Docsity
Docsity

Prepara tus exámenes
Prepara tus exámenes

Prepara tus exámenes y mejora tus resultados gracias a la gran cantidad de recursos disponibles en Docsity


Consigue puntos base para descargar
Consigue puntos base para descargar

Gana puntos ayudando a otros estudiantes o consíguelos activando un Plan Premium


Orientación Universidad
Orientación Universidad


Literatura comedia - Plauto Pséudolo, Apuntes de Latín

Literatura comedia - Plauto, Pséudolo

Tipo: Apuntes

2025/2026

A la venta desde 17/02/2026

daniela-herrera-moreno
daniela-herrera-moreno 🇪🇸

45 documentos

1 / 34

Toggle sidebar

Esta página no es visible en la vista previa

¡No te pierdas las partes importantes!

bg1
LITERATURA COMEDIA
CARACTERÍSTICAS
1 El coro pierde importancia hasta el punto de llegar a desaparecer
2 Se incluyen recursos musicales en las obras (instrumental y canto) y no llevan máscara.
3 Con frecuencia se adaptan obras griegas o incluso se refunden varias griegas en una
latina (contaminatio).
4 Los actores eran masculinos y si el atuendo, la escenografía etc, se desarrolla en Grecia,
se denomina fábula palliata (de pallium, vestidura típicamente griega). Por el contrario, si se
hace al estilo romano, se denomina fábula togata (de toga, vestidura típicamente romana)
5 Suele comenzar con un largo monólogo en el que un dios o un gran personaje narra los
hechos pasados, expone la situación e insinúa el futuro.
6 Personajes arquetípicos. El joven alocado, derrochador y apasionado; el viejo
conservador y, a veces, avaro, a veces, viejo verde, pero intransigente con su hijo; matronas
serias y virtuosas; jovencitas que sólo piensan en el amor y el matrimonio; esclavo astuto y
liante que ayuda a su joven amo en sus lances amorosos; el parásito rastrero; el soldado
fanfarrón; la prostituta; el/la alcahueta el cocinero
7 Final feliz. Predomina un tono ligero y optimista, con desenlaces felices en los que el
conflicto se resuelve mediante engaños o enredos.
TÓPICOS
Plauto
Pséudolo
Astucia del
esclavo (Miles
gloriosus)
Tópico cómico del esclavo
ingenioso que engaña al
soldado fanfarrón. Inversión
de jerarquías.
Base de la comedia clásica,
del pícaro, del teatro del
Siglo de Oro y comedia de
enredo.
PSÉUDOLO - PLAUTO
PERSONAJES:
PSÉUDOLO, esclavo de Simón.
CALIDORO, joven, hijo de Simón.
BALIÓN, rufián.
SIMÓN, viejo.
CALIFÓN, viejo, amigo de Simón.
HÁRPAX, criado de un militar.
CARINO, joven, amigo de Calidoro.
ESCLAVOS.
CORTESANAS.
UN JOVEN ESCLAVO DE BALIÓN. UN COCINERO.
SIMIA, sicofanta.
La acción transcurre en Atenas.
pf3
pf4
pf5
pf8
pf9
pfa
pfd
pfe
pff
pf12
pf13
pf14
pf15
pf16
pf17
pf18
pf19
pf1a
pf1b
pf1c
pf1d
pf1e
pf1f
pf20
pf21
pf22

Vista previa parcial del texto

¡Descarga Literatura comedia - Plauto Pséudolo y más Apuntes en PDF de Latín solo en Docsity!

LITERATURA COMEDIA

CARACTERÍSTICAS

1 El coro pierde importancia hasta el punto de llegar a desaparecer 2 Se incluyen recursos musicales en las obras (instrumental y canto) y no llevan máscara. 3 Con frecuencia se adaptan obras griegas o incluso se refunden varias griegas en una latina (contaminatio). 4 Los actores eran masculinos y si el atuendo, la escenografía etc, se desarrolla en Grecia, se denomina fábula palliata (de pallium, vestidura típicamente griega). Por el contrario, si se hace al estilo romano, se denomina fábula togata (de toga, vestidura típicamente romana) 5 Suele comenzar con un largo monólogo en el que un dios o un gran personaje narra los hechos pasados, expone la situación e insinúa el futuro. 6 Personajes arquetípicos. El joven alocado, derrochador y apasionado; el viejo conservador y, a veces, avaro, a veces, viejo verde, pero intransigente con su hijo; matronas serias y virtuosas; jovencitas que sólo piensan en el amor y el matrimonio; esclavo astuto y liante que ayuda a su joven amo en sus lances amorosos; el parásito rastrero; el soldado fanfarrón; la prostituta; el/la alcahueta el cocinero 7 Final feliz. Predomina un tono ligero y optimista, con desenlaces felices en los que el conflicto se resuelve mediante engaños o enredos.

TÓPICOS

Plauto Pséudolo

Astucia del esclavo (Miles gloriosus)

Tópico cómico del esclavo ingenioso que engaña al soldado fanfarrón. Inversión de jerarquías.

Base de la comedia clásica, del pícaro, del teatro del Siglo de Oro y comedia de enredo.

PSÉUDOLO - PLAUTO

PERSONAJES:

PSÉUDOLO, esclavo de Simón. CALIDORO, joven, hijo de Simón. BALIÓN, rufián. SIMÓN, viejo. CALIFÓN, viejo, amigo de Simón. HÁRPAX, criado de un militar. CARINO, joven, amigo de Calidoro. ESCLAVOS. CORTESANAS. UN JOVEN ESCLAVO DE BALIÓN. UN COCINERO. SIMIA, sicofanta. La acción transcurre en Atenas.

