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Este documento profundiza en los atributos de dios, explorando conceptos como su santidad, poder, bondad, paciencia y gracia. Se enfoca en la naturaleza divina y cómo se manifiesta en la creación, la providencia y la redención. Aborda temas como la predestinación, la elección y la misericordia de dios, destacando su carácter inmutable y su amor infinito por la humanidad. El texto analiza pasajes bíblicos clave para comprender la majestad, la soberanía y la perfección de dios, y cómo estos atributos deben guiar la vida y el propósito de los cristianos. Es un estudio profundo y detallado sobre la esencia de dios y su relación con el ser humano.
Tipo: Esquemas y mapas conceptuales
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DE DIOS
Acerca del Autor Arthur W. Pink nació en Nottingham, Inglaterra en 1886, y nació de nuevo del Espíritu de Dios en 1908. Estudió en el Instituto Bíblico Moody en Chicago, EE. UU., durante sólo seis semanas antes de comen- zar su trabajo pastoral en Colorado. Desde allí, pastoreó iglesias en Cali- fornia, Kentucky y Carolina del Sur, antes de mudarse a Sydney, Aus- tralia por un breve período, donde predicó y enseñó. En 1934, regresó a su tierra natal, Inglaterra, y en 1940 estableció su residencia permanente en la Isla de Lewis, Escocia, permaneciendo allí hasta su muerte, doce años después en 1952.
6 LOS ATRIBUTOS DE DIOS llamados a existir desde toda la eternidad. El haberlos creado cuan- do lo hizo, no le agregó nada a Dios, esencialmente. Él no cambia (Mal. 3:6), por lo tanto, su gloria esencial no puede ser aumentada ni disminuida. Su voluntad soberana Dios no estaba bajo restricciones, ni obligaciones, ni necesidad de crear. Que Él escogiera hacerlo así, fue un acto puramente sobe- rano de su parte, que no fue causado por nada fuera de Sí mismo; determinado únicamente por su propia y mera voluntad porque Él “hace todas las cosas según el designio de su voluntad” (Ef. 1:11). Que Él haya creado, fue simplemente para hacer manifiesta su glo- ria. ¿Imaginan algunos de nuestros lectores que hemos ido más allá de lo que las Escrituras autorizan? Entonces nuestra apelación será a la Ley y al Testimonio: “Levantaos, bendecid a Jehová vuestro Dios desde la eternidad hasta la eternidad; y bendígase el nombre tuyo, glorioso y alto sobre toda bendición y alabanza” (Neh. 9:5). A Dios no se le añade nada, ni siquiera con nuestra adoración. No necesitaba esa gloria externa de su gracia que surge de sus redimi- dos porque Él es lo suficientemente glorioso en Sí mismo sin ella. ¿Qué fue lo que lo movió a predestinar a sus elegidos para alaban- za de la gloria de su gracia? Fue, como nos dice Efesios 1:5, “según el puro afecto de su voluntad”. Sabemos muy bien que el terreno elevado que pisamos aquí es nuevo y extraño para casi todos nuestros lectores; por esta razón es bueno moverse lentamente. Que nuestra apelación sea nuevamente a las Escrituras. Al final de Romanos 11, donde el Apóstol pone fin a su largo argumento sobre la salvación por la pura y soberana gra- cia, pregunta: “Porque ¿quién entendió la mente del Señor? ¿O quién fue su consejero? ¿O quién le dio a él primero, para que le fuese recompensado?” (vv. 34-35). El énfasis de esto es que es im- posible poner al Todopoderoso bajo obligaciones para con la criatu- ra; Dios no gana nada de nosotros. “Si fueres justo, ¿qué le darás a él? ¿O qué recibirá de tu mano? Al hombre como tú dañará tu im- piedad, y al hijo de hombre aprovechará tu justicia” (Job 35:7-8), pero ciertamente, no puede afectar a Dios, quien es bendito ente- ramente en Sí mismo. “Cuando hayáis hecho todo lo que os ha sido ordenado, decid: Siervos inútiles somos” (Lc. 17:10) −nuestra obe- diencia no ha beneficiado a Dios en nada−. No, vamos mas lejos, nuestro Señor Jesucristo no agregó nada a Dios en su esencia y gloria, ni por lo que hizo ni por lo que sufrió.
