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Mujer trabajadora ,..............,......................................................., Apuntes de Historia

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Tipo: Apuntes

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Prohibida su reproducción parcial o total sin permiso escrito de la editorial.
La mujer trabajadora
en el siglo XIX
Joan w. Scott
La mujer trabajadora alcanzó notable preeminencia durante
el siglo XIX. Naturalmente, su existencia es muy anterior al adve-
nimiento del capitalismo industrial. Ya entonces se ganaba el
sustento como hilandera, modista, orfebre, cervecera, pulidora
de metales, productora de botones, pasamanera, niñera, leche-
ra o criada en las ciudades y en el campo tanto en Europa como
en Estados Unidos. Pero en el siglo XIX se la observa, se la
describe y se la documenta con una atención sin precedentes,
mientras los contemporáneos discuten la conveniencia, la mora-
lidad incluso la licitud de sus actividades asalariadas. La mujer
trabajadora fue un producto de la revolución industrial, no tanto
porque la mecanización creara trabajo para ella allí donde antes
no había habido nada (aunque, sin duda, ese fuera el caso en
ciertas regiones), como porque en el transcurso de la misma se
convirtió en una figura problemática y visible.
La visibilidad de la mujer trabajadora fue una consecuencia
del hecho de que se la percibiera como problema, como un pro-
blema que se describía como nuevo y que había que resolver sin
dilación. Este problema implicaba el verdadero significado de la
feminidad y la compatibilidad entre feminidad y trabajo asalaria-
do, y se planteó en términos morales y categoriales. Ya se trata-
ra de una obrera en una gran fábrica, de una costurera pobre o de
una impresora emancipada; ya se la describiera como joven,
soltera, madre, viuda entrada en años, esposa de un trabajador
en paro o hábil artesana, ya se la considerara el extremo de las
tendencias destructivas del capitalismo o de la prueba de sus
potencialidades progresistas, en todos los casos, la cuestión
que la mujer trabajadora planteaba era la siguiente: ¿debe una
mujer trabajar por una remuneración? ¿Cómo influía el trabajo
asalariado en el cuerpo de la mujer y en la capacidad de ésta
para cumplir sus funciones maternales y familiares? ¿Qué clase
de trabajo era idóneo para una mujer?, Aunque todo el mundo
estaba de acuerdo con el legislador francés Jules Simon, quien
El cuerpo encorvado, una
mano ocupada en las
nuevas máquinas y la
otra en la producción. La
presencia de la mujer en el
trabajo no surge en el S XIX,
sin embargo este siglo la
percibe como un “proble-
ma”. ¿Qué ha sucedido
para que llame tanto la
atención? ¿Por qué
se contrapone feminidad y
trabajo? Todo el discurso
del siglo la presenta
como una trabajadora de
segunda y le niega su
capacidad de productora
que podría asegurarle un
reconocimiento social y
económico. Grabado,SXIX,
Hilaturas, detalle.
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La mujer trabajadora

en el siglo XIX

Joan w. Scott

La mujer trabajadora alcanzó notable preeminencia durante el siglo XIX. Naturalmente, su existencia es muy anterior al adve- nimiento del capitalismo industrial. Ya entonces se ganaba el sustento como hilandera, modista, orfebre, cervecera, pulidora de metales, productora de botones, pasamanera, niñera, leche- ra o criada en las ciudades y en el campo tanto en Europa como en Estados Unidos. Pero en el siglo XIX se la observa, se la describe y se la documenta con una atención sin precedentes, mientras los contemporáneos discuten la conveniencia, la mora- lidad incluso la licitud de sus actividades asalariadas. La mujer trabajadora fue un producto de la revolución industrial, no tanto porque la mecanización creara trabajo para ella allí donde antes no había habido nada (aunque, sin duda, ese fuera el caso en ciertas regiones), como porque en el transcurso de la misma se convirtió en una figura problemática y visible. La visibilidad de la mujer trabajadora fue una consecuencia del hecho de que se la percibiera como problema, como un pro- blema que se describía como nuevo y que había que resolver sin dilación. Este problema implicaba el verdadero significado de la feminidad y la compatibilidad entre feminidad y trabajo asalaria- do, y se planteó en términos morales y categoriales. Ya se trata- ra de una obrera en una gran fábrica, de una costurera pobre o de una impresora emancipada; ya se la describiera como joven, soltera, madre, viuda entrada en años, esposa de un trabajador en paro o hábil artesana, ya se la considerara el extremo de las tendencias destructivas del capitalismo o de la prueba de sus potencialidades progresistas, en todos los casos, la cuestión que la mujer trabajadora planteaba era la siguiente: ¿debe una mujer trabajar por una remuneración? ¿Cómo influía el trabajo asalariado en el cuerpo de la mujer y en la capacidad de ésta para cumplir sus funciones maternales y familiares? ¿Qué clase de trabajo era idóneo para una mujer?, Aunque todo el mundo estaba de acuerdo con el legislador francés Jules Simon, quien

El cuerpo encorvado, una mano ocupada en las nuevas máquinas y la otra en la producción. La presencia de la mujer en el trabajo no surge en el S XIX, sin embargo este siglo la percibe como un “proble- ma”. ¿Qué ha sucedido para que llame tanto la atención? ¿Por qué se contrapone feminidad y trabajo? Todo el discurso del siglo la presenta como una trabajadora de segunda y le niega su capacidad de productora que podría asegurarle un reconocimiento social y económico. Grabado,SXIX, Hilaturas, detalle.

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1860 afirmaba que «una mujer que se convierte en trabajadora ya no es una mujer», la mayoría de las partes que intervienen en el debate acerca de mujeres trabajado- ras encuadraba sus argumentos en el marco de una reconocida oposición entre el hogar y el trabajo, entre la maternidad y el trabajo asalariado, entre feminidad y productividad^1. En general, los debates del siglo XIX versaban sobre una historia causal implí- cita en torno a la revolución industrial, que en la mayor parte de las historias poste- riores de mujeres trabajadoras se tuvo como un supuesto. Esta historia localizaba la fuente del problema de las mujeres trabajadoras en la sustitución de la producción doméstica por la producción fabril, que tuvo lugar durante el proceso de industrializa- ción. Como en el período preindustrial se pensaba que las mujeres compaginaban con éxito la actividad productiva y el cuidado de los hijos, el trabajo y la vida domés- tica, se dijo que el supuesto traslado en la localización del trabajo hacía difícil tal cosa, cuando no imposible. En consecuencia, se sostenía, las mujeres sólo podrían trabajar unos periodos cortos de su vida, para retirarse del empleo remunerado des- pués de casarse o de haber tenido hijos, y volver a trabajar luego únicamente en el caso de que el marido no pudiera mantener a la familia. De esto se seguía su concentración en ciertos empleos mal pagados, no cualificados, que constituían el reflejo de la prioridad de su misión maternal y de su misión doméstica respecto de cualquier identificación ocupacional a largo plazo. El “problema” de la mujer trabaja- dora, por tanto, estribaba en que constituía una anomalía en un mundo en que el trabajo asalariado y las responsabilidades familiares se habían convertido en em- pleos a tiempo completo y espacialmente diferenciados. La «causa» del problema era inevitable: un proceso de desarrollo capitalista industrial con una lógica propia. Por mi parte, considero que la separación entre hogar y trabajo, más que reflejo de un proceso objetivo de desarrollo histórico, fue una contribución a este desarrollo. En efecto, suministró los términos de legitimación y las explicaciones que construyeron el «problema» de la mujer trabajadora al minimizar las continuida- des, dar por supuesto la homogeneidad de experiencia de todas las mujeres y acen- tuar las diferencias entre mujeres y hombres. Al representarse al obrero cualificado masculino como el «trabajador» ejemplar, como modelo de «trabajador», se dejaba de lado las diferencias de formación, la estabilidad en el empleo y el ejercicio profe- sional entre los trabajadores varones y también, por ende, análogas diferencias en la irregularidad y el cambio de empleo entre trabajadores de uno y otro sexo. La aso- ciación de trabajadores varones con la dedicación de por vida a una misma ocupa- ción y la de las mujeres con carreras interrumpidas, imponía un tipo de ordenación particular en una situación muy distinta (en la que había mujeres que mantenían puestos permanentes de trabajo cualificado, mientras que muchos hombres. pasa- ban de un empleo a otro y soportaban periodos de desempleo crónicos). Como resultado de todo ello, se postuló el sexo como la única razón de las diferencias entre hombres y mujeres en el mercado laboral, cuando estas diferencias podrían también haberse entendido en términos de mercado laboral, de fluctuaciones eco- nómicas o de o de las cambiantes relaciones de la oferta y la demanda. La historia de la separación de hogar y trabajo selecciona y organiza la infor-

