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"Relata la vida de una serie de mujeres educadas para el matrimonio y sus servidumbres tradicionales: marido, hijos, casa, cocina. El centro de su vida se reduce a la familia y toda la posibilidad de realizacion de su persona esta sujeta al marco estricto de dicha institucion. ...
Tipo: Monografías, Ensayos
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Copia privada para fines exclusivamente educacionales Prohibida su venta
Fuente: Texto convertido a partir de edición digital encontrada en ebiblioteca.org
Para Carlos Mastretta Arista, que regresó de Italia
Nunca fue tan fácil la vida como entonces. En el único trance difícil ella había seguido el consejo de su madre: cerrar los ojos y decir un Ave María. En realidad, varias Avesmarías, porque a veces su inmoderado marido podía tardar diez misterios del rosario en llegar a la serie de quejas y soplidos con que culminaba el circo que sin remedio iniciaba cuando por alguna razón, prevista o no, ponía la mano en la breve y suave cintura de Leonor.
Nada de todo lo que las mujeres debían desear antes de los veinticinco años le faltó a tía Leonor: sombreros, gasas, zapatos franceses, vajillas alemanas, anillo de brillantes, collar de perlas disparejas, aretes de coral, de turquesas, de filigrana. Todo, desde los calzones que bordaban las monjas trinitarias hasta una diadema como la de la princesa Margarita. Tuvo cuanto se le ocurrió, incluso la devoción de su marido que poco a poco empezó a darse cuenta de que la vida sin esa precisa mujer sería intolerable.
Del circo cariñoso que el notario montaba por lo menos tres veces a la semana, llegaron a la panza de la tía Leonor primero una niña y luego dos niños. De modo tan extraño como sucede sólo en las películas, el cuerpo de la tía Leonor se infló y desinfló las tres veces sin perjuicio aparente. El notario hubiera querido levantar un acta dando fe de tal maravilla, pero se limitó a disfrutarla, ayudado por la diligencia cortés y apacible que los años y la curiosidad le habían regalado a su mujer. El circo mejoró tanto que ella dejó de tolerarlo con el rosario entre las manos y hasta llegó a agradecerlo, durmiéndose después con una sonrisa que le duraba todo el día.
No podía ser mejor la vida en esa familia. La gente hablaba siempre bien de ellos, eran una pareja modelo. Las mujeres no encontraban mejor ejemplo de bondad y compañía que la ofrecida por el licenciado Palacios a la dichosa Leonor, y cuando estaban más enojados los hombres evocaban la pacífica sonrisa de la señora Palacios mientras sus mujeres hilvanaban una letanía de lamentos.
Quizá todo hubiera seguido por el mismo camino si a la tía Leonor no se le ocurre comprar nísperos un domingo. Los
domingos iba al mercado en lo que se le volvió un rito solitario y feliz. Primero lo recorría con la mirada, sin querer ver exactamente de cuál fruta salía cuál color, mezclando los puestos de jitomate con los de limones. Caminaba sin detenerse hasta llegar donde una mujer inmensa, con cien años en la cara, iba moldeando unas gordas azules. Del comal recogía Leonorcita su gorda de requesón, le ponía con cautela un poco de salsa roja y la mordía despacio mientras hacía las compras.
Los nísperos son unas frutas pequeñas, de cáscara como terciopelo, intensamente amarilla. Unos agrios y otros dulces. Crecen revueltos en las mismas ramas de un árbol de hojas largas y oscuras. Muchas tardes, cuando era niña con trenzas y piernas de gato, la tía Leonor trepó al níspero de casa de sus abuelos. Ahí se sentaba a comer de prisa. Tres agrios, un dulce, siete agrios, dos dulces, hasta que la búsqueda y la mezcla de sabores eran un juego delicioso. Estaba prohibido que las niñas subieran al árbol, pero Sergio, su primo, era un niño de ojos precoces, labios delgados y voz decidida que la inducía a inauditas y secretas aventuras. Subir al árbol era una de las fáciles.
Vio los nísperos en el mercado, y los encontró extraños, lejos del árbol pero sin dejarlo del todo, porque los nísperos se cortan con las ramas más delgadas todavía llenas de hojas.