ACTO I

ESCENA PRIMERA

PSÉUDOLO, CALIDORO

PS.— Si fuera posible que, sin que tú, amo, me dijeras nada, averiguara yo cuáles son las penas que te afligen de esa forma tan lastimosa, hubiera tenido el gusto de ahorrar al mismo tiempo un trabajo a dos personas, a mí el de preguntarte y a ti el de responderme; pero como veo que eso no puede ser, me veo obligado a preguntarte; contéstame: ¿cuál es el motivo por el que llevas ya tantos días con el alma en los pies, siempre con esa carta a cuestas, y la bañas con tus lágrimas sin dar cuenta a nadie de lo que llevas por dentro?. Habla, para qua sepa yo contigo lo que ahora ignoro. CALI.— Soy más desgraciado que desgraciado, Pséudolo. PS.— No lo permita Júpiter. CALI.— Este asunto no pertenece a la jurisdicción de Júpiter; es bajo, el dominio de Venus, no de Júpiter donde se me trae a mal traer. PS.— ¿Puedo saber de qué se trata? Hasta lo presente no habías tenido tú nunca secretos para mí. CALI.— Ahora tampoco. PS.— Hazme saber lo que te pasa; te ayudaré con dinero, o con mis servicios, o con un buen consejo. CALI.— Toma esta carta y entérate tú por ti mismo de cuál es la pena y cuáles son las cuitas que me consumen. PS.— Se te dará gusto. Pero, oye, por favor, ¿qué es esto? CALI.— ¿El qué? PS.— Tengo la impresión de que estas letras quieren tener descendencia: se montan las unas encima de las otras. CALI.— ¿Ya estás con tus bromas de siempre? PS.— Realmente creo que, si no es la sibila quien las lee, no hay otro que pueda descifrarlas. CALI.— ¿Por qué hablas de esa manera tan dura de unas letras tan lindas, escritas por tan linda mano en una carta tan linda? PS.— Oye tú, ¿es que acaso tienen manos las gallinas?, porque de eso no hay duda, esta carta es una gallina quien la ha escrito. CALI.— Te estás poniendo muy cargante; lee la carta o devuélvemela. PS.— No, no, la leo de punta a cabo. Pon atención. CALI.— Si tengo perdido el ánimo. PS.— Pues cítalo, que comparezca. CALI.— No, mejor yo guardaré silencio y hazle salir tú de la carta, que ahí tengo ahora puesta el alma y no dentro del pecho. PS.— (Mirando la carta.) Calidoro, estoy viendo a tu amiga. CALI.— ¿Dónde está? PS.— Aquí, mírala puesta en la carta (señalando el nombre de Fenicio); está echada aquí en la cera. CALI.— ¡Los dioses todos te... PS.— ...guarden! CALI.— Como hierba de verano, así de efímera ha sido mi existencia; rápido salí a la vida y rápida ha sido también mi muerte. PS.— Calla mientras leo la carta. CALI.— ¡Lee ya entonces!

PS.— ¡Hércules! yo creo que apenas podría ni que diera en prenda toda mi persona; pero ¿qué quieres hacer con ella? CALI.— Comprarme una soga. PS.— ¿Para qué? CALI.— Para colgarme. Estoy decidido a entregarme a la noche eterna antes de esta noche. PS.— ¿Y quién va entonces a devolverme la dracma si te la doy?, ¿es que quieres acaso colgarte precisamente para birlarme la dracma si te la presto? CALI.— Yo, desde luego, si se me separa de ella y se la llevan, no puedo seguir viviendo de ninguna manera. PS.— ¿Por qué lloras, tontaina? Vivirás. CALI.— ¿Cómo no voy a llorar, si no tengo una sola moneda ni esperanza de encontrar un céntimo en parte ninguna? PS.— Según lo que yo deduzco de lo que dice la carta, si no le lloras al rufián con lágrimas monetarias, con esas otras que viertes ahora no vas a conseguir ni más ni menos que echando agua en un cedazo. Pero no te apures, que yo no te los abandonaré en tus amores. Tengo la firme esperanza de encontrarte una ayuda monetaria de donde sea, por buenos o malos medios; por arte de qué va a suceder no lo podría decir, lo único que sé es que será así, que siento que me dan saltos las cejas. CALI.— ¡Ojalá que los hechos respondan a tus palabras! PS.— Hércules, Calidoro tú ya sabes cuando yo me lo pongo en campaña la clase y el tamaño de los líos que suelo organizar. CALI.— En ti tengo puestas ahora todas mis esperanzas. PS.— ¿Te quedas contento si te pongo hoy a la joven en tus manos o si te entrego veinte minas? CALI.— Desde luego, supuesto que vaya a ser una realidad. PS.— Pídeme veinte minas, para que tengas así la seguridad de que voy a llevar a cabo mi promesa, venga, pídemelas, Hércules, yo te lo ruego, que me muero por prometértelas. CALI.— ¿Me entregarás hoy veinte minas? PS.— Te las entregaré. Ahora ya no me fastidies más. Y además te digo otra cosa, no vayas a decir luego que no te he avisado: si no encuentro otro a quien estafar, estafaré a tu padre. CALI.— Los dioses te me conserven siempre. Pero si es posible, en atención a la piedad filial… si quieres, también a mi madre. PS.— Por lo que respecta a este asunto, puedes dormir tranquilo... sobre los dos ojos. CALI.— ¿Los ojos?, las orejas, querrás decir. PS.— Bueno, pero es que lo primero no es tan corriente. PS.— (Al público.) Ahora, para que nadie pueda decir que no ha sido informado, os comunico a todos, a la asamblea en pleno, a todo el pueblo, a todos mis amigos y conocidos, que por el día de hoy tengan cuidado conmigo, que no me den crédito. CALI.— ¡Chis, calla, Hércules, por favor! PS.— ¿Qué ocurre? CALI.— Ha sonado la puerta del rufián. PS.— ¡Ojalá fueran los huesos de sus piernas los que hubieran sonado! CALI.— Y sale él mismo en persona, el perjuro ese.