mación de tal modo que ésta logra cierto efecto: el de subrayar con tanto énfasis las diferencias funcionales y biológicas entre mujeres y hombres que se termina por legitimar e institucionalizar estas diferencias como base de la organización social. Esta interpreta- ción de la historia del trabajo de las mujeres dio lugar – y contribu- yó- a la opinión médica, científica, política y moral que recibió ya el nombre de «ideología de la domesticidad», ya el de «doctrina de las esferas separadas». Sería mejor describirla como el discurso que, en el siglo XIX, concebía la división sexual del trabajo como una división «natural» del mismo. En verdad, quisiera llamar la atención sobre el hecho de que, para el siglo XIX, la idea de división sexual del trabajo debe leerse en el marco del contexto de la retórica del capitalismo industrial sobre divisiones más generales del trabajo. La división de tareas se juzgaba como el modo más eficiente, racio- nal y productivo de organizar el trabajo, los negocios y la vida social: la línea divisoria entre lo útil y lo «natural» se borró cuando el objeto en cuestión fue el «género». Lo que me propongo en este ensayo es estudiar el discurso acerca del género que hizo de la mujer trabajadora un objeto de investiga-

La abuela, la madre y los hijos participan en la elaboración de la fibra, la más pequeña descansa sobre el lino. Desde antes de la industrialización capitalista la mujer trabaja como hilandera y la imagen del sistema cooperativo familiar perdura durante gran parte del siglo XIX. Grabado. siglo XIX. El mazo de lino

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Desde muy pequeñas las niñas se emplean en la industria textil. En Inglaterra y Francia este sector ocupa entre un 10 y un 20 por 100 de mujeres. Grabado. siglo XIX Hilaturas. Detalle.

«tradicional» del servicio doméstico como en la nueva área emergente de la manufactura textil. En la mayoría de los países occidentales en vías de industrialización, el servicio doméstico superaba al textil en cali- dad de empleador de mujeres. En Inglaterra, la primera nación industrial, en el año 1851 el 40 por 100 de las mujeres trabajadoras eran criadas, mientras que sólo el 22 por 100 eran obreras textiles. En Francia, las cifras comparables de 1866 fueron del 22 por 100 en el servicio domésti- co y 10 por 100 en la industria textil. En Prusia, en 1882, las criadas llegaban al 18 por 100 de la mano de obra femenina, mientras que las obreras fabriles sólo eran el 12 por 100. Pero en ambos casos, el de criadas y el de las obreras fabriles, se encuentran mujeres de la misma edad-. En realidad, en las regiones en que la manufactura atrajo a enor- mes cantidades de mujeres jóvenes, serían de esperar quejas relativas a la escasez de criadas. En la ciudad textil francesa de Roubaix, el 81 por 100 de las empleadas tenían menos de treinta años: en Stockport, Ingla- terra, en 1841, el promedio de edad de las tejedoras era de veinte años, y de veinticuatro en 1861. En las fábricas textiles de Lowell. Massachussetts, durante las décadas de los treinta v los cuarenta del siglo XIX, el 80 por 100 de las trabajadoras tenían entre quince y treinta años. En la década de los sesenta, cuando las trabajadoras agrícolas nativas fueron reemplazadas por fuerza de trabajo inmigrada. El prome- dio de edad de la mano de obra femenina cayó más aun, hasta los veinte años. Naturalmente, en las fábricas textiles también había empleadas mujeres casadas, ya que la demanda de mano de obra femenina era muy grande y que en las ciudades textiles escaseaban los empleos para varones. Pero estas mujeres habrían tenido que emplearse en al- gún tipo de trabajo asalariado vivieran donde viviesen, no necesariamen- te en sus casas. El traspaso del grueso de la población asalariada feme- nina no tuvo lugar, por tanto, del trabajo en el hogar al trabajo fuera de éste, sino de un tipo de lugar de trabajo a otro. Si este traslado implicaba problemas -una nueva disciplina horaria, maquinaria ruidosa, salarios

que dependían de las condiciones del mercado y de los ciclos económicos, empleadores explotadores-, estos problemas no tenían como causa el aleja- miento de las mujeres de su hogar y de sus conjuntos familiares. (En realidad. el trabajo fabril solía hacer que las niñas que previamente quizá comían en casa de los empleadores, pasaran a residir con sus familias.) El interés de los contemporáneos y de los historiadores en la influencia de la industrial textil sobre el trabajo de las mujeres atrajo una enorme atención a este sector, pero nunca fue, a lo largo del siglo XIX, el principal empleador de mujeres. En cambio, eran más las mujeres que trabajaban en áreas «tradiciona- les» de la economía que en establecimientos industriales. En la manufactura en pequeña escala, el comercio y los servicios, mujeres casadas y mujeres solte- ras mantenían las pautas del pasado: trabajaban en mercados, tiendas o en su casa, vendían comida por la calle, transportaban mercancía, lavaban, atendían posadas, hacían cerillas y sobres para cerillas, flores artificiales, orfebrería o prendas de vestir. La localización del trabajo era variada, incluso para una mis- ma mujer. Lucy Luck, una trenzadora de paja inglesa, recordaba que «pasaba una parte del tiempo en el taller y otra parte del tiempo trabajaba en su casa». En la temporada baja, complementaba su salario «trabajando como criada por horas, unas cuantas veces cuidé de la casa de un caballero, y me ocupé de tareas de aguja»^4. En lo que respecta a Lucy Luck, sería un error decir que entre la casa y el trabajo había siempre una neta separación. Si, durante el siglo XVIII, trabajo de aguja fue sinónimo de mujer, en este aspecto las cosas no variaron en el XIX. El predominio del trabajo de aguja como trabajo femenino hace difícil sostener el argumento de separación tajante entre la casa y el trabajo y, por tanto, de la disminución de oportunidades aceptables de trabajo asalariado para las mujeres. En verdad, el trabajo de aguja se exten- dió a medida que crecía la producción de vestimenta y se difundía el uso de zapatos y de cuero, lo cual suministraba empleo estable a algunas mujeres, y un último recurso a otras. Los talleres de ropa daban empleo a mujeres en diferentes niveles de habilidad y de salario, aunque la gran mayoría de los traba- jos tenían una paga irregular y pobre. En las décadas de los treinta y de los cuarenta, tanto en Francia como en Inglaterra, el trabajo para las costureras ( tanto en su casa como en talleres manufactureros, donde los salarios eran miserables y las condiciones de trabajo pésimas) aumentó gracias al enorme crecimiento de la industria de la ropa de confección. Aunque durante el siglo (en los años cincuenta en Inglaterra y en los ochenta en Francia), se comenzó a producir ropa en régimen fabril, siguieron prevaleciendo los ya mencionados talleres manufactureros. En la última década del siglo, la aprobación de la legis- lación protectora de la mujer, junto con exenciones fiscales para la producción doméstica, aumentaron el interés del empleador por una oferta de mano de obra barata y no reglamentada. El trabajo a domicilio alcanzó su punto máximo en 1901 en Gran Bretaña y en 1906 en Francia, pero esto no quiere decir que a partir de entonces haya declinado de manera permanente. Muchas ciudades del siglo XX son, incluso hoy en día, centros de subcontratación que, al igual que la