Volvió a la casa con ellos, se los enseñó a sus hijos y los sentó a comer, mientras ella contaba cómo eran fuertes las piernas de su abuelo y respingada la nariz de su abuela. Al poco rato, tenía en la boca un montón de huesos lúbricos y cáscaras aterciopeladas. Entonces, de golpe, le volvieron los diez años, las manos ávidas, el olvidado deseo de Sergio subido en el árbol, guiñándole un ojo.
Sólo hasta ese momento se dio cuenta de que algo le habían arrancado el día que le dijeron que los primos no pueden casarse entre sí, porque los castiga Dios con hijos que parecen borrachos. Ya no había podido volver a los días de antes. Las tardes de su felicidad estuvieron amortiguadas en adelante por esa nostalgia repentina, inconfesable.
para el abuelo y otra para la abuela, y en los cuartos que fueron de los hijos varias salas de estar que iban llamándose como el color de sus paredes. La abuela, memoriosa y paralítica, se acomodó a pintar en el cuarto azul. Ahí la encontraron haciendo rayitas con un lápiz en los sobres de viejas invitaciones de boda que siempre le gustó guardar. Les ofreció un vino dulce, luego un queso fresco y después unos chocolates rancios. Todo estaba igual en casa de la abuela. Lo único raro lo notó la viejita después de un rato:
—A ustedes dos, hace años que no los veía juntos.
—Desde que me dijiste que si los primos se casan tienen hijos idiotas —contestó la tía Leonor.
La abuela sonrió, empinada sobre el papel en el que delineaba una flor interminable, pétalos y pétalos encimados sin tregua.
—Desde que por poco y te matas al bajar del níspero —dijo Sergio.
—Ustedes eran buenos para cortar nísperos, ahora no encuentro quién.
—Nosotros seguimos siendo buenos —dijo la tía Leonor, inclinando su perfecta cintura.
Salieron del cuarto azul apunto de quitarse la ropa, bajaron al jardín como si los jalara un hechizo y volvieron tres horas después con la paz en el cuerpo y tres ramas de nísperos.
—Hemos perdido práctica —dijo la tía Leonor.
—Recupérenla, recupérenla, porque hay menos tiempo que vida —contestó la abuela con los huesos de níspero llenándole la boca.
La hacienda de Arroyo Zarco era una larga franja de tierra fértil en la cordillera norte de Puebla. En 1910 sus dueños sembraban ahí café y caña de azúcar, maíz, frijol y legumbres menores. El paisaje era verde durante todo el año. Llovía con sol, sin sol y bajo todas las lunas. Llovía con tanta naturalidad que nadie tuvo nunca la ocurrencia de taparse para salir a caminar.
La tía Elena vivió poco tiempo bajo esas aguas. Primero porque no había escuelas cerca y sus padres la mandaron al Colegio del Sagrado Corazón en la Ciudad de México. A 300 kilómetros, 20 horas en tren, una merienda con su noche para dormir en la ciudad de Puebla y un desayuno regido ya por la nostalgia que provocarían diez meses lejos de la extravagante comida de su madre y cerca del francés y las caravanas de unas monjas inhóspitas. Luego, cuando había terminado con honores los estudios de aritmética, gramática, historia, geografía, piano, costura, francés y letra de piquitos; cuando acababa de regresar al campo y al desasosiego feliz de vivirlo, tuvo que irse otra vez porque llegó la Revolución.
Cuando los alzados entraron a la hacienda para tomar posesión de sus planicies y sus aguas, el papá de la tía no opuso resistencia. Entregó la casa, el patio, la capilla y los muebles con la misma gentileza que siempre lo había distinguido de los otros rancheros. Su mujer les enseñó a las soldaderas el camino a la cocina y él sacó los títulos en los que constaba la propiedad de la hacienda y se los entregó al jefe de la rebelión en el estado.
Luego se llevó a la familia a Teziutlán acomodada en un coche y casi sonriente.
Siempre habían tenido fama de ser medio locos, así que cuando aparecieron en el pueblo intactos y en paz, las otras familias de hacendados estuvieron seguros de que Ramos Lanz tenía algo que ver con los rebeldes. No podía ser casualidad que no hubieran quemado su casa, que sus hijas no se mostraran aterradas, que su mujer no llorara.
