo mucho más allá de las murallas exteriores. Morgan, olvidándose casi de la hora, vagó entre los cimientos del palacio que en otros tiempos coronara la Roca. Trató de penetrar en la mente del arquitecto basándose en los restos de su obra. ¿Por qué había un sendero allí? Ese tramo de escaleras truncadas, ¿llevaba a un piso superior? Si ese hueco en la roca con forma de ataúd era una bañera, ¿cómo se llenaba de agua y cómo se vaciaba? Su investigación resultó tan fascinante que no prestó atención al creciente calor del Sol, a pesar de que abrasara desde un cielo despejado. Mucho más abajo, el paisaje esmeraldino iba despertando a la vida. Como escarabajos de colores brillantes, un grupo de pequeños tractores robóticos se dirigía hacia los arrozales. Por improbable que pareciera, un útil elefante estaba empujando un ómnibus volcado para volver a ponerlo en la ruta; obviamente, el vehículo se había salido de ella al tomar una curva a demasiada velocidad; Morgan creyó oír la aguda voz del conductor, encaramado justo detrás de las enormes orejas. Y un río de turistas invadía, como un ejército de hormigas, el Jardín de las Delicias, procedentes del hotel Yakkagala; no podría

disfrutar por mucho tiempo más de su soledad. De cualquier modo, ya casi había completado su exploración de las ruinas, aunque habría podido pasar toda una vida investigándolas, por supuesto. Se sintió feliz al descansar un rato en un banco de granito de hermosa talla, en el borde mismo de la pendiente vertical que daba al cielo del sur, a doscientos metros de altura. Morgan dejó que sus ojos otearan la hilera de lejanas montañas aún ocultas en parte por una neblina azul que el sol matutino no había dispersado todavía. Mientras las observaba, ociosamente, súbitamente comprendió que aquella parte no era un grupo de nubes. Ese cono difuso no era una efímera construcción de viento y vapor; no había duda de su perfecta simetría, erguida entre sus hermanos más pequeños. Por un momento, el impacto del descubrimiento vació su mente de toda sensación, exceptuando el asombro y un respeto casi supersticioso. No se había dado cuenta de que la Montaña Sagrada era tan claramente visible desde Yakkagala. Pero allí estaba, emergiendo poco a poco de las sombras nocturnas, preparándose a enfrentar un nuevo día. Y también un nuevo futuro, si Morgan lograba lo que se proponía. Conocía todas sus dimensiones, toda su geología; había trazado sus mapas con estereofotografías, la había estudiado desde los satélites. Pero verla por vez primera con sus propios ojos le daba una sensación de nueva realidad; hasta ahora, todo había sido teoría. Y a veces ni siquiera eso. Más de una vez, en las grises horas de la madrugada, lo habían despertado pesadillas en las cuales todo su proyecto parecía una fantasía ridícula, que, en lugar de llevarlo a la fama, lo convertiría en el hazmerreír del mundo. En otros tiempos, algunos de sus colegas habían llamado al Puente «La locura de Morgan». ¿Qué dirían, entonces, de su último sueño? Pero nunca, hasta entonces, lo habían detenido los obstáculos creados por el hombre. El verdadero enemigo era la naturaleza: el adversario cordial que no engañaba, que siempre jugaba limpio, pero jamás dejaba de sacar ventaja ante el más leve descuido, ante la menor omisión. Y todas las fuerzas de la Naturaleza estaban resumidas, para él, en ese lejano cono azul que conocía tan bien, pero que aún debía caer bajo sus pies. Tal como Kalidasa lo había hecho con tanta frecuencia desde ese mismo lugar, Morgan miró fijamente por encima de la fértil llanura, para calcular el desafío y estudiar su estrategia. Para Kalidasa, Sri Kanda representaba a un mismo tiempo el poder del sacerdocio y el poder de los dioses, ambos conspirando contra él. Ahora los dioses habían desaparecido, pero los sacerdotes perduraban. Representaban algo que Morgan no comprendía bien y a lo cual, por tanto, trataba con cauteloso respeto. Era hora de bajar; no debía retrasarse nuevamente, sobre todo por un fallo propio. Mientras se levantaba de la roca en la cual había estado sentado, un pensamiento que venía preocupándolo desde hacía varios minutos llegó al fin a la conciencia. Qué extraño, haber construido un asiento tan ornamentado, con esos bellos elefantes esculpidos, al borde mismo del precipicio. Morgan no era capaz de resistir tal desafío intelectual. Inclinado hacia el abismo, trató una vez más de ajustar su mente de ingeniero a la de un colega muerto dos milenios atrás. 8 - MALGARA Cuando Malgara vio por última vez al hermano con quien había compartido su niñez, ni sus más íntimos camaradas pudieron descifrar su expresión. El campo de batalla ya estaba en silencio; hasta los gritos de los heridos habían sido acallados por hierbas curativas o por espadas aún más potentes. Tras largo rato, el príncipe se volvió hacia la silueta de túnica amarilla que tenía a su lado: —Usted lo coronó, venerable Bodhidharma. Ahora puede prestarle un último servicio. Encárguese de que reciba los honores dignos de un rey.