ESCENA SEGUNDA

BALIÓN, ESCLAVOS, CORTESANAS, PSÉUDOLO, CALIDORO

BA.—(A los esclavos.) ¡Afuera, afuera, haraganes, inútiles, malas piezas! Jamás se os pasa por las mientes portaros como es debido, no hay medio de servirse de vosotros como no sea de esta forma (los golpea). Yo no he visto en mi vida hombres más parecidos a los asnos, tienen las espaldas hechas un puro callo a fuerza de golpes; si los pegas, eres tú el que te haces daño; verdaderamente que no se da abasto con látigos para ellos, no tienen otra cosa en la cabeza, si se les presenta la ocasión, más que venga a arramblar con lo que sea, a robar, a quedarse con todo, a rapiñar, a beber, a comer, a darse a la fuga, esto es en realidad su oficio, de forma que preferirías poner lobos a guardar ovejas que no a éstos tu casa. Y luego, si te fijas en ellos, no tienen aspecto de malos, es con sus obras con las que te engañan. Ahora, como no atendáis a las órdenes que os voy a dar, como no desterréis de vuestro pecho y de vuestros ojos el sueño y la pereza, os voy a dejar las costillas de tantos colores que vais a dejar atrás a los bordados de las colchas de Campania y a los tapices de Alejandría con sus figuras de animales. Ya ayer había dado órdenes a todos y había distribuido a cada uno su tarea, pero es que sois malos por naturaleza de forma que obligáis a que se os recuerde vuestro deber a fuerza de latigazos; os conducís de manera que vencéis por vuestra contumacia a la correa esta y a mí; fíjate, fíjate, están nada más que en otras cosas ¡Atended aquí, prestad atención, escuchad lo que os digo, raza de apaleados! Os juro que jamás será más duro vuestro pellejo que esta correa que veis en mi mano (los azota): ¿qué, os duele? Ahí tenéis, así se hace con los esclavos que no hacen caso a su amo. Colocaos todos ahí frente a mí y atended bien a lo que os digo: tú, el del cántaro, trae agua y cuídate de llenar el perol del cocinero; a ti, el del hacha, te pongo al frente de los asuntos leñeros. ESCL.— Pero es que esta hacha está embotada. BA.—Déjalo, también lo estáis vosotros a fuerza de golpes ¿y es que acaso me sirvo menos de vosotros por eso? (A otro.) A ti te doy el cargo de la limpieza de la casa; buena tarea te espera: deprisa, adentro. (A otro.) Tú, prepara los divanes, ten limpia la plata y ponla en la mesa. Encargaos de que me lo encuentre todo a punto cuando vuelva del foro, que todo esté barrido, regado, limpio, preparado, fregado, guisado; porque hoy es el día de mi cumpleaños y vosotros todos debéis celebrarlo junto conmigo. (A un esclavo.) Pon en agua el jamón, corteza de tocino, papada y tetilla de cerdo, ¿te enteras? Quiero acoger a lo grande hoy en mi casa a personas de mucho rango, para que tengan la impresión de que nado en la abundancia. Entrad y daos prisa, que no haya que andar esperando cuando llegue el cocinero; yo me voy ahora al mercado, para comprar todo el pescado que haya al precio que sea. (Al esclavo.) Ve tú por delante, chico; hay que andarse con cuidado de que nadie le haga un agujero a la bolsa... o no, espera, por poco se me olvida decir una cosa aquí en casa; ¿me oís?, a vosotras, jóvenes, tengo que daros las siguientes órdenes: vosotras, que os pasáis la vida en medio del lujo, la molicie, las caricias, en compañía de los más altos personajes, vosotras, renombradas cortesanas, yo voy a saber ahora y a enterarme cuál de vosotras trabaja por su libertad y cuál no piensa más que en su estómago, cuál en sus intereses y cuál sólo en dormir; cuál puedo calcular que será mi liberta y a cuál voy a poner a la venta. Ocupaos de que se den hoy aquí cita de parte de vuestros amantes un sinnúmero de regalos para mi persona, que si no se me llena la despensa para todo un año, mañana mismo os pongo en la calle como fulanas públicas. Ya sabéis que hoy es el día de mi cumpleaños, ¿dónde están todos esos para quienes sois la niña de sus ojos, su vida, «ay, encanto, dame un besito, ay, qué tetitas, dulzura mía». Traédmelos aquí enseguida ante la casa, un ejército de donantes cargados de regalos.

ESCENA TERCERA

CALIDORO, PSÉUDOLO, BALIÓN

CALI.— Pséudolo, ¿no oyes lo que dice? PS.— Sí que lo oigo, amo, y bien atento que estoy. CALI.— ¿Qué me aconsejas que le mande, para que no prostituya a mi amiga? PS.— No te preocupes, tú tranquilo; yo tomaré las medidas necesarias en mi nombre y en el tuyo. Ya hace tiempo que estamos el tipo ese y yo pero que en muy buenas relaciones,nuestra amistad data ya de años: verás cómo le mando en el día de su cumpleaños un regalo de muy mala catadura y muy en su punto. CALI.— Y eso ¿para qué? PS.— ¿No tienes otra cosa de qué ocuparte? CALI.— Pero... PS.— No hay pero que valga. CALI.— Es que sufro mucho. PS.— Hazte el fuerte. CALI.— No puedo. PS.— Pues haz por poder. CALI.— ¿Cómo puedo dominar mis sentimientos? PS.— Dale preferencia a lo que de hecho sirva a tus intereses y no des oídos en la adversidad a lo que te dictan los sentimientos. CALI.— ¡Pamplinas!, un enamorado no está contento si no hace locuras. PS.— ¿Otra vez con las mismas? CALI.— ¡Oh, Pséudolo de mi alma, déjame desvariar déjame, por favor! PS.— Te dejo; déjame ir. CALI.— Espera, espera, estoy dispuesto a hacer todo lo que tú me digas. PS.— Ahora te pones en razón. BA.—El tiempo corre; yo mismo me estoy deteniendo; hale, chico, ve por delante. CALI.— ¡Eh, que se va!, ¿por qué no le llamas? PS.— ¿A qué esas prisas? Calma. CALI.— Pero antes de que se vaya. BA.—(A su esclavo.) ¡Maldición, chico!, ¿a qué esa calma? PS.— ¡Tú, el del cumpleaños, eh, el del cumpleaños, a ti te digo, eh, el del cumpleaños! vuélvete y échanos una mirada; aunque andas de trajín, te detenemos, ¡espera! que hay aquí quienes quieren hablarte. BA.—¿Qué es esto? ¿quién es el que se atreve a entretenerme en forma tan inoportuna con las prisas que llevo? PS.— Uno que fue tu salvación. BA.—Muerto es quien fue; yo necesito a alguien que viva ahora. PS.— No tantos humos. BA.—¡No tanta pesadez! CALI.— (A Pséudolo.) ¡Sujétale, alcánzale! BA.—Hala, chico. PS.— Vamos a cortarle el paso por aquí. BA.—¡Júpiter te confunda, quienquiera que seas! PS.— A ti... quiero hablarte. BA.—Pero yo no quiero hablar con ninguno de los dos; sigue por este otro lado, chico. PS.— ¿No podemos hablar contigo? BA.—No, no tengo ganas.