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Personaje recurrente de la literatu- ra, la modista, desde el siglo XVIII. Aparece como la trabajadora feme- nina por excelencia. En el siglo XIX con el crecimiento de la industria de ropa, su número aumenta con- siderablemente. Grabado, S XIX, Modistas, Madrid, Biblioteca Nacional.

industria doméstica del siglo XVIII y el sobreexplotado tra- bajo a domicilio del XIX, emplean mujeres para el trabajo por piezas en el negocio de la vestimenta. En este tipo de actividad, la localización y la estructura del trabajo de las mujeres se caracteriza más por la continuidad que por el cambio. El caso de la producción de ropa pone también en tela de juicio la idealizada descripción del trabajo en la casa como especialmente adecuado para las mujeres, pues per- mite a éstas combinar la dedicación al hogar con el trabajo rentado. Cuando se toman en cuenta los niveles de salario, el cuadro se toma notablemente más complejo. En gene- ral, a los trabajadores de esta rama de la producción se les pagaba por pieza, y sus salarios eran muchas veces tan bajos que las mujeres apenas podían subsistir con sus in- gresos; el ritmo de trabajo era intenso. Ya trabajara sola en su cuarto alquilado, o en medio de una bulliciosa familia, la típica costurera tenía poco tiempo para dedicar a sus res- ponsabilidades domésticas. En 1849, una camisera londinense le contó a Henry Mayhew que apenas podía mantenerse con lo que ganaba, aun cuando muchas ve- ces, «en verano trabajaba desde las cuatro de la mañana hasta las nueve o diez de la noche (todo el tiempo que podía ver). Mi horario habitual de trabajo va de cinco de la mañana a nueve de la noche, invierno y verano”. 5 En ver- dad, la localización del trabajo en la casa podía constituir para la vida familiar una perturbación tan grande como cuan-

do una madre se ausentaba durante todo el día; pero la causa de los inconve- nientes no estribaba en el trabajo en sí mismo, sino en los salarios increíble- mente bajos. (Naturalmente, de no haber sido tan grande la necesidad econó- mica de una mujer, podía haber moderado el ritmo del trabajo y combinar las faenas del hogar con las remuneradas. Estas mujeres, una minoría de las costureras, tal vez constituyeran la confirmación de un pasado idealizado en que la domesticidad y la actividad productiva no entraban en conflicto.) Aunque la industria de la vestimenta nos ofrece un ejemplo evidente de continuidad con las prácticas del pasado, también los empleos «de cuello blanco» preservaban ciertas características decisivas del trabajo de las muje- res. Se trataba de empleos que comenzaban a proliferar hacia finales del siglo XIX en los sectores, por entonces en expansión, del comercio y los servicios. Naturalmente, estos empleos implicaban nuevas clases de tareas v desarro- llaron otras habilidades que las que se adquirían en el servicio doméstico o en los trabajos de aguja, pero absorbían la misma clase de mujeres que habían constituido típicamente la fuerza de trabajo femenina: muchachas jóvenes y solteras. Oficinas gubernamentales, empresas y compañías de seguros con- trataban secretarias. dactilógrafas y archiveras, las oficinas de correos prefi- rieron mujeres para la venta de sellos, las compañías de teléfono y telégrafo empleaban operadoras, las tiendas y los almacenes reclutaban vendedoras, los hospitales recientemente organizados cogieron personal de enfermeras, y los sistemas escolares estatales buscaron maestras. Los empleadores esti- pulaban en general una edad límite para sus trabajadoras y, a veces, ponían obstáculos a los matrimonios, con lo cual mantenían una mano de obra muy homogénea, por debajo de los veinticinco años y soltera. Puede que cambiara el tipo de lugar de trabajo, pero no hay que confundir eso con un cambio en la relación entre hogar y trabajo para las trabajadoras mismas: a la inmensa mayoría de las afectadas, el trabajo las había sacado fuera de la casa. Así, pues, en el curso del siglo XIX se produjo un desplazamiento de vasto alcance de servicio doméstico ( urbano y rural, de hogar,oficio y agríco- la) a los empleos de cuello blanco. Por ejemplo, en Estados Unidos, en 1870, el 50 por l00 de las mujeres que perciben sala rios, son criadas; hacia 1920, cerca del 40 por 100 de las trabajadoras estaban en empleos de oficina, eran maestras o dependientas de tienda. En Francia, hacia 1906, las mujeres cons- tituían más del 40 por l00 de la fuerza de trabajo de cuello blanco. Esta trans- formación del servicio proporcionó nuevas ocupaciones, sin duda, pero tam- bién representó otra continuidad: la permanente asociación de la mayoría de las mujeres asalariadas con el servicio antes que con empleos productivos. Naturalmente, señalar la continuidad no significa negar el cambio. Ade- más del enorme desplazamiento del servicio doméstico al trabajo de emplea- das, se abren oportunidades profesionales a las mujeres de clase media, grupo relativamente nuevo de la fuerza de trabajo. Muy bien podía ocurrir que gran parte de la atención que se prestó al problema del trabajo de las mujeres en general tuviera origen en una creciente preocupación por las posibilidades

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internacional de finales del siglo XIX, hizo propia (y así lo afirmó) la representación de todas las mujeres como inevitablemente dependien- tes y de las mujeres asalariadas como un grupo insólito y vulnerable, necesariamente limitado a ciertos tipos de empleo. En este vasto coro de acuerdos, las voces disidentes de algunas feministas, líderes labo- rales y socialistas experimentaban grandes dificultades para hacerse oír.

La economía política fue uno de los terrenos donde se originó el discurso sobre la división sexual del trabajo. Los economistas políti- cos del siglo XIX desarrollaron y popularizaron las teorías de sus pre- decesores del siglo XVIII. Y pese a las importantes diferencias nacio- nales (entre, por ejemplo, teóricos británicos y franceses), así como a las diferentes escuelas de economía política en un mismo país, había ciertos postulados básicos comunes. Entre ellos se hallaba la idea de que los salarios de los varones debían ser suficientes no sólo para su propio sostén, sino también para el de una familia. Pues de no ser así -observaba Adam Smith-, «la raza de tales trabajadores no se prolon- garía más allá de la primer generación». Por el contrario, los salarios de una esposa,«habida cuenta de la atención que necesariamente debía dedicar a los hijos, (se) suponía que no debían superar lo sufi- ciente como para su propio «sustento» 10. Otros economistas políticos :ampliaban a todas las mujeres esta suposición acerca de los salarios de la esposa. Según ellos, éstas, fuera cual fuese su estado civil, dependían de los hombres por natura- leza. Aunque algunos teóricos sugirieran que los salarios de las muje- res debían cubrir sus costes de subsistencia, otros sostenían que tal cosa era imposible. El economista político francés Jean-Baptiste Say, por ejemplo, afirmaba que los salarios de las mujeres caerían siempre