1. La soledad de Dios 7 Verdadero; bendita y gloriosamente verdadero, es que Él nos mani- festó la gloria de Dios, pero no añadió nada a Dios. Él mismo lo declara expresamente y sus palabras no tienen discusión: “Mi bien a ti no aprovecha” (Sal. 16:2, RVA 1909). Todo este salmo es un sal- mo de Cristo. La bondad o justicia de Cristo alcanzó a sus santos en la tierra (v. 3), pero Dios estaba muy por encima y más allá de todo. Sólo Dios es “el Bendito” (Mr. 14:61, griego). Es perfectamente cierto que Dios es honrado y deshonrado por los hombres; no en su ser esencial, sino en su carácter oficial. Es igualmente cierto que Dios ha sido “glorificado” por la creación, por la providencia y por la redención. Nosotros no discutimos esto, ni nos atrevemos a hacerlo ni siquiera por un instante. Pero todo esto tiene que ver con su gloria manifiesta y su reconocimiento por parte de nosotros. Sin embargo, Dios hubiera estado tan complaci- do que podría haber seguido solo por toda la eternidad, sin dar a conocer su gloria a las criaturas. Si debía hacerlo o no, fue deter- minado únicamente por su propia voluntad. Fue perfectamente bendecido en Sí mismo antes de que la primera criatura fuera lla- mada a ser. ¿Y qué son todas las criaturas hechas por sus manos comparadas con Él , incluso ahora? Dejemos que la Escritura nue- vamente responda: “He aquí que las naciones le son como la gota de agua que cae del cubo, y como menudo polvo en las balanzas le son estimadas; he aquí que hace desaparecer las islas como polvo. Ni el Líbano bastará para el fuego, ni todos sus animales para el sacrificio. Como nada son to- das las naciones delante de él; y en su comparación serán estimadas en menos que nada, y que lo que no es. ¿A qué, pues, haréis semejante a Dios, o qué imagen le compondréis?” ( Is. 40:15-18 ). Ese es el Dios de la Escritura; por desgracia, sigue siendo “el dios no conocido ” (Hch. 17:23) para las multitudes despreocupadas. “Él está sentado sobre el círculo de la tierra, cuyos moradores son como langostas; él extiende los cielos como una cortina, los despliega como una tienda para morar. Él convierte en nada a los poderosos, y a los que gobiernan la tierra hace como cosa vana” ( Is. 40:22-23 ). ¡Cuán enormemente diferente es el Dios de las Escrituras del “dios” del púlpito promedio! El testimonio del Nuevo Testamento tampoco es diferente al del Antiguo: ¡cómo podría serlo, pues sabemos que ambos tienen el mismo Autor! Allí también leemos: “La cual a su tiempo mostrará el bienaventurado y solo Soberano, Rey de reyes, y Señor de señores, el único que tiene inmortalidad, que habita en luz inaccesible; a quien ninguno de
1. La soledad de Dios 9 mucho más al alcance de la razón humana? ¡De hecho, no! El Dios de la Escritura sólo puede ser conocido por aquellos a quienes Él se da a conocer. Tampoco Dios es conocido por el intelecto. Dios es Espíritu (Jn. 4:24) y, por lo tanto, sólo puede ser conocido espiritualmente. Pero el hombre caído no es espiritual; él es carnal. Está muerto para todo lo que es espiritual. A menos que nazca de nuevo, sea traído sobrenaturalmente de muerte a vida, trasladado milagrosamente de la oscuridad a la luz, no puede siquiera ver las cosas de Dios (Jn. 3:3) y, mucho menos, aferrarse a ellas (1 Co. 2:14). El Espíritu San- to tiene que brillar en nuestros corazones (y no en nuestros intelec- tos) para darnos “el conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo” (2 Co. 4:6). E incluso, ese conocimiento espiritual es fragmentado. El alma regenerada tiene que crecer en la gracia y en el conocimiento del Señor Jesús (2 P. 3:18). La oración principal y el propósito de los cristianos debe ser que andemos “como es digno del Señor, agradándole en todo, llevando fruto en toda buena obra, y creciendo en el conocimiento de Dios” (Col. 1:10).