PS.— ¿Y si es algo que te interesa? BA.—Vamos a ver: ¿me va a ser posible seguir mi camino o no me va a ser posible? PS.— ¡Ah, quieto ahí! BA.—¡Déjame! CALI.— Balión, escucha. BA.—Sordo soy, al menos para un palabrero. CALI.— Mientras que tuve, te di. BA.—Yo no te reclamo lo que me diste. CALI.— Y te daré cuando tenga. BA.—Llévatela cuando llegue ese caso. CALI.— ¡Ay, qué forma tan triste de perder lo que te llevé y te di! BA.—Después que tus bienes han fenecido, me vienes con palabrerías; eres un necio, lo pasado, para siempre ausentado. PS.— Reconoce al menos a éste que está aquí. BA.—Ya hace tiempo que sé quién fue; quien sea ahora eso es cosa suya. ¡Hala, tú! (al esclavo). PS.— ¿No va a ser posible que eches una sola mirada para acá, Balión?, vas a sacar provecho de ello. BA.—Con esa condición, lo haré; que dado el caso que estuviera ofreciendo un sacrificio al soberano Júpiter y que tuviera ya las entrañas en la mano para ponerlas sobre el altar, si entre tanto se me ofrece alguna ganancia, dejaré a la mitad la ceremonia. Sea lo que sea, ante un deber tal queda todo a un lado. PS.— Hasta los dioses, a quienes debemos, sobre todo, temor y reverencia, le importan un pelo a éste. BA.—Voy a hablarle: ¡salud, tú, el esclavo más pillo de toda Atenas! PS.— Los dioses y las diosas todas te bendigan, según los deseos de éste o los míos propios o, para el caso de que te merezcas otra cosa, que ni te bendigan ni te protejan. BA.—¿Qué tal, Calidoro, que se hace? CALI.— Amar y pasar apuros. BA.—Yo me apiadaría de ti si la piedad sirviera para alimentar a las gentes de mi casa. PS.— Anda, nosotros te conocemos muy bien, no nos vengas con explicaciones. Pero ¿sabes qué es lo que queremos? BA.—Sí, más o menos lo siguiente: que me parta un rayo. PS.— Eso, y luego otra cosa, que es por lo que te detenemos. Préstame atención, por favor. BA.—Soy todo oídos. Pero abrevia, que ando muy ocupado. PS.— Aquí a éste le da apuro que, después de haberte hecho una promesa y haberte dado un plazo para cumplirla; no te ha entregado aún las veinte minas por su amiga. BA.—El apuro es más fácil de sobrellevar que el disgusto: a él le da apuro de que no ha pagado, yo tengo disgusto de no haber recibido. PS.— Pero te lo dará, ya encontrará el medio que sea; espera sólo un par de días. Es que él tiene miedo de que la vendas a causa de sus diferencias contigo. BA.—Si hubiera querido, habría tenido ya hace tiempo ocasión de darme el dinero. CALI.— Pero ¿y si es que no lo tenía? BA.—Si estabas enamorado, lo hubieras encontrado a préstamo, hubieras ido al usurero, le hubieras propuesto algún aumento de los intereses, se lo hubieras sisado a tu padre. PS.— ¿A su padre se lo iba a sisar, descarado? Desde luego, no hay peligro de que tú des un buen consejo. BA.—No sería rufianesco.

CALI.— Pséudolo, ve y trae víctimas de todas clases, menores y mayores, y carniceros, para que haga un sacrificio en honor de este mi Júpiter, que él es ahora para mí mucho más Júpiter que Júpiter en persona. BA.—Yo no quiero víctimas mayores, yo quiero que se me aplaque con entrañas de cordero. CALI.— (A Pséudolo) ¡Rápido!, ¿qué haces ahí parado? Ve y trae corderos, ¿no oyes lo que dice Júpiter? PS.— Ahora mismo estoy de vuelta, pero primero tengo que ir a la carrera a la puerta de la ciudad. CALI.— ¿Y eso por qué? PS.— De allí traeré dos carniceros, pero de esos de las campanillitas; al mismo tiempo traeré dos rebaños de varas de olmo, que se quede el Júpiter este satisfecho con nuestro sacrificio. BA.—¡Vete a la horca! PS.— Allí irá nuestro rufianesco Júpiter. BA.—(A Calidoro) A ti te convendría que yo me muriera. CALI.— ¿Por qué? BA.—Porque mientras que yo esté en vida no serás tú una persona de bien. Pero a ti (Pséudolo) no te conviene que yo me muera. PS.— ¿Por qué? BA.—Porque si yo desaparezco no habrá otro más malo que tú en toda Atenas. CALI.— Por favor, Balión, contéstame ahora en serio a mi pregunta: ¿ya no tienes en venta a Fenicio? BA.—Claro que no la tengo, por la sencilla razón de que la he vendido ya. CALI.— ¿Cómo? BA.—Sin abalorios, pero con todas sus entrañas. CALI.— ¿Que tú has vendido a mi amiga? BA.—Y tanto, por veinte minas. CALI.— ¿Por veinte minas? BA.—Si lo prefieres, por cinco veces cuatro minas, a un militar macedonio, y quince minas obran ya en mi poder. CALI.— ¿Qué es lo que oigo? BA.—Que tu amiga ha quedado convertida en monedas. CALI.— ¿Cómo te has atrevido a hacer una cosa así? BA.—Me ha dado la gana, era mía. CALI.— ¡Eh, Pséudolo, ve y trae una espada! PS.— ¿Para qué una espada? CALI.— Para matar a éste... y a mí. PS.— Mátate a ti solo, que éste va a morir de hambre de todos modos. CALI.— Dime, tú, el más perjuro de los mortales, ¿no me habías jurado que no se la venderías a nadie más que a mí? BA.—Exacto. CALI.— ¿Y además con juramento solemne? BA.—Solemne y perenne. CALI.— Has cometido un perjurio, malvado. BA.—Pero me he metido el dinero en el bolsillo; yo, que soy un malvado, puedo disponer de dinero; tú, que eres una persona honrada, de tan buena familia, no tienes una perra. CALI.— Pséudolo, ponte ahí a ese otro lado y llénale de insultos.