Los veían mal cuando caminaban por el pueblo, conversadores y alegres como si nada les hubiera pasado. Era tan firme y suave la actitud del padre que nadie en la familia veía razones para llamarse a tormento. Al fin y al cabo si él sonreía era que al día siguiente y al siguiente decenio habría comida sobre el mantel y crinolinas bajo las faldas de seda. Era que nadie se quedaría sin peinetas, sin relicarios, sin broches, sin los aretes de un brillante, sin el oporto para la hora de los quesos.
—Come pajarito, que te vas a enfermar —le suplicó doña Otilia a su marido, que era un hombre de uno ochenta entre los pies y la punta de la cabeza y de noventa kilos custodiándole el alma.
Elena pidió permiso para levantarse antes de terminar la última mordida de su pan con azúcar y fue a encerrarse con una vela en el cuarto de los huéspedes. Ahí puso juntos algunos pedazos del papel y leyó la tinta verde con que escribía su papá: el plano tenía pintada una vereda llegando al rancho por atrás de la casa, directo al cuarto bajo tierra que habían construido cerca de la cocina.
¡Los vinos! Lo único que su padre había lamentado desde que tomaron Arroyo Zarco fue la pérdida de sus vinos, de su colección de botellas con etiquetas en diversos idiomas, llenas de un brebaje que ella sorbía de la copa de los adultos desde muy niña. ¿Su papá, aquel hombre firme y moderado, sería capaz de volver a la hacienda por sus vinos? ¿Por eso lo había oído al mediodía pidiéndole a Cirilo una carreta con un caballo y paja?
La tía Elena cogió un chal y bajó las escaleras de un respingo. En el comedor, su padre todavía buscaba razones para explicarle a su mujer el grave delito de no tener hambre.
—No es desprecio, mi amor. Ya sé el trabajo que te cuesta construir cada comida para que no extrañemos lo de antes. Pero hoy en la noche tengo un asunto que arreglar y no quiero tener el estómago pesado.
En el momento en que oyó a su padre decir "hoy en la noche", la tía Elena salió corriendo al patio en busca de la única carreta. Cirilo el mozo la había colgado de un caballo y vigilaba en silencio. ¿Por qué Cirilo no se habría ido a la Revolución? ¿Por qué estaba ahí quieto, junto al caballo, en el mismo soliloquio de siempre? Tía Elena caminó de puntas a sus espaldas y se metió en la carreta por la parte de atrás. Al poco rato, oyó la voz de su padre.
—¿Encontraste buena brizna? —le preguntó al mozo.
—Sí, patrón. ¿La quiere ver?
La tía Elena pensó que había asentido con la cabeza porque lo oyó acercarse a la parte de atrás y levantar una punta del petate. Sintió moverse la mano de su padre a tres manos de su cuerpo:
—Está muy buena la brizna —dijo mientras se alejaba.
Entonces ella recuperó su alma y aflojó la tiesura de su cuello.
—Tú no vienes, Cirilo —dijo el señor Ramos—. Esta es una necedad de mi cuerpo que si a alguien le cuesta quiero que nada más sea a él. Si no regreso, dile a mi señora que todas las comidas que me dio en la vida fueron deliciosas ya mi hija Elena que no la busqué para darle un beso porque se lo quiero quedar a deber.
—Vaya bien —le dijo Cirilo.
La carreta empezó a moverse despacio, despacio abandonó el pueblo en tinieblas y se fue por un camino que debía ser tan estrecho como lo había imaginado la tía Elena cuando lo vio pintado con una sola línea. No había lugar ni a un lado ni a otro porque la carreta no se movía sino hacia adelante, sin que el caballo pudiera correr como lo hacía cuando ella lo guiaba por el camino grande.
