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Asignatura: Historia Antigua de la Pen.Ibérica, Profesor: Aurelio Padilla (de Antigua), Carrera: Historia, Universidad: US
Tipo: Apuntes
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El interés de Roma por la Península y las causas y circunstancias que desencadenarán la intervención militar de la potencia itálica en su territorio se incluyen en un contexto político que interesa a todo el espacia Mediterráneo occidental: el de la rivalidad centenaria entre los dos estados más poderosos de la zona, Cartago y la república romana. Roma, en el curso del siglo IV a. C., había extendido su hegemonía a la Italia centro-meridional. Las victorias romanas alarmaron a las ciudades griegas del sur de Italia, que, incapaces de defenderse con sus solas fuerzas, recurrieron a la ayuda militar de Pirro, rey del Epiro. Pirro a pesar de sus victorias no logró un resultado definitivo y, consciente de las dificultades de una larga guerra contra Roma, abandonó a los griegos de Italia a su suerte. Tarento, la ciudad que había liderado a los griegos, hubo de capitular en el año 272 a. C. La extensión de sus intereses y los de sus aliados más allá de la Península Itálica enfrentó a Roma con Cartago por la sucesión de Sicilia. Este fue el origen de la I Guerra Púnica (264-241 a. C.) en la que los romanos finalmente prevalecieron, gracias a su recién obtenido predominio marítimo. El final de esta primera confrontación bélica entre romanos y cartagineses significó para la potencia africana la pérdida de Sicilia, Córcega y Cerdeña. La reducción del ámbito comercial impuesto a Cartago, limitado ahora al Mediterráneo meridional, solo podía compensarse con una ampliación en profundidad, mediante una penetración a partir de la costa en el interior de la Península Ibérica, de acuerdo con un programa de conquista que Amílcar de la familia militar de los Barca, logró hacer aprobar en el senado cartaginés. Este programa no consistía sólo en devolver a Cartago su vieja influencia sobre las plazas comerciales del sur de la Península. Se trataba de buscar compensación por la pérdida de Sicilia, Cerdeña y Córcega y al cierre de los mercados de Italia y la Galia mediante la creación de un imperio occidental, no limitado a la costa, sino con posibilidades económicas. La conquista respondía a un intento de reajustar el tradicional sistema económico cartaginés. La potencia púnica hubo de recurrir a la conquista directa del único territorio sobre el que podía intervenir sin chocar con Roma, para asegurarse el abastecimiento y control de las materias primas.
El ejército púnico al mando de Amílcar, al que acompañaban su yerno Asdrúbal, al mando de la flota, y su hijo Aníbal, niño de nueve años, se embarcó rumbo a Gadir en el 237 a. C. Desde esta base, Amílcar emprendió la sumisión del valle del Guadalquivir, es decir, la
Turdetania. Alternando éxitos militares con una labor diplomática, pudo ganarse las ciudades del Bajo Guadalquivir, desde donde, abriéndose paso por el valle del Guadalquivir y las altas planicies de la región de Jaén, alcanzó el Mediterráneo. El interés de Amílcar se encontraba en la costa oriental. La conquista de la región se vio coronada con la fundación de una ciudad que debería servir de base militar y centro administrativo a los púnicos, Akra Leuke (Alicante). Los siguientes esfuerzos del caudillo púnico se encaminaron a someter las tribus vecinas de la costa y el interior. Pero en el curso de esta campaña, en el 229 a. C., el general perdió la vida.
La sucesión de Amílcar al frente de la epicracia peninsular no comportó problema alguno. Las tropas de Iberia y el gobierno de Cartago estuvieron de acuerdo en nombrar strategós al lugarteniente del general muerto, su yerno Asdrúbal. Las fuentes, fundamentalmente Polibio, subrayan el giro dad a la política peninsular por el nuevo caudillo, tendente a fortalecer el dominio púnico, más que por la fuerza de las armas, por las artes de la diplomacia. Asdrúbal desarrolló una política de atracción y amistad con los reyezuelos ibéricos e incluso tomó en matrimonio a la hija de uno de estos régulos. Esta labor se vio coronada por el más completo éxito, puesto que los iberos le nombraron general con plenos poderes o caudillo. Pero la más fecunda acción de Asdrúbal en Iberia fue la fundación de una nueva ciudad en la costa levantina para sustituir a Akra Leuke como baste y centro principal del dominio púnico. Se eligió el magnífico puesto de Cartagena, situado, por otra parte, en una región con incontables recursos minerales, en especial, plata. La ciudad púnica fue edificada sobre terrenos de la antigua Mastia, límite del ámbito púnico anterior a la Primera Guerra Púnica. Fue bautizada con el nombre de “Ciudad Nueva”, traducido en las fuentes latinas como Carthago Nova. En este contexto de la extensión de la influencia cartaginesa por el sur y levante hispano donde se insertan los primeros signos de interés romano por la Península en la esfera política. Al parecer, unos años después del desembarco de Amílcar, en el 231 a. C., una embajada romana se entrevistó con el general cartaginés para pedirle explicaciones sobre sus actividades bélicas en Iberia. Fue la griega Massalía la instigadora ante el gobierno romano del latente peligro cartaginés, puesto que esta ciudad era la más directamente perjudicada por la competencia púnica en las costas levantinas de la Península. La insistencia de Marsella impulsó al gobierno romano al envío de una nueva embajada, que se produjo efectivamente en el
La explotación del territorio conquistado o sometido debió ser organizada mediante algún tipo de administración, seguramente semejante a la existente en los dominios africanos de Cartago y articulada en una división en distritos o provincias, los pagi, en número y extensión desconocidos. Conocemos en cambio algo mejor la utilización de un componente religioso, el culto a Hércules-Melqart, como instrumento ideológico para legitimar y dar contenido a la política imperialista cartaginesa. Las representaciones de Melqart, la divinidad ciudadana, protectora de la colonización, en las abundantes acuñaciones hispano- cartaginesas y la muestras de respeto de los caudillos púnicos por el santuario de Hércules.