PS.— De acuerdo: ni siquiera al pretor correré tan a la carrera para que me dé la libertad. CALI.— Insúltale sin parar. PS.— Te voy a hacer trizas a fuerza de insultos. ¡Sinvergüenza! BA.—Muy bien. CALI.— ¡Criminal! BA.— Tienes toda la razón. PS.— ¡Bribón! BA.—¿Por qué no? CALI.— ¡Violador de sepulturas! BA.—Desde luego que sí. PS.— ¡Malhechor! BA.—¡Estupendo! CALI.— ¡Traidor! BA.—Eso es lo mío. PS.— ¡Parricida! BA.—(A Calidoro.) Venga, ahora tú. CALI.— ¡Sacrílego! BA.—Confieso que sí. PS.— ¡Perjuro! BA.—¡Vaya novedad! CALI.— ¡Violador de las leyes! BA.—Y tanto. PS.— ¡Ruina de la juventud! BA.—¡De todas todas! CALI.— Ladrón! BA.—¡Bravo! PS.— ¡Desertor! BA.—¡Ahí va! CALI.— ¡Estafador público! BA.—Totalmente de acuerdo. PS.— ¡Impostor! CALI.— ¡Puerco! PS.— ¡Rufián! CALI.— ¡Lodazal! BA.—¡Qué buenos cantantes! CALI.— Has azotado a tu padre y a tu madre. BA.—Y los maté antes que tener que alimentarlos: ¿qué mal hay en ello? PS.— Estamos echando agua en un cedazo, perdemos el tiempo. BA.—¿Tenéis algo más que decir? CALI.— ¿No tienes vergüenza? BA.—¿No la tienes tú de haber resultado un enamorado más vacío que una nuez vana? Así y todo, a pesar de vuestros insultos, si el militar no me trae las cinco minas hoy, que es el día fijado para la entrega, si no las trae, digo, me parece que puedo hacer de las mías. CALI.— ¿Y qué es eso? BA.—Si tú me traes el dinero, me vuelvo atrás de mi trato con él; ése es mi oficio. Si tuviera tiempo, seguiría hablando contigo; pero estando limpio de dinero, es inútil que me pidas que me compadezca de ti. Ya sabes mi decisión, o sea, que delibera qué es lo que debes hacer. CALI.— ¿Te vas ya?

enamorado y de que si quiere birlarte dineros, quién sabe si quizá no son todo más que habladurías, y en el caso de que fueran verdad, sobre todo tal como andan hoy en día las costumbres, ¿qué es lo que habría hecho de particular?, ¿es que es acaso una novedad el que un muchacho joven esté enamorado y quiera liberar a su amiga? PS.— (Aparte.) ¡Huy, qué encanto de viejo! SIMÓN— Yo soy un hombre chapado a la antigua, y no quiero que se porte así. CALIF.— Pues mira; no sacas nada con no quererlo, o en tal caso, no debías tú haber hecho lo mismo en tu juventud; un padre que exige que su hijo sea mejor de lo que él fue, debe ser el mismo una persona de bien, porque anda que tú, de los despilfarros y de las calaveradas que hiciste habría para repartir a todos los ciudadanos por cabeza ¿y luego te asombras de que el hijo salga a su padre? PS.— ¡Oh, Zeus! qué pocas personas hay que sepan tener un poco de comprensión. Eso es un padre que se porta como se debe con su hijo. SIMÓN— ¿Quién habla por aquí? Anda, si es mi esclavo Pséudolo; éste es el que tiene echado a perder a mi hijo. el muy bribón; él es su guía y su maestro, no estoy sino deseando mandarle a la horca. CALIF.— Simón, yo te lo aviso, es una necedad el enfadarse así por las claras. Cuánto mejor sería abordarle con buenas palabras e indagar si son ciertas o falsas las cosas que te cuentan. En la adversidad, si sabes conservar la calma, reduces a la mitad las penas. SIMÓN— Seguiré tus consejos. PS.— (Aparte.) Ésos vienen derechitos hacia ti, Pséudolo, ponte en forma para dirigirte contra el viejo: salud, en primer lugar a mi amo, tal como corresponde después; si es que sobra algo, salud también para los vecinos. SIMÓN— ¡Salud!, ¿qué se hace, Pséudolo? PS.— Pues eso, estar aquí en pie, como ves. SIMÓN— ¡Fíjate, fíjate, Califón, qué ademanes se gasta, ni que fuera un rey! CALIF.— Sí, ya lo veo, estupendo, y qué seguro de sí mismo. PS.— A un esclavo inocente y sin tacha le cuadra mantener alta la cabeza sobre todo frente a su amo. CALIF.— Pséudolo, querernos hacerte algunas preguntas sobre unos rumores que han llegado a nuestros oídos así de una forma un poco vaga. SIMÓN— Verás cómo te engatusa éste, espera, que vas a pensar que no es Pséudolo sino Sócrates quien habla contigo. PS.— Sí, ya hace tiempo que tú me tienes en nada, no creas que no me doy cuenta. Ya lo sé que no tienes mucha confianza en mí. Tú querrías que yo fuera un bribón, pero no por eso voy a dejar de ser una buena persona. SIMÓN— Pséudolo, yo te lo ruego, haz sitio en la morada de tus oídos para que puedan tomar asiento mis palabras en el lugar al que las dirijo. PS.— Hale, di lo que quieras, aunque en sí estoy a malas contigo. SIMÓN— ¿Tú, el esclavo, vas a estar a malas conmigo que soy tu amo? PS.— ¿Y es que acaso te parece eso una cosa tan de extrañar? SIMÓN— ¡Hércules! Tal como te expresas, no parece sino que tengo que guardarme de tus iras. Y además, que los golpes que tú pretendes darme son otros que los que yo suelo darte a ti. ¿Qué dices tú, Califón? CALIF.— Pues yo pienso que tiene razón de estar molesto contigo, si es que tú le muestras tan poca confianza. SIMÓN— Es igual, dejémosle estar molesto; ya me encargaré yo de que no me cause perjuicios. Pero a ver, Pséudolo, ¿qué me dices a mi pregunta?

