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Asignatura: ciencia politica, Profesor: arias maldonado, Carrera: Derecho, Universidad: UMA
Tipo: Apuntes
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La distinción entre nacionalismo político y nacionalismo cultural es característica de los estudios sobre el fenómeno nacionalista. Aparentemente, traza una línea muy precisa entre dos formas casi opuestas de nacionalismo.
El nacionalismo cultural tendría un alcance político más difuso, de forma que la nación que resulta del mismo no es producto de un consentimiento explícito, expresando las singularidades de la cultura y de la naturaleza de un pueblo. En esta distinción, a su vez, juega un papel decisivo la diferenciación entre nación política y nación cultural.
Hay que tener aquí presente que la nación surge en la vida europea como una referencia ideológica que facilita la vida del Estado –que no es producto de una realidad nacional preexistente. La nación tiene, en consecuencia, una génesis política.
Sin embargo, una tradición nacionalista de base alemana apostará por una visión distinta del hecho nacional. Será la singularidad cultural de una colectividad, el espíritu del pueblo , el responsable de la creación de la nación. Lejos de ser el resultado de complejos factores históricos y políticos y de la acción estatal, la nación debe constituirse en el criterio legítimo para delimitar las organizaciones políticas: la política no crea a la nación, sino que la nación antecede a su organización política.
Entre otras razones, porque la posesión de un Estado se considera indispensable como garantía de lo que pasa a convertirse en valor superior de la colectividad: la personalidad cultural diferenciada de un pueblo. Este tipo de nación genera un nacionalismo distinto al liberal; uno cuyo rasgo central será su base supraindividual, por ser la etnia protagonista de la nación –de ahí que los derechos de la nación no sean los que se derivan de los ciudadanos que la integran, sino que se deducen del organismo “vivo y eterno” que es la nación de base cultural.
La primera movilización nacionalista políticamente significativa se produce en la Europa occidental al compás de la revolución liberal: en ningún caso puede apreciarse mejor la sintonía entre liberalismo y nacionalismo que en el caso francés. Porque, además, es la experiencia revolucionaria, prorrogada en el imperialismo napoleónico, la que generaliza el nuevo credo político en toda Europa. Y así, pese a la complejidad de un nacionalismo en el que acaban confluyendo elementos liberales, conservadores, jacobinos e imperialistas, el nacionalismo francés permite poner al descubierto las privilegiadas relaciones iniciales entre liberalismo y nacionalismo.
Aunque en un primer momento el nacionalismo funciona como justificación de las revoluciones americana y francesa y del imperialismo napoleónico, era evidente que el nuevo credo nacionalista habría de prestar su concurso a los futuros sistemas políticos liberales Necesitados no solamente de una legitimación sustitutoria a la del Antiguo Régimen, sino también de una nueva religión a la altura de un orden político secularizado y de una sociedad desprovista de los elementos amortiguadores del mundo tradicional ahora desmoronado.
Es asimismo una razón complementaria, relacionada con la esencia misma del liberalismo, su propósito de trasladar los principios de autonomía y libertad de la esfera individual a la de los pueblos –de forma que se aplicaron a las naciones, por analogía, todos los principios originariamente formulados en referencia a los individuos.
No obstante, el rumbo del nacionalismo liberal irá en favor de los procesos de unificación nacional, aceptando sin especiales preocupaciones el fin de viejas o renovadas realidades culturales –ahora integradas en los sólidos Estados liberales. Se niega así, en la práctica, el acceso de las pequeñas nacionalidades culturales a las diversas formas de realización política. Hay, en consecuencia, límites significativos a un celo filonacionalista mayormente retórico en último término.
En este sentido, lo importante a la hora de definir a un movimiento nacionalista como liberal no es su coincidencia cronológica o táctica con las aspiraciones del liberalismo, sino su aceptación o no de los valores propios de una cosmovisión liberal primero, liberal-democrática después. Y es difícil que un nacionalismo de raíces culturales, incluso enmarcado en coyunturas políticas revolucionarias de signo liberal, acepte la prioridad de esos valores.
Sin duda, uno de los rasgos más significativos de la política contemporánea es el regreso a un primer plano de los conflictos étnicos y nacionales. Ahora bien, la ciencia social ya no los estudia desde sus viejos postulados, sino que los ha renovado. Y esa renovación ha supuesto, sobre todo, dejar a un lado la naturaleza objetiva de la nación a partir de la pervivencia de unos rasgos orgánicos diferenciales, que tarde o temprano vendrían a manifestarse políticamente.
Ahora, ni la etnicidad ni las naciones se consideran datos objetivos, sino complejas construcciones políticas y sociales cuya producción es necesario desvelar. A diferencia de lo asumido por la interpretación más tradicional, no es la nación la que genera el nacionalismo, sino el nacionalismo el que produce políticamente la nación.