Tardaron más de una hora en llegar, pero a ella se le hizo breve porque se quedó dormida. Despertó cuando la carreta casi dejó de andar y no se oía en el aire más que el murmullo de las eses con que su papá sosegaba al caballo. Sacó la cabeza para espiar en dónde estaban y vio frente a ella la parte de atrás de la enorme casa que añoró toda su vida. Ahí su padre detuvo la carreta, y se bajó. Ella lo vio temblar bajo la luna a medias. Al parecer, nadie vigilaba. Su papá caminó hasta una puerta en el muro y la abrió con una llave gigantesca. Luego desapareció. Entonces la tía Elena salió de entre la paja y fue tras él a meterse en la cava alumbrada por una linterna recién encendida.
—¿Te ayudo? —le dijo con su voz ronca. Tenía la cara somnolienta y el pelo lleno de brizna.
desprestigies a tu papá contando historias que lo hacen parecer un borrachín irresponsable.
Lo había perdido ya bajo la despiadada luna del día anterior y ni siquiera trató de convencerlo. Una semana después, se trepó al tren en que su madre fue capaz de meter desde la sala Luis XV hasta diez gallinas, dos gallos y una vaca con su becerro. No llevaba más equipaje que el futuro y la temprana certidumbre de que el más cabal de los hombres tiene un tornillo flojo.
Tenía la espalda inquieta y la nuca de porcelana. Tenía un pelo castaño y subversivo, y una lengua despiadada y alegre con la que recorría la vida y milagros de quien se ofreciera.
A la gente le gustaba hablar con ella, porque su voz era como lumbre y sus ojos convertían en palabras precisas los gestos más insignificantes y las historias menos obvias.
No era que inventara maldades sobre los otros, ni que supiera con más precisión los detalles de un chisme. Era sobre todo que descubría la punta de cada maraña, el exacto descuido de Dios que coronaba la fealdad de alguien, la pequeña imprecisión verbal que volvía desagradable un alma cándida.
A la tía Charo le gustaba estar en el mundo, recorrerlo con sus ojos inclementes y afilarlo con su voz apresurada. No perdía el tiempo. Mientras hablaba, cosía la ropa sus hijos, bordaba iniciales en los pañuelos de su marido, tejía chalecos para todo el que tuviera frío en el invierno, jugaba frontón con su hermana, hacía la más deliciosa torta de elote, moldeaba buñuelos sobre sus rodillas y discernía la tarea que sus hijos no entendían.
Nunca la hubiera avergonzado su pasión por las palabras si una tarde de junio no hubiese aceptado ir a unos ejercicios espirituales en los que el padre dedicó su plática al mandamiento "No levantarás falsos testimonios ni mentirás". Durante un rato el padre habló de los grandes falsos testimonios, pero cuando vio que con eso no atemorizaba a su adormilada clientela, se redujo a satanizar la pequeña serie de pecados veniales que se originan en una conversación
sobre los demás, y que sumados dan gigantescos pecados mortales.
La tía Charo salió de la iglesia con un remordimiento en la boca del estómago. ¿Estaría ella repleta de pecados mortales, producto de la suma de todas esas veces en que había dicho que la nariz de una señora y los pies de otra, que el saco de un señor y la joroba de otro, que el dinero de un rico repentino y los ojos inquietos de una mujer casada? ¿Podría tener el corazón podrido de pecados por su conocimiento de todo lo que pasaba entre las faldas y los pantalones de la ciudad, de todas las necedades que impedían la dicha ajena y de tanta dicha ajena que no era sino necedad? Le fue creciendo el horror. Antes de ir a su casa pasó a confesarse con el padre español recién llegado, un hombre pequeño y manso que recorría la parroquia de San Javier en busca de fieles capaces de tenerle confianza.
En Puebla la gente puede llegar a querer con más fuerza que en otras partes, sólo que se toma su tiempo. No es cosa de ver al primer desconocido y entregarse como si se le conociera de toda la vida. Sin embargo, en eso la tía no era poblana. Fue una de las primeras clientas del párroco español. El viejo cura que le había dado la primera comunión, murió dejándola sin nadie con quien hacer sus más secretos comentarios, los que ella y su conciencia ,destilaban a solas, los que tenían que ver con sus pequeños extravíos, con las dudas de sus privadísimas faldas, con las burbujas de su cuerpo y los cristales oscuros de su corazón.