PS.— Si tienes alguna pregunta que hacerme ¡adelante!; lo que yo sepa, puedes decir que es el oráculo de Delfos quien te da la respuesta. SIMÓN— Préstame entonces atención y ten presente esa promesa que me haces. Dime: ¿sabes acaso si mi hijo anda enamorado de una flautista? PS.— ¡Yes!. SIMÓN— ¿Y que quiere darle la libertad? PS.— ¡Yes! SIMÓN— ¿Y que tú tienes el plan de birlarme veinte minas con tus embustes y tus sabios ardides? PS.— ¿A ti te las voy a birlar? SIMÓN— Sí, eso, para dárselas a mi hijo para que pueda comprar a su amiga: ¡Anda, confiésalo, di otra vez «yes»! PS.— ¡Yes! CALIF.— ¡Lo confiesa! SIMÓN— ¿No te lo había dicho yo, Califón? CALIF.— Sí, sí, lo recuerdo perfectamente. SIMÓN— ¿Por qué me lo has ocultado una vez que lo supiste?, ¿por qué no lo he sabido yo? PS.— Yo te lo diré: porque no quería ser yo el promotor de una costumbre tan fea como que un esclavo acuse a uno de sus amos ante el otro. SIMÓN— Éste se merecía que le agarraran por el cuello y le llevaran al molino. CALIF.— Pero ¿es acaso culpable? SIMÓN— ¡Y en grado sumo! PS.— Deja yo sé lo que me hago, Califón; mis faltas mías son. (A Simón.) Ahora escucha por qué no te he dado cuenta de los amores de tu hijo: sabía que me esperaba el molino si te lo decía. SIMÓN— ¿Y no sabías que te esperaba el molino si me lo callabas? PS.— Claro que lo sabía. SIMÓN— ¿Por qué no se me ha dicho entonces? PS.— Pues porque en el primer caso, el castigo era inminente, en el segundo estaba lejos; lo primero era cosa hecha, para lo segundo había todavía un poco de plazo. SIMÓN— ¿Y qué es lo qué vais a hacer ahora?, porque, desde luego, a mí es imposible birlarme el dinero, sobre todo después de que estoy ya en ello. Voy a dar por todas partes el aviso de que no se os preste cantidad ninguna. PS.— Te juro que no me andaré con súplicas con nadie mientras tú estés en vida; tú serás quien me des el dinero, a ti te lo voy a sacar. SIMÓN— ¿Que me lo vas a sacar a mí? PS.— Y tanto que sí. SIMÓN— Un ojo de la cara me puedes sacar si es que llego a dártelo. PS.— Pues me lo darás. Ya desde ahora te aviso que te andes con tiento conmigo. SIMÓN— Al menos una cosa es segura: que si me lo sacas, habrás llevado a cabo una hazaña sorprendente. PS.— Y la llevaré a cabo. SIMÓN— ¿Y si no lo consigues? PS.— Me das de latigazos. Pero y si te lo saco, ¿qué? SIMÓN— Pongo a Júpiter por testigo de que no recibirás castigo por ello en tu vida. PS.— A ver si lo tienes presente. SIMÓN— ¿Te crees que no voy a ser capaz de andar con ojo, una vez que estoy avisado?