Capítulo 2
El decreto de Dios es su propósito o determinación con respecto a las cosas futuras. Hemos usado el número singular como lo hacen las Escrituras (Ro. 8:28; Ef. 3:11) porque sólo hubo un acto de su mente infinita sobre las cosas futuras. Pero hablamos como si hu- biera habido muchos porque nuestras mentes sólo son capaces de pensar en ciclos sucesivos , a medida que surgen pensamientos y ocasiones, o en referencia a los diversos objetos de su decreto, los cuales siendo muchos, nos parecen requerir un propósito diferente cada uno. Pero una comprensión infinita no ocurre por ciclos, de una etapa a otra, pues: “Dice el Señor, que hace conocer todo esto [sus obras] desde tiempos antiguos” (Hch. 15:18). Los decretos de Dios Las Escrituras mencionan los decretos de Dios en muchos pasa- jes y bajo una variedad de términos. La palabra “decreto” se en- cuentra en Salmos 2:7. En Efesios 3:11, leemos de su “propósito eterno”. En Hechos 2:23, de su “determinado consejo y anticipado conocimiento”. En Efesios 1:9, del “misterio de su voluntad”. En Romanos 8:29, que Él “también los predestinó”. En Efesios 1:9, de “su beneplácito”. Los decretos de Dios se llaman su “consejo” para indicar que son perfectamente sabios. Se les llama la “voluntad” de Dios para mostrar que Él no estaba bajo ningún control, sino que actuó de acuerdo con su propia voluntad. Cuando la voluntad de un hombre es la regla de su conducta, usualmente es caprichosa e irrazonable; pero la sabiduría siempre está asociada con la “volun- tad” en los procedimientos divinos y, en consecuencia, se dice que los decretos de Dios son “el designio de su voluntad” (Ef. 1:11). Los decretos de Dios se relacionan con todas las cosas futuras sin excepción: Cualquier cosa que se haga en determinado momen- to ya estaba preordenada antes de que comenzara el tiempo. El propósito de Dios se refería a todo, ya sea grande o pequeño, ya sea bueno o malo, aunque con referencia a este último, debemos tener
12 LOS ATRIBUTOS DE DIOS que la manifestación de su eterno previo conocimiento (prescien- cia). Las Escrituras afirman que los creyentes fueron escogidos en Cristo antes de la fundación del mundo (Ef. 1:4), sí, que la gracia les fue “dada” a ellos desde entonces (2 Ti. 1:9). En segundo lugar, los decretos de Dios son sabios. Su sabiduría se muestra en la selección de los mejores fines posibles y los me- dios más adecuados para cumplir sus decretos. Que este carácter pertenece a los decretos de Dios, es evidente por medio de lo que sabemos de estos. Se nos revelan a nosotros por medio de su ejecu- ción y cada prueba de sabiduría en las obras de Dios es una prueba de la sabiduría de su plan , de acuerdo con su realización. Como declaró el salmista: “¡Cuán innumerables son tus obras, oh Jehová! Hiciste todas ellas con sabiduría” (Sal. 104:24). De hecho, es sólo una muy pequeña parte de ellas lo que cae bajo nuestra observa- ción, sin embargo, debemos proceder aquí como lo hacemos en otros casos y juzgar el todo por la parte; es decir, lo desconocido por medio de lo conocido. Aquel que percibe el admirable ingenio en el funcionamiento de las partes de una máquina después de ha- ber tenido la oportunidad de examinarla, naturalmente, es condu- cido a creer que las demás partes de esta máquina son igualmente admirables. De la misma manera, debemos satisfacer nuestras men- tes en cuanto a las obras de Dios cuando las dudas se nos imponen y rechazar cualquier objeción que pueda ser sugerida por algo que no podemos conciliar