La conquista bárquida de la Península trajo consigo un estrechamiento de las relaciones económicas y políticas de las ciudades fenicias peninsulares como Cartago. La nueva coyuntura favoreció la economía de estas ciudades, como consecuencia de la ampliación del mercado interior, paralela a la creciente extensión del dominio púnico. Por otro lado, el ejército cartaginés constituía una garantía de seguridad frente a las formaciones políticas indígenas. Las ciudades peninsulares, que vieron reforzada su tradicional función intermediaria como puertos de abastecimiento e intercambio con África y Cartago, al menos, hasta la fundación de Carthago Nova. La dominación bárquida permitió, por otra parte, a las ciudades fenicias la ocupación y subsiguiente explotación agrícola de nuevas tierras, gracias al control militar cartaginés. Es precisamente ahora cuando las ciudades fenicias peninsulares adoptan la economía monetaria y Gadir inicia sus acuñaciones de plata.
Además de las viejas ciudades fenicias, los Barca materializan una política de nuevos establecimientos coloniales. El control efectivo de territorios cada vez más extensos y la explotación directa de sus recursos, en los cauces de la nueva política imperialista, necesitaban como instrumento eficaz para su consolidación la fundación de colonias. Sólo conocemos los nombres de Akra Leuke y Carthago Nova, aunque no fueron las únicas. El elemento humano necesario para poblarlas se nutrió, en buena parte, de los abundantes veteranos del ejército bárquida, pero también de colonos africanos, traídos de Libia y en relación, con los blastophoinices de las fuentes clásicas. Los veinte años escasos de colonialismo púnico en Iberia habían conseguido sustituir con creces las pérdidas de las posesiones cartaginesas en las islas de Tirreno y fortalecer el Estado para no temer contra una nueva confrontación con Roma.
Sagunto era una ciudad ibérica con un buen puerto y un Hinterland rico, que mantenía activas relaciones comerciales con los griegos. Seguramente, durante el caudillaje de Asdrúbal, la ciudad había entrado en relación con Roma, como consecuencia de tensiones internas, que decidieron a los saguntinos a buscar un arbitraje exterior. Roma aceptó el arbitraje que condujo a la liquidación de los elementos procartagineses. Sagunto era independiente; Roma no había intervenido en la ciudad militarmente y tampoco había cerrado con ella un acuerdo militar en regla. Las tribus circundantes habían entrado de grado o por fuerza en alianza con Cartago, y Sagunto era una provocación demasiado evidente y un latente peligro para los intereses de Cartago. Aníbal propuso acosar a la ciudad recurriendo a los aliados vecinos, para precipitar una intervención antes de que Roma se afirmara en la zona. Sagunto se vio obligado a recurrir a Roma. A finales de 219, cuando Aníbal ya se encontraba en Carthago Nova tras su campaña vaccea, una legación romana vino a recordarle que respetase el pacto del Ebro y no actuara contra Sagunto, puesto que se encontraba bajo protección romana. Aníbal puso sitio a Sagunto, que cayó en sus manos tras ocho meses de asedio sin que el gobierno romano reaccionara militarmente en apoyo de la ciudad. Solo entonces, una embajada romana, presidida por Fabio Buteón, declaró la guerra ante el senado cartaginés.
Las tesis de una política imperialista romana, de una guerra de revancha cartaginesa largamente preparada, de la inevitabilidad del conflicto por las dos grandes potencias y del deseo de ambos Estados de combatirse con las armas se contraponen con las contrarias de una línea romana de mantenimiento en su límites bajo el principio de la seguridad y el honor, de la falta de intención púnica por provocar la guerra, de lo fácilmente que pudiera haberse evitado el conflicto y de la inexistencia de deseos, tanto por parte de Cartago como de Roma, de enfrentarse en el campo de batalla. La extensión del poder bárquida en la Península y el camino imperialista emprendido por Roma a partir del 237, con la anexión de Córcega y Cerdeña terminaron interfiriéndose mutuamente en los intereses propios de ambos estados.