Carretes por el suelo, manos ocupa- das en la labor bajo la dirección de la más experta. En el propio hogar o en talleres, la profesión tiene jerarquías internas de salario y destreza. A. Raspal, SXIX, Taller de Modista , Arles,Museo Réattu

Economía política

por debajo del nivel de la subsistencia, debido a la disponibilidad de mujeres que podían apoyarse en el sostén familiar (las que estaban en estado “natu- ral”) y, por tanto, no necesitaban vivir de sus salarios. En consecuencia, las mujeres solas que vivían al margen de contextos familiares y aquellas que eran el único sostén de sus familias, serían irremediablemente pobres. De acuerdo con su cálculo, los salarios de los varones eran primordiales para las familias, pues cubrían los costes de reproducción; en cambio, los sala- rios de las mujeres eran suplementarios y, o bien compensaban déficit, o bien proveían dinero por encima del necesario para la sobrevivencia básica 11. La asimetría del cálculo de! salario era asombrosa: los salarios de los varones incluían los costes de subsistencia y de reproducción, mientras que los salarios de las mujeres requerían suplementos familiares incluso para la subsistencia individual. Además, se suponía que los salarios proveían el sos- tén económico necesario para una familia, que permitían alimentar a los bebés y convenirlos en adultos aptos para el trabajo. En otras palabras, los hombres eran responsables de la reproducción. En este discurso «reproducción» no tiene significado biológico. Para Say, «reproducción» y «producción» eran sinónimos, pues ambos se refe- rían a la actividad que introducía valor en las cosas, que transformaba la materia natural en productos con valor socialmente reconocido (y, por tanto, intercambiable). El dar a luz y el criar hijos, actividades que realizaban las mujeres, eran materias primas. La transformación de niños en adultos (capa- ces a su vez de ganarse la vida) era obra del salario del padre; era el padre quien daba a sus hijos valor económico y social, porque su salario incluía la subsistencia de los hijos.

...y los clientes eligen los productos realizados seguramente por una mujer mal pagada. Dependiente del hombre, se considera que el salario de la mujer es sólo un complemento y por lo tanto siempre menor al masculino. C. Kunz y G.Geiger, SXIX Establecimiento de alfarería , Viena, Museo Estatal.

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En esta teoría, el salario del trabajador tenia un doble sen- tido. Por un lado, le compensaba la prestación de su fuerza de trabajo y, al mismo tiempo, le otorgaba el estatus de creador de valor en la familia. Puesto que la medida del valor era el dinero, y puesto que el salario del padre incluía, la subsistencia de la familia, este salario era el único que importaba. Ni la acti- vidad doméstica, ni el trabajo remunerado de la madre era visi- ble ni significativo. De ello se seguía que las mujeres no produ- cían valor económico de interés. El trabajo que realizaban en su casa no se tenia en cuenta en los análisis de la reproduc- ción de la generación siguiente y su salario se describía siem- pre como insuficiente, incluso para su propia subsistencia. La descripción que la economía política hacía de las “leyes” sobre salarios femeninos creaba un tipo de lógica circular en la que los salarios bajos eran a la vez causa y prueba del «hecho» de que las mujeres eran menos productivas que los hombres. Por un lado, los salarios de las mujeres daban por supuesto la menor productividad de éstas; por otro lado, los bajos salarios de las mujeres se consideraban como demostración de que no po- dían trabajar tanto como los hombres. «La mujer, desde el punto de vista industrial, es un traba- jador imperfecto» escribía Eugéne Buret en 1840 12. Y el perió- dico de los trabajadores titulado L’Atelier, comenzaba un análi- sis de la pobreza femenina con lo que para ellos era una pero- grullada: “Puesto que las mujeres son menos productivas que los hombres...». 13 En la última década del siglo, el socialista fabiano Sidney Webb concluía un largo estudio sobre las dife- rencias entre salarios masculinos v femeninos con las siguien- tes palabras: «Las mujeres ganan menos que los hombres no sólo porque producen menos, sino también porque lo que ellas producen tiene en general un valor inferior en el mercado». Este autor observaba que a estos valores no se llegaba

El salario masculino debe sostener a la familia. Los trabajadores perciben a la mujer como un peligro que puede hacer bajar el nivel del suyo, y la prefieren en casa. En la imagen,mujeres manejando los montacargas por los que ascienden mineral y mineros. El pañuelo con que cubrían la cabeza les dio el nombre de “molineusses” Francia, 1903, Minas de carbón.

de manera puramente racional: “Allí donde la ganancia es inferior, casi siempre coexiste con una inferioridad del trabajo. Y la inferioridad del trabajo de las mujeres parece influir sobre sus salarios en las industria en donde tal inferiori- dad no existe”. 14 La idea según la cual el trabajo de hombres y el de mujeres tenían diferen- tes valores , de que los hombres eran más productivos que las mujeres, no excluía por completo a estas últimas de la fuerza de trabajo de los países en vías de industrialización, ni las confinaba al corazón de la vida doméstica. Cuan- do ellas o sus familias necesitaban dinero, las mujeres salían a ganarlo. Pero cuánto y cómo podían ganar estaba en gran parte premodelado por estas teo- rías que definían el trabajo de la mujer como más barato que el de los hombres. No importaba cuáles fuesen sus circunstancias - que se tratara de solteras, casadas, cabezas de familia o único sostén de padres o hermanos dependien- tes-, sus salarios se fijaban como si fueran suplementos de los ingresos de otros miembros de una familia. Aun cuando la mecanización mejorara su pro- ductividad (como ocurrió en Leicester, Inglaterra, con la industria de géneros de punto en la década de 1870), los salarios de las mujeres permanecieron en los mismos niveles (en relación con el de los varones) que tenían en el trabajo que realizaban en su casa. En Estados Unidos, en 1900 las mujeres, tanto en em- pleos semicualificados como en los no cuali- cados, ganaban sólo el 76 por 100 del jornal de los hombres igualmente sin cualificación profesional. Pero la economía política también tuvo otras consecuencias. Al proponer dos “leyes” diferentes sobre salarios, dos sistemas distintos para calcular el precio de la fuerza de trabajo, los economistas distinguieron la fuerza de trabajo según el sexo, lo que explicaron en términos de división sexual funcional del trabajo. Además, al invocar dos conjuntos de leyes “naturales” -las del mercado y las de la biología- para explicar las diferentes situaciones de varones y muje- res, ofrecían una poderosa legitimación a las prácticas predominantes. La ma- yoría de las criticas al capitalismo y a la situación de la mujer trabajadora aceptaban la inevitabilidad de las leyes de los economistas y proponían refor- mas que dejaban intactas tales leyes. Aunque había feministas (de uno y otro sexo) que exigían que las mujeres tuvieran acceso a todos los empleos y se les pagaran salarios iguales a los de los varones, la mayoría de los reformadores sostenían que no se debía exigir a las mujeres que trabajaran. A finales del siglo XIX, en Inglaterra, Francia y Estados Unidos, esto implicaba pedir a los empleadores que pusieran en práctica el ideal del «salario familiar», el salario suficiente para mantener mujer e hijos en el hogar. El pedido del «salario fami- liar» aceptaba como inevitable la mayor productividad e independencia de los varones, así como la menor productividad y la necesaria dependencia de las mujeres respecto de aquellos. La asociación entre mujeres y mano de obra barata era más firme aún a finales del S XIX. Ya una de las premisas de econo- mía política, se había tornado, a través de las prácticas de un heterogéneo grupo de agentes, en un fenómeno social todavía mas visible.