con nuestras nociones de lo que es bueno y sabio. Cuando alcanzamos los límites de lo finito y miramos hacia el misterioso reino del infinito, exclamemos: “¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios!” (Ro. 11:33). En tercer lugar, son libres. “¿Quién enseñó al Espíritu de Jeho- vá, o le aconsejó enseñándole? ¿A quién pidió consejo para ser avi- sado? ¿Quién le enseñó el camino del juicio, o le enseñó ciencia, o le mostró la senda de la prudencia?” (Is. 40:13-14). Dios estaba solo cuando hizo sus decretos y sus determinaciones no fueron influen- ciadas por ninguna causa externa. Él era libre de decretar o no de- cretar, y decretar una cosa y no otra. Esta libertad la debemos atri- buir a Aquel que es Supremo, Independiente y Soberano en todos sus actos. En cuarto lugar, son absolutos e incondicionales. La ejecución de los mismos no se suspende bajo ninguna condición que pueda o no cumplirse. En cada caso donde Dios ha decretado un fin, tam- bién ha decretado todos los medios para dicho fin. El que decretó la
2. Los decretos de Dios 13 salvación de sus elegidos, también decretó obrar fe en ellos (2 Ts. 2:13). “Mi consejo permanecerá, y haré todo lo que quiero” (Is. 46:10): pero eso no podría ocurrir si su Consejo dependiera de una condición que no se pudiera cumplir. Pero Dios “hace todas las cosas según el designio de su voluntad” (Ef. 1:11). La responsabilidad del hombre Junto con la inmutabilidad e invencibilidad de los decretos de Dios, la Escritura enseña, claramente, que el hombre es una criatu- ra responsable y que debe dar cuenta por sus acciones. Y si nuestros pensamientos se basan en la Palabra de Dios, sostener un pensa- miento no conducirá a la negación del otro. Admitimos que existe una verdadera dificultad para definir dónde termina lo uno y dónde comienza lo otro. Éste es siempre el caso donde hay una conjun- ción de lo divino y lo humano. La verdadera oración está indicada [dictada] por el Espíritu, pero también es el clamor de un corazón humano. Las Escrituras son la Palabra inspirada de Dios, sin em- bargo, fueron escritas por hombres que eran algo más que máqui- nas en la mano del Espíritu. Cristo es, a la vez, Dios y hombre. Él es omnisciente, pero “crecía en sabiduría” (Lc. 2:52). Él era Todopode- roso, pero fue “crucificado en debilidad” (2 Co. 13:4). Era el Prínci- pe de la vida, pero murió. Estos son grandes misterios, sin embar- go, la fe los recibe incuestionablemente. A menudo se ha señalado, en el pasado, que cada objeción hecha contra los decretos eternos de Dios se aplica con la misma fuerza contra su eterno previo conocimiento [presciencia]. “Tanto si Dios ha decretado todas las cosas que suceden como las que no suceden, todos los que admiten la existencia de un Dios, admiten también que Él sabe todas las cosas de antemano. Ahora, es evidente en sí mismo que si Él sabe todas las cosas de antemano; Él las aprueba o no las aprueba; es decir, Él quiere que sucedan o no quiere que su- cedan. Pero querer que sucedan es decretarlas”^3. Finalmente, intente conmigo, asumir y luego contemplar lo contrario. Negar los decretos divinos sería predicar un mundo y todos sus asuntos regulados por el azar sin diseño o por un destino ciego. Entonces, ¿qué paz, qué seguridad, qué consuelo habría para nuestros pobres corazones y mentes? ¿A qué refugio podríamos (^3) Jonathan Edwards (1703-1758) – Predicador norteamericano congregacionalista, usado por el Señor en el Gran Despertar; nacido en East Windsor, Condado de Connecticut.