La estrategia romana, una vez declarada la guerra, tenía la intención de aprovechar la iniciativa para asestar un doble golpe en la principal base de recursos del estado púnico, Iberia, y en la propia de Cartago. Para ello contaba con la superioridad de su flota, que permitía alejar la guerra de su propio territorio, y con la experiencia de la anterior confrontación con el enemigo. Así, cada uno de los cónsules del año
fueran enviados a Italia los refuerzos púnicos preparados para acudir en socorro de Aníbal. En los años siguientes, los hermanos Escipión intentaron minar los apoyos indígenas con que contaban los púnicos entre las tribus del alto Guadalquivir en campañas difíciles de precisar en su auténtico alcance y, sin duda, demasiado arriesgadas. Sólo conocemos con precisión la reconquista de Sagunto, entre 213-212, que fue devuelta a sus antiguos pobladores. El amplio teatro en que se desarrollaban las operaciones obligó a los caudillos romanos a dividir sus fuerzas para enfrentarse a las opuestas, también en varios cuerpos de ejército, por los púnicos. Esta estrategia resultó fatal para los romanos: ambos hermanos fueron derrotados por separado y encontraron su fin en el campo de batalla. Los supervivientes de la doble catástrofe del 211 hubieron de replegarse de nuevo al norte del Ebro, en espera de un nuevo ejército, que el senado envió al mando de Claudio Nerón. Bajo su mando, se consiguió al menos mantener el territorio al norte del Ebro fuera del alcance púnico para revitalizar al frente creado en la Península.
En esta situación, un giro decisivo significó la elección de Publio Cornelio Escipión como caudillo de las fuerzas romanas en la Península. Con apenas 24 años, sin cualificación legal alguna, Publio fue investido por voto popular con un imperium de rango proconsular para llevar la dirección de la guerra de Hispania. De este modo, Publio desembarcó en Ampurias con dos legiones a comienzos del otoño del
Frente a esta estrategia, Publio decidió sorprender a los púnicos con un audaz e imprevisto golpe de mano cuyo objetivo no era otro que la base principal cartaginesa en la Península: Carthago Nova. En el año 209, Escipión logró sorprender a la guarnición cartaginesa y apoderarse de la ciudad. Además del botín material y de gran cantidad de material de guerra, Escipión se hizo con los 300 rehenes indígenas que los púnicos mantenían en la ciudad para asegurarse la fidelidad de sus tribus. La devolución a sus hogares de estos rehenes significó para el caudillo romano el reconocimiento de un apreciable número de tribus, que se apresuraron a firmar pactos de amistad con Roma. Y, por otro lado, los romanos pudieron contar desde entonces con una magnífica base estratégica clave para el control de la zona que para Cartago había constituido el núcleo de su imperio hispano y la principal fuente de recursos, especialmente por las ricas minas de plata de la región.
El movimiento de las armas romanas hacia la región llevó a Asdrúbal, uno de los tres caudillos púnicos que defendían la Península, a establecer su campamento en la región de Cástulo, cerca de Linares, principal núcleo urbano y centro de la región minera. El combate tuvo lugar en Baecula, en los alrededores de Bailén, y su resultado, favorable a las armas romanas, marcó un hito decisivo en el desarrollo de las operaciones de la guerra en Hispania, al abrir al avance romano el valle del Guadalquivir. Tras la pérdida de posiciones en Hispania y de su utilización como fuente de recursos, reclamaban prioridad las operaciones de Aníbal en Italia, que necesitaban urgentemente de refuerzos. La disparidad de criterios de los tres caudillos púnicos responsables de la Península llevó finalmente a un compromiso: uno de ellos, Asdrúbal, partiría con un ejército hacia Italia, Magón intentaría reclutar mercenarios en las Baleares para volver con nuevos refuerzos y el tercero, Giscón, desde la Lusitania trataría de defender las últimas posiciones en Iberia, con el concurso de un nuevo general, enviado desde Cartago, Hannón. Las fuerzas cartaginesas se dividieron: mientras Hannón y Magón en el interior, trataban de reclutar mercenarios y atraer a los indígenas a su causa en la Celtiberia, Giscón se aprestaba a la defensa del valle del Guadalquivir y de la costa atlántica meridional. Publio hizo frente al doble enemigo, decidido a una acción enérgica que evitara la prolongación de la guerra. Mientras enviaba a su lugarteniente Silano a la Celtiberia, él mismo avanzó a lo largo del valle del Guadalquivir con la intención de someter el último bastión púnico en Hispania, la ciudad de Gades, Silano consiguió neutralizar las fuerzas de Hannón y Magón e incluso logró hacer prisionero al segundo; Publio, por su parte, desde Cástulo, donde se le unieron las fuerzas de Silano, prosiguió a lo largo del río buscando el encuentro con Giscón. Este se produjo en Ilipa (Alcalá del Río), en el 207, y de nuevo las armas romanas resultaron victoriosas. Asdrúbal, a duras penas, consiguió