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Los trabajos suelen ser presentados como respondiendo a cualidades sexuales: tareas delicadas que requieran dedos ágiles y paciencia son aptas para mujeres. 1890. Industria embotelladora

cación de periódicos, se comenzó a emplear mujeres como medio para disminuir costes laborales. Los editores intentaron satisfacer la necesidad de un número mayor de linotipistas para las edicio- nes matutinas y vespertinas de los diarios mediante la formación y contratación de mujeres para los nuevos puestos. La oposición de los tipógrafos sindicalizados mantuvo estas prácticas en niveles mínimos e impidió efectivamente la feminización de esta actividad. Sin embargo, en muchas ciudades pequeñas, se siguió emplean- do grandes cantidades de mujeres (con salarios más bajos que los de los hombres) en la industria de la impresión y de la encuaderna- ción de libros. En las áreas en expansión del trabajo profesional y de oficina ( “de cuello blanco”), las mujeres resultaron empleadas muy conve- nientes por muchas razones. En la enseñanza y el cuidado de niños se veía una tarea de crianza y formación que les era propia, la dactilografía se asimilaba a la ejecución pianística y los trabajos de oficina se suponían muy adecuados a su naturaleza sumisa, a su tolerancia v su capacidad de repetición, así como a su gusto por los detalles. Se consideraba que estos rasgos eran «naturales», tanto como el «hecho» de que el coste de la fuerza de trabajo femenina fuese necesariamente menor que el de la masculina. En los Estados unidos, en las décadas de los años treinta v cuarenta del S XlX, los grandes debates sobre la educación pública implica- ban cuestiones relativas al coste y al amplio acceso público a escuelas comunes financiadas con fondos fiscales. Los federalistas y los jacksonianos estaban igualmente interesados en que si tales escuelas se establecían, su coste fuera mínimo. Jill Conway expli- ca el giro hacia las maestras, así como el estatus inferior de la enseñanza en Estados Unidos respecto de la mayoría de los paí-

ses de Europa Occidental, como resultado del énfasis en la reducción de cos- tes. «El objetivo de contener los costes hizo completamente lógico el recluta- miento de mujeres, pues todas las partes que intervenían en el debate sobre educación estaban de acuerdo en que las mujeres no eran codiciosas y pres- tarían servicio por salarios de subsistencia». 18 Razonamiento semejante infor- maba las decisiones de introducir mujeres en el trabajo de oficina en el servicio gubernamental y en las firmas comerciales privadas. En Gran Bretaña, de acuerdo con Samuel Cohn, se empleaba a mujeres allí donde el trabajo era intenso y debido a que se daba una creciente escasez de varones para los empleos de oficina. El empleo de mujeres produjo un cambio de estrategia; un deseo de incrementar la eficacia económica y recortar costes laborales, mien- tras al mismo tiempo se reclutaban trabajadores con mejor educación 19. El director del servicio de telégrafos de Gran Bretaña observaba en 1871 que «los salarios que atraigan a los operadores varones de una clase inferior de la co- munidad, atraerán operadoras de una clase superior”^20. Su homólogo francés. quien había estudiado cuidadosamente la experiencia británica con personal femenino, comentaba en 1882 que «el reclutamiento de mujeres se produce en condiciones de educación generalmente superiores a las que se exigen a los nuevos oficinistas» 21. Por análogas razones, pero con más reticencias, a fina- les de la década de 1880, la Administración de Telégrafos alemana comenzó a emplear a mujeres como «asistentes” (una posición con diferencia de titula- ción y de sueldo respecto de los hombres). En el servicio de telégrafo francés, en los años ochenta, mujeres y hom- bres trabajaban en habitaciones separadas y en diferentes turnos. se supone que para disminuir el contacto entre los sexos y las inmorales consecuencias que de ello podían derivar. Además, los espacios tajantemente diferenciados subrayaban los diferentes estatus de trabajadores y trabajadoras, estatus que se reflejaban a su vez en diferentes escalas salariales para cada grupo. La organización del trabajo en el servicio telegráfico en París era una evidente demostración de la división sexual del trabajo y, al mismo tiempo, su realiza- ción concreta. El servicio postal francés comenzó a emplear mujeres en los centros urbanos en la última década del siglo pasado y esto se consideró un punto de partida importante, aunque ya hacia décadas que las mujeres manejaban los correos provinciales. La administración postal aceptó solicitudes de mujeres cuando, en un período en que el correo experimentaba una notable expansión de volumen, a la vez que presiones para que el servicio resultara financieramente más eficaz, los hombres dejaron de aspirar a sus plazas en virtud de los suel- dos que se ofrecían. Finalmente, se creó una categoría especial de trabajado- ras, la de dames employées , puesto de oficina con un salario fijo y sin ninguna oportunidad de progreso. Estas condiciones de empleo produjeron un enorme cambio en la fuerza de trabajo femenina (y lo mismo ocurrió a causa de las especificaciones de edad -había empleos de oficina o de venta que sólo cogían mujeres de entre dieciséis y veinticinco años- y del requisito de que las muje-

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res fuesen solteras. En Inglaterra y en Alemania, a las empleadas de oficina se les pusieron trabas para el matrimonio, lo cual aumentó el cambio ya men- tado e hizo imposible que las mujeres combinaran el matrimonio y el trabajo de oficina) El resultado de todo ello fue una tajante división entre carrera mas- culina y carrera femenina en el servicio postal, distinción que reflejaba la estra- tegia gerencial. Un jefe de personal describía esto en los siguientes términos:

Hoy en día hay una categoría de empleados que en cierto modo se asemeja a los auxiliares de oficina de antaño. Se trata de las dames employées. Tienen las mismas obligaciones que aquéllos, pero no pueden aspirar al nivel de jefe (...) La feminización es un medio ade- cuado para dar mayores oportunidades de progreso a los empleados varones. La cantidad de estos últimos es menor y el número de plazas de supervisión tiende a aumentar; en consecuencia, está claro que los empleados varones de oficina tienen mayores probabilidadesde obte- ner el cargo de jefe. 22

La organización espacial del trabajo, las jerarquías de los salarios, la promoción y el estatus, así como la concentración de mujeres en determina- dos tipos de empleo y en ciertos sectores del mercado de trabajo, terminó por constituir una fuerza de trabajo sexualmente escindida. Los supuestos que estructuraron en primer lugar la segregación sexual -el de que las mujeres eran más baratas y menos productivas que los hombres, el de que sólo eran aptas para el trabajo en ciertos períodos de la vida (cuando eran jóvenes y salteras) y el de que sólo eran idóneas para ciertos tipos de trabajo (no cuali- ficados, eventuales y de servicio)- daban la impresión de ser el producto de los modelos de empleo femenino que ellos mismos habían creado. Por ejemplo, los salarios bajos se atribuían a la inevitable «avalancha» de mujeres en los empleos que les eran adecuados. La existencia de un mercado de trabajo sexualmente segregado se consideró entonces una prueba de la existencia previa de una división sexual ,“natural” del trabajo. He sostenido, en cambio, que nunca existió nada parecido a una división sexual “natural”, del trabajo y que tales divisiones son, por el contrario, productos de prácticas que las natu- ralizan, prácticas de las que la segregación del mercado laboral en razón del sexo es simplemente un ejemplo.