comedia, y que no voy a hacer lo que he dicho que haría. Pues no, no me vuelvo atrás. Pero la verdad es que, que yo sepa, no sé aún la forma en que lo haré; lo único que sé es que tendrá lugar. Quien se presenta en las tablas debe ofrecer novedades de forma y de contenido; si no es capaz de hacerlo, que deje paso al que lo sepa. Ahora quiero recogerme un rato en casa para reclutar los embustes en mi caletre; saldré, no os haré esperar; entre tanto, os distraerá aquí el flautista. ACTO II PRIMERA ESCENA PSÉUDOLO — ¡Oh, Júpiter! ¡Qué bonitamente, qué felizmente me sale todo aquello donde pongo la mano! El plan que abrigo en mi pecho no deja lugar a dudas ni temores. Desde luego, es una necedad confiar grandes empresas a personas pusilánimes porque todo en este mundo depende de la forma en que lo hagas, de la importancia que le des; yo he dispuesto ya en mi cabeza de tal forma mis tropas,filas dobles y triples de ardides y de engaños, que sea donde sea donde me tope con el enemigo (dicho sea, fiado en el valor de mis antepasados y en mi propia capacidad para la malicia y el engaño), podré, digo, vencerle fácilmente y fácilmente expoliar con mis perfidias a mis adversarios. Ahora va a ser a Balión, este enemigo común mío y vuestro al que voy a desbalionar con mi ballesta; prestad sólo atención; yo estoy dispuesto a dar el asalto a esta ciudad (señalando la casa de Balión) de forma que sea tomada hoy, y contra ella voy a dirigir mis legiones; si la conquisto, les facilitaré la vida a mis conciudadanos. Después dirigiré mi ejército en seguida contra esta vieja ciudad (señalando la casa de Simón), de donde me cargaré y colmaré de botín a mí y a todos mis camaradas, para que se sepa que he nacido para infundir el terror y poner en fuga a mis enemigos: tal es la estirpe de la que soy oriundo; yo estoy predestinado a llevar a cabo grandes hazañas, cuya fama se mantenga largo tiempo entre las generaciones venideras. Pero ¿quién es ése que veo, ese desconocido que se ofrece a mi vista? Me está entrando curiosidad de saber a qué viene ahí con esa espada, voy a observar desde aquí qué es lo que hace. SEGUNDA ESCENA HÁ.— Éstos son los lugares y éste es el barrio que me ha indicado mi amo, según puedo yo verificar por mis ojos la razón que me dio mi amo el militar: a partir de la puerta de la ciudad hace la séptima la casa donde vive el rufián a quien me ha mandado traer esta contraseña y este dinero. No sé lo que daría por encontrar a alguien que me indicara, dónde vive exactamente el rufián Balión. PS.— (Aparte.) ¡Chis, calla, calla, éste es mío, si no es que estoy totalmente dejado de la mano de los dioses y los hombres! Tengo que tomar una nueva resolución, que ésto es algo que se me presenta muy de improviso; esto tiene, preferencia, renuncio a todos mis planes anteriores. Verás a qué vapuleo voy a someter al mensajero militar este. HÁ.— Voy a llamar a la puerta para que salga alguien. PS.— Tú, quienquiera que seas, ahórrate esos golpes, que yo he salido a la calle para interceder por esta puerta y protegerla. HÁ.— ¿Eres tú entonces Balión? PS.— No, yo soy Vicebalión. HÁ.— ¿Y qué quiere decir eso? PS.— Yo soy el que administra sus víveres, el encargado de la despensa. HÁ.— O sea, su mayordomo. PS.— No, ése está por debajo de mí. HÁ.— A ver, ¿tú eres esclavo o libre? PS.— Por lo pronto soy todavía esclavo.

HÁ.— Esa facha tienes, no tienes aspecto de ser un hombre libre. PS.— Échate una mirada a ti mismo antes de hablar mal a los demás sin motivo. HÁ.— (Aparte.) Este individuo debe ser un pillo. PS.— (Aparte.) Yo gozo realmente del favor de los dioses; este tipo me va a servir de yunque: ¡y que no van a ser pocas las patrañas qua voy a forjar en él! HÁ.— (Aparte.) ¿Qué es lo que habla ahí ése para sus adentros? PS.— ¡A ver, joven! HÁ.— ¿Qué quieres? PS.— ¿Vienes tú o no de parte del militar macedonio, eres esclavo de uno que nos ha comprado una joven, que ha entregado a mi amo el rufián quince minas y le debe cinco? HÁ.— Sí que lo soy. Pero ¿de dónde diablos me conoces o dónde me has visto o cruzado jamás una palabra conmigo? Porque, desde luego no he venido nunca con anterioridad a Atenas, ni te he visto con mis ojos a ti nunca jamás antes de hoy. PS.— Me ha dado la impresión de que vienes de su parte; es que cuando se marchó de aquí, se concertó el día de hoy como fecha para traer el resto del dinero y todavía no nos lo ha traído. HÁ.— Y tanto que sí. PS.— ¿Es que lo traes tú? HÁ.— Yo mismo en persona. PS.— ¿Y qué haces entonces que no me lo entregas? HÁ.— ¿A ti te lo voy a entregar? PS.— A mí, Hércules, que estoy al frente de los bienes y de la contabilidad de mi amo Balión, que cobro los dineros y efectúo los pagos a quienas se los debe. HÁ.— ¡Hércules! Así administraras los tesoros del propio Júpiter no te entregaría yo a ti ni un céntimo. PS.— Nada más que dar un estornudo estará resuelta la cosa. HÁ.— Ni resuelta ni suelta, sino bien atada (señalando la bolsa del dinero). PS.— ¡Ay de ti! ¡conque vas a ser tú el que ponga en tela de juicio el crédito de que gozo, como si de continuo no se me entregaran a mí solo cantidades cien veces mayores que ésa! HÁ.— Puede ser que otros sean de esa opinión y que a pesar de eso yo no te haga confianza. PS.— O sea que quieres decir que yo pretendo birlarte el dinero. HÁ.— No, sino que tú eres quien lo dice, y yo, pues como si tuviera esa impresión. Pero ¿cómo te llamas? PS.— (Aparte.) El rufián este tiene un esclavo que se llama Siro, le diré que soy él. Me llamo Siro. HÁ.— ¿Siro? PS.— Sí, ése es mi nombre. HÁ.— Estamos hablando demasiado; si tu amo está en casa ¿por qué no le dices que salga, para acabar con el encargo que traigo, te llames como te llames? PS.— Si estuviera en casa, le llamaría. Pero si me lo quieres dar a mí, estará más pagado todavía que si se lo das a él. HÁ.— ¿Sabes tú una cosa? Mi amo me ha enviado a entregar esta cantidad, no a perderla, porque, estoy bien seguro, todo ese afán no es más que porque no puedes echarle las garras a esto. Yo, aparte de a Balión, no le entrego a nadie un céntimo. PS.— Pero es que ahora está ocupado; está en un juicio.