—Ave María Purísima —dijo el padre español en su lengua apretujada, más parecida a la de un cantante de gitanerías que a la de un cura educado en Madrid.
—Sin pecado concebida —dijo la tía, sonriendo en la oscuridad del confesionario, como era su costumbre cada vez que afirmaba tal cosa.
—¿Usted se ríe? —preguntó el español adivinándola, como si fuera un brujo.
—No padre —dijo la tía Charo temiendo los resabios de la Inquisición.
encontró trabajo de poeta, inventó que era padre y que sus papeles se habían quemado, junto con la iglesia de su pueblo, cuando llegaron los comunistas.
—Cómo es díscola alguna gente —dijo la tía Charo y agregó con toda la autoridad de su prestigio—: El padre español es un hombre devoto, gran católico, incapaz de mentir. Yo vi la carta con que el Vaticano lo envió a ver al párroco de San Javier. Que el pobre viejito se haya estado muriendo cuando llegó, no es culpa suya, no le dio tiempo de presentarlo. Pero de que lo mandaron, lo mandaron. No iba yo a hacer mi confesor a un farsante.
—¿Es tu confesor? —preguntó alguna en el coro de curiosas.
—Tengo ese orgullo —dijo la tía Charo, poniendo la mirada sobre la flor de chaquiras que bordaba, y dando por terminada la conversación.
A la mañana siguiente se internó en el confesionario del padre español.
—Padre, dije mentiras —contó la tía.
—¿Mentiras blancas? —preguntó el padre.
—Mentiras necesarias —contestó la tía.
—¿Necesarias para el bien de quién? —volvió a preguntar el padre.
—De una honra, padre —dijo la tía.
—¿La persona auxiliada es inocente?
—No lo sé, padre —confesó la tía.
—Doble mérito el tuyo —dijo el español—. Dios te conserve la lucidez y la buena leche. Ve con él.
—Gracias, padre —dijo la tía.
—A ti —le contestó el extraño sacerdote, poniéndola a temblar.
No era bonita la tía Cristina Martínez, pero algo tenía en sus piernas flacas y su voz atropellada que la hacía interesante.
Por desgracia, los hombres de Puebla no andaban buscando mujeres interesantes para casarse con ellas y la tía Cristina cumplió veinte años sin que nadie le hubiera propuesto ni siquiera un noviazgo de buen nivel. Cuando cumplió veintiuno, sus cuatro hermanas estaban casadas para bien o para mal y ella pasaba el día entero con la humillación de estarse quedando para vestir santos. En poco tiempo, sus sobrinos la llamarían quedada y ella no estaba segura de poder soportar ese golpe. Fue después de aquel cumpleaños, que terminó con las lágrimas de su madre a la hora en que ella sopló las velas del pastel, cuando apareció en el horizonte el señor Arqueros.
Cristina volvió una mañana del centro, a donde fue para comprar unos botones de concha y un metro de encaje, contando que había conocido a un español de buena clase en la joyería La Princesa. Los brillantes del aparador la habían hecho entrar para saber cuánto costaba un anillo de compromiso que era la ilusión de su vida. Cuando le dijeron el precio le pareció correcto y lamentó no ser un hombre para comprarlo en ese instante con el propósito de ponérselo algún día.
—Ellos pueden tener el anillo antes que la novia, hasta pueden elegir una novia que le haga juego al anillo. En cambio, nosotras sólo tenemos que esperar. Hay quienes esperan durante toda su vida, y quienes cargan para siempre con un anillo que les disgusta, ¿no crees?—le preguntó a su madre durante la comida.
—Ya no te pelees con los hombres, Cristina —dijo su madre— ¿Quién va a ver por ti cuando me muera?
—Yo, mamá, no te preocupes. Yo voy a ver por mí.
En la tarde, un mensajero de la joyería se presentó en la casa con el anillo que la tía Cristina se había probado extendiendo la mano para mirarlo por todos lados mientras decía un montón de cosas parecidas a las que le repitió a su madre en el comedor. Llevaba también un sobre lacrado con el nombre y los apellidos de Cristina.