Otro ejemplo de la índole discursiva de la división sexual del trabajo pue- de hallarse en la política y las prácticas de los sindicatos. En su mayor parte, los sindicatos masculinos trataban de proteger sus empleos y sus salarios manteniendo a las mujeres al margen de sus organizaciones y, a largo plazo, al margen del mercado de trabajo. Aceptaron la inevitabilidad del hecho de que los salarios femenínos fueran más bajos que los de los hombres y, en conse- cuencia, trataron a las mujeres trabajadoras más como una amenaza que como potenciales aliadas. Justificaban sus intentos de excluir a las mujeres

Sindicatos

de sus respectivos sindicatos con el argumento de que, en términos generales, la estructura física de las mujeres determinaba su destino social como madres y amas de casa y que, por tanto, no podía ser una trabajadora productiva ni una buena sindicalista. La solución, ampliamente apoyada a finales del siglo XIX, reforzar lo que se tomaba por una división sexual “natural” del trabajo. Henry Broadhurst dijo ante el Congreso de Sindicatos Británicos de 1877, que los miem- bros de dichas organizaciones tenían el deber, “como hombres y maridos, de apelar a todos sus esfuerzos para mantener un estado tal de cosas en que sus esposas se mantuvieran en su esfera propia en el hogar, en lugar de verse arras- tradas a competir por la subsistencia con los hombres grandes y fuertes del mundo” 23. Con pocas excepciones, los delegados franceses al Congreso de Trabajadores de Marsella del año 1879 hicieron suyo lo que Michelle Perrot llamó «el elogio del ama de Casa»: “Creemos que el lugar actual de la mujer no está en el taller ni en la fábrica, sino en la casa, en el seno de la familia...” 24. Y en el Congreso de Gotha de 1875, reunión fundacional del Partido Socialdemócrata Alemán, los delegados discutieron la cuestión del trabajo de las mujeres y, fi- nalmente, pidieron que se prohibiera el “trabajo femenino allí donde podría ser nocivo para la salud y la moralidad”. 25 Lo mismo que los empleados (pero no siempre por las mismas razones), los portavoces sindicales invocaron estudios médicos y científicos para sostener que las mujeres no eran físicamente capaces de realizar el «trabajo de los hom- bres» y también predecían peligros para la moralidad de las mismas. Las muje- res podían llegar a ser «socialmente asexuadas» si realizaban trabajos de hom- bre y podían castrar a sus maridos si pasaban demasiado tiempo ganando dinero fuera de casa. Los tipógrafos norteamericanos contestaban los argumentos de sus jefes a favor del carácter femenino de su trabajo poniendo de relieve que la combinación de músculo e intelecto que su tarea requería era de la más pura esencia masculina. En 1850 advertían que la afluencia de mujeres en el oficio y en el sindicato volverían «impotentes» a los hombres en su lucha contra el ca- pitalismo.^26 Por supuesto, hubo sindicatos que aceptaban mujeres como afiliadas y sindicatos formados por las propias trabajadoras. Esto ocurrió principalmente en la industria textil, la de la vestimenta, la del tabaco y la del calzado, donde las

En ciertas áreas de trabajo en Estados Unidos, los empleadores suelen exigir el sexo y raza de los trabajadores. En la imagen, trabajadoras negras del algodón: sus patrones continúan practicando hábitos heredados de la esclavitud. Siglo XIX. Trabajo de algodón en una Ciudad industrial norteamericana.

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La solicitud de un salario familiar fue cada vez más decisiva en las políticas sindicales durante el siglo XIX. Aun cuando nunca llegó a ponerse íntegramente en práctica y las mujeres casadas siguieron buscando em- pleo, la esposa que no trabajaba se convirtió en el ideal de respetabilidad de la clase obrera. De las hijas se esperaba que trabajaran y contribuyeran a los gastos de la casa, pero sólo hasta que contrajeran matrimonio. Su estatus como trabajadoras se veía como un recurso a corto plazo, no como una identidad duradera, aun cuando, como sucedía con muchas mujeres, se pasaran la mayor parte de la vida trabajando por un salario. Se concebía a la mujer trabajadora como radicalmente distinta del trabajador varón. Si en el caso de este último se suponía que el trabajo creaba la posibilidad de inde- pendencia e identidad personal, en el caso de la mujer se lo concebía como un deber para con los demás. De joven y soltera, el trabajo de una mujer cumplía con las obligaciones familiares; una vez casada y madre, se lo interpretaba como una señal de problemas económicos en la casa. Las discusiones acerca de la inadecuación del empleo pagado para mujeres casadas se realizaban en el marco de generalizaciones acerca de la fisiolo- gía y la psicología femeninas y fundía en una unidad indistinta a mujeres casadas y mujeres en general. La consecuencia de ello fue que maternidad y domesticidad resultaron sinónimos de feminidad, y que estas tareas se consideraran identidades exclusivas y primarias, que explicaban (más bien que derivaban de) las oportunidades y los salarios de las mujeres en el mercado laboral. La “mujer trabajadora” se convirtió en una categoría aparte, más a menudo en un problema a enfrentar que en un electorado a organizar. Encerradas en trabajos de mujeres, agrupadas separadamente en sindica- tos femeninos, la situación de las mujeres se convirtió en una demostración más de la necesidad de reconocer y restaurar las diferencias “naturales” entre los sexos. Y así quedó institucionalizada —a través de la retórica, las

Mujeres de diferentes edades recorren a la Women’s Trade Uuion League. Comienzan a plantearse la especificidad de la explotación femenina. Enero se 1910. Cuartel general de huelga del Women’s Trade Union League en Nueva York durante la “Huelga de las blusas”

Legislación protectora

políticas y las prácticas de los sindicatos ; una concepción de la división sexual del trabajo que contraponía producción y reproducción, hombres y mujeres. Lo que ocurría en los sindicatos por una razón ocurría también, por otras razones, bajo los auspicios del Estado; pero, a la postre, el signi- ficado de la división sexual era prácticamente el mismo. En el transcurso del siglo XIX, Estados Unidos y los Estados del occidente europeo inter- vinieron cada vez más para regular las prácticas de empleo de los empre- sarios fabriles. Los legisladores respondieron a la presión de diversos distritos electorales, que, por diferentes razones (ya veces antitéticas), procuraban reformar las condiciones de trabajo. La mayor atención se concentró en las mujeres y los niños. Aunque ambos grupos habían tra- bajado durante larguísimas jornadas en el pasado, la preocupación por su explotación parece haber guardado relación con el surgimiento del sistema fabril. Los reformadores, a quienes repugnaba interferir «la liber- tad individual de los ciudadanos [varones]», no experimentaban ninguna dificultad al respecto cuando se trataba de mujeres y de niños 27. Puesto que no eran ciudadanos y no tenían acceso directo al poder político, se los consideraba vulnerables y dependientes y, en consecuencia, con ne- cesidad de protección. La vulnerabilidad de las mujeres se describía de muchas maneras: su cuerpo era más débil que el de los hombres y, por tanto, no debían trabajar tantas horas; el trabajo «pervertía» los órganos reproductores y afectaba la capacidad de las mujeres para procrear y criar hijos saluda- bles; el empleo las distraía de sus quehaceres domésticos; los empleos nocturnos las exponían al peligro sexual en el taller, así como en el cami- no hacia y desde el lugar de trabajo; trabajar junto con hombres o bajo supervisión masculina entrañaba la posibilidad de corrupción moral. Para las feministas que sostenían que las mujeres no necesitaban protección ajena, sino acción colectiva por sí mismas, los legisladores, que repre- sentaban tanto a los trabajadores como a las trabajadoras, contestaron que, puesto que las mujeres estaban excluidas de la mayoría de los sin- dicatos y parecían incapaces de crear organizaciones propias, necesita- ban de una poderosa fuerza que interviniera en su nombre. En la Confe- rencia Internacional sobre Legislación Laboral, celebrada en Berlín en 1890, Jules Simon sostuvo que los permisos por maternidad para las trabajado- ras debían ordenarse «en nombre del evidente y superior interés de la raza humana». Era -decía Simon- la protección debida a “personas cuya salud y seguridad sólo el Estado puede salvaguardar” 28. Todas estas jus- tificaciones -ya físicas, ya morales, ya prácticas, ya políticas- hicieron de las trabajadoras un grupo especial cuyo trabajo asalariado creaba proble- mas de diferente tipo que los clásicamente asociados a la fuerza de tra- bajo (masculina). Desde su primera aparición en las diversas leyes fabriles en la Inglaterra de los años treinta v cuarenta del siglo XIX, a través de la