Capítulo 3 La omnisciencia de Dios La omnisciencia^4 de Dios Dios es omnisciente. Él conoce todo : Todo lo posible, todo lo real; todos los eventos y todas las criaturas, del pasado, del presente y del futuro. Él está, perfectamente, familiarizado con cada detalle en la vida de cada ser en el cielo, en la tierra y en el infierno. “Él... conoce lo que está en tinieblas” (Dn. 2:22). Nada escapa a su aten- ción, nada se le puede ocultar, nada se le olvida. Bien podemos de- cir con el salmista: “Tal conocimiento es demasiado maravilloso para mí; Alto es, no lo puedo comprender” (Sal. 139:6). Su conoci- miento es perfecto. Nunca se equivoca, nunca cambia, nunca pasa por alto nada. “Y no hay cosa creada que no sea manifiesta en su presencia; antes bien todas las cosas están desnudas y abiertas a los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta” (He. 4:13). ¡Sí, tal es el Dios “a quien tenemos que dar cuenta”! “Tú has conocido mi sentarme y mi levantarme; has entendido desde lejos mis pensamientos. Has escudriñado mi andar y mi repo- so, y todos mis caminos te son conocidos. Pues aún no está la pala- bra en mi lengua, y he aquí, oh Jehová, tú la sabes toda” (Sal. 139:2-4). ¡Qué maravilloso Ser es el Dios de las Escrituras! Cada uno de sus gloriosos atributos debe hacerlo honorable en nuestra estima. El temor que inspira su omnisciencia debe inclinarnos en adoración ante Él. ¡Pero cuán poco meditamos sobre esta perfec- ción divina! ¿Es porque el solo pensarlo nos llena de inquietud? ¡Qué solemne es este hecho: Que nada puede ser ocultado a Dios! “Y las cosas que suben a vuestro espíritu, yo las he entendido” (Ez. 11:5). Aunque Él sea invisible para nosotros, nosotros no lo somos para Él. Ni la oscuridad de la noche, ni las cortinas más ce- rradas, ni la mazmorra más profunda, pueden ocultar a los pecado- res de los ojos de la Omnisciencia. Los árboles del jardín no pudie- (^4) Nota del editor – El atributo de la omnisciencia de Dios, también es conocido como el pleno conocimiento o la ciencia de Dios.
16 LOS ATRIBUTOS DE DIOS ron ocultar a nuestros primeros padres. Ningún ojo humano vio a Caín asesinar a su hermano, pero su Creador fue testigo de su cri- men. Sara podría reírse burlonamente en la reclusión de su tienda, pero Jehová la oyó. Acán robó un lingote de oro y lo escondió cui- dadosamente en la tierra, pero Dios lo sacó a la luz. David se esfor- zó mucho por ocultar su maldad, pero el Dios que todo lo ve, envió a uno de sus siervos a decirle: “Tú eres ese hombre”. Y al escritor y lector también se les dice: “Sabed que vuestro pecado os alcanzará” (Nm. 32:23). Los hombres despojarían a la Deidad de su omnisciencia, si pu- dieran, ¡qué prueba de que “los designios de la carne son enemistad contra Dios” (Ro. 8:7)! Los malvados odian esta perfección divina naturalmente, tanto como están, naturalmente, obligados a reco- nocerla. Desean que no haya un Testigo de sus pecados, ni un Es- cudriñador de sus corazones, ni un Juez de sus obras. Buscan des- terrar a un Dios tal, de sus pensamientos: “Y no consideran en su corazón que tengo en memoria toda su maldad” (Os. 7:2). ¡Cuán solemne es el Salmo 90:8! Buen motivo tiene para temblar ante Cristo todo aquel que le rechaza: “Pusiste nuestras maldades delan- te de ti, nuestros yerros a la luz de tu rostro” (Sal. 90:8). Pero para el creyente, el hecho de la omnisciencia de Dios es una verdad cargada de mucho consuelo. En tiempos de perplejidad, dice junto con Job: “Mas Él conoce mi camino” (Job 23:10). Puede ser profundamente misterioso para mí, bastante incomprensible para mis amigos, ¡pero “ Él conoce”! En tiempos de cansancio y de- bilidad, los creyentes se aseguran a sí mismos: “Porque él conoce nuestra condición; se acuerda de que somos polvo” (Sal. 103:14). En tiempos de duda y sospecha, recurren a este mismo atributo, diciendo: “Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos; y ve si hay en mí camino de perversidad, y guíame en el camino eterno” (Sal. 139:23-24). En tiempos de tris- te fracaso, cuando nuestras acciones han desmentido nuestros co- razones, cuando nuestros actos han repudiado nuestra devoción y nos surge la pregunta escrutadora: “¿Me amas?”. Decimos, como Pedro: “Señor, tú lo sabes todo ; tú sabes que te amo” (Jn. 21:17). Aquí encontramos ánimo para la oración. No hay motivo para temer que las peticiones de los justos no sean escuchadas, o que sus suspiros y lágrimas escapen a la atención de Dios, dado que Él co- noce los pensamientos y las intenciones del corazón. No hay peligro de que ni un solo santo sea pasado por alto en medio de la multitud