Pero basta ya de filosofías, ya estoy hablando demasiado. ¡Dioses inmortales!, ni a precio de oropel hubiera salido caro el embuste que me acabo de inventar al decir que era el esclavo del rufián. Ahora con esta carta voy a engañar a tres al mismo tiempo, al amo, al rufián y al dador de la misma. ¡Bravo, la historia se repite, otro deseo que se me cumple!: ahí veo venir a Calidoro que trae a quien sea consigo. CUARTA ESCENA CALI.— (A Carino.) Dulzuras y amarguras, ya te he dado cuenta de todo, ya estás al tanto de mis amores, de mis dificultades, de mis escaseses. CA.— Lo tengo todo presente; tú ahora no tienes más que decirme qué es lo que quieres que haga. CALI.— Yo te he dicho entre otras cosas [... ]. CA.— Lo sé todo, te digo; tú sólo dime qué es lo que quieres que haga. CALI.— Pséudolo me ha dado la orden de que le trajera una persona activa, diligente y bien dispuesta para conmigo. CA.— Pues has cumplido muy bien sus órdenes, porque en mí tienes un amigo y una persona que te quiere bien; pero ese Pséudolo que dices no sé yo quién es. CALI.— Es un tipo que ni pintado, y para mí, lo que se dice un factótum. Él me ha asegurado que llevará a cabo lo que te dije. PS.— Verás en qué forma tan subida le voy a hablar. CALI.— ¿De quién es esa voz que oigo? PS.— ¡Ío, ío, oh, mi soberano, a ti, a ti te busco, yo, Pséudolo, tu esclavo!: yo te daré tres veces, en tres dones, en tres porciones, de tres maneras, tres satisfacciones, por tres caminos tres alegrones, alevosamente conseguidos de tres cretinos, a fuerza de embustes, de astucia y ser ladino. Aquí, aquí en este insignificante lacrado memorial, te traigo todo lo dicho. CALI.— ¡Él es! CA.— ¡Qué bien sabe parodiar el tono trágico el muy bribón! PS.— Avanza hacia mí a la par mía, alarga tranquilo, tu mano y dame la bienvenida. CALI.— ¿Bajo qué nombre te debo saludar, Pséudolo, debo llamarte mi Esperanza, o mi Salvación? PS.— Las dos cosas. CALI.— Salud, «Lasdoscosas». Pero ¿cómo van los asuntos? PS.— Tú tranquilo. CALI.— Mira, aquí he acarreado a éste. PS.— ¿Qué, que lo has acarreado? CALI.— Bueno, que lo he traído conmigo, quise decir. PS.— ¿Y quién es? CALI.— Carino. PS.— ¡Bravo!, te hago gracia del tal Carino. CA.— Puedes mandarme tranquilamente lo que quieras, si se te ofrece algo. PS.— Gracias, gracias, no te molestes, Carino, no vamos a incomodarte. CA.— ¿Vosotros incomodarme? No es molestia ninguna. PS.— Bueno, pues entonces quédate, si quieres. CALI.— (Al ver la carta que tiene Pséudolo.) ¿Qué es eso? PS.— Acabo de hacerme con esta carta y con una contraseña. CALI.— ¿Contraseña?, ¿qué contraseña? PS.— La contraseña que ha sido traída ahora mismo de parte del militar. Acabo de pegársela al esclavo que la traía. Trae también cinco minas, venía a llevarse a tu amiga.

CALI.— ¿Cómo? PS.— Oye, tú, la comedia esta se representa para los espectadores: ellos lo saben, que estaban presentes; a vosotros os lo contaré después. CALI.— Y ahora ¿qué hacemos? PS.— Hoy mismo tendrás a tu amiga libre entre tus brazos. CALI.— ¿Yo? PS.— Tú mismo en persona, digo, si los dioses me dan vida con tal de que me encontréis un sujeto a toda prisa. CA.— ¿De qué facha? PS.— Un bribón, un hombre astuto, avisado, alguien que, una vez puesto en camino, sepa luego tomar resoluciones propias; y además, que no haya sido visto por aquí. CA.— ¿Importa si es un esclavo? PS.— Todo lo contrario: prefiero con mucho que no sea un hombre libre. CA.— Yo creo que te puedo proporcionar un individuo pillo y ladino, que acaba de llegar de Caristo: de parte de mi padre y no ha salido hasta ahora de casa a parte ninguna ni ha estado nunca en Atenas antes del día de ayer. PS.— Estupendo. Pero yo necesito encontrar hoy cinco minas prestadas, que devolveré hoy mismo porque el padre de éste (Calidoro) está en deuda conmigo. CA.— Yo te las daré, no las busques por otra parte. PS.— ¡Oh, qué hombre tan oportuno! También necesito una clámide, una espada y un sombrero de viaje. CA.— Yo te lo puedo prestar. PS.— ¡Dioses inmortales, este hombre me está resultando no Carino ni carencia, sino la Abundancia en persona! Pero ese esclavo de Caristo que dices ¿es de fino olfato? CA.— En cuanto a olfato, es a chotuno a lo que le apestan los sobacos. PS.— Debe llevar una túnica con mangas. Y ¿tiene sal el tipo ese? CA.— Por arrobas. PS.— Y si es dulzura lo que se necesita, ¿es también capaz de suministrarla? CA.— ¡Qué pregunta!: vino mirrado o de pasas, mosto, hidromiel, miel de toda clase; más aún, es que una vez hasta quiso poner por eso una taberna en sus adentros. PS.— ¡Bravo! me pagas en la misma moneda, Carino. Pero ¿cómo se llama el tipo? CA.— Simia. PS.— ¿Sabe coger las vueltas en una situación difícil? CA.— Y más deprisa que un trompo. PS.— ¿Tiene buenas explicaderas? CA.— En especial para salir con bien de sus muchas trapisondas. PS.— ¿Y cuando le cogen con las manos en la masa? CA.— Es como una anguila: se escurre. PS.— ¿Tiene decisión? CA.— Una decisión del pueblo no es más decidida que la suya. PS.— ¡Qué tipo tan estupendo, tal como me lo describes! CA.— Pues si supieras, verás, nada más que echarte la vista encima te explicará él mismo qué es lo que quieres. Pero, ¿qué es lo que piensas hacer? PS.— Yo te lo diré. Una vez disfrazado, le haré pasar por el esclavo del militar; él traerá la contraseña esta al rufián juntamente con las cinco minas, y se llevará a la joven de la casa del rufián ahí tienes toda la historia. Por lo demás, los detalles de su actuación se los explicaré a él mismo. CALI.— ¿Qué hacemos aquí entonces?