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organización de conferencias internacionales proyectadas para propa- gar y coordinar las leyes nacionales en los años noventa. la legíslación protectora no se puso en práctica para dar remedio a las condiciones del trabajo industrial en general, sino como una solución específica al pro- blema de la mujer (y del niño) en el trabajo. Si bien sus proponentes hablaban en términos generales acerca de las mujeres (y los niños), la legislación que se aprobó era muy limitada. Las leyes que reducían la jornada de trabajo femenino y prohibían por completo el trabajo nocturno a las mujeres, sólo se aplicaron en general al trabajo fabril ya aquellas actividades con predominio masculino. Que- daron completamente excluidas muchas áreas de trabajo, entre ellas la agricultura, el servicio doméstico, los establecimientos minoristas, tien- das familiares y talleres domésticos. Estas áreas constituían en general las principales fuentes de trabajo para las mujeres. En Francia, las tres cuartas partes del total de mujeres trabajadoras no estaban cubiertas por la legislación. En Alemania, Francia, Inglaterra, Holanda y Estados Unidos, tras la aprobación de las leyes protectoras, proliferó el trabajo domiciliario de las mujeres. Mary Lynn Stewart resume el impacto de la legislación, cuyo rasgo más característico fue una larga lista de exen- ciones a la regulación, en los siguientes términos:

Las exenciones se adaptaban a las industrias acostumbra- das a la mano de obra femenina barata, aceleraban el desplaza- miento de las mujeres hacia sectores no regulados y por tanto, acentuaba la concentración de mujeres en las industrias atrasa- das. La aplicación de la ley reforzó estos efectos. Los inspecto- res hacían cumplir la ley al pie de la letra en las actividades masculinas, mientras pasaban por alto las infracciones en las ocupaciones femeninas. En resumen, la legislación laboral con especificación sexual sancionó y reforzó el destino de las muje- res a mercados de trabajo secundarios y con bajos niveles de remuneración^29

Incluso en el empleo industrial, las leyes intensificaban la segrega- ción entre trabajadores y trabajadoras, ya fuera para satisfacer la nece- sidad de turnos de diferente longitud, ya para separar el trabajo diurno del nocturno. Estas distinciones justificaban, además, las diferencias de remuneración y la asignación de características, cualidades y estatus diferentes a hombres y mujeres. La conclusión de Stewart es justa: “El resultado más sorprendente de los horarios laborales con especificidad sexual fue una arraigada y exagerada división sexual del trabajo” 30. Así, pues, la premisa de la ley se convertía en su consecuencia, de tal modo que la brecha entre el trabajo masculino y femenino se ahondaba. Tras haber definido el papel reproductor de la mujer como su función primaria, el estado reforzaba el estatus secundario de su actividad productiva.

El “problema” de la mujer trabajadora

Los debates sobre empleo, política sindical y legislación protectora produjeron un gran volumen de información acerca de la mujer trabajadora lo cual arrojó luz sobre la dimensión social de su existencia. La documen- tación que se proporcionó en informes parlamentarios, investigaciones privadas y testimonios personales, muestra que las mujeres trabajaban por una variedad de razones: para mantener a sus familias o mantenerse a si mismas, como parte de una larga tradición de oficios femeninos cua- lificados (por ejemplo, en costura o sombrerería de damas), o porque se las reclutaba para nuevos tipos de trabajo. Tal documentación podría utili- zarse para argüir que, para la mujer, el trabajo empeoraba su situación y las explotaba, o bien que proporcionaba un medio para lograr una cierta autonomía, un lugar en el mundo. El trabajo asalariado podía presentarse como una extorsión insoportable, como un mal necesario o como una experiencia positiva, según el contexto y el fondo que le sirvieran como referencia conceptual. En realidad, el trabajo asalariado fue descrito en todos estos términos a lo largo del siglo XIX, a veces incluso por la misma persona en diferentes momentos de su vida. La francesa Jeanne Bouvier (nacida en 1856) pasó por una serie de trabajos terribles en su niñez, primero en el servicio doméstico y luego en una fábrica. Más tarde trabajó como costurera en París y, finalmente se convirtió en una hábil modista. Luego realizó una carrera satisfactoria (tal como lo cuenta) como escrito- ra y organizadora sindical 31. Análogamente, las mujeres inglesas (naci- das entre 1850 y 1870) que recordaron su vida laboral en memorias escri- tas para la Women’s Cooperarive Guild , hablan de diversas situaciones de trabajo asalariado, algunas de las cuales las dejaban agotadas y sin dinero, mientras que otras les producían una sensación de utilidad y de vigor y las exponían a movimientos políticos que desarrollaban una identi- dad colectiva entre ellas 32. Algunas trabajadoras de la aguja contaron a Henry Mayhew que los bajos salarios y no el trabajo mismo fue lo que las condujo a la prostitución: otras soñaban casarse con un hombre cuyos ingresos fueran suficientes para mantenerlas y poner así fin para siempre a su necesidad de trabajar. Incluso los reformadores más horrorizados solían observar el orgullo y la independencia de algunas de las trabajado- ras que ellos describían como oprimidas y depravadas. Sostenían que tales actitudes eran tan peligrosas para la estabilidad doméstica como la explotación física y económica que soportaban las trabajadoras. Cuando las sindicalistas reclamaron iguales salarios para las mujeres, no solo daban por supuesto que tendrían que seguir trabajando, sino que podrían querer hacerlo, que el deseo de tener una ocupación contaba tanto como la necesidad económica para explicar la presencia de mujeres en la fuer- za de trabajo.

Los sindicatos se su- maron al discurso dominan- te e hicieron suya la idea de la mujer como trabajadora debil, manteniendola al mar- gen de sus estructuras. En aquellos donde fueron acep- tadas se las mantuvo en si- tuaciones de subordinación y algunos llegaron a pedir autorización masculina (pa- dre o marido) para que pu- dieran hacer uso de la pala- bra.

1908. manisfestante por la reforma tarifaria

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Análogamente, muchos de los intentos para facilitar los efectos del traba- jo sobre una madre y su familia gracias a la provisión de atención diurna y escolaridad para los niños, adoptaron la forma de medidas de emergencia an- tes que de una política social a largo plazo. Algunos reformadores aspiraban a guarderías infantiles u otras instituciones con soporte público para aliviar a las trabajadoras de su doble carga, mientras que otros se preocupaban por las elevadas tasas de mortalidad infantil y «el futuro de la especie», pero ambos grupos dramatizaban la necesidad de reforma a través de exposiciones que se referían al abandono en que tenían al niño las personas desaprensivas a cuyo cuidado se encuentra, nodrizas o personal de guardería, todos ellos sustitutos «no naturales» de la atención materna a tiempo completo. El supuesto que subyace a esto, aun de parte de quienes concluyen que el trabajo de las muje- res no es perjudicial en sí mismo, parece ser el de que la domesticidad debiera ser una ocupación a tiempo completo. Pero en tanto ocupación, la actividad en la casa no se consideraba un trabajo productivo. Aun cuando el énfasis sobre la domesticidad parecía realzar el estatus social de las mujeres y ensalzar así la influencia afectiva y moral de éstas, se trataba de un trabajo desprovisto de valor económico. En Gran Breta- ña, de acuerdo con Jane Lewis, el censo de 1881 fue el primero que excluyó de la categoría de trabajo las faenas domésticas de las mujeres. «Una vez clasifi- cadas como “desocupadas” las mujeres que se dedicaban a las tareas domés- ticas, la tasa de actividad femenina quedó reducida a la mitad.» Antes de ese momento, mujeres y hombres de más de veinte años habían presentado niveles similares de actividad económica. 34 Después de 1881, la domesticidad y la productividad se concibieron como antitéticas. Esta reclasificación (que se pro- dujo también en otros países, aunque en diferentes momentos) no reflejó los cambios habidos en las condiciones del empleo en la misma medida en que lo

El cuidado y la educación de los niños son trabajos indicados para las mujeres. Por otra parte, la extensión de la educación de- terminó que se recurriera a mu- jeres con el objeto de reducir costes. 1893 Blanche Lamont, maestra.