18 LOS ATRIBUTOS DE DIOS darias. No hay un evento futuro que sea sólo una mera posibilidad, es decir, algo que pueda suceder o no, pues: “Dice el Señor, que hace conocer todo esto desde tiempos antiguos” (Hch. 15:18). Todo lo que Dios ha decretado es, inexorablemente, cierto porque en Él “no hay mudanza, ni sombra de variación” (Stg. 1:17). Por lo tanto, se nos dice al comienzo de ese libro, el cual nos revela gran parte del futuro, acerca de “las cosas que deben suceder pronto” (Ap. 1:1). El perfecto conocimiento de Dios se ejemplifica e ilustra en cada profecía registrada en su Palabra. En el Antiguo Testamento se en- cuentran decenas de predicciones sobre la historia de Israel que se cumplieron hasta el más mínimo detalle, siglos después de que se hicieran. En estas predicciones también hay muchas más que anuncian el ministerio terrenal de Cristo y estas también se cum- plieron, literal y perfectamente. Tales profecías sólo podrían haber sido dadas por Aquel que conocía el fin desde el principio y cuyo conocimiento se basaba en la certeza incondicional del cumpli- miento de todo lo predicho. Del mismo modo, tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento, contienen muchos otros anuncios aún futuros y estos también, deben ser cumplidos y se dice que “era necesario” (Lc. 24:44) porque fueron predichos por Aquel que los decretó. Sin embargo, debe señalarse que ni el conocimiento de Dios ni su conocimiento del futuro, considerados simplemente en sí mis- mos, son causales. Nada ha sucedido o sucederá, simplemente por- que Dios lo sabía. La causa de todas las cosas es la voluntad de Dios. El hombre que realmente cree en las Escrituras, sabe de an- temano que las estaciones continuarán ocurriendo sin fallar y esto será hasta el final de los días de la tierra (Gn. 8:22). Sin embargo, su conocimiento no es la causa de que esto ocurra. De la misma manera, el conocimiento de Dios no surge de las cosas porque son o serán, sino porque Él ha ordenado que sean. Dios conoció y pre- dijo la crucifixión de su Hijo, muchos cientos de años antes de que se encarnara y esto porque, en el propósito divino, fue un Cordero inmolado desde la fundación del mundo: Por lo tanto, leemos: “En- tregado por el determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios” (Hch. 2:23). Una o dos palabras a modo de aplicación. El conocimiento infi- nito de Dios debería llenarnos de asombro. ¡Cuán exaltado sobre el hombre más sabio es el Señor! Ninguno de nosotros sabe lo que puede traer cada día, pero todo el futuro está abierto a su mirada
3. La omnisciencia de Dios 19 omnisciente. El conocimiento infinito de Dios debería llenarnos de santo temor. Nada de lo que hacemos, decimos o, incluso, pensa- mos, escapa al conocimiento de Aquel a quien tenemos que dar cuentas, pues: “Los ojos de Jehová están en todo lugar, mirando a los malos y a los buenos” (Pr. 15:3). ¡Qué freno sería para nosotros sí meditáramos en ello con más frecuencia! En lugar de actuar im- prudentemente, deberíamos decir junto con Agar: “Tú eres Dios que ve” (Gn. 16:13). El temor causado por el conocimiento infinito de Dios debería llenar al cristiano de adoración. Toda mi vida ha estado abierta a su vista desde el principio. Él previó cada una de mis caídas, mis pecados, todas mis reincidencias; más, sin embargo, fijó su corazón sobre mí. ¡Oh, cómo la realización de esto debería inclinarme en asombro y adoración ante Él!