Al día siguiente salió a la calle con la noticia y su anillo brillándole. Seis meses después se casó con el señor Arqueros frente a un cura, un notario y los ojos de Suárez. Hubo misa, banquete, baile y despedidas. Todo con el mismo entusiasmo que si el novio estuviera de este lado del mar. Dicen que no se vio novia más radiante en mucho tiempo.
Dos días después Cristina salió de Veracruz hacia el puerto donde el señor Arqueros con toda su caballerosidad la recogería para llevarla a vivir entre sus tías de Valladolid.
De ahí mandó su primera carta diciendo cuánto extrañaba y cuán feliz era. Dedicaba poco espacio a describir el paisaje apretujado de casitas y sembradíos, pero le mandaba a su mamá la receta de una carne con vino tinto que era el platillo de la región, y a sus hermanas dos poemas de un señor García Lorca que la habían vuelto al revés. Su marido resultó un hombre cuidadoso y trabajador, que vivía riéndose con el modo de hablar español y las historias de aparecidos de su mujer, con su ruborizarse cada vez que oía un "coño" y su terror porque ahí todo el mundo se cagaba en Dios por cualquier motivo y juraba por la hostia sin ningún miramiento.
Un año de cartas fue y vino antes de aquella en que la tía Cristina refirió a sus papás la muerte inesperada del señor Arqueros. Era una carta breve que parecía no tener sentimientos. “Así de mal estará la pobre", dijo su hermana, la segunda, que sabía de sus veleidades sentimentales y sus desaforadas pasiones. Todas quedaron con la pena de su pena y esperando que en cuanto se recuperara de la conmoción les escribiera con un poco más de claridad sobre su futuro. De eso hablaban un domingo después de la comida cuando la vieron aparecer en la sala.
Llevaba regalos para todos y los sobrinos no la soltaron hasta que terminó de repartirlos. Las piernas le habían engordado y las tenía subidas en unos tacones altísimos, negros como las medias, la falda, la blusa, el saco, el sombrero y el velo que no tuvo tiempo de quitarse de la cara. Cuando acabó la repartición se lo arrancó junto con el sombrero y sonrió.
—Pues ya regresé —dijo.
Desde entonces fue la viuda de Arqueros. No cayeron sobre ella las penas de ser una solterona y espantó las otras con su piano desafinado y su voz ardiente. No había que rogarle para que fuera hasta el piano y se acompañara cualquier canción. Tenía en su repertorio toda clase de valses, polkas, corridos, arias y pasos dobles. Les puso letra a unos preludios de Chopin y los cantaba evocando romances que nunca se le conocieron. Al terminar su concierto dejaba que todos le aplaudieran y tras levantarse del banquito para hacer una profunda caravana, extendía los brazos, mostraba su anillo y luego, señalándose así misma con sus manos envejecidas y hermosas, decía contundente: "Y enterrada en Puebla".
Cuentan las malas lenguas que el señor Arqueros no existió nunca. Que Emilio Suárez dijo la única mentira de su vida, convencido por quién sabe cuál arte de la tía Cristina. Y que el dinero que llamaba su herencia, lo habla sacado de un contrabando cargado en las maletas del ajuar nupcial.
Quién sabe. Lo cierto es que Emilio Suárez y Cristina Martínez fueron amigos hasta el último de sus días. Cosa que nadie les perdonó jamás, porque la amistad entre hombres y mujeres es un bien imperdonable.
Hubo una tía nuestra, fiel como no lo ha sido ninguna otra mujer. Al menos eso cuentan todos los que la conocieron. Nunca se ha vuelto a ver en Puebla mujer más enamorada ni más solícita que la siempre radiante tía Valeria.
Hacía la plaza en el mercado de la Victoria. Cuentan las viejas marchantas que hasta en el modo de escoger las verduras se le notaba la paz. Las tocaba despacio, sentía el brillo de sus cáscaras y las iba dejando caer en la báscula.
Luego, mientras se las pesaban, echaba la cabeza para atrás y suspiraba, como quien termina de cumplir con un deber fascinante.
Algunas de sus amigas la creían medio loca. No entendían cómo iba por la vida, tan encantada, hablando siempre bien de su marido. Decía que lo adoraba aun cuando estaban más