Predominancia de tonos bajos donde sólo focos, sombreros, blusa, mantel y alcohol ponen una nota de luz y color. Todo acen- túa la soledad de esta mujer, y sola pierde su identidad y pone en riesgo su honor ¿ha olvidado a sus hijos? ¿espera un aman- te? O simplemente ha elegido un indepen- diente camino solitario?

Ramón Casas (1866- 1932)

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hizo la concepción social de género. Las amas de casa no eran trabajadoras, o no se las suponía tales; en verdad, a veces incluso cuando percibieran salarios por coser o realizar otras tareas en su casa, los encuestadores no consideraban tal cosa un autén- tico trabajo, pues ni las ocupaba «a tiempo completo», ni se realizaba fuera de la casa. En consecuencia, gran parte del trabajo remunerado de las mujeres fue ignorado en las estadísticas oficiales; puesto que era invisible, no podía convertirse en objeto de aten- ción o de mejora. En el discurso acerca de la división sexual del trabajo, la tajante oposición entre mujeres y trabajo, entre reproducción y producción, entre domesticidad y percepción de salario, hicieron de la mujer todo un problema. Esto hizo que la discusión de las soluciones se desentendiera de las condiciones del trabajo femenino, de sus bajos salarios o de la falta de sostén para el cuidado de los hijos, todo lo cual se tenia como síntomas de la violación de la diferencia «natural» entre hombres y mujeres, y no como causas de las penurias de las mujeres que percibían salario. La consecuencia de todo ello fue la prescripción de una única meta deseable: la eliminación de las mujeres, en todo lo posible, del trabajo asalariado permanente o a tiempo completo. Aunque rara- mente se llevaba esta política a la práctica, en cambio hizo prácticas las soluciones que las mujeres trabajadoras encontraban difícil de formular, pues aceptaba como natu- ral e inevitable el hecho de que siempre tendrían que ser empleadas de segunda clase, cuyos cuerpos, capacidades productivas y responsabilidades sociales las hacían inca- paces del tipo de trabajo que les proporcionaría reconocimiento económico y social en tanto trabajadoras de pleno derecho.


El surgimiento de la mujer trabajadora en el siglo XIX, entonces, no se debió tanto al aumento de su cantidad ni de un cambio en la localización, cualidad o cantidad de su trabajo, como a la preocupación de sus contemporáneos por la división sexual del trabajo. Esta preocupación no tenía como causa las condiciones objetivas del desarro- llo industrial, sino que, más bien al contrario, contribuyó a la plasmación de tales con- diciones al dar forma sexuada a las relaciones de producción, estatus secundario a las trabajadoras y significado opuesto a los términos hogar-trabajo y producción-reproduc- ción. Cuando escribimos la historia del trabajo femenino como la historia de la cons- trucción discursiva de una división sexual del trabajo, no pretendemos legitimar o natu- ralizar lo que sucedió, sino cuestionarlo. Podemos abrir la historia a múltiples explica- ciones e interpretaciones, preguntarnos si las cosas podían haber ocurrido de otro modo y ponernos a pensar de nuevo de qué otra manera podría concebirse y organizar- se hoy el trabajo de las mujeres.

Notas , 1 Jules Simon. L’Ouvriere, 2°ed., Paris Hachette, 1861. pág. v 2 Maurice Garden Lyon et les Lyonnais au XVIII siecle , Paris, Flammarion, 1975, pág 139. 3 Dominique Godineau, Citovennes Tricoteuses : Les femmes du peuple á Paris pendant la Revolution Francaise , Paris, Aix-en Provence, Alinea,1988. pag. 67.

  1. John Burnett, ed, Annals of Labour: Autobiographies of British Working class people, 1820-1920 , Bloomington,Indiana University press, 1974, pág.
  2. Eileen Yeo y E.P. Thompson comps, The Unknown Mayhe , Nueva York, Scocken Books, 1972, págs. 122-
  3. Karl Marx y Friedrich Engels, The Communist Manifesto, ed. D. Ryazanoff, Nueva York, Russel & Russel, 1962, 1° edición, 1930, pág 37. El argumento continúa:“Las diferencias de edad y sexo ya no tienen significado social para la clase obrera. Ahora todos son instru- mentos de trabajo cuyo precio varía de acuerdo con la edad y el sexo”
  4. Citado por Ava Baron, “Questions of Gender and Demasculinization in the US Printing Industry, 1830-1915”, en Gender and History , vol.1, núm 2, verano de 1989, pág 164.
  5. Ramsay Mc Donald comp., Women in the printing traders : a sociological study; Lon- dres, P. S. King & Son, pág.36.
  6. Citado en Michelle Perrot, “Le syndicalisme franacais er les femmes: histoire d’un malentendu”, Aujurd’hui, núm.66,marzo de 1984, pág. 44
  7. Adam Smith, The Wealth of Nations , vol 1, 2° ed, Oxford , Clarendon Press, 1880, pág. 71
  8. Jean Baptiste Say, Traite de’l economie politique , 6° ed, 2 vols, París, 1841, pág. 324
  9. Eugéne Buret, De la misére des classes labourieses en France et en Anglaterre, 2 vols,París, vol I, pág 287, citado en Therése Moreau , Le Sang del’histoire :Michelet, l’histoire et lídee de la femme aux XIX siecle, París ; Flammarion, 1982, pág 74 13. L’Atelier , 30 de diciembre de 1842, pág 31.
  10. Sidney Webb, « The Alleged Differences in the wages paid to mend and to women for similar work » en Economic Journal, vol. I, 1891, págs. 657- 659
  11. Ivy Pinchbeck, Women workers and the insdustrial revolution, 1750-1850, Nueva York, G. Routledge, 1930, A. Kelley, 1969, pág. 16.Citado en John C. Holley, “The two family economies of industrialism: factory workers in victorian Scotland”, en Journal of Family History , vol. 6, primavera de 1981, pág 64.
  12. Citado en Louise A. Tilly y Joan W. Scout, Women, Work anmd Family, Nueva York, Holt, Rinehart y Winston, 1978, Methuen, 1987, pág 79 18 Jill K. Conway, “Politics, Pedagogy and Gendere”, en Jill K. Conway, Susan C. Bourque y Joan Scott comps, Learning about Women: gender, politics, and Power , Ann Arbor, University of Michigan Press, 1987, pág 140
  13. Samuel Cohn, The Proces of Occupational Sex- Typing: The Feminization of Clerical Labor in Great Britain, Filadelfia, Temple University Press, 1985
  14. Citado en Susan Barchrach, “Dames employeés. The Feminization of Postal Work in Nineteenth Century Frace”, Women and History, núm 8, invierno de 1983, pág 33
  15. Ibid , pág 35
  16. Ibid, pág 42
  17. Citado en Jane Lewis, Women in England , 1870- 1950. Sexual